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Seducción en el Vagón Nocturno: La Vecina que Siempre Deseé

Roman, un ingeniero de 32 años, se folla con ganas a su vecina trans Petra de 29 en el vagón cama del tren nocturno.

27 min read October 07, 2026New

Roman arrastró la maleta por el pasillo del tren nocturno con la torpeza de quien lleva doce horas de planos, café rancio y un jefe que no entiende que el hormigón no se diseñe solo. Treinta y dos años, ingeniero civil, y el único plan que tenía era tumbarse en la litera inferior, cerrar los ojos y olvidar Madrid hasta la mañana. Empujó la puerta del compartimento 14B y se quedó clavado en el umbral.

Ahí estaba ella.

Petra, la vecina del cuarto derecha del tercero, veintinueve años, la misma que bajaba la basura en monopatín y saludaba con esa voz grave y melosa que le subía la sangre a Roman cada puta mañana. Ahora llevaba una falda corta de lana gris que apenas le cubría los muslos y medias de seda negra que brillaban bajo la luz amarillenta del vagón. El top de tirantes dejaba ver el hueco de las clavículas y el leve contorno de los pechos. Ella levantó la vista del móvil, lo reconoció al instante y sonrió con esa mezcla de sorpresa y malicia que Roman había fantaseado mil veces en la ducha.

—Joder, Roman. ¿Tú también? —dijo, acomodándose en el asiento frente a la litera inferior—. Qué mundo tan pequeño… o qué tren tan jodidamente íntimo.

Roman tragué saliva. El calor del compartimento era una broma pesada; el aire acondicionado iba a medio gas y olía a metal caliente y perfume barato de estación.

—Petra… joder. No me lo esperaba. Viajo a Madrid por un puto puente y resulta que te toca de compañera de litera.

Ella cruzó las piernas con deliberada lentitud. La falda subió un centímetro más y él vio el borde superior de la media, el ligero brillo del encaje del liguero. Roman no pudo apartar la mirada. Petra lo notó, por supuesto. Su sonrisa se volvió cómplice, juguetona, casi cruel de lo buena que era.

—Te estás comiendo las piernas con los ojos, ingeniero —susurró—. ¿Calor o simple hambre?

Roman se sentó de golpe en el borde de la litera, rojo hasta las orejas, y soltó una risa nerviosa que sonó a resorte oxidado.

—Es que… el vagón está hecho un horno. Y tú… mierda, Petra, siempre has sido imposible de ignorar. Desde que te mudaste. Cada vez que salías en falda yo me quedaba como idiota mirando por la mirilla.

Ella se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Las medias crujieron suavemente.

—Lo sé. Te he pillado mil veces. Esas miradas de “quiero comérmela tal como es”. Me encanta. Me pone cachonda saber que deseas esto —se señaló con un gesto amplio, el cuerpo entero, la polla que ya empezaba a marcarse bajo la falda— y no una versión “arreglada” de mí. ¿Fantaseabas, Roman?

Él se pasó la mano por el pelo, sudando.

—Más de lo que es decente confesar. A veces pensaba en vestirte yo mismo. En ponerte yo las medias, abrocharte el sujetador, arrodillarme y adorarte. En que me dejaras tocarte sin prisa.

Petra se mordió el labio inferior y cruzó las piernas al revés, dejando ver claramente el encaje negro de los ligueros y el contorno grueso, ya medio duro, de su polla depilada bajo la braga de encaje.

—Ven aquí —ordenó con voz baja y divertida.

Roman se levantó como un autómata. Ella lo agarró de la camisa y lo atrajo. Se besaron con hambre mutua, consentida, lengua y dientes y risitas ahogadas porque el tren daba un bandazo y casi se caían. El sabor de ella era a menta y a ganas acumuladas. Las manos de Roman subieron por las medias sedosas, palpando el calor de los muslos, hasta que Petra lo apartó con una palmada suave en el pecho.

—De rodillas, bonito. Ahora.

Él obedeció, riendo por lo absurdo y lo caliente que era todo. El suelo del vagón vibraba. Petra se levantó la falda, se bajó las bragas negras hasta media muslo y dejó libre su polla gruesa, perfectamente depilada, ya dura y goteando un hilo de precum. Roman la miró un segundo, fascinado, y luego abrió la boca. Ella le acarició el pelo mientras él la chupaba con ganas, lamiendo la cabeza gruesa, bajando hasta la base, tragando lo que podía. Petra gemía bajito, con humor:

—Mírate… qué bien te queda de rodillas adorándome. Te verías precioso con mis bragas puestas, ¿eh? Esas de encaje negro apretándote la verga. Qué monada serías.

Roman gruñó alrededor de su polla, excitado hasta el dolor. Ella lo empujó suavemente hacia atrás, se quitó las medias y la lencería con movimientos rápidos y torpes de risa compartida, y se las fue poniendo a él. Las medias le quedaban altas, tirantes, el liguero ceñido a las caderas. Las bragas le apretaban la polla dura contra el vientre. Petra lo miró, se rió con ternura y lujuria, y lo empujó a cuatro patas en la litera inferior.

—Culo arriba, ingeniero. Voy a follarte como se merecen los que fantasean en silencio.

Se echó saliva en los dedos, lo preparó con cariño y prisa, y luego empujó su polla gruesa dentro del culo de Roman con una embestida firme. Roman jadeó, parte dolor dulce, parte placer absurdo. Petra lo follaba con fuerza, agarrándole las caderas, mientras le masturbaba la verga por encima de las bragas de encaje. El tren traqueteaba, las literas chirriaban, y los dos reían entre gemidos porque era ridículo y delicioso a la vez: dos vecinos follando en un vagón cama, él en lencería de ella, ella metiéndosela hasta el fondo.

—Joder, Petra… más… así…

Ella cambió de posición sin sacar del todo. Se tumbó de espaldas, lo hizo montarla en vaquera inversa: Roman de espaldas a ella, sentado sobre su polla, las medias negras brillando mientras subía y bajaba el culo. Ella le rodeó la cintura con los brazos, le masturbaba la verga al ritmo de las embestidas. Ambos gemían y soltaban risotadas ahogadas cada vez que el tren frenaba o el pasillo crujía.

—Esto es lo más absurdo y rico que he hecho en mi puta vida —jadeó Roman, rebotando.

—Calla y córrete para mí —respondió ella, mordiéndole el hombro.

Se corrieron juntos: Roman manchando las bragas de Petra con chorros densos, ella llenándole el culo de semen caliente mientras apretaba los dientes para no gritar. El orgasmo los dejó temblando, riendo todavía, sudados y pegajosos.

Petra lo bajó con cuidado, le quitó las bragas empapadas y le limpió el semen del culo y de la verga con ternura, usando la misma prenda de encaje. Le dio un beso en la frente, todavía riéndose bajito.

—Mira qué limpio te dejo, mi ingeniero en ligueros… —susurró contra su oído, la voz llena de promesa y travesura—. Pero no creas que esto se queda aquí. Todavía me queda una idea mucho más sucia para cuando el tren frene en la próxima estación… y esta vez vas a ser tú el que me vista.

Roman se quedó tumbado un momento en la litera inferior, todavía con las medias negras subidas hasta los muslos y el liguero clavándole un poco las caderas. El semen de Petra le escurría lento entre las nalgas y él soltó una risita ronca, el pecho subiendo y bajando.

—Joder, vecina… me has dejado hecho un trapo. Y encima con tu ropa interior. Si el revisor abre ahora mismo la puerta me muero de la vergüenza y de la risa a la vez.

Petra se recostó a su lado, todavía desnuda de cintura para abajo, la polla medio blanda y brillante descansando contra su muslo. Le pasó los dedos por el pelo pegajoso de sudor y le dio un beso torpe en la sien.

—Calla, ingeniero. Te queda mejor de lo que crees. Y no te preocupes por el revisor: a esta hora solo pasa a mirar si alguien se ha caído de la litera borracho. Además… —miró el reloj del móvil que había dejado en el asiento— faltan como veinte minutos para la próxima parada. Tiempo de sobra para mi idea sucia.

Roman giró la cabeza hacia ella, todavía con las bragas de encaje húmedas arrugadas en un rincón de la litera. El tren traqueteaba con ese ritmo monótono que hacía que todo se sintiera más íntimo y absurdo a la vez.

—¿La idea de que yo te vista? Porque lo de antes… joder, Petra, me has follado el culo como si llevaras años planeándolo.

Ella se rio bajito, esa risa grave que le subía la sangre a Roman otra vez aunque acabara de corrérsele.

—Exacto. Me has chupado, me has recibido hasta el fondo y te has corrido en mis bragas. Ahora te toca a ti ponerme guapa otra vez. Quiero que me vistas despacio, que me mires mientras lo haces, y que luego… bueno, ya verás. El vagón se va a vaciar un poco en la próxima estación. Habrá menos gente en el pasillo. Más privacidad para lo que tengo ganas de hacerte.

Roman se incorporó de golpe, las medias tirantes brillando bajo la luz amarilla. Se miró las piernas y soltó otra carcajada.

—Mira cómo estoy. Parezco un puto regalo de cumpleaños mal envuelto. ¿Y tú quieres que ahora te vista yo a ti? Vale. Pero avísame si me pongo demasiado serio, porque joder, Petra, te deseo desde que te vi bajar la basura en monopatín con esa falda.

Ella se estiró como un gato, sacó de su maleta pequeña un conjunto nuevo: un corpiño de encaje rojo que sujetaba sus pechos con realce, unas bragas a juego con abertura delantera y unas medias de red negras más finas. Se las tendió a Roman con una sonrisa maliciosa.

—Aquí tienes el material de ingeniero. Ponte serio todo lo que quieras. Me pone cachonda que me mires así, tal como soy. Polla incluida. Ahora, de rodillas otra vez y empieza por las medias.

Roman obedeció, riendo por lo bajo mientras el tren daba un bandazo suave. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Petra, tomó la primera media de red y se la deslizó por el pie derecho con una lentitud casi reverente. Los dedos le temblaban un poco de la excitación renovada. La media subió por la pantorrilla, por la rodilla, hasta el muslo firme y depilado. Abrochó el liguero con torpeza, murmurando:

—Joder, qué piernas. Cada mañana te veía y pensaba exactamente en esto. En tocarte sin prisa. En que me dejaras…

Petra le acarició la nuca mientras él colocaba la segunda media.

—Te dejo. Te dejo todo. Sigue.

Roman le puso el corpiño, pasando las tiras por los hombros, abrochándolo por detrás con dedos torpes que le hicieron soltar una risita a ella.

—Ingeniero de puentes y no sabes abrochar un sujetador a la primera. Eres un desastre adorable.

—Es que normalmente diseño columnas, no lencería —protestó él, pero ya tenía la polla otra vez dura dentro de las bragas de ella que todavía llevaba puestas, apretándole.

Cuando le subió las bragas rojas con abertura, la polla de Petra ya estaba otra vez semidura, asomando gruesa y bonita por la ranura de encaje. Roman no se resistió: se inclinó y le dio un lengüetazo lento a lo largo del glande, saboreando el sabor residual de antes mezclado con el perfume de ella. Petra jadeó y le agarró el pelo.

—Así… bueno, mona. Pero no te corras todavía con la idea. Quiero que me folles la boca un rato mientras el tren frena. Y después, cuando pare… te voy a montar yo otra vez, pero esta vez de frente, mirándote a los ojos mientras me metes la tuya también. Doble ración. ¿Te parece suficientemente sucio?

Roman levantó la vista, los ojos brillantes de ganas y humor.

—Petra, si me lo pides así me corro solo de oírte. Vale. Todo lo que quieras.

Ella se acomodó en el borde de la litera, las medias de red brillando, la falda gris aún arremangada en la cintura. Roman se puso de pie, se bajó las bragas de encaje lo justo para sacar su polla gruesa y dura, ya goteando otra vez, y se la acercó a la boca de Petra. Ella la tomó sin dudar, chupando con hambre juguetona, lengua plana recorriendo la vena inferior, manos en las nalgas de él para acercarlo más. Roman gemía bajito, intentando no hacer demasiado ruido, pero cada vez que el tren crujía ella se reía con la boca llena y la vibración le subía por toda la verga.

—Joder… tu boca… —susurró él, empujando despacio—. Llevas años siendo la fantasía de la mirilla y ahora me la estás chupando en un puto tren. Absurdamente perfecto.

Petra se apartó un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza de él.

—Y tú te ves ridículamente sexy con mis ligueros todavía puestos. No te los quites. Quiero follarte otra vez así, viéndote las medias mientras me abres las piernas a mí también.

El tren empezó a frenar con ese chirrido largo de estación intermedia. Luces exteriores pasaron por la ventanilla. Petra se puso de pie de un salto, le dio la vuelta a Roman y lo empujó suavemente contra la litera superior, de pie, culo hacia fuera. Se echó saliva en los dedos otra vez, lo preparó con dos falanges rápidas y cariñosas, y luego empujó su polla ya dura otra vez dentro del culo de él con un gemido compartido. Roman arqueó la espalda, las medias tirantes, las manos agarrando el borde de la litera.

—Ahh… joder, sí… más fondo…

Ella lo embistió con ritmo firme, una mano rodeándole la cintura para masturbarle la verga al mismo tiempo. El tren se detuvo del todo. Se oyeron puertas, voces lejanas en el andén, el pasillo del vagón con algún paso apresurado. Petra no paró; al contrario, aceleró un poco, riendo contra el oído de Roman:

—Escucha… gente bajando y nosotros aquí, yo metida hasta las pelotas en mi vecino ingeniero vestido de putilla elegante. Si supieran…

—Calla y fóllame —jadeó él, empujando hacia atrás al encuentro de cada embestida—. Que me encanta. Que te deseo exactamente así.

Petra cambió el ángulo, más profundo, y con la mano libre le bajó un poco más las bragas de él para tener mejor acceso. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba el compartimento junto con sus respiraciones entrecortadas y alguna risita ahogada cuando el vagón se sacudía por algún equipaje que se movía fuera.

Después de un rato intenso ella se salió, se giró a Roman y se tumbó de espaldas en la litera inferior, las piernas abiertas, las medias de red enmarcando su polla erecta y el agujero ya listo.

—Ahora tú. Métimela. Quiero sentirte dentro mientras yo te la sigo metiendo con los dedos o como sea. Vamos, ingeniero. Fóllame como has fantaseado todas esas mañanas.

Roman no necesitó que se lo repitieran. Se colocó entre sus muslos, alineó su polla con la entrada de ella —apretada, caliente, perfecta— y empujó despacio, gozando cada centímetro. Petra gimió alto esa vez, mordiéndose el labio para no gritar, y al mismo tiempo metió dos dedos lubrificados en el culo de Roman que seguía abierto y sensible. Se movieron juntos: él embistiendo dentro de ella, ella dedos profundos en él, los cuerpos chocando, sudor mezclado, risas entre gemidos cada vez que el tren daba un tirón al reanudar la marcha.

—Mira cómo me tomas… —dijo Petra, voz ronca y divertida—. Qué bien me follas. Y yo a ti. Somos un desastre de vecinos. ¿Te imaginas el lunes por la mañana en el rellano? “Hola, Roman, ¿cómo te fue el viaje?” “Pues mira, Petra, me reventaste el culo dos veces y yo te follé como un poseído”.

Roman soltó una carcajada entrecortada que se convirtió en gemido cuando ella le curvaba los dedos justo en el punto bueno.

—Te juro que si nos vemos en el ascensor me va a costar no saltarte encima. Joder, estás tan… perfecta. Esta polla, estos pechos, estas medias… todo.

Aceleraron. El compartimento olía a sexo, a perfume barato y a metal caliente. Petra se corrió primero esta vez, chorros calientes salpicando su propio vientre y el de Roman mientras apretaba el culo de él con los dedos todavía dentro. El orgasmo de ella lo arrastró a él: Roman embistió profundo un par de veces más y se vació dentro, gemidos ahogados contra el cuello de ella, las medias negras brillando con el esfuerzo.

Se quedaron enlazados, temblando, riendo flojo mientras recuperaban el aliento. El tren ya iba a buena velocidad otra vez. Petra le besó la boca con ternura y picardía, todavía con él dentro y los dedos a medio sacar.

—No te duermas, bonito. Todavía nos quedan horas hasta Madrid… y yo traía más lencería en la maleta. La próxima parada larga es dentro de una hora. Para entonces quiero verte con el corpiño rojo también. Y tal vez… una cosita que me guardo para sorprenderte. Algo que implica el espejo del baño del vagón y que tú me folles de pie mientras alguien casi nos pilla. ¿Te late la idea o prefieres que te deje en paz un rato?

Roman, todavía jadeando, le mordisqueó el hombro con una sonrisa idiota y feliz.

—Me late todo lo que salga de esa cabeza tuya. Pero avísame antes de sacarme más ropa tuya. Que ya voy justito de dignidad… y de semen.

Ella se rio, le dio una palmada suave en el culo enguantado en media y liguero, y susurró contra su oído:

—Dignidad es lo de menos, ingeniero. Lo que nos queda es ganas. Y créeme… apenas estamos calentando motores.

Roman todavía tenía la polla medio dura dentro de ella cuando el tren recuperó velocidad y el traqueteo volvió a marcar el ritmo de sus respiraciones. Petra le dio un empujoncito suave en el pecho y se deslizó hacia un lado, riéndose bajito mientras el semen de él le escurría por el muslo y se mezclaba con el suyo propio.

—Venga, ingeniero. Arriba. Quiero verte con el corpiño rojo antes de que lleguemos a la siguiente parada larga. Y no me mires con esa cara de “me has dejado sin piernas”. Tú mismo pediste más.

Él se incorporó torpemente, las medias de red todavía subidas, el liguero clavándole las caderas y las bragas de encaje negro —las suyas de ella, empapadas— colgando de un tobillo como un trofeo ridículo. Roman se pasó la mano por la cara, sudoroso, y soltó una carcajada ronca.

—Petra, si el revisor entra ahora mismo y me ve así, yo firmo la dimisión del colegio de ingenieros y me hago monja. O puta. Lo que salga más barato.

Ella ya estaba de rodillas en la litera, rebuscando en la maleta pequeña. Sacó el corpiño rojo de encaje, el mismo que él le había puesto antes, y se lo tendió con una sonrisa maliciosa que le iluminaba toda la cara.

—Póntelo. Ya. Quiero verte las tetas falsas que no tienes y la polla dura apretada contra el encaje. Y no te quejes: te queda de puta madre la idea. Me pone cachondísima imaginarte así, mi vecino serio del tercero, el de los planos y el café rancio, hecho un desastre de lencería mía.

Roman obedeció, riéndose todavía mientras se pasaba las tirantes por los hombros. El corpiño le quedaba holgado en el pecho, pero ceñido en la espalda; ella se lo abrochó por detrás con dedos rápidos y le dio una palmada suave en el culo.

—Ahí. Perfecto. Ahora las bragas rojas con abertura… no, espera. Déjate las negras un rato más. Me gusta verte con las mías. Y sube la falda gris. La mía. Quiero que salgas al pasillo hecho un desastre elegante.

Él se miró: medias de red, liguero, corpiño rojo, bragas negras de ella todavía colgando y la falda gris arremangada a medias. La polla se le endureció otra vez solo de verse reflejado en la ventanilla oscura.

—Joder, vecina. Parezco el regalo de Navidad que nadie pidió pero todo el mundo se folla. ¿Y lo del baño? Porque si me sacas así al pasillo me muero… de la risa y de las ganas a la vez.

Petra se puso de pie, se acomodó las medias de red, se subió la falda y le cogió de la mano. La polla de ella ya estaba otra vez semidura, asomando por la abertura de las bragas rojas.

—Exacto. El baño del final del vagón. Hay un espejo decente y la puerta no cierra del todo si no le das al pestillo con ganas. Vamos. Quiero que me folles de pie mirándonos, y que el riesgo de que alguien tire de la manilla te ponga todavía más duro. Consentido, ¿eh? Si dices para, paramos. Pero algo me dice que no vas a decir para.

Roman tragó saliva, el corazón latiéndole en la polla. Asintió, riendo por lo bajo.

—Ni de coña paro. Llévame, mona. Que llevo años deseándote tal como eres y ahora me tienes vestido de ti misma. Absurdo y perfecto.

Salieron del compartimento 14B con sigilo ridículo, ella delante, él detrás intentando no hacer sonar las medias al caminar. El pasillo estaba casi vacío; solo se oía el traqueteo y el zumbido del aire acondicionado vago. Una pareja mayor pasó de largo sin mirar dos veces. Petra abrió la puerta del baño estrecho, los empujó dentro y cerró a medias, dejando el pestillo sin echar del todo. El espejo ocupaba casi toda la pared del fondo. La luz fluorescente los bañó en un tono blanco sucio que hacía brillar el sudor y el encaje.

—Mírate —susurró ella, poniéndolo de espaldas al espejo, pegada a su pecho—. Ingeniero de treinta y dos años, corpiño rojo, medias mías, bragas mías empapadas de tu propio semen y el mío. Y esa polla dura que me está empujando la falda. Te deseo exactamente así. No “arreglada”. Tú con mi ropa y yo con la mía, follándonos como vecinos que se comen con los ojos desde el monopatín de la basura.

Roman se miró por encima del hombro. Se vio ridículo y caliente a partes iguales. Petra le bajó las bragas negras lo justo, le escupió en la mano, se la pasó por la polla gruesa de él y luego se giró, apoyando las manos en el lavabo, culo hacia fuera, falda subida.

—Métimela. Despacio primero. Quiero verte la cara en el espejo mientras entras.

Él obedeció. Alineó la cabeza hinchada contra la entrada apretada y caliente de ella —ya resbaladiza de antes— y empujó centímetro a centímetro. Petra gimió, grave y melosa, y él se vio a sí mismo en el espejo: corpiño rojo torcido, medias brillando, cara de idiota feliz mientras se hundía hasta las pelotas.

—Joder, Petra… estás… tan perfecta. Esta polla tuya rozándome el muslo mientras te follo… todo.

Ella empujó hacia atrás, riéndose entre dientes.

—Y tú te ves de putilla elegante. Más fuerte. Que el tren va a frenar en cuanto lleguemos y quiero que me des hasta que casi nos pillen.

Roman agarró las caderas de ella y empezó a embestir de verdad. El sonido húmedo llenó el baño estrecho. Cada embestida hacía que el corpiño le rebotara y las medias crujieran. Petra metió una mano atrás, le agarró la verga por la base un segundo y luego se la llevó a la propia, masturbándose al ritmo mientras él la follaba. En el espejo se veían los dos: ella mordiéndose el labio, él con la boca abierta, sudando, riendo cada vez que el vagón daba un bandazo y casi se caían contra la puerta.

—Escucha —jadeó ella—. Pasos. Alguien en el pasillo.

Se oyeron voces lejanas, una risa, el ruido de una maleta. Roman no paró; al contrario, aceleró, una mano rodeándole la cintura a Petra para masturbarle la polla gruesa y depilada al mismo tiempo que la follaba. Ella apretó los dientes para no gritar y empujó el culo hacia él con más fuerza.

—Así… joder, ingeniero… me estás destrozando de la mejor manera. Y tú con mis bragas colgando… si abren ahora mismo te ven el culo enguantado en liguero y la polla dentro de mí. Qué monada seríamos.

—Que nos vean —gruñó él, medio en broma, medio en serio, embistiendo profundo—. Que sepan que mi vecina trans me tiene hecho un trapo de ganas. Que me visto de ella y me la follo y me dejo follar porque la deseo exactamente así. Polla, pechos, medias, voz grave… todo.

Los pasos se acercaron. Alguien tiró suavemente de la manilla. La puerta se movió un centímetro. Petra y Roman se quedaron quietos un segundo, él todavía metido hasta el fondo, los dos conteniendo la risa y el gemido. La voz del otro lado fue de un revisor aburrido:

—¿Ocupado?

Petra contestó con voz casi normal, solo un poco más grave de lo habitual:

—Sí, un momento. Indigestión de café de estación. Ya salgo.

El revisor bufó y se alejó. En cuanto los pasos se perdieron, Roman soltó la carcajada contra la nuca de ella y reanudó las embestidas con más fuerza, más desesperación juguetona. Petra se corrió primero, chorros calientes salpicando el lavabo y su propia mano mientras apretaba el culo alrededor de la polla de él. El orgasmo de ella lo arrastró: Roman embistió tres veces más, profundo, y se vació dentro con un gemido ahogado que sonó a risa y a alivio.

Se quedaron temblando, pegados, mirándose en el espejo: él con el corpiño rojo torcido y el semen escurriéndole por las medias, ella con la falda hecha un desastre y la polla todavía dura brillando de precum y semen propio.

—Mira qué cuadro —susurró Petra, riéndose flojo mientras él se salía despacio—. Dos vecinos sudados en el baño de un tren, yo llena de ti y tú vestido de mí. Y todavía nos queda la parada larga. Porque, ingeniero… saqué algo más de la maleta. Un plug pequeño y un collarín de cuero suave que me compré de broma y nunca usé. Quiero ponértelo yo, verte con él mientras me chupas otra vez en el compartimento, y luego… bueno. Cuando el tren frene de verdad y baje más gente, quiero que me folles contra la ventanilla con las luces del andén iluminándonos un poco. Casi a la vista. ¿Te late o prefieres que te deje recuperar dignidad?

Roman, jadeando, le mordisqueó el hombro y le dio una palmada suave en el culo.

—Dignidad la justita. Me late todo. Pero avísame antes de sacarme el collarín, que ya voy justito de semen y de vergüenza… y de ganas de no parar nunca.

Ella se giró, le besó la boca con lengua y risas, y le susurró contra los labios mientras le ajustaba el corpiño:

—Ganas sobran, bonito. Y créeme… la próxima hora va a ser todavía más sucia. El collarín, el plug, tú de rodillas otra vez y yo decidiendo si te dejo correrte o te tengo al borde hasta Madrid. El vagón sigue siendo nuestro patio de juegos. Y yo todavía no he terminado de vestirte… ni de follarte como se merecen las fantasías de mirilla.

Se limpiaron a medias con papel del baño, riéndose de lo pegajosos que estaban, y salieron de puntillas de vuelta al compartimento 14B. El tren ya anunciaba la próxima parada larga por los altavoces chirriantes. Petra cerró la puerta, sacó el plug y el collarín de la maleta con una sonrisa de gato que se ha comido al canario, y se los tendió a Roman.

—De rodillas otra vez, ingeniero. Vamos a calentar motores de verdad. Y esta vez… vas a ser tú el que me pida que te folle más fuerte mientras alguien casi nos oye desde el pasillo. ¿Listo?

Roman se arrodilló entre las piernas de ella, las medias brillando, el corpiño rojo torcido, la polla otra vez interesada, y levantó la vista con una sonrisa idiota y completamente entregada.

—Más que listo, vecina. Haz conmigo lo que quieras. Que te deseo desde el monopatín y ahora me tienes aquí, vestido de ti, pidiéndote más. Absurdamente perfecto. Y apenas estamos empezando la parte buena.

Ella le acarició el pelo, le puso el collarín con dedos torpes de risa compartida, y el tren empezó a frenar de nuevo mientras la tensión seguía subiendo, caliente, húmeda y llena de promesas que todavía no se habían cumplido del todo.

Petra le abrochó el collarín de cuero suave alrededor del cuello con dedos torpes que le hacían cosquillas en la nuca. El material olía a tienda de juguetes baratos y a su perfume, y Roman soltó una risita ronca mientras el tren frenaba otra vez con ese chirrido largo de estación intermedia.

—Mira qué monada de ingeniero de treinta y dos años —murmuró ella, ajustando la hebilla—. Collarín, medias de red, corpiño rojo torcido y mi polla a un palmo de tu boca. Si tu jefe te viera ahora diseñando puentes, se caía de culo.

—Calla y ponme el plug antes de que me arrepienta de lo bien que me sienta esto —respondió él, todavía de rodillas entre sus muslos abiertos. La polla se le había vuelto a poner dura solo de olerla tan cerca, rozándole la mejilla por la abertura de las bragas rojas.

Petra sacó el plug pequeño, negro y brillante, le echó saliva generosa y se la pasó por el culo de Roman con dos dedos cariciosos. Él arqueó la espalda, las medias crujiendo, y gimió cuando el juguete entró despacio, abriéndolo otra vez con esa presión familiar y absurda. El collarín tiraba un poco cada vez que movía la cabeza. Era ridículo. Era perfecto. Era exactamente lo que había fantaseado mil mañanas mirando por la mirilla mientras ella bajaba la basura en monopatín.

—Ahí estás —dijo ella con voz grave y divertida—. Abierto, engalanado y mío por unas horas más. Ahora chúpame. Despacio. Quiero sentir esa lengua mientras el plug te recuerda quién te está follando la cabeza.

Roman no dudó. Abrió la boca y tomó la polla gruesa y depilada de Petra, lamiendo la cabeza hinchada, saboreando el precum salado mezclado con restos de los orgasmos anteriores. Ella le acarició el pelo, empujando suave, y él bajó hasta casi la base, tragando lo que podía, las manos apoyadas en sus muslos de media de red. El plug se movía dentro con cada vaivén del tren. Cada chupón le sacaba un gemido ahogado a ella y una risa entrecortada a él porque el collarín tintineaba contra su garganta.

—Joder, vecina… te sabes a todas las duchas que me pajeé pensando en ti —masculló contra la piel caliente cuando se apartó un segundo para respirar—. Polla, pechos, voz, todo. No quiero la versión arreglada. Quiero esta.

Petra le tiró suavemente del collarín para que la mirara a los ojos.

—Y yo te quiero exactamente así: mi serio ingeniero del tercero hecho un desastre de lencería mía. Arriba. Contra la ventanilla. El tren va a parar de verdad en cinco minutos y quiero que me folles mientras las luces del andén nos rozan. Consentido hasta el final, ¿eh? Si dices para, paramos. Pero algo me dice que vas a pedir más fuerte.

Roman se levantó torpe, el plug moviéndose con cada paso, las bragas negras de ella todavía colgando de un tobillo y el corpiño rojo torcido dejando un pezón al aire que no tenía. Petra se giró, apoyó las manos en el cristal frío de la ventanilla del compartimento, subió la falda gris y abrió las piernas. La polla de ella seguía dura, goteando contra el cristal. Él escupió en su mano, se lubricó la verga gruesa y alineó la cabeza contra la entrada apretada y resbaladiza de Petra. Empujó despacio, centímetro a centímetro, gozando el calor que lo tragaba mientras el plug le recordaba cada movimiento en el propio culo.

—Ahh… así… joder, Roman —gimió ella, grave, mirándolo por encima del hombro en el reflejo borroso del cristal—. Métela toda. Quiero verte la cara de idiota feliz mientras me abres.

Él agarró sus caderas y embistió hasta el fondo. El sonido húmedo llenó el compartimento. Cada embestida hacía que el collarín tirara, que las medias crujieran, que el plug se hundiera un poco más. Petra metió una mano atrás y le masturbó la base de la polla al ritmo, después se la llevó a la suya propia y se acarició con fuerza. Afuera empezaron a pasar luces del andén, voces lejanas, el anuncio chirriante de la parada larga. Alguien pasó corriendo por el pasillo. Roman no paró; aceleró, sudando, riendo entre dientes cada vez que el vagón se sacudía y casi los tiraba contra el cristal.

—Escucha… gente bajando y yo dentro de ti hasta las pelotas, vestido de ti, con tu plug en el culo y tu collarín —jadeó él contra su nuca—. Si abren ahora mismo ven al ingeniero del tercero follándose a la vecina del monopatín como un poseído. Qué cuadro más absurdo y rico.

—Que nos vean un segundo —respondió ella, empujando el culo hacia atrás con ganas—. Me pones más dura saber que me deseas tal como soy. Más fuerte. Que me corra contra el cristal mientras tú te corres dentro.

Roman obedeció. Embistió profundo, una mano rodeándole la cintura para masturbarle la polla gruesa y depilada al mismo tiempo. El pecho le rebotaba contra la espalda de ella, el corpiño rojo empapado de sudor. Petra se corrió primero con un gemido ahogado que sonó a risa y a alivio, chorros calientes salpicando el cristal y su propia mano mientras el culo le apretaba la verga de Roman en oleadas. Él no aguantó: tres embestidas más, el plug apretándole el punto exacto, y se vació dentro de ella con un gruñido que le vibró en el collarín, llenándola a chorros densos mientras las luces del andén iluminaban sus muslos temblorosos y las medias brillantes.

Se quedaron pegados al cristal unos segundos, jadeando, riéndose flojo, el semen de él escurriéndole a ella por el muslo y mezclándose con el suyo. El tren se detuvo del todo. Puertas abiertas, maletas rodando, voces. Petra se giró despacio, lo besó con lengua torpe y cariñosa, y le acarició la mejilla.

—Mira qué desastre de vecinos… —susurró, todavía con él dentro a medias—. Me has follado contra la ventanilla, me has dejado llena y tú estás hecho un regalo de cumpleaños mal envuelto. Perfecto. Absurdo. Exactamente como lo soñé.

Roman se salió con un gemido suave, el plug todavía dentro, el collarín rozándole la garganta. Se dejaron caer en la litera inferior, sudados, pegajosos, las piernas enredadas. Ella le quitó el plug con ternura y se lo limpió con las bragas negras empapadas, después le desabrochó el collarín y se lo dejó en el pecho como un trofeo ridículo. Se besaron otra vez, más despacio, riéndose de lo roncos que estaban los gemidos y de lo mucho que olía el compartimento a sexo y metal caliente.

—Joder, Petra… —murmuró él contra su boca, la voz todavía caliente de humor—. Si el lunes nos vemos en el rellano te juro que me va a costar no saltarte encima. Me has dejado sin dignidad, sin semen y sin ganas de volver a diseñar un puto puente en la vida.

Ella se rio, le dio un beso en la frente y empezó a recoger la lencería con movimientos lentos, todavía divertida. El tren anunció la salida hacia Madrid. Se vistieron a medias: ella la falda y el top, él el pantalón por encima de las medias que no se quiso quitar del todo, el corpiño rojo escondido en su maleta como un secreto. Se tumbaron lado a lado, el traqueteo volviendo, las manos entrelazadas un momento.

Pero cuando las luces de las afueras de Madrid empezaron a asomar por la ventanilla y el calor del orgasmo se enfrió en la piel, Roman notó el cambio. La risa se le quedó a medias en la garganta. Miró el collarín tirado en la litera, el plug envuelto en papel higiénico, las bragas manchadas, y de pronto el compartimento olía demasiado a realidad. Petra dormitaba ya contra su hombro, satisfecha, la respiración tranquila, ajena. Él se quedó mirando el techo metálico, el pecho apretado por algo que no era placer.

Había sido perfecto. Demasiado. Ahora, a menos de una hora de casa, la duda le subió amarga y fría: ¿y si al bajar del tren esto se convertía en miradas incómodas en el ascensor? ¿Y si ella solo había querido el juego del vagón y el lunes fingían que no había pasado? ¿Y si él, el ingeniero serio de los planos y el café rancio, no sabía volver a ser solo el vecino del tercero sin notar cada día el fantasma de sus medias y su polla y su risa grave? El semen seco le tiraba en la piel. El recuerdo del revisor tirando de la manilla le pareció de pronto menos gracioso. Tragó saliva. Algo estaba mal. No el sexo —eso había sido mutuo, caliente, querido hasta el final—. Sino lo que venía después. La vuelta al rellano. El silencio posible. La fantasía consumida y el hueco que dejaba.

Petra se removió, murmuró algo dormida y se acurrucó más. Roman le acarició el pelo un segundo, forzó una sonrisa que no llegó a los ojos, y miró por la ventanilla cómo Madrid se tragaba el tren. El placer se había acabado. Solo quedaba el traqueteo y esa pregunta amarga que no sabía cómo callar.

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