Sumisión Nocturna entre Cristales
En la oficina acristalada, la arquitecta de 32 años Simone se arrodilla ante su socio dominante Barrett y le ruega que la use como su zorra sumisa toda la
En la lujosa oficina acristalada que coronaba el rascacielos, las luces de la ciudad se derramaban como un río de oro líquido sobre los cristales que nos rodeaban. Yo, Simone, arquitecta de treinta y dos años, llevaba horas inclinada sobre los planos del proyecto que debía entregarse al amanecer. Barrett, mi socio de treinta y ocho años, permanecía de pie junto a la mesa de cristal, con las mangas de la camisa remangadas y esa mandíbula tensa que siempre me había hecho apretar los muslos bajo la falda. El aire estaba cargado de un silencio pesado, solo roto por el zumbido del aire acondicionado y el ocasional roce de papel. Habíamos pasado meses evitando mirarnos demasiado tiempo, evitando que nuestras manos se tocaran al señalar un detalle, pero esa noche la represa se rompía.
Levanté la vista y, con la voz convertida en un susurro tembloroso, confesé lo que me carcomía por dentro. —Barrett… no aguanto más. Fantaseo con someterme completamente a ti entre estos cristales que reflejan la noche. Sueño con que me quites el control, con que me uses como tu propiedad mientras la ciudad nos observa sin poder tocarnos.
Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Vi cómo su pecho se expandía, cómo sus pupilas se dilataban. Dejó el lápiz sobre la mesa con lentitud deliberada. —¿Sabes lo que estás diciendo, Simone? —Lo sé —respondí, y mi coño ya palpitaba solo con pronunciar las palabras—. Lo he imaginado tantas veces que me duele el cuerpo.
Me levanté sin que me lo pidiera. Caminé hacia él con pasos medidos, balanceando las caderas, dejando que la tela de mi blusa se pegara a mis pezones endurecidos. Me detuve a un palmo de su cuerpo, inhalando su olor a madera y hombre. —Quiero ser tu sumisa esta noche, Barrett. Quiero que me disciplines, que me folles, que me humilles hasta que solo pueda pensar en complacerte.
Él respiró hondo, excitado por mi confesión cruda. Su mano grande se posó en mi hombro y, con una presión firme pero sin violencia, me empujó hacia abajo. —De rodillas. Y pídelo como la zorra que dices querer ser. Claramente. Sin rodeos.
El suelo frío traspasó mis medias. De rodillas ante él, con el rostro levantado y las mejillas ardiendo, sentí cómo mi humedad empapaba la tela entre mis piernas. Tragué saliva y susurré las palabras que llevaba meses guardando: —Sí, Amo. Quiero que me uses como tu puta esta noche. Por favor… úsame sin piedad entre estos cristales.
El gruñido que salió de su garganta fue animal. Me levantó de un tirón y su boca cayó sobre la mía en un beso brutal. Sus dientes mordieron mi labio inferior, su lengua invadió mi boca con posesión absoluta, sus manos apretaron mi cintura con tanta fuerza que supe que dejarían marcas. Ese beso selló todo. Ya no había marcha atrás. Éramos Amo y sumisa desde ese segundo.
Barrett no perdió tiempo. Me llevó hasta los pilares de acero que flanqueaban los ventanales y sacó unas cuerdas de seda negra de un cajón que nunca había notado antes. Con movimientos precisos, casi rituales, ató mis muñecas por encima de mi cabeza al pilar frío. Luego separó mis tobillos y los aseguró también, dejándome abierta, expuesta, con el cuerpo formando una equis temblorosa frente a la noche. Sus dedos recorrieron mi piel mientras me desnudaba. Desabrochó cada botón de mi blusa con deliberada lentitud, dejando que el aire rozara mis pechos pesados. Bajó la cremallera de mi falda, deslizó las bragas por mis muslos y las dejó colgando de un tobillo. El sujetador cayó al suelo. Quedé completamente desnuda, pezones erectos, coño brillante de excitación, culo redondo expuesto al reflejo de la ciudad.
—Mírate —ordenó, girando mi rostro hacia el cristal—. Esta es mi zorra nocturna.
El cinturón salió de las trabillas de su pantalón con un sonido que me hizo gemir antes de tiempo. Lo dobló y lo pasó por mi mejilla. El primer latigazo cayó seco sobre mi nalga derecha. El ardor fue inmediato, eléctrico. Gemí alto. El segundo, el tercero, el cuarto… cada golpe más fuerte, más preciso. Mi culo ardía, la piel se ponía roja y caliente. Sentía cada impacto vibrar en mi clítoris. Mis jugos corrían por el interior de mis muslos. —Gracias, Amo… —jadeaba entre golpe y golpe, mientras mi mente se derretía en una niebla de dolor y placer—. Más… por favor, más.
Cuando mi culo era un incendio palpitante, Barrett soltó el cinturón. Se colocó detrás de mí, abrió su pantalón y liberó su polla gruesa, venosa, ya goteando. Me agarró del pelo con fuerza, tirando mi cabeza hacia atrás para que no pudiera dejar de mirar nuestro reflejo. —Ahora vas a ver cómo te follo, zorra. Mira tu cara de puta mientras te uso contra el cristal.
De un solo empellón hundió toda su polla en mi coño empapado. Grité. La sensación de estar tan llena, tan abierta, era abrumadora. Me folló con embestidas brutales, golpeando mi culo adolorido con sus caderas, haciendo que mis tetas se aplastaran contra el vidrio frío. Sus dedos bajaron hasta mi coño, recogieron mis jugos y luego presionaron contra mi ano. Primero uno, después dos. Me abrió, me folló con los dedos mientras su polla martilleaba mi interior. —Mírate —gruñía contra mi oído—. Mírate siendo mi zorra nocturna. Tan mojada, tan dispuesta a que te meta los dedos en el culo mientras te parto el coño. Dilo. —Soy tu zorra nocturna, Amo… —gemí, rota de placer—. Úsame… por favor…
El orgasmo me golpeó como un tren. Mis paredes se contrajeron violentamente alrededor de su polla, mi ano apretó sus dedos, y grité tan fuerte que mi voz rebotó en los cristales. Me corrí con todo el cuerpo temblando, chorros de placer empapando sus bolas.
Barrett no se corrió dentro de mí. Sacó su polla brillante, me desató los tobillos y me empujó de rodillas. —Abre la boca.
Obedecí. Metió su polla hasta el fondo de mi garganta y se corrió con un rugido bajo. Chorros espesos, calientes, llenaron mi boca. Tragué una y otra vez, sin desperdiciar nada, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.
Después llegó la ternura que siempre me desarmaba. Se arrodilló, me limpió con su lengua: lamió mi coño sensible, pasó la lengua por mi ano, calmó mi culo enrojecido con besos suaves y largos. Desató mis muñecas con cuidado, masajeó mis brazos, besó las marcas rojas de las cuerdas. Me envolvió en su chaqueta, que olía a él, y me llevó hasta el sofá amplio. Allí me hizo acurrucarme a sus pies, con la mejilla sobre su muslo, mientras sus dedos acariciaban mi pelo con lentitud posesiva.
Mi cuerpo aún temblaba. Mi culo ardía, mi coño latía, mi garganta conservaba su sabor. Levanté la mirada y susurré, con la voz ronca: —Quiero que esta sea solo la primera de muchas noches de sumisión entre cristales, Amo. Quiero más. Quiero que me lleves más lejos la próxima vez.
Barrett sonrió con esa sonrisa oscura que prometía todo y nada al mismo tiempo. Sus dedos siguieron acariciando mi pelo, pero en sus ojos vi planes que aún no conocía, exigencias que aún no había pronunciado. Y mientras la ciudad seguía brillando indiferente al otro lado del cristal, supe que acababa de abrir una puerta que ya nunca volvería a cerrarse. Mi sumisión acababa de comenzar, y la noche siguiente… la noche siguiente podía ser mucho más intensa.
La chaqueta de Barrett aún envolvía mi cuerpo desnudo cuando sentí que su mano abandonaba mi cabello y se cerraba alrededor de mi nuca con esa presión exacta que ya empezaba a reconocer como una orden silenciosa. Levanté la mirada desde su muslo y vi en sus ojos que la ternura acababa de evaporarse. Mi coño, aún sensible por el orgasmo anterior, dio un latido traicionero.
—No voy a esperar a la noche siguiente, Simone —dijo con voz grave, casi un ronroneo peligroso—. Levántate. Ahora.
Obedecí de inmediato, dejando que la chaqueta resbalara al suelo. Mis rodillas temblaban ligeramente mientras me ponía de pie frente a él, completamente desnuda salvo por las medias rasgadas que aún colgaban de un tobillo. El aire acondicionado besaba mis pezones endurecidos y la humedad que seguía escapando de entre mis labios hinchados. Sentía el culo arder con cada movimiento; las marcas del cinturón palpitaban como un recordatorio vivo de mi nueva condición.
Barrett se levantó también. Su camisa aún estaba abotonada, pero su polla colgaba pesada y semierecta entre sus piernas, brillante por mis jugos y su propia corrida. Me miró de arriba abajo con lentitud posesiva, deteniéndose en mis pechos pesados, en la curva de mi cintura, en el coño depilado que brillaba obscenamente bajo las luces de la oficina.
—Date la vuelta. Manos contra el cristal.
Mi corazón se aceleró. Caminé hasta el ventanal que ocupaba toda la pared este y apoyé las palmas abiertas contra el vidrio frío. La ciudad se extendía treinta y cinco pisos más abajo, un mar de luces parpadeantes que parecían observarnos. Sabía que nadie podía vernos realmente desde abajo, pero la sensación de estar expuesta, ofrecida a la noche entera, me hizo gemir bajito antes siquiera de que me tocara.
Sus pasos se acercaron. Sentí primero el calor de su cuerpo, luego el roce de su camisa contra mi espalda marcada. Sus manos grandes bajaron por mis costados, apretando mis caderas con fuerza suficiente para dejar más huellas.
—Separa más las piernas, zorra. Quiero ver cómo chorreas para mí.
Obedecí, abriendo los muslos hasta que mis pies descalzos resbalaron ligeramente sobre el mármol pulido. Dos de sus dedos recorrieron mi raja desde atrás, recogiendo la abundante humedad y extendiéndola hacia mi ano todavía sensible. Jadeé cuando presionó un dedo dentro sin aviso, girándolo lentamente.
—Tan abierta ya… Tu culo pide que lo entrene, ¿verdad?
—Sí, Amo —susurré contra el vidrio, empañándolo con mi aliento—. Quiero que me uses por todos lados. Quiero ser tu agujero completo.
El dedo se convirtió en dos. El ardor era delicioso, una quemazón que se mezclaba con el placer de sentirme invadida. Mis pezones se frotaban contra el cristal helado con cada respiración agitada. Barrett sacó los dedos y los llevó a mi boca.
—Límpialos. Prueba lo puta que eres.
Los chupé con avidez, saboreando mi propio coño y el leve gusto almizclado de mi ano. Mientras lo hacía, escuché que abría de nuevo el cajón. Esta vez sacó algo más pesado. Un tintineo metálico me erizó la piel.
—Esto es solo el comienzo de lo que te voy a hacer esta noche, Simone. Treinta y dos años siendo una arquitecta perfecta, controlándolo todo… y aquí estás, rogando que te convierta en mi puta de oficina.
Sentí frío en los pezones cuando colocó las pinzas. Eran fuertes, dentadas, unidas por una cadena fina. El primer mordisco me arrancó un grito agudo que rebotó en los cristales. El dolor fue inmediato, afilado, pero pronto se convirtió en un latido caliente que bajaba directamente a mi clítoris. Colocó la segunda y tiró suavemente de la cadena. Mis rodillas flaquearon.
—Joder… Amo… duele tan rico…
—No te corras. Ni siquiera lo pienses.
Su orden fue como un latigazo mental. Asentí, mordiéndome el labio inferior hasta que sentí el sabor metálico. Barrett me giró entonces, empujándome contra el pilar de acero otra vez, pero esta vez de frente. Sacó más cuerdas. Con precisión de arquitecto —irónico, pensé en medio de la niebla de excitación— ató mis brazos por detrás del pilar, arqueando mi espalda de manera que mis pechos quedaran empujados hacia afuera, las pinzas brillando bajo la luz. Luego separó mis piernas y las aseguró abiertas, dejándome completamente inmovilizada en forma de X invertida.
Se arrodilló frente a mí. Su boca caliente cayó sobre mi coño sin piedad. La lengua ancha lamió desde mi ano hasta el clítoris hinchado, succionando mis labios, penetrándome con la punta. Mis caderas intentaron moverse pero las cuerdas no me lo permitían. Solo podía recibir. Cada lametazo era deliberado, lento, torturante.
—Estás empapando mi cara, zorra. Mira cómo goteas sobre el suelo de tu propia oficina.
Gemí alto, la cabeza echada hacia atrás contra el acero frío. Sus dedos entraron en mi coño, tres de golpe, curvándose para frotar ese punto que me volvía loca. La cadena de las pinzas se balanceaba con cada embestida de su mano, tirando de mis pezones torturados. El dolor y el placer se mezclaban hasta que ya no sabía dónde empezaba uno y terminaba el otro.
—Por favor… Amo… necesito correrme… —supliqué, la voz rota.
—No.
Retiró la boca y los dedos justo cuando estaba al borde. El vacío fue cruel. Lágrimas de frustración se acumularon en mis ojos mientras él se ponía de pie y se desnudaba completamente. Su cuerpo de treinta y ocho años era imponente: hombros anchos, pecho marcado por años de gimnasio, la polla ahora completamente erecta, gruesa y venosa, apuntando hacia mí como un arma.
Se acercó hasta que la cabeza de su polla rozó mi clítoris. Frotó lentamente, cubriéndola de mis jugos.
—Dime qué eres.
—Tu zorra sumisa, Amo. Tu puta de cristal. Úsame como quieras, por favor.
Barrett sonrió con esa oscuridad que me deshacía. Agarró la cadena de las pinzas y tiró con fuerza mientras empujaba su polla dentro de mí de un solo golpe brutal. Grité. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo, golpeando mi cervix. Empezó a follarme con embestidas largas y profundas, cada una acompañada de un tirón a la cadena. Mis pezones ardían. Mi coño se contraía alrededor de su grosor. El sonido obsceno de carne contra carne llenaba la oficina.
—Quiero tu culo esta noche —gruñó contra mi cuello, mordiendo la piel justo debajo de la oreja—. Pero antes vas a suplicar como la perra en celo que eres.
Sacó su polla de mi coño y la presionó contra mi ano. No entró de inmediato. Solo frotó, dejando que sintiera su tamaño.
—Dilo. Quiero oírte rogar que te abra el culo mientras la ciudad nos mira.
Tragué saliva, el corazón latiéndome en la garganta. Mis jugos corrían por mis muslos hasta el suelo.
—Por favor, Amo… méteme tu polla en el culo. Ábreme. Quiero sentir cómo me partes, cómo me conviertes en tu agujero favorito. Por favor… por favor…
Empujó. La cabeza gruesa forzó mi esfínter y entré en un estado de pura sumisión animal. El ardor fue intenso, pero la plenitud me hizo gritar de placer. Centímetro a centímetro, Barrett me empaló hasta que sus bolas descansaron contra mi coño empapado. Se quedó quieto, dejándome acostumbrarme a la invasión, tirando de la cadena de las pinzas para mantener mi mente en el dolor.
—Buena zorra… tan apretada. Tan mía.
Empezó a moverse. Primero lento, luego más rápido. Cada embestida hacía que mis pechos rebotaran y las pinzas tiraran sin piedad. Mi ano se contraía alrededor de su polla, enviando oleadas de placer prohibido a todo mi cuerpo. Podía sentir cada vena, cada latido. Mis pensamientos se deshicieron. Solo existía su polla abriéndome, su voz gruñendo obscenidades, el reflejo de mi cara de puta absoluta en el cristal.
—Más duro… por favor… rómpeme el culo, Amo…
Aumentó el ritmo. Sus dedos bajaron a mi clítoris y lo frotaron con fuerza. El orgasmo se acercaba de nuevo como un tren de carga.
—Cuando te corras, quiero que grites mi nombre. Quiero que toda la puta ciudad sepa a quién perteneces.
El permiso llegó justo cuando ya no podía contenerme. Me corrí con violencia brutal. Mi ano apretó su polla como un puño, mi coño expulsó chorros que salpicaron sus muslos y el suelo. Grité su nombre una y otra vez mientras olas de placer me destrozaban. Barrett siguió follándome a través del orgasmo, prolongándolo hasta que creí que me desmayaría.
Finalmente ralentizó, pero no se corrió. Sacó su polla de mi ano con un sonido húmedo y obsceno. Me desató las piernas, pero dejó mis brazos atados al pilar. Me obligó a arrodillarme de nuevo, esta vez con la cara presionada contra el vidrio.
—Aún no he terminado contigo, Simone. La noche es larga y tengo planes que ni siquiera has imaginado. Vas a limpiar mi polla con esa boca de puta mientras te explico exactamente cómo voy a degradarte más la próxima hora… y lo que te espera cuando termine este proyecto al amanecer.
Mi cuerpo temblaba, mi ano palpitaba abierto y vacío, mis pezones ardían bajo las pinzas aún colocadas. Levanté la mirada hacia él, con los labios entreabiertos, sabiendo que mi sumisión apenas había empezado a profundizarse. En sus ojos vi promesas de más cuerdas, más dolor, más humillación frente a estos cristales que todo lo reflejaban.
Y supe, con un escalofrío de anticipación pura, que estaba dispuesta a darle todo.
Con la cara aún presionada contra el vidrio empañado, separé los labios y recibí la polla de Barrett con devoción absoluta. El sabor era intenso, una mezcla espesa de mi coño empapado, mi ano abierto y su semen residual. Pasé la lengua lentamente por el tronco venoso, recogiendo cada gota, chupando la cabeza gruesa con los labios hinchados mientras mis ojos se alzaban hacia él. Tenía treinta y ocho años y esa polla seguía medio dura, palpitando contra mi lengua como si ya estuviera planeando la siguiente invasión. Mi mente, normalmente ocupada en cálculos estructurales y planos de rascacielos, se había reducido a esto: ser su agujero, su zorra de treinta y dos años que rogaba por más degradación entre estos cristales que reflejaban cada gesto obsceno.
—Más profundo —ordenó con esa voz grave que me deshacía—. Trágatela toda mientras te explico exactamente cómo voy a romperte esta noche, Simone. El proyecto puede esperar una hora más. Tu sumisión, no.
Succioné con fuerza, sintiendo cómo la cabeza tocaba el fondo de mi garganta. Las lágrimas rodaron por mis mejillas, no de dolor, sino de esa rendición deliciosa que me inundaba el vientre. Él continuó hablando sin piedad, los dedos enredados en mi cabello tirando con ritmo preciso.
—Primero voy a colocarte el plug más grande que tengo. Ese de acero que has visto en mis ojos cuando fantaseabas. Lo quiero en tu culo mientras te azoto las tetas con la cadena de las pinzas. Vas a gatear por toda la oficina, con las rodillas abiertas y el plug empujando cada centímetro de tu interior, dejando un rastro de tus jugos en el mármol. Después te ataré de nuevo, pero esta vez boca abajo sobre la mesa de cristal, con las piernas abiertas hacia la ciudad. Te follaré el coño y el culo alternadamente sin dejarte correrte hasta que supliques como la perra en celo que eres. Y cuando estés al borde, te sacaré el plug y te meteré mi polla en ese culo dilatado mientras te obligo a mirar tu reflejo y repetir en voz alta que eres mi puta de oficina, que tu carrera, tu cuerpo y tu mente me pertenecen.
Gemí alrededor de su polla, el sonido vibrando en mi garganta. Mi coño se contrajo solo con escuchar sus palabras, chorros frescos bajando por mis muslos. Barrett tenía razón: llevaba años controlándolo todo, diseñando torres de cristal como esta, y ahora solo quería que él me usara sin límites. Saqué su polla de mi boca con un hilo de saliva brillante y susurré ronca:
—Sí, Amo… soy tu zorra. Degradame. Entréname. Mi culo y mi coño están hechos para ti.
Él sonrió con esa oscuridad que prometía ruina y placer. Me levantó por el pelo, me giró y me empujó contra el pilar de acero una vez más. Las pinzas dentadas seguían mordiendo mis pezones, la cadena balanceándose con cada movimiento. Sacó del cajón un plug de acero pesado, grueso, con una base enjoyada que brillaba bajo las luces bajas de la oficina. Lo cubrió generosamente con mis propios jugos y presionó la punta fría contra mi ano todavía sensible y abierto por su follada anterior.
—Respira y empuja hacia atrás como la puta bien entrenada que estás convirtiéndote.
Obedecí. El metal frío y pesado me abrió centímetro a centímetro, estirándome de una forma que me hizo gritar de placer mezclado con ardor. Cuando la base ancha pasó el esfínter y se acomodó dentro, sentí cómo me llenaba por completo. El peso tiraba hacia abajo, presionando mis paredes internas contra el vacío de mi coño. Mis piernas temblaron. Barrett tiró de la cadena de las pinzas con fuerza y el dolor agudo en mis pezones me hizo arquear la espalda.
—Ahora gatea. Cuatro patas. Muéstrale a la ciudad cómo se mueve una arquitecta de treinta y dos años cuando se convierte en mascota.
El suelo de mármol estaba helado contra mis rodillas y palmas. Gateé lentamente alrededor de la enorme oficina acristalada, el plug pesado moviéndose dentro de mi culo con cada paso, frotando puntos que me hacían jadear. Mis tetas colgaban pesadas, las pinzas tirando de mis pezones con cada balanceo. Barrett caminaba a mi lado, el cinturón en la mano. Cada vez que mi culo se elevaba demasiado, el cuero caía seco sobre mis nalgas ya marcadas, produciendo un chasquido que rebotaba en los cristales.
—Más rápido, zorra. Quiero ver cómo se menea ese plug en tu culo abierto.
Aceleré, gimiendo con cada golpe. El ardor en mis nalgas se mezclaba con la presión interna del acero. Mis jugos caían en gotas gruesas al suelo, dejando un camino brillante que él me obligó a lamer después, bajando mi cara hasta el mármol mientras mi culo quedaba expuesto hacia los ventanales. La humillación era absoluta y yo la deseaba con cada fibra. Nunca había sentido esta libertad en la rendición: mi mente se vaciaba, solo quedaba el latido de mi clítoris y la voz de mi Amo.
Cuando consideró que había gateado suficiente, me levantó y me tiró sobre la mesa de cristal donde antes habíamos trabajado los planos. El vidrio estaba frío contra mis pechos torturados. Barrett ató mis muñecas a las patas de la mesa, luego mis tobillos, dejándome completamente abierta, el plug aún enterrado en mi culo y mi coño expuesto e hinchado hacia la noche. La ciudad brillaba treinta y cinco pisos abajo, indiferente y excitante a la vez.
Sacó un vibrador grueso del mismo cajón secreto y lo encendió. El zumbido llenó la oficina. Lo presionó contra mi clítoris sin piedad mientras su mano giraba el plug dentro de mí, follándome el culo con él en movimientos cortos y profundos.
—No te corras —gruñó—. Si te corres sin permiso, te dejaré aquí atada hasta el amanecer con el plug y las pinzas, mirando cómo sale el sol mientras tu coño palpita vacío.
El tormento era exquisito. El vibrador enviaba ondas brutales de placer directo a mi centro. El plug giraba, estirándome. Mis paredes se contraían, mis jugos salpicaban la mesa. Mordí mi labio hasta sangrar un poco, rogando en susurros entrecortados:
—Por favor, Amo… Barrett… necesito correrme… te lo suplico… soy tu puta, tu agujero, tu zorra nocturna… déjame correrme en tu mesa de cristal…
Negó con la cabeza, disfrutando mi desesperación. Retiró el vibrador justo cuando el orgasmo empezaba a formarse y, de un tirón fuerte, sacó el plug de mi culo. El vacío repentino me hizo gritar. Pero no duró. Su polla, ahora completamente dura otra vez, empujó contra mi ano dilatado y entró de golpe hasta el fondo. El grito que salió de mi garganta fue animal. Me folló el culo con embestidas largas y brutales, sus bolas golpeando mi coño empapado. Cada vez que entraba del todo, tiraba de la cadena de las pinzas, haciendo que mis pezones ardieran con fuego dulce.
—Siente cómo te parto, Simone. Este culo de treinta y dos años ahora es mío. Mírate en el reflejo del cristal. Mira esa cara de puta absoluta que tienes mientras te destrozo el ano.
Giré la cabeza. El reflejo era obsceno y hermoso: mi cuerpo atado, abierto, sudado, las marcas rojas del cinturón brillando en mi culo, las pinzas mordiendo mis pezones hinchados, su polla gruesa desapareciendo una y otra vez entre mis nalgas. Sentí que me perdía. El placer era tan intenso que las lágrimas corrían libres.
—Soy tu zorra de cristal… —gemí una y otra vez—. Rómpeme… úsame… mi culo es tuyo, Amo…
Barrett aceleró, gruñendo como una bestia. Sus dedos encontraron mi clítoris y lo frotaron con rudeza, llevándome al borde una vez más. Pero justo cuando estaba a punto de explotar, se detuvo. Sacó su polla de mi ano con un sonido húmedo y obsceno, dejando que el agujero quedara abierto, palpitando, vacío. Me desató solo las piernas y me giró sobre la mesa, ahora de espaldas, con las muñecas aún atadas por encima de mi cabeza. Colocó mis talones sobre sus hombros y hundió su polla en mi coño de un solo golpe, tan profundo que sentí que me llegaba al útero.
—Todavía no, puta. La noche no ha terminado. Voy a follarte así hasta que llores de necesidad. Y cuando por fin te permita correrte, será con mi polla en tu garganta y el plug otra vez en tu culo. Después… cuando el sol empiece a asomar, te haré presentar el proyecto con las marcas aún frescas bajo la ropa. Pero eso será solo el comienzo de lo que tengo planeado para ti en esta oficina.
Mi cuerpo temblaba violentamente bajo el suyo. El plug, ahora colocado de nuevo en mi ano mientras su polla martilleaba mi coño, me llenaba hasta el límite. Las pinzas tiraban sin descanso. Mi mente era niebla pura de sumisión. Quería más. Quería que me degradara hasta que no quedara nada de la antigua Simone. Mientras sus embestidas se volvían más salvajes y sus palabras más sucias, supe que el amanecer traería algo aún más intenso, algo que me llevaría más profundo en esta adicción nocturna entre cristales. Mi coño se contraía alrededor de él, suplicando en silencio por el permiso que aún no llegaba, y en mis ojos solo había una verdad: estaba dispuesta a todo lo que mi Amo decidiera hacerme.
En la lujosa oficina acristalada que coronaba el rascacielos, mi cuerpo seguía temblando violentamente bajo el de Barrett mientras su polla gruesa martilleaba mi coño sin descanso, el plug de acero pesado girando dentro de mi ano con cada embestida brutal y las pinzas dentadas tirando de mis pezones hinchados como si quisieran arrancármelos. Tenía treinta y dos años, una arquitecta que había diseñado este mismo edificio de cristal y acero, y ahora solo era un cuerpo abierto, sudoroso y marcado, entregado por completo al hombre de treinta y ocho que me poseía. El frío del vidrio de la mesa contra mis tetas contrastaba con el fuego que ardía en mi culo y en mi clítoris, y cada vez que él tiraba de la cadena un latigazo de dolor dulce me bajaba directo al vientre, haciendo que mis jugos salpicaran sus bolas y el mármol debajo de nosotros.
Mis paredes internas se contraían alrededor de su grosor venoso, intentando retenerlo, pero él controlaba el ritmo con precisión cruel, ralentizando justo cuando el orgasmo empezaba a formarse como una ola gigante. «No te corras todavía, zorra», gruñó contra mi oreja, mordiéndome el lóbulo con fuerza suficiente para dejar una marca más. «Siente cómo te lleno los dos agujeros al mismo tiempo. Tu coño palpita como el de una puta en celo y tu ano aprieta el plug como si rogara por mi polla otra vez. Dilo. Dime qué eres mientras miras la ciudad que ayudaste a construir».
Respiré entrecortada, el aliento empañando la superficie lisa de la mesa. En mi mente no quedaba nada de la Simone profesional y controladora; solo quedaba esta rendición absoluta que me liberaba. «Soy tu zorra sumisa, Amo Barrett. Una puta de treinta y dos años que diseñó estos cristales para que ahora reflejen cómo me follas como a una perra. Mi coño y mi ano son tuyos para usarlos, para estirarlos, para llenarlos de tu semen cuando decidas. Por favor… déjame correrme… te lo suplico con todo mi cuerpo».
Él rio bajo, oscuro, y aceleró de golpe, haciendo que la mesa crujiera bajo nosotros. El plug presionaba contra la fina pared que separaba mis dos agujeros, creando una fricción insoportable de placer que me hacía ver luces detrás de los párpados. Mis muslos temblaban, mis rodillas resbalaban en mis propios jugos y las marcas rojas del cinturón en mi culo palpitaban con cada impacto de sus caderas. Tiró de la cadena con saña, estirando mis pezones torturados hasta que grité, un sonido ronco y animal que rebotó en los ventanales. El dolor se transformó en una ola caliente que me llevó al borde de nuevo, pero Barrett se detuvo en seco, sacó su polla brillante de mi coño y giró el plug dentro de mi ano con dos dedos crueles, follándome solo con el metal mientras mi clítoris latía vacío y desesperado.
«Mírate», ordenó, levantándome la cabeza por el pelo para que viera nuestro reflejo en el cristal. Mi cara era un desastre de lágrimas, saliva y maquillaje corrido; mis tetas colgaban pesadas con las pinzas brillando, mi coño abierto y rojo goteando hilos espesos. «Esto es lo que querías cuando me confesaste tus fantasías, ¿verdad? Meses fingiendo que solo éramos socios mientras te mojabas pensando en arrodillarte».
Asentí como pude, la voz rota. «Sí, Amo… lo quería todo. Quería que me degradaras hasta que no quedara nada de la mujer que controlaba reuniones y presupuestos. Quiero que me uses como tu agujero favorito cada noche que pasemos aquí». Mis palabras lo excitaron visiblemente; su polla dio un salto contra mi muslo. Me desató las muñecas solo para girarme boca arriba sobre la mesa, colocarme los talones sobre sus hombros y volver a hundirse en mi coño de un empellón que me llegó al útero. El plug seguía dentro, haciendo que todo fuera más apretado, más obsceno. Empezó a follarme con embestidas largas y profundas, su pelvis golpeando mi clítoris hinchado mientras tiraba rítmicamente de la cadena.
El placer se acumulaba como una presión imposible. Mis tetas rebotaban, las pinzas mordiendo más fuerte con el movimiento. Intenté contener el orgasmo, mordiéndome el labio inferior hasta saborear sangre, pero las lágrimas ya corrían libres por mis sienes. «Por favor… por favor, Amo… estoy al límite… mi coño va a explotar…». Barrett sonrió con esa oscuridad que prometía todo, aceleró y por fin dio la orden: «Córrete, zorra. Córrete mientras te lleno el coño y te mantengo el culo ocupado. Quiero que chorrees sobre esta mesa donde mañana presentarás el proyecto con mis marcas aún frescas bajo la ropa».
El orgasmo me destrozó. Mi coño se cerró como un puño alrededor de su polla, expulsando chorros calientes que salpicaron su abdomen y la mesa. Mi ano apretó el plug con tanta fuerza que sentí cada milímetro de metal. Grité su nombre una y otra vez, el cuerpo convulsionando, las piernas temblando sobre sus hombros mientras olas interminables me atravesaban. Barrett no se detuvo; siguió follándome a través del clímax, prolongándolo hasta que creí que me desmayaría de puro placer.
Cuando bajé, jadeante y rota, sacó el plug con un sonido húmedo y obsceno, dejando mi ano abierto y palpitante. Me bajó de la mesa, me empujó de rodillas sobre el mármol frío y me metió la polla hasta el fondo de la garganta. «Límpiala. Prueba cómo saben tus dos agujeros juntos, puta». Chupé con devoción absoluta, lamiendo cada vena, saboreando el almizcle de mi ano y mi coño, tragando la saliva espesa que me caía por la barbilla. Mientras lo hacía, él sacó más cuerda y me ató los brazos a la espalda en una posición apretada que arqueaba mi columna y empujaba mis tetas hacia adelante, aún decoradas con las pinzas.
Me levantó, me llevó hasta el ventanal principal y me colocó de pie contra el cristal, con las palmas abiertas y las piernas separadas. El amanecer empezaba a teñir el cielo de rosa y oro, la ciudad despertando treinta y cinco pisos abajo. Barrett se colocó detrás, lubricó su polla con mis jugos y empujó directamente en mi ano dilatado. La invasión fue lenta pero implacable, centímetro a centímetro hasta que sus bolas descansaron contra mi coño vacío. Empezó a follarme el culo con embestidas cada vez más brutales, haciendo que mis tetas se aplastaran contra el vidrio helado y las pinzas arañaran la superficie.
«Siente cómo te parto, Simone. Este culo maduro y apretado ahora es mío para siempre». Sus dedos bajaron a mi clítoris y lo frotaron con rudeza, llevándome a otro orgasmo que me hizo gritar contra el cristal. Me corrí por segunda vez, el ano contrayéndose alrededor de su polla como un puño caliente, chorros frescos mojando el suelo. Barrett gruñó, aceleró y finalmente se vació dentro de mí con un rugido bajo, chorros espesos y calientes inundando mi interior. Sentí cada pulsación, cada latido, y supe que estaba completamente marcada.
Me sostuvo cuando mis piernas flaquearon. Me desató con cuidado, me quitó las pinzas una a una, lamiendo mis pezones adoloridos con ternura posesiva mientras yo gemía por la sangre que volvía a circular. Me limpió con su propia lengua, pasando despacio por mi coño sensible, por mi ano abierto que aún palpitaba con su semen escapando, y por las marcas rojas de mi culo. Me envolvió en su chaqueta, me llevó al sofá amplio y me acurrucó contra su pecho, sus dedos acariciando mi pelo con esa mezcla perfecta de dominio y cariño que me deshacía.
El sol ya asomaba sobre los edificios cuando levanté la mirada hacia sus ojos oscuros, mi cuerpo dolorido, satisfecho y ansioso por más. Con la voz ronca por todos los gritos de la noche, le confesé lo que llevaba dentro desde hacía meses: «¿Quieres que me arrodille bajo tu escritorio todos los días laborables a partir de ahora, Amo?».
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