Vecina Atada Entre Máscaras

Mi vecina Roxanne, una dominante arquitecta de 38 años, me ata, me pone máscara y me folla como su puta sumisa.

13 min read September 20, 2026New

Me llamo Priya. Tengo 34 años, estoy divorciada desde hace dos y vivo sola en un apartamento del centro que aún huele a la pintura fresca que puse yo misma para intentar borrar los recuerdos de mi matrimonio fallido. Las noches se me hacían eternas hasta que Roxanne se mudó al lado. Roxanne, mi vecina, una arquitecta dominante de 38 años, con ese porte de mujer que ha levantado muros y derribado límites, siempre me miraba como si ya supiera lo que yo necesitaba antes de que yo misma lo admitiera. Sus ojos negros, profundos, me recorrían el cuerpo en el ascensor o en el rellano, y yo sentía cómo se me mojaban las bragas sin que mediara una sola palabra. Era una humedad traicionera, caliente, que me obligaba a apretar los muslos y a fingir que solo estaba cansada.

Llevábamos meses de coqueteos que nunca llegaban a ser del todo inocentes. Mensajes a medianoche que empezaban hablando de reformas en el edificio y terminaban con ella preguntándome si dormía desnuda. Yo respondía con el pulso acelerado, imaginando sus manos fuertes sujetándome. Esa noche, el mensaje fue directo: «Ven a mi piso. Trae solo tu deseo». Cerré los ojos, respiré hondo y contesté con una sola palabra: «Voy». Cuando llamé a su puerta, el corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que ella podría oírlo. Roxanne abrió vestida con una camisa de lino blanco que se le pegaba a los pechos y unos pantalones negros que marcaban sus caderas anchas y sus piernas largas. Sonrió despacio, como una depredadora que sabe que la presa ya está dentro de la trampa.

—Priya… —dijo con esa voz grave que me erizaba la piel—. Sabía que vendrías.

No me dejó ni sentarme. Antes de que pudiera arrepentirme o fingir que solo venía a tomar una copa, las palabras me salieron atropelladas, cargadas de meses de fantasías reprimidas.

—Roxanne, quiero que me ates. Quiero que me uses como tu puta sumisa. Por favor.

Mi coño ya estaba empapado. Sentía la tela de las bragas pegada a los labios hinchados, el clítoris palpitando con cada latido. Ella entrecerró los ojos, complacida, y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Buena chica. Entonces entra y cierra la puerta. Esta noche no hay vuelta atrás.

Pasamos al salón. Dos copas de vino tinto esperaban sobre la mesa baja. Bebimos despacio, confesándonos verdades que nunca habíamos dicho en voz alta. Le conté cómo me mojaba solo con oír sus tacones en el pasillo, cómo me había masturbado pensando en sus manos sujetándome las muñecas. Ella admitió que desde el primer día había querido verme de rodillas, con los ojos vendados y el culo en alto, rogando que la dejara usarme. Cada palabra hacía que la tensión sexual creciera como una cuerda a punto de romperse. Mis pezones se marcaban contra la blusa. Ella se humedeció los labios al notarlo.

De pronto se levantó y fue a su habitación. Volvió con cuerdas de seda negra enrolladas en una mano y una sonrisa que prometía todo lo que yo había suplicado.

—Desnúdate. Lentamente. Quiero verte ofrecerte.

Me temblaban las manos, pero obedecí. Me quité la blusa botón a botón, dejando que mis pechos de 34 años, pesados y con los pezones oscuros y duros, quedaran expuestos al aire fresco. Bajé la falda, luego las bragas, que estaban literalmente empapadas. El olor de mi excitación llenó la habitación. Roxanne me miraba sin tocarme, solo observando cómo me desnudaba para ella. Cuando estuve completamente desnuda, con las manos a los lados y la respiración agitada, se acercó.

—Las manos detrás de la espalda.

La seda negra era suave pero firme. Rodeó mis muñecas varias veces, apretando lo justo para que sintiera la restricción sin que me cortara la circulación. El nudo fue seguro, profesional. Después sacó un collar de cuero ancho con una cadena metálica que tintineó al cerrarse alrededor de mi cuello. El peso me recordó mi nueva condición. Me empujó suavemente hacia abajo hasta que mis rodillas tocaron la alfombra.

—Arrodíllate, zorra. Así, con las tetas hacia fuera. Mira cómo tiemblas… Eres una puta vecina desesperada por que la dominen, ¿verdad?

Su aliento caliente en mi oído me hizo gemir. Mis muslos temblaban visiblemente, la humedad me bajaba por la cara interna de las piernas.

—Sí… soy tu zorra, Roxanne. Por favor…

Ella rio bajito, satisfecha, y tiró suavemente de la cadena, obligándome a arquear la espalda. Entonces sacó la máscara de cuero negro. Era gruesa, con forro interior suave, y cubría completamente los ojos y la nariz, dejando solo la boca libre. Cuando la ajustó a mi cara y la abrochó en la nuca, el mundo desapareció. Solo quedaban el sonido de mi propia respiración acelerada, el tintineo de la cadena y el olor de mi excitación mezclada con el cuero. Estaba ciega, atada, arrodillada y completamente a su merced. Nunca me había sentido tan viva.

Oí cómo se movía. El sonido de ropa cayendo, luego el inconfundible roce de correas ajustándose. Cuando volvió, me agarró del collar y tiró hacia arriba.

—Abre la boca, puta atada.

Sentí la punta gruesa y caliente de su strap-on contra los labios. Era grande, grueso, con venas marcadas. Lo empujó sin piedad entre mis labios y siguió avanzando hasta que golpeó el fondo de mi garganta. Tiraba de la cadena al mismo tiempo, follándome la boca con movimientos profundos y controlados. Yo babeaba, lloraba dentro de la máscara, las lágrimas calientes empapaban el cuero, pero el placer era tan intenso que mi coño se contraía en el vacío con cada embestida.

—Más adentro. Deepthroat como la perra sumisa que eres. Eso es… trágatela toda, zorra vecina.

Mis gemidos quedaban ahogados alrededor del consolador. El sabor a silicona y a mi propia saliva me llenaba la boca. Ella gemía también, disfrutando del poder. Cuando por fin la sacó, jadeé buscando aire, con hilos de saliva colgando de mi barbilla.

No me dio descanso. Me levantó por la cadena y me dobló sobre el respaldo del sofá. Con las muñecas aún atadas a la espalda y la máscara puesta, mi culo quedó completamente expuesto, las piernas abiertas. La primera palmada cayó fuerte, resonando en la habitación. Luego otra, y otra. El ardor se extendió por mis nalgas mientras ella las ponía rojas con golpes precisos y duros.

—Este culo es mío esta noche. Míralo cómo se pone rojo para mí.

Yo solo podía gemir y suplicar. El dolor se convertía en placer líquido que me chorreaba por los muslos. Entonces sentí cómo colocaba la gruesa cabeza del strap-on contra mi coño empapado y empujaba de un solo golpe hasta el fondo. Grité. Me follaba con fuerza en posición de perrito, tirando de la cadena para mantener mi cabeza levantada mientras su pelvis golpeaba contra mi culo azotado. Alternaba: sacaba el strap-on y metía tres dedos en mi coño, luego presionaba un dedo grueso en mi ano, abriéndome, follándome ambos agujeros al mismo tiempo.

—Puta atada… perra sumisa… zorra vecina que ruega por que la llenen. Córrete para mí.

El primer orgasmo me golpeó como un tren. Mis paredes internas se apretaron alrededor de sus dedos y del consolador, gritando dentro de la máscara mientras todo mi cuerpo se convulsionaba. No paró. Siguió follándome más fuerte, cambiando entre el strap-on grueso que me estiraba el coño y sus dedos hábiles que sabían exactamente dónde presionar. El segundo orgasmo llegó más violento, haciendo que mis piernas fallaran. Roxanne me sostuvo por la cadena, sin dejarme caer.

—Otra vez. Quiero la tercera. Dámela, sumisa.

El tercero fue devastador. Me corrí tan fuerte que sentí cómo me salpicaba los muslos, sollozando de placer dentro de la oscuridad de la máscara. Mi mente era solo sensaciones: el ardor del culo, la plenitud en mi coño y mi ano, el tirón constante del collar, la humillación deliciosa de sus palabras.

Después de ese tercer orgasmo brutal, Roxanne ralentizó. Me desató las muñecas con cuidado, masajeando mis hombros entumecidos. Desabrochó la máscara lentamente y me la quitó. La luz suave del salón me deslumbró. Sus ojos estaban oscuros de deseo aún no saciado. Me besó con una ternura inesperada, su lengua acariciando la mía mientras sus manos fuertes recorrían mi espalda sudorosa, bajaban por mi columna y se posaban en mi culo aún caliente y marcado. Me acariciaba el pelo, apartándome los mechones húmedos de la cara, y susurró contra mis labios:

—Respira, mi preciosa puta… Esto solo es la primera máscara. Hay más. Mucho más que pienso ponerte esta noche.

Su dedo bajó por mi vientre tembloroso y rozó mi clítoris hinchado, haciendo que me estremeciera de nuevo. La promesa en su voz y el hambre que aún ardía en sus ojos me dejaron claro que la noche apenas comenzaba, que mi rendición solo había abierto la puerta a algo más profundo, más oscuro y más intenso. Mi cuerpo, exhausto y todavía latiendo, ya empezaba a prepararse para lo que vendría después.

Roxanne deslizó su dedo una vez más sobre mi clítoris hinchado, arrancándome un gemido largo y entrecortado que resonó en el salón como una rendición absoluta. Mis piernas aún temblaban por los tres orgasmos que acababa de sacarme, pero su mirada oscura, cargada de un hambre que no se había saciado, me decía que mi cuerpo ya no me pertenecía esa noche. Tenía treinta y cuatro años, llevaba dos divorciada y había cruzado la puerta de mi vecina de treinta y ocho, la arquitecta que diseñaba edificios imponentes y ahora diseñaba mi completa sumisión. Me levantó con suavidad por el collar, la cadena tintineando entre sus dedos fuertes, y me guio hasta el dormitorio sin decir una palabra más. Cada paso hacía que mis muslos resbaladizos se rozaran, recordándome lo empapada que estaba, cómo mi coño palpitaba vacío y ansioso por volver a ser llenado.

La habitación olía a sándalo y a cuero. Sobre la cama king size, perfectamente hecha con sábanas negras de satén, había dispuesto ya el siguiente nivel. Roxanne me colocó de pie frente al espejo de cuerpo entero y se situó detrás de mí, su cuerpo desnudo presionando contra mi espalda. Sus pechos firmes, coronados por pezones oscuros y duros, se aplastaron contra mi piel sudorosa. Sentí su aliento cálido en la nuca cuando sacó la segunda máscara. Esta no era de cuero suave como la primera; era una capucha de látex negro, gruesa, que cubría toda la cabeza excepto una abertura perfecta para la boca y otra más pequeña para la nariz. El material brillaba bajo la luz baja de las lámparas.

—Esta máscara te va a borrar por completo, Priya —murmuró mientras la deslizaba sobre mi rostro aún sonrojado—. Ya no serás la vecina divorciada del apartamento de al lado. Serás solo mi puta atada, mi agujero caliente y obediente. ¿Lo quieres?

—Sí, Roxanne… por favor —jadeé, y mi voz ya sonaba distinta, más ronca, más rota de deseo.

El látex se ajustó como una segunda piel, apretando mis mejillas, envolviendo mi cabeza en un abrazo hermético que amortiguaba los sonidos del mundo exterior. Solo quedaba el latido acelerado de mi propio corazón y el roce húmedo de mi respiración contra la abertura de la boca. La oscuridad era total otra vez, pero más profunda, más sofocante. Mis manos, recién liberadas de las cuerdas de seda, fueron guiadas hacia atrás y Roxanne las ató esta vez con esposas de cuero acolchadas unidas a una barra separadora que me obligó a mantener los hombros abiertos y los pechos proyectados hacia delante. Luego me empujó sobre la cama.

Caí de rodillas primero, luego boca abajo, con el culo elevado. Ella ajustó la barra separadora a los postes de la cama, abriéndome las piernas hasta que mis rodillas quedaron separadas al máximo. El aire fresco besó mi coño expuesto y mi ano, que aún palpitaba por los dedos que me había metido antes. Sentí cómo vertía aceite tibio directamente sobre mi raja, el líquido resbalando por mis labios hinchados y goteando sobre las sábanas. Sus manos fuertes masajearon mis nalgas aún marcadas por los azotes, abriéndolas sin piedad.

—Mírate… o mejor dicho, imagínate —dijo con esa voz grave que me derretía—. Tu culo rojo, tu coño chorreando como una fuente. Eres una zorra vecina de treinta y cuatro años que solo sirve para esto ahora.

Tiró de la cadena del collar, arqueándome la espalda dolorosamente, y colocó la punta gruesa del strap-on contra mi entrada trasera. Esta vez no fue el mismo consolador; había cambiado a uno ligeramente más delgado pero con una cabeza bulbosa diseñada para abrirme el ano. Presionó sin prisa, girándolo, obligándome a sentir cada centímetro mientras mi esfínter cedía con un pop audible. Grité dentro de la máscara de látex, el sonido ahogado convirtiéndose en un gemido gutural. El ardor era intenso, pero el placer lo superaba todo. Roxanne empezó a follarme el culo con embestidas largas y profundas, su pelvis chocando contra mis nalgas cada vez que me llenaba por completo.

Mi mente era un torbellino. Pensaba en cómo había pasado de fantasear con sus tacones en el pasillo a estar aquí, con la cabeza encerrada en látex, el culo abierto para su arnés y el coño contrayéndose en el vacío, goteando sin control. Cada embestida hacía que mis tetas pesadas se balancearan, los pezones rozando el satén frío. Ella alcanzó un ritmo brutal, una mano en la cadena tirando para mantener mi cabeza alta, la otra deslizándose por debajo para pellizcarme el clítoris con precisión cruel.

—Córrete con mi polla en el culo, puta sumisa. Quiero sentir cómo aprietas alrededor de mí.

El orgasmo me atravesó como un relámpago. Mis paredes anales se contrajeron con fuerza alrededor del strap-on, y un chorro caliente salió de mi coño, empapando las sábanas y salpicando sus muslos. Sollozaba dentro de la máscara, el látex pegándose a mi piel sudorosa, las lágrimas acumulándose dentro del material. Roxanne no se detuvo. Sacó el consolador de mi ano con un sonido obsceno y lo reemplazó de inmediato por dos dedos gruesos mientras colocaba un vibrador potente directamente sobre mi clítoris hinchado.

—Ahora vas a darme el siguiente. Quiero que te corras tan fuerte que olvides tu propio nombre.

El vibrador zumbaba sin piedad contra mi nudo sensible. Sus dedos entraban y salían de mi culo, curvándose, frotando ese punto que me volvía loca. Mi cuerpo entero se sacudía dentro de las restricciones. La barra separadora mantenía mis piernas abiertas de forma obscena, impidiéndome cerrarlas aunque el placer era casi insoportable. Otro orgasmo me golpeó, este más líquido, más violento. Sentí cómo me squirtaba, el chorro saliendo en pulsos calientes que mojaban todo a mi alrededor. Mis gemidos se convirtieron en gritos ahogados por la capucha.

Roxanne me giró entonces con facilidad, colocándome de espaldas sobre la cama. La barra separadora ahora mantenía mis piernas abiertas y elevadas, mi coño y mi ano completamente expuestos como un sacrificio. Cambió el strap-on por uno más grueso, venoso, del tamaño que sabía que me estiraría al límite. Se subió encima de mí, sus rodillas a ambos lados de mis caderas, y me penetró el coño de un solo golpe brutal. El látex de la máscara me impedía ver su rostro, pero podía imaginar sus ojos negros brillando de triunfo mientras me follaba como a una muñeca.

—Esto es lo que eres, Priya. Mi vecina atada entre máscaras. Una arquitecta como yo necesitaba un proyecto… y tú eres mi obra maestra sumisa. Dilo.

—Soy… tu obra maestra sumisa —logré articular entre jadeos, mi boca abierta y babeante bajo la máscara.

Sus caderas golpeaban contra mí con fuerza controlada. Cada embestida profunda hacía que el collar tirara de mi cuello, recordándome mi lugar. Me follaba con precisión de experta, alternando entre penetraciones lentas y profundas que me llenaban hasta el fondo y embestidas rápidas que hacían rebotar mis tetas. Luego se inclinó, capturó uno de mis pezones entre sus dientes y lo mordió lo suficiente para enviarme otra oleada de placer-dolor. Su mano libre nunca dejó el vibrador, manteniéndolo presionado contra mi clítoris sin descanso.

El siguiente orgasmo me destrozó. Sentí que mi mente se fragmentaba. Mi coño se contrajo con tanta fuerza alrededor del grueso strap-on que Roxanne gruñó de placer, sintiendo la presión incluso a través del arnés. Chorros calientes volvieron a salir de mí, mojando su vientre plano y mis propios muslos temblorosos. Lloraba, gemía, suplicaba incoherencias dentro de la oscuridad sofocante de la máscara. Ella siguió follándome a través del orgasmo, alargándolo, obligándome a cabalgar cada contracción hasta que creí que me desmayaría de placer.

Finalmente, cuando mi cuerpo quedó laxo y temblando como un flan, Roxanne ralentizó. Sacó el consolador con lentitud, dejando que mi coño vacío se contrajera alrededor de la nada. Desabrochó las esposas, retiró la barra separadora y, con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad anterior, desató la capucha de látex. La máscara se despegó de mi piel empapada en sudor y lágrimas. La luz suave de la habitación me golpeó como un recuerdo lejano. Parpadeé, desorientada, viendo su rostro por primera vez en lo que parecían horas.

Roxanne se quitó el arnés, lo dejó a un lado y se tumbó a mi lado. Sus manos, ahora suaves, recorrieron mi cuerpo: bajaron por mis brazos entumecidos, masajearon mis hombros, acariciaron mis pechos sensibles y bajaron hasta mi coño palpitante, tocándolo con una ternura casi reverente. Me atrajo hacia su pecho. Nuestros cuerpos sudorosos se pegaron, mi cabeza descansando sobre su hombro mientras ella besaba mi frente con lentitud.

No hubo más palabras. Ninguna orden, ningún insulto delicioso, ninguna promesa de más máscaras. Solo el sonido de nuestras respiraciones, primero agitadas, luego más profundas, más lentas, acompasadas. El latido de su corazón contra mi oído se convirtió en el único ritmo del mundo. Mis ojos se cerraron. El silencio nos envolvió por completo, denso, cálido y absoluto, como si la noche misma hubiera decidido guardar silencio ante lo que habíamos compartido.

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