Masaje que Desbordó su Deseo en la Boda
En la boda, el tímido Carlos de 32 años ve cómo su esposa Ingrid, enfermera de 29, se deja follar duro por el masajista Sullivan de 35 delante de
En la recepción de la boda de su mejor amigo, Carlos, un tímido contador de treinta y dos años, sudaba dentro de su traje barato mientras intentaba disimular el temblor de sus manos. El salón olía a flores caras, whisky y sudor de baile. Su esposa Ingrid, una voluptuosa enfermera de veintinueve años cuyos pechos generosos amenazaban con desbordar el escote de su vestido rojo, llevaba ya media hora coqueteando sin pudor con Sullivan, el masajista profesional de treinta y cinco años contratado para relajar a los invitados. Sullivan era puro músculo bajo la camisa negra ajustada, con brazos que parecían capaces de partir a un hombre por la mitad y una sonrisa de lobo que hacía que las mujeres del lugar se mordieran el labio.
Carlos observaba desde una mesa lateral cómo Ingrid se reía demasiado alto de algo que Sullivan le susurraba al oído, inclinándose tanto que sus tetas rozaban el antebrazo del masajista. Las manos grandes y expertas de Sullivan masajeaban con disimulo los hombros desnudos de ella, y cada vez que apretaba, Ingrid soltaba un gemidito que parecía sacado de una película porno.
—Joder, Carlos, ¿estás viendo eso o necesitas gafas nuevas? —le soltó Pedro, uno de sus amigos de toda la vida, dándole un codazo que casi lo tira de la silla—. Tu mujer está a punto de pedirle cita para un masaje completo. Y no precisamente en la espalda.
Los demás rieron con ganas. Otro amigo, más borracho de chistes que de alcohol, añadió:
—Tranquilo, hombre, que Sullivan es un profesional. Seguro que solo le está aflojando los nudos… los de las bragas, digo.
Carlos sintió que la cara le ardía como si le hubieran echado salsa picante. Quiso decir algo, defender su honor de marido, pero lo único que salió fue un balbuceo patético:
—Ingrid solo está siendo amable… es su carácter.
Los amigos estallaron en carcajadas. Justo entonces Sullivan miró directamente hacia él, con esa sonrisa arrogante y divertida, y levantó una ceja como diciendo «¿de verdad vas a quedarte ahí sentado, cornudito?». Ingrid también giró la cabeza. Sus ojos brillaban con algo que Carlos conocía muy bien: puro deseo travieso. Se acercó a él contoneando las caderas, el vestido subiéndose peligrosamente por sus muslos gruesos y suaves.
—Cariño, Sullivan me ha invitado a una habitación privada para un masaje especial —ronroneó, pasándole un dedo por la corbata—. Llevo todo el día con la espalda hecha un nudo y estos pies hinchados de tanto bailar. ¿Verdad que no te importa? Solo serán unos minutitos.
Sullivan apareció detrás de ella, colocándole una mano posesiva en la cintura.
—Le aseguro que quedará como nueva, Carlos. Soy muy… minucioso.
Los amigos volvieron a reírse a carcajadas, uno de ellos incluso imitó un gemido exagerado. Carlos sintió que el suelo se movía. Quiso negarse, quiso agarrar a Ingrid del brazo y llevársela a casa, pero su polla, la muy traidora, ya empezaba a endurecerse dentro de los pantalones. Tragó saliva y asintió como un idiota.
—Está… está bien.
La habitación privada era pequeña, elegante y olía a aceite de masaje caliente. Una camilla profesional ocupaba el centro, con una sábana blanca inmaculada. Había una silla de madera contra la pared, claramente colocada allí a propósito. Sullivan cerró la puerta con llave y sonrió.
—Siéntate ahí, Carlos. No querrás perderte el espectáculo.
Ingrid no esperó ni un segundo. Se bajó la cremallera del vestido y dejó que cayera al suelo. Sus tetas pesadas rebotaron libres, los pezones ya duros como guijarros. Solo quedó con un tanga negro que apenas cubría su coño depilado. Se tumbó boca abajo en la camilla, arqueando la espalda de forma exagerada para que su culo redondo y jugoso quedara perfectamente expuesto.
Sullivan se echó aceite en las manos y empezó por los hombros. Sus dedos fuertes se hundían en la carne blanda de Ingrid, bajando poco a poco por la columna. Cada pasada era más atrevida. Cuando llegó a la zona lumbar, Ingrid soltó el primer gemido sincero:
—Mmm… joder, qué manos tienes. Sigue, no pares…
Carlos se removió en la silla. El sonido de ese gemido le atravesó el estómago. Sullivan sonrió y bajó más, masajeando los muslos gruesos de Ingrid, separándolos con descaro. El tanga estaba empapado. Se notaba desde donde estaba Carlos. El masajista deslizó los pulgares por la cara interna de los muslos y rozó el borde del coño hinchado. Ingrid levantó las caderas sin vergüenza.
—Más arriba… tócame ahí, Sullivan. Estoy empapada.
Carlos sintió que le faltaba el aire. Su mujer, la misma que siempre le pedía que fuera suave y rápido en casa, estaba gimiendo como una perra en celo delante de un desconocido. Sullivan soltó una risita baja y divertida.
—Vaya, vaya… parece que la enfermerita necesita algo más que un masaje de espalda.
Ingrid giró la cabeza, miró directamente a Carlos con los ojos vidriosos de excitación y confesó sin filtro:
—Siempre he fantaseado con esto, cariño. Con que un hombre de verdad me folle duro delante de ti. Un macho como Sullivan, con polla grande y huevos pesados, mientras tú miras desde esa silla como el cornudito tímido que eres. ¿Me dejas? ¿Me dejas que me corra como nunca me has hecho correr a mí?
Sullivan soltó una carcajada ronca y sincera que llenó la habitación.
—Hostia, qué directa. Me encanta. Claro que sí, guapa. Tu marido va a tener el mejor asiento de la casa.
Carlos abrió la boca pero no salió nada. Solo asintió, la cara roja, la polla dolorosamente dura contra la cremallera. Sullivan se quitó la camisa, mostrando un torso esculpido, y luego se bajó los pantalones. Su polla saltó libre: gruesa, venosa, mucho más grande que la de Carlos. Ingrid se relamió.
Se arrodilló en el suelo sin que se lo pidieran. Agarró aquella verga con las dos manos y la miró con adoración.
—Mira, Carlos —dijo, sin apartar los ojos de su marido mientras sacaba la lengua y lamía toda la longitud—. Mira cómo un macho de verdad me pone cachonda. Tu cosita nunca me ha hecho babear así.
Abrió la boca y se la tragó. Profunda. Babosa. Ruidosa. Los sonidos húmedos de garganta llenaron la habitación mientras Ingrid bajaba y subía la cabeza, dejando hilos de saliva colgando de sus labios y de la base de la polla de Sullivan. Cada vez que llegaba al fondo, emitía un gorgoteo obsceno y miraba a Carlos con lágrimas de esfuerzo y puro placer en los ojos.
—Así, puta casada —gruñó Sullivan, agarrándola del pelo—. Trágatela toda.
Después la levantó como si no pesara nada y la colocó sobre la camilla en cuatro patas. Le arrancó el tanga de un tirón. Sin preámbulos, alineó la gruesa cabeza de su polla con el coño chorreante de Ingrid y empujó. Ella soltó un grito largo y gutural cuando la penetró hasta los huevos.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte!
Sullivan empezó a follarla con embestidas brutales. El sonido de carne contra carne resonaba obscenamente. Le azotaba el culo con la palma abierta, dejando marcas rojas en la piel blanca.
—Toma, puta casada. Esto es lo que te mereces por tener un marido con polla de niño.
Ingrid gemía como loca, empujando hacia atrás para encontrarse con cada golpe.
—Carlos… mírame… mira cómo me está reventando el coño. Tu verga nunca llega tan profundo. Nunca me ha hecho gritar así.
Sullivan la giró entonces, poniéndola en misionero. Le sujetó las piernas abiertas en una V amplia, ofreciéndole a Carlos una vista perfecta de cómo aquella polla gruesa entraba y salía, brillante de jugos, dilatando los labios hinchados de su mujer. Cada embestida hacía que las tetas de Ingrid rebotaran violentamente.
—Míralo bien, cornudo —jadeó Sullivan, sudando y sonriendo—. Cada centímetro. Hasta el fondo. Esto es lo que tu mujer necesita.
Ingrid empezó a correrse primero, arqueando la espalda, apretando los dedos de los pies.
—¡Me corro! ¡Me corro con su polla, Carlos! ¡Tú nunca me has hecho esto!
Sullivan gruñó, aceleró y se hundió hasta el fondo. Su polla palpitó visiblemente mientras descargaba chorros espesos de semen caliente dentro del coño de Ingrid. Ella gritaba, temblaba, le clavaba las uñas en los hombros.
Cuando por fin se separaron, un hilo grueso de semen blanco salió del coño abierto de Ingrid y chorreó por sus muslos hasta la camilla. Respirando agitada, con el maquillaje corrido y el pelo revuelto, se levantó tambaleante. Caminó hasta Carlos, todavía desnuda, con el semen resbalando por sus piernas. Se inclinó, le dio un beso suave y casi cariñoso en la frente y le susurró al oído, con voz ronca y prometedora:
—Este será tu nuevo regalo de…
Se mordió el labio, sonriendo con malicia, sin terminar la frase. Sullivan, todavía con la polla semierecta y brillante, se cruzó de brazos detrás de ella y añadió con tono burlón:
—…porque la noche es muy larga todavía, ¿verdad, cornudito?
Ingrid le guiñó un ojo a su marido, el coño aún palpitando y goteando, y Carlos comprendió con un escalofrío de excitación y terror que aquello solo acababa de empezar.
Ingrid se quedó allí, con el coño aún abierto y palpitante, chorreando hilos gruesos de semen que caían en gotas pesadas sobre el suelo de la habitación. Se pasó la lengua por los labios hinchados, saboreando el beso que acababa de plantar en la frente de Carlos, y soltó una risita baja que sonaba a pura travesura de enfermera cachonda. Sullivan, todavía desnudo y con esa polla semierecta colgando como un trofeo pesado entre sus piernas musculosas, se cruzó de brazos y arqueó una ceja mirando al contador.
—Hostia, cornudito, tienes cara de haber visto un fantasma. O una polla de verdad por primera vez —dijo el masajista de treinta y cinco años con esa voz ronca y burlona que hacía que todo pareciera un chiste de stand-up subido de tono.
Carlos sintió que las orejas le ardían. Su traje barato se le pegaba al cuerpo por el sudor, y lo peor era que su propia verga, esa cosita de treinta y dos años que nunca había hecho gritar a Ingrid en sus cinco años de matrimonio, empujaba como loca contra la cremallera. «¿Cómo puede ponerme tan bruto ver a mi mujer convertida en esto?», pensó, tragando saliva mientras observaba el desastre blanco que resbalaba por los muslos gruesos y suaves de ella. Ingrid, la enfermera de veintinueve que siempre le pedía «suave y rapidito» en casa, ahora parecía otra: tetas pesadas balanceándose libres, pezones duros como cerezas maduras, y esa expresión de puta satisfecha que le humedecía los ojos.
Ella se acercó de nuevo, contoneando las caderas con descaro, y se plantó frente a él con las piernas abiertas. El olor a sexo —a coño mojado, semen caliente y aceite de masaje— llenaba el aire como un perfume caro y sucio.
—Termina la frase, cariño —ronroneó Ingrid, agarrándole la corbata y tirando de ella para que Carlos quedara a la altura de su coño goteante—. Este será tu nuevo regalo de bodas. Ver cómo me follan como merezco. Y todavía no hemos acabado el primero de varios, ¿verdad, Sullivan?
El masajista soltó una carcajada que retumbó en las paredes. Se acercó por detrás de Ingrid y le dio un azote fuerte en el culo redondo, haciendo que la carne temblara y que más semen saliera expulsado del coño dilatado.
—Claro que no, guapa. Tengo la polla recuperándose ya. Mira cómo se pone dura otra vez solo de verte así, toda marcada y llena. Tu marido va a tener que aprender a disfrutar el espectáculo completo. Siéntate en su regazo, Ingrid. Que sienta en sus pantalones lo que queda de mí dentro de ti.
Ingrid obedeció con una sonrisa maliciosa, girándose para darle a Carlos un beso rápido en los labios antes de bajar el culo sobre sus muslos. El contacto fue inmediato y humillante: el semen caliente y espeso se aplastó contra la tela de los pantalones, mojándolo todo, filtrándose hasta tocar la piel de Carlos. Ella se movió despacio, frotando su coño abierto contra la erección atrapada de él, mientras sus tetas pesadas le rozaban la cara.
—¿Lo sientes, mi amor? —susurró Ingrid, mordiéndole la oreja—. Está tan caliente… tan lleno. Tu polla ni siquiera roza los lados cuando me follas. En cambio, Sullivan… joder, me ha dejado el coño como un túnel. Mete dos dedos y verás.
Carlos, con las manos temblando, obedeció como el cornudo obediente que empezaba a aceptar que era. Sus dedos entraron sin resistencia en esa cavidad resbaladiza, sintiendo los restos viscosos del orgasmo del otro hombre. Ingrid gimió alto, echando la cabeza hacia atrás, y empezó a cabalgar sus dedos mientras Sullivan se masturbaba lentamente a un lado, mirando la escena con esa sonrisa de lobo que parecía decir «esto es mejor que cualquier boda».
—Más adentro, Carlos —ordenó ella entre jadeos, su voz ronca de enfermera en celo—. Siente cómo palpita todavía. ¿Te gusta? ¿Te gusta tocar el coño de tu mujer después de que un macho de verdad lo haya reventado? Porque yo me estoy poniendo cachonda otra vez solo de verte la cara roja.
Sullivan se rio y se acercó, agarrando a Ingrid por el pelo con suavidad pero firmeza. Tiró de ella hacia su polla, que ya estaba completamente dura de nuevo, gruesa, venosa y con la cabeza brillante.
—Basta de deditos de contador. Abre la boca, puta casada. Vamos a darle a tu marido un close-up de cómo se mama de verdad.
Ingrid se inclinó sin dudar, tragándose casi toda la longitud de Sullivan en un solo movimiento. Los sonidos volvieron a llenar la habitación: gluglú húmedos, arcadas controladas, saliva que caía en hilos largos sobre las tetas de ella y salpicaba los pantalones de Carlos. Mientras mamaba con entusiasmo, moviendo la cabeza arriba y abajo como si estuviera hambrienta, su culo seguía frotándose contra la erección de su marido. Cada vez que llegaba al fondo, Ingrid miraba de reojo a Carlos con lágrimas de esfuerzo y pura lujuria, como diciendo «esto es lo que me faltaba en casa».
—Joder, qué boca tiene tu mujer —gruñó Sullivan, follándole la garganta con empujes cortos y controlados—. Traga, enfermera. Traga esa polla que te va a partir el culo ahora.
Carlos no podía parar de mirar. Su mente era un torbellino humorístico y humillante: «Si Pedro y los demás supieran que estoy aquí con los pantalones empapados en semen ajeno mientras mi Ingrid hace garganta profunda… me llamarían cornudo oficial de la boda». Pero su polla no mentía; latía con fuerza, goteando precum dentro de los calzoncillos, traicionándolo a cada segundo.
Sullivan sacó su verga de la boca de Ingrid con un pop húmedo y la levantó como si no pesara nada. La colocó de nuevo en la camilla, esta vez boca arriba, con la cabeza colgando del borde para que Carlos pudiera verle la cara invertida. Le abrió las piernas en una V exagerada, ofreciendo una vista perfecta del coño hinchado y rojo.
—Ahora míralo todo, cornudito —dijo Sullivan con tono de profesor burlón—. Voy a follarla en misionero para que veas cómo desaparece cada centímetro dentro de ella.
Empujó de golpe. Ingrid soltó un grito largo y gutural que se convirtió en risa entrecortada cuando el placer la invadió. La polla gruesa entraba y salía con sonidos chapoteantes, expulsando más semen del primer polvo en cada embestida. Las tetas de Ingrid rebotaban violentamente, golpeándose entre sí, y ella no paraba de hablarle a Carlos.
—Mírala, cariño… mira cómo me abre. Es tan gruesa que siento que me va a romper… y me encanta. Tú nunca llegas tan hondo. Nunca me haces gritar así. ¡Más fuerte, Sullivan! ¡Fóllame como si mi marido no estuviera mirando!
El masajista aceleró, sudando, sus huevos pesados golpeando el culo de Ingrid con cada golpe. Soltaba risotadas entre gruñidos, manteniendo el tono humorístico que hacía que la humillación fuera aún más deliciosa.
—Pobre contador. Mientras tú calculas impuestos, yo estoy calculando cuántas veces puedo hacer correrse a tu mujer antes de que pidas clemencia. Una… dos… ¡vamos, Ingrid, córrete en mi polla otra vez!
Ella obedeció casi al instante. Su espalda se arqueó, los dedos de los pies se encogieron y un chorro claro salió expulsado alrededor de la polla de Sullivan, salpicando el abdomen de él y la camilla. Ingrid gritaba, temblaba, insultaba de placer.
—¡Me estoy corriendo como una perra! ¡Carlos, mírame! ¡Mírame correrme con polla de verdad!
Sullivan no se detuvo. La giró de lado sin sacarla, levantándole una pierna alta para que Carlos tuviera vista lateral perfecta de cómo la verga entraba y salía, dilatando todo. Luego la puso a cuatro patas de nuevo, pero esta vez mirando directamente a su marido. Le agarró el pelo como riendas y empezó a follarla con embestidas brutales, haciendo que el culo de Ingrid rebotara y se ondulara con cada impacto.
—Díselo —gruñó Sullivan, dándole un azote que dejó la marca perfecta de su mano—. Dile que su polla ya no te sirve.
Ingrid, con la cara roja y el maquillaje corrido, jadeó entre gemidos:
—Tu polla ya no me sirve, Carlos… solo sirve para mirar. Sullivan me está reventando el coño y el alma. Me voy a correr otra vez… ¡joder, sí!
El tercer orgasmo la dejó temblando, casi sin fuerzas. Sullivan sacó su polla brillante y la frotó contra el ano de Ingrid, que se contraía de placer.
—¿Lista para el postre anal, enfermera guarra?
—Sí… métemela en el culo delante de él. Quiero que vea cómo me abres también por ahí.
Carlos contuvo la respiración mientras Sullivan empujaba lentamente, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos tocaron el coño chorreante de Ingrid. Ella soltó un gemido largo, casi animal, y empezó a empujar hacia atrás, pidiendo más. El ritmo se volvió salvaje: embestidas profundas que hacían temblar todo su cuerpo, tetas colgando y balanceándose, saliva escapando de su boca abierta.
—Qué culo más goloso —se rio Sullivan, sudando a chorros—. Tu mujer está hecha para esto, cornudo. Mientras tú le das besitos en la mejilla, yo le estoy dando por el culo en una boda.
Ingrid se corrió por cuarta vez, esta vez con la polla enterrada en su ano, gritando el nombre de Sullivan y soltando insultos cariñosos hacia Carlos. El masajista aceleró, gruñendo, y finalmente sacó su verga para correrse en grandes chorros sobre la espalda y el culo de ella, pintándola como si fuera glaseado de boda pervertido.
Ingrid, exhausta, sudorosa y decorada de semen, se dejó caer sobre la camilla un momento antes de levantarse tambaleante. Caminó hasta Carlos, se inclinó, y le lamió los labios con lengua juguetona.
—Esto solo es el calentamiento, mi cornudito adorado —susurró, todavía goteando por todos lados—. La fiesta sigue afuera… y Sullivan quiere bailar conmigo así, llena de él. ¿Vas a mirarnos en la pista también?
Sullivan se limpió la polla en el tanga roto de Ingrid y se la lanzó a Carlos como trofeo.
—La noche es joven, contador. Y tu mujer tiene más agujeros que masajear. ¿Qué dices? ¿Volvemos al salón o prefieres que te folle a ella otra vez aquí mientras tus amigos se preguntan dónde estáis?
Carlos, con los pantalones empapados, la cara ardiendo y la polla a punto de explotar sin tocarla, solo pudo asentir. Sabía que el verdadero espectáculo apenas estaba escalando, y que el resto de la boda iba a ser una humillación interminable y excitante que nunca olvidaría. Ingrid le guiñó un ojo, se pasó un dedo por el culo lleno y se lo metió en la boca a su marido para que probara.
—Buen chico —ronroneó—. Acto dos ha sido divertido… pero el tres va a ser en público.
Ingrid le guiñó un ojo a su marido, se pasó un dedo por el culo lleno y se lo metió en la boca a su marido para que probara.
—Buen chico —ronroneó—. Acto dos ha sido divertido… pero el tres va a ser en público.
Carlos tragó el sabor salado y espeso que le dejó el dedo de su mujer, sintiendo que la cara le ardía hasta las orejas. Su polla, esa traidora de treinta y dos años que apenas rozaba los quince centímetros en sus mejores días, palpitaba dentro de los pantalones empapados de semen ajeno. «Esto no puede estar pasando en la boda de mi mejor amigo», pensó, pero el cosquilleo humillante en el estómago le decía que sí, que quería más. Ingrid, la enfermera de veintinueve años que en casa siempre fingía dolor de cabeza después de tres minutos de misionero, ahora caminaba delante de él con el vestido rojo medio abrochado, el escote torcido y un brillo sospechoso bajándole por los muslos gruesos. Sullivan, el masajista de treinta y cinco con ese cuerpo de gimnasio que parecía sacado de un anuncio de aceite de motor, le pasó un brazo por la cintura a Ingrid como si ya fuera suya y empujó la puerta de la habitación privada.
El salón de la recepción los recibió con la música a todo volumen, luces de colores bailando sobre las mesas y un olor a alcohol, sudor y pastel de boda barato. Pedro y el resto de la pandilla seguían en la misma mesa, con las copas medio vacías y las caras ya coloradas de whisky. Cuando los tres aparecieron, el silencio duró exactamente dos segundos antes de que estallara la tormenta de risas.
—Hostia puta, miradlos —gritó Pedro, dando una palmada en la mesa que casi tira las botellas—. Ingrid parece que viene de correr la media maratón… pero con la falda al revés y cara de recién follada. Sullivan, cabrón, ¿le has masajeado también la campanilla?
Los demás estallaron en carcajadas. Uno de ellos, el más borracho de chistes, imitó un gemido exagerado mientras movía las caderas como si estuviera empotrando a alguien contra la pared. Ingrid no se inmutó. Al contrario, soltó una risita traviesa, se pegó más al costado de Sullivan y dejó que el masajista le bajara la mano descaradamente hasta el culo, apretando la carne por encima del vestido.
—Qué envidiosos sois —dijo ella, guiñándoles un ojo—. Sullivan tiene unas manos mágicas… y una polla que sabe usarlas. Carlos ha disfrutado el espectáculo desde primera fila, ¿verdad, mi cornudito?
Carlos quiso que la tierra se lo tragara. Se sentó en la silla de siempre, sintiendo cómo el semen frío de Sullivan se pegaba a sus muslos a través de la tela. «Soy contador, joder. Calculo números, no cuánto semen cabe en el coño de mi mujer», pensó, pero su verga dio un latigazo al oírla hablar así delante de sus amigos. Sullivan soltó una carcajada ronca y se sentó también, tirando de Ingrid para que se acomodara en su regazo delante de todos. El vestido se le subió hasta casi enseñar el coño, y Carlos vio claramente cómo un hilo blanco y espeso escapaba de entre los labios hinchados y caía sobre el pantalón negro del masajista.
—Mirad qué bien se porta el contador —comentó Sullivan, deslizando una mano entre las piernas de Ingrid sin ningún disimulo—. Le he dejado el coño como un túnel y él sigue ahí, calladito, con la polla dura como piedra. Ingrid, cuéntales lo que te he hecho mientras tu marido miraba.
Ingrid se mordió el labio inferior, moviendo el culo lentamente sobre la erección creciente de Sullivan. Sus tetas pesadas se balanceaban con cada movimiento, amenazando con salirse del escote. Varios invitados de las mesas cercanas empezaron a mirar de reojo, algunos con sonrisas cómplices, otros con la boca abierta.
—Me ha follado como nunca, chicos —confesó ella sin bajar la voz, casi gritando por encima de la música—. Primero en la camilla, después en cuatro patas, luego por el culo… Me ha corrido dentro tres veces y todavía tengo el ano palpitando. Carlos ha metido los dedos para comprobarlo. ¿Queréis ver?
Pedro se atragantó con el whisky y escupió riendo.
—Joder, Ingrid, que esto es una boda, no un puticlub. Aunque… si Sullivan te está dando masaje en vivo, yo pago la siguiente ronda.
Sullivan no esperó invitación. Se levantó, cargando a Ingrid como si fuera una muñeca, y la llevó directamente a la pista de baile donde la gente se movía al ritmo de una bachata pegajosa. Carlos los siguió como un perrito, sentándose en una mesa alta al borde de la pista desde donde podía ver todo. Sus amigos lo rodearon, dándole codazos y soltando bromas que cada vez eran más subidas de tono.
—Mira, mira —dijo uno—. El masajista ya le está metiendo mano debajo del vestido. ¿Eso es aceite o son los restos de su corrida?
En la pista, Sullivan pegaba su cuerpo enorme al de Ingrid. La música subía de volumen y él aprovechó para levantarle la falda por detrás, dejando al aire el culo redondo y marcado de azotes. Sus dedos gruesos se hundieron entre las nalgas, frotando el ano todavía abierto y el coño chorreante. Ingrid echó la cabeza hacia atrás, riendo y gimiendo al mismo tiempo, y se restregó contra la bragueta del masajista como una gata en celo. Desde la mesa, Carlos veía perfectamente cómo la polla de Sullivan, ya dura otra vez, marcaba un bulto enorme contra el vestido rojo.
—Esto es humillación nivel experto —comentó Pedro, riéndose tanto que le saltaban lágrimas—. Tu mujer está a punto de que la follen delante de medio convite y tú estás ahí con cara de estar calculando la factura de la luz. ¿Te corre más verla así o saber que todos sabemos que eres un cornudo consentido?
Carlos no contestó. Solo podía mirar. Ingrid se había dado la vuelta, de espaldas a Sullivan, y ahora movía el culo en círculos perfectos contra la polla del masajista. Él le mordía el cuello, le apretaba las tetas por encima del vestido y le susurraba cosas al oído que la hacían reír y gemir. De pronto, Sullivan metió dos dedos en el coño de ella allí mismo, en medio de la pista. Ingrid abrió la boca en un gemido largo que se oyó por encima de la bachata. Varias parejas cercanas se detuvieron a mirar, algunas escandalizadas, otras excitadas. Una mujer de unos cuarenta años, invitada lejana, se lamió los labios sin disimulo.
—Sullivan… joder… méteme más —suplicó Ingrid sin importarle quién escuchara—. Quiero que Carlos vea cómo me abres otra vez.
El masajista soltó una risa burlona que retumbó. Miró directamente hacia la mesa de Carlos y levantó la mano libre, mostrando los dedos brillantes de jugos y semen antes de metérselos en la boca a Ingrid. Ella los chupó con gusto, mirándole a su marido con ojos vidriosos de pura lujuria.
—Ven aquí, cornudito —gritó Sullivan por encima de la música—. Trae una silla y siéntate cerca. Quiero que veas cómo se la meto otra vez delante de tus amigos.
Carlos obedeció como en trance. Arrastró una silla hasta el borde mismo de la pista, a menos de tres metros de donde bailaban. Sus amigos lo siguieron, formando un semicírculo improvisado de espectadores. Pedro incluso levantó el móvil como si fuera a grabar, aunque solo estaba fingiendo para joderlo más.
Sullivan no perdió tiempo. Bajó la cremallera de sus pantalones negros justo allí, en la pista tenuemente iluminada, y sacó su polla gruesa y venosa, todavía brillante de las corridas anteriores. Ingrid se agachó sin que se lo pidieran, delante de todos, y se la tragó hasta el fondo en un solo movimiento. El sonido húmedo de garganta se mezcló con la música. Gluglú, arcadas, saliva cayendo en hilos largos sobre sus tetas que ya se habían escapado del vestido. Los pezones duros brillaban bajo las luces de colores.
—Así, puta de enfermera —gruñó Sullivan, agarrándola del pelo con una mano mientras con la otra saludaba a los amigos de Carlos—. Mira cómo mama tu mujer, contador. Con más ganas de las que te ha mamado a ti en cinco años de matrimonio.
Los amigos estallaron en risas y aplausos. Uno gritó: «¡Dale, Sullivan, que el contador está tomando notas!». Ingrid mamaba con entusiasmo renovado, moviendo la cabeza rápido, dejando que la polla le deformara las mejillas y le hiciera llorar rímel negro por las mejillas. Cada vez que la sacaba para respirar, miraba a Carlos y jadeaba:
—¿Ves, cariño? Esto es una polla de verdad. La tuya nunca me ha hecho babear hasta el suelo.
Sullivan la levantó de un tirón, la giró y la empotró contra una columna cercana que apenas ocultaba la escena del resto del salón. Le subió el vestido hasta la cintura, le separó las piernas y alineó la gruesa cabeza de su verga con el coño dilatado. Empujó de golpe. Ingrid soltó un grito agudo de placer que hizo que varias cabezas se volvieran. La polla desapareció completamente dentro de ella, los huevos pesados golpeando contra su clítoris hinchado.
—¡Sí! ¡Así, Sullivan! ¡Fóllame duro para que mi marido aprenda!
El masajista empezó a embestir con ritmo brutal, haciendo que las tetas de Ingrid rebotaran salvajemente y que su culo se ondulara con cada impacto. El sonido de carne mojada contra carne mojada se oía incluso por encima de la música. Carlos estaba tan cerca que podía ver cómo los labios del coño de su mujer se estiraban alrededor de esa polla mucho más gruesa que la suya, cómo salían hilos de semen anterior con cada salida. Sullivan sudaba, sonreía y no paraba de hablar.
—Esto es mejor que cualquier masaje, ¿eh, cornudo? Tu mujer está chorreando en mi polla delante de tus amigos. Pedro, ¿quieres ver cómo le dejo el culo abierto después?
Pedro levantó su copa en brindis.
—Sigue, macho. El contador parece que va a correrse en los pantalones solo de mirar.
Ingrid se corrió con un chillido largo, apretando los dedos de los pies dentro de los tacones, el cuerpo temblando entero mientras un chorro claro salpicaba el suelo de la pista. Sullivan no paró. La giró, la puso de cara a Carlos y la folló en pie, sujetándola por las tetas como si fueran asas. Cada embestida hacía que Ingrid mirara directamente a los ojos de su marido y le hablara entre gemidos entrecortados.
—Carlos… mírame… mírame cómo me está rompiendo. Tu polla de contador nunca llegará aquí… Sullivan me está tocando el fondo del útero… ¡Me voy a correr otra vez!
Y se corrió. Dos veces más en menos de cinco minutos, mientras Sullivan la sujetaba para que no se cayera. Los amigos de Carlos no paraban de soltar comentarios humorísticos: «¡Esto es mejor que el open bar!», «¡El masajista se ha cobrado la boda en carne!», «¡Carlos, pídele que te dé clases, hombre!».
Sullivan aceleró, gruñendo, y sacó su polla justo a tiempo para correrse en chorros espesos sobre las tetas y la cara de Ingrid. Ella abrió la boca, sacó la lengua y recibió parte del semen mientras se masturbaba el clítoris, corriéndose por última vez con los dedos. Cuando terminó, se quedó allí, jadeando, cubierta de semen fresco, el vestido arruinado, el pelo revuelto y una sonrisa de puta satisfecha que no cabía en su cara.
Se acercó tambaleante hasta Carlos, se inclinó y le dio un beso largo y baboso, metiéndole la lengua con sabor a semen de Sullivan.
—Esto solo es el principio del acto tres, mi amor —susurró contra sus labios, mientras los amigos seguían riendo y pidiendo otra ronda—. La noche todavía es joven y hay más gente mirando. Sullivan dice que quiere follarme en la mesa principal… delante de los novios. ¿Vas a seguir mirando como el buen cornudito que eres o vas a pedir que pare… aunque los dos sabemos que no quieres que pare?
Sullivan se limpió la polla en el pelo de Ingrid, le dio un azote fuerte que resonó en todo el salón y miró a Carlos con esa sonrisa de lobo arrogante.
—La elección es tuya, contador. Pero tu mujer ya está pidiendo más. Y la boda tiene barra libre… de polla.
Carlos, con los pantalones mojados, la polla a punto de explotar y el corazón latiéndole en la garganta, solo pudo asentir. El escalofrío de terror y excitación le recorría la espalda mientras veía cómo Ingrid se lamía los restos de semen de los labios y le guiñaba un ojo, prometiendo que el espectáculo público apenas estaba calentando motores. La música seguía sonando, la gente empezaba a acercarse más descaradamente y Carlos supo, con una mezcla de risa nerviosa y humillación deliciosa, que el acto tres iba a ser mucho más largo y sucio de lo que jamás había imaginado.
La música seguía sonando, la gente empezaba a acercarse más descaradamente y Carlos supo, con una mezcla de risa nerviosa y humillación deliciosa, que el acto tres iba a ser mucho más largo y sucio de lo que jamás había imaginado. Sullivan, sin soltar la cintura de Ingrid, señaló con la barbilla la mesa principal donde los novios presidían el banquete. Miguel, el mejor amigo de Carlos y novio de treinta y cuatro años, y Laura, su flamante esposa abogada de treinta años, los miraban con copas en la mano y cejas arqueadas.
—Vamos allá, enfermera —gruñó Sullivan con esa voz ronca que convertía cada orden en chiste de bar—. Tu marido va a ver cómo te follo donde todo el mundo pueda aplaudir. Incluyendo a los novios.
Ingrid soltó una carcajada traviesa, se pasó la mano por el coño aún goteante y caminó contoneándose hacia la mesa. Sus tetas pesadas se balanceaban libres dentro del vestido medio abierto, los pezones marcándose como faros bajo las luces de la recepción. Carlos los siguió como un autómata, el semen seco tirándole de los pantalones, la polla tan dura que le dolía. «Esto ya no es una boda, es un circo y yo soy el payaso con cuernos», pensó, pero el cosquilleo en el estómago le impedía detenerlo.
En la mesa principal, Miguel levantó su copa en brindis burlón.
—Hostia, Carlos, ¿tu mujer va a ser el postre? Laura y yo pensábamos cortar el pastel, pero esto es mucho más dulce.
Laura, con las mejillas sonrosadas pero los ojos brillantes de curiosidad, se mordió el labio.
—Adelante, Sullivan. Mi marido nunca se atrevería a montarme así delante de doscientas personas. Enséñanos cómo se hace un masaje de verdad.
Sullivan no esperó permiso formal. Apartó de un manotazo las copas y el centro de flores, levantó a Ingrid como si fuera de papel y la tumbó de espaldas sobre el mantel blanco. El vestido rojo se abrió completamente, dejando al aire sus curvas de enfermera de veintinueve años: tetas generosas desparramadas, coño hinchado y brillante, ano aún entreabierto de la follada anterior. El masajista de treinta y cinco se arrodilló entre sus muslos gruesos, le separó las piernas hasta casi partirla y hundió la lengua en su coño con hambre ruidosa.
Los sonidos eran obscenos: lametones largos, sorbidos, el chapoteo de los jugos mezclados con semen que Sullivan tragaba sin asco. Ingrid arqueó la espalda, clavando los tacones en el borde de la mesa, y gritó de placer mientras sus tetas rebotaban.
—¡Joder, sí! ¡Chúpame el coño lleno, Sullivan! Carlos, míralo… míralo comiéndose tu fracaso. Tu lengua solo me hacía cosquillas… esta me llega al útero.
Carlos, sentado a menos de un metro, sentía el aliento de sus amigos en la nuca. Pedro le dio un codazo.
—Tranquilo, contador, que te estás perdiendo el espectáculo. Tu mujer está dejando el mantel perdido de corrida.
Sullivan se incorporó con la barbilla chorreando, se bajó la cremallera y sacó aquella verga gruesa, venosa y brillante. Agarró a Ingrid por los tobillos, le dobló las piernas hacia atrás y empujó de golpe. La polla desapareció hasta el fondo con un sonido húmedo y carnoso que hizo callar momentáneamente la música. Ingrid soltó un alarido de placer puro que se convirtió en risa entrecortada.
—¡Me está partiendo! ¡Mirad cómo me abre, cabrones! Carlos… cariño… ¿ves cómo desaparece? Tu cosita nunca tocó donde él me está tocando ahora.
Sullivan empezó a bombear con fuerza. La mesa crujía peligrosamente, las copas caían y rodaban, el mantel se arrugaba bajo el culo de Ingrid. Cada embestida hacía que sus tetas saltaran violentamente, golpeándose entre sí con un sonido blando y obsceno. El masajista sudaba, sonreía como un lobo y no paraba de soltar bromas entre gruñidos.
—Esto es mejor que el open bar, ¿eh, novios? Mientras vosotros firmabais papeles, yo estaba firmando el coño de la mujer de tu amigo con semen. ¡Toma, puta casada, toma cada centímetro!
Ingrid se corrió con un chillido agudo, su coño apretando visiblemente alrededor de la polla gruesa. Un chorro claro salió expulsado alrededor de la verga, salpicando el abdomen marcado de Sullivan y el mantel. Laura, la novia, aplaudió riendo.
—Madre mía, Miguel, yo nunca he chorreado así. Apunta eso para nuestra luna de miel.
El ritmo no bajó. Sullivan sacó la polla chorreante, giró a Ingrid como si pesara nada y la puso a cuatro patas sobre la mesa, de cara a Carlos y a los novios. El culo redondo, marcado de azotes anteriores, se abrió obscenamente. Sullivan escupió sobre su ano y empujó la cabeza gruesa dentro del culo de ella sin piedad lenta. Ingrid gritó, pero empujó hacia atrás, tragándosela entera.
— ¡Sííí! ¡Rómpeme el culo también! Carlos, mira… mira cómo me dilata el ano. Mañana no voy a poder sentarme… y me encanta.
Los huevos pesados de Sullivan golpeaban el coño vacío de Ingrid con cada embestida salvaje. La mesa temblaba, un plato de pastel cayó al suelo haciéndose añicos y la gente rio a carcajadas. Pedro gritó por encima del jaleo:
—¡Sullivan, cobra extra por follártela en la mesa nupcial! ¡Esto es arte contemporáneo!
Carlos no podía apartar la vista. Su mente era un torbellino de vergüenza y excitación: «Mi mujer está siendo reventada en la boda de mi mejor amigo, delante de doscientas personas, y yo solo quiero correrme sin tocarme». Su polla palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones mojados. Ingrid lo miró directamente, con el rímel corrido, la boca abierta y la lengua fuera mientras Sullivan le tiraba del pelo como riendas.
—Tu polla ya no existe para mí, cornudito… solo sirve para mirar cómo un macho de verdad me usa. ¡Me corro otra vez! ¡En el culo, joder!
El tercer orgasmo la sacudió entera. Sus brazos cedieron y sus tetas se aplastaron contra el mantel mientras su ano apretaba visiblemente la verga que la atravesaba. Sullivan aceleró, sudando a chorros, los músculos de su espalda brillando bajo las luces.
—Voy a llenarte el culo una última vez, enfermera guarra. Para que tu marido pase la noche oliendo a otro hombre.
Con un rugido ronco y teatral, Sullivan se hundió hasta el fondo y se corrió. Su polla palpitó visiblemente, bombeando chorros espesos de semen caliente dentro del intestino de Ingrid. Ella temblaba, gemía y reía al mismo tiempo, completamente deshecha. Cuando por fin Sullivan salió, un río blanco y denso brotó del ano abierto de ella, cayendo sobre la mesa y goteando al suelo en hilos pesados. Ingrid se dejó caer de lado, exhausta, con las piernas abiertas, el coño y el culo destrozados, el cuerpo brillante de sudor y semen, las tetas marcadas por dedos y el vestido completamente arruinado.
El salón entero estalló en aplausos y silbidos. Miguel levantó su copa.
— ¡Mejor espectáculo que el DJ, coño! Felicidades, Carlos, acabas de perder a tu mujer en mi boda y de la forma más épica posible.
Sullivan se guardó la polla todavía semierecta, dio un último azote en el culo tembloroso de Ingrid y se alejó riendo hacia la barra. Ingrid, tambaleante, se bajó de la mesa, se acercó a Carlos y le plantó un beso baboso lleno de sabor a semen y saliva. Le susurró al oído, ronca y cariñosa:
—Gracias por el mejor regalo de bodas que podías darme, mi cornudito adorado. Ahora soy oficialmente tu puta de alquiler.
Carlos, con la cara ardiendo y la polla aún latiendo, solo pudo asentir. La música volvió a subir. La gente empezó a bailar de nuevo como si nada, aunque muchos seguían mirando y comentando entre risas. Ingrid se arregló como pudo el vestido y fue al baño a limpiarse un poco, contoneando las caderas con orgullo.
Miguel se acercó entonces a Carlos, le pasó un brazo por los hombros y lo llevó unos pasos aparte, lejos de oídos curiosos. Con una sonrisa cómplice que Carlos nunca le había visto, le habló en voz baja:
—Hay algo que no sabes, amigo. Ingrid me confesó hace tres meses que habías estado viendo porno de cornudos todas las noches cuando creías que dormía. Me pidió que le consiguiera a Sullivan porque quería darte este regalo delante de todos. Yo organicé todo: la contratación del masajista, la habitación privada, hasta el momento exacto. Ella no sabe que te estoy contando esto ahora. Es nuestro secreto. Disfrútalo, cornudo. La noche aún no ha terminado del todo.
Carlos se quedó congelado, procesando la revelación mientras veía a Ingrid volver del baño con una sonrisa satisfecha y Sullivan guiñándole un ojo desde la barra. El contador tragó saliva, sintió una nueva oleada de humillación deliciosa y, por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad. La boda continuaba, pero su vida acababa de cambiar para siempre. Y solo dos personas en todo el salón sabían exactamente cuánto.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Gente real en cam, ahora mismo.
Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.
Ver en directo →Popular Collections
Browse Categories