Cuerdas Compartidas con Nuestro Mejor Amigo
Paulina, de 32 años, y su marido Everett, de 35, atan y follan salvajemente a su mejor amigo Malik, de 34, en una intensa sesión BDSM
Te confieso que nunca pensé que aquella noche de primavera iba a cambiarlo todo. Yo, Paulina, arquitecta de treinta y dos años, llevaba casi una década casada con Everett, mi marido de treinta y cinco, y entre las paredes de nuestro ático de techos altos habíamos ido tejiendo un lenguaje secreto de cuerdas, nudos y órdenes susurradas. No éramos unos novatos: los viernes, después de que él cerraba el portátil de su consultoría y yo dejaba los planos enrollados sobre la mesa de dibujo, él me ataba las muñecas a la cabecera con una soga de yute suave, me vendaba los ojos y me follaba despacio hasta que yo temblaba pidiendo más. A veces era yo quien le ordenaba de rodillas, quien le apretaba la garganta con la correa de cuero y le hacía correrme en la boca. Todo privado. Todo nuestro. Nadie más.
Malik, nuestro mejor amigo desde la universidad de Everett, fotógrafo freelance de treinta y cuatro años, venía a cenar casi cada dos semanas. Aquella noche trajo una botella de tinto y su risa fácil. Everett había asado cordero con romero; yo había puesto la mesa con velas y esa mantelería blanca que tanto le gustaba a Malik porque decía que “hacía que la luz se comportara”. Nos sentamos, comimos, hablamos de un encargo suyo en el puerto, de un edificio que yo estaba proyectando cerca del río. Todo normal. Hasta que el vino aflojó las lenguas y la conversación resbaló, como siempre acababa resbalando entre nosotros tres, hacia el terreno de las confesiones nocturnas.
—Os voy a decir algo que nunca le he dicho a nadie —soltó Malik de pronto, girando la copa entre los dedos—. Siempre he fantaseado con atar a una mujer. De verdad atarla. Muñecas, tobillos, pecho… y dominarla. Que no pueda moverse mientras yo decido el ritmo, la profundidad, cuándo se corre y cuándo no. Me pone duro solo pensarlo.
El silencio que siguió no fue incómodo; fue denso, caliente. Everett me miró por encima de la mesa. Yo sentí el pulso en la entrepierna, ese latido traicionero que conocía demasiado bien. Malik nos observaba, la mandíbula tensa, como si ya se arrepintiera de haber hablado.
—¿Y nunca lo has intentado? —preguntó Everett con esa calma peligrosa suya, la misma que usaba cuando me ordenaba abrirme de piernas.
—No. Nunca encontré a alguien que… confiara lo suficiente. O a quien yo confiara lo suficiente.
Ahí fue cuando Everett, sin mirarme siquiera, dejó caer la frase que lo desencadenó todo:
—Paulina me contó hace años que le excitaba la idea de ser compartida. De que yo la ofreciera. De que otro hombre la tocara mientras yo miraba… o mientras yo la sujetaba.
Me ardieron las mejillas. Sí, se lo había confesado una madrugada, todavía atada a la cama, todavía goteando. Le había dicho que a veces imaginaba sus manos y las de otro, que imaginaba ser el centro de dos bocas, dos pollas, dos voluntades. Everett lo había guardado como un secreto entre los dos. Hasta esa noche.
Malik se quedó quieto. Sus ojos —oscuros, de fotógrafo que siempre busca el contraste— bajaron a mi boca y luego a la de Everett.
—¿Ella te lo confesó a ti… y tú me lo estás contando ahora, delante de ella?
—Porque ella está aquí y puede negarlo si quiere —respondió Everett—. Paulina, ¿lo quieres negar?
Tragué saliva. La confesión salió más ronca de lo que esperaba:
—No lo niego. Lo deseo. Lo he deseado durante mucho tiempo. Y no solo ser compartida… a veces imagino que somos nosotros quienes atamos. Quienes dominamos. Que alguien confía tanto en nosotros como nosotros confíamos el uno en el otro.
El aire cambió. Malik apoyó ambos codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante. Su voz bajó un tono:
—Entonces no estoy solo en esto. Porque cuando dije “atar a una mujer”, también pensé… a veces… en ser yo el que queda inmovilizado. En que alguien decida por mí. En que me usen. Especialmente si son personas a las que respeto. Personas como vosotros.
Everett soltó una risa baja, casi un gruñido. Bajo la mesa, su mano encontró mi rodilla y la apretó con fuerza posesiva, recordándome que yo seguía siendo suya incluso mientras el círculo se abría.
—Malik —dijo mi marido—, ¿estás diciendo que te pondría cachondo que Paulina y yo te atáramos? ¿Que te folláramos? ¿Que te diéramos órdenes?
Malik no apartó la mirada. Su manzana de Adán subió y bajó.
—Estoy diciendo que desde hace meses, cada vez que os veo, me pregunto cómo se sentiría la cuerda en mis muñecas si la atara Everett… y cómo se sentiría la boca de Paulina si me ordenara abrirla. Estoy diciendo que confieso el deseo y que, si vosotros también lo sentís, quiero explorarlo. En serio. Con reglas. Con palabras de seguridad. Con todo lo que hace falta para que nadie salga herido… excepto de la forma en que nos gusta.
Yo ya estaba empapada. Notaba la tela de las bragas pegada a los labios, el pezón derecho rozando el sujetador cada vez que respiraba. Everett me conocía demasiado bien; sin soltar mi rodilla, giró el rostro hacia mí:
—Dime la verdad, Paulina. ¿Quieres atarlo? ¿Quieres que lo atemos juntos y lo usemos? ¿Quieres que él también te use a ti mientras yo decido hasta dónde llega?
Mi respuesta fue un susurro que apenas se oía por encima del latido en mis oídos:
—Sí. Quiero las dos cosas. Quiero que me compartas con él… y quiero que los dos lo tengamos a él bajo nuestro control. Quiero verlo temblando, quiero oírlo pedir, quiero que se corra cuando nosotros digamos. Y quiero que él me folle mientras tú me sujetas la garganta. Todo consensuado. Todo hablado. Todo nuestro.
Malik exhaló como si llevara años conteniendo el aire. Everett se levantó, recogió las tres copas vacías y las dejó en la cocina sin decir nada. Cuando volvió, se situó detrás de mi silla, me apartó el pelo de la nuca y me besó allí, despacio, mientras miraba a Malik por encima de mi hombro.
—Entonces empezamos por hablar —dijo Everett—. No esta noche de forma completa. No todavía. Primero límites. Primero lo que cada uno necesita. Pero quiero que sepas, Malik, que la idea de verte atado a nuestra cama, con la polla dura y la boca abierta esperando lo que Paulina y yo decidamos darte… me tiene duro desde que abriste la boca. Y a ella también. ¿Verdad, cariño?
Asentí. Mis dedos se crisparon sobre el mantel.
—Verdad.
Malik se pasó la lengua por el labio inferior.
—Tengo una cámara que no voy a traer. Tengo una palabra de seguridad que ya estoy pensando. Y tengo ganas de que me digáis qué queréis hacerme primero.
Everett sonrió contra mi piel. Yo sentí el calor subir por el pecho, el mismo calor que sentía cuando él me ataba las primeras cuerdas los viernes por la noche. Solo que ahora había un tercer pulso en la habitación, un tercer deseo latiendo a la par del nuestro.
—La próxima vez que vengas —murmuró Everett—, trae ropa que no te importe que rompamos. Y ven dispuesto a escuchar. Paulina y yo vamos a preparar las cuerdas. Las mismas que usamos entre nosotros. Las que ya conocen el peso de un cuerpo que se entrega.
Malik asintió una sola vez, grave, excitado, consciente.
—Vendré.
Nos quedamos un rato más en la mesa, hablando en voz baja de colores de seguridad, de zonas que dolían de verdad y zonas que dolían del modo correcto, de si Malik prefería ser llamado por su nombre o por algo más duro cuando estuviera de rodillas. Cada frase era un nudo más en la tensión que ya no se podía deshacer. Yo imaginaba sus muñecas cruzadas a la espalda, la respiración de Everett en mi oreja dándome permiso para montarlo, la mirada de Malik pidiendo sin palabras que no parásemos.
Cuando por fin se puso de pie para irse, Everett lo acompañó a la puerta. Se abrazaron un segundo más de lo habitual. Yo me quedé en el umbral, con el corazón golpeándome las costillas y el coño latido. Malik se giró una última vez.
—Paulina… Everett… gracias por no reiros. Gracias por quererlo también.
—No nos reímos —respondí—. Te deseamos. A ti. Así. Y la próxima vez no nos limitaremos a hablar.
La puerta se cerró. Everett se volvió hacia mí, me empujó suavemente contra la pared del recibidor y me besó con la boca abierta, con hambre. Su polla dura presionaba mi vientre.
—Vas a ayudarme a elegir las cuerdas —dijo contra mis labios—. Vas a ayudarme a decidir cómo lo abrimos la primera vez. Y vas a correrte esta noche pensando en su boca alrededor de tu coño mientras yo le digo lo profundo que tiene que chupar.
Asentí, temblando, ya entregada a la espera.
Todavía no lo habíamos tocado. Todavía no lo habíamos atado. Pero las cuerdas ya estaban en la mente de los tres, tensas, compartidas, listas para el siguiente nudo.
Te confieso que la puerta ni había terminado de cerrarse del todo cuando la idea me golpeó con tanta fuerza que me temblaron las rodillas. Everett todavía me tenía pegada a la pared del recibidor, la boca abierta sobre la mía, la polla dura rozándome el vientre a través de la tela, y yo ya no podía esperar a “la próxima vez”. El vino, la confesión, el calor que me chorreaba entre las piernas… todo pedía ya. Esa misma noche.
—Llámalo —susurré contra sus labios—. Dile que vuelva. Ahora. No aguanto hasta otro viernes, Everett. Quiero las cuerdas esta noche. Quiero sus manos y las tuyas. Quiero probarlo ya.
Él se apartó lo justo para mirarme a los ojos. Vi el mismo fuego que yo sentía reflejado en su cara, esa calma peligrosa transformada en hambre pura. Sonrió, asintió una sola vez y sacó el móvil. El mensaje fue breve. Malik contestó en menos de un minuto: Voy para allá. Diez minutos.
Cuando regresó, la botella de tinto ya no importaba. Malik entró con la chaqueta todavía puesta, la respiración un poco agitada, y cerró la puerta con el hombro. Los tres nos quedamos en el salón, de pie, el aire tan espeso que casi se podía morder. Everett fue el primero en hablar, con esa voz grave que uso cuando quiere que las cosas queden claras antes de que nadie se quite la ropa.
—Antes de tocar nada —dijo—, reglas. Ninguno de los tres se mueve sin ellas. Palabra de seguridad: “rojo” para parar todo en seco. “Ámbar” si necesitamos bajar el ritmo o ajustar algo. Un apretón de dos veces en la mano o en el muslo si la boca está ocupada. Nadie ignora una señal. ¿De acuerdo?
Malik asintió enseguida, la mandíbula tensa de excitación.
—De acuerdo. Rojo, ámbar, dos apretos. Y nada de grabar, nada de fotos. Solo nosotros.
Yo tragué saliva. Mis pezones ya dolían contra el sujetador.
—Límites duros —continué yo, porque necesitaba oír mi propia voz decirlo—: nada que deje marcas permanentes sin avisar antes, nada de asfixxia hasta perder el aire, y si alguien dice rojo se sueltan las cuerdas al instante. Fuera de eso… quiero que me uséis. Quiero que me atéis. Y quiero que más tarde seamos nosotros quienes te atemos a ti, Malik. Todo consensuado. Todo hablado.
Él se pasó la lengua por el labio inferior, exactamente igual que en la cena.
—Quiero eso. Las dos cosas. Empezad conmigo como queráis, pero primero… si ella lo pide, atadla. Verla entregada me va a poner todavía más duro para cuando me toque a mí.
Everett miró a los dos y entonces su mano encontró la mía.
—Entonces lo hacemos. Esta noche. Paulina, de rodillas.
No me lo pensé. Me arrodillé voluntariamente en la alfombra del salón, delante de los dos, con la falda subiéndose por los muslos y el coño ya empapado. Levanté la cara. Everett a mi izquierda, Malik a mi derecha, ambos mirándome como si yo fuera el centro exacto de todo lo que deseaban. Mi voz salió ronca, confesional, sin vergüenza:
—Atadme. Por favor. Quiero vuestras cuerdas en mis muñecas. Quiero obedeceros a los dos. Usadme. Empezad conmigo y después… después os juro que os voy a ayudar a tenerlo a él exactamente igual de abierto.
Everett fue a la habitación y volvió con el cajón de yute que conocíamos de memoria: las mismas sogas suaves que me habían marcado los viernes, el mismo olor a fibra y a sexo antiguo. Malik se quitó la chaqueta sin que nadie se lo pidiera y se arremangó. Se agacharon los dos. Everett me tomó las muñecas primero, las cruzó a la espalda con movimientos precisos, mientras Malik sujetaba mis hombros para que no me moviera. El yute rozó mi piel, caliente ya por la fricción. Nudo tras nudo. Yo respiraba por la boca, temblando de puro gusto.
—Más apretado —pedí—. Quiero notarlo.
—Calladita ahora —ordenó Everett con suavidad firme—. Hablas cuando te lo permitamos. Abre la boca.
Obedecí al instante. Abrí. Malik acercó dos dedos y me los metió despacio, recorriéndome la lengua, y yo chupé como si me lo hubieran mandado toda la vida. Everett terminó el nudo en mis muñecas y pasó otra cuerda por debajo de mis pechos, apretando el sujetador contra los pezones hasta que solté un gemido ahogado alrededor de los dedos de Malik.
—Buena chica —murmuró Malik, y la alabanza me recorrió la columna como un calambre—. Mira cómo se le ponen duros. Everett, ¿le quitamos la blusa o la dejamos así, medio tapada y humillada?
—Se la abrimos —decidió mi marido—. Que se vean las tetas, pero que sienta la tela rozándole. Paulina, pechos fuera. Ya.
No podía usar las manos, así que ellos lo hicieron: botones, sujetador bajado, mis pechos pesados expuestos al aire fresco del ático. Malik se inclinó y me lamió un pezón con la lengua plana, lenta, mientras Everett me mordisqueaba el otro. Yo arqueé la espalda, las cuerdas tirando de mis brazos, el coño latiendo tan fuerte que estaba segura de que ellos lo oían.
—De rodillas más abiertas —ordenó Everett—. Muslos separados. Quiero ver cómo se te pone la braga.
Obedecí. Separé las rodillas sobre la alfombra hasta que sentí el aire frío contra la tela mojada. Malik se puso detrás de mí un segundo, me levantó la falda hasta la cintura y me bajó las bragas justo lo suficiente para dejarme el coño al aire, los labios hinchados y brillantes. Un dedo suyo —grueso, seguro— recorrió mi raja de arriba abajo sin entrar todavía.
—Está chorreando —informó, la voz baja, casi reverente—. Paulina, ¿quieres que te follemos así, atada, o prefieres que primero te hagamos correrte con la boca?
—Lo que… lo que digáis vosotros —logré decir—. Os obedezco. Los dos.
Everett se agachó frente a mí, me tomó la barbilla y me obligó a mirarlo.
—Entonces chuparás primero. La polla de Malik. Despacio. Sin manos, solo boca. Y yo voy a decidir cuándo te la mete del todo. Si te corres antes de tiempo, te castigo con la correa en el culo. ¿Entendido?
—Entendido —susurré, y la palabra me sabía a sexo puro.
Malik se abrió el pantalón. Su polla saltó gruesa, ya dura, la cabeza brillante de precum. Se colocó delante de mi cara. Yo avancé la boca con las rodillas abiertas, las muñecas quemándome deliciosamente a la espalda, y lo tomé entre los labios. El sabor salado me llenó la lengua. Everett se puso a mi lado, una mano en mi nuca guiándome el ritmo, la otra bajando a mi coño para abrirme los labios con dos dedos y frotarme el clítoris en círculos lentos y crueles.
—Más profundo —ordenó Malik, suave pero firme—. Trágatela hasta donde puedas. Quiero sentirte la garganta.
Empujé. La cabeza rozó el fondo de mi boca y yo gocé con el esfuerzo, babas cayéndome por la barbilla, los ojos llorosos de puro placer. Everett metió un dedo dentro de mí, luego dos, curvándolos exactamente donde sabía que me volvía loca. Yo gemí alrededor de la polla de Malik y él soltó un taconazo de aire entre los dientes.
—Joder, Paulina… cómo chupas cuando te atan.
Everett me sacó los dedos, me los acercó a la cara y me hizo lamerlos mientras seguía con la polla de Malik en la boca.
—Sabe a ti —dijo—. Ahora te vamos a poner de pie un momento. Malik, ayúdame con los tobillos. Quiero las piernas abiertas y fijas a las patas de la mesa del comedor. Que no pueda cerrarlas aunque quiera.
Me levantaron entre los dos. Mis pechos colgaban libres, las cuerdas marcándome la piel, y me llevaron los pocos pasos hasta la mesa donde horas antes habíamos cenado cordero y confesiones. Malik se arrodilló y me ató cada tobillo a una pata, las piernas abiertas en una V imposible de cerrar. Everett pasó otra soga por mi cintura y la ancló al borde de la mesa para que mi torso quedara inclinado hacia delante, el culo en alto, el coño expuesto y goteando sobre el suelo de madera.
—Mírala —dijo Everett a Malik—. Nuestra mejor amiga entregada. Nuestra puta consentida. ¿Quieres probarla primero o quieres que te diga exactamente cómo follártela?
Malik se pasó la mano por la polla todavía brillante de mi saliva.
—Dímelo tú. Yo obedezco también… al menos hasta que me toque a mí quedar atado.
Everett se situó detrás de mí, me abrió más los labios del coño con los pulgares y le habló a Malik sin dejar de mirarme el culo.
—Entra despacio. Hasta el fondo. Pero no te corras dentro. Quiero verla temblar primero. Y tú, Paulina: no te corras hasta que yo diga el número tres. Cada embestida cuentas en silencio. Si fallas, te dejo al borde toda la noche.
—Sí… sí, señor —respondí, la voz rota de ganas.
Sentí la cabeza de la polla de Malik rozarme la entrada. Entró centímetro a centímetro, gruesa, caliente, abriéndome mientras las cuerdas me recordaban que no podía escapar ni aunque hubiera querido. No quería. Everett se puso delante, se sacó la polla y me la ofreció a la boca al mismo tiempo. Me follaron así: Malik por detrás con embestidas profundas y controladas, Everett por delante follándome la garganta con la misma calma peligrosa de siempre. Yo era solo agujeros y cuerdas y obediencia, el confesionario más sucio que había imaginado nunca.
—Uno —conté en mi cabeza cuando Malik dio la primera embestida completa. —Dos… Cada embestida me sacudía los pechos. Malik gemía bajo, agarrándome las caderas atadas, y Everett me acariciaba el pelo con una ternura que contrastaba con lo duro de su polla en mi garganta.
—Buenas chicas se corren cuando se lo permiten —susurró Everett—. Malik, más fuerte. Quiero oír cómo le chapotea el coño.
Malik aceleró. El sonido húmedo llenó el salón. Yo babeaba, lloraba de placer, las muñecas ardiendo del yute, los tobillos tirando de las patas de la mesa. El orgasmo me subía por las piernas como lava y tuve que morder la polla de Everett para no gritar el “tres” antes de tiempo.
—Ámbar —solté de pronto alrededor de la polla, porque el borde era demasiado y necesitaba un segundo para no romper la regla.
Everett se retiró de inmediato. Malik se quedó quieto dentro de mí, respirando agitadamente, sin moverse ni un milímetro más.
—Dinos qué necesitas —preguntó Everett, serio, atento.
—Solo… un momento. Estoy demasiado cerca. Quiero aguantar. Quiero que me digáis cuándo.
—Tómatelo —dijo Malik, acariciándome la espalda con una mano libre—. Aquí estamos. No se va a ninguna parte.
Respiré. Conté hasta diez. El yute seguía apretando, el coño seguía lleno, y yo seguía siendo suya de los dos. Cuando asentí, Everett sonrió.
—Entonces seguimos. Malik, sácala hasta la punta y vuelve a entrar despacio. Paulina, ahora sí: cuando diga tres, te corres. Y después… después te vamos a soltar solo lo suficiente para que nos ayudes a atarlo a él a nuestra cama. Porque esta noche no termina contigo. Esta noche las cuerdas son compartidas de verdad.
Malik obedeció. Entró otra vez, lento, profundo. Everett se agachó a mi oído:
—Uno… —Dos… —Tres.
Me corrí gritando contra la madera de la mesa, el coño apretando la polla de Malik en espasmos violentos, las cuerdas sosteniéndome para que no me derrumbara. Él aguantó sin correrme dentro, jadeando, y Everett me besó la sien mientras yo temblaba.
Todavía atada, todavía abierta, todavía con la boca sabiendo a los dos, yo ya imaginaba el siguiente nudo: las muñecas de Malik cruzadas, su cuerpo entregado, mi boca y la de Everett decidiendo su ritmo. La noche apenas empezaba. Las cuerdas seguían tensas. Y ninguno de los tres quería que se aflojaran todavía.
Te confieso que el temblor de mi orgasmo todavía me sacudía las piernas cuando Everett me soltó solo lo justo de la mesa. Las sogas de yute me habían dejado marcas rojas en las muñecas y los tobillos, pero no era suficiente. Malik me sostenía por la cintura mientras mi marido iba al cajón de nuevo y sacaba las cuerdas rojas, las que guardábamos para las noches en que queríamos algo más espectacular, más expuesta. Eran más suaves al tacto pero más firmas, teñidas de un carmesí que brillaba bajo la luz de las velas que aún ardían.
—Estructura improvisada —dijo Everett, señalando el marco de la puerta del salón que daba al pasillo y la viga baja del techo del ático—. Muñecas arriba, tobillos anclados. Suspensión parcial. Vas a colgar lo bastante para que no toques del todo el suelo, Paulina. ¿Quieres eso?
—Sí —respondí sin dudar, la voz todavía ronca de haber gritado—. Atadme así. Quiero sentir el peso de mi propio cuerpo tirando de las cuerdas mientras me folláis.
Malik pasó las cuerdas rojas por mis muñecas ya marcadas, cruzándolas sobre mi cabeza y fijándolas a un gancho improvisado que Everett había atornillado años atrás “por si acaso”. Luego mis tobillos: cada uno sujeto a las patas separadas de dos sillas pesadas que arrastraron y anclaron con más cuerda al marco. Me alzaron. Mis pies apenas rozaban el suelo de madera; el peso se repartía entre muñecas y tobillos, el torso arqueado, los pechos colgando pesados, el coño aún goteando residual de la follada anterior. Estaba abierta, inmovilizada, suspendida a medias como un trofeo consentido.
Everett se situó delante de mí, se quitó del todo la ropa y me levantó la cara con dos dedos.
—Ahora te usamos de verdad. Diego… no, yo. Yo te penetro por delante con fuerza. Malik te llena la boca. Y cuando digamos, cambiamos. ¿Palabra?
—Rojo si necesito parar —susurré—. Pero no la voy a usar. Usadme.
Entró de un embestida seca y profunda. Su polla me abrió de golpe, todavía sensible del orgasmo previo, y yo gemí alto mientras Malik se colocaba a un lado, me agarraba el pelo y me empujaba la polla gruesa entre los labios. Me follaron a dos bocas: Everett clavándome hasta el fondo, las caderas chocando contra las mías, las cuerdas rojas crujiendo con cada embestida; Malik follándome la garganta con ritmo constante, obligándome a tragar saliva y precum. El balanceo de la suspensión parcial hacía que cada embestida me balanceara como un péndulo, el clítoris rozando el aire frío, los pezones duros y al aire.
—Mírala —gruñó Everett entre embestidas—. Nuestra arquitecta de treinta y dos años colgando de cuerdas rojas. Cómo aprieta. Malik, más hondo en esa boca. Quiero oírla atragantarse de gusto.
Malik obedeció. La cabeza de su polla golpeó el fondo de mi garganta y yo lloré de placer puro, babas corriéndome por la barbilla hasta los pechos. Everett aceleró, follándome con rudeza controlada, una mano agarrándome una teta y pellizcándome el pezón al ritmo de sus embestidas. El primer orgasmo me llegó sin aviso, violentísimo, el coño convulsionando alrededor de su polla mientras yo gritaba ahogada contra Malik. Las cuerdas me sostenían; sin ellas me habría derrumbado.
No pararon. Everett se retiró pantaleando, brillando de mis jugos, y le hizo un gesto a Malik.
—Ahora por detrás. Posición de perrito suspendida. Yo la azoto y le saco las palabras.
Me giraron entre los dos sin soltar las ataduras. Las cuerdas rojas se tensaron de otra forma; mis rodillas quedaron flexionadas en el aire, el culo en alto, la espalda arqueada. Malik se puso detrás, me abrió los glúteos con las manos y se hundió de un solo golpe en mi coño empapado. Empezó a follarme en perrito con embestidas salvajes, profundas, el sonido chapoteante llenando el salón. Everett se colocó a un lado, la correa de cuero en la mano —la misma que usábamos los viernes— y me soltó el primer latigazo seco en una nalga.
—Di quién eres —ordenó.
—Vuestra… vuestra puta atada —gemí, y el azote siguiente me hizo apretar la polla de Malik con fuerza.
—Más alto. Completo.
Otro latigazo. El ardor se extendió por la piel y se mezcló con el placer de las embestidas de Malik, que me agarraba las caderas y me empujaba contra cada golpe de Everett.
—Soy vuestra puta atada —grité—. La puta atada de Everett y Malik. Usadme. Folladme más duro.
Malik gruñó y aceleró. Everett me azotaba el culo al ritmo, las nalgas ardiendo, las marcas de la correa sumándose a las de las cuerdas rojas. Me obligó a repetirlo entre cada embestida:
—Nuestra puta atada… nuestra puta atada…
El segundo orgasmo me destrozó. Grité el nombre de los dos, el cuerpo sacudiéndose en la suspensión parcial, el coño exprimiendo a Malik hasta que él tuvo que morderse el labio para no correrme dentro todavía. Everett no paró. Me metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras Malik seguía follándome y la correa caía una y otra vez.
—Otra —exigió Everett—. Quiero verte correrte de nuevo llamándote así.
Malik cambió el ángulo, rozándome el punto exacto con cada embestida brutal. Everett me azotó más fuerte, justo cuando el clítoris me palpitaba al borde. El tercero me subió desde las plantas de los pies, me dobló el arco de la espalda contra las cuerdas y me hizo llorar de puro exceso. “Nuestra puta atada”, balbuceé una y otra vez mientras las contracciones me vaciaban, el cuerpo colgando, entregado, usado con esa rudeza controlada que ambos me daban sin pasarse nunca del límite que habíamos pactado.
Cuando el temblor bajó, Malik se quedó quieto dentro de mí, acariciándome la espalda sudada. Everett dejó la correa y me besó la nuca, suaves los labios después de la disciplina.
—Tan perfecta así —murmuró—. Colgando de nuestras cuerdas rojas, llena, marcada, repitiendo lo que eres porque lo quieres.
Todavía suspendida, con el culo al aire y el coño latido alrededor de la polla de Malik, yo respiraba entrecortada y ya imaginaba el peso de él en mi lugar. Las cuerdas rojas seguían tensas en mis muñecas y tobillos. Everett me miró a los ojos y sonrió con esa calma peligrosa.
—Ahora te bajamos solo un poco. Lo suficiente para que nos ayudes a montar la misma estructura para él. Porque esta noche las cuerdas son compartidas de verdad, Paulina… y a Malik le toca sentir exactamente lo que acabas de sentir tú.
Te confieso que cuando me bajaron de aquellas cuerdas rojas todavía me temblaban las piernas y el coño me latía abierto, vacío de repente, chorreando por los muslos. Everett me sostuvo la cintura con esa fuerza posesiva que tanto me gusta y Malik me besó la nuca mientras deshacían los nudos uno a uno. El yute y el carmesí me habían marcado muñecas y tobillos; yo miraba esas huellas con orgullo puro mientras recuperaba el equilibrio sobre la madera fría.
—Ahora tú —le dije a Malik, la voz ronca de tanto gritar—. Quiero verte colgando como yo. Quiero que sientas el peso.
Él asintió, la polla todavía dura y brillante de mis jugos, y se dejó guiar. Everett y yo arrastramos las sillas, anclamos las cuerdas rojas al gancho del marco y a la viga. Le cruzamos las muñecas sobre la cabeza, apretamos el yute hasta que la piel se le puso blanca alrededor, luego le separamos los tobillos y los fijamos. Lo alzamos. Sus pies apenas rozaban el suelo; el torso arqueado, los pechos de hombre tensos, la polla gruesa apuntando al techo, las bolas pesadas. Malik jadeaba ya, los ojos oscuros fijos en nosotros dos.
—Palabra —recordó Everett.
—Rojo, ámbar, dos apretos —contestó Malik, y su manzana de Adán subió y bajó—. Usadme. Os lo pido.
Yo me puse delante de él, todavía medio atada yo misma en espíritu, y le agarré la polla con las dos manos. La lamí de base a punta, saboreando mi propio sabor mezclado con el suyo, mientras Everett se colocaba detrás y le azotaba una nalga con la correa. El latigazo seco resonó. Malik gritó bajo y yo metí la cabeza entera en la boca, chupando hondo, babas cayéndole por la verga.
—Buena puta de amigo —murmuró Everett contra su oído—. Vas a aguantar lo que te demos. Paulina, móntalo. Quiérelo follado por los dos.
Me subieron un taburete bajo. Me trepé, me abrí de piernas y me impalé despacio sobre la polla de Malik. Entró gruesa, caliente, abriéndome otra vez hasta el fondo. Él tiró de las cuerdas, los brazos tensos sobre la cabeza, y yo empecé a cabalgarlo con embestidas salvajes, los pechos rebotando, el clítoris rozándole el pubis. Everett se puso a su lado, le agarró el pelo y le metió la polla en la boca al mismo tiempo.
—Chúpala —ordenó—. Hasta que te ahogues de gusto. Y tú, Paulina, apriétalo. Quiero verlo temblar.
Cabalgué más fuerte. El chapoteo de mi coño empapado llenaba el salón. Malik gemía alrededor de la verga de Everett, babas y lágrimas de placer corriéndole por la cara. Yo le pellizcaba los pezones, le arañaba el pecho, le hablaba sucio:
—Eres nuestra puta atada ahora. Nuestra mejor amiga de cuerdas. Te vamos a follar hasta que pidas, Malik. Hasta que se te salga el alma por la polla.
Everett se retiró de su boca y se colocó detrás de mí. Me abrió los glúteos, escupió y empujó la cabeza de su polla contra mi culo. Entró centímetro a centímetro mientras yo seguía empalada en Malik. Doble penetración brutal, controlada, deliciosa. Las cuerdas crujían. Malik tironeaba, el cuerpo suspendido a medias, y yo gritaba entre los dos, llena por delante y por detrás, el orgasmo subiéndome como un tren.
—Uno… dos… tres —contó Everett contra mi nuca, y me corrí apretando las dos pollas a la vez, el cuerpo sacudiéndose en el aire, las piernas temblando alrededor de la cintura de Malik.
No pararon. Everett se salió de mi culo, me bajó del taburete y le hizo un gesto a Malik. Lo giraron sin soltar las ataduras hasta dejarlo de espaldas a la pared, culo expuesto, piernas abiertas en V. Yo me arrodillé y le lami la raja mientras Everett le azotaba las nalgas una y otra vez. Luego Everett se lubrificó y se lo folló el culo con embestidas profundas y salvajes, la correa todavía en la mano libre. Yo me puse debajo, le chupé la polla al ritmo de las embestidas de mi marido, tragando el precum que le salía a chorros.
—Joder… Paulina… Everett… —jadeaba Malik—. Más. No paremos. Rojo no. Nunca rojo.
Everett aceleró. El sonido de carne contra carne era obsceno. Yo metí dos dedos en el coño de Malik —sí, lo tenía mojado de tanto excitación— y le masajeé la próstata por dentro mientras chupaba. Él se corrió de golpe, gritando nuestro nombres, la leche espesa saliéndole a chorros por mi garganta y pintándome pechos y cara. Everett no se detuvo; lo folló hasta el borde y se corrió dentro de su culo con un gruñido largo, llenándolo, marcándolo.
Después me alzaron a mí otra vez. Me ataron de nuevo las muñecas a la cabecera de la cama grande del ático —ya nos habíamos movido, sudados, temblando— y me follaron por turnos. Primero Malik, todavía goteando semen de Everett por el muslo, se hundió en mi coño y me embistió como un animal, las manos en mi garganta suaves pero firmes. Se corrió dentro de mí con un gemido ronco, llenándome a pulsos calientes. Luego Everett, mi marido de treinta y cinco años, se metió en el mismo agujero resbaladizo, mezclando su semen con el de Malik, follándome despacio al principio y después salvaje, hasta que se vació también dentro, profundo, reclamándome.
Me desataron con un cuidado que me hizo llorar de ternura. Everett besaba cada marca de cuerda. Malik lamió el semen que me bajaba por los muslos. Los tres caímos en la cama, naked, sudados, el olor a sexo y yute impregnándolo todo. Me abrazaron: Everett por un lado, Malik por el otro, mis piernas todavía abiertas y el coño goteando la mezcla de los dos. Yo temblaba de placer residual, el cuerpo enterito un nervio expuesto.
—Gracias —susurré entre besos, primero a los labios de Everett, después a los de Malik—. Gracias por atarme. Gracias por atarlo. Gracias por follarme así y por dejarme follaros. Quiero repetirlo pronto. La semana que viene. Mañana si hace falta. Quiero las cuerdas compartidas siempre. Quiero esta dinámica. Amistad y dominación, los tres. Más unidos que nunca.
Everett me besó la frente. Malik me lamíó una lágrima de la mejilla. Nos quedamos así un buen rato, respirando juntos, los latidos sincronizándose, las manos explorando marcas y caricias suaves. El semen se secaba en mi interior y en las sábanas. La noche de primavera se había convertido en el principio de algo que ya no se desharía.
Sex finishes. Yo, Paulina, de treinta y dos años, todavía con el coño latiendo y los brazos de mis dos hombres alrededor, sé algo que ellos no: esta mañana, antes de que Malik trajera el vino, encontré en el bolsillo de la chaqueta de Everett una cajita pequeña de terciopelo negro con un collar de cuero fino y una placa grabada con nuestros tres nombres. Él todavía no me lo ha enseñado. Yo todavía no le he dicho que lo vi. Y mientras nos abrazamos más unidos que nunca, yo sonrío en la oscuridad sabiendo que la próxima vez las cuerdas van a llevar también ese collar.
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