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Rendida al Desconocido en el Karaoke

Ana, de 32 años, se rinde en el karaoke a la gruesa polla de Víctor mientras su marido Carlos mira y se pajea.

25 min read October 08, 2026New

Ana tenía treinta y dos años y un cuerpo que todavía hacía girar cabezas: pechos firmes, culo redondo y una cintura que Carlos, su marido de treinta y cinco, no se cansaba de agarrar. Llevaban puesto su mejor ropa de sábado —ella un vestido corto negro que le marcaba las tetas y a él una camisa abierta en el pecho— porque era su aniversario y habían decidido celebrarlo en aquel bar de karaoke del centro, con luces rojas, olor a cerveza y un escenario pequeño donde cualquiera podía hacer el ridículo o quedar como un dios.

La mesita del fondo era suya. Carlos le sirvió otro vaso de vino tinto sin alcohol, solo el sabor, y le rozó el muslo por debajo de la mesa.

—Feliz aniversario, putita mía —susurró, y Ana se rió, mordiéndose el labio.

—Cállate, Carlos. Aquí nos oyen.

Pero a ella le gustaba. Le gustaba cuando él le hablaba así, cuando la miraba como si quisiera comérsela entera. Llevaban años de matrimonio y todavía se follaban como perros en celo la mayoría de las noches. Lo que no sabía ella —o tal vez sí, en el fondo— era hasta dónde quería empujarla él esa noche.

Entonces subió al escenario el desconocido.

Víctor tenía treinta y ocho años, medía casi un metro noventa y el cuerpo de alguien que se pasaba horas en el gym: hombros anchos, pecho grueso, brazos marcados bajo la camiseta negra ajustada. El pelo oscuro peinado hacia atrás, la mandíbula cuadrada y una sonrisa de depredador cuando cogió el micro. La sala se calló un segundo. Ana notó el calor subirle por el cuello antes de que él abriera la boca.

La canción era lenta, pegajosa, de esas que se te meten entre las piernas. Víctor no miró a nadie más. Sus ojos marrones se clavaron en Ana como si la conociera de toda la vida, como si ya se la hubiera follado en la cabeza mil veces. Cantaba con voz grave, grave de verdad, y cada verso parecía rozarle los pezones a través del vestido. Ana se removió en la silla. Notó la humedad entre los labios de su coño casi al instante.

Carlos se dio cuenta. Por supuesto que se dio cuenta. Su mano subió un poco más por el muslo de ella, apretando la carne blanda, y se inclinó hasta rozarle la oreja con los labios.

—Míralo, Ana. Te está comiendo con la mirada. Esa polla gorda que se le marca en el pantalón… apuesto a que se la está imaginando entre tus tetas ahora mismo.

Ana tragó saliva. El corazón le latía en la garganta y más abajo, en el clítoris, un pulso molesto y delicioso.

—Carlos…

—Shhh. Escúchame. Me pone de los cojones ver cómo te desea. Un tío así, alto, fuerte, mirándote como si quisiera clavarte contra la pared del baño y reventarte el coño. ¿Lo sientes? ¿Se te está mojando la braga?

Ella no pudo mentir. Asintió, casi imperceptible. Víctor seguía cantando, moviendo las caderas con una insolencia calmada, y cuando llegó al estribillo alargó la mano hacia su mesa, dedicándole el gesto solo a ella. Varias mujeres silbaron. Ana sintió las mejillas arderle.

Carlos le mordisqueó el lóbulo.

—Imagina esa polla gruesa abriéndote. Yo mirando. Yo pajeándome mientras te la mete hasta el fondo. ¿Te gustaría, Ana? Decírmelo. Ahora.

La voz de ella salió ronca:

—Me… me está mirando demasiado.

—Y a ti te encanta. Se te notan los pezones duros a través del vestido. Si te meto la mano ahora mismo, ¿qué encuentro? ¿Un coño chorreando por un desconocido?

Ana abrió un poco las piernas bajo la mesa, un gesto mínimo, culpable. Carlos aprovechó: sus dedos subieron por el interior del muslo, rozaron la tela húmeda de la braga y presionaron justo sobre el clítoris hinchado. Ella soltó un jadeo ahogado y se agarró a la mesa.

En el escenario, Víctor terminó la canción con una sonrisa lenta y bajó entre aplausos. No volvió a su sitio de inmediato. Se acercó a la barra, pidió una cerveza y, como si nada, giró la cabeza hacia ellos otra vez. Sus ojos bajaron al escote de Ana, a la mano de Carlos todavía escondida bajo el mantel, y una ceja se alzó, divertida, interestedísima.

Carlos no retiró los dedos. Al contrario: apartó un poco la braga y rozó la ranura resbaladiza, metiendo la yema apenas un centímetro.

—Míralo bien —ordenó al oído—. Ese tío se te la comería entera. Y yo… yo quiero verlo. Quiero que te folle. Quiero oírte gemir con la polla de otro mientras yo me corro en mi mano. ¿Lo entiendes, Ana? Es nuestro aniversario. Quiero regalarte algo sucio. Quiero regalarte a él.

Ana tembló. El dedo de su marido dibujaba círculos lentos sobre su clítoris hinchado y ella ya estaba empapada, la braga inútil. Miró a Víctor. El desconocido alzó la cerveza en un brindis silencioso hacia ella y se pasó la lengua por el labio inferior, lento, obsceno.

—Está… está enorme —susurró Ana, sin poder apartar la vista de la bulto que se le marcaba a Víctor en el pantalón vaquero—. Se le ve la forma, Carlos. Joder…

—Sí. Gruesa. De esas que te dejan coja. Imagínatela entera dentro, estirándote, dándote hasta que grites. Yo al lado, tocándome, diciéndote lo puta que eres por dejarte follar delante de tu marido.

El pulgar de Carlos apretó más fuerte. Ana mordió el interior de la mejilla para no gemir alto. Alrededor la gente reía, cantaba mal, pedía más copas; nadie miraba bajo su mesa. Nadie veía cómo la esposa de aniversario se corría casi solo con la idea.

Víctor dejó la cerveza y caminó hacia ellos. Cada paso hacía que el corazón de Ana se le saliera por la boca. Cuando llegó a la mesita, olió a colonia cara y a hombre, puro hombre.

—Perdonad que os interrumpa —dijo con voz grave, mirando primero a Carlos y luego clavándose en Ana—. No pude evitar dedicarte esa. Tienes una cara… imposible no cantarle algo sucio. ¿Os importa si me siento un momento?

Carlos sonrió, la mano todavía entre las piernas de su mujer, los dedos brillantes de jugos.

—Siéntate. Justo estábamos hablando de ti. De lo mucho que le ha gustado a mi mujer tu… interpretación.

Ana sintió que se le caía la cara de vergüenza y de ganas al mismo tiempo. Víctor se sentó enfrente, abrió las piernas con descaro y apoyó los antebrazos en la mesa. Sus ojos bajaron al escote, al pezón marcado, y volvieron a subir.

—¿De veras? —preguntó, mirándola a ella directamente—. Porque yo desde el escenario solo pensaba en cómo se te pondría esa boquita alrededor de mi polla. Perdona la franqueza. El karaoke me sube… cosas.

Carlos rió bajo, sucio, y empujó dos dedos dentro del coño de Ana de golpe. Ella se arqueó un poco, un gemido escapándosele.

—No pidas perdón —dijo el marido—. A ella le encanta la franqueza. Y a mí me pone de piedra ver cómo te la comes con los ojos. Ana, dile lo que te he dicho. Dile lo que queremos.

Ana miró a su marido, luego al desconocido. La polla se le marcaba a Víctor todavía más ahora, gruesa, pesada, empujando la tela. Ella tragó saliva, la voz hecha un hilo caliente:

—Mi marido… quiere mirar. Quiere que… que me folles. Y yo… joder, yo quiero que me la metas. Quiero esa polla gruesa dentro. Ahora mismo se me está chorreando el coño solo de imaginarlo.

Víctor sonrió despacio, como un lobo al que le ofrecen la cena. Su mano grande se apoyó en la mesa, los nudillos rozando casi los de Carlos.

—Entonces —dijo, bajando la voz para que solo ellos oyeran— vamos a celebrar este aniversario como Dios manda. Pero primero quiero oírte decirlo otra vez, Ana. Quiero oírte pedir mi polla mientras tu marido te toca esa coñito mojado debajo de la mesa.

Carlos metió los dedos más hondo, curvándolos, frotando ese punto que a Ana la volvía loca. Ella abrió la boca, jadeando, y miró a Víctor a los ojos.

—Fóllame. Quiero tu polla gruesa. Quiero que mi marido te vea reventarme el coño. Por favor…

La tensión en la mesita era espesa, eléctrica, un hilo tirante a punto de romperse. Víctor se pasó la mano por la entrepierna, acomodándose la erección enorme a la vista de ambos, y Carlos sacó los dedos brillantes del coño de su mujer para ofrecérselos a ella. Ana los chupó sin dudar, saboreando su propio jugo mientras el desconocido los miraba con hambre pura.

Todavía no se habían movido de la silla. Todavía el karaoke seguía aullando canciones de fondo. Pero la semilla ya estaba plantada, profunda, y Ana sabía —con el coño palpitándole y la mirada de dos hombres clavada en ella— que la noche no había hecho más que empezar.

Víctor no apartó la vista ni un segundo mientras Ana chupaba los dedos brillantes de su marido. La lengua de ella giraba despacio, sucia, saboreando su propio coño como si fuera el mejor postre del aniversario. El desconocido se acomodó mejor en la silla, abrió más las piernas y dejó que el bulto monstruoso de su polla se marcara sin pudor contra la cremallera.

—Joder, qué puta más deliciosa —gruñó con esa voz grave que le había cantado antes—. Mira cómo te chupas los jugos delante de mí. Ese vestido negro te queda de puta madre, Ana. Te marca las tetas como si te estuvieran pidiendo que las saques. Pechos firmes, duros… apuesto a que los pezones te pican ya de ganas. Y ese culo redondo que se te ve cuando te sientas… Carlos, tu mujer tiene un cuerpo para reventar. Para clavar y no parar hasta que gima como una perra en celo.

Carlos rió bajo, sucio, y se limpió los dedos restantes en el muslo interior de Ana, dejando un rastro brillante. Su otra mano bajó a su propia entrepierna y se apretó la erección a través del pantalón, sin esconderse.

—Díselo más, Víctor. Elogia a mi putita. Le encanta. Ana, ábrele un poco más las piernas bajo la mesa. Deja que te mire el coño mojado aunque sea con la imaginación. Coquetea, cariño. Enséñale lo que eres esta noche.

Ana tragó saliva. El corazón le martilleaba entre las piernas. Estaba empapada, la braga pegada a los labios hinchados, el clítoris latendo como un puto tambor. Miró a Víctor a los ojos y, con un temblor delicioso de vergüenza y calentura, abrió más las rodillas. El vestido se subió un centímetro. Carlos metió la mano otra vez, esta vez solo para apartarle la braga del todo y dejarle el coño al aire bajo el mantel.

—Se me está chorreando la silla —susurró ella, voz ronca—. Tu polla… se ve tan gruesa, Víctor. Quiero tocarla. Quiero sentir lo gorda que es antes de que me la metas.

Víctor sonrió de depredador y extendió una mano grande bajo la mesa, invitándola. Carlos la empujó suavemente por la muñeca.

—Hazlo. Tócasela. Coquetea abiertamente, Ana. Quiero ver cómo le agarras la polla a un desconocido mientras yo me toco. Vamos, putita. Es nuestro aniversario. Sé la zorra que los dos queremos.

Los dedos de Ana temblaron al rozar primero la tela gruesa del vaquero. Luego encontró el bulto. Joder, era enorme. Ancha, pesada, caliente incluso a través de la ropa. Acarició el contorno largo, midiendo con la palma, y sintió cómo Víctor se endurecía todavía más bajo su tacto. Un gemido bajo se le escapó al desconocido.

—Así… apriétala, guarra. Nota lo gruesa que está solo de mirarte. Esas tetas subiendo y bajando, ese cuello largo que quiero marcar a mordiscos mientras te follo. Carlos tiene razón: eres un cuerpo para usar. Cintura estrecha, culo para agarrar con las dos manos y abrir. Imagínate de rodillas entre nosotros dos. Una polla en la boca y la otra esperando turno. ¿Te mojas más solo de pensarlo?

Ana apretó más fuerte el bulto. Su pulgar dibujó la cabeza gruesa marcada bajo la cremallera. Estaba empapada, goteando ya por el muslo. Carlos metió dos dedos otra vez en su coño abierto y empezó a follársela despacio con la mano, el sonido húmedo casi inaudible bajo la música del karaoke, pero suficiente para que los tres lo sintieran.

—Dile lo que quieres hacerle a mi mujer —ordenó Carlos, pajeándose ya abiertamente con la mano libre por encima del pantalón—. Sé explícito. A ella le pone de los cojones.

Víctor se inclinó hacia adelante, los ojos clavados en el escote de Ana, en cómo los pezones le pedían a gritos salir del vestido.

—Quiero sacarte las tetas aquí mismo y chupártelas hasta que te corras solo con eso. Quiero agarrarte del pelo, doblarte sobre esta mesa y metértela entera de un empujón. Esa polla gruesa que estás palpando te va a abrir el coño como no te lo han abierto nunca. Te voy a dar hasta el fondo, Ana. Te voy a llenar, te voy a estirar, te voy a hacer gritar el nombre de tu marido mientras te reviento. Y él va a mirar. Va a pajearse viendo cómo te corres en mi polla. Luego te voy a sacar y te voy a hacer lamerla limpia delante de él. ¿Eso quieres, putita de aniversario? ¿Quieres que te use como un juguete caro mientras Carlos se corre en su mano?

Ana jadeó. Los dedos de Carlos le frotaban el punto exacto dentro y el pulgar le aplastaba el clítoris. Estaba al borde. La charla se había vuelto tan sucia, tan explícita, que el aire de la mesita olía a sexo.

—Sí… joder, sí. Quiero esa polla gruesa abriéndome. Quiero que me folles duro. Quiero que mi marido vea cómo me cororo con un desconocido. Tócame las tetas, Víctor. Ahora. Aquí.

Carlos asintió, excitado hasta la locura, y retiró un segundo la mano del coño de su mujer solo para bajarle un poco el escote. Un pezón rosado, duro como una piedra, quedó al aire bajo la luz roja del bar. Víctor no dudó. Su mano grande, la que no estaba bajo la mesa, subió y le pellizcó el pezón, tirando despacio, girándolo entre los dedos callosos.

—Qué tetas más perfectas… firmes, pesadas. Van a rebotar como putas cuando te monte. Carlos, mira cómo se le pone la cara a tu mujer. Está perdida. Está mojada hasta los tobillos.

Ana no aguantó más. La tensión sexual le explotó en el pecho, en el coño, en la cabeza. Empapada, temblando, excitada hasta el punto de no pensar, se inclinó de golpe a través de la mesa. Agarró a Víctor por la nuca con las dos manos y le plantó la boca encima. El beso fue brutal, abierto, sucio. Lenguas chocando, saliva, dientes. Ella gimió dentro de su boca mientras él le chupaba el labio inferior y le devolvía el hambre con creces. Carlos los miraba a centímetros, pajeándose más rápido, los ojos brillantes de calentura.

El beso duró largos segundos. Ana se comía la boca del desconocido delante de su marido, chupándole la lengua, jadeando, frotando todavía la polla gruesa bajo la mesa con la otra mano. Cuando se separaron, un hilo de saliva los unió un instante. Ella tenía los labios hinchados, la respiración rota, el pezón todavía al aire y el coño palpitándole como loco.

Carlos se inclinó, le mordió el hombro desnudo y le susurró al oído, voz espesa de semen contenido:

—Eso es, mi putita. Besándolo delante de mí. Me has puesto de piedra. Escúchame bien, Ana: quiero verte rendida al desconocido esta misma noche. Quiero que te entregues del todo. Que le dejes usar ese coño, esa boca, ese culo si hace falta. Quiero mirar cómo te folla hasta que no puedas más y pajearme viéndote correrte en su polla gruesa. Es el regalo. Es lo que quiero. Dile que sí. Dile que esta noche te rindes a él.

Ana miró a Víctor, todavía saboreando su boca, el pezón hormigueándole donde él lo había pellizcado. Estaba más mojada que nunca. El karaoke seguía aullando de fondo, la gente cantaba borracha sin enterarse de nada, y en su mesita del fondo el aire era puro sexo.

—Me rindo —jadeó ella, mirando al desconocido a los ojos mientras Carlos le metía otra vez los dedos hasta el fondo—. Esta noche me rindo a tu polla, Víctor. Haz conmigo lo que quieras. Mi marido quiere verlo… y yo también. Fóllame. Úsame. Quiero que me dejes coja de lo gruesa que la tienes.

Víctor le pasó el pulgar por el labio inferior hinchado, recogiendo saliva, y se lo metió en la propia boca.

—Entonces vamos a acabar esta ronda y nos vamos. Porque yo ya no aguanto más sin metértela. Carlos, prepárate para ver a tu mujer hecha un desastre. Ana… esa boca que me acaba de besar va a terminar alrededor de mi polla antes de que amanezca. Y ese coño chorreante… va a ser mío toda la noche mientras tu marido se corre mirándonos.

Carlos sacó los dedos empapados otra vez y se los ofreció a Víctor esta vez. El desconocido los chupó sin dudar, saboreando el jugo de Ana, y sonrió.

La tensión no bajó. Al contrario: se hizo más espesa, más urgente. Ana se subió el escote a duras penas, las piernas todavía abiertas, el coño latiendo vacío y necesitado. Sabía que la noche apenas empezaba, que la polla gruesa que había palpado iba a destrozarla pronto, y que su marido iba a disfrutar cada segundo de su rendición. El karaoke seguía, las luces rojas parpadeaban, y los tres ya no pensaban en canciones.

Ana se levantó de la silla con las piernas temblorosas y el coño todavía latiéndole vacío. Carlos le subió el escote a empujones, le acomodó el vestido y le dio un pellizco en el culo antes de guiarla hacia el pasillo de los reservados. Víctor iba detrás, la mano grande posada en la nuca de ella, empujándola con calma de dueño. Nadie en el bar levantó la vista; la música seguía aullando y las luces rojas parpadeaban como si el mundo entero conspirara para dejarlos solos.

El reservado olía a humo viejo y a alcohol barato. Sofá largo, mesa baja, micrófono olvidado y una puerta que Carlos cerró con pestillo. La bombilla roja del techo tiñó todo de puta. Ana apenas había girado cuando Víctor ya le agarraba la cintura y la empujaba de rodillas al suelo de moqueta. Ella cayó con un gemido, las rodillas abiertas, y miró hacia arriba. La cremallera del vaquero de Víctor bajó con un ruido seco. La polla saltó fuera, gruesa, pesada, la cabeza morada y brillante de precum, las venas marcadas como cables. Ana tragó saliva. Tenía que medir casi el doble de grueso que la de Carlos.

—Chúpala —ordenó Víctor con voz grave—. Quiero ver cómo esa boquita de esposa de aniversario se estira alrededor de mi polla.

Carlos se dejó caer en el sofá, se bajó los pantalones hasta los muslos y sacó su propia polla, ya dura y chorreante. Empezó a masturbarse despacio, los ojos fijos en su mujer.

—Hazlo, Ana. Chúpale esa polla gruesa. Quiero oír los ruidos. Quiero ver cómo te babeas.

Ana no dudó. Abrió la boca y se la metió. El sabor salado le llenó la lengua al instante. La cabeza gruesa le empujó el paladar, le llenó las mejillas. Empujó más, jadeando por la nariz, hasta que la punta le rozó la garganta y las lágrimas le saltaron a los ojos. Víctor gruñó y le agarró el pelo con las dos manos.

—Así, puta… trágatela. Mira cómo te la comes con ansia delante de tu marido. Carlos, mírala. Tu mujer está baboseando mi polla como si llevara meses sin follar.

Ana chupaba con hambre real. La lengua giraba alrededor del glande, bajaba por el tronco grueso lamiendo las venas, volvía a engullir hasta ahogarse. Babeaba sin control; la saliva le corría por la barbilla y le caía entre las tetas. Cada vez que Víctor le empujaba la cabeza ella gemía, el sonido vibrando en la polla de él. Carlos se pajeaba más rápido, el puño apretado, la mira clavada en cómo los labios de su esposa se estiraban obscenamente.

—Joder, qué profunda te la metes —jadeó Carlos—. Eres una puta perfecta. Súbele las manos a los huevos. Acarícialos mientras le chupas.

Ana obedeció. Una mano le pesó los huevos pesados y calientes, la otra rodeó lo que no le cabía en la boca y bombeó. Víctor le follaba la cara con embestidas cortas, la polla saliendo y entrando brillante de saliva. Ana sentía el coño goteándole por el muslo, la braga ya inútil. Quería más. Quería que la destrozara.

Víctor la apartó de un tirón del pelo. Un hilo de baba unió su boca a la polla gruesa. Ana jadeaba, los labios hinchados, la mirada perdida.

—A cuatro patas. Ahora.

Ella se giró, el vestido subido hasta la cintura, y se apoyó en codos y rodillas sobre la moqueta. Carlos le bajó la braga de un tirón y se la guardó en el bolsillo. El coño de Ana quedó al aire, hinchado, rosado, chorreando jugos que le brillaban por el interior de los muslos. Víctor se arrodilló detrás, le separó los labios con los pulgares y escupió directo al agujero.

—Puta caliente de tu marido —gruñó mientras alineaba la cabeza gruesa—. Mira cómo te ofreces. Carlos, mírala bien: tu mujer tiene el coño abierto pidiéndome polla.

Empujó de un solo golpe. Ana gritó. La polla gruesa la abrió de golpe, la estiró hasta el límite, le rozó el fondo del útero. El ardor delicioso le subió por la columna. Víctor no le dio tiempo a acostumbrarse: empezó a follarla salvaje, caderas golpeando el culo redondo de ella con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida la hacía avanzar sobre la moqueta, las tetas colgando y rebotando fuera del vestido.

—¡Joder, qué gruesa! —gemía Ana—. Me estás abriendo… me estás reventando el coño…

—Eso es lo que eres —le espetó Víctor, agarrándole las caderas con fuerza de hierro—. La puta caliente de tu marido. La zorra de aniversario que se deja follar por un desconocido mientras él se pajea. Di lo que eres.

—¡Soy la puta caliente de mi marido! —gritó ella, la voz rota de placer—. ¡Fóllame más duro! ¡Úsame!

Carlos se masturbaba sin parar, los ojos vidriosos, la mano rápida. —Así, Ana… déjate destrozar. Escucho cómo te chapotea esa polla dentro. Estás empapada.

Víctor se retiró de golpe. Ana gimió por la pérdida. Él se tumbó de espaldas en la moqueta y la arrastró hasta sentarla en su cara. La lengua ancha y caliente le abrió el coño de un lametón largo, sucio, desde el clítoris hasta el agujero. Chupó los labios hinchados, metió la lengua dentro, bebió el jugo que le chorreaba. Ana se arqueó, se agarró al pelo de él y se frotó la cara contra esa boca voraz.

—Cómemelo… joder, cómeme el coño empapado —jadeó—. Me estás volviendo loca…

Víctor gruñía contra ella, lamiendo, chupando, mordisqueando el clítoris hinchado hasta que Ana empezó a temblar. Carlos se acercó, le agarró una teta y le pellizcó el pezón mientras se pajeaba a centímetros de su cara.

—Mira cómo te come el desconocido. Tu coño es suyo esta noche.

Cuando Ana estuvo a punto de corrérsele encima, Víctor la levantó como si no pesara nada y la tumbó de espaldas en el sofá. Le abrió las piernas hasta casi partirla, se colocó entre ellas y le entró de nuevo de un empujón brutal en posición de misionero. La polla gruesa la llenó otra vez hasta el fondo. Entonces le puso una mano grande alrededor del cuello —no apretando del todo, solo sujetándola, controlándola— y miró a Ana a los ojos.

—¿Puedo? —preguntó, la voz ronca de deseo.

—Sí… agárrame el cuello. Fóllame así. Quiero sentirme tuya —jadeó ella, y él apretó lo justo, lo suficiente para que el placer se le multiplicara.

Víctor la embistió sin piedad. Cada golpe hacía que el sofá crujiera. La mano en el cuello de Ana la mantenía quieta, mirándole a los ojos mientras la polla gruesa entraba y salía brillante de jugos. Las tetas de ella rebotaban, la boca abierta en gemidos rotos. Carlos se arrodilló al lado, se pajeaba a toda velocidad y le susurraba al oído:

—Dime lo que sientes. Dime cuánto te gusta.

Ana gritó, la voz estrangulada por la mano de Víctor y por el orgasmo que ya le subía:

—¡Me encanta! ¡Me encanta que me folle un desconocido! ¡Su polla es tan gruesa… me está abriendo como nunca! ¡Carlos, mira cómo me la mete entera! ¡Me voy a correr! ¡Me gusta ser la puta de un desconocido delante de ti!

Víctor embistió más profundo, más salvaje, los huevos golpeándole el culo. La mano en el cuello apretó un segundo más y Ana explotó. El orgasmo la sacudió entera: el coño se le cerró en espasmos alrededor de la polla gruesa, los jugos le salpicaron, gritó el nombre de Carlos y el de Víctor mezclados. Víctor gruñó como un animal, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro. Chorros calientes y espesos le llenaron el coño a presión, inundándola, desbordándose por los lados mientras él seguía empujando para meterla más hondo.

Ana temblaba debajo de él, el cuello todavía sujeto, el coño palpitando y tragándose cada gota. Carlos se corrió en ese mismo instante, el semen saliendo a chorros sobre el muslo de su mujer y sobre la moqueta, gimiendo el nombre de Ana.

Víctor soltó el cuello despacio, se quedó dentro un momento más, y cuando sacó la polla gruesa un hilo blanco y espeso de semen le siguió, goteando del coño abierto y rojo de Ana. Ella respiraba a bocanadas, las piernas abiertas, mirando a su marido con ojos brillantes de placer sucio.

Carlos se inclinó, le besó la boca y le susurró:

—Todavía no hemos terminado, putita. Queda noche por delante…

Víctor se pasó la polla todavía medio dura por los labios hinchados de Ana, untándola de su propio semen mezclado con el de ella, y sonrió con hambre renovada. El reservado olía a sexo puro, el karaoke lejano seguía aullando, y Ana sabía —con el coño lleno y el cuerpo temblando— que su rendición apenas acababa de empezar de verdad.

Víctor no le dio tregua. La polla todavía semidura, brillante de semen y de los jugos de Ana, la rozó otra vez por los labios hinchados mientras ella jadeaba debajo de él en el sofá del reservado. Carlos, con la polla ya blandita pero todavía sensible, se quedó arrodillado al lado, acariciándole el pelo a su mujer con una ternura sucia.

—Otra ronda, putita —gruñó Víctor—. Quiero llenarte otra vez. Quiero que salgas de aquí goteando mi leche por las piernas mientras tu marido te mira.

Ana asintió, la voz rota de placer:

—Métela. Métela otra vez. Quiero más. Quiero que me reventes el coño hasta que no quepa ni una gota más.

Víctor se la puso de lado, le alzó una pierna y se la embistió de un solo empujón. La polla gruesa, ya dura otra vez, abrió el coño todavía dilatado y resbaladizo, metiéndose hasta el fondo con un chapoteo obsceno. Ana gritó, agarrándose al brazo de Carlos. Cada embestida sacaba un hilo blanco de semen anterior que le corría por el muslo y le manchaba el sofá. Víctor la follaba lento al principio, profundo, haciendo que ella sintiera cada vena, cada centímetro, el glande golpeándole el cuello del útero.

—Mírala, Carlos —dijo Víctor, voz grave, sudor en la frente—. Tu mujer tiene el coño hecho un desastre. Abierto, rojo, tragándose mi polla como si fuera suya. Ana, dile lo que sientes.

—Siento… joder… siento cómo me estira otra vez —jadeó ella—. Está tan gruesa… me llena completo. Carlos, míralo. Míralo cómo me la mete entera. Me voy a volver loca…

Carlos se inclinó y le besó la boca abierta, chupándole la lengua mientras Víctor aceleraba. La mano del marido bajó hasta el clítoris hinchado de Ana y le frotó en círculos rápidos. Ella se arqueó, el coño contrayéndose alrededor de la polla del desconocido.

—Eres mi putita de aniversario —susurró Carlos contra sus labios—. La zorra que se deja follar por un desconocido mientras yo te toco. Correte en su polla. Correte y deja que te llene.

Víctor la puso a cuatro patas otra vez, le agarró las caderas con fuerza y se la embistió sin piedad. El sonido de carne contra carne llenó el reservado: húmedo, rápido, brutal. Las tetas de Ana colgaban y rebotaban, el vestido negro hecho un guiñapo subido hasta las axilas. Cada embestida sacaba más semen anterior, que le chorreaba por los labios hinchados del coño y le bajaba hasta los muslos. Ella gemía sin control, empujando el culo hacia atrás para recibirla más hondo.

—¡Más duro! ¡Fóllame como una puta! ¡Quiero que te corras dentro otra vez! ¡Lléname, Víctor! ¡Quiero sentir cómo me inundas!

Víctor gruñó, le dio una palmada fuerte en el culo redondo y le agarró el pelo con la otra mano, tirando hacia atrás para que el arco de su espalda se acentuara.

—Vas a llevarte mi leche a casa, Ana. Vas a dormir con el coño lleno de mí mientras Carlos te abraza. Di que lo quieres.

—¡Lo quiero! ¡Quiero tu semen dentro! ¡Quiero que me dejes goteando! ¡Soy la puta de mi marido y ahora también tuya!

Carlos se había vuelto a tocar, la polla ya dura otra vez, pajeándose despacio al ritmo de las embestidas. Miraba hipnotizado cómo la polla gruesa de Víctor entraba y salía brillante, cómo el coño de su mujer se aferraba a ella, cómo los jugos y el semen se mezclaban en un hilo blanco y transparente que no paraba de caer.

—Así… así, mi amor —jadeó Carlos—. Ríndete del todo. Déjate usar. Quiero ver cómo te corres y cómo te llena.

Ana llegó primero. El orgasmo la golpeó como un tren: el coño se le cerró en espasmos violentos alrededor de la polla de Víctor, los jugos salpicaron, gritó el nombre de los dos hombres mezclados mientras el cuerpo le temblaba entero. Víctor no se detuvo. La folló a través del orgasmo, más rápido, más profundo, hasta que su propia eyaculación lo sacudió. Se hundió hasta los huevos, gruñó como un animal y se corrió abundantemente dentro de ella.

Chorros calientes, espesos, a presión. Uno tras otro. Llenándola, inundándola, empujando el semen anterior hasta que le desbordó por los lados en hilos blancos y cremosos que le corrían por los labios del coño, por el clítoris, por el muslo interior, hasta gotear en la moqueta. Víctor siguió empujando, metiendo cada gota lo más hondo posible, mientras Ana temblaba debajo de él, el coño tragando y expulsando a la vez, la cara contra el sofá, la boca abierta en un gemido largo y roto.

Se quedó dentro unos segundos más, respirando pesado, la polla todavía palpitando. Luego se retiró despacio. Un gorgoteo obsceno acompañó la salida y un chorro espeso de semen le siguió, saliendo del coño abierto y rojo de Ana en un hilo grueso que le resbaló por el culo y le manchó las piernas. Ella se quedó así, a cuatro patas un instante, el coño chorreando sin control, las piernas temblando, el semen caliente resbalándole hasta las rodillas.

Víctor se sentó en el sofá, la polla brillante y blanda ya, y miró el desastre que había hecho. Carlos se acercó a su mujer, la ayudó a girarse y a sentarse. Ana tenía los ojos vidriosos, las mejillas sonrojadas, el vestido hecho un trapo, el pecho subiendo y bajando. El coño le seguía goteando semen sobre el sofá.

Ella miró a su marido. Se inclinó y le plantó un beso apasionado, sucio, abierto. Le chupó la lengua, le mordió el labio, le metió la mano en el pelo. El beso duró largo, húmedo, lleno de gratitud y de deseo todavía. Cuando se separó, un hilo de saliva los unió. Ana, con la voz ronca y el coño todavía palpitando y chorreando, le susurró contra la boca:

—Gracias, Carlos. Gracias por compartirme. Gracias por dejar que me follara así. Por mirarme. Por pajearte mientras me reventaba. Te quiero, marido. Te quiero por haberme regalado esto. Por convertirme en tu putita de aniversario delante de él.

Carlos le besó la frente, luego los labios otra vez, suave.

—Eres perfecta, Ana. Mi putita perfecta.

Víctor se levantó, se subió los vaqueros a medias y fue hasta la mesita del rincón del reservado, donde habían dejado una botella de cava que Carlos había pedido al camarero antes de cerrar con pestillo. Sacó tres copas de plástico, las llenó y se las ofreció. Los tres se acomodaron en el sofá: Ana en medio, las piernas todavía abiertas, el semen de Víctor goteándole despacio sobre el cojín, el cuerpo temblando de residuales de placer. Carlos a un lado, Víctor al otro.

Brindaron. El sonido de las copas fue suave en el silencio relativo del reservado. Afuera el karaoke seguía aullando una canción lejana, pero aquí dentro solo se oía su respiración.

Ana bebió un sorbo, la mano todavía temblorosa. Miró a los dos hombres, el coño lleno y resbaladizo, el corazón latiéndole fuerte.

—Esta noche… esta noche me he rendido de verdad —dijo, voz baja, todavía jadeante—. A tu polla, Víctor. A la mirada de Carlos. Y prometo… prometo que esta será solo la primera de muchas noches. Noches en las que me rinda a extraños con la aprobación de mi marido. En las que me deje follar, llenar, usar… mientras Carlos mira y se toca. Quiero más. Quiero que me compartas otra vez. Y otra. Hasta que no pueda caminar derecho.

Carlos sonrió, le pasó un brazo por los hombros y le besó la sien.

—Así será, mi amor. Así será.

Víctor alzó la copa otra vez en silencio. Bebieron. Ana apoyó la cabeza en el pecho de Carlos, las piernas todavía abiertas, el semen seco ya en los muslos, el cuerpo flojo y satisfecho. El calor de los dos hombres la rodeaba. Afuera la música del karaoke se apagó de golpe al terminar una canción. Dentro del reservado solo quedó el zumbido lejano del aire acondicionado y el latido tranquilo de tres corazones.

Nadie habló más.

El silencio se instaló, denso y completo, mientras el semen de Víctor seguía saliendo a gotas lentas del coño de Ana y las luces rojas parpadeaban suaves sobre los tres cuerpos quietos.

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