Encuentro Prohibido en la Trastienda

Una joven dependienta de 22 años se folla con ganas a su jefe viudo de 58 en la trastienda.

13 min read September 24, 2026New

Soy Tamara, tengo veintidós años y trabajo como dependienta en una pequeña librería antigua del centro. Mi jefe es Bruno, un viudo atractivo y culto de cincuenta y ocho años que heredó el local de su familia. Desde que empecé aquí, la trastienda se convirtió en nuestro espacio secreto. Entre cajas de libros polvorientos, estanterías que crujían y la luz amarilla de una vieja lámpara, sus miradas ya no eran solo de jefe. Había deseo contenido, pesado, casi doloroso. Yo lo sentía cada vez que nos quedábamos solos ordenando volúmenes.

Él era alto, de hombros todavía firmes, cabello entrecano bien peinado y manos grandes que parecían hechas para sujetar con autoridad. Yo, en cambio, era pura juventud: melena castaña que me caía sobre los pechos, cintura estrecha y caderas que se marcaban bajo las faldas ajustadas que empecé a elegir solo para él. Sabíamos que estaba mal. La diferencia de edad era un abismo, su posición de jefe lo convertía en algo prohibido, pero ninguno de los dos huía. Al contrario. Cada roce accidental al pasar un libro hacía que mi coño se humedeciera al instante. Sus dedos se demoraban sobre los míos, su aliento cálido rozaba mi nuca cuando se inclinaba a colocar un tomo alto, y yo sentía las bragas pegadas a mis labios hinchados.

Empecé a provocarlo. Blusas con escotes más atrevidos, botones abiertos hasta donde la decencia permitía. Cuando me agachaba delante de él para recoger ejemplares del suelo, dejaba que viera el encaje de mi sujetador y la curva suave de mis tetas jóvenes. Una mañana, mientras clasificábamos una entrega nueva, su mano rozó el lateral de mi pecho al alcanzar un libro. No fue casual. Lo supe por cómo se le cortó la respiración. —Tamara… tienes que tener más cuidado con esos escotes —murmuró, la voz grave y ronca. Yo levanté la mirada, mordiéndome el labio inferior. —¿Le molestan, don Bruno? Él tragó saliva. Sus ojos bajaron un segundo a la uve de tela que dejaba ver el nacimiento de mis pezones duros. —Al contrario. Me vuelven loco. Sentí un latigazo de placer entre las piernas. Esa noche, en mi cama, me corrí dos veces imaginando esa misma voz diciéndome guarradas mientras me follaba contra las estanterías.

La tensión llevaba semanas creciendo, espesa como el olor a papel viejo y cera de la tienda. Cada tarde, al cerrar, me quedaba un rato más solo para sentirlo cerca. Él también lo notaba. Sus piropos ya no eran inocentes. “Qué joven y fresca eres”, “Esa falda te queda pecaminosa”, “Hueles a pecado, Tamara”. Cada palabra era un dedo que me tocaba el clítoris sin tocarme.

Aquella tarde de lluvia todo cambió.

Llovía con fuerza desde el mediodía. El agua golpeaba los cristales y la calle estaba desierta. A las ocho cerramos la puerta principal y dimos la vuelta al cartel. La tienda quedó en penumbra, solo la trastienda iluminada. Estábamos recogiendo las últimas cajas cuando Bruno se detuvo detrás de mí. Su cuerpo casi tocaba el mío. Podía oler su colonia mezclada con el aroma masculino de su piel después de todo el día.

—Tamara… —su voz era un susurro ronco—. No aguanto más. Llevo meses masturbándome pensando en follarte. Cada noche, solo en casa, me cojo la polla imaginando que es tu coño joven y apretado el que me aprieta. Me corro gritando tu nombre como un viejo depravado.

El corazón me golpeó el pecho con tanta fuerza que creí que se me saldría. Sentí cómo mi coño se inundaba de golpe, caliente y resbaladizo. Me giré despacio, mirándolo a los ojos. Ya no había vuelta atrás.

—Yo también, don Bruno —confesé, la voz temblorosa de excitación—. Me toco todas las noches con los dedos metidos hasta el fondo imaginando su polla madura, gruesa y venosa abriéndome. Quiero que me use. Quiero que me folle como la puta joven que soy para usted.

El silencio duró apenas un segundo. Luego nos abalanzamos el uno sobre el otro.

Su boca tomó la mía con hambre salvaje. Su lengua era experta, dominante, exploraba cada rincón mientras sus manos grandes me agarraban el culo por debajo de la falda y me levantaban contra las estanterías. Los libros se tambalearon. Yo le rodeé la cintura con las piernas, sintiendo su polla dura como hierro presionando contra mi coño empapado a través de la ropa. Con dedos ansiosos le abrí el cinturón, bajé la cremallera y metí la mano dentro. Cuando rodeé su verga gruesa y caliente gemí dentro de su boca. Era grande, venosa, con la cabeza hinchada y palpitante. La piel se deslizaba suave sobre la dureza de dentro. La masturbé con ganas, apretando justo como imaginé tantas veces.

—Joder, don Bruno… qué polla más rica tiene —jadeé—. Úseme. Métamela. Soy su zorra joven. Fóllame aquí mismo.

Él gruñó como un animal. Me bajó las bragas de un tirón, las dejó colgando de un tobillo y posicionó la gruesa cabeza en mi entrada chorreante. De un solo empujón fuerte me empaló contra la pared. Sentí cómo me abría, cómo cada vena rozaba mis paredes sensibles. Grité de puro placer. Sus manos me sujetaban las nalgas con fuerza, clavando los dedos en la carne joven mientras empezaba a follarme con embestidas profundas y rápidas.

—Tan apretada… tan mojada… —gruñía contra mi cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Llevo tanto tiempo deseando este coño.

Yo solo podía gemir y suplicar. Mis tacones se clavaban en su espalda, empujándolo más adentro. El sonido obsceno de su polla entrando y saliendo de mi coño se mezclaba con el repiqueteo de la lluvia.

Sin salir de mí, me bajó, me giró y me puso a cuatro patas sobre dos cajas de libros apiladas. Mi culo quedó completamente expuesto. Bruno me tiró del pelo con una mano, arqueándome la espalda, y me metió la polla hasta el fondo de un golpe seco.

—Así, zorra joven. Empuja ese culo para mí —ordenó, y empezó a darme duro por detrás.

Cada embestida hacía que mis tetas se balancearan. El pelo tirante, el sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas, sus huevos golpeando mi clítoris… Estaba en el cielo. —Más fuerte, por favor… Soy su puta, don Bruno. Úseme como quiera —suplicaba entre gemidos.

Él me azotó una nalga, luego la otra, y aceleró. —Mi zorra de veintidós años… tan ansiosa por polla madura.

El orgasmo me pilló desprevenida. Me corrí con fuerza, apretando su polla dentro de mí, gritando su nombre mientras mis jugos le chorreaban por los huevos.

Bruno salió de mí, me sentó en el borde de la mesa de trabajo, me abrió las piernas como un libro y se arrodilló. Su boca atacó mi coño hinchado y sensible sin piedad. Lengua plana lamiendo mi clítoris, dos dedos gruesos follándome sin descanso, succionando mis labios. Me comió con verdadera devoción, gruñendo contra mi carne.

—No pares… me voy a correr otra vez —avisé, y lo hice. Un orgasmo líquido, largo, que le llenó la boca mientras yo temblaba y le tiraba del pelo.

Se levantó, la polla brillante de mis fluidos, y me penetró en misionero sobre la mesa. Esta vez fue lento pero profundo. Me miró a los ojos todo el tiempo, una conexión casi insoportable.

—Quiero verte la cara cuando te llene —susurró.

Mis uñas se clavaron en su espalda. Le rodeé la cintura con las piernas y empecé a moverme con él. —Quiero su leche de viejo, don Bruno. Córrese dentro. Lléname el coño. Soy suya.

Sus embestidas se volvieron más urgentes. Su respiración se volvió jadeos roncos. Sentí cómo su polla se hinchaba aún más dentro de mí y, con un gemido gutural, se corrió. Chorros calientes, abundantes, golpearon mi interior. Me corrí con él, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñando hasta la última gota mientras le clavaba las uñas y le repetía entre gemidos que quería toda su leche de viejo.

Nos quedamos unidos, sudorosos, respirando agitados. Su semen empezó a escaparse alrededor de su polla aún semierecta. Le besé el cuello, la mandíbula, sintiendo todavía los espasmos de placer.

Entonces oímos el timbre de la puerta principal. Alguien intentaba abrir, a pesar del cartel de cerrado. Nuestras miradas se encontraron, alarmadas y todavía cargadas de lujuria. Rápidamente nos separamos. Me bajé la falda, él se guardó la polla todavía mojada de mí y nos arreglamos la ropa con manos temblorosas. Su semen me chorreaba por el interior de los muslos mientras caminaba hacia la tienda.

Quienquiera que fuera, se marchó tras un par de intentos. Cuando volvimos a la trastienda, Bruno me miró con los ojos todavía oscuros de deseo. No dijo nada, pero la forma en que me recorrió el cuerpo con la mirada lo decía todo: esto no había terminado. Ni mucho menos.

La lluvia seguía cayendo fuera, y dentro de mí sentía su semen caliente, recordatorio constante de lo que acababa de pasar… y de todo lo que todavía teníamos por hacer.

La lluvia seguía cayendo fuera, y dentro de mí sentía su semen caliente, recordatorio constante de lo que acababa de pasar… y de todo lo que todavía teníamos por hacer. Mi coño palpitaba, hinchado y sensible, con los restos de su corrida espesa escapando lentamente por el interior de mis muslos y empapando la piel suave que él acababa de marcar con sus dedos. Me temblaban las piernas, pero el deseo no había disminuido; al contrario, crecía como una fiebre. Bruno me observaba desde medio metro de distancia, la camisa abierta dejando ver el pecho ancho y velludo salpicado de canas, su polla todavía medio dura colgando pesada entre sus piernas fuertes. La luz amarilla de la lámpara vieja pintaba sombras en su rostro maduro, resaltando las arrugas de experiencia alrededor de sus ojos grises.

Se acercó sin prisa, como si saboreara el momento, y me atrapó contra la estantería. Sus manos grandes —esas manos de hombre que había heredado una librería y enterrado a una esposa— me recorrieron las caderas, subieron por mi cintura estrecha y se cerraron sobre mis tetas desnudas. Apretó con posesión, pellizcando los pezones aún duros hasta que solté un gemido largo y necesitado.

—Tamara… mírate. Veintidós años y ya estás chorreando mi leche como una puta en celo —murmuró contra mi cuello, mordiendo la piel justo debajo de la oreja—. No voy a dejarte ir esta noche. Quiero que te duela el coño mañana al abrir la tienda.

Sus palabras me atravesaron como un latigazo directo al clítoris. Sentí otro chorro caliente escapando de mí y respondí besándolo con hambre salvaje, metiendo mi lengua en su boca mientras mis dedos rodeaban su polla y empezaban a masturbarla con lentitud deliberada. La piel se deslizaba suave sobre la dureza que volvía a crecer, las venas gruesas palpitando contra mi palma. “A su edad muchos ya no levantan dos veces seguidas, pero Bruno está aquí, duro otra vez por mí, por este coño joven que lo vuelve loco”, pensé, y eso me humedeció aún más.

Lo empujé hasta la silla de madera oscura que usábamos para clasificar pedidos. Se dejó caer con un gruñido, abriendo las piernas. Me arrodillé entre ellas, la falda todavía subida alrededor de la cintura, las bragas colgando de un tobillo como trofeo obsceno. Acerqué la cara a su entrepierna y aspiré el olor: sexo crudo, sudor masculino de todo el día, papel viejo y cera. Saqué la lengua y lamí desde la base hinchada hasta la cabeza morada, recogiendo los restos mezclados de mi crema y su semen. El sabor era fuerte, salado, prohibido. Lo adoré con devoción, girando la lengua alrededor del glande, succionando la gota perlada que brotaba.

—Joder, Tamara… esa boquita de veinteañera es una maravilla —jadeó, enredando los dedos en mi melena castaña y tirando lo justo para controlar el ritmo—. Chúpamela entera. Quiero sentir cómo te ahogas con la polla de tu jefe viudo.

Abrí más la boca y la bajé hasta que la cabeza golpeó mi garganta. Luché contra la arcada, las lágrimas asomando en mis ojos, pero no me detuve. Subí y bajé la cabeza con ritmo constante, las mejillas huecas por la succión, la saliva chorreando por su tronco y empapando sus huevos pesados. Con una mano le masajeaba los testículos mientras con la otra me frotaba el clítoris hinchado. Cada gemido suyo reverberaba en la trastienda, mezclándose con el repiqueteo de la lluvia contra el cristal. Lo saqué un momento para respirar, escupí sobre la polla y la volví a tragar con más ganas, girando la cabeza para que mis labios rozaran cada vena. Sentía cómo crecía más, cómo se ponía como acero dentro de mi boca. “Me encanta ser su zorra. Me encanta que un hombre de cincuenta y ocho me use la garganta como si fuera una puta de alquiler”, pensaba, y el solo hecho de pensarlo me hizo correrme en mis propios dedos con un gemido ahogado alrededor de su verga.

Bruno me levantó de repente, casi sin esfuerzo, y me colocó sobre la mesa de roble gastado. Me abrió las piernas como si abriera un libro antiguo y enterró la cara entre mis muslos. Su lengua ancha y experta lamió mi coño rebosante, recogiendo su propia leche y mis jugos con largos lametones planos que terminaban en mi clítoris hinchado. Dos dedos gruesos me penetraron sin aviso, follándome con ellos mientras succionaba el botón sensible. El sonido era húmedo, obsceno, chapoteos que llenaban el pequeño espacio. Me arqueé, tirándole del cabello entrecano, empujando mi pelvis contra su boca.

—No pares, don Bruno… por favor, cómemelo todo —supliqué entre gemidos rotos—. Me vuelve loca su lengua de viejo depravado.

Él gruñó contra mi carne, vibrando directamente en mi clítoris, y añadió un tercer dedo. Su otra mano subió a pellizcarme un pezón con fuerza. El orgasmo me golpeó como un tren: líquido, largo, incontrolable. Chorros de mi corrida le empaparon la barba incipiente y la camisa. Temblaba tanto que creí que me caería de la mesa, pero él me sujetaba con autoridad, lamiendo hasta la última gota.

Apenas terminé de convulsionar cuando me giró, me puso a cuatro patas sobre dos cajas apiladas y me empaló de un solo empujón brutal. Su polla, ahora completamente recuperada, me abrió hasta el fondo. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, su pelvis chocando contra mi culo con golpes secos y fuertes. Me tiró del pelo como riendas, arqueándome la espalda hasta que mis tetas colgaban y se balanceaban con cada embestida.

—Empuja ese culo joven hacia mí, Tamara. Quiero verte tomar cada centímetro de polla madura —ordenó con voz ronca, y me azotó con fuerza. El escozor se convirtió en placer puro que me hizo gritar.

—Más fuerte… rómpame, don Bruno. Soy su puta de veintidós, su dependienta que se abre de piernas en la trastienda —gemí, empujando hacia atrás con desesperación. El sudor nos cubría a ambos; gotas caían de su frente sobre mi espalda. El olor a sexo era tan denso que casi se podía masticar. Sus huevos pesados golpeaban mi clítoris con cada golpe, llevándome otra vez al borde.

Cambiamos una vez más. Se sentó en la silla y me atrajo sobre él. Me coloqué a horcajadas, agarré su polla brillante y la guie hasta mi entrada chorreante. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me dilataba de nuevo, cómo me llenaba por completo hasta que mi clítoris rozó su pelvis. Empecé a cabalgarlo con furia, subiendo hasta casi sacarla y bajando con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran frente a su cara. Él las atrapó, las juntó y metió ambos pezones en su boca, chupando y mordiendo mientras yo aceleraba.

—Así, móntame, niña. Monta la verga de este viejo viudo que no puede dejar de pensar en tu coño —gruñó contra mis pechos, sus manos clavadas en mis nalgas, separándolas para que su polla entrara aún más profundo.

Mis muslos ardían por el esfuerzo, el sudor corría entre mis tetas y por su pecho. Lo miré a los ojos y vi pura lujuria mezclada con algo más profundo, algo que me asustó y excitó al mismo tiempo. “Nadie me ha follado nunca así. Nadie me ha hecho sentir tan deseada y tan usada al mismo tiempo”, pensé mientras otro orgasmo se construía desde lo más profundo de mi vientre. Me corrí gritando, contrayéndome alrededor de él como un puño caliente, ordeñándolo.

Bruno se levantó sin salir de mí, me sostuvo en el aire con sus brazos fuertes y me folló de pie contra la pared del fondo. Mis piernas rodeaban su cintura, mis tacones se clavaban en su espalda baja. Cada embestida era profunda, violenta, perfecta. Sus jadeos roncos se mezclaban con mis gemidos agudos. Sentí cómo su polla se hinchaba aún más dentro de mí.

—Córrete dentro otra vez… lléname el útero, don Bruno —supliqué, mordiéndole el cuello.

Con un rugido gutural se derramó por segunda vez, chorros abundantes y calientes que me inundaron hasta desbordar. Me corrí con él, arañándole la espalda, temblando en sus brazos como si me rompiera en mil pedazos de placer.

Cuando por fin nos separamos, sudorosos, jadeantes y con las ropas destrozadas, la trastienda olía a sexo puro y papel antiguo. Me besó en la frente con una ternura que contrastaba con todo lo anterior y susurró que esto sería nuestro secreto, que encontraríamos la forma de repetirlo cada vez que pudiéramos. Yo sonreí, todavía sintiendo sus dos corridas escapando de mi coño bien follado.

Pero lo que Bruno nunca supo es que desde el primer día que crucé la puerta de la librería yo había planeado cada mirada, cada escote y cada roce, porque él no era solo mi jefe: era la presa que esta zorra de veintidós años había decidido cazar y domesticar para siempre.

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