Cosecha Prohibida: El Culo de Mi Mejor Amiga al Fin
Javier, carpintero de 32, por fin le folla el culo virgen a su amiga Laura, camarera de 28, en una intensa sesión anal que termina llenándole el
La cosecha había sido brutal ese año. El sol castigaba sin piedad los viñedos y, cuando por fin terminaron de cargar la última remesa de uvas, Javier y Laura arrastraron sus cuerpos exhaustos hasta la casa de campo que él había construido con sus propias manos. Javier, carpintero de treinta y dos años, sentía los músculos de los brazos y la espalda ardiendo después de días serrando, clavando y levantando. Laura, camarera de veintiocho años en el bar del pueblo, había venido a ayudarlo como siempre, fiel a esa amistad que los unía desde hacía más de diez años. Pero esta vez el aire entre ellos pesaba diferente.
Estaban solos. La casa olía a madera recién cortada, a tierra húmeda y al sudor acumulado de todo el día. Laura se había quitado la camiseta larga que usaba para protegerse del sol y solo llevaba una fina prenda de tirantes pegada al cuerpo y unos shorts vaqueros tan cortos que las nalgas se le escapaban por debajo con cada movimiento. El sudor le corría por el cuello, entre los pechos y por la espalda, haciendo que la tela se transparentara. Javier no podía dejar de mirarla mientras ella recogía las botellas vacías de agua de la mesa.
Entonces ocurrió.
Laura se agachó para levantar una caja de herramientas que había quedado en el suelo. Los shorts se le subieron del todo, dejando a la vista esas dos nalgas redondas, jugosas, bronceadas por el sol de la vendimia. La tela del vaquero se hundió entre ellas, marcando el surco profundo de su culo como si estuviera invitándolo. Javier sintió que su polla despertaba de golpe, engrosándose dentro del pantalón de trabajo. Era imposible apartar la vista. Ese culo… ese culo que había soñado durante años mientras la veía caminar por el bar con la bandeja en alto, ese culo que ahora parecía hecho para ser follado.
Laura se quedó un segundo más de lo necesario en esa posición. Luego giró la cabeza, todavía agachada, y lo pilló mirándola fijamente. En lugar de enfadarse, sonrió con esa picardía que siempre lo volvía loco. Se incorporó despacio, dejando que sus nalgas se bambolearan, y se acercó a él.
—¿Te gusta lo que ves, Javier? —preguntó entre risas bajas, roncas por el cansancio y algo más—. Llevas un buen rato con los ojos clavados en mi culo. No eres muy discreto, ¿sabes?
Él tragó saliva. Su verga ya estaba completamente dura, empujando contra la tela.
—No puedo evitarlo, Laura. Ese culo… joder, es perfecto. Redondo, grande, jugoso. Me tienes loco desde hace rato.
Ella soltó una risita sucia y se mordió el labio inferior. Se acercó más, hasta que sus tetas casi rozaron el pecho de él.
—Siempre he querido que me toques ahí —confesó sin vergüenza, mirándolo a los ojos—. Desde hace años. Cuando me agacho en el bar y siento que me miras, me mojo pensando en tus manos abriéndome las nalgas, en tu lengua metiéndose en mi culito. ¿Te sorprende?
Javier sintió que el corazón le martilleaba en el pecho. La tensión que habían mantenido enterrada durante tanto tiempo estaba saliendo por fin a la superficie.
La conversación se volvió cada vez más guarra. Laura se pegó a él, apoyando una mano en su pecho sudoroso.
—Fantaseo con que me folles el culo desde hace años, Javier —susurró, su voz convertida en puro vicio—. Me imagino de rodillas, con el culo en pompa, rogándote que me rompas ese virgen que nadie ha tocado nunca. Quiero que seas tú el primero. El único que meta su polla gruesa en mi recto y lo llene de leche caliente.
Mientras hablaba, su mano bajó sin prisa y acarició la erección que marcaba el pantalón. Lo frotó con la palma abierta, apretando justo donde la cabeza hinchada palpitaba. Javier gruñó. Laura se dio la vuelta, pegó su culo contra la entrepierna de él y empezó a frotarse en círculos lentos, provocadores, sintiendo cómo la verga se le clavaba entre las nalgas a través de la ropa.
—Bésame —le pidió, girando la cara—. Bésame mientras te restriego este culo que tanto deseas.
No hicieron falta más palabras. Javier la agarró por la cintura, la giró y la besó con hambre brutal. Sus lenguas se enredaron, saladas por el sudor de la cosecha, mientras las manos de él bajaban directas a esas nalgas que lo habían torturado todo el día. Las amasó con fuerza, separándolas, clavando los dedos en la carne blanda. Laura gemía dentro de su boca y le bajaba la cremallera con dedos urgentes.
Se desnudaron con torpeza desesperada. Camisetas, pantalones, ropa interior volaron por el salón. Cuando Laura quedó completamente desnuda, Javier se quedó un segundo contemplándola: tetas pesadas con pezones duros, coño depilado y brillante de excitación, y ese culo grande, redondo, perfecto, que ahora sabía que iba a ser suyo.
—Prepárame bien, por favor —suplicó ella, jadeando, mientras lo empujaba hacia el dormitorio—. Es virgen, Javier. Mi culito nunca ha tenido nada dentro. Quiero sentir cada centímetro de tu polla gruesa abriéndome. Quiero que me duela rico. Hazlo lento al principio… y luego fóllame como la puta que soy para ti.
Javier la tiró sobre la cama y la puso a cuatro patas. El culo se le abrió solo, mostrando el pequeño ano fruncido, rosado, intacto. Se arrodilló detrás y, sin decir nada, hundió la cara entre esas nalgas sudadas. Su lengua lamió desde el coño chorreante hasta el agujero prohibido. Laura gritó de placer cuando sintió la lengua caliente y gruesa presionando contra su ano, intentando entrar.
—¡Sí! ¡Cómemelo, joder! ¡Méteme la lengua en el culo!
Javier obedeció. Empujó la lengua lo más profundo que pudo, saboreando el gusto terroso y salado de su amiga, follándole el ano con la boca mientras ella empujaba hacia atrás, follándose su cara. Dos dedos de él encontraron el coño empapado y entraron fácilmente. Los sacó cubiertos de jugos y los llevó al ano. Con saliva y crema que sacó del cajón de la mesita, lubricó bien el agujero y metió primero un dedo, luego dos. Laura gemía como una perra, moviendo el culo en círculos, pidiendo más.
—Más dedos… ábreme… quiero estar bien abierta para tu polla…
Javier no aguantó más. Puso la punta gruesa de su verga en la entrada del coño y la metió de un golpe hasta el fondo. Laura gritó de gusto. La folló con fuerza durante varios minutos, mojando la polla en sus jugos, escuchando el chapoteo obsceno de sus huevos contra el clítoris. Luego salió, colocó la cabeza hinchada contra el ano dilatado y empujó.
El culo de Laura cedió centímetro a centímetro. Ella gruñía, apretaba los dientes, pero empujaba hacia atrás.
—Así… métela toda… es tuya… rómpeme el culito, Javier…
Cuando la tuvo completamente enterrada, él agarró su melena oscura y tiró hacia atrás como si fueran riendas.
—Mira qué puta eres —gruñó mientras empezaba a embestir con ritmo salvaje—. Ofreciéndole el culo virgen a tu mejor amigo después de la cosecha. Este culito tan rico ahora es mío. Te voy a follar hasta que no puedas sentarte.
La follaba con golpes duros, profundos, viendo cómo las nalgas rebotaban contra su pelvis. El ano de Laura lo apretaba como un puño caliente. Cambiaron de posición. Javier se tumbó en la cama y Laura se colocó de espaldas a él, en reversa. Agarró la polla brillante de jugos y semen y se la metió ella misma en el culo, bajando lentamente hasta que sus nalgas descansaron sobre los huevos de él.
Empezó a cabalgar. Rebotaba ese culo grueso, carnoso, haciendo que las nalgas se sacudieran con cada bajada. El sonido era obsceno: carne contra carne, gemidos, súplicas. Javier la agarraba de las caderas y la ayudaba a subir y bajar más rápido, follándole el recto sin piedad.
—Quiero que me llenes —suplicó ella, jadeando—. Quiero sentir cómo me corres dentro del culo, Javier. ¡Dame toda tu leche!
Él no aguantó más. Con un rugido animal, empujó hacia arriba y explotó. Chorros calientes y espesos inundaron el interior del recto de Laura mientras ella también se corría, tocándose el clítoris frenéticamente. El culo le palpitaba alrededor de la polla, ordeñándola hasta la última gota.
Cuando terminaron, temblando, Laura se levantó despacio. La polla salió de su ano con un sonido húmedo y obsceno, dejando un hilo de semen blanco que goteaba de su agujero abierto. Ella se arrodilló entre las piernas de él, lo miró a los ojos con una sonrisa sucia y se metió la verga todavía dura hasta el fondo de la garganta.
Saboreó su propio culo y el semen mezclado, lamiendo cada centímetro, limpiando la polla con devoción. Cuando la sacó, brillante de saliva, susurró con voz ronca:
—Esta cosecha prohibida solo será la primera de muchas, Javier. No creas que se acaba aquí… todavía tengo mucho más que darte.
Se lamió los labios, todavía con sabor a culo y leche en la boca, y lo miró con los ojos llenos de promesas oscuras. Fuera, la noche caía sobre los viñedos, y Javier sintió que su polla daba un nuevo latido. Sabía que esto apenas empezaba. Había secretos entre ellos que aún no habían salido a la luz, y el cuerpo de Laura parecía dispuesto a entregarle mucho más que su culo virgen antes de que terminara la semana.
Laura se lamió los labios con lentitud, saboreando el cóctel espeso de semen, saliva y el regusto terroso de su propio culo. Sus ojos, oscuros y brillantes de vicio, se clavaron en los de Javier mientras se subía a horcajadas sobre él, frotando su coño empapado contra la polla todavía medio dura. El carpintero de treinta y dos años sintió un latigazo de deseo renovado que le endureció la verga al instante. Diez años de amistad, de miradas robadas en el bar del pueblo mientras ella servía mesas con aquellos shorts que apenas contenían sus nalgas, y ahora la tenía encima, desnuda, con el ano todavía abierto y chorreando su leche.
—Joder, Javier… mírate. Ya se te está poniendo dura otra vez —susurró Laura, la camarera de veintiocho años, con esa voz ronca que usaba cuando quería volverlo loco. Movió las caderas en círculos lentos, dejando que los labios de su coño besaran la base de la polla mientras el semen que escapaba de su recto le manchaba los huevos—. No creas que voy a dejarte dormir. Llevo años mojándome cada vez que te veía serrar madera sin camiseta, imaginando que esa misma polla gruesa me abría el culo. Hoy por fin me lo has roto… y quiero que me lo destroces del todo.
Javier gruñó, agarrándola por las caderas con esas manos grandes y callosas de carpintero. La levantó un poco y alineó su glande hinchado contra el ano dilatado. El agujero, rosado y ahora ligeramente hinchado, palpitaba como si tuviera vida propia. Empujó hacia arriba con lentitud deliberada, sintiendo cómo el esfínter cedía otra vez, tragándose centímetro a centímetro su grosor. Laura echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, gutural, que reverberó en la habitación de madera.
—¡Sííí…! Duele rico… está tan sensible después de la primera vez… pero métela entera, cabrón. Quiero sentirte hasta el fondo del intestino.
El interior de Laura era un puño caliente, resbaladizo por el semen anterior. Javier cerró los ojos un segundo, saboreando la presión extrema que le apretaba la polla como si quisiera ordeñarlo de nuevo. “Hostia puta… este culo es mejor de lo que soñé durante años”, pensó mientras le clavaba las uñas en las nalgas y la obligaba a bajar del todo. Cuando sus huevos chocaron contra ella, Laura soltó un grito ahogado y empezó a moverse por sí misma, rebotando con ese culo carnoso y pesado que hacía un sonido obsceno de carne contra carne: plap, plap, plap.
El sudor les corría por los cuerpos. El olor a sexo crudo, a vendimia, a madera recién cortada y a ano bien follado llenaba el dormitorio. Javier la agarró del pelo negro y tiró hacia atrás, arqueándole la espalda mientras ella cabalgaba en reversa. Desde esa posición podía ver perfectamente cómo su polla desaparecía entre las nalgas bronceadas, cómo el ano se estiraba obscenamente alrededor de su grosor cada vez que subía.
—Eres mi puta del culo, Laura. Mi mejor amiga convertida en una guarra que solo piensa en que le llenen el recto. Mírate… rebotando como una perra en celo después de la cosecha.
Ella respondió acelerando el ritmo, haciendo que sus nalgas se sacudieran con fuerza. Cada bajada hacía que sus tetas pesadas saltaran. Con una mano se tocaba el clítoris hinchado, metiéndose dos dedos en el coño chorreante mientras el culo seguía tragándose la verga sin piedad.
—Me encanta que me hables así… llámame puta, llámame tu zorra anal… ¡Joder, Javier, me corro otra vez!
El orgasmo la atravesó como un rayo. Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla, ordeñándola con espasmos rítmicos. Javier apretó los dientes para no correrse todavía. Quería alargar esto. Cuando ella dejó de temblar, él la levantó de golpe, sacando la polla con un sonido húmedo y sucio. Un hilo grueso de semen mezclado con fluidos anales cayó sobre sus huevos.
Sin darle tiempo a recuperarse, Javier se puso de pie al lado de la cama y la arrastró hasta el borde, poniéndola de rodillas con el torso sobre el colchón. El culo quedó en pompa, abierto, rojo, goteando. Se arrodilló detrás y le metió la lengua directamente en el ano dilatado, follándoselo con lametones profundos y ruidosos mientras sorbía su propia leche.
—Sabe a ti y a mí… joder, qué rico está tu culito sucio —gruñó contra la carne blanda.
Laura empujaba hacia atrás, follándose la cara de su amigo, gimiendo como una loca.
—Cómemelo todo… limpia tu semen de mi interior… y luego métemela otra vez. Quiero que me folles más fuerte. Quiero que me dejes el culo tan abierto que mañana no pueda sentarme en el bar sin acordarme de cómo me reventaste.
Javier se levantó, escupió sobre su polla brillante y la colocó de nuevo en la entrada. Esta vez no fue lento. Empujó de un solo golpe brutal hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas con un sonoro chasquido. Laura gritó de placer. Él empezó a taladrarla sin piedad: embestidas largas, profundas, salvajes. Cada golpe hacía que las nalgas rebotaran y se volvieran de un rojo intenso. Le dio un par de cachetadas fuertes que dejaron la marca de su mano.
—¿Te gusta que te trate como la puta anal que eres? —preguntó entre jadeos, tirándole del pelo.
—¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Pégame el culo mientras me follas! ¡Soy tu zorra, Javier! ¡La camarera que siempre te servía cervezas con el coño mojado pensando en esto!
El carpintero aceleró, follándola con tanta fuerza que la cama crujía. El sudor le caía por el pecho y goteaba sobre la espalda de Laura. Cambió de ángulo, inclinándose sobre ella para follarla casi en vertical, haciendo que la polla llegara aún más profundo. El ano de Laura ya no ofrecía resistencia; estaba completamente abierto, acostumbrado a su grosor, tragando la verga con facilidad y soltándola con un squelch húmedo cada vez.
Interiormente, Javier bullía. “Esto es mejor que cualquier fantasía. Su culo me aprieta como si no quisiera dejarme salir nunca. Y todavía queda toda la semana… todavía hay cosas que no le he hecho.”
Laura se corrió por tercera vez, chillando contra la almohada, el cuerpo convulsionando. Javier no paró. Siguió follándola a través del orgasmo hasta que sintió que sus propios huevos se tensaban. Sacó la polla de golpe, la giró con brusquedad y se la metió hasta el fondo de la garganta. Laura, con los ojos llorosos de placer, la chupó con devoción, saboreando el gusto fuerte de su propio culo y el semen residual.
—Límpiala bien… eso es, guarra. Chúpala como si fuera lo único que quisieras en la vida.
Después de tenerla brillante de saliva, la puso otra vez a cuatro patas. Esta vez entró en su ano sin previo aviso, follándola con golpes cortos y brutales, concentrados en abrirla al máximo. Le metió dos dedos junto a la polla, estirando el agujero aún más. Laura sollozaba de placer, rogando que no parara.
—Quiero que me dejes el culo roto… que mañana cuando camine por los viñedos sienta cómo me gotea tu leche por las piernas…
Javier sintió que el segundo orgasmo se acercaba como un tren. La agarró de las caderas con ambas manos y la embistió con todo su peso. Cuando explotó, rugió como un animal. Chorros espesos, calientes, inundaron el recto de Laura por segunda vez esa noche. Ella se tocaba el clítoris frenéticamente y se corrió al mismo tiempo, ordeñando cada gota con contracciones profundas.
Cuando por fin se separaron, jadeando, sudorosos y temblando, Laura se quedó tumbada boca abajo, con las nalgas abiertas y el ano visiblemente dilatado, rojo, palpitando, dejando escapar un lento reguero de semen blanco que manchaba las sábanas. Javier se dejó caer a su lado, la polla aún medio dura y sucia. Ella giró la cara, le miró con esa sonrisa sucia que prometía más depravación y le pasó la lengua por el pecho, bajando lentamente.
—No creas que se termina aquí, carpintero… —susurró contra su piel, mordiéndole un pezón—. Mañana te voy a enseñar algo que compré hace meses pensando en ti. Algo que me metía en el culo sola por las noches, imaginando que eras tú. Y después… quiero que me folles donde nadie nos vea, entre las vides, con el riesgo de que alguien del pueblo pase cerca. Quiero que esta cosecha prohibida se vuelva cada día más sucia.
Javier sintió que su polla daba otro latido traicionero. La noche todavía era joven, pero sabía que si seguían ahora terminarían destrozados. La atrajo contra su pecho, sintiendo cómo el semen seguía escapando del culo de su mejor amiga y le manchaba el muslo. El aire olía a sexo intenso y a promesas oscuras. Fuera, los viñedos dormían, pero dentro de esa casa de madera, la tensión solo había crecido. Había más fantasías guardadas, más formas de usar ese culo, más formas de marcarla como suya antes de que la semana terminara. Y Laura, con la respiración aún agitada, parecía dispuesta a entregarle todo.
Laura gateó hasta el borde de la cama, el culo todavía abierto y brillante de semen, y se puso de pie con lentitud. El líquido blanco y espeso le resbalaba por el interior de los muslos, dibujando caminos calientes sobre su piel bronceada por el sol de la vendimia. Javier, el carpintero de treinta y dos años, la observaba desde la almohada con la polla semierecta descansando sobre su vientre, palpitando al ritmo de su corazón acelerado. “Joder, esto no puede ser real. Laura, mi amiga de toda la vida, la camarera de veintiocho años que me servía cañas con esa sonrisa inocente, ahora es una zorra anal que gotea mi leche por el culo roto. Y todavía quiero más. Quiero destrozarla hasta que no pueda caminar recta por el pueblo.”
Ella abrió la maleta que había dejado junto a la puerta y sacó un objeto grueso envuelto en una tela oscura. Lo desenvolvió con una sonrisa sucia, revelando un plug anal de silicona negra, enorme, con una base ancha en forma de diamante y un diámetro que superaba con creces dos de sus dedos juntos. El juguete brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de aceite.
—Lo compré hace seis meses en esa tienda de la capital —confesó ella con voz ronca, girándolo entre las manos—. Me lo metía sola en mi habitación, por las noches, después de cerrar el bar. Me ponía a cuatro patas frente al espejo, imaginando que eras tú el que me abría el culito virgen. Lo lubricaba con aceite de oliva y empujaba hasta que me dolía rico, gimiendo tu nombre bajito para que nadie me oyera. ¿Quieres verlo, Javier? ¿Quieres ver cómo me lo meto para ti?
Él tragó saliva, la polla ya completamente dura otra vez. Se incorporó y se sentó en el borde del colchón, con las piernas abiertas. Su verga gruesa apuntaba al techo, todavía sucia de fluidos anales y semen seco.
—Enséñame, puta. Quiero ver cómo ese culito que acabo de reventar se traga ese monstruo.
Laura se mordió el labio inferior y se giró, ofreciéndole la vista completa de sus nalgas redondas y pesadas. Se agachó despacio, separando las mejillas con ambas manos. El ano, aún dilatado y de un rojo intenso, palpitaba visiblemente, dejando escapar un hilo fino de semen que colgaba como una perla sucia. Ella escupió sobre el plug, lo untó con saliva espesa y luego lo presionó contra su propio coño primero, mojándolo bien en los jugos que todavía chorreaban de su interior.
—Está tan sensible… —gimió mientras frotaba la punta ancha contra su entrada trasera—. Después de dos corridas tuyas dentro, se siente como si me hubieras dejado el recto flojo… pero quiero que esté más abierto. Quiero que me prepares para que mañana me folles donde sea que te dé la gana.
Javier se acercó por detrás, arrodillándose en el suelo de madera. Sus manos callosas de carpintero agarraron las nalgas de ella con fuerza, separándolas más. El olor a sexo crudo, a semen, a sudor de vendimia y a ano bien follado le llenó las fosas nasales. Hundió la lengua una vez más en el agujero dilatado, lamiendo su propia leche que aún quedaba dentro, sorbiéndola con sonidos obscenos mientras Laura temblaba.
—Sigue… cómemelo, cabrón… limpia tu corrida de mi culo y luego méteme el plug —suplicó ella, empujando hacia atrás contra su cara.
Javier obedeció con hambre. Lamía profundo, follándole el recto con la lengua gruesa mientras sus dedos jugaban con el clítoris hinchado de Laura. Ella gemía como una perra en celo, las tetas pesadas colgando y balanceándose. Cuando el ano estuvo brillante de saliva fresca, Javier tomó el plug, lo escupió encima y lo presionó contra la entrada fruncida.
—Respira y empuja hacia atrás, zorra. Quiero ver cómo te abre ese culito de camarera.
Laura obedeció. El esfínter cedió con un sonido húmedo, tragando la cabeza ancha del juguete centímetro a centímetro. Ella gruñía, apretando los dientes, pero su coño chorreaba tanto que un hilo de crema le caía hasta las rodillas. Javier giraba el plug con lentitud, estirándola, observando cómo el músculo se dilataba obscenamente alrededor del grosor negro.
—Hostia puta… mírate. Mi mejor amiga tragándose un plug más grande que mi pulgar. Ese ano virgen que nadie había tocado ahora es un puto agujero de puta anal. ¿Te gusta, Laura? ¿Te gusta sentirte llena como la guarra que eres?
—¡Sí! ¡Me encanta! —gritó ella cuando el plug por fin encajó del todo, la base ancha quedando atrapada entre sus nalgas—. Lo siento tan profundo… me presiona las paredes del intestino. Joder, Javier, estoy tan llena… mueve un poco, por favor.
Él agarró la base y comenzó a follarla con el juguete: sacándolo casi hasta el borde y volviéndolo a clavar con golpes cortos y brutales. Cada embestida hacía que las nalgas rebotaran y que el coño de Laura soltara más jugos. Ella se tocaba el clítoris con furia, corriéndose por cuarta vez esa noche con un chillido ahogado que resonó en la casa de madera. Su ano se contraía violentamente alrededor del plug, ordeñándolo.
Javier no le dio descanso. La levantó, la tiró de espaldas sobre la cama y le abrió las piernas. Sin sacarle el plug, alineó su polla gruesa contra el coño empapado y la metió de un solo golpe hasta el fondo. La doble penetración hizo que Laura arqueara la espalda y gritara de placer.
—¡Está tan apretado! ¡Siento el plug presionando tu polla a través de la pared! ¡Fóllame, joder! ¡Úsame los dos agujeros!
Javier empezó a bombear con fuerza. Cada embestida hacía que el plug se moviera dentro del culo de ella, creando una fricción brutal. El sonido era asquerosamente delicioso: el chapoteo del coño, el golpeteo de la base del plug contra sus nalgas, los gemidos guturales de Laura. Él la agarraba de las tetas, pellizcándole los pezones duros mientras pensaba: “Esto es mejor que cualquier fantasía que tuve durante diez años. Su coño me aprieta como nunca y el plug hace que todo esté más estrecho. Podría follármela así todos los días después del trabajo en el bar, metiéndoselo antes de que empiece su turno para que sienta mi presencia todo el día.”
Laura se corrió otra vez, arañándole la espalda con las uñas, el cuerpo convulsionando. Javier sacó la polla del coño, brillante de crema, y la colocó directamente sobre el plug. Tiró de la base con cuidado y lo extrajo con un sonido húmedo y obsceno. El ano quedó abierto como un túnel rojo, palpitando, invitándolo.
—Ahora te voy a follar el culo con todo lo que tengo —gruñó él, escupiendo directamente dentro del agujero dilatado—. Quiero que sientas cada vena de mi polla.
Empujó la verga de un golpe salvaje hasta que sus huevos chocaron contra las nalgas. Laura soltó un alarido de placer mezclado con dolor rico. El recto, ya abierto por el plug, lo tragaba con facilidad pero seguía apretando como un puño caliente y resbaladizo. Javier la folló sin piedad, cambiando de ritmo: golpes largos y profundos que le llegaban hasta el colon, seguidos de embestidas cortas y rápidas que hacían temblar toda la carne de sus nalgas.
—Dime lo que eres —exigió él, tirándole del pelo negro y sudado.
—Soy tu puta anal… tu mejor amiga convertida en una zorra que solo quiere que le llenen el culo de leche espesa. ¡Fóllame más fuerte, carpintero! ¡Rómpeme este recto que guardé virgen para ti durante años!
Javier aceleró, sudando a chorros. El dormitorio olía a sexo animal: sudor, coño, culo y semen. Le dio varias cachetadas fuertes en las nalgas, dejando marcas rojas que brillaban bajo la luz. Luego la puso de lado, levantó una de sus piernas y la penetró en esa posición, viendo de cerca cómo el ano se estiraba alrededor de su grosor. Metió dos dedos junto a la polla, estirándola aún más, y Laura sollozó de placer, corriéndose por quinta vez con el cuerpo entero temblando.
Cuando sintió que sus huevos se tensaban de nuevo, Javier ralentizó. No quería correrse todavía. Sacó la polla con un plop húmedo y la obligó a arrodillarse. Laura, con los ojos vidriosos de vicio, se metió la verga hasta la garganta sin que se lo pidiera, limpiando el sabor fuerte de su propio culo con devoción. Lamía, succionaba, babeaba, tragando hasta la base mientras él le sujetaba la cabeza.
—Así, guarra… saborea tu propio culo en mi polla. Chúpala como la camarera puta que eres.
Después de tenerla reluciente de saliva, la levantó y la llevó hasta la ventana que daba a los viñedos. La noche ya había caído por completo, pero la luna iluminaba las hileras de vides cargadas de uvas. El aire fresco entraba por la rendija.
—Mañana al amanecer vamos a salir ahí fuera —le susurró Javier al oído, frotando la polla entre sus nalgas mientras le apretaba las tetas contra el cristal—. Te voy a poner este plug mientras caminamos entre las vides. Quiero que lo lleves puesto todo el día, sintiéndolo con cada paso, sabiendo que en cualquier momento puedo agacharte detrás de un emparrado y follarte el culo con riesgo de que pase alguien del pueblo. ¿Te excita eso, Laura?
Ella empujó el culo hacia atrás, desesperada.
—Me pone cachonda de cojones… Imaginar que el viejo Paco o alguna vecina nos pillan mientras me tienes clavada la polla en el recto… Quiero que me uses como tu juguete anal personal durante toda la semana. Pero esta noche… métemela otra vez. Quiero dormir con tu semen fresco dentro.
Javier la penetró de pie, contra la ventana. La folló con golpes controlados pero profundos, una mano en su garganta y la otra frotándole el clítoris. Laura se corrió una vez más, apretando el ano alrededor de él como si quisiera arrancarle la leche. Él aguantó, sacando la polla antes de correrse, reservándose.
Se tumbaron exhaustos, pero ninguno dormía de verdad. Laura jugaba con el plug, metiéndoselo y sacándoselo lentamente mientras lo miraba a los ojos con promesas oscuras. Javier sentía la polla latiendo, dura otra vez, pensando en el amanecer, en los viñedos, en cómo iba a escalar esto aún más: quizás atarla a un poste, follarla con dos plugs, hacer que se corra gritando su nombre mientras el sol salía sobre la cosecha.
El aire entre ellos seguía cargado de tensión sexual. La semana apenas empezaba y el cuerpo de Laura, sudoroso y marcado, parecía dispuesto a entregarle límites que ni siquiera habían imaginado todavía. Fuera, el viento movía las hojas de las vides como si susurrara secretos. Dentro, los gemidos bajos y las caricias sucias continuaban, preparando el terreno para algo aún más sucio y arriesgado cuando saliera el sol.
La noche envolvía la casa de madera como un manto espeso, pero dentro el calor no había bajado ni un grado. Laura seguía gateando por la cama con ese movimiento felino que volvía loco a Javier, el plug negro aún medio enterrado en su ano dilatado, moviéndose con cada balanceo de sus caderas anchas y bronceadas por el sol de la vendimia. El semen de las corridas anteriores formaba un reguero lento y blanco que le bajaba por el interior de los muslos, brillando bajo la luz de la lámpara de aceite. La camarera de veintiocho años giró la cabeza, el pelo negro pegado a la espalda sudorosa, y clavó sus ojos oscuros en los del carpintero de treinta y dos años.
—Todavía no he terminado contigo, Javier —susurró con esa voz ronca que usaba cuando el vicio la dominaba por completo—. Ese plug me tiene el recto abierto, pero quiero sentir algo más grande. Quiero que me folles el culo otra vez, más duro, más profundo. Quiero que me dejes tan rota que mañana al caminar entre las vides sienta cada paso como si tu polla siguiera dentro.
Javier tragó saliva, la verga completamente tiesa otra vez, palpitando sobre su vientre plano y marcado por el trabajo duro. “Hostia puta, esta mujer es insaciable. Diez años viéndola servir mesas con esos shorts que se le clavaban entre las nalgas y ahora me ruega que le destroce el culo virgen que guardó solo para mí. No voy a durar mucho más, pero joder, voy a sacarle hasta la última gota de placer antes de llenarla”, pensó mientras se incorporaba y agarraba las nalgas pesadas de ella con sus manos grandes y callosas. Separó la carne firme sin piedad, observando cómo el plug salía lentamente con un sonido húmedo y obsceno, dejando el ano convertido en un túnel rojo, hinchado y palpitante que no se cerraba del todo. Un hilo espeso de semen escapó y cayó sobre las sábanas.
Sin decir una palabra más, Javier escupió directamente dentro del agujero abierto, untó su glande hinchado con la mezcla de saliva y leche anterior y empujó. Esta vez no hubo resistencia. El culo de Laura lo tragó entero de un solo golpe, hasta que sus huevos pesados chocaron contra el coño chorreante de ella. Laura soltó un gemido gutural, largo, que reverberó en las paredes de madera.
—¡Sí, cabrón! ¡Así! ¡Siente cómo te aprieta mi culito después de todo lo que me has metido! —jadeó ella, empujando hacia atrás con fuerza, follándose sola la polla gruesa de su mejor amigo.
Javier empezó a bombear con ritmo brutal, las caderas chocando contra las nalgas redondas y jugosas que rebotaban con cada embestida. El sonido era asquerosamente delicioso: carne húmeda contra carne, el squelch constante de la polla entrando y saliendo de un recto ya bien follado y lleno de semen. El olor a sexo crudo, a sudor de cosecha, a ano bien usado y a madera recién cortada saturaba el aire. Él le dio una cachetada fuerte en la nalga derecha, luego en la izquierda, dejando la marca roja de su palma bien visible sobre la piel bronceada.
—Eres una puta anal de mierda, Laura. La camarera que siempre me sonreía inocente mientras yo te imaginaba de rodillas ofreciéndome este culazo. Ahora mírate, rebotando como una perra en celo con mi polla enterrada hasta el fondo de tus tripas —gruñó él, tirándole del pelo negro y sudado para arquearle la espalda.
Laura respondió contrayendo el ano a propósito, apretando la verga como un puño caliente y resbaladizo. Su coño soltaba jugos que caían en gotas gruesas sobre la cama.
—Me encanta que me humilles… Llámame tu zorra del culo, Javier. Dime que este recto que nadie había tocado ahora es solo un agujero para que descargues tu leche espesa. ¡Más fuerte, joder! ¡Quiero que me duela mañana cuando sirva las mesas en el bar!
Él aceleró, follándola con embestidas cortas y salvajes que hacían temblar toda la carne de sus nalgas. Sacó la polla de golpe, dejando el ano abierto como una boca hambrienta, y se la metió a Laura en la garganta sin aviso. Ella la chupó con devoción enferma, saboreando el gusto fuerte y terroso de su propio culo mezclado con semen, lamiendo cada vena, cada centímetro, babeando hasta que la saliva le caía por la barbilla. Javier la sujetaba por la cabeza, follándole la boca con el mismo ritmo brutal que acababa de usar en su recto.
—Límpiala bien, guarra. Saborea lo que tu culito le hace a mi polla —ordenó, y ella gimió alrededor de la verga, los ojos llorosos de placer.
Cuando la tuvo reluciente de saliva, la giró y la puso de espaldas sobre la cama, con las piernas abiertas y flexionadas hasta casi tocarse los hombros. Desde esa posición podía mirarla a los ojos mientras la penetraba. Alineó de nuevo la cabeza gruesa contra el ano dilatado y entró de un empujón seco, clavándose hasta el fondo. Laura arqueó la espalda y soltó un alarido de placer puro.
—¡Me estás llegando al colon, joder! ¡Sigue, no pares! Quiero que me folles como si quisieras partirme el culo en dos.
Javier la taladraba sin piedad, el sudor cayéndole por el pecho y goteando sobre las tetas pesadas de ella, cuyos pezones estaban duros como piedras. Con una mano le frotaba el clítoris hinchado y con dos dedos de la otra le penetraba el coño al mismo tiempo, sintiendo su propia polla a través de la pared interna. La doble penetración hizo que Laura se corriera violentamente, el ano contrayéndose en espasmos tan fuertes que casi expulsa la verga de Javier. Sus jugos salpicaron el vientre de él, empapándolo.
—Otra vez… me corro otra vez en el culo… ¡Eres un puto animal, Javier! —chilló ella, las uñas clavadas en los antebrazos de él.
Él no se detuvo. Cambió el ritmo a embestidas largas y profundas, sacando casi toda la polla para luego clavarla hasta que sus huevos quedaban aplastados contra la carne blanda. El ano de Laura ya no era un agujero fruncido; era un cráter rojo, estirado al máximo, que tragaba y soltaba la verga con sonidos húmedos y obscenos cada vez. Javier sentía que sus propios huevos se tensaban de nuevo, el orgasmo subiendo como una ola imparable desde la base de su columna.
“Este es el momento. Después de años de miradas robadas y pollas duras en el bar, voy a llenarle el culo por última vez esta noche. Su recto me aprieta como si no quisiera soltarme nunca. Es mejor que cualquier fantasía que tuve serrando madera pensando en estas nalgas”, pensó mientras aceleraba hasta el límite.
Laura, sintiendo que él estaba cerca, le suplicó entre jadeos entrecortados:
—Lléname, por favor… Quiero dormir con tu semen caliente inundándome las tripas. Dame toda tu cosecha prohibida, Javier. ¡Lléname el culo!
Con un rugido animal que salió desde lo más profundo de su pecho, Javier empujó una última vez, enterrándose hasta el fondo del recto de su amiga. Su polla pulsó con fuerza, disparando chorros espesos, calientes y abundantes de leche directamente contra las paredes internas de Laura. Ella sintió cada latido, cada disparo, y eso la hizo correrse por última vez esa noche, el cuerpo convulsionando debajo de él, el ano ordeñando la verga con contracciones rítmicas y poderosas hasta sacarle hasta la última gota.
Se quedaron así un largo momento, unidos, jadeando con la boca abierta, los cuerpos temblando y cubiertos de sudor. La polla de Javier seguía latiendo débilmente dentro del culo rebosante de semen de Laura, que comenzaba a escaparse alrededor de la base en pequeños hilos blancos. Ella tenía los ojos entrecerrados, una sonrisa sucia y satisfecha en los labios hinchados, y murmuró con voz rota:
—Esto no se acaba aquí… mañana en los viñedos…
El afterglow los envolvía como una niebla espesa, sus respiraciones aún agitadas, los músculos laxos y la habitación oliendo a sexo animal y a promesas sucias que apenas empezaban.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories