Máscaras Caídas: Su Mejor Amigo la Toma Frente a Él

En la fiesta de máscaras, el cornudo Carlos de 32 ve cómo su mujer Estelle de 29 se deja follar salvajemente por su mejor amigo Xavier de 31 delante de él

26 min read September 09, 2026New

La fiesta de máscaras para adultos vibraba con una sensualidad espesa, casi palpable. Las luces bajas bañaban los salones de terciopelo y oro viejo, y la música grave resonaba en los pechos como un latido secundario. Carlos, exitoso empresario de treinta y dos años, permanecía sentado en un amplio sillón de cuero, con una copa intacta en la mano y la máscara negra ajustada a su rostro anguloso. Sus ojos, sin embargo, no se apartaban de Estelle.

Su esposa, Estelle, de veintinueve años y reconocida arquitecta de curvas generosas, reía con ese tono ronco que siempre le había erizado la piel. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus caderas anchas y sus pechos pesados, y una máscara plateada con plumas que ocultaba solo la mitad superior de su cara. Frente a ella, casi pegado, estaba Xavier, su mejor amigo desde la universidad, de treinta y un años, un entrenador personal de cuerpo esculpido y sonrisa peligrosa. Su máscara dorada apenas disimulaba la intensidad con que miraba a Estelle.

Carlos sintió un nudo en el estómago cuando vio cómo Xavier deslizaba la mano por la cintura de su mujer y la atraía hacia sí mientras bailaban. No era un roce inocente. Los dedos de Xavier se hundían en la tela, apretando la carne firme del culo de Estelle con posesión evidente. Ella no se apartaba. Al contrario, arqueaba ligeramente la espalda, empujando sus tetas contra el pecho ancho de él. Sus risas se volvieron más bajas, más íntimas. Carlos tragó saliva. Su polla, traidora, comenzaba a endurecerse dentro de los pantalones elegantes.

De pronto, mientras Estelle echaba la cabeza hacia atrás en una carcajada genuina, la máscara plateada se soltó. Cayó al suelo con un sonido suave. Sus ojos quedaron al descubierto: pupilas dilatadas, mejillas sonrojadas, labios entreabiertos. La mirada que le dedicó a Xavier no dejaba lugar a dudas. Era deseo puro, crudo, acumulado durante meses de coqueteos disimulados que Carlos había fingido no notar. Xavier la miró con la misma hambre, y ambos se quedaron congelados un segundo, reconociéndose.

Carlos sintió la humillación como un latigazo caliente en el pecho. Era su mujer. Su Estelle. Y delante de él, sin importar que él estuviera a solo dos metros, ella elegía mostrarle a su mejor amigo cuánto lo deseaba. El rubor le subió por el cuello. Su corazón latía con fuerza, pero no era solo ira. Era algo más oscuro, más viscoso: una excitación enfermiza que le apretaba los huevos y le humedecía la punta de la polla. Sabía lo que venía. Y lo consentía.

Estelle giró la cabeza hacia él. Sus ojos se encontraron. Había un ruego en ellos, pero también un desafío. Xavier no la soltó; al contrario, su mano grande subió hasta rozar la parte inferior de uno de sus pechos, acariciándolo por encima del vestido como si ya fuera suyo.

—Cariño… —la voz de Estelle salió ronca, cargada de lujuria, casi un gemido disimulado—. ¿Me das tu permiso? Quiero entregarme a Xavier esta noche. Delante de ti. Quiero que veas todo.

Las palabras cayeron sobre Carlos como brasas. Su boca se secó. Miró a Xavier, que lo observaba con una ceja alzada, esperando. La mano del entrenador seguía sobre el cuerpo de Estelle, amasando lentamente su teta, pellizcando el pezón endurecido que se marcaba bajo la tela roja. Carlos sintió que su propia polla palpitaba con fuerza contra la cremallera. La humillación era deliciosa, insoportable.

—Sí —logró decir, con la voz rota—. Tienes mi consentimiento. Hazlo.

Estelle soltó un suspiro tembloroso de alivio y excitación. Xavier no perdió tiempo. La atrajo con brusquedad y la besó con violencia posesiva, metiendo la lengua en su boca mientras sus manos grandes cubrían por completo sus tetas, apretándolas, amasándolas con rudeza. Estelle gimió dentro del beso, frotando sus muslos uno contra el otro. La mano de Xavier bajó sin pudor, se coló bajo el vestido y, por el movimiento del brazo, Carlos supo que le estaba metiendo los dedos en el coño ya empapado.

—Quiero que mi marido vea cómo un hombre de verdad me folla —susurró Estelle contra los labios de Xavier, lo suficientemente alto para que Carlos lo escuchara—. Quiero que mire cómo me haces tuya, Xavier. Por favor…

El sofá estaba justo frente a Carlos, a menos de tres metros. Xavier llevó a Estelle hasta allí sin dejar de besarla. Le subió el vestido hasta la cintura de un tirón, dejando al descubierto el tanga negro que apenas cubría su coño depilado y brillante de excitación. Se lo arrancó de un solo movimiento. Estelle quedó expuesta, con las nalgas redondas y firmes al aire.

—Ponte en cuatro, puta —ordenó Xavier con voz grave.

Estelle obedeció al instante, colocándose de rodillas en el sofá, mirando directamente a su marido. Sus tetas pesadas colgaban dentro del escote del vestido, casi saliéndose. Xavier se bajó la cremallera y sacó su polla gruesa, venosa, mucho más grande que la de Carlos. La frotó contra la entrada mojada de Estelle y, sin más preámbulos, la embistió hasta el fondo en una sola estocada.

—¡Ahhh, joder! —gritó Estelle, con los ojos muy abiertos clavados en Carlos.

Xavier empezó a follarla con fuerza en posición de perrito. El sonido húmedo y obsceno de sus caderas chocando contra el culo de Estelle llenaba la sala. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan violentamente. Ella gemía sin control, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo.

—Más fuerte… ¡Fóllame más fuerte, Xavier! —suplicaba entre jadeos—. Quiero que Carlos vea cómo me rompes el coño… ¡Sí! ¡Así!

Carlos no se tocaba. Tenía las manos apretadas sobre los muslos, las uñas clavadas en la tela. Su polla estaba dolorosamente dura, goteando dentro de los bóxers, pero obedecía el pacto implícito: solo mirar. La humillación le quemaba las mejillas y, al mismo tiempo, le provocaba un placer enfermizo que nunca había sentido con tanta intensidad.

Xavier agarró a Estelle del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la taladraba sin piedad.

—Míralo —le gruñó al oído—. Mira a tu cornudo mientras te follo como él nunca podrá.

Cambió de posición. Se sentó en el sofá y tiró de Estelle para que lo montara a horcajadas. La polla gruesa desapareció dentro de su coño de un solo descenso. Estelle gritó de placer, empezando a cabalgarlo con movimientos desesperados, salvajes. Sus tetas rebotaban arriba y abajo, casi golpeándole la cara. Xavier las agarró con ambas manos, chupando y mordiendo los pezones mientras la sujetaba del culo para ayudarla a subir y bajar con más violencia.

—Así, puta. Monta esa polla delante de tu marido. Enséñale cómo te gusta que te usen de verdad —jadeaba Xavier.

Estelle giró la cabeza hacia Carlos, con la cara desencajada de placer, el pelo pegado a la frente por el sudor.

—¿Lo ves, amor? ¿Ves cómo me llena? —gimió—. Su polla es tan gruesa… me llega hasta el fondo…

Finalmente, Xavier la tumbó de espaldas en el sofá, le levantó las piernas y se las colocó sobre sus hombros. En esa posición de misionero profundo, empezó a follarla con estocadas lentas pero brutales, clavándose hasta los huevos cada vez. El coño de Estelle chorreaba, dejando un charco oscuro en el cuero del sofá. Sus gemidos se volvieron agudos, casi gritos.

—¡Me voy a correr! ¡No pares, por favor, no pares!

Xavier aceleró, follándola con furia animal. Ambos llegaron al mismo tiempo. Él gruñó como una bestia, enterrándose hasta el fondo mientras descargaba chorros espesos de semen dentro de ella. Estelle se arqueó con un grito largo y tembloroso, convulsionando alrededor de la polla que la llenaba, sus paredes contrayéndose visiblemente.

Durante largos segundos solo se escucharon sus respiraciones agitadas.

Estelle, aún con la gruesa polla de Xavier palpitando dentro de su coño lleno de semen, giró la cabeza hacia Carlos. Sus ojos brillaban con una satisfacción profunda, casi cruel.

—Dios, Carlos… no tienes idea de lo mucho que disfruté que tu mejor amigo me follara así —susurró, todavía jadeando—. Me sentí tan puta… tan deseada. Su polla me llegó donde tú nunca has llegado.

Xavier sonrió con arrogancia, inclinándose para besar posesivamente a Estelle, metiendo la lengua en su boca mientras seguía dentro de ella, moviéndose lentamente, removiendo su semen. El beso fue largo, sucio, una declaración de propiedad.

Carlos permanecía inmóvil, con el corazón desbocado y la polla aún dolorosamente dura. La humillación había llegado a un nivel nuevo, ardiente. Sabía que acababa de cruzar una línea de la que ya no podía volver. Y lo peor —o lo mejor— era que la noche aún no había terminado. Xavier seguía dentro de su mujer, mirándolo con una promesa oscura en los ojos, como si supiera que esto solo era el comienzo de lo que pensaba hacerle a Estelle delante de él.

Estelle extendió una mano temblorosa hacia Carlos, con los labios hinchados y los ojos aún nublados de placer.

—Ven más cerca, mi amor… —murmuró—. Quiero que veas cómo late su polla todavía dentro de mí. Esto no ha terminado… ¿verdad, Xavier?

El entrenador sonrió contra el cuello de Estelle y empujó una vez más sus caderas, arrancándole un gemido fresco.

—No, preciosa. Ni mucho menos.

(1387 palabras)

Carlos se levantó del sillón como un hombre en trance, atraído por la mano temblorosa que Estelle le tendía. Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, fríos contra la piel ardiente de su esposa. Se arrodilló junto al sofá, a menos de medio metro de los cuerpos sudorosos, tan cerca que el olor denso a sexo —a coño recién follado, semen espeso y sudor masculino— le llenó las fosas nasales y le nubló la razón. Su corazón retumbaba con fuerza contra las costillas. Treinta y dos años dirigiendo una empresa no lo habían preparado para esto: ver el coño de su propia mujer, dilatado y brillante, abrazando todavía la polla gruesa de su mejor amigo.

Estelle lo miró directamente a los ojos, con los labios hinchados y entreabiertos. Un hilo de saliva brillaba en la comisura de su boca.

—Más cerca, mi amor… —susurró, casi sin aliento—. Quiero que lo veas todo. Mira cómo late dentro de mí.

Xavier, el entrenador personal de treinta y un años cuyo cuerpo esculpido brillaba bajo las luces tenues, sonrió con esa arrogancia que siempre había tenido, pero ahora multiplicada por el triunfo. Empujó lentamente las caderas hacia adelante, solo un par de centímetros, y Estelle soltó un gemido largo y ronco. Carlos vio con claridad enfermiza cómo la base de aquella verga venosa, mucho más gruesa que la suya, estiraba los labios rosados y depilados del coño de su mujer. Un chorro blanco y espeso de semen escapó por los bordes, resbalando por el perineo hasta manchar el cuero del sofá.

—Joder… está tan llena —murmuró Carlos para sí mismo, la voz rota. Su propia polla palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones, presionando contra la cremallera, dejando una mancha húmeda de precum en la tela. La humillación le quemaba las mejillas, pero era una quemadura adictiva, como fuego que bajaba directo a sus huevos.

Xavier agarró a Estelle por las caderas anchas y comenzó a follarla de nuevo con movimientos lentos y profundos, casi perezosos, como si disfrutara cada segundo de la degradación de su amigo. El sonido era obsceno: un chapoteo húmedo, viscoso, producido por el semen que ya la llenaba y que ahora actuaba de lubricante perfecto. Cada vez que sacaba la polla casi hasta el glande, Carlos podía ver los hilos blancos y transparentes que conectaban sus cuerpos. Cada embestida de vuelta hacía que las tetas pesadas de Estelle, todavía medio cubiertas por el vestido rojo arrugado, se balancearan con fuerza.

—Díselo, puta —gruñó Xavier contra el oído de ella, tirándole del pelo para que mantuviera la cara vuelta hacia Carlos—. Dile a tu marido lo que sientes ahora mismo.

Estelle jadeó, los ojos entrecerrados de placer, las pupilas tan dilatadas que apenas se veía el color castaño. Apretó con más fuerza la mano de Carlos, clavándole las uñas.

—Su polla es tan gruesa, cariño… —gimió, la voz entrecortada por cada estocada—. Me abre completa. Siento sus venas rozando cada centímetro dentro de mí. Tú nunca me llegaste tan profundo, Carlos. Nunca me hiciste gritar así… Dios, me está removiendo todo tu semen dentro. Lo siento caliente, espeso… me está marcando.

Carlos tragó saliva. El nudo en su garganta era casi doloroso. Pensó en todas las noches que habían pasado juntos, en cómo él se había convencido de que su vida sexual era suficiente. Ahora esa ilusión se deshacía con cada golpe de cadera de Xavier. Y lo peor era que su traidora excitación crecía. Sentía los testículos tensos, la punta de la polla mojada y sensible contra la tela. Quería tocarse. Quería sacarla y correrse viendo cómo su mejor amigo se follaba a su mujer como un animal. Pero no lo hizo. Solo miró, tal como habían acordado en silencio.

Xavier aceleró el ritmo. Levantó una de las piernas de Estelle, colocándola sobre el respaldo del sofá para abrirla más. La nueva posición permitió a Carlos ver absolutamente todo: el clítoris hinchado, los labios rojos y estirados, el ano fruncido que se contraía con cada embestida. El sofá crujía bajo ellos. El cuerpo de Estelle, el de la arquitecta de veintinueve años que siempre había sido elegante y controlada, ahora parecía una hembra en celo: sudorosa, con el pelo pegado a la frente, las tetas saliéndose del escote y los pezones duros como piedras.

—Más fuerte… ¡Por favor, Xavier, rómpeme! —suplicó ella, sin apartar la mirada de su marido—. Quiero que Carlos vea cómo me destrozas el coño. Quiero que vea lo que una polla de verdad puede hacerle a su mujer.

Xavier soltó una risa baja y oscura. Cambió de posición sin salir de ella, girándola hasta ponerla a cuatro patas sobre el sofá, ahora con la cara de Estelle a solo veinte centímetros de la de Carlos. Sus narices casi se tocaban. Podía sentir el aliento caliente y entrecortado de su esposa contra su boca mientras Xavier la montaba desde atrás como un toro.

El sonido de las caderas chocando contra el culo redondo y firme de Estelle era ensordecedor. Plap, plap, plap. Cada impacto hacía temblar la carne de sus nalgas. Xavier le dio un par de azotes fuertes que dejaron marcas rojas en la piel pálida.

—Míralo a los ojos —le ordenó Xavier, tirándole del pelo para levantarle la cabeza—. Quiero que tu cornudo vea exactamente cuándo te corres en mi polla.

Estelle obedeció. Sus ojos se clavaron en los de Carlos, vidriosos, desesperados, llenos de una lujuria que nunca le había mostrado a él. Su boca se abrió en un grito silencioso cuando el orgasmo la golpeó. Carlos vio cómo su coño se contraía visiblemente alrededor de la verga de Xavier, cómo un nuevo chorro de fluidos claros salpicó los muslos del entrenador y cayó sobre el sofá. Estelle temblaba entera, los brazos apenas sosteniéndola.

— ¡Me corrooo! ¡Joder, me corro tan rico con él! —gritó, casi sollozando de placer.

Xavier no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, alargándolo, haciendo que los gemidos de Estelle se volvieran agudos y quebrados. Luego la sacó de golpe. La polla salió con un sonido húmedo, roja, hinchada, cubierta de una mezcla blanca y cremosa. Sin darle tiempo a recuperarse, Xavier se sentó en el sofá y tiró de Estelle para que lo montara de espaldas a él, de cara a Carlos.

—Ahora móntame tú, zorra. Enséñale a tu marido cómo cabalgas una polla de verdad.

Estelle, con las piernas temblorosas, se colocó encima. Agarró la verga gruesa con una mano y la guió de nuevo a su coño empapado. Descendió lentamente, dejando que Carlos viera cada centímetro desaparecer dentro de ella hasta que sus huevos quedaron pegados a su culo. Empezó a moverse. Primero lento, rotando las caderas, luego cada vez más rápido, salvaje. Sus tetas grandes rebotaban con violencia delante de la cara de su marido. El vestido rojo estaba completamente arrugado alrededor de su cintura.

Carlos sentía el aliento de ella en su rostro cada vez que bajaba. Podía oler su coño, el semen de Xavier, su propio sudor. Estelle extendió una mano y le tocó la mejilla a su marido mientras seguía follándose con furia.

—¿Lo ves, amor? ¿Ves cómo me abre? Su polla me llega donde tú nunca pudiste… Me está tocando el fondo con cada bajada. Me siento tan llena… tan puta… tan suya.

Xavier la sujetaba del culo con ambas manos, separándole las nalgas para que Carlos pudiera ver también el ano fruncido contrayéndose con cada movimiento. El entrenador comenzó a subir las caderas con fuerza, encontrándose con los descensos de Estelle, follándola desde abajo con brutalidad.

—Dile qué quieres que haga ahora —gruñó Xavier, mirando a Carlos con desafío.

Estelle se mordió el labio, los ojos nublados. Siguió cabalgando sin parar, el coño haciendo ruidos mojados y sucios.

—Quiero que me folle por el culo, Carlos… —confesó entre jadeos, casi avergonzada pero excitada más allá de la razón—. Quiero que tu mejor amigo me abra el culo delante de ti. Quiero que veas cómo me toma por todos lados. ¿Me dejas? Dime que sí, por favor…

Carlos sintió que el mundo se tambaleaba. Su polla dio un salto violento dentro de los pantalones. La imagen de Xavier enterrándose en el culo virgen de su esposa —al menos para él— lo llenó de un torrente de celos, vergüenza y deseo tan intenso que casi se corrió sin tocarse.

Xavier sonrió con crueldad contra el cuello de Estelle, ralentizando apenas el movimiento para que ella pudiera escuchar la respuesta de su marido. Su polla seguía palpitando dentro del coño lleno, removiendo el semen con cada pequeño ajuste de caderas.

Carlos, con la voz quebrada y la cara ardiendo, solo pudo susurrar:

—Sí… Hazlo. Quiero verlo todo.

Estelle soltó un gemido de pura anticipación y se inclinó hacia adelante para besar a su marido en los labios con lengua, un beso sucio y desesperado mientras Xavier seguía moviéndose debajo de ella, preparándola para lo que vendría después. La noche seguía espesa de promesas oscuras, y ninguno de los tres tenía intención de detenerse.

Estelle profundizó el beso con su marido, enredando la lengua con la de él en un intercambio sucio y desesperado. El sabor de su boca era una mezcla de champagne de la fiesta y el aliento agitado de quien acaba de ser follada sin piedad. Mientras tanto, Xavier seguía debajo de ella, moviendo las caderas con lentitud calculada, removiendo su semen dentro del coño empapado. Carlos sentía cada pequeño empujón a través del cuerpo de su mujer, como si las vibraciones viajaran directamente hasta su propia polla palpitante. Tenía treinta y dos años, era un empresario respetado, y sin embargo allí estaba, de rodillas junto al sofá, besando a su esposa mientras el polla de su mejor amigo la ensartaba.

—Así, mi amor… siente cómo late todavía dentro de mí —murmuró Estelle contra sus labios, mordiéndole el inferior con suavidad antes de separarse. Sus ojos castaños, nublados por la lujuria, se clavaron en los de él. Tenía veintinueve años y un cuerpo que cualquier arquitecta de éxito cuidaba con devoción: caderas anchas, tetas pesadas que ahora colgaban libres del vestido rojo arrugado, y un culo redondo que Xavier no dejaba de amasar con las manos grandes.

Xavier, el entrenador personal de treinta y un años cuyo torso esculpido brillaba de sudor, soltó una risa baja y arrogante. Sacó la polla del coño de Estelle con un sonido húmedo y obsceno, dejando que un torrente de semen blanco y espeso escapara de entre sus labios hinchados. El olor era denso, animal: sexo crudo, coño excitado y corrida espesa. Carlos tragó saliva, hipnotizado. Su propia verga goteaba dentro de los pantalones, creando una mancha vergonzosa que no se atrevía a tocar.

—Mira esto, cornudo —dijo Xavier con voz grave, separando las nalgas firmes de Estelle con ambas manos—. Tu mujer tiene el culo virgen para mí. Ese coñito ya lo destrocé, pero el culito… eso va a ser mío de verdad. ¿Verdad, puta?

Estelle gimió afirmando, empujando las caderas hacia atrás. Se había colocado de cuatro patas sobre el sofá, con la cara a escasos centímetros de la de Carlos. Su aliento caliente le daba de lleno en la boca. El empresario vio cómo el ano fruncido de su esposa se contraía visiblemente, brillando por los fluidos que chorreaban desde el coño abierto. Xavier recogió con dos dedos la mezcla de semen y jugos vaginales, y comenzó a frotar el ano con círculos lentos, presionando poco a poco.

—Relájate para él, cariño —susurró Carlos sin saber muy bien por qué lo decía. La humillación le ardía en el pecho como un hierro al rojo, pero su polla saltaba con cada palabra degradante. Pensó en todas las veces que había fantaseado con esto en secreto, masturbándose en el baño de la oficina mientras imaginaba a Xavier follándose a Estelle. Ahora era real, y dolía de la manera más deliciosa.

El dedo grueso de Xavier entró en el culo de Estelle con un pop suave. Ella soltó un gemido largo, arqueando la espalda, y sus tetas pesadas se balancearon delante de la cara de Carlos. El entrenador movía el dedo adentro y afuera, follando el ano virgen con paciencia cruel mientras su otra mano le pellizcaba el clítoris hinchado.

—Joder… está tan apretado —gruñó Xavier—. Siente cómo se abre para mí, Carlos. Tu mujer está hecha para pollas grandes. La tuya nunca le dio esto, ¿verdad?

—No… nunca —admitió Carlos con la voz rota. Estelle lo miró con una mezcla de ternura y crueldad, mordiéndose el labio mientras el dedo de Xavier se convertía en dos, abriéndola con movimientos de tijera.

—Quiero que lo veas todo de cerca, mi amor —jadeó ella—. Acércate más. Huele cómo huele mi culo cuando me preparan para tu mejor amigo.

Carlos obedeció como en trance, inclinando la cabeza hasta casi rozar con la nariz las nalgas de su esposa. El olor lo golpeó como una droga: el almizcle caliente del ano dilatado mezclado con el semen de Xavier. Escuchaba los sonidos húmedos de los dedos entrando y saliendo, el chapoteo leve, los gemidos entrecortados de Estelle. Su polla dolía de lo dura que estaba. Sentía los huevos tensos, a punto de explotar sin que nadie lo tocara.

Xavier retiró los dedos y colocó la cabeza gruesa de su verga contra el ano reluciente. Empujó. Al principio el anillo muscular resistió, pero Estelle respiró hondo, empujando hacia atrás, y la polla comenzó a desaparecer centímetro a centímetro dentro de su culo. Carlos vio cada detalle: cómo el ano se estiraba obscenamente alrededor de esa verga venosa mucho más gruesa que la suya, cómo los labios del coño vacío seguían chorreando semen, cómo el vientre de Estelle se contraía con cada avance.

—¡Ahhh, hostia! ¡Me está abriendo el culo! —gritó Estelle, clavando las uñas en el sofá. Su cara estaba desencajada de placer y dolor mezclado, a solo un palmo de la de Carlos. El beso que le dio después fue salvaje, casi mordiéndole la lengua mientras Xavier seguía empujando hasta enterrarse hasta los huevos.

—Está dentro, Carlos. Hasta el fondo en el culo de tu mujer —anunció Xavier con orgullo. Comenzó a moverse con estocadas lentas pero profundas, sacando casi toda la polla para volver a clavarla con fuerza. El sonido era distinto ahora: más seco, más carnal, acompañado de los gemidos agudos de Estelle que se convertían en sollozos de placer.

Carlos no podía apartar la vista. Veía cómo las nalgas firmes de su esposa se separaban con cada embestida, cómo el ano se tragaba aquella polla gruesa una y otra vez, cómo los huevos pesados de Xavier golpeaban contra el coño empapado. Estelle temblaba entera. Sus tetas rebotaban violentamente y él, sin pedir permiso, extendió una mano y las agarró, pellizcando los pezones duros como ella siempre le pedía en la intimidad. Pero ahora era distinto. Ahora lo hacía mientras otro hombre la sodomizaba delante de sus ojos.

—Más fuerte, Xavier… ¡Fóllame el culo más fuerte! —suplicó Estelle, rompiendo el beso y girando la cabeza para mirar al entrenador por encima del hombro—. Quiero que Carlos vea cómo me rompes por completo. Quiero que sepa que ya no soy solo suya.

Xavier aceleró. Agarró a Estelle del pelo y tiró hacia atrás, arqueándola como un arco mientras la taladraba con furia. El sofá crujía. El sonido de carne contra carne llenaba el salón privado de la fiesta de máscaras. Otros invitados pasaban cerca, algunos deteniéndose a mirar con sonrisas detrás de sus antifaces, pero ninguno de los tres les prestaba atención. Esto era solo para ellos.

—Díselo, zorra. Dile lo que sientes —ordenó Xavier sin dejar de follarla.

—Su polla en mi culo es… es demasiado, Carlos —gimió Estelle entre embestida y embestida—. Me quema, me llena, me hace sentir tan puta… Me llega más profundo que nunca. Siento cada vena, cada latido. Me está marcando el culo para siempre. Tú nunca me follaste así. Nunca te atreviste.

Carlos sintió que las palabras lo atravesaban como cuchillos calientes. Su orgullo se deshacía, pero su excitación crecía hasta doler. Se abrió la cremallera por fin, sacando su polla más pequeña, goteante, y comenzó a masturbarse lentamente mientras miraba. No era parte del pacto original, pero nadie lo detuvo. Estelle sonrió al verlo, con los ojos vidriosos.

—Mírate… tocándote mientras tu mejor amigo me da por el culo. Eres un cornudo perfecto, amor.

Xavier cambió de posición. Sacó la polla del ano con un sonido húmedo y tiró de Estelle para sentarla sobre él, ahora de espaldas a su pecho, de cara a Carlos. La penetró de nuevo en el culo en esa postura, sujetándola por debajo de las rodillas para abrirla completamente. Carlos tenía una vista privilegiada: el coño rojo e hinchado chorreando, el ano dilatado tragándose la verga gruesa una y otra vez, las tetas rebotando salvajemente.

—Acércate y lame sus tetas mientras te enseño cómo se folla un culo de verdad —ordenó Xavier.

Carlos obedeció. Se inclinó y chupó uno de los pezones de su esposa con devoción humillada, sintiendo cómo el cuerpo de ella se sacudía con cada estocada ascendente de Xavier. Estelle le agarró la cabeza, apretándolo contra sus pechos mientras gemía cada vez más alto.

—Estoy cerca… ¡Me voy a correr con una polla en el culo! —anunció entre sollozos.

Su orgasmo fue violento. El ano se contrajo visiblemente alrededor de la verga de Xavier, y un chorro claro salió disparado de su coño, salpicando el pecho de Carlos. Estelle gritó, convulsionando, las piernas temblando sin control. Xavier no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, alargándolo hasta que ella casi lloraba de placer.

Cuando Estelle se recuperó, aún empalada hasta el fondo, miró a su marido con una sonrisa satisfecha y peligrosa. Su mano bajó y envolvió la polla de Carlos, masturbándolo con lentitud tortuosa.

—Esto no termina aquí, mi cornudito. Xavier todavía no se ha corrido en mi culo… y yo quiero más. Quiero que me folle otra vez mientras tú sostienes mis piernas abiertas. Quiero que veas cómo me llena de semen caliente por detrás. ¿Estás preparado para seguir viéndome convertirme en su puta?

Xavier sonrió por encima del hombro de Estelle, sacando lentamente la polla del ano dilatado solo para frotarla contra él, provocándolos a ambos. La noche seguía cargada de promesas más oscuras. Carlos, con la polla latiendo en la mano de su mujer y el corazón desbocado, solo pudo asentir, sabiendo que la humillación apenas acababa de alcanzar un nuevo nivel y que aún quedaba mucho más por venir.

(1324 palabras)

Carlos asintió con la cabeza, la voz atrapada en la garganta mientras su mano apretaba la de Estelle con desesperación. La arquitecta de veintinueve años temblaba sobre el regazo de Xavier, las piernas abiertas obscenamente, el coño hinchado y chorreante todavía goteando semen del polvo anterior. Xavier, el entrenador personal de treinta y un años, frotaba la cabeza gruesa y venosa de su polla contra el ano dilatado de ella, untándola con los fluidos que resbalaban desde su coño.

—Ábrete más para mí, puta —gruñó Xavier, sujetándola por debajo de las rodillas y tirando hacia arriba hasta casi doblarla en dos. Estelle obedeció con un gemido largo, apoyando la espalda contra el pecho sudoroso de él. Carlos estaba tan cerca que podía ver cada detalle: el ano fruncido palpitando, rosado y brillante, estirándose lentamente alrededor del glande invasor.

Estelle giró la cara hacia su marido, los ojos vidriosos de lujuria. —Sostén mis piernas, amor… Quiero que veas exactamente cómo tu mejor amigo me abre el culo.

Carlos obedeció como en trance. Sus manos temblorosas agarraron las pantorrillas de su esposa, separándolas aún más. Xavier empujó con fuerza controlada. El ano de Estelle cedió con un sonido húmedo y ella soltó un grito agudo, las uñas clavándose en los antebrazos de Carlos. Centímetro a centímetro, la verga gruesa desapareció dentro de su recto hasta que los huevos pesados de Xavier quedaron pegados contra su coño empapado.

—Joder… qué apretado está —jadeó Xavier, mordiendo el cuello de Estelle mientras comenzaba a mover las caderas en estocadas cortas y profundas. Cada embestida hacía que el cuerpo de la joven arquitecta se sacudiera. Sus tetas pesadas rebotaban violentamente delante de la cara de Carlos, los pezones duros y enrojecidos. El olor era abrumador: sudor, semen, coño excitado y el almizcle terroso del culo siendo follado sin piedad.

Carlos sentía su propia polla latiendo en la mano de Estelle, que lo masturbaba con lentitud tortuosa mientras era sodomizada. «Esto no puede ser real… Mi mujer, mi Estelle, gimiendo como una zorra mientras la polla de Xavier le destroza el culo delante de mis narices. Y yo… yo solo quiero más», pensó, humillado hasta la médula pero incapaz de apartar la mirada.

Estelle arqueó la espalda, empujando el culo hacia abajo para recibir cada centímetro. —¡Más adentro, Xavier! ¡Quiero que me llenes el intestino! —suplicó, la voz quebrada—. Carlos, mírame… mira cómo tu amigo me está convirtiendo en su puta anal. Su polla es tan gruesa que siento que me va a partir en dos… y me encanta.

Xavier aceleró el ritmo, follándola con estocadas más brutales. El sonido de sus huevos golpeando contra el coño abierto de Estelle era obsceno, chapoteante. Semen antiguo y nuevos jugos vaginales salpicaban los muslos de Carlos con cada impacto. El empresario de treinta y dos años no podía dejar de mirar cómo el ano de su mujer se tragaba aquella verga venosa una y otra vez, estirándose obscenamente alrededor del grosor, los bordes enrojecidos y brillantes.

—Tu marido tiene la polla más pequeña que he visto en mi vida —se burló Xavier entre embestidas, mirando directamente a Carlos con arrogancia—. Por eso tú nunca te atreviste a follarle el culo, ¿verdad, cornudo? Porque sabías que ella necesitaba una verga de verdad.

Estelle soltó una carcajada rota que se convirtió en un gemido cuando Xavier cambió el ángulo y golpeó un punto especialmente sensible dentro de ella. Sus paredes anales se contrajeron visiblemente alrededor de la polla invasora. Carlos sintió que su propia verga daba un salto en la mano de su esposa.

—Está tan profundo… —jadeó Estelle, los ojos clavados en los de su marido—. Siento sus venas palpitando dentro de mi culo. Me está marcando, Carlos. Este culo ya no te pertenece. Es de Xavier ahora.

El entrenador personal soltó una de las piernas de Estelle para poder meter dos dedos gruesos en el coño de ella, follándola por ambos agujeros al mismo tiempo. Estelle convulsionó. Su orgasmo llegó como un tren de carga: un chorro claro salió disparado de su coño, salpicando el pecho y la cara de Carlos mientras su ano apretaba la polla de Xavier con fuerza rítmica.

—¡Me corrooo! ¡Me corro con polla en el culo! —gritó, el cuerpo entero temblando, las tetas agitándose salvajemente.

Carlos no aguantó más. Con un gemido avergonzado, se corrió en la mano de su mujer, su semen más delgado y menos abundante salpicando las tetas de Estelle y goteando sobre su propio regazo. La humillación era completa.

Xavier no se detuvo. Siguió taladrando el culo dilatado de Estelle a través de su orgasmo, alargándolo hasta que ella sollozaba de placer. Luego la levantó como si no pesara nada, la puso a cuatro patas sobre el sofá y la montó desde atrás con furia animal. Carlos se quedó de rodillas junto a ellos, la cara a centímetros del punto donde se unían. Veía perfectamente cómo la polla gruesa entraba y salía del ano abierto de su esposa, dejando un borde rojizo cada vez que se retiraba casi por completo antes de clavarse hasta los huevos.

—Dile adiós a tu culo de esposa decente —gruñó Xavier, agarrando a Estelle del pelo y tirando de su cabeza hacia atrás—. A partir de ahora, cada vez que te sientes, vas a recordar mi polla abriéndote.

Estelle miró a Carlos con los ojos nublados, la boca abierta en un gemido constante. —Gracias por darme permiso, mi amor… Gracias por dejar que tu mejor amigo me folle como la zorra que soy.

Xavier aceleró hasta que sus caderas fueron un borrón. El sudor le corría por el torso esculpido. Estelle empujaba hacia atrás, encontrándose con cada embestida, completamente perdida en el placer. Carlos observaba hipnotizado cómo el ano de su mujer ya no ofrecía resistencia, simplemente se abría para recibir aquella verga gruesa una y otra vez.

Finalmente, Xavier enterró la polla hasta el fondo y rugió. —¡Toma mi leche, puta! ¡Todo en tu culo!

Su verga palpitó visiblemente. Carlos vio cómo los huevos de Xavier se contraían, disparando chorros espesos y calientes de semen directamente en las entrañas de Estelle. Ella tuvo un segundo orgasmo más suave, gemidos entrecortados mientras sentía cada pulsación, cada chorro caliente llenándola. El semen era tanto que empezó a escaparse alrededor de la polla aún enterrada, resbalando en hilos blancos por su coño y muslos.

Durante casi un minuto, Xavier permaneció dentro de ella, vaciándose por completo. Luego se retiró lentamente. Un torrente espeso de semen brotó del ano dilatado de Estelle, cayendo sobre el sofá en un charco obsceno. Ella se derrumbó de lado, respirando con dificultad, el cuerpo cubierto de sudor, semen y sus propios fluidos. Sus tetas subían y bajaban con cada jadeo. Xavier se dejó caer a su lado, la polla todavía semierecta y brillante.

Carlos se quedó arrodillado, mirando el desastre que era su mujer: el coño rojo e hinchado, el ano abierto que no cerraba del todo y que seguía expulsando semen lentamente. Su propia polla descansaba flácida y pegajosa contra su muslo.

Estelle extendió una mano débil y le acarició la mejilla a su marido con ternura fingida. —Te amo, Carlos… —susurró con voz ronca.

Pero mientras lo decía, intercambió una mirada rápida y cómplice con Xavier por encima del hombro de su marido. Ninguno de los dos habló. Carlos nunca sabría que Estelle llevaba dos meses de embarazo. El hijo que crecía en su vientre era de Xavier. Lo habían descubierto hacía semanas durante una de sus muchas citas secretas en el gimnasio del entrenador. Esta noche no había sido el comienzo de nada. Solo la forma elegante de preparar a Carlos para el resto de su vida como cornudo complaciente, criando un hijo que nunca sería suyo. Xavier sonrió apenas, casi imperceptiblemente, y cerró los ojos satisfecho, guardando el secreto que cambiaría sus tres vidas para siempre.

Estelle besó suavemente los labios de su marido, saboreando su rendición total, mientras el semen de su amante seguía escapando de su culo y el secreto ardía dulce y oscuro entre ella y Xavier. La fiesta de máscaras había terminado. La verdadera mascarada apenas empezaba.

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