Reencuentro Ardiente Tras Meses de Deseo
Una MILF de 46 años llamada Leilani se folla con ganas al hijo de 24 años de su ex amiga en el sofá de su casa.
Leilani abrió la puerta de su casa y se quedó un segundo sin aliento. Silas estaba allí, de pie en el umbral, con esa sonrisa torcida que le conocía desde que era un chaval, solo que ahora el cuerpo que la acompañaba no tenía nada de chaval. Veinticuatro años, hombros anchos, brazos marcados bajo la camiseta negra ajustada, mandíbula afeitada hace poco y esos ojos oscuros que la devoraban sin disimulo. Ella, a sus cuarenta y seis, llevaba un vestido corto de algodón que apenas contenía sus tetas enormes y pesadas, el escote profundo dejando ver el valle entre ellas, la tela pegada a las caderas anchas y al culo redondo que tanto le gustaba mirar al espejo por las mañanas.
—Leilani… joder, qué buena estás —dijo él, la voz grave, sin rodeos.
Ella sonrió, cómplice, y le hizo pasar. Meses sin verse. Meses de mensajes a deshoras, fotos de su escote “sin querer”, de él mandándole selfies sudado después del gym con la polla marcada en el pantalón corto. Años, en realidad, de miradas cargadas en cumpleaños de su ex amiga, de fantasías que ninguno se atrevía a confesar en voz alta hasta que el barrio los volvió a juntar.
—Pasa, guapo. Estás… joder, estás hecho un hombre —murmuró ella, cerrando la puerta. El aire olía a su colonia y a la tensión que ya les quemaba la entrepierna.
Se fueron a la cocina. Leilani preparó café con las manos un poco temblorosas, consciente de cómo Silas la miraba desde la isla, recostado, piernas abiertas, la polla ya semi dura contra el muslo. Ella se giró, apoyó la cadera en el mármol y le clavó la mirada.
—Te has puesto… impresionante. Esos brazos, ese pecho. Podría comerte entero, Silas.
Él soltó una risa baja, sucia.
—Llevo meses soñando con follarte, Leilani. Con esas tetas en la cara, con tu coño chorreando en mi polla. Me corría pensando en ti casi todas las noches. En cómo me aguantarías entero.
Ella se acercó sin prisa, la taza olvidada. Le puso una mano abierta en el pecho duro, sintiendo el calor a través de la tela, los pezones de él tensos. Se estiró sobre la punta de los pies y le susurró al oído, los labios rozándole la piel:
—Yo también te deseo con locura. Quiero que me destroces el coño. Que me uses como tu puta madurita. Sin límites.
Silas la agarró de la cintura con las dos manos, fuerte, y la besó como un hambriento. Lengua profunda, dientes en el labio inferior, un gemido gutural que ella devolvió abriéndole la boca. Las manos de él bajaron a su culo y lo apretaron, subiéndole el vestido. Ella le tiró de la camiseta hacia arriba; se la arrancaron entre jadeos. El pecho de Silas era macizo, abdominales marcados, una línea de vello que bajaba hacia el pantalón. Leilani se desabrochó el vestido y lo dejó caer. Se quedó en un sujetador negro que apenas sujetaba sus tetas enormes y una tanga empapada. Silas se quitó los pantalones de un tirón. La polla le saltó gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum, más grande de lo que ella había imaginado en las fotos.
—Quiero follarte duro —dijo él, voz ronca—. Sin límites. Dime que sí.
—Sí. Fóllame como una puta. Métela entera. Quiero tu leche dentro.
Se empujaron hacia el salón. El sofá grande y suave los recibió. Leilani se arrodilló entre sus piernas abiertas sin que él se lo pidiera. Agarró la polla caliente con las dos manos, la lamió de base a glande saboreando la sal, y luego se la metió en la boca de un golpe, tragándosela hasta que la cabeza le golpeó la garganta. Silas gruñó y le agarró el pelo.
—Joder, qué puta más gulosa… trágatela, así, hasta el fondo.
Ella bababa, los ojos llorosos de placer, chupando con gula, salivando por la comisura mientras él le follaba la boca a empujones cortos. Sus tetas colgaban pesadas, rozándole los muslos. Silas le hundió la polla más profundo un segundo y ella gorgoteó, mojada hasta el coño, antes de soltarla con un hilo de saliva.
—Súbete —ordenó él.
Leilani se montó a horcajadas. Se corrió la tanga a un lado, agarró la verga y se la fue metiendo centímetro a centímetro, el coño ya chorreando. Estaba tan mojada que entró fácil al principio, pero la grosor la abrió del todo y soltó un gemido largo cuando tocó fondo.
—Aaaah… qué gruesa… me llena entero, joder…
Empezó a cabalgarlo salvaje, subiendo y bajando las caderas, las tetas enormes rebotando delante de la cara de Silas. Él las agarró, las apretó, les chupó los pezones duros mientras ella se empalaba una y otra vez, el sonido húmedo de su coño llenando el salón. Cada bajada le sacaba un “joder, sí, así” gutural. Leilani se inclinó, se apoyó en su pecho y aceleró, frotándose el clítoris contra la base de su polla.
—Me voy a correr si sigues… —jadeó ella.
Silas la agarró de la cintura, la levantó casi del todo y la volvió a empalar de un golpe.
—Aún no. Quiero follarte de verdad.
La puso en cuatro sobre el sofá. Leilani arqueó la espalda, el culo en alto, las tetas colgando. Silas se arrodilló detrás, le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja y le metió la polla de un embiste hasta el fondo. Empezó a follarla duro, profundo, las caderas golpeándole las nalgas con un ruido obsceno. Otra nalgada. Otra. Ella gritaba de placer, el coño apretándole las venas.
—Más fuerte… nalgéame y fóllame como tu zorra…
Él le escupió en el culo, le metió dos dedos en el estrecho agujero mientras la polla le martilleaba el coño. Leilani se corrió con un grito ahogado, el esfínter apretando los dedos, el jugo chorreándole los muslos. Silas no paró. La volteó de nuevo, la puso en misionero profundo, le abrió las piernas hasta casi partirle las caderas y se la metió hasta que los huevos le golpeaban el culo. La miró a los ojos mientras le follaba sin piedad.
—Voy a llenarte el coño… tómala toda…
—Dámela… córrete dentro… aaah, sí, sí, sí—
Ella se corrió de forma violenta otra vez, el coño contrayéndose en espasmos, chorreando en un chorro caliente que mojó el sofá y el vientre de Silas. Él embistió tres veces más y se vació con un gruñido animal, chorros espesos de leche bombeando dentro de ella, calientes, hasta desbordarse y bajarle por el culo. Se quedaron jadeando, pegados, sudados, la polla de Silas aún latente y gruesa dentro de su coño lleno.
Leilani recuperó el aliento a duras penas, el pecho subiendo y bajando, las tetas aún marcadas por los dedos de él. Sintió la corrida espesa resbalarle cuando él se movió un poco, pero no dejó que saliera del todo. Con una sonrisa sucia y las piernas todavía temblando, bajó una mano entre ambos, le rodeó la base de la polla todavía metida y medio dura, y susurró contra su boca, la voz ronca de tanto gritar:
—Aún no has terminado conmigo, cariño… mira cómo sigue gorda dentro… quiero más. Quiero que me la vuelvas a poner dura y me la metas por el culo esta vez. ¿O es que creías que una sola corrida me bastaba después de meses deseándote?
Silas sonrió, ya sintiendo cómo la sangre le volvía a la verga bajo los dedos expertas de ella, y Leilani lo apretó desde dentro a propósito, llena de leche y de ganas, esperando lo que vendría a continuación.
Silas gruñó contra su boca cuando los dedos de Leilani apretaron la base de su polla todavía metida en aquel coño empapado y lleno de leche. Ella lo estrujó desde dentro a propósito, los músculos del coño contrayéndose como un puño mojado, y él sintió la sangre subirle de nuevo a la verga con una rapidez que le hizo echar la cabeza hacia atrás.
—Joder, puta… qué aprietas —murmuró él, ya semi duro otra vez dentro de ella—. Te voy a destrozar ese culo como me has pedido.
Leilani sonrió sucia, los labios hinchados del follar anterior, y se irguió un poco sobre él sin sacársela del todo. La leche espesa le resbalaba por los muslos y le manchaba las nalgas. Se agarró las tetas enormes con las dos manos, se las apretó contra la cara de Silas y le frotó los pezones duros por la boca.
—Chúpamelas mientras te la pongo dura del todo —ordenó ella, voz ronca—. Quiero sentirla gorda y lista para mi culo. Llevo meses mojándome pensando en que me la metas por detrás hasta que grite.
Silas abrió la boca y se tragó un pezón gordo, chupando con fuerza, mordisqueando la areola oscura mientras ella se mecía despacio, frotando su clítoris hinchado contra la base de aquella polla que iba engordando de nuevo. Cada chupón le sacaba un gemido largo. Leilani bajó una mano entre ambos, recogió un chorro de semen que le escapaba del coño y se lo untó por el culo, metiéndose dos dedos hasta el segundo nudillo sin miramientos. El esfínter se abrió fácil, todavía sensible de los dedos de antes, y ella se empujó contra su propia mano jadeando.
—Míralo… se traga mis dedos solo de pensarlo —susurró, sacándolos y ofreciéndoselos a la boca de Silas—. Prueba lo que te espera.
Él chupó los dedos de ella sin dudar, saboreando su propio semen mezclado con el sabor a culo de Leilani, y la polla le dio un latido brutal dentro del coño. Ya estaba otra vez dura del todo, venosa, la cabeza hinchada. Leilani se levantó despacio, dejando que la verga saliera con un sonido húmedo y un hilo espeso de leche que cayó sobre el vientre de Silas. Se giró de espaldas, se puso a cuatro patas sobre el sofá, el culo en alto, las nalgas abiertas con las manos, y miró por encima del hombro con los ojos brillantes de puta.
—Échame saliva. Úntala bien. Y métela de una.
Silas se arrodilló detrás, le abrió las nalgas con las palmas y escupió directo al agujero rosado y fruncido. La saliva espesa resbaló y él la extendió con el glande, frotando la cabeza gruesa arriba y abajo por el culo de Leilani hasta que brilló. Empujó. La punta se abrió paso con un pop húmedo y Leilani soltó un gemido gutural, arqueando más la espalda.
—Aaaah, joder… qué gruesa… ábreme, cariño, no pares…
Él empujó centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo de aquella MILF de cuarenta y seis años se estiraba alrededor de su polla de veinticuatro. Las paredes internas lo apretaban como un tornillo caliente. Cuando tocó fondo, los huevos pegados a su coño chorreante, se quedó un segundo embutido del todo, respirando pesado.
—Estás tan putamente estrecha… se te ve latir alrededor de mi verga —gruñó, y le dio una nalgada seca que hizo rebotar la carne madura—. Ahora te la voy a follar hasta que no puedas sentarte.
Empezó a moverse. Primero lento, sacando casi toda la longitud y volviendo a enterrar hasta el fondo, el glande abriéndola una y otra vez. Leilani gritaba con cada embestida, las tetas colgando pesadas y balanceándose bajo ella, los pezones rozando la tela del sofá. Silas le agarró las caderas con fuerza, los dedos marcándole la carne blanda, y aceleró. El sonido de su culo tragándose la polla era obsceno: chap-chap-chap húmedo, mezclado con los gemidos roncos de ella.
—Más fuerte… fóllame el culo como si fuera tu puta personal… nalgéame, escúpeme, úsame —jadeó Leilani, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embiste—. Quiero sentirte hasta el estómago.
Silas le escupió otra vez en el agujero mientras la follaba, la saliva bajando por su verga y mezclándose con el precum. Le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros, y Leilani se corrió de golpe: el esfínter se le cerró como un anillo de hierro alrededor de la polla, el coño le chorreó otro chorro caliente que mojó la mano de él y el sofá. Ella temblaba, gritando “sí, sí, llena de polla”, pero Silas no paró. La agarró del pelo con una mano, le tiró la cabeza hacia atrás y la embistió más profundo, los huevos golpeándole el clítoris hinchado.
—Mira cómo te abres… qué zorra más gulosa de culo —dijo él, voz rota de placer—. Te voy a dejar el agujero abierto y goteando de leche.
La volteó sin sacársela del todo, la puso de lado en el sofá, una pierna levantada alta contra su pecho, y siguió martilleándola en esa posición. Así podía verla la cara: boca abierta, ojos llorosos de placer, las tetas enormes aplastadas y rebotando con cada golpe. Leilani se metió tres dedos en la boca y baboseó ruidosa, mirándolo fijamente mientras él le destrozaba el culo.
—Chúpame los dedos y piensa que es mi polla otra vez —ordenó ella entre jadeos—. Quiero otra corrida. Quiero que me la dejes rebosando por detrás también.
Silas se inclinó, le chupó la lengua con violencia y aceleró el ritmo hasta que el sofá crujía. El calor del culo de Leilani lo estaba volviendo loco; cada embestida le sacaba un gruñido animal. Ella se corrió de nuevo, el cuerpo entero sacudiéndose, un gemido largo y sucio saliéndole de la garganta mientras el culo le exprimía la verga en espasmos.
—Me corro… joder, Leilani, tómala toda por el culo —rugió él.
Empujó hasta el fondo y se vació. Chorros gruesos y calientes de semen bombeando directo en las entrañas de ella, llenándola hasta que se desbordó y le bajó por las nalgas en hilos blancos. Silas embistió un par de veces más, exprimiendo hasta la última gota, y se quedó embutido, la polla latiendo mientras el culo de Leilani lo ordeñaba.
Pero ella no había terminado. Con las piernas temblando y la leche resbalándole, se giró otra vez, se arrodilló entre las piernas abiertas de Silas y se tragó la polla todavía dura y brillante de semen y culo. Chupó con gula, limpiándola de base a punta, tragándose su propia mierda y la leche de él, los ojos cerrados de placer. Silas le agarró la cabeza y le folló la boca un rato, empujando hasta la garganta, viendo cómo las tetas de cuarenta y seis años le colgaban y le rozaban los muslos.
—Otra vez —exigió Leilani al soltarla, un hilo de saliva y semen colgándole de la comisura—. Ponte duro otra vez. Quiero montártela yo por el culo y correrme en tu cara.
Silas se rió bajo, ya sintiendo la sangre volver a subirle, y se recostó en el sofá. Leilani se subió a horcajadas de espaldas, le guió la verga al agujero rojo y abierto, y se la empaló de un solo golpe hasta que le rebotaron las nalgas en la pelvis de él. Empezó a cabalgarlo salvaje, subiendo y bajando, el culo tragando toda la longitud una y otra vez, las tetas rebotando sin control. Silas le abrió las nalgas con las manos para ver cómo su polla desaparecía dentro, y le metió el pulgar en el coño chorreante al mismo tiempo.
—Así… úsame el culo, zorra madura… cabálgame hasta que te reviente —gruñó.
Leilani aceleró, frotándose el clítoris con dos dedos mientras se empalaba, los gemidos cada vez más altos. Se corrió otra vez, el cuerpo entero crispándose, un chorro de jugo saliéndole del coño y mojando el vientre de Silas. Él la agarró de la cintura, la levantó y la bajó a la fuerza varias veces más, follándola desde abajo como un pistón, hasta que se corrió de nuevo: más leche espesa bombeando dentro del culo ya relleno, desbordándose por los lados y goteando sobre sus huevos.
Cuando por fin se detuvo, Leilani se quedó sentada sobre él un momento, la polla todavía dentro, el semen saliéndole a chorros cada vez que respiraba. Se levantó despacio, se giró, se arrodilló frente a él y se abrió las nalgas con las dos manos, enseñándole el agujero rojo, dilatado, goteando leche blanca en hilos gruesos que le bajaban por el coño y los muslos hasta el sofá.
—Mira qué culo de puta me has dejado… lleno y abierto solo para ti —dijo ella, voz rota, metiéndose dos dedos y sacándolos brillantes de semen para chuparlos delante de su cara—. La próxima vez que vengas te lo vuelvo a dar igual de gordo. Y si quieres te lo follas mientras yo me corro en tu mano como la zorra de cuarenta y seis que se te corre solo de olerte la polla.
Silas la miró, la verga todavía medio dura y sucia, y Leilani se inclinó, le lamió una última gota de semen del glande y se la tragó con un sonido obsceno, los ojos fijos en los suyos.
—Ahora lámeme el culo hasta dejarlo limpio otra vez, guapo… quiero sentir tu lengua dentro recogiendo toda esa leche antes de que te la vuelva a meter yo misma.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories