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Susurro que Despertó al Hijastro en la Tienda de Discos

La madrastra de 38 años, Marisol, susurra su deseo prohibido a su hijastro de 22 años, Roman, y terminan follando duro entre los vinilos de

25 min read October 12, 2026New

En aquella tarde de junio el calor se pegaba a las paredes de la pequeña tienda de discos del barrio como si quisiera empujarnos el uno contra el otro. Yo, Marisol, treinta y ocho años, casada con el padre de Roman, había entrado solo a buscar un vinilo de Deep Purple que me recordaba a cuando aún no sabía lo que era desear en secreto. Roman, mi hijastro de veintidós, trabajaba allí las tardes; vivía con nosotros desde los diecisiete y yo lo había visto convertirse en hombre bajo el mismo techo, compartiendo desayunos y silencios cargados. Durante meses habíamos fingido que la tensión no existía: sus miradas cuando yo salía de la ducha envuelta en toalla, mi respiración cortada cuando él pasaba cerca oliendo a jabón y a sudor joven.

Ese día la tienda estaba vacía. El aire acondicionado zumbaba flojo. Roman reordenaba estanterías del fondo, camiseta negra ceñida, vaqueros que marcaban los muslos. Yo me detuve frente a la sección de rock clásico y saqué un disco de los ochenta, el mismo que escuchaba a los diecinueve, cuando aún creía que el deseo se controlaba. Lo miraba con nostalgia cuando sentí su presencia a mi espalda.

—¿Ese te gusta, Marisol? —preguntó con esa voz grave que ya no era de niño.

Me giré. Nuestros ojos se cruzaron. En los suyos vi el mismo fuego que yo había estado sofocando en la casa: la noche en que lo pillé masturbándose en su habitación y fingí no haber visto, las veces que mi mano rozó su muslo al pasar el salero y ambos callamos. El deseo prohibido nos había estado comiendo por dentro.

—Me recuerda a cuando era libre —susurré—. Antes de… todo esto.

Él se acercó un paso. El olor a vinilo viejo y a su colonia barata me subió a la cabeza.

—Tú sigues siendo libre cuando quieres —dijo bajo—. Solo que ahora tienes miedo de lo que quieres.

La verdad se abrió entre nosotros como una grieta. Yo, la madrastra casada, la que debía ser ejemplo, sentía el coño humedecerse solo de tenerlo tan cerca. Roman, el muchacho que llamaba “papá” al hombre con el que yo dormía, me miraba como si ya me hubiera desnudado mil veces en su mente.

Pedí lo que no debía.

—¿Me alcanzas ese de ahí arriba? El de Led Zeppelin, el doble. Está demasiado alto para mí.

Se estiró. Su cuerpo se pegó al mío por detrás. El pecho duro contra mi espalda, la polla ya medio dura rozándome el culo a través de la falda. No me aparté. Al contrario: empujé ligeramente hacia atrás, sintiendo cómo se tensaba. Su brazo rozó mi pecho al bajar el disco. El cartón cayó al suelo. Ninguno lo recogió.

Me giré del todo. Nuestras bocas quedaron a un palmo.

—Roman… —mi voz salió ronca—. Siempre te he deseado. En secreto. Desde que cumpliste dieciocho y dejaste de ser solo el hijo de mi marido. Te miro y me mojo. Y sé que está mal. Sé que soy tu madrastra. Pero joder, me excita justamente por eso.

Sus pupilas se dilataron. Tragó saliva.

—Yo también —admitió en un susurro feroz—. Cada vez que te oigo follar con papá por la noche me corro pensando en ti. Me pones duro el hecho de que seas suya y quieras ser mía. Lo prohibido… me vuelve loco. Quiero cruzar esa línea. Contigo. Ahora.

No hubo más palabras. Nos lanzamos el uno al otro. Su boca se estrelló contra la mía con urgencia de meses reprimidos. Lenguas, dientes, gemidos ahogados entre las estanterías. Mis manos subieron bajo su camiseta, palpé los abdominales jóvenes y firmes. La suya bajó a mi culo, me apretó contra su polla ya completamente erecta. Nos besamos como si el mundo fuera a terminar, reconociendo en cada lametón que éramos madrastra e hijastro y que eso nos encendía más.

Me separé solo lo suficiente para caer de rodillas sobre el suelo de madera gastada. Con dedos torpes le abrí el cinturón, bajé la cremallera y saqué su polla gruesa, venosa, ya goteando. Era más grande de lo que había imaginado en mis fantasías culposas. La miré a los ojos mientras la lamía de base a glande.

—Joder, Roman… qué rica está la polla de mi hijastro —dije con gula, chupando la cabeza, saboreando el precum salado—. Siempre he querido follarme al hijo de mi marido. Eres tan duro… tan joven… tan mío en este momento.

Él jadeó, una mano en mi pelo castaño, tirando con suavidad al principio. Yo me lo metí entero hasta la garganta, babeando, mirándolo sin apartar la vista. Chupé con hambre, lengüeteando las venas, masajeándole los huevos. El sonido obsceno de mi boca llena resonaba entre los discos. Él gemía mi nombre —Marisol, madrastra puta— y eso me hacía empapar las bragas.

Cuando ya no aguantó más me levantó de un tirón. Me puso contra el mostrador de madera, de espaldas a él. Me subió la falda hasta la cintura. Con un tirón me arrancó las bragas negras y las tiró entre los vinilos caídos. Sus dedos comprobaron lo mojada que estaba.

—Mírate —gruñó al oído—. La madrastra perfecta, casada, abierta de piernas para el hijastro en la puta tienda de discos. Eres una puta, Marisol. Mi puta.

Me clavó la polla de un solo embiste. Grité contra mi puño. Me llenó por completo, estirándome, y empezó a follarme duro en posición de perrito, agarrándome las caderas. Cada embestida hacía crujir el mostrador. Tiraba de mi pelo, obligándome a arquear la espalda, y me susurraba guarradas mientras me daba.

—Qué bien aprietas el coño de madrastra… tan caliente… tan prohibido. Papá no sabe que su mujer se corre con la polla de su hijo. Eres una zorra por abrirte así para mí. Dime que te gusta. Dime que quieres que te llene.

—Sí… joder, sí, Roman —jadeaba yo, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo—. Fóllame más fuerte. Usa a tu madrastra. Me encanta ser tu puta secreta. Más… así… ah, me voy a correr…

Él aceleró, brutal, perfecto. Una mano me rodeó la cintura y me frotó el clítoris con el pulgar. El orgasmo me subió como una ola sucia. Me corrí gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él, chorreando por los muslos. Él gruñó, me dio tres embestidas más y se vació dentro, caliente, abundante, llenándome mientras gemía “madrastra” como una maldición y una oración a la vez. Nos corrimos juntos, intensos, prohibidos, el olor a sexo mezclándose con el de los vinilos.

Caímos jadeando entre los discos desparramados por el suelo. Él aún dentro de mí, suavemente. Me giré lo suficiente para abrazarlo, pegar mi frente a la suya. Sudor, saliva, semen corriendo por mi muslo. Le limpié la polla con la boca, despacio, saboreando nuestra mezcla, lamiendo cada gota con ternura obscena. Luego lo besé, un beso lento, cargado de complicidad, de secreto compartido.

—Esto será nuestro —susurré contra sus labios, sonriendo con traviesa malicia—. Cada vez que tu padre no esté. En casa, aquí, donde sea. Seguiré alimentando esto, Roman. No voy a parar. Tú tampoco.

Él asintió, aún durito otra vez solo de oírme. Me ayudó a incorporarme. Recogimos a medias las bragas rotas y algunos discos, pero el aire seguía denso de lo que habíamos hecho. Yo sentía su semen resbalar entre mis piernas bajo la falda, un recordatorio caliente y prohibido.

Mientras cerrábamos la tienda un poco antes, nuestras manos se rozaron al guardar las llaves. La promesa quedó flotando: no era un error de una tarde. Era el principio de algo que nos iba a quemar por dentro cada noche que el marido estuviera fuera, cada mirada a la mesa, cada susurro en el pasillo de casa. Roman me miró de reojo al salir a la calle y yo supe que la próxima vez querría más: más riesgo, más sucio, más madrastra e hijastro follando como si el mundo no existiera.

El calor de junio aún quemaba, pero ahora llevaba su sabor en la lengua y su marca invisible entre las piernas. Y yo, Marisol, la mujer casada de treinta y ocho años, ya no fingía que podía ignorarlo.

El semen de Roman aún me resbalaba por el muslo cuando llegamos a casa. Mi marido no volvería hasta el jueves, una conferencia en Valencia que nos dejaba tres noches enteras. Tres noches. Yo cerré la puerta con el mismo gesto de siempre, pero por dentro el cuerpo me temblaba distinto: ya no era la madrastra que fingía, era la mujer que acababa de chupar la polla de su hijastro entre vinilos y que ahora quería más, más sucio, más cerca de lo que destruiría todo si alguien lo oliera.

Roman dejó las llaves en el mueble del recibidor. Su mirada me recorrió de arriba abajo, se detuvo en la falda manchada, en la forma en que mis pezones se marcaban bajo la blusa. No dijo nada. Solo se acercó, me agarró la muñeca y me arrastró hacia el salón. El sofá donde su padre veía el fútbol cada domingo. Me empujó contra el respaldo y me besó con hambre de alguien que ya ha probado y no puede parar.

—Quiero verte desnuda aquí —gruñó contra mi cuello—. Donde él se sienta. Quiero follarte en su sitio.

Me desabroché la blusa con dedos torpes. El sujetador cayó. Roman se arrodilló, me chupó un pezón con fuerza, mordisqueando hasta que solté un gemido agudo. Su mano subió por la falda, encontró el desastre que él mismo había dejado: mi coño hinchado, goteando su leche mezclada con la mía. Metió dos dedos de golpe y me folló con ellos mientras lamía el otro pecho.

—Estás empapada de mí —susurró, y el tono de asombro y lujuria me hizo arquearme—. Mi semen dentro de la madrastra. Joder, Marisol…

Me giró. Me puso de rodillas en el sofá, culo en alto, cara hundida en el cojín que olía a colonia de mi marido. Roman se bajó los vaqueros solo lo necesario. La polla le salió gruesa, ya otra vez dura, brillante todavía de saliva y de la corrida anterior. Me abrió los labios del coño con los pulgares y se embistió hasta el fondo de un solo empujón. Grité. El sonido rebotó en las paredes de la casa familiar. Él no fue suave: me folló como si quisiera marcar el sofá, las caderas golpeando mi culo, las manos apretándome la cintura con fuerza suficiente para dejar moretones.

—Mira cómo te abres —jadeaba—. La esposa perfecta, la que pone la mesa y lava la ropa, ahora con el culo al aire recibiendo la polla del hijo. Dime que te gusta más que la de él.

—Me gusta más —confesé contra el cojín, voz rota de placer—. Tu polla es más gruesa… más joven… me estiras mejor. Fóllame, Roman. Usa el coño de tu madrastra como quieras.

Él aceleró. Una mano me agarró el pelo y tiró hacia atrás hasta que mi espalda formó un arco doloroso y delicioso. Con la otra me azotó una nalga. El ruido seco resonó. Luego otra vez. El ardor se mezcló con las embestidas y yo empecé a correrne otra vez, contracciones violentas que lo apretaban, que le sacaban gruñidos guturales.

—Voy a correrme otra vez dentro —advirtió—. Voy a llenarte hasta que te gotee mientras cocinas la cena. Y después te voy a chupar limpia.

Se vació con un gemido largo, profundo, hot jets que sentí en el cuello del útero. Se quedó clavado un momento, respirando agitado, y después se salió despacio. Sentí el chorro espeso bajar por mis labios y mis muslos. Roman se arrodilló detrás de mí y cumplió la promesa: me lamió el coño con lengua ancha y lenta, recogiendo su propio semen, chupándome el clítoris hinchado hasta que me corrí una tercera vez, temblando, casi llorando de sobreestimulación.

Nos desplomamos en el sofá. Él me abrazó por detrás, la polla todavía medio dura contra mi culo. Su aliento caliente en mi oreja.

—Esta noche no duermo en mi habitación —dijo—. Voy a follarte en la cama de matrimonio. Quiero que huelas a mí cuando él llame para desearte buenas noches.

Me estremecí. El riesgo me mojó otra vez. Asentí.

Subimos las escaleras sin vestirnos del todo. La puerta del dormitorio principal chirrió. La cama grande, las sábanas que yo misma había tendido esa mañana. Roman me tumbó de espaldas, se quitó la camiseta por fin y se subió encima. Su cuerpo joven y duro contrastaba con el mío maduro: pechos pesados, caderas anchas, la suave curva de la barriga que ya no era de veinte años. Él no parecía importarle. Me miraba como si fuera el pecaminoso mejor plato del mundo.

Me besó despacio esta vez, explorando. Luego bajó, me abrió las piernas y me comió el coño otra vez, con más hambre todavía. Lengua dentro, nariz frotando el clítoris, dedos estirándome. Yo me agarré a la cabecera, la misma que mi marido usa para apoyarse cuando me toma. El pensamiento me hizo gemir más alto.

—Roman… hijastro… me estás volviendo loca.

Se subió. Me penetró mirándome a los ojos. Esta vez el ritmo fue profundo y constante, casi tierno al principio, pero la suciedad no desapareció. Me susurraba mientras empujaba:

—Cuando papá te folle la próxima vez, vas a pensar en mí. Vas a apretar el coño recordando cómo te llené aquí mismo. Y yo voy a oírlo desde mi habitación y me voy a correr otra vez.

—Sí —susurré yo, enganchando las piernas a su cintura—. Quiero eso. Quiero ser tu puta secreta en esta cama. Quiero que me dejes moretones donde él no mire.

Él se incorporó, me dobló las rodillas contra el pecho y me embistió más fuerte. El cabezal golpeaba la pared. Cada embestida sacaba un «ah» ahogado de mi garganta. Me frotó el clítoris con el pulgar y me corrí gritando su nombre, el nombre que no debía gritar en esa cama. Roman me siguió segundos después, inundándome otra vez, el semen caliente y abundante, saliendo alrededor de su polla porque ya no cabía más.

Se quedó dentro. Me acarició el pelo húmedo de sudor. Su mirada tenía algo nuevo: no solo lujuria, sino posesión.

—Mañana —dijo bajo— quiero que vengas a la tienda otra vez. Cerrado el cartel de «vuelvo en cinco minutos». Te voy a follar de pie contra la puerta del almacén. Y después te voy a grabar con el móvil cómo te chupas mis huevos y dices «soy la puta de mi hijastro». Para cuando yo no esté y te pongas cachonda en la cocina.

El corazón me dio un vuelco. El riesgo. La prueba. Asentí, mordiéndome el labio.

—Hazlo. Quiero el vídeo. Quiero escucharme después y mojarme sola.

Nos limpiamos a medias. Roman se quedó a dormir en la cama conyugal, desnudo, un brazo echado sobre mi cintura. Yo miraba el techo en la oscuridad, sintiendo su semen secarse en mis muslos, oliendo a sexo joven y a traición dulce. El teléfono vibró a las once: mensaje de mi marido. «Buenas noches, cariño. Te echo de menos.» Respondí con un emoji de beso y apagué la pantalla. Roman se despertó lo suficiente para leerlo por encima de mi hombro. Sonrió contra mi nuca y me apretó más cerca, la polla ya despertando otra vez entre mis nalgas.

—Otra ronda —susurró—. Lenta. Hasta que te duermas conmigo dentro.

Me abrió una pierna y se deslizó otra vez en mi coño usado y sensible. Empujes lentos, profundos, casi de cucharita. Su mano me acariciaba un pecho, pellizcando el pezón al ritmo. Yo gemía bajito, el placer cansado y espeso. Me corrí otra vez en silencio, solo un temblor largo, y él se vació por tercera o cuarta vez esa noche, un gemido ronco contra mi hombro.

Cuando por fin se durmió de verdad, yo seguía despierta. El reloj marcaba las tres. Pensaba en la tienda, en el vídeo, en cómo el lunes tendríamos que fingir delante de mi marido en la mesa del desayuno mientras el semen de Roman todavía me recordara desde dentro. La escalada no había terminado. Solo había empezado a quemar de verdad. Mañana sería peor. Más público. Más grabado. Más imposible de deshacer. Y yo, Marisol, ya no quería deshacer nada. Quería que Roman me destruyera un poco más cada día que el marido estuviera lejos, hasta que el secreto pesara tanto que solo pudiéramos follarnos para no ahogarnos en él.

Me giré y le besé el pecho dormido. Su polla se removió contra mi muslo, siempre lista. Sonreí en la oscuridad. Acto dos. Y todavía nos quedaban dos más para quemarnos del todo.

El sol de la mañana entraba a través de las persianas a medias y me encontraba todavía con la pierna de Roman cruzada sobre la mía, su polla blanda y pesada apoyada contra mi muslo pegajoso. El olor a sexo seco impregnaba las sábanas de matrimonio. Me moví despacio y él se despertó al instante, la mano subiendo a mi pecho como si buscara confirmar que yo seguía ahí, que no había sido un sueño sucio.

—Buenos días, madrastra —murmuró contra mi cuello, ya con la voz ronca de quien ha follado toda la noche—. Te siento todavía llena.

No mentía. Cuando me incorporé un poco sentí el semen reseco tirando de la piel de mis muslos y el recordatorio profundo de todas las veces que me había vaciado dentro. Me giré y lo besé sin prisa, saboreando el sabor a mañana y a pecado. Su polla se endureció contra mi vientre en segundos.

—Quiero desayunar contigo encima de la mesa de la cocina —le dije—. Donde él lee el periódico. Quiero que me abras las piernas y me comas el coño mientras el café se hace.

Roman sonrió con esa malicia joven que me derretía. Nos levantamos desnudos. Bajé las escaleras sintiendo cada paso como una provocación; el aire fresco de la casa me erizó los pezones. En la cocina encendí la cafetera y él me alzó de golpe sobre la encimera de granito frío. El contraste me arrancó un jadeo. Me abrió las rodillas, se arrodilló en el suelo de baldosas y metió la lengua de lleno en mi coño hinchado y sensible. Chupó con hambre, limpiando lo que quedaba de la noche anterior, metiendo la lengua profundo mientras sus pulgares me separaban los labios. Yo me agarré al borde de la encimera, mirando la foto familiar que colgaba en la pared: mi marido, Roman y yo en una cena de Navidad. El contraste me empapó más.

—Así… joder, Roman, lámelo todo —gemí—. Quiero que sepas cómo sabe el coño de tu madrastra a primera hora.

Él gruñó contra mí y chupó mi clítoris con fuerza hasta que me corrí rápido, temblando, mojándole la barbilla. Se levantó, se subió la polla gruesa y me embistió de pie contra la encimera. El granito me helaba el culo mientras él me calentaba por dentro. Embestidas cortas y profundas, mirándome a los ojos.

—Papá se sienta aquí a desayunar —jadeaba—. Y yo te estoy follando en su sitio. Dime que eres mía cuando él no mira.

—Soy tuya —confesé, enganchando los talones en sus caderas—. La puta secreta de mi hijastro. Fóllame más fuerte antes de que tengamos que ir a la tienda.

Aceleró. Me agarró las nalgas y me levantó del todo, clavándome contra la nevera. El imán de un nevera con la foto de nuestras vacaciones tintineó. Me corrí otra vez con un grito ahogado cuando él se vació dentro, caliente y abundante, sujetándome fuerte. Nos quedamos jadeando, unidos, el café ya hecho y olviendo a normalidad doméstica que ya no éramos.

Nos duchamos juntos después, pero no fue limpio: me puso de cara a la pared de azulejos, me jabonó el culo y me metió dos dedos mientras me susurraba que esa misma tarde iba a cumplirme la promesa del almacén. Me vestí con una falda corta sin bragas y una blusa fina. Él se puso la camiseta negra de siempre. Antes de salir me obligó a arrodillarme en el recibidor y chuparle la polla hasta dejarla brillante y dura otra vez, solo para guardármela en la boca un segundo y decirme:

—Guárdame el gusto. Quiero que llegues a la tienda sabiendo lo que te espera.

Cerramos la casa. El calor de junio ya pegaba. En el camino mis muslos se rozaban y el semen fresco de la cocina me resbalaba un poco más abajo. Entré a la tienda detrás de él. El cartel de cerrado lo puso él mismo en la puerta interior del almacén. El aire acondicionado seguía flojo. El olor a vinilo y cartón viejo me golpeó y me trajo de inmediato el recuerdo de la tarde anterior.

Roman no perdió tiempo. Me arrastró entre las estanterías hasta la puerta metálica del almacén trasero, esa que daba a un callejón estrecho. Me puso de cara a ella, me subió la falda y me abrió las nalgas con las manos.

—Aquí —gruñó—. De pie. Contra la puta puerta. Si alguien llama al timbre nos oye, pero no nos ve. Quiero que aprietes el coño sabiendo que podemos ser descubiertos.

Me penetró de un solo empujón. Estaba tan mojada que entró fácil, pero el ángulo era brutal: me estiraba hacia arriba, me obligaba a ponerme de puntillas. Sus manos me aplastaron las tetas contra el metal frío. Cada embestida hacía temblar la puerta. Yo gemía contra el antebrazo, mordiéndome para no gritar demasiado alto.

—Madrastra puta… te gotea por las piernas otra vez —jadeaba al oído—. Quiero grabarte ahora. Saca el móvil del bolsillo de mi vaquero. Enciéndelo. Quiero verte chupármela y decir exactamente lo que te pedí.

Metí la mano atrás, saqué el teléfono, desbloqueé la cámara frontal con dedos torpes mientras él seguía follándome lento y profundo. Me giré cuando él se salió. Me arrodillé en el suelo del almacén, entre cajas de discos sin etiquetar. Encendí la grabación. La pantalla me mostró mi propia cara sonrojada, el pelo revuelto, los labios hinchados. Roman se puso delante, polla brillante de mi coño, venas marcadas, goteando.

—Chúpame los huevos y dilo —ordenó, voz baja y tensa—. Quiero el vídeo para cuando esté solo y me ponga duro pensando en ti.

Lo miré a la cámara y a él a la vez. Lamió los huevos pesados con lengua ancha, chupé uno y luego el otro, babeando, olor a sexo y a mí misma. La polla me rozaba la mejilla.

—Soy la puta de mi hijastro —dije clara, mirando al objetivo—. Me encanta chuparle los huevos a Roman. Me mojo solo de saber que soy su madrastra y que me estoy follando al hijo de mi marido. Quiero que me llene cada hueco. Quiero este vídeo para correrme sola cuando él no esté.

Metí la polla entera en la boca después, hasta la garganta, mirando siempre a la cámara mientras chupaba con ruidos obscenos. Roman gemía, una mano en mi pelo, la otra sujetando el teléfono conmigo para que no se moviera. Me folló la boca un rato, profundo, saliva cayendo al pecho. Luego me levantó, me puso otra vez de espaldas a la puerta y me embistió mientras yo seguía grabando por encima del hombro: el momento en que su polla desaparecía dentro de mí, el choque de caderas, mi cara contra el metal.

—Más cerca —me pidió—. Enseña cómo te estiro el coño de madrastra.

Bajé el móvil entre mis piernas un segundo, capturé la imagen sucia de cómo entraba y salía, brillante, mi coño rojo y abierto. Luego lo subí otra vez a mi cara cuando él aceleró y me frotó el clítoris con dedos torpes. Me corrí gritando su nombre contra la puerta, contrayéndome alrededor de él, y la cámara lo grabó todo: el temblor, el “Roman, hijastro, lléname”. Él se salió en el último segundo, se corrió a chorros gruesos sobre mi culo y la parte baja de la espalda, y me obligó a recoger un poco con los dedos y chuparlo mirando a la lente.

—Guárdalo —dijo, todavía jadeando—. Quiero que lo mires esta noche en la cama de él mientras yo te follo otra vez.

Apagué la grabación. El móvil quedó caliente en mi mano. Nos limpiamos a medias con un trapo viejo del almacén. El semen en mi espalda se secaba pegajoso bajo la blusa. Roman me besó despacio, saboreando su propio gusto en mi boca.

—Esta noche —susurró contra mis labios— te voy a atar las muñecas a la cabecera con una de sus corbatas. Voy a follarte despacio hasta que llores de ganas de correrte, y solo entonces te dejaré. Y mientras tanto vamos a poner el vídeo en bucle en la tele del dormitorio, con el volumen bajito, para que te veas a ti misma siendo mi puta mientras te penetram.

El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Asentí. El riesgo ya no era solo el marido ausente; era el archivo en el teléfono, la posibilidad de que alguien lo viera, la forma en que cada acto nos ataba más fuerte al secreto. Abrimos la tienda media hora después. Clientes entraron. Yo fingí mirar vinilos mientras el semen de Roman me resbalaba otra vez entre las piernas sin bragas. Cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar un disco, la corriente me subía directa al coño.

Al cerrar, él me empujó una última vez contra el mostrador, me metió tres dedos rápidos y me hizo correrme en silencio mordiéndole el hombro. Luego me susurró:

—Mañana es el último día antes de que vuelva. Quiero algo más grande. Quiero que me chupes la polla debajo de la mesa mientras hablas con él por videollamada. Quiero oírte decirle “te quiero” con la boca llena de mí.

Me estremecí entera. El miedo y el deseo se mezclaron hasta saberme metálicos en la lengua. Salimos a la calle con el calor de junio pegado a la piel y el vídeo guardado como una bomba en el bolsillo de Roman. Yo caminaba sintiendo cada paso, cada gota que bajaba, sabiendo que Acto tres solo había subido la temperatura. Todavía nos quedaba una noche y una mañana enteras para quemarnos más hondo, para hacer el secreto tan pesado que solo el sexo pudiera sostenerlo. Y yo, Marisol, ya no quería otra cosa que dejarme destruir un poco más.

Llegamos a casa con el calor de junio todavía pegado a la piel y el móvil de Roman pesando entre nosotros como una confesión viva. Cerré la puerta, dejé las llaves y me giré hacia él. No hacía falta hablar. Subimos las escaleras, entramos en el dormitorio conyugal y él sacó una de las corbatas de seda de mi marido del armario. Me desnudó despacio, me tumbó de espaldas y me ató las muñecas a la cabecera con nudos firmes pero no dolorosos. El tejido olía a la colonia de él. Roman encendió la tele del dormitorio, conectó el móvil y puso el vídeo en bucle con el volumen bajito: mi voz diciendo «soy la puta de mi hijastro», el sonido de mi saliva, el choque de caderas contra la puerta del almacén. Me vi a mí misma en la pantalla y el coño se me contrajo solo.

—Mírate —susurró Roman mientras se quitaba la ropa—. La madrastra perfecta confesándolo todo. Voy a follarte despacio hasta que llores.

Se subió entre mis piernas abiertas. Su polla ya estaba dura, gruesa, brillante de ganas. Me rozó el clítoris con la cabeza, me embadurnó con mi propia humedad y entró centímetro a centímetro. Yo tiré de las corbatas, arqueé la espalda, sentí cómo me llenaba hasta el fondo. El ritmo fue lento, profundo, casi cruel. Cada embestida me hacíasentir el semend e las veces anteriores todavía dentro. En la tele yo gemía «Roman, hijastro, lléname» y él me lo repetía al oído mientras me follaba.

—Dime que te gusta más que la de papá —ordenó, sacando casi toda la polla y volviendo a clavarla de un golpe.

—Me gusta más —jadeé, la voz rota—. Tu polla me estira mejor… es más joven… más prohibida. Úsame. Haz que llore.

Aceleró un poco, solo lo suficiente para que el cabezal golpeara la pared. Su pulgar encontró mi clítoris y lo frotó en círculos lentos. El orgasmo se acumuló como una tormenta, pero cada vez que yo estaba a punto él paraba, me besaba el cuello, me lamía un pezón y esperaba a que bajara. Lloré de verdad, lágrimas de frustración y placer, pidiéndole por favor. Solo entonces me dejó correrme: un grito largo, el cuerpo entero convulsionando, el coño apretándolo con fuerza mientras en la pantalla yo seguía chupándole los huevos. Roman gruñó y se vació dentro otra vez, caliente, abundante, llenándome hasta que sentí el exceso resbalar hacia el culo.

Me desató. Me lamió las muñecas enrojecidas. Nos quedamos abrazados viendo el vídeo una vez más, su polla blanda contra mi muslo pegajoso. Dormimos así, su brazo sobre mi cintura, el olor a sexo y a traición impregnando las sábanas que mi marido estrenaría al volver.

Por la mañana el sol entró a rajatabla. Roman ya estaba duro otra vez. Me monté a horcajadas, lo guié dentro y me lo follé despacio mientras el café se hacía abajo. Después bajamos. Yo me puse solo una camisa de él, sin nada debajo. El portátil en la mesa de la cocina. La videollamada de mi marido entró puntual.

—Hola, cariño —sonreí a la cámara, acomodándome en la silla.

Roman se arrodilló bajo la mesa. Me abrió las piernas. Su lengua caliente recorrió mi coño hinchado, recogió el semen de la noche y se concentró en el clítoris. Yo mantuve la sonrisa.

—Te echo de menos también —dije con voz casi normal mientras Roman me chupaba con hambre—. ¿Cómo va la conferencia?

Debajo, él sacó la polla, me agarró las caderas y me obligó a deslizarme hasta el borde de la silla. Me penetró de un empujón seco. Tuve que morder el interior de la mejilla para no gemir. Cada embestida era corta, profunda, oculta por el mantel. Yo hablaba de la compra, del tiempo, de lo mucho que lo quería, y cada «te quiero» salía con la polla de mi hijastro enterrada hasta el fondo.

—Te quiero —repetí más claro, mirando a los ojos de mi marido en la pantalla mientras Roman me follaba el coño empapado bajo la mesa—. Vuelve pronto.

Roman aceleró. Su mano me frotó el clítoris. Me corrí en silencio, las piernas temblando, el orgasmo sacudiéndome por dentro mientras sonreía y besaba la cámara. Él se salió, se corrió en mi muslo abierto y me obligó a recoger el semen con los dedos y chuparlo sin que la cámara lo viera. Colgué. Me caí de rodillas al suelo de la cocina y le limpié la polla con la boca hasta dejarla brillante otra vez.

—Último día —jadeó él, levantándome—. Quiero más.

Me llevó al salón, me puso a cuatro patas en la alfombra donde su padre veía el fútbol y me embistió sin piedad. Me azotó las nalgas hasta dejarlas rojas. Me tiró del pelo. Me hizo decir una y otra vez que era su puta de madrastra, que prefería su leche a cualquier otra cosa. Me corrí gritando. Él me llenó otra vez. Después me llevó a la ducha, me jabonó, me metió los dedos y me hizo correrme contra los azulejos. Por la tarde volvimos a la tienda solo para follar entre las estanterías una última vez: de pie, contra los vinilos de los ochenta, mi falda subida, su polla entrando y saliendo brillante, el cartel de cerrado en la puerta. Grabamos otro vídeo corto, consentido, mi cara contra un disco de Led Zeppelin mientras él me daba por detrás y yo gemía su nombre.

Al anochecer, de vuelta en la cama de matrimonio, el móvil marcaba la hora de llegada del avión. Roman me ató otra vez, esta vez con las dos corbatas, me abrió de piernas y me comió el coño hasta que lloré de sobreestimulación. Después me folló mirándome a los ojos, lento y posesivo, susurrándome que al día siguiente tendríamos que fingir en el desayuno, que yo me sentaría con el semen de él todavía dentro mientras mi marido me besaba la mejilla. Me corrí con ese pensamiento. Él se vació por última vez, profundo, y se quedó dentro mientras el sudor se enfriaba.

Oímos el taxi parar fuera. Roman se vistió a toda prisa, bajó a su habitación, dejó la puerta entreabierta. Yo me metí en la ducha rápida, me puse el camisón, abrí la ventana para que saliera el olor. Las llaves en la cerradura. Mi marido entró, me abrazó, me besó con cariño cansado de viaje. Su maleta en el recibidor. Roman bajó fingiendo sueño, lo abrazó también, «bienvenido, papá». Cenamos algo ligero. Yo sentía el semen reseco en los muslos y la marca de las corbatas en las muñecas escondidas bajo las mangas. En la cama conyugal mi marido me abrazó por la espalda y se durmió en minutos. Yo miré el techo, el cuerpo todavía zumbando.

Roman se deslizó en silencio al rato. Me encontró despierta. Me besó el hombro. Su mano bajó, me encontró mojada otra vez. Me folló en silencio absoluto, cucharita, muy lento, mientras el hombre que compartía mi cama roncaba a mi otro lado. Me corrí mordiendo la almohada. Él se salió y se fue antes del amanecer. Al día siguiente todo fue normal: café, periódicos, sonrisas. El secreto pesaba exactamente lo que necesitábamos para seguir respirando.

Y fue entonces, semanas después, cuando encontré el USB escondido detrás del vinilo de Deep Purple y lo destruí sin mirarlo, cuando comprendí que el susurro que había despertado al hijastro en la tienda de discos nunca había sido sobre él, sino sobre el día en que yo misma decidí dejar de desear en secreto y volver a ser solo mía.

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