Entrega Rendida entre Hielo y Labios
Una MILF de 42 años dueña de una pastelería folla salvajemente con su joven repartidor de 24 en la cocina tras una entrega nocturna.
La pastelería de Monica olía siempre a vainilla y mantequilla derretida, incluso a las once de la noche, cuando el resto del barrio ya dormía bajo el peso de la nieve que empezaba a caer. A sus cuarenta y dos años, ella era la dueña absoluta de aquel local de escaparates iluminados y vitrinas repletas de tartas brillantes. Caderas anchas, pechos pesados que tensaban la bata blanca incluso abrochada, labios pintados de un rojo oscuro que no se borraba del todo después de probar las cremas. Había contratado a Damon tres meses atrás para las entregas nocturnas: veinticuatro años, hombros anchos, mandíbula marcada y esa manera de mirarla que duraba un segundo de más cada vez que cargaba las cajas de pasteles en la cocina cerrada.
Esa noche la tormenta había cerrado las calles. Damon entró sacudiéndose la nieve del gorro, las mejillas rojas del frío, y Monica lo observó desde la mesa de acero mientras él apilaba las cajas con cuidado. Sus dedos rozaron el borde de una tarta de chocolate y ella sintió el tirón familiar en el vientre. Llevaban semanas coqueteando sin disimulo: ella inclinándose de más al mostrarle un pedido, él rozándole la cintura al pasar, frases sueltas sobre lo bien que le quedaba el delantal o lo mucho que sudaba subiendo escaleras con cajas pesadas. Ambos sabían exactamente a dónde iba aquello.
—Quédate un rato —dijo ella, ya quitándose la bata. Debajo llevaba solo una blusa fina y una falda negra que le marcaba el culo redondo—. Te vas a congelar ahí fuera. Te hago un chocolate.
Damon asintió, se quitó la chaqueta y se quedó en la camiseta ajustada que le ceñía el pecho. Monica calentó la leche, removió el cacao espeso y le tendió la taza. Al pasársela, sus dedos se rozaron. El calor del líquido contrastó con el frío que aún traía él en la piel. Una gota de crema batida que coronaba el chocolate se le quedó en el labio inferior. Monica no pensó. Levantó la mano, pasó el pulgar despacio por esa curva húmeda y se llevó el dedo a la boca, lamiéndolo sin apartar la mirada.
Damon le sujetó la muñeca al instante. Su agarre era firme, caliente.
—Llevo meses deseando follarte —escupió él, la voz ronca—. Cada puta noche que vengo, me voy con la polla dura pensando en estas tetas y en cómo me las ibas a chupar.
Monica sintió el calor subirle entre las piernas. Estaba mojada solo de oírlo.
—Y yo llevo meses imaginándome esa polla dentro —respondió ella sin vergüenza, acercándose hasta que sus pechos rozaron su pecho—. Quiero que me la metas hasta el fondo, Damon. Aquí. Ahora. Sin delicadezas.
No hubo más palabras suaves. Damon la empujó contra la mesa de acero frío. Monica se subió la falda hasta la cintura; no llevaba bragas. El aire de la cocina le rozó el coño hinchado y resbaladizo. Él se bajó los pantalones de un tirón, la polla gruesa y venosa saltó libre, ya goteando por la punta. La agarró de las caderas, alineó la cabeza gruesa contra su entrada y empujó de un solo golpe profundo.
Monica jadeó alto, las uñas clavándosele en la espalda a través de la camiseta. Estaba tan jodidamente llena. Damon no esperó: embistió con fuerza, salvaje, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenando la cocina junto al golpe sordo de los muslos contra la mesa. Cada embestida le movía los pechos pesados dentro de la blusa.
—Más duro —gruñó ella—. Fóllame como la puta madura que soy.
Él la giró de golpe. Monica se apoyó en las manos sobre el acero, el culo al aire. Damon le agarró las tetas por debajo de la blusa, pesadas y calientes, las apretó mientras la penetraba por detrás con embestidas largas y profundas que le sacudían todo el cuerpo. Los pezones duros rozaban su palma. Ella empujaba hacia atrás al mismo ritmo, el coño apretándole la polla con cada retirada.
—Mira cómo te la comes entera —dijo él entre dientes, un manotazo seco en una nalga—. Este coño de cuarenta y dos años está hecho para mi polla.
La puso de rodillas en el suelo frío de baldosas. Monica abrió la boca sin que se lo pidiera. Damon le sujetó el pelo y le metió la polla babosa de sus propios jugos hasta la garganta. Ella chupó con saliva espesa, la lengua plana contra la vena inferior, tragando alrededor de la cabeza cada vez que él empujaba más hondo. Babas le corrían por la barbilla y le caían entre los pechos. Miraba hacia arriba, ojos entrecerrados, disfrutando del sabor salado y de cómo se le tensaban los muslos a él.
—Así, traga —ordenó Damon—. Chúpamela como si quisieras que te la deje secar.
Cuando ya no aguantó más, la levantó como si no pesara. La empujó contra la pared al lado del congelador, una pierna alzada, y volvió a clavársela de pie. Monica se enganchó a sus hombros, gimiendo contra su cuello. Él le agarraba el culo con ambas manos, abriéndole los labios para entrar todavía más profundo. El frío del metal del congelador le rozaba la espalda desnuda; el calor de su cuerpo la quemaba por delante.
—Córrete dentro —le rogó ella, la voz rota—. Lléname, Damon. Llena a esta puta madura hasta que se me escape por los muslos. Quiero sentir tu leche caliente mientras sigues follándome.
Damon gruñó, embistió tres veces más brutales y se corrió profundo, chorros espesos que ella sintió latir contra su cérvix. Monica se vino en el mismo instante, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos fuertes, mojándolo todavía más. Se quedaron así un momento, jadeando, sudorosos, unidos.
Lentamente él se retiró. Monica se arrodilló otra vez, le limpió la polla brillante de semen y jugos con la lengua, lenta, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Lamió hasta el último rastro, saboreando lo que había salido de dentro de ella. Sonrió, satisfecha, los labios hinchados.
—Esta va a ser la nueva rutina —susurró, poniéndose de pie y besándolo profundo, compartiendo el gusto salado entre sus bocas—. Después de cada entrega. Me la metes donde te dé la gana. En la mesa, contra la pared, al lado del puto congelador si hace falta.
Damon le apretó el culo con ambas manos, todavía medio duro entre ellos.
—Y la próxima vez te la meto también por el culo —prometió contra su boca—. Quiero verte temblando mientras te abro los dos agujeros.
Monica rio bajo, picándole el labio inferior con los dientes. Afuera la tormenta seguía aullando. Dentro, el olor a sexo se mezclaba con el de la vainilla. Todavía había cajas sin entregar y una noche larga por delante. Él no se iría tan pronto. Ella tampoco quería que se fuera.
Damon no la soltó. Con la polla todavía medio dura y brillante de su propia corrida y de los jugos de ella, la atrajo de nuevo contra su pecho y le mordió el cuello, justo debajo de la oreja, donde el perfume a vainilla se mezclaba con el sudor.
—No he terminado contigo —gruñó contra su piel—. Dijiste que me la metía donde me diera la gana. Y todavía tengo ganas.
Monica jadeó, las piernas temblorosas, el semen caliente empezando a resbalarle por el interior de los muslos. Se frotó contra él, sintiendo cómo la polla de veinticuatro años recuperaba firmeza entre sus vientres.
—Entonces fóllame otra vez —susurró ella, la voz ronca de haber tragado—. Usa este coño de puta madura hasta que no puedas más. Y después… cumples lo que prometiste.
Él la giró y la empujó hacia la mesa de amasar, esa superficie de madera gruesa manchada de harina. Monica se inclinó sin que se lo pidiera, abrió las piernas y se ofreció. Damon le subió la blusa por completo, liberando los pechos pesados de cuarenta y dos años, y se los agarró con fuerza mientras alineaba la cabeza gruesa otra vez. Empujó de un solo tajo, hondo, hasta el fondo. Ella gritó contra la madera, el coño todavía sensible y resbaladizo de la primera corrida.
—Joder, qué apretado sigues —escupió él, embistiendo con ritmo salvaje—. Acabo de llenarte y ya me estás chupando la polla otra vez. Eres una puta glotona, Monica.
—Sí… sí lo soy —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás para recibirlo entero—. Fóllame más duro, Damon. Quiero que me duela mañana cuando amase la masa. Quiero recordar tu polla cada vez que me incline.
Las embestidas se volvieron brutales. El golpe húmedo de carne contra carne llenaba la cocina junto al crujido de la mesa. Damon le soltó un pecho para darle un manotazo seco en la nalga, dejando la marca roja. Luego otro. Monica gimió más alto, el clítoris rozando el borde de la mesa con cada embestida. Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le susurró al oído:
—Mira cómo te corre mi leche por los muslos mientras te la vuelvo a meter. Vas a oler a mí toda la puta noche.
Ella se corrió de nuevo sin avisarle, el coño contrayéndose en espasmos fuertes alrededor de la polla gruesa. Damon no paró. La folló a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella temblaba y jadeaba su nombre como una maldición. Cuando se retiró, el semen y los jugos le chorreaban hasta las rodillas. Monica se quedó un segundo apoyada, respirando agitada, el culo al aire, abierto y brillante.
Damon la levantó y la sentó en la mesa. Se arrodilló entre sus piernas abiertas y le lamió el coño hinchado sin piedad, saboreando su propia corrida mezclada con ella. La lengua plana, ancha, le recorrió los labios hinchados, le chupó el clítoris hinchado hasta que Monica se arqueó y le agarró el pelo con ambas manos.
—Así… lámelo todo —ordenó ella, la voz rota—. Limpia a tu puta madura. Quiero tu boca llena de lo que me has metido.
Él metió dos dedos gruesos mientras lamía, curvándolos contra ese punto que la hacía gritar. Monica se vino otra vez en su boca, mojándole la barbilla, los muslos tensos a ambos lados de su cabeza. Damon se levantó, la boca brillante, y le besó con fuerza, haciendo que ella probara su propio sabor salado y espeso.
—Ahora el culo —dijo él, la polla otra vez dura como piedra, goteando por la punta—. Me lo prometiste. Y quiero verte temblando.
Monica se bajó de la mesa, las piernas flojas, y se dirigió al congelador. Se apoyó de frente contra el metal frío, las tetas aplastadas contra la superficie helada, y miró por encima del hombro.
—Ábreme —susurró, alcanzando atrás para abrirse las nalgas con ambas manos—. Usa la crema de la nevera si hace falta. Quiero sentirte entero ahí dentro.
Damon abrió la nevera pequeña de la cocina, sacó un bote de nata montada y se untó los dedos. Primero le metió uno, despacio, sintiendo cómo el anillo apretado cedía. Monica gimió bajo, empujando hacia atrás. Luego dos. Los movió, los abrió en tijera, preparándola mientras le chupaba el cuello y le apretaba un pezón duro entre los dedos.
—Relájate, puta —murmuró él—. Vas a tomar toda mi polla por el culo como la milf desesperada que eres.
Cuando la sintió lista, se untó la polla con más nata y alineó la cabeza gruesa contra la entrada rosada y apretada. Empujó despacio al principio, dejando que ella se acostumbrara al ardor. Monica gritó contra el metal frío, las uñas raspando la superficie.
—Más… dámela toda —jadeó—. Quiero que me la metas hasta las pelotas.
Damon obedeció. Avanzó centímetro a centímetro hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas redondas de ella. Se quedó quieto un segundo, respirando agitado, sintiendo el calor apretado alrededor de su polla.
—Joder, qué estrecho —gruñó—. Este culo de cuarenta y dos años me está matando.
Empezó a moverse. Embestidas largas y profundas al principio, luego más rápidas, más brutales. Monica gritaba con cada una, el frío del congelador contrastando con el fuego que le subía por la espalda. Damon le agarró las caderas con fuerza, los dedos hundidos en la carne suave, y la folló sin piedad. El sonido obsceno de la nata y el sexo llenaba el aire junto a sus jadeos.
—Háblame —exigió ella entre gemidos—. Dime qué sientes follándome el culo.
—Siento que eres mía —escupió él—. Que esta puta pastelería es mi puticlub particular. Que cada noche después de las entregas te voy a abrir los dos agujeros hasta que no puedas ni andar. Mira cómo lo tomas… mirate, Monica, con mi polla enterrada hasta el fondo en tu culo mientras te corre la leche del coño.
Ella se corrió así, solo con la fricción y las palabras, el clítoris sin tocar. El orgasmo la sacudió tan fuerte que casi se le doblan las rodillas. Damon la sostuvo, embistiendo más rápido, persiguiendo su propio final. Cuando llegó, lo hizo profundo, gruñendo contra su nuca, llenándole el culo con chorros calientes y espesos. Se quedó dentro, pulsando, hasta que se vació por completo.
Se retiró despacio. Monica se giró, las piernas temblando, el semen empezando a resbalarle por ambos agujeros. Se arrodilló otra vez y le limpió la polla con la lengua, lenta, obscena, mirándolo a los ojos mientras saboreaba la mezcla de nata, semen y su propio culo. Damon le acarició el pelo, todavía jadeando.
—No te vayas todavía —dijo ella, poniéndose de pie y abrazándolo, los pechos sudorosos contra su pecho—. Todavía hay cajas. Y yo todavía tengo hambre de ti.
Él la besó, profundo, compartiendo el sabor. La mano le bajó otra vez al culo, metiendo dos dedos en el agujero abierto y resbaladizo, jugueteando.
—La tormenta no para —murmuró contra su boca—. Tenemos horas. Y la próxima vez te voy a follar contra los cristales de la vitrina, para que cualquiera que pase vea cómo esta milf se deja usar por su repartidor.
Monica rio, baja y sucia, y le mordió el labio.
—Hazlo. Quiero que me marques. Quiero irme a casa cojeando, llena de ti por los dos lados, oliendo a sexo y a chocolate.
Damon la levantó otra vez y la sentó en la mesa de acero. La polla ya volvía a endurecerse solo de oírla. Ella abrió las piernas, le guió la cabeza gruesa otra vez hacia su coño hinchado y empapado.
—Métela —susurró—. Una más. Y después te dejo descansar… un rato.
Él empujó dentro de un golpe. Monica arqueó la espalda, los pechos pesados temblando. Afuera la nieve seguía cayendo. Dentro, el olor a vainilla, a sexo y a sudor era tan espeso que casi se podía morder. Damon embistió lento al principio, saboreando cada centímetro, mientras ella le clavaba las uñas en la espalda y le susurraba al oído todas las putadas que quería que le hiciera antes de que amaneciera.
La noche apenas empezaba.
Damon embistió lento al principio, saboreando cada centímetro de aquel coño hinchado y empapado que lo devoraba otra vez. Monica arqueó la espalda sobre la mesa de acero, los pechos pesados temblando con cada empujón, los pezones duros rozando el frío del metal. Él se inclinó, le atrapó un pezón entre los labios y lo chupó con fuerza mientras aceleraba el ritmo, la polla gruesa entrando y saliendo con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la cocina junto al crujido de la nieve contra los cristales.
—Así… justo así —jadeó ella, las uñas clavándosele en los hombros—. No pares. Quiero que me uses hasta que no quede nada. Hasta que mi coño solo sepa de ti.
Él gruñó contra su pecho, le soltó el pezón con un chasquido y le agarró las caderas con ambas manos. Empezó a follarla de verdad: embestidas largas, profundas, brutales, que le movían todo el cuerpo sobre la mesa. El semen de las corridas anteriores le salía a borbotones con cada retirada, resbalándole por el culo y manchando la madera. Monica gemía sin contención, la cabeza echada hacia atrás, el pelo pegado a la frente sudorosa. Sentía cómo la polla de veinticuatro años le abría de nuevo, cómo le rozaba ese punto exacto que la hacía ver estrellas. Su coño se contraía solo, chupándolo, pidiendo más.
Damon la levantó sin salir de ella, la cargó contra el pecho y la llevó hasta la vitrina iluminada. La apoyó de espaldas contra el cristal frío, una pierna enganchada a su cintura, y volvió a clavársela de pie. Afuera la calle estaba desierta bajo la tormenta, pero la luz de la pastelería los bañaba a los dos. Monica miró por encima del hombro, vio su propio reflejo: tetas aplastadas, boca abierta, el culo de su repartidor moviéndose entre sus piernas abiertas.
—Que te vean —susurró ella, la voz rota de placer—. Quiero que cualquiera que pase sepa que esta puta madura se deja follar por su chico de las entregas.
—Nadie va a pasar —escupió Damon, embistiendo más duro, el metal del marco de la vitrina crujiendo—. Pero aunque lo hicieran… que miren cómo te la comes entera. Cómo este coño de cuarenta y dos años chorrea por mi polla.
Le bajó una mano entre los cuerpos y le frotó el clítoris hinchado con el pulgar, rápido, circular. Monica gritó, se corrió de golpe, el orgasmo sacudiéndola tan fuerte que se le doblaron las rodillas. Él la sostuvo, la folló a través de las contracciones, prolongándolo hasta que ella sollozaba su nombre y le mordía el hombro. Cuando las ondas bajaron, Damon la bajó al suelo, la puso de rodillas otra vez frente a la vitrina y le metió la polla babosa de jugos y semen en la boca.
—Límpiame —ordenó, sujetándole el pelo—. Chúpame todo lo que te he sacado. Quiero ver cómo tragas lo que sale de tu propio coño.
Monica abrió la garganta y lo tomó hasta el fondo, la lengua plana contra la vena gruesa, tragando alrededor de la cabeza cada vez que él empujaba. Babas y restos de semen le corrían por la barbilla, le caían entre los pechos pesados. Miraba hacia arriba, ojos entrecerrados, disfrutando del sabor salado y espeso, del olor a vainilla mezclado con sexo. Damon le folló la boca con embestidas cortas y profundas, los muslos tensos, hasta que no aguantó más. La levantó, la giró de espaldas contra la mesa de amasar y le abrió las nalgas con ambas manos.
—Ahora los dos —gruñó—. Voy a follarte el coño y el culo a la vez. Quiero sentirte temblando mientras te abro por completo.
Se untó los dedos con más nata de la nevera, le metió dos en el agujero todavía resbaladizo y abierto de la corrida anterior, y al mismo tiempo alineó la polla contra su entrada hinchada. Empujó. Monica gritó contra la madera, el ardor del culo mezclado con la plenitud brutal del coño. Damon se movió en un ritmo salvaje: la polla entrando hasta el fondo mientras los dedos le follaban el culo, abriéndola, estirándola. El sonido obsceno de carne y nata y jugos llenaba todo. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más, el clítoris rozando el borde de la mesa.
—Háblame sucio —exigió entre gemidos—. Dime qué soy.
—Eres mi puta de la pastelería —escupió él, dándole un manotazo seco en la nalga—. La milf que se deja llenar por el repartidor cada noche. Mira cómo te corre la leche por los muslos mientras te abro los dos agujeros. Vas a oler a mí hasta mañana. Vas a amasar la masa con el culo ardiendo y el coño goteando todavía.
Monica se corrió otra vez, un orgasmo largo y sucio que le hizo gritar sin vergüenza. Damon sacó los dedos, le agarró las caderas y se concentró solo en el culo. Empujó de un solo tajo, hondo, hasta las pelotas, y la folló sin piedad. Embestidas rápidas, brutales, el sonido de piel contra piel resonando. Ella se aferraba a la mesa, las tetas colgando y balanceándose, el frío del acero contrastando con el fuego que le subía por la espalda. Él se inclinó, le mordió el hombro y le susurró al oído:
—Voy a correrme otra vez. Dentro. Quiero que te vayas a casa con mi leche en el culo y en el coño. Quiero que te la sientas resbalar mientras cierras la pastelería.
—Hazlo —rogó ella—. Lléname. Usa este culo de puta madura hasta que no puedas más.
Damon aceleró, gruñendo, y se vació profundo: chorros calientes y espesos que ella sintió latir contra las paredes internas. Se quedó dentro, pulsando, hasta que no quedó nada. Cuando se retiró, el semen le salió a borbotones, resbalándole por los muslos junto a los jugos del coño. Monica se giró, las piernas temblando, y se arrodilló. Le limpió la polla con la lengua una vez más, lenta, obscena, saboreando la mezcla de nata, semen y su propio culo. Damon le acarició el pelo, todavía jadeando, la polla ablandándose entre sus labios.
Se quedaron así un rato, sudorosos, el olor a sexo espeso en el aire mezclado con vainilla y chocolate. Monica se puso de pie, se subió la falda a medias, la blusa todavía abierta, los pechos marcados de chupetones. Damon se subió los pantalones, se pasó una mano por la cara y miró las cajas que aún quedaban apiladas.
—La tormenta no para —dijo él, la voz ronca—. Puedo quedarme… ayudar con lo que quede.
Ella sonrió, se acercó y le besó profundo, compartiendo el gusto salado. Le apretó el culo con ambas manos.
—Quédate. Todavía quiero más. Quiero que me folles contra esa vitrina hasta que amanezca. Quiero irme cojeando, llena por los dos lados, oliendo a ti.
Damon la atrajo contra su pecho, la polla ya empezando a recuperar firmeza solo de oírla. La levantó otra vez, la sentó en el borde de la mesa de acero y se colocó entre sus piernas abiertas. Ella le guió la cabeza gruesa hacia su coño hinchado, resbaladizo de tantas corridas.
—Métela —susurró—. Una última. Y después… descansamos un rato. Solo un rato.
Él empujó dentro de un golpe hondo. Monica arqueó la espalda, gimió alto, se enganchó a sus hombros. Damon embistió lento al principio, saboreando la calor apretada, luego más rápido, más profundo. La mesa crujía. Afuera la nieve caía espesa. Dentro, el cuerpo de ella se cerraba alrededor del suyo como si no quisiera soltarlo nunca. Se corrieron juntos esta vez: ella primero, el coño contrayéndose en espasmos fuertes; él segundos después, llenándola otra vez con chorros calientes que se mezclaron con todo lo anterior.
Se quedaron unidos, jadeando, sudor goteando entre sus pechos. Damon le besó el cuello, lento. Monica le acarició la espalda, los ojos semi cerrados, una sonrisa satisfecha y sucia en los labios hinchados.
Cuando por fin se separaron, el semen le resbaló en un hilo grueso por el interior del muslo. Ella se limpió con un paño de cocina, se abrochó la blusa a medias y miró las cajas.
—Hay que terminar las entregas mañana —dijo, la voz todavía ronca—. Pero esta noche… esta noche eres mío.
Damon asintió, se puso la chaqueta, pero no hizo ademán de irse. La abrazó por detrás, las manos bajo la blusa, apretándole las tetas pesadas mientras le mordisqueaba la oreja.
—Mañana también —prometió—. Y pasado. Cada puta noche.
Monica rio bajo, se giró entre sus brazos y le miró a los ojos. Él no sabía. No podía saberlo. Ella había recibido la llamada esa misma tarde, antes de que él llegara con la nieve: el laboratorio había confirmado lo que ya sospechaba desde hacía dos semanas. Estaba embarazada. De él. Del repartidor de veinticuatro años que la había estado follando salvajemente en la cocina desde hacía un mes. No se lo iba a decir. No todavía. Quería una noche más así, llena, usada, temblando. Quería sentir su leche caliente dentro una vez más antes de que todo cambiara. Sonrió, le picó el labio inferior con los dientes y le susurró al oído:
—Entonces no te vayas. Fóllame otra vez cuando recuperes el aliento. Quiero despertar con tu polla todavía dentro.
Damon gruñó, la levantó y la llevó de nuevo hacia la mesa. Afuera la tormenta aullaba. Dentro, el secreto latía quieto en el vientre de ella mientras él volvía a endurecerse entre sus muslos abiertos.
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