Máscara Olvidada, Deseo Negro en la Bodega
La esposa dominicana de 32 años se folla salvajemente al repartidor nigeriano de 38 en la bodega.
Nadia, la voluptuosa dominicana de treinta y dos años casada con un ejecutivo español que apenas pisaba el apartamento más que para dormir, descendió los escalones estrechos y húmedos que llevaban a la bodega del sótano del viejo edificio colonial. El aire allí abajo era espeso, cargado de olor a madera podrida, tierra mojada y el polvo de años acumulado en las estanterías torcidas. Su vestido ligero de verano se pegaba a sus muslos carnosos con cada paso, marcando el contorno de sus caderas anchas, ese culo redondo y firme que su marido nunca se molestaba en admirar ya. Buscaba la máscara veneciana olvidada de la fiesta de la semana anterior: una pieza exquisita con plumas rojas y bordes dorados que había dejado atrás entre copas de vino y risas falsas.
No esperaba compañía. Pero la puerta metálica chirrió y entró Franklin, el imponente nigeriano de treinta y ocho años que trabajaba como repartidor en el edificio desde hacía dos años. Cargaba dos cajas pesadas sobre sus hombros anchos, los músculos de sus brazos negros y brillantes por el sudor se tensaban bajo la camiseta ajustada, empapada en el centro del pecho. Su piel oscura contrastaba con las paredes blanquecinas y sucias, y cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Nadia, el tiempo pareció detenerse.
Ella sintió un calor inmediato subirle por el vientre, un latido traicionero en el coño que ya empezaba a mojarle las bragas. Ese hombre era todo lo que su marido pálido y flaco no era: alto, fuerte, con una presencia animal que hacía que sus pezones se endurecieran contra la tela del vestido. Franklin, a su vez, dejó las cajas en el suelo con un golpe seco y la recorrió sin disimulo. Miró sus tetas grandes, la curva de su cintura y el modo en que el vestido se le subía por los muslos. La diferencia de sus pieles —el canela intenso de ella contra el ébano profundo de él— encendió algo primitivo en ambos. Eran adultos, plenamente conscientes. Ella sabía lo que quería. Él también.
—Franklin… qué casualidad —dijo Nadia con voz baja y coqueta, acercándose un paso mientras fingía buscar entre las estanterías—. No sabía que bajabas tan tarde. Esas cajas se ven pesadas… pero un hombre como tú debe de estar acostumbrado a cargar cosas grandes y duras, ¿no?
Él sonrió de medio lado, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su mirada bajó sin vergüenza hasta las piernas de ella.
—Señora Nadia, la esposa del español. Nunca pensé que te vería aquí abajo, revolviendo polvo. ¿Qué buscas exactamente? Porque por cómo me miras, no parece solo una máscara.
Ella soltó una risita suave y se mordió el labio inferior. El coqueteo ya era abierto, descarado. Se inclinó un poco más de lo necesario para alcanzar un estante alto, dejando que el vestido se le subiera y mostrara el borde de sus bragas de encaje negro.
—Una máscara veneciana que dejé en la fiesta. Plumas, oro… pero ahora que te tengo aquí, solo puedo pensar en otra cosa. Siempre me ha gustado mirar a los hombres como tú. Tan altos. Tan negros. Tan… fuertes. Me pone cachonda la diferencia, ¿sabes? Tu piel contra la mía. Imaginar cómo se vería tu polla oscura abriéndome entera.
Franklin se acercó dos pasos más. El bulto en sus pantalones de trabajo ya era evidente, una gruesa serpiente que empezaba a endurecerse. El aire entre ellos se volvió espeso, cargado de deseo sucio.
—¿Eso es lo que quieres decirme, puta? —gruñó él, usando ya el tono que ella necesitaba—. ¿Que una esposa dominicana respetable como tú fantasea con que un negro grande como yo la reviente en una bodega sucia?
Nadia sintió que su coño palpitaba. Se giró del todo hacia él, sin retroceder.
—Exacto. Siempre he soñado con una verga negra y gruesa como la tuya. Mi marido me folla dos minutos y se corre. Tú… tú pareces de los que follan como animales. Quiero eso. Quiero que me uses.
Franklin la acorraló contra las estanterías de metal oxidado. El metal frío le rozó la espalda mientras el calor del cuerpo de él la envolvía. Sus manos grandes subieron el vestido de Nadia hasta la cintura de un tirón, dejando al descubierto sus bragas ya empapadas. Se besaron con hambre salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclándose, mordiéndose los labios. Ella metió la mano entre los dos y agarró el bulto enorme que palpitaba en los pantalones de él.
—Joder… es enorme —jadeó contra su boca—. Siento cómo late. Quiero sacarla.
—Sácala entonces, zorra —ordenó Franklin, bajando la cremallera.
Nadia se arrodilló sobre el suelo polvoriento sin pensarlo dos veces. Bajó los pantalones y los boxers de un tirón y la verga negra saltó libre: gruesa como su muñeca, venosa, de un negro brillante con la cabeza morada hinchada y ya chorreando precum. Medía más de veinticinco centímetros y los huevos pesados colgaban debajo, llenos. Ella soltó un gemido de pura lujuria.
—Mi negro sucio… qué verga tan rica —murmuró antes de abrir la boca y metérsela hasta donde pudo.
Chupó con ansia desatada, babeando sin control. La saliva le corría por la barbilla y goteaba sobre sus tetas mientras movía la cabeza adelante y atrás, tragando más de la mitad de esa polla monstruosa. Hacía ruidos obscenos, glug-glug, ahogándose cuando la cabeza le llegaba a la garganta. Lo miraba desde abajo con ojos llorosos de placer, llamándolo entre mamada y mamada:
—Mi negro sucio… me encanta tu polla africana… qué rica sabe… quiero que me ahogues con ella.
Franklin la agarró del pelo con fuerza, follándole la boca con embestidas cortas y profundas.
—Así, mamona. Chúpala bien. Tu marido blanco nunca te ha visto así, de rodillas como una puta barata.
Después de varios minutos de mamada babosa y ruidosa, Franklin la levantó como si no pesara nada. La empotró contra la pared, le arrancó las bragas de un tirón y le levantó una pierna. La cabeza gruesa de su verga empujó contra los labios hinchados del coño de Nadia y entró de un solo golpe brutal hasta el fondo. Ella gritó de placer puro.
—¡Sí! ¡Qué grande! ¡Me estás partiendo, negro!
Empezó a follarla de pie, salvajemente. Cada embestida levantaba a Nadia del suelo. Sus tetas saltaban dentro del vestido, el sonido húmedo de carne contra carne resonaba en la bodega. El sudor de Franklin caía sobre los pechos de ella, mezclándose con el brillo de su piel canela. Nadia sentía cada vena de esa verga frotándole las paredes internas, rozándole el punto G sin piedad. Se corrió por primera vez en menos de un minuto, apretando el coño alrededor de él mientras gritaba sin control.
Franklin no paró. La bajó, la giró y la puso a cuatro patas sobre unas cajas de madera apiladas que olían a vino viejo. Le subió el vestido hasta la cintura, escupió sobre su coño chorreante y volvió a meterse entero. La follaba con furia, azotándole el culo con la palma abierta. Los cachetazos resonaban fuertes.
—Toma esta verga negra, puta casada. Tu coño está tragándomela entero. ¿Tu español te folla así de brutal? Dilo.
—¡No! ¡Nunca! ¡Más fuerte, Franklin! ¡Tira de mi pelo, por favor!
Él enredó los dedos en la melena oscura de Nadia y tiró hacia atrás mientras la taladraba. Cambió de agujero sin avisar. Sacó la verga brillante de jugos y la colocó en el ano fruncido de ella. Empujó. El culo de Nadia cedió lentamente, tragándose centímetro a centímetro aquella verga enorme. El dolor inicial se convirtió en un placer sucio y profundo que la hizo aullar.
—¡En el culo! ¡Sí, fóllame el culo, mi negro sucio! ¡Soy tu zorra dominicana!
Franklin alternaba entre el coño empapado y el ano apretado, entrando y saliendo con golpes brutales. Le azotaba las nalgas, rojas ya, le tiraba del pelo, le susurraba al oído guarradas en español entre gruñidos:
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Una verga negra rompiéndote los dos agujeros. Pide que te llene, puta.
—¡Lléname de leche negra! ¡Quiero tu corrida caliente en mi culo! ¡Por favor!
El orgasmo de Nadia fue brutal. Su cuerpo entero tembló, el ano se contrajo alrededor de la verga de Franklin mientras chorros de squirt salían de su coño y mojaban las cajas. Franklin rugió, empujó hasta el fondo del intestino de ella y se corrió abundantemente. Chorros espesos, calientes y abundantes inundaron el culo de Nadia, tanto que empezó a escurrir por sus muslos mientras él seguía bombeando.
Jadeando, sudorosos, con el olor a sexo crudo llenando la bodega, Nadia se giró cuando él salió de ella. Tenía el ano abierto, rojo, chorreando semen negro espeso. Se pasó la lengua por los labios hinchados, saboreando aún el gusto de la verga que acababa de mamar. Encontró la máscara veneciana tirada en una esquina polvorienta, la recogió y la apretó contra su pecho. Miró a Franklin, que aún tenía la verga semierecta brillando de fluidos, y le dedicó una sonrisa traviesa, llena de promesas sucias.
—La próxima vez bajaré sin bragas… para que me folles nada más verme entrar.
El eco de sus respiraciones agitadas aún llenaba el sótano cuando oyeron el lejano crujido de la puerta principal del edificio. La tensión seguía allí, espesa, caliente, sin resolverse. Ambos sabían que esto solo acababa de empezar.
Nadia sintió el pulso acelerado en las sienes cuando el crujido de la puerta principal se repitió, seguido de pasos lentos que resonaban en el piso superior. El peligro debería haberla detenido, pero solo consiguió que su coño palpitara con más fuerza, contrayéndose alrededor del vacío que había dejado la enorme verga de Franklin. Su ano aún chorreaba semen espeso, caliente, que le bajaba por los muslos canelos en hilos viscosos. Se colocó la máscara veneciana sobre la cara, ajustando las plumas rojas que le rozaban las mejillas sudorosas, y el mundo se redujo a una rendija de deseo sucio. Pensó que era perfecto: una esposa dominicana de treinta y dos años convertida en zorra anónima, con el culo lleno de leche nigeriana, mientras su marido español ni siquiera imaginaba dónde estaba.
—Que bajen si quieren —susurró ella con la voz rota de tanto gemir, girándose hacia Franklin—. Quiero que me vean así, con tu polla todavía dura y mi máscara puesta. Fóllame más fuerte, negro. No hemos terminado.
Franklin, el repartidor nigeriano de treinta y ocho años, sonrió con esa mueca animal que le marcaba los músculos de la mandíbula. Su verga, aún brillante de jugos y semen, empezaba a endurecerse de nuevo, curvándose hacia arriba como una barra de ébano venosa. Agarró a Nadia por la cintura ancha y la empujó contra las estanterías oxidadas, haciendo que las botellas viejas tintinearan. El metal frío le mordió los pezones endurecidos a través del vestido arrugado.
—Eres una puta sin remedio, Nadia. Con el culo abierto y chorreando mi corrida espesa y sigues pidiendo más. Tu coño dominicano está hecho para verga negra, ¿verdad? —gruñó él, escupiendo en su mano para frotar la cabeza morada de su polla contra los labios hinchados del coño de ella.
Ella jadeó, abriendo más las piernas sobre el suelo polvoriento. El olor a tierra mojada, madera podrida y sexo crudo los envolvía. Nadia pensó que nunca había sentido algo tan primitivo: la diferencia de sus pieles, el grosor imposible de esa verga africana que le había destrozado el ano minutos antes, el riesgo de que alguien bajara y los pillara. Empujó el culo hacia atrás, restregando su coño empapado contra la punta.
—Métela toda, cabrón. Quiero que me revientes el coño ahora. Mi marido me da dos embestidas y se corre como un inútil; tú me partes en dos y sigo queriendo más. ¡Fóllame!
Franklin no esperó. Empujó de un solo golpe brutal, enterrando veinticinco centímetros de polla gruesa hasta que sus huevos pesados chocaron contra el clítoris de ella. Nadia soltó un alarido ahogado bajo la máscara, sintiendo cómo las venas palpitantes le frotaban las paredes internas, rozando ese punto exacto que la volvía loca. El sonido era obsceno: chap-chap-chap húmedo, carne contra carne, mientras él la taladraba sin piedad, levantándola casi del suelo con cada embestida. Sus tetas grandes saltaban libres del escote del vestido, pezones oscuros y duros como piedras.
Él le tiró del pelo, arqueándole la espalda, y le metió dos dedos gruesos en el ano aún dilatado y lleno de su propia leche. Nadia sintió la doble penetración como un relámpago sucio; el semen actuaba de lubricante perverso, permitiendo que los dedos entraran y salieran al ritmo de la verga que le reventaba el coño.
—¡Joder, sí! ¡Me estás follando los dos agujeros a la vez, mi negro sucio! —gritó ella, el placer subiendo como una ola imparable. Pensó que su cuerpo ya no le pertenecía; era solo un coño y un culo para usar, una esposa infiel de treinta y dos años que se corría como una fuente solo con polla africana.
El orgasmo la golpeó brutalmente. Sus paredes vaginales se contrajeron con fuerza alrededor de la verga de Franklin, expulsando un chorro caliente de squirt que salpicó las cajas de madera y las piernas negras de él. El líquido corría por sus muslos, mezclándose con el semen que ya escapaba de su ano. Franklin no paró; sacó la polla del coño con un sonido húmedo y la colocó directamente en el ano, empujando hasta el fondo de un solo golpe. El estiramiento fue feroz, delicioso, doloroso y perfecto.
—Trágatela toda en ese culito de puta casada —ordenó él, azotándole las nalgas con la palma abierta. Los golpes resonaban fuerte en la bodega, dejando las carnes redondas de Nadia rojas e hinchadas—. Siente cómo mi verga negra abre lo que tu español flaco ni siquiera ha tocado bien. Pide que te llene otra vez, zorra.
Nadia, con la máscara torcida y las plumas pegadas a su cara sudorosa, empujaba hacia atrás como una perra en celo. El ano le ardía de placer, cada centímetro de esa polla monstruosa le frotaba terminaciones nerviosas que ni sabía que tenía. Cambiaron de posición sin que él saliera de ella: Franklin se sentó en una caja baja, la levantó como si no pesara nada y la colocó a horcajadas sobre sus muslos negros y musculosos. Nadia rebotaba salvajemente, la verga entrando y saliendo de su ano con golpes profundos que le hacían rebotar las tetas contra el pecho de él.
—Más duro, Franklin… rómpeme el culo —suplicaba entre gemidos, clavándole las uñas en los hombros anchos—. Quiero que me dejes tan abierta que mañana no pueda sentarme sin recordar tu polla nigeriana. Mi coño está chorreando vacío, méteme los dedos otra vez.
Él obedeció, hundiendo tres dedos en el coño empapado mientras la verga continuaba taladrándole el intestino. El doble asalto era demasiado. Nadia se corrió por tercera vez, el cuerpo entero convulsionando, squirt saliendo a chorros intermitentes que mojaban el vientre marcado de Franklin. Sus jugos y el semen anterior formaban un charco sucio debajo de ellos sobre la madera vieja.
Los pasos arriba se oyeron más cerca, quizás alguien buscaba algo en el edificio, pero eso solo les excitó más. Nadia se bajó de él, se arrodilló entre sus piernas abiertas y se metió la verga hasta la garganta de un solo movimiento. Saboreó el gusto fuerte de su propio ano y coño mezclados con la saliva espesa. Chupaba con hambre desatada, babeando sin control, las lágrimas corriéndole bajo la máscara mientras se ahogaba con aquella verga gruesa. Glug-glug-glug llenaba el sótano.
—Así, mamona dominicana —gruñó Franklin, follándole la cara con embestidas cortas y brutales, agarrándola del pelo con ambas manos—. Limpia tu mierda de mi polla y trágatela. Eres solo un agujero para mí.
Después de varios minutos de mamada brutal, donde la saliva le caía en hilos gruesos sobre las tetas, Franklin la levantó, la empotró de cara contra la pared húmeda y le levantó una pierna. Alternó de nuevo: coño, ano, coño, ano, cada cambio más violento que el anterior. El sudor de su pecho negro goteaba sobre la espalda de Nadia, mezclándose con el de ella. Ella sentía cada vena, cada latido, cada golpe profundo que le llegaba al fondo del vientre.
—Lléname el coño esta vez —suplicó ella, la voz quebrada—. Quiero tu leche negra caliente dentro de mi útero. Quiero volver a casa con los dos agujeros reventados y chorreando.
Franklin rugió, acelerando el ritmo hasta que los cachetes de carne resonaban como latigazos. Finalmente, empujó hasta el fondo del coño y se corrió con fuerza. Chorros espesos, abundantes y calientes inundaron el interior de Nadia, tanto que salía a borbotones alrededor de la verga aún enterrada, bajando por sus muslos en cascadas blancas mezcladas con sus jugos. El orgasmo de ella fue el último, un espasmo violento que la dejó temblando, el ano contrayéndose al vacío y el coño ordeñando hasta la última gota.
Cuando él salió, la polla aún goteando, Nadia se giró, se quitó la máscara manchada de fluidos y la tiró al suelo sucio. Se pasó dos dedos por el coño abierto, recogió una buena cantidad de semen espeso y se lo metió en la boca, chupándolos con placer obsceno mientras lo miraba a los ojos.
—Sabe a puta dominicana bien follada por verga nigeriana. Mañana bajo sin bragas y sin marido, y te dejo que me uses hasta que mi coño y mi culo queden destrozados para siempre, cabrón.
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