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Apuesta Perdida en el Probador: Su Mejor Amigo la Reclama Mientras Él Mira

La esposa de 28 años, Roxanne, se folla al musculoso entrenador Sergio en el probador mientras su cornudo marido Emmett mira y se pajea.

13 min read October 13, 2026New

Todo comenzó como un juego inocente que ambos sabíamos que no lo era. Me llamo Emmett, tengo treinta y dos años y soy arquitecto en uno de los estudios más prestigiosos de la ciudad. Mi esposa Roxanne, de veintiocho años, es una diseñadora de modas con un cuerpo que parece dibujado para volver locos a los hombres: caderas anchas, cintura estrecha, tetas firmes y una cara de ángel pervertido que siempre me ha vuelto loco. Nuestro mejor amigo Sergio, de treinta y cuatro años, es entrenador personal, un tipo musculoso, alto, con brazos que parecen tallados en piedra y una confianza que siempre me ha hecho sentir, en el fondo, un poco menos hombre.

Aquella tarde de sábado salimos los tres de compras. Roxanne necesitaba lencería y ropa ajustada para un evento de trabajo. Sergio nos acompañaba porque, según él, «tenía mejor ojo que yo para saber qué le quedaba bien a una mujer». Recorrimos la tienda de lujo del centro comercial entre risas y comentarios subidos de tono. En un momento, Roxanne cogió unos pantalones negros de cintura alta y Sergio soltó: «Esos le van a marcar el culo como ninguna otra prenda. Apuesto cien euros a que le quedan perfectos».

Yo, medio en broma medio celoso, contesté: «Le van a quedar demasiado apretados. No le favorecen». Roxanne nos miró con esa sonrisa traviesa que siempre anuncia problemas deliciosos. Sergio amplió la apuesta: «Quien pierda deja que el ganador entre con Roxanne al probador mientras el otro espera fuera. Sin protestar. Sin celos fingidos».

Perdí, claro. Los pantalones le quedaban como una segunda piel, realzando cada curva de su culo redondo. Los tres nos reímos, pero el aire cambió. Roxanne me miró directamente a los ojos y, con voz baja para que solo yo la oyera, susurró: «¿Estás seguro, cariño? Ya hemos fantaseado con esto en casa…». Asentí. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza. Llevábamos meses hablando en la oscuridad de nuestra cama sobre la posibilidad de que otro hombre la tocara, especialmente Sergio. Era nuestro secreto más sucio y excitante. Consentido. Deseado. Peligroso.

Sergio cogió la cortina del probador y la sostuvo para ella con una sonrisa depredadora. «Después de ti, preciosa». Roxanne entró primero, contoneando las caderas a propósito. Antes de cerrar, Sergio me guiñó un ojo. «Tranquilo, amigo. Solo vamos a probar ropa… por ahora».

Se cerraron dentro. Yo me quedé fuera, fingiendo mirar unas camisas en un perchero cercano. El probador era de esos amplios, con un banco tapizado, espejo de cuerpo entero y una cortina gruesa que no llegaba del todo al suelo ni al techo. Había una rendija de un par de centímetros entre la tela y la pared lateral. Desde el primer segundo, mi polla empezó a endurecerse dentro de los pantalones.

Al principio solo se oían risas. Luego la voz de Roxanne, más baja, más ronca: —Joder, Sergio… ¿de verdad te gusta cómo me queda esto?

—Estás para follarte aquí mismo, Roxanne. Ese conjunto de encaje negro te hace ver como una puta cara. Mira cómo se te marcan los pezones.

Escuché el sonido inconfundible de una prenda cayendo al suelo. Mi respiración se aceleró. Me acerqué un poco más, disimulando, y pegué el ojo a la rendija. Lo que vi me golpeó como un puñetazo en el estómago y un latigazo en la polla al mismo tiempo.

Roxanne estaba de pie frente al espejo solo con un tanga negro diminuto y un sujetador a juego que apenas contenía sus tetas. Sergio, detrás de ella, le pasaba las manos grandes y fuertes por la cintura, bajando lentamente hasta apretarle el culo con descaro. Ella se mordía el labio, mirándolo a través del reflejo.

—Siempre he querido sentir estas manos —confesó ella entre risas nerviosas y excitadas—. Las de Emmett son suaves, bonitas… pero las tuyas son manos de hombre que sabe lo que quiere.

Sergio no esperó más. La giró, la agarró por la nuca y la besó con hambre. Fue un beso brutal, de lengua y dientes. Roxanne gimió contra su boca y le clavó las uñas en los hombros anchos. Yo, desde fuera, metí la mano dentro del bolsillo para apretarme la polla dura como una piedra. La humillación era tan intensa que casi me corrí allí mismo.

El beso se volvió más sucio. Sergio le bajó el sujetador y empezó a chuparle las tetas con avidez, mordiendo los pezones hasta hacerla jadear. Roxanne echó la cabeza hacia atrás y miró directamente hacia la rendija, como si supiera que yo estaba ahí. Sonrió con malicia mientras gemía.

—Emmett… está pasando de verdad —susurró, aunque sabía que yo la oía.

Entonces Roxanne se arrodilló. Con dedos ansiosos bajó la cremallera del pantalón deportivo de Sergio y sacó su polla. Era gruesa, venosa, más larga y mucho más ancha que la mía. Roxanne la miró con auténtica adoración, como si fuera un trofeo.

—Dios mío… mira esto —dijo, girando la cabeza hacia la rendija para que yo la viera bien—. Es mucho más grande y más gruesa que la tuya, cariño. Apenas puedo rodearla con la mano.

Abrió la boca y la metió. No fue suave. La chupó con ansia, babeando, sacando la lengua para lamerle las venas mientras lo miraba a los ojos a él. Sergio le agarró el pelo y empezó a follarle la boca con movimientos profundos.

—Así, zorra. Chúpala bien. Que tu marido vea cómo se hace.

Yo saqué mi polla allí mismo, en el pasillo de la tienda, y empecé a pajearme lentamente, con vergüenza y excitación mezcladas. Cualquiera podría haber pasado, pero no me importaba. Solo podía mirar cómo mi mujer adoraba la polla de mi mejor amigo.

Sergio la levantó de golpe, la giró contra el espejo y le bajó el tanga de un tirón. Roxanne apoyó las manos en el cristal, arqueó la espalda y separó las piernas. Desde mi posición tenía una vista perfecta: su coño depilado, ya brillante de excitación, y la cara de pura lujuria de mi esposa reflejada en el espejo.

Sergio escupió en su mano, frotó la cabeza gruesa de su polla contra los labios de ella y entró de un solo empujón. Roxanne soltó un gemido largo y ronco.

—¡Joder, sí! ¡Qué grande eres!

Empezó a follársela en posición de perrito, fuerte, agarrándola del pelo como si fueran riendas. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran contra el espejo. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba el probador.

—Díselo —gruñó Sergio sin dejar de follarla—. Díselo a tu cornudo.

Roxanne me miró directamente a través de la rendija, con los ojos vidriosos de placer.

—Es mucho mejor que tú, Emmett… Me está follando como tú nunca has podido. Soy su puta ahora.

Sergio le dio una palmada fuerte en el culo y aceleró. Yo me pajeaba cada vez más rápido, al borde del orgasmo, pero no quería correrme todavía. Quería ver todo.

Después de varios minutos así, Sergio se sentó en el banco del probador, con la polla tiesa y brillante de los jugos de mi mujer. Roxanne no necesitó que le dijeran nada. Se subió a horcajadas sobre él, guió aquella verga gruesa hasta su coño y se dejó caer de golpe, tragándosela entera.

—Dios… me llena tanto —jadeó.

Empezó a cabalgarlo con fuerza. Sus tetas saltaban delante de la cara de Sergio, que las chupaba y mordía mientras la agarraba del culo para marcar el ritmo. El banco crujía. Roxanne gemía cada vez más alto, sin importarle que pudieran oírla fuera.

—Voy a correrme… ¡Sergio, me corro! ¡Fóllame más fuerte!

Sus muslos temblaron. Echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre mientras el orgasmo la atravesaba. Sergio gruñó, la sujetó fuerte por las caderas y empujó hacia arriba, vaciándose dentro de ella. Vi claramente cómo su polla palpitaba, llenándola de chorros espesos de semen. Roxanne siguió moviéndose lentamente, ordeñándolo hasta la última gota, con una expresión de placer absoluto que nunca le había visto conmigo.

Cuando terminaron, ella se inclinó y lo besó con pasión profunda, metiendo la lengua en su boca mientras su coño aún lo apretaba. Después, todavía sentada sobre su polla semierecta, giró la cabeza hacia la rendija donde yo seguía pajeándome como un desesperado.

Con una sonrisa satisfecha, empapada en sudor y con el semen empezando a escurrir por sus muslos, me dijo:

—Me ha encantado que tu mejor amigo me reclame, Emmett. Me ha gustado tanto sentirme suya delante de ti… Su polla, su semen dentro de mí… No tienes idea de lo llena que me siento ahora.

Se mordió el labio inferior, todavía jadeando, y añadió en voz baja pero clara:

—Y esto no se termina aquí, cariño. Ni de lejos.

Sergio sonrió con arrogancia, le dio una última palmada posesiva en el culo y la besó en el cuello mientras yo, temblando, me corría en mi propia mano fuera del probador, sabiendo que nuestra vida acababa de cambiar para siempre y que la noche apenas estaba comenzando.

Todo lo que siguió fue una espiral cada vez más profunda de placer compartido y humillación consentida que nos envolvió a los tres sin piedad. Apenas había guardado mi polla aún palpitante y pegajosa dentro de los pantalones cuando Roxanne abrió la cortina del todo, su cuerpo desnudo reluciente bajo la luz tenue del probador. El semen de Sergio le resbalaba por los muslos en hilos espesos y lentos, marcando su piel como un sello de propiedad. Me agarró de la camisa y me metió dentro sin decir una palabra más, cerrando la tela tras de mí. El espacio se sintió inmediatamente más pequeño, más caliente, saturado por el olor denso de coño mojado, sudor masculino y leche espesa.

Sergio seguía sentado en el banco, con las piernas abiertas y esa polla monstruosa semierecta descansando sobre su muslo musculoso. Tenía treinta y cuatro años y cada músculo de su cuerpo de entrenador personal parecía tallado para dominar. Me miró con una ceja levantada, sonriendo con esa arrogancia que siempre había disimulado en nuestras salidas de amigos pero que ahora salía sin filtro. Roxanne, mi esposa de veintiocho años, se colocó entre los dos, contoneando las caderas a propósito. Sus tetas firmes aún mostraban las marcas rojas de los dientes y succiones de él, y sus pezones seguían duros como guijarros.

—Míralo de cerca, cariño —susurró ella, abriendo sus labios vaginales con dos dedos para mostrarme el interior rosado e hinchado, todavía palpitante y rebosante—. Siente el calor que sale de mí. Sergio me ha dejado el coño tan abierto que creo que tardará horas en volver a cerrarse. ¿Lo ves? Tu polla nunca me había hecho esto.

Me arrodillé casi sin darme cuenta, temblando. El aroma era embriagador. Acerqué la cara y ella me empujó suavemente la cabeza hacia adelante hasta que mi nariz rozó su clítoris hinchado. Lamí una gota de semen que colgaba de sus labios y el sabor salado y almizclado me golpeó como un vicio nuevo. Roxanne gimió bajito, acariciándome el pelo como si fuera un perro fiel.

—Buen chico… Lame un poco más. Prueba lo que un hombre de verdad deja dentro de tu mujer. Pero no te acostumbres demasiado. Esto es de Sergio, no tuyo.

Mientras mi lengua recogía los restos cremosos de su corrida, Sergio se puso de pie y se acercó por detrás de ella. Su polla ya volvía a endurecerse contra la espalda de Roxanne, dejando un rastro húmedo en su piel. La agarró por las caderas con esas manos grandes y fuertes que ella tanto había admirado y la levantó ligeramente, colocándola de nuevo a horcajadas sobre el banco pero esta vez de cara a mí. Quería que yo lo viera todo en detalle.

—Tu turno de mirar de primera fila, cornudo —gruñó él, escupiendo en su mano para frotar la cabeza gruesa de su verga contra el coño empapado de Roxanne—. Vamos a follar otra vez. Y tú vas a contarnos lo que sientes mientras lo haces.

Roxanne se dejó caer lentamente sobre aquella polla venosa, centímetro a centímetro, hasta que sus labios vaginales tragaron la base por completo. Soltó un gemido largo y ronco que me vibró en el pecho. Sus ojos no se apartaban de los míos. Empezó a moverse, subiendo y bajando con movimientos fluidos al principio, luego más salvajes. El banco crujía bajo el peso de sus embestidas. Cada vez que bajaba, un sonido húmedo y obsceno llenaba el probador: chap, chap, chap. El semen anterior salía expulsado alrededor de la polla de Sergio y me salpicaba las rodillas.

—Joder, Sergio… me estás llegando al fondo —jadeaba ella, sus tetas rebotando delante de mi cara—. Emmett, cariño, ¿ves cómo se me marca la barriga cada vez que entra del todo? Es tan gruesa que me deforma por dentro. Tu polla solo me roza… esta me destroza y me encanta.

Yo me había sacado la polla otra vez y me masturbaba con furia contenida, sentado a menos de medio metro. Sentía la cara ardiendo de vergüenza, pero el placer era tan intenso que no podía parar. Pensaba en todas las noches que habíamos fantaseado con esto en nuestra cama, susurrando en la oscuridad mientras yo la penetraba sin conseguir nunca esos gemidos tan guturales. Ahora lo estaba viviendo y era mil veces más humillante y adictivo de lo que había imaginado. Mi masculinidad se desmoronaba con cada rebote de sus tetas y cada palabra sucia que salía de su boca.

Sergio le agarró las nalgas con fuerza, separándolas para que yo pudiera ver incluso cómo su ano se contraía con cada descenso. Aceleró desde abajo, follándola con estocadas brutales que hacían temblar los muslos de Roxanne. El sudor les corría por el cuerpo. Una gota cayó desde la frente de él hasta el pecho de ella y Roxanne la recogió con un dedo y me la ofreció para que la lamiera. Lo hice. Todo lo que venía de ellos lo aceptaba.

—Díselo más fuerte —ordenó Sergio sin dejar de bombear—. Quiero que el cornudo sepa exactamente lo que ha perdido.

Roxanne echó la cabeza hacia atrás, su cabello pegado al cuello por el sudor, y gritó casi sin control:

—¡Tu mejor amigo me folla mejor que tú, Emmett! Su polla es más larga, más gruesa, más dura. Me hace correrme como una puta barata y tú solo me das orgasmos de compromiso. ¡Soy suya! ¡Quiero que me folle todos los días mientras tú esperas fuera o miras como ahora!

Esas palabras me llevaron al borde. Reduje el ritmo de mi mano porque no quería correrme todavía. Quería sufrir más. Sergio la levantó de golpe, la giró y la puso contra el espejo de cuerpo entero, con las manos apoyadas en el cristal y el culo hacia afuera. Desde mi posición veía su cara reflejada: ojos entrecerrados, boca abierta, lengua asomando ligeramente. Sergio entró de un solo empujón otra vez, agarrándola del pelo como riendas y follándola con tanta fuerza que el espejo vibraba.

Los sonidos eran ensordecedores ahora: carne contra carne, gemidos femeninos cada vez más agudos, gruñidos masculinos de posesión. Roxanne se corrió por segunda vez en menos de diez minutos, sus piernas temblando tanto que Sergio tuvo que sujetarla por la cintura para que no se cayera. Su coño expulsó un chorro claro que mojó el suelo entre sus pies.

—Otra vez… me corro otra vez en su polla —sollozó de placer, mirándome directamente a través del reflejo—. Emmett, amor, esto es lo que necesitaba. Tú ya no eres suficiente. Me has regalado a tu mejor amigo y ahora no puedo volver atrás.

Sergio aceleró hasta que su pelvis golpeaba con furia las nalgas enrojecidas de ella. Le dio varias palmadas fuertes que resonaron en el probador y dejaron huellas perfectas de su mano. Luego rugió, se enterró hasta el fondo y se vació por segunda vez dentro de mi esposa. Vi claramente cómo su polla palpitaba en espasmos, inyectando chorros calientes que ya no cabían y empezaban a salir a borbotones alrededor de la base.

Cuando por fin se separaron, Roxanne se dejó caer de rodillas frente a mí, exhausta, con el pecho agitado y el coño completamente destruido. El semen de Sergio le chorreaba sin control, formando un charco pequeño entre sus rodillas. Me miró con ternura perversa, me acarició la mejilla y luego miró mi polla dolorida y enrojecida de tanto masturbarme.

—Límpame, cornudo. Con la boca. Quiero que pruebes todo lo que tu mejor amigo me ha dado hoy.

Lo hice. Me incliné y hundí la lengua en su coño caliente y dilatado, tragando la mezcla espesa y salada mientras ella gemía suavemente y me sujetaba la cabeza contra su sexo. Sergio observaba de pie, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, sonriendo satisfecho. Roxanne tuvo un último orgasmo pequeño contra mi boca, temblando y susurrando mi nombre con cariño mezclado con lástima.

Cuando terminamos, los tres nos vestimos en silencio, aún jadeando. Salimos del probador como si nada hubiera pasado, aunque el olor nos acompañaba y el dependiente nos miró raro. En el coche, de regreso a casa, Roxanne iba en el asiento del copiloto con la mano metida entre sus propios muslos, jugueteando con los restos que aún salían de ella. Sergio iba atrás, dueño absoluto de la situación.

Y entonces, cuando aparcamos frente a nuestro edificio y el motor se apagó, ella giró la cabeza hacia mí con una sonrisa calmada y definitiva que me rompió por dentro.

A partir de hoy solo Sergio me va a follar, Emmett. Tú solo mirarás y te correrás con eso.

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