Cruzando Miradas en el Jacuzzi
Selena, de 32 años y casada, se folla salvajemente a su cuñado Andre de 28 en el jacuzzi mientras su marido está ausente.
El sol de agosto se deshacía en el horizonte cuando Selena llegó a la casa familiar de la costa. Treinta y dos años, cuerpo firme de quien no deja de cuidarse, piel morena todavía caliente del trayecto en coche. El vestido ligero se le pegaba a los muslos. Su marido, el ejecutivo siempre con maleta y teléfono, había cancelado a última hora por una reunión en el extranjero. «Ve tú, cariño. Descansa. Yo llego el lunes». Como siempre.
La casa olía a madera y salitre. Selena dejó la bolsa en el recibidor y escuchó el lejano chapoteo del agua. Marcos —no, Andre— debía de haber llegado antes. Su cuñado de veintiocho años, el hermano menor de su marido, entrenador personal de esos que viven en el gimnasio. Llevaban años viéndose en Navidades y cumpleaños, cruzando miradas que duraban un segundo de más, sonrisas torcidas que ninguno mencionaba. Deseo acumulado, callado, reprimido bajo la etiqueta de familia política.
Salió al patio trasero. El jacuzzi humeaba bajo la luz dorada del atardecer. Andre estaba ya dentro, brazos abiertos sobre el borde de piedra, pecho mojado, gotas resbalándole por los abdominales marcados. El agua le llegaba a la cintura. Al verla, sonrió con esa mezcla de insolencia y calidez que siempre la desarmaba.
—Pensé que veníais los dos —dijo él, voz grave, sin moverse.
—Solo yo. Tu hermano tiene trabajo. Otra vez.
Selena se acercó despacio. Notó cómo los ojos de Andre bajaban por su cuello, por el escote del vestido, por las piernas. Ella hizo lo mismo: el bulto bajo el agua, apenas visible, la línea de la clavícula, la mandíbula sin afeitar. Seis años viéndolo crecer de chico a hombre y nunca habían estado solos así, en una casa vacía, con el mar de fondo y nadie esperándolos.
—El agua está perfecta —murmuró Andre—. Entra.
Ella dudó solo un instante. Luego se deslizó el vestido por los hombros. Debajo llevaba solo un bikini negro, el de abajo un hilo que se le perdía entre las nalgas. Andre no apartó la vista. Selena entró en el jacuzzi; el calor le subió por las pantorrillas, por los muslos, le arrancó un suspiro. Se sentó frente a él, a un metro de distancia, el agua burbujeando entre ambos.
—Hace tiempo que no coincidimos así —dijo ella, tuteándolo como siempre.
—Demasiado tiempo.
El silencio se llenó del rumor del agua y del canto lejano de unas cigarras. Selena apoyó la cabeza en el borde y cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Andre la miraba sin disimulo. La tensión era un hilo grueso entre los dos, tirante, cargado de todo lo que nunca se habían dicho en las cenas de Navidad, en los abrazos de despedida que duraban tres segundos de más.
—Tu hermano habla mucho de ti —soltó Andre de pronto—. De lo bien que estás, de lo poco que te ve. Dice que te dejas la piel en la casa y en el trabajo.
—Y tú hablas poco de ti —replicó Selena, sonriendo con medio lado de la boca—. Solo mandas fotos de clientes sudados y de tus comidas de pollo con brócoli.
Andre se rió bajo. Se acercó un poco, el agua se movió. Ahora estaban a medio metro. Selena notó el olor a cloro y a su colonia, algo amaderado y limpio. El pecho de él subía y bajaba. Ella recordó de golpe la última Navidad: Andre ayudándola a recoger la mesa, rozándole la cadera «sin querer», ella fingiendo que no había notado la erección contra su muslo cuando se abrazaron de despedida. Años de eso. Miradas. Deseos guardados como secretos sucios.
—Siempre me has mirado así —dijo él de golpe, sin adornos.
Selena no fingió.
—Y tú a mí.
El agua burbujeaba entre sus pechos. El bikini negro se le transparentaba un poco; los pezones se le habían endurecido con el contraste del aire fresco de la tarde y el calor del jacuzzi. Andre lo vio. Ella lo vio mirarlo. Ninguno apartó la vista.
—Si mi hermano estuviera aquí…
—No está —cortó Selena, voz más baja, más ronca—. No está y no va a estar.
Andre se movió. Ahora sus rodillas casi se tocaban bajo el agua. Selena notó el roce accidental de un pie contra el suyo. No lo retiró. El corazón le latía en la garganta, en las sienes, entre las piernas. Llevaba meses sin que su marido la tocara de verdad; folladas rápidas entre vuelos, siempre con prisas, siempre con él mirando el reloj. Andre, en cambio, la miraba como si tuviera toda la noche y todas las ganas del mundo concentradas en ese metro cuadrado de agua caliente.
—Cuántas veces has pensado en esto —preguntó él, sin sonreír ya.
—Demasiadas.
—Yo también. En el gimnasio, cuando me ducho. En la cama. En las putas cenas familiares cuando te sientas al lado y huelo tu perfume.
Selena tragó saliva. El calor del jacuzzi ya no era solo del agua; le subía por el vientre, le humedecía el coño dentro del bikini. Cruzó las piernas un segundo y el roce de la tela mojada contra el clítoris le arrancó un escalofrío visible.
—Andre…
—Dime que pare y paro —dijo él, acercándose otro palmo—. Dime que esto es una mierda y que somos familia política y que tu marido confía en mí. Dímelo y me levanto y me voy a mi habitación a pajearme pensando en ti como siempre.
Ella no dijo nada. En su lugar, extendió una mano bajo el agua y tocó la rodilla de él. Los dedos subieron un poco por el muslo poderoso, sintiendo el vello corto, el músculo tenso. Andre exhaló por la nariz, pesado. Su polla, ya dura, se levantaba bajo el agua; Selena lo rozó con el dorso de los dedos casi sin querer y él soltó un «joder» ahogado.
—No pares —susurró ella.
Andre se cerró la distancia de una vez. Sus manos grandes le agarraron la cintura bajo el agua, la atrajeron hasta que quedó a horcajadas sobre sus muslos, el bikini de ella rozando la polla gruesa y caliente de él solo cubierta por el bañador negro. Selena gimió al sentir la dureza contra su coño. Se movió, un vaivén corto, frotándose. Andre le mordió el cuello, no con suavidad: un mordisco que iba a dejar marca.
—Llevas años provocándome con esa sonrisa de casada perfecta —gruñó contra su piel—. Con esos vestidos en las comidas. Con el modo en que te chupas el tenedor cuando crees que nadie te mira.
—Y tú con esas camisetas ajustadas —jadeó ella, frotándose más despacio, más sucio—. Con las venas de los brazos. Con esa polla que se te marca cuando te pones de pie después de estar sentado.
Las manos de Andre bajaron a sus nalgas, las apretaron, las separaron un poco bajo el agua. Los dedos se colaron bajo el hilo del bikini y rozaron el agujero del culo, solo un toque, una promesa. Selena arqueó la espalda. El pecho se le salía casi del top del bikini; Andre bajó la cabeza y le chupó un pezón por encima de la tela, después tiró de ella con los dientes hasta dejarlo al aire y lamió el pezón duro, salado por el agua.
—Quiero follarte aquí —dijo él, voz rota de ganas—. Quiero metértela entera mientras miras la puerta por si alguien llega, aunque no vaya a llegar nadie. Quiero que grites mi nombre y no el de mi hermano.
Selena le agarró el pelo húmedo y le levantó la cara. Se besaron por fin: lengua, dientes, saliva, años de contención rompiéndose de golpe. Ella se frotaba más rápido contra la polla de él; la tela de ambos bañadores era un estorbo insultante. Andre le metió dos dedos por debajo del bikini, los hundió en su coño empapado —no solo de agua del jacuzzi— y los curvó hacia arriba.
—Estás chorreando, cuñada —dijo contra su boca, la palabra «cuñada» dicha como un insulto dulce, sucio—. Tan mojada solo de mirarme. Imagina cuando te la meta.
Selena cabalgó esos dedos, jadeando, los pechos pegados al pecho mojado de él. El sol ya se había ido; solo quedaba la luz artificial del patio y el vapor del agua. A lo lejos, el mar rompía contra las rocas. Nadie más en la casa. Nadie más en kilómetros. Solo ellos dos, el jacuzzi y todo lo que llevaban guardado.
Andre le sacó los dedos y se los ofreció a la boca. Ella los chupó sin dudar, saboreándose a sí misma mezclada con el cloro. Después bajó una mano y liberó la polla de él del bañador: gruesa, venosa, la cabeza hinchada y morada, palpitándole en la palma. Lo masturbó lento bajo el agua, sintiendo cómo se le ponía todavía más dura.
—Dios, qué gorda la tienes…
—Toda para ti esta noche —respondió él, empujando las caderas hacia su puño—. Si quieres.
Selena lo miró a los ojos. No había alcohol en ninguno de los dos. No había dudas borrosas. Solo ganas claras, adultas, consensuadas, sucias.
—La quiero —dijo—. Quiero que me la metas. Quiero que me folles como si no hubiera mañana y como si tu hermano no existiera.
Andre le apartó el bikini de un tirón hacia un lado. La cabeza de su polla rozó el coño abierto de Selena. Ella se hundió un centímetro, solo la punta, y ambos soltaron un gemido largo. Pero no bajó del todo. Se quedó ahí, temblando, mirándolo, el agua agitada entre sus cuerpos.
—Todavía podemos parar —susurró Andre, aunque sus manos ya le apretaban las caderas con fuerza de quien no piensa soltar.
Selena sonrió, una sonrisa oscura, de mujer que lleva demasiado tiempo fingiendo que no quiere esto.
—Ni de coña.
Y se dejó caer otro poco, sintiendo cómo la abría, cómo la llenaba centímetro a centímetro, mientras fuera el atardecer terminaba de morirse y dentro de la casa vacía el silencio se convertía en cómplice. El agua chapoteaba. Sus respiraciones se mezclaban. La traición sabía a cloro y a saliva y a años de espera. Y apenas acababan de empezar.
Se hundió más, centímetro a centímetro, y la polla gruesa de Andre le abrió el coño con una lentitud brutal que le arrancó un gemido ronco del pecho. El agua del jacuzzi chapoteaba alrededor de sus caderas mientras el grosor la llenaba, estirándola, empujando hacia adentro hasta que las nalgas de Selena chocaron contra los muslos mojados de él. Quedó empalada hasta el fondo, temblando, el clítoris aplastado contra la base dura y caliente.
—Joder, qué apretada estás —gruñó Andre contra su cuello, las manos clavándole los dedos en las caderas con fuerza suficiente para dejar moratones—. Llevas años mirándome en el gimnasio como si quisieras esto. ¿Te gustaba verme entrenar, cuñada? ¿Te mojabas viéndome levantar pesas sudado?
Selena se arqueó hacia atrás, las tetas al aire, los pezones duros rozándole el pecho mojado. Cabalgó un vaivén corto, sintiendo cada vena de aquella polla latirle dentro.
—Me encantaba —jadeó ella, voz rota—. Esas camisetas empapadas pegadas a tus abdominales… cómo se te marcaba la polla en el pantalón corto cuando hacías sentadillas. Me iba a casa y me metía los dedos pensando en ti mientras tu hermano dormía al lado. Me corrías sin tocarme.
Andre le agarró el culo con las dos manos y la alzó un poco solo para soltarla de golpe, clavándosela entera otra vez. El agua saltó. Selena gritó, un sonido crudo que se perdió entre el vapor y el rumor lejano del mar. Él empezó a follarla desde abajo, embestidas cortas y profundas, la cabeza de la polla golpeándole el fondo del coño una y otra vez.
—Tu cuerpo me vuelve loco —dijo él entre embestidas, mirándola fijamente—. Esas tetas firmes, esa cintura, ese coño que chorrea solo de mirarme. Eres más puta de lo que finges en las cenas familiares. Más caliente. Más hambrienta.
Los pies de Selena se rozaron con los de Andre bajo el agua burbujeante mientras ella se acomodaba mejor, abriendo más las piernas. El contacto de la piel mojada, el roce intencional de talones y tobillos, les envió una corriente eléctrica que no tenía nada de accidental. Ambos lo notaron. Ambos lo dejaron continuar, entrelazando un instante los pies como si sellaran el pacto sucio.
—Llevamos demasiado tiempo deseándonos —susurró Selena, clavándole las uñas en los hombros anchos—. Demasiadas miradas. Demasiadas pollas imaginarias follándome mientras te veía. Ya no aguanto más. Quiero que me uses. Que me folles como la casada puta que soy por ti.
Andre le mordió el labio inferior y la hizo girar sin sacar la polla, poniéndola de espaldas contra su pecho, todavía sentada a horcajadas al revés. Las burbujas del jacuzzi le golpeaban el clítoris hinchado. Él le rodeó la cintura con un brazo y le metió la mano entre las piernas, frotándole el bulto sensible con dos dedos torpes y urgentes mientras la embestía desde abajo con fuerza salvaje. El chapoteo se volvió rítmico, obsceno, el agua salpicando fuera del borde de piedra.
—Dilo más alto —ordenó él al oído, la voz grave y cargada—. Dime que quieres mi polla y no la de mi hermano. Dime que este coño es mío esta noche.
—Es tuyo —gimió Selena, rebotando sobre él, las tetas saltándole con cada embestida—. Tu polla gorda me llena como él nunca lo hace. Fóllame más fuerte, Andre. Rómpeme. Quiero ir cojeando mañana y que él no sepa por qué.
Él obedeció. La agarró de las caderas y la alzó casi por completo hasta que solo la cabeza hinchada quedó dentro, después la soltó con un empujón brutal que la hizo gritar de placer puro. El coño de Selena se contrajo alrededor de él, chorreando jugos que se mezclaban con el agua caliente. Ella miró hacia la puerta de cristal de la casa vacía, el corazón latiéndole desbocado no por miedo real sino por la excitación del riesgo imaginado. Nadie iba a llegar. El marido estaba a miles de kilómetros. Solo quedaban ellos dos y el deseo prohibido que por fin explotaba.
Andre le chupó el lóbulo de la oreja y le habló sucio, sin filtro:
—Mira cómo te comes mi polla. Tan profunda. Tan mojada. Llevo meses pajeándome pensando en follarte en este jacuzzi exactamente así… con tu bikini a un lado, el agua cubriéndonos y tú corriendo en silencio para que los vecinos no oigan. Pero ya no quiero silencio. Quiero oírte.
Selena se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el borde del jacuzzi, ofreciéndole el culo. Andre se incorporó detrás de ella sin salir del todo, de rodillas en el asiento sumergido, y empezó a dar embestidas largas y potentes. El sonido de piel mojada contra piel mojada llenó el patio. Cada embestida le hacía temblar los muslos. Cada retirada le dejaba el coño abierto y palpitante un segundo antes de volver a llenarlo hasta el fondo.
—Me gusta cómo se te marca el cuerpo —jadeó él, una mano subiendo a apretarle una teta, pellizcándole el pezón—. Firme. De mujer que se cuida. De mujer que se folla a escondidas. Ese culo redondo rebotándome… joder, Selena, te voy a dejar el coño abierto y rojo.
Ella empujó hacia atrás al mismo ritmo, encontrando cada embestida, el clítoris rozando el agua agitada. El orgasmo empezaba a construirle en la base del vientre, pesado, inevitable. Pero no quería corrérselo todavía. Quería alargar esto. Quería más.
—Sácamela —pidió de pronto, la voz temblorosa de ganas—. Quiero chupártela. Quiero saborearme en tu polla.
Andre salió de ella con un sonido húmedo. Selena se giró de inmediato, el agua hasta la cintura, y se agachó entre sus piernas abiertas. La polla de él sobresalía del agua, brillante de sus jugos, gruesa, las venas hinchadas, la cabeza morada y goteando. Ella la agarró con las dos manos y la lamió de base a punta, saboreando el sabor a coño y cloro. Después se la metió entera en la boca, relajando la garganta, chupando con ganas sucias mientras lo miraba a los ojos.
Andre le agarró el pelo mojado y le guió la cabeza, follándole la boca con embestidas controladas.
—Así… trágatela. Chúpame como la puta casada que eres por tu cuñado. Dios, qué boca tienes…
Selena babó alrededor del grosor, la saliva mezclándose con el agua. Le masajeó los huevos apretados con una mano mientras chupaba profundo, sintiendo cómo la polla le latía contra la lengua. Cuando notó que él se tensaba demasiado, se apartó con un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza hinchada.
—No todavía —dijo ella, subiendo otra vez a su regazo—. Métela otra vez. Fóllame hasta que no pueda pensar.
Andre la levantó por el culo y la empaló de un solo empujón. Selena gritó contra su hombro. Empezaron a follar otra vez, más salvaje, más desesperado. El agua salía a borbotones del jacuzzi. Los pies se volvieron a rozar bajo la superficie, un contacto íntimo y casi tierno en medio de la brutalidad. Ambos lo reconocieron en silencio un segundo: llevaban años deseándose, y ahora las palabras ya no bastaban, solo el roce de cuerpos, el chapoteo, los gemidos.
—Te quiero dentro hasta que amanezca —jadeó Selena, clavándole las uñas en la espalda—. Quiero que me corras dentro, que me dejes llena, que camine mañana con tu leche resbalándome por los muslos mientras hablo con tu hermano por teléfono.
Andre le mordió el cuello otra vez, más fuerte, y aceleró el ritmo. El coño de ella lo apretaba, caliente, baboso, perfecto. La traición sabía a sal y a cloro y a años de contención rotos. Segían follando bajo la luz del patio, el vapor subiendo, los cuerpos resbaladizos, el deseo prohibido ya sin freno… y todavía les quedaba toda la noche por delante, la casa vacía y ganas de no parar.
El agua del jacuzzi seguía burbujeando alrededor de sus caderas cuando Selena se reacomodó a horcajadas sobre Andre, hundiendo la polla gruesa hasta el fondo otra vez. El chapoteo era obsceno, rítmico, llenando el patio vacío mientras ella empezaba a cabalgarlo con fuerza, subiendo y bajando las caderas con un vaivén salvaje que hacía saltar el agua por encima del borde de piedra. Cada bajada la empalaba completa; cada subida dejaba solo la cabeza hinchada rozándole la entrada antes de volver a tragarla entera. Andre le agarró las tetas con las dos manos, apretándolas con fuerza, amasándolas, los pulgares frotándole los pezones duros y salados hasta que ella arqueó la espalda y gimió alto.
—Joder, sí… apriétamelas así —jadeó Selena, rebotando más rápido, el clítoris golpeando contra la base de él en cada embestida—. Chúpamelos. Quiero sentir tu boca mientras te como la polla con el coño.
Andre obedeció sin dudar. Bajó la cabeza, le metió un pezón en la boca y chupó con ganas, la lengua girando alrededor del pezón hinchado, los dientes rozándolo lo justo para hacerla temblar. La otra teta la seguía apretando con la mano libre, pellizcando, tirando, marcándole la carne firme. Selena cabalgaba como una poseída, el agua salpicándole la espalda, los muslos temblando de esfuerzo y placer. El coño se le contraía alrededor de aquella verga venosa, empapándola de jugos que se mezclaban con el cloro caliente. Pensaba en su marido a miles de kilómetros, en las cenas familiares donde fingía no mirar a Andre, en cómo se había corrido tantas veces sola imaginando exactamente esto: a horcajadas sobre el cuñado, follándoselo sin piedad mientras él le devoraba las tetas.
—Eres una puta… —gruñó Andre contra su pecho, chupando el otro pezón ahora, dejando la piel roja y brillante—. Una puta casada que se come la polla de su cuñado como si le fuera la vida. Mira cómo te subes y bajas. Cómo te abre. Llevas años queriendo esto, ¿verdad? Años mirándome y mojándote en silencio.
—Sí —confesó ella, la voz rota, acelerando el ritmo hasta que el chapoteo se volvió casi violento—. Siempre quise tu verga. En las Navidades, en los cumpleaños, cuando te abrazabas a mí y se te marcaba. Me iba al baño a meterme los dedos pensando en ti. Fóllame más fuerte, Andre. Usa este coño.
Él le soltó las tetas solo para agarrarle las caderas y ayudarla a rebotar más duro, clavándosela desde abajo con embestidas que le hacían gritar. El pecho de Selena le golpeaba la cara; él volvía a chupar, a morder suave, a marcar. El orgasmo le construía ya en el vientre, pesado y caliente, pero no quería soltarlo todavía. Quería más. Quería que la destrozara.
De pronto Andre la levantó casi por completo, saliendo de ella con un sonido húmedo y obsceno. Selena gimió por la pérdida, el coño palpitándole abierto y vacío. Él la giró con manos firmes, la puso de espaldas contra el borde del jacuzzi, el pecho y las tetas aplastados contra la piedra mojada y fría, el culo en alto fuera del agua casi por completo. Se colocó detrás, le separó las nalgas y le metió la polla de un solo empujón brutal, hasta el fondo, arrancándole un grito crudo que se perdió en el vapor.
—Así te quiero —dijo él, tirándole del pelo mojado con una mano, forzándole la cabeza hacia atrás mientras empezaba a embestirla con fuerza salvaje—. De espaldas, como la puta infiel que eres. Siempre quisiste mi verga, ¿no? Siempre. Desde que me viste en el gimnasio, desde las primeras cenas. Confiesa.
—Siempre —jadeó Selena, empujando el culo hacia atrás para encontrarse cada embestida—. Siempre quise que me la metieras. Que me follaras como tu hermano nunca hace. Más fuerte, joder… rómpeme.
Andre le tiraba del pelo al ritmo de las embestidas, la otra mano clavándole los dedos en la cadera. La polla entraba y salía con violencia, el sonido de piel mojada contra piel mojada llenándolo todo, el agua salpicando en cascada. Cada estocada le golpeaba el fondo del coño; cada retirada la dejaba abierta y chorreando un segundo antes de volver a llenarla. Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le susurró al oído, la voz grave y sucia:
—Eres una puta infiel. Una casada que se deja follar por el hermano de su marido en el jacuzzi familiar. Mira cómo te comes mi polla. Cómo se te abre el coño. Siempre lo quisiste. Siempre estuviste mojada por mí en esas putas reuniones. Ahora te la comes entera y gritas como la zorra que eres.
Selena solo podía gemir y empujar hacia atrás, el clítoris rozando el borde de piedra con cada movimiento, el placer subiendo en oleadas. Andre sacó la polla de golpe, la agarró del pelo y la obligó a girarse medio cuerpo, empujándole la cabeza hacia abajo.
—Chúpamela. Ahora. Con ganas. Quiero ver cómo te saboreas en mi verga.
Ella se agachó entre el agua y el borde, le abrió la boca y se la tragó entera, saboreando sus propios jugos mezclados con el sabor salado de él. Chupó con hambre, la lengua girando alrededor de la cabeza, bajando hasta la base, babando, mirándolo hacia arriba mientras él le follaba la garganta con embestidas cortas. Andre le sujetaba el pelo, controlando el ritmo, gruñendo de placer.
—Así… trágatela toda. Qué boca de puta tienes, cuñada. Chúpame los huevos también. Prepárate, porque te la voy a volver a meter hasta que grites.
Cuando sintió que estaba al borde, la apartó, la volvió a poner de espaldas contra el borde y se la clavó otra vez de un empujón brutal. Alternaba: tres, cuatro embestidas salvajes que le hacían temblar las piernas, después la sacaba, le tiraba del pelo y se la metía en la boca otra vez para que la chupara empapada de coño, saliva y cloro. Selena lo hacía con ganas, succionando, lamiendo, pidiendo más entre bocanadas. El agua les llegaba a medio muslo; el vapor les empañaba la piel; el mar lejano era solo un rumor de fondo.
—Otra vez —ordenó él, y volvió a follarla por detrás, tirándole del pelo, gritándole al oído que era una puta infiel, que siempre había querido su verga, que su coño era de él esa noche y todas las que hicieran falta. Selena se corría ya sin freno, el orgasmo estallándole en el vientre con contracciones violentas que le apretaban la polla de Andre como un puño. Gritó su nombre, el cuerpo sacudido, el coño chorreando a borbotones mientras él la embestía sin piedad a través de las oleadas.
—Me corro… joder, Andre, me corro en tu polla…
Él no paró. La folló a través de su orgasmo, prolongándolo, y cuando ella empezó a aflojar las piernas la sacó otra vez, le puso la polla en la boca y se la folló la garganta unas cuantas veces más antes de volver a meterla en el coño. El ritmo era brutal, desesperado. Andre le tiraba del pelo, le apretaba las tetas por debajo, le susurraba suciedades sin parar:
—Puta infiel… siempre quisiste esto… mi verga gorda abriéndote mientras tu marido trabaja… trágatela… ahora te la como yo el coño…
Selena se corrió una segunda vez casi de inmediato, más fuerte, las piernas fallándole, el borde del jacuzzi el único soporte. Andre la sintió apretarlo y aceleró, embistiendo profundo, salvaje, hasta que se tensó todo y se corrió dentro de ella con un gruñido largo, bombeándole chorros calientes de leche que le llenaron el coño a rebosar. Siguió empujando mientras se vaciaba, lento ahora, profundo, sintiendo cómo el semen se le escapaba alrededor de la polla y se mezclaba con el agua.
Quedaron temblando, unidos, el vapor subiendo entre ellos. Andre le soltó el pelo con suavidad, le besó la nuca mojada, pero no salió del todo. Selena sentía la polla todavía palpitándole dentro, semi-dura, y el semen caliente resbalándole muslo abajo bajo el agua. El corazón le latía desbocado. Miró hacia la casa oscura, hacia la puerta de cristal, y una sonrisa cansada y sucia se le dibujó en la boca.
—No hemos terminado —susurró ella, moviendo las caderas apenas, sintiéndolo latir—. Quiero más. Quiero que me la metas otra vez en la habitación. Quiero que me despiertes follándome mañana. Y cuando tu hermano llame… quiero contestar con tu leche todavía dentro.
Andre empujó una vez más, profundo, y le mordió el hombro con una promesa muda. El jacuzzi burbujeaba. La noche era larga. La casa seguía vacía. Y ninguno de los dos pensaba en parar del todo.
Continuaron unidos en el agua caliente, el cuerpo de Selena todavía temblando sobre el de Andre, la polla de él semi-dura pero latente en lo más hondo de su coño empapado. Ella movió las caderas con una lentitud deliberada, un círculo sucio que lo hizo endurecerse otra vez dentro de ella, centímetro a centímetro, hasta volver a llenarla por completo. El semen anterior se mezclaba con sus jugos frescos y el cloro, resbalando entre ambos cada vez que ella subía un poco y volvía a bajarse. Andre le agarró la cintura con las manos grandes, ayudándola a cabalgarlo sin prisa, sintiendo cómo el coño de su cuñada lo exprimía con esas contracciones post-orgasmo que aún no habían cesado del todo.
—Míralo cómo vuelve a ponerse dura solo de tenerte así —gruñó él contra su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Todavía llena de mi leche y ya me la estás pidiendo otra vez. Eres una puta insaciable, Selena.
Ella jadeó, arqueando la espalda para que él le chupara las tetas otra vez. Los pezones le dolían de lo mucho que los había succionado, hinchados y sensibles, y cada lametón le enviaba descargas directas al clítoris. El agua burbujeaba alrededor de sus muslos abiertos; el vapor les empañaba la piel morena y la pálida de él. Selena pensó en las cenas familiares, en cómo fingía no notar la erección de Andre bajo la mesa, en cómo se masturbaba después en el baño de invitados con los dedos oliendo a su propio coño. Ahora lo tenía entero, grueso, abriéndola sin piedad, y no pensaba soltarlo.
Se alzó casi hasta sacar la cabeza hinchada y se dejó caer de golpe, empalándose hasta que las nalgas le golpearon los muslos de él. El chapoteo fue obsceno. Andre le clavó los dedos en las caderas y empezó a embestir desde abajo, embestidas profundas y lentas al principio, después más rápidas, más brutales, el agua saltando fuera del jacuzzi en oleadas. Cada estocada le rozaba ese punto exacto dentro que la hacía ver estrellas. Ella se aferró a sus hombros anchos, las uñas marcándole la piel, y le habló al oído entre gemidos:
—Más… fóllame como si fueras a dejármelo roto. Quiero sentir tu polla mañana cuando me siente a desayunar. Quiero que tu leche se me escurra mientras hablo por teléfono con tu hermano.
Andre la giró sin salir del todo, poniéndola de rodillas en el asiento sumergido, el pecho apoyado en el borde de piedra. Se colocó detrás y le separó las nalgas con las dos manos, mirando cómo el coño abierto y rosado tragaría su verga otra vez. Entró de un solo empujón hasta el fondo, arrancándole un grito ronco. Empezó a dar embestidas largas, sacándola casi entera y volviendo a clavársela de golpe. El sonido de carne mojada contra carne mojada llenó el patio. Selena empujaba el culo hacia atrás para encontrarse cada embestida, el clítoris frotándose contra el agua agitada, el placer construyéndose de nuevo en el vientre como una bola de fuego.
—Dime que este coño es mío —ordenó él, tirándole del pelo mojado para forzarle la cabeza hacia atrás—. Dime que la próxima vez te la voy a meter en la cama donde duermes con mi hermano.
—Es tuyo —gimió ella, la voz rota—. Toda tuya. La próxima vez quiero que me folles en nuestra cama matrimonial. Quiero que me corras dentro mientras huelo sus sábanas. Quiero mancharlas de nosotros dos.
Andre aceleró. Le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba sin piedad, el ritmo salvaje, el agua salpicando por todas partes. Selena se corrió otra vez con un grito ahogado, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla de él, chorreando jugos calientes que se perdían en el jacuzzi. Él no paró. La embistió a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella casi no podía sostenerse, las piernas temblando, el borde de piedra el único ancla.
Cuando sintió que él se tensaba, Selena apretó más, cabalgando hacia atrás con desesperación.
—Déntro… córrete otra vez dentro de mí. Lléname. Quiero que se me escape por los muslos mientras te beso.
Andre gruñó largo y profundo, clavándose hasta el fondo y vaciándose en oleadas calientes. Chorros espesos de leche le llenaron el coño a rebosar, tanto que el exceso salió alrededor de la polla y se mezcló con el agua burbujeante. Él siguió empujando despacio mientras se descargaba, profundo, completo, sintiendo cómo el semen caliente se le escapaba. No salió. Se quedó enterrado hasta las bolas, la polla todavía palpitando, semi-dura, atrapada en el calor apretado de ella.
Selena jadeaba satisfecha, el pecho subiendo y bajando con fuerza, la espalda apoyada contra el pecho mojado de Andre. Él le rodeó la cintura con los brazos, sin retirarse ni un centímetro. Ambos se miraron por encima del hombro de ella: complicidad culpable, ojos oscuros de placer recién gastado y de la certeza de que aquello no había sido un desliz único. Sabían que era el comienzo de una aventura secreta, de noches robadas, de mentiras compartidas, de deseos que ya no se iban a contener. El mar lejano rompía contra las rocas. El vapor subía entre ellos. El silencio de la casa vacía pesaba como un cómplice.
Selena se giró un poco sin dejar que saliera, lo suficiente para buscarle la boca. Lo besó con lujuria cruda, lengua profunda, dientes rozando labios, saboreando la sal y el cloro y el sabor de su propia boca. Entre el beso susurró contra sus labios, la voz ronca y decidida:
—La próxima vez será en la cama matrimonial de tu hermano. Quiero que me folles ahí, despacio primero y después salvaje, hasta que las sábanas huelan solo a nosotros. Y después otra vez. Y otra. Esto no se acaba aquí, Andre. Acaba de empezar.
Él respondió el beso con la misma hambre, empujando una última vez dentro de ella para sellar la promesa, la polla todavía enterrada, el semen caliente goteándole por el muslo bajo el agua. Selena sonrió contra su boca, exhausta y voraz a la vez, el corazón latiéndole desbocado de placer y de la dulce traición.
De pronto, el silencio se rompió.
El teléfono de Selena, olvidado sobre la toalla junto al borde del jacuzzi, empezó a vibrar y a sonar con el tono insistente de una videollamada entrante. La pantalla se iluminó en la oscuridad del patio: la foto de su marido, el nombre claro, la hora imposible. A la vez, desde el camino de entrada, se oyeron neumáticos sobre la grava y el haz de unos faros barrió la fachada de la casa. Alguien acababa de aparcar.
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