Fingiendo ser su Amante en el Mercado Nocturno

Una MILF de 42 años casada con su jefe le pide a Javier, de 24, que finja ser su amante en el mercado nocturno y terminan follando como animales en

22 min read September 20, 2026New

El bullicio del mercado nocturno era un caos delicioso de luces de neón, olores a fritanga, incienso barato y cuerpos sudorosos que se empujaban entre los puestos estrechos. Javier, un repartidor de veinticuatro años que pasaba el día cargando paquetes pesados en su moto para la empresa de su jefe, caminaba con las manos en los bolsillos, disfrutando del aire cálido de la noche después de una jornada interminable. Su cuerpo joven, marcado por músculos definidos bajo la camiseta ajustada, llamaba la atención de algunas mujeres, pero él solo quería perderse en el ruido. Hasta que Laura apareció.

Laura, la esposa de su jefe, una MILF de cuarenta y dos años con un cuerpo que parecía diseñado para volver locos a los hombres, se materializó entre la multitud como un sueño húmedo. Sus tetas grandes y pesadas, al menos una talla 38D, tensaban la blusa roja escotada que llevaba, dejando ver el profundo canal entre ellas. La falda negra se pegaba a sus caderas anchas y a ese culo redondo, maduro y firme que balanceaba con cada paso. Su cabello castaño caía en ondas sobre los hombros, y sus labios pintados de rojo gritaban experiencia. Casada con el hombre que le pagaba el sueldo a Javier, siempre había sido intocable. Hasta ahora.

—Javier, menos mal que te encuentro —dijo ella con voz urgente, acercándose tanto que sus pechos suaves se aplastaron contra el brazo del joven. El calor de su cuerpo lo golpeó de inmediato, junto con su perfume mezclado con un leve olor a mujer excitada—. No tengo tiempo para explicaciones largas. Otto, mi ex, ese hijo de puta que me acosa desde hace meses, está aquí. Me ha estado siguiendo, enviándome fotos y mensajes asquerosos. Mi marido está de viaje otra vez y no quiero enfrentarlo sola. Necesito que finjas ser mi amante esta noche. Que me toques, que me beses, que parezcamos una pareja caliente que no puede quitarse las manos de encima. ¿Lo harías por mí? Te juro que te compensaré.

Sus palabras fueron un susurro caliente contra su oreja, y mientras hablaba, Laura se pegó completamente a él, rozando su muslo contra la entrepierna del joven. Javier sintió un latigazo de deseo directo en la polla. «Esto es una puta locura», pensó, notando cómo los pezones de ella ya se marcaban bajo la tela. «Es la mujer de mi jefe, dieciocho años mayor que yo, pero joder… cómo huele, cómo se siente este cuerpo maduro contra el mío. Si me pillan, estoy despedido. Pero no puedo decir que no».

—Está bien, Laura. Lo haré —contestó él, rodeando su cintura con un brazo posesivo. Su mano bajó un poco más de lo necesario y se posó en la curva superior de su culo—. Vamos a hacer que ese cabrón se muera de celos.

Empezaron a caminar entre los puestos, Laura colgada de su cuello como si fuera su novia de verdad. Cada paso hacía que sus tetas rebotaran suavemente contra el costado de Javier. Ella le susurraba al oído cosas que empezaban siendo parte de la actuación pero que pronto sonaban demasiado reales: «Bésame el cuello ahora», «Apriétame el culo, que parezca que ya me has follado antes». El joven obedecía, hundiendo los dedos en esa carne madura mientras fingían mirar artesanías. El mercado los rodeaba con su ruido, pero entre ellos crecía un silencio cargado de electricidad. Javier notaba cómo su polla se hinchaba dentro de los pantalones, presionando contra la cadera de Laura cada vez que ella se movía.

La farsa se derritió rápido. En un puesto de perfumes, Laura se giró y empezó a besarle el cuello con besos abiertos, húmedos, chupando la piel y dejando que su lengua caliente trazara líneas lentas. Su mano bajó por la espalda de él hasta posarse descaradamente sobre su culo, apretando. Luego, con un movimiento sutil pero intencional, frotó su propio culo redondo contra la erección que ya era imposible de ocultar. Javier gruñó bajito, sintiendo la carne caliente de ella a través de la tela.

—Laura… estás jugando con fuego —murmuró él, pero su cuerpo hablaba por sí solo. Metió la mano bajo la falda sin pensarlo dos veces, subiendo por el interior de sus muslos suaves y calientes hasta tocar la tela empapada de sus bragas. Sus dedos apartaron la prenda y encontraron un coño hinchado, chorreando, los labios mayores resbaladizos de jugos. Deslizó dos dedos entre ellos, acariciando el clítoris hinchado y luego metiendo uno profundamente en ese canal caliente y apretado.

—Joder, estás empapada —susurró contra su pelo—. Tu coño maduro ya me está tragando los dedos como si quisiera mi polla entera.

Laura jadeó, mordiéndose el labio inferior para no gemir en medio de la gente. Sus caderas se movieron hacia atrás, frotando más fuerte su culo contra la polla gruesa de Javier mientras él la masturbaba con movimientos lentos pero firmes. El aroma de su excitación llegó hasta la nariz del joven, un olor almizclado y dulce que lo volvió loco.

—Ya no es fingido, Javier —confesó ella con voz entrecortada, mirándolo con ojos vidriosos de lujuria—. Llevo meses fantaseando con que un joven como tú me folle sin piedad. Tu polla se siente enorme contra mi culo… Vámonos a un callejón. Ahora. Quiero chupártela como la puta que soy.

El deseo mutuo y explícito los arrastró. Javier sacó los dedos de su coño, los lamió delante de ella y la tomó de la mano. Se escabulleron entre dos puestos de ropa, cruzaron un pasillo oscuro lleno de cajas apiladas y llegaron a un callejón estrecho detrás del mercado, donde apenas llegaba la luz de un farol lejano. El ruido del gentío era un murmullo lejano. Allí, la realidad desapareció.

Laura se arrodilló inmediatamente sobre el suelo de cemento, sin importarle ensuciarse las rodillas. Sus manos ansiosas abrieron la bragueta de Javier y sacaron su polla gruesa, venosa, que saltó pesada y completamente dura. Los ojos de la MILF brillaron.

—Madre mía… qué polla tan gruesa y joven tienes, mi semental de veinticuatro años —ronroneó, lamiendo desde los huevos pesados hasta la cabeza hinchada, saboreando el precum que ya goteaba—. Voy a tragármela hasta la garganta. Quiero que me uses la boca.

Abrió los labios rojos y la engulló de un solo movimiento, bajando hasta que su nariz tocó el pubis de él. Javier sintió la garganta apretada contrayéndose alrededor de su grosor, las arcadas suaves que ella controlaba mientras lo mamaba con hambre voraz. Saliva espesa empezó a correr por las comisuras de sus labios, goteando sobre sus tetas que había sacado del escote para que él las viera balancearse. Laura lo miraba desde abajo con ojos de zorra experimentada, moviendo la cabeza rápido, chupando con fuerza, usando la lengua para masajear la vena inferior mientras sus manos apretaban y acariciaban sus bolas.

—Así, Laura… trágatela toda, puta casada —gruñó Javier, sujetando su cabello con una mano y follándole la boca con embestidas cortas pero profundas—. Chúpame la polla como si tu marido nunca te hubiera dado una de verdad.

Ella gemía alrededor del miembro, vibraciones que lo volvían loco. Sacaba la polla de vez en cuando para jadear «me encanta tu sabor, joven y fuerte» antes de volver a tragarla hasta las bolas, dejando hilos de saliva colgando de su barbilla. El sonido obsceno de arcadas y saliva llenaba el callejón.

Javier no aguantó más. La levantó de golpe, demostrando su fuerza juvenil, la giró y la empotró contra la pared de ladrillo. Le subió la falda hasta la cintura, arrancó las bragas de un tirón seco y expuso ese coño maduro, brillante de jugos que ya le corrían por los muslos. Alineó su polla gruesa y la metió de un solo empujón brutal, enterrándose hasta el fondo.

— ¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame como un animal! —gritó Laura, clavando las uñas en la pared.

Javier empezó a bombear salvajemente, sus caderas chocando contra ese culo maduro con golpes húmedos y fuertes. Le dio una nalgada sonora que resonó en el callejón, luego otra y otra, dejando la piel roja mientras su polla entraba y salía del coño chorreante.

—Esto es lo que querías, ¿verdad, zorra? Tu coño de cuarenta y dos años está tragándose mi polla joven como una puta barata. Está tan mojado y apretado… Tu marido no te folla así, ¿eh? Dilo.

—No… él no me folla así —gimió ella, empujando hacia atrás para recibir cada embestida—. Soy tu puta esta noche… ¡Más fuerte! ¡Nalguea a tu MILF!

Las nalgadas se volvieron más brutales, el culo de Laura temblando con cada impacto. Javier alternaba entre sujetar sus caderas y agarrar sus tetas por detrás, pellizcando los pezones duros mientras la taladraba sin piedad. El coño de ella producía sonidos obscenos de humedad, jugos salpicando con cada golpe. Laura empezó a temblar, sus paredes vaginales contrayéndose violentamente.

— ¡Me corro! ¡Joder, me corro en tu polla gruesa! —gritó sin control, su orgasmo explotando en olas que la hicieron sacudirse contra la pared, chorros de jugos calientes empapando la polla y los muslos de Javier.

Él siguió follándola a través del orgasmo, prolongando sus gemidos, hasta que sintió que ya no podía más. La sacó, la giró con fuerza y la empujó de rodillas otra vez.

—Abre esas tetas grandes. Voy a pintártelas con toda mi leche —ordenó, masturbándose rápido sobre ella.

Laura juntó sus pechos pesados, sacando la lengua con mirada hambrienta. Javier gruñó y explotó. Chorros espesos, abundantes y calientes saltaron sobre sus tetas, cubriendo los pezones, el canal profundo y salpicando hasta su barbilla. Gotas blancas y viscosas decoraban su piel madura.

Cuando terminó, Laura no se levantó. Con ojos todavía llenos de lujuria, empezó a lamer cada gota de semen de sus propias tetas. Recogía los hilos con los dedos, se los metía en la boca y tragaba con gemidos de placer, limpiando meticulosamente sus pechos mientras lo miraba con una sonrisa sucia.

—Delicioso… tu semen es tan espeso y joven —susurró, relamiéndose los labios—. Este es mi número real. Llámame mañana temprano. La próxima vez no será fingido, Javier. Quiero que me folles toda la noche en una cama, que me uses como tu puta personal.

Se arreglaron la ropa a toda prisa, limpiando rastros de semen y jugos con pañuelos. Salieron del callejón y regresaron al mercado con las mejillas sonrojadas y sonrisas cómplices, pero la tensión sexual seguía allí, más fuerte que nunca. Laura caminaba pegada a él, rozando disimuladamente su mano contra la polla todavía medio dura de Javier.

—Otto nos vio salir del callejón —murmuró ella con voz ronca, mordiéndose el labio—. La farsa funcionó… pero ahora yo estoy peor. Mi coño sigue palpitando por ti. Mi marido vuelve pasado mañana, así que tenemos tiempo. No creas que con una corrida en mis tetas se acaba esto, mi joven semental. Esta noche todavía puedo escaparme un rato más… si tú quieres seguir follándome como animales.

Sus ojos prometían mucho más, y Javier sintió que su polla volvía a endurecerse mientras el mercado seguía latiendo a su alrededor, ajeno al fuego que acababan de encender y que amenazaba con consumirlos por completo.

Laura apretó el brazo de Javier con más fuerza mientras se internaban de nuevo en el bullicio del mercado nocturno, sus caderas anchas rozando deliberadamente la cadera del joven repartidor de veinticuatro años. El semen que le había pintado las tetas aún se sentía pegajoso bajo la blusa roja, y cada paso hacía que la tela se pegara a sus pezones endurecidos. «Esto ya no es una farsa, joder», pensó Laura, mordiéndose el labio inferior con fuerza. «Llevo meses soñando con una polla joven y gruesa que me reviente el coño como mi marido nunca ha sabido. Y ahora que la tengo, no pienso soltarla tan fácil».

—Sigamos caminando como si nada —susurró ella, pegando su boca al oído de Javier mientras fingían mirar un puesto de tacos al pastor—. Pero méteme la mano por debajo de la falda otra vez. Quiero que sientas cómo me chorreo por ti. Otto nos vio salir del callejón, pero que se joda. Que vea cómo una mujer de cuarenta y dos años se moja por un semental que podría ser su hijo.

Javier no se hizo rogar. Su mano grande y callosa por el trabajo de repartidor se deslizó por la espalda baja de Laura, bajando sin disimulo hasta colarse bajo la falda negra ajustada. Los dedos rozaron la piel suave y caliente de sus muslos maduros, subiendo hasta encontrar el coño desnudo, todavía hinchado y empapado después de la follada brutal en el callejón. Apartó los labios mayores con dos dedos y metió el índice directamente en ese agujero resbaladizo, sintiendo cómo las paredes internas lo succionaban con avidez. Laura jadeó bajito, disimulando el gemido con una risa fingida mientras el vendedor les servía dos cervezas.

—Estás chorreando, Laura —gruñó Javier en voz baja, moviendo el dedo en círculos lentos dentro de ella, presionando el punto rugoso que la hacía temblar—. Tu coño de MILF casada está tragándose mi dedo como si fuera una puta en celo. ¿Te gusta que te masturbe en medio de toda esta gente?

Ella asintió, los ojos vidriosos de lujuria, y apretó los muslos alrededor de su mano para que el dedo entrara más profundo. El jugo caliente le corría por la muñeca del joven. «Dios, su dedo es tan grueso… imagínate cuando me meta esa verga otra vez», pensó Laura, sintiendo que sus rodillas se aflojaban. Se inclinó hacia el puesto como si estuviera eligiendo salsas, pero en realidad empujaba las caderas hacia atrás, follando discretamente los dedos de Javier mientras el ruido de la multitud ocultaba sus respiraciones entrecortadas.

—Más adentro… méteme dos —suplicó ella en un susurro ronco—. Quiero que me prepares el culo también. Esta noche no quiero límites, Javier. Soy tu puta madura, la esposa de tu jefe, y necesito que me uses hasta que no pueda caminar derecha.

Javier añadió un segundo dedo, estirando ese coño maduro y caliente mientras con el pulgar le rozaba el clítoris hinchado. Laura tuvo que agarrarse al borde del puesto para no gemir en voz alta. El vendedor, un hombre mayor, ni siquiera sospechó nada; solo vio a una pareja cariñosa. Cuando por fin retiró la mano, Javier se llevó los dedos a la boca y los lamió con descaro delante de ella, saboreando el gusto almizclado y dulce de su excitación.

—Sabes a pecado, Laura. A coño casado que no ha sido follado como se merece.

Ella no contestó con palabras. En cambio, lo tomó de la mano y lo arrastró entre dos puestos de ropa usada, internándose en un pasillo más oscuro donde las luces de neón apenas llegaban. Allí, contra una pila de cajas de cartón que olían a humedad y fritura, Laura se arrodilló por segunda vez esa noche. Sus rodillas maduras tocaron el suelo sucio sin importarle. Con manos ansiosas abrió de nuevo la bragueta de Javier y sacó esa polla que ya volvía a estar completamente dura, gruesa, venosa y con la cabeza hinchada brillando de precum.

—Joder, mira cómo te pone mi cuerpo de cuarenta y dos años —ronroneó ella, golpeándose la cara con la polla pesada—. Es tan gruesa que me duele la mandíbula, pero me encanta. Quiero que me folles la garganta otra vez, pero más duro. Quiero arcadas, quiero baba hasta las tetas.

Abrió la boca pintada de rojo y se la tragó hasta el fondo de un solo golpe. La garganta de Laura se contrajo alrededor del grosor joven, produciendo sonidos húmedos y obscenos mientras su nariz tocaba el pubis rasurado de Javier. Él la sujetó por el cabello castaño ondulado y empezó a bombear con embestidas cortas pero profundas, follándole la boca como si fuera un coño más. La saliva espesa le caía por la barbilla, goteando sobre las tetas que ella misma había sacado del escote. Los pechos pesados, con pezones grandes y oscuros, se balanceaban con cada embestida.

—Así, zorra… trágatela toda. Chúpale la polla al amante que tu marido nunca sabrá que tienes —gruñó Javier, mirando hacia abajo cómo esa MILF experimentada lo mamaba con hambre voraz. Sus bolas golpeaban la barbilla de ella, mojadas de saliva—. Eres mucho mejor que las chicas de mi edad. Tu boca sabe usar una verga de verdad.

Laura gemía alrededor de la polla, las vibraciones subiendo por el eje. Sacaba la verga de vez en cuando para jadear frases sucias entre hilos de baba: «Me encanta tu sabor a joven… quiero que me llenes el estómago de leche espesa». Luego volvía a engullirla, controlando las arcadas como una experta, usando la lengua para lamer la vena gruesa de abajo mientras sus manos masajeaban las bolas pesadas.

El deseo escaló rápido. Javier la levantó de golpe, demostrando esa fuerza de sus veinticuatro años, y la giró contra las cajas. Le subió la falda hasta la cintura, escupió en su mano y frotó la saliva mezclada con los jugos de ella sobre el ano fruncido y rosado que asomaba entre esas nalgas maduras y firmes.

—¿Quieres que te folle el culo, Laura? —preguntó con voz ronca, presionando la cabeza hinchada de su polla contra ese agujero prohibido.

—Sí… métemela en el culo —suplicó ella, empujando hacia atrás—. Nadie me ha follado el culo como se debe en años. Sé mi semental joven y rómpeme este culito maduro.

Javier empujó despacio al principio, sintiendo cómo el esfínter apretado cedía centímetro a centímetro alrededor de su grosor. Laura soltó un gemido largo y gutural cuando la polla la abrió del todo, enterrándose hasta las bolas en ese canal caliente y estrecho. El dolor inicial se transformó en placer puro en segundos. Él empezó a bombear con más fuerza, las caderas chocando contra ese culo redondo que temblaba con cada impacto. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con los gemidos de ella.

—Está tan apretado… tu culo de MILF me está estrangulando la polla —gruñó Javier, dándole una nalgada fuerte que dejó la marca roja de su mano—. ¿Te gusta que te sodomice en un pasillo oscuro mientras el mercado sigue a dos metros? Dilo, puta.

—Me encanta… soy tu puta anal, Javier. Fóllame más fuerte. Quiero sentirte hasta la garganta por el culo —respondió ella, una mano entre sus piernas frotándose el clítoris con desesperación.

El joven aceleró el ritmo, follándola con embestidas brutales que hacían que las cajas se tambalearan. Laura se corrió por segunda vez esa noche, su coño vacío chorreando jugos que caían al suelo mientras su ano se contraía violentamente alrededor de la polla invasora. Los temblores la sacudieron entera, sus tetas grandes balanceándose como péndulos.

Javier no se detuvo. Sacó la polla del culo con un sonido obsceno y la giró, levantándola como si no pesara nada. Laura rodeó su cintura con las piernas, cruzando los tobillos detrás de la espalda del joven. Él la empaló en el coño de un solo golpe brutal, follándola de pie contra las cajas. Cada embestida la levantaba casi del suelo. Sus tetas rebotaban contra el pecho de él, los pezones duros rozando la camiseta sudada.

—Más profundo… rómpeme el útero con esa verga de veinticuatro años —suplicaba ella entre gemidos, mordiéndole el cuello para ahogar los gritos—. Mi marido nunca me ha follado así. Tú sí sabes cómo tratar a una MILF cachonda.

Javier sentía que se acercaba al límite otra vez. El coño de Laura era un desastre caliente y chorreante, succionándolo con contracciones constantes. Cambió de posición, poniéndola a cuatro patas sobre unas cajas más bajas, y la taladró desde atrás con renovada furia. Le tiraba del cabello como riendas, alternando nalgadas brutales que dejaban el culo completamente rojo.

—Quiero correrme dentro esta vez —avisó él con voz entrecortada.

—Lléname —ordenó ella, empujando hacia atrás con igual ferocidad—. Quiero sentir tu leche joven inundándome el coño. Mañana cuando mi marido llame por teléfono estaré sentada con tu semen chorreándome todavía.

Javier gruñó como un animal y explotó. Chorros espesos y calientes inundaron las profundidades del coño maduro, desbordándose con cada embestida hasta que los muslos de Laura brillaron de semen mezclado con sus jugos. Ella tuvo un tercer orgasmo más pequeño, temblando y gimiendo su nombre.

Pero no se detuvieron. Apenas recuperaron el aliento, Laura se giró, aún con la polla semi-dura dentro, y lo besó con lengua profunda, sucia, saboreando el sudor y el sexo en la boca del otro. «Esto apenas empieza», pensó Javier, sintiendo cómo su verga volvía a endurecerse dentro de ese coño lleno de semen. «Si seguimos así vamos a terminar en su casa… y eso ya es otro nivel de peligro».

Laura, todavía empalada, movió las caderas en círculos lentos, ordeñando la polla que recuperaba fuerza.

—Mi coche está a una cuadra. Llévame allí y fóllame en el asiento trasero hasta que amanezca —susurró contra sus labios, los ojos brillando con lujuria insaciable—. No he terminado contigo, mi joven amante. Quiero que me hagas gritar en el parking mientras la gente pasa al lado. Y después… después hablaremos de lo que haremos cuando mi marido vuelva pasado mañana. Porque esto ya no es fingir, Javier. Esto es adicción.

El joven la besó con brutalidad, mordiéndole el labio inferior mientras sentía su polla endurecerse del todo dentro de ella otra vez. El mercado seguía latiendo a lo lejos, pero el fuego entre ellos crecía más caliente, más sucio, prometiendo una noche que apenas estaba en su segundo acto y que amenazaba con quemarlos vivos antes del amanecer. Laura apretó sus paredes vaginales alrededor de él, sonriendo con esa sonrisa de zorra experimentada que sabía que todavía le quedaba mucho más por exigir.

Laura apretó sus paredes vaginales alrededor de él, sonriendo con esa sonrisa de zorra experimentada que sabía que todavía le quedaba mucho más por exigir. Javier sintió el calor apretado de ese coño maduro succionándolo con avidez, ordeñando su polla que volvía a endurecerse por completo dentro de ella, palpitando contra las paredes húmedas y resbaladizas que aún guardaban los restos de su corrida anterior. A sus veinticuatro años, el joven repartidor notaba cómo el sudor le corría por la espalda bajo la camiseta ajustada, marcando sus músculos definidos por el trabajo diario cargando paquetes pesados en la moto. Laura, con sus cuarenta y dos años bien cumplidos, movía las caderas en círculos lentos y deliberados, frotando su clítoris hinchado contra el pubis de él mientras sus tetas pesadas de 38D se aplastaban contra el pecho juvenil. El callejón detrás del mercado ya quedaba atrás; ahora el bullicio lejano de las luces de neón y el olor a tacos y incienso se mezclaban con el aroma espeso de sexo que emanaba de sus cuerpos.

—Al coche, ya —susurró ella con voz ronca, mordiéndole el lóbulo de la oreja y tirando de él con los dientes—. Mi marido no vuelve hasta pasado mañana y mi coño no quiere parar de chorrear por esta verga tuya tan gruesa. Quiero que me folles hasta que me duela, Javier. Sin límites.

Él gruñó en respuesta, sacando su polla de ese coño con un sonido chapoteante que dejó un hilo espeso de semen y jugos colgando entre ellos. Se subieron la ropa a toda prisa, pero las manos no dejaban de buscarse: los dedos callosos de Javier se colaron bajo la falda negra de Laura, metiendo dos en su coño empapado y un tercero presionando el ano fruncido que acababa de reventar, mientras ella apretaba la base de su polla a través de los pantalones, sintiendo cómo latía caliente y venosa. Caminaron pegados entre la multitud del mercado nocturno, fingiendo mirar un puesto de joyería barata, pero la realidad era pura lujuria animal. Laura separaba ligeramente las piernas mientras él la masturbaba disimuladamente, sus jugos calientes corriendo por la muñeca del joven y goteando hasta sus sandalias.

—Sigue metiendo esos dedos, mi semental —jadeó ella al oído de él, disimulando un gemido con una risa fingida ante el vendedor—. Quiero que sientas cómo mi culo y mi coño están llenos de tu leche joven. Otto nos vio, que se joda. Que vea cómo una MILF casada como yo se convierte en la puta de un repartidor de veinticuatro.

Javier sacó los dedos y se los llevó a la boca, lamiéndolos con descaro frente a ella, saboreando el almizcle dulce y salado de su excitación mezclada con su propio semen. Su polla presionaba dolorosamente contra la bragueta, dejando una mancha húmeda de precum. Llegaron al coche en menos de un minuto, un sedán negro aparcado en el borde del parking semioscuro, donde algunas parejas pasaban caminando pero nadie prestaba atención. Laura abrió la puerta trasera con manos temblorosas de deseo y se metieron dentro. El espacio reducido hizo que sus cuerpos se pegaran de inmediato, el calor de la noche tropical empañando los vidrios en segundos.

Sin decir nada más, Laura se quitó la blusa roja de un tirón, liberando sus tetas enormes que rebotaron pesadamente, los pezones grandes y oscuros ya duros como piedras. Se subió la falda hasta la cintura, exponiendo su coño hinchado, los labios mayores rojos e hinchados, brillando con semen que aún escapaba. Se arrodilló en el asiento y abrió la bragueta de Javier con ansia, sacando esa polla gruesa que saltó pesada contra su cara.

—Madre de dios, qué verga tan perfecta —ronroneó, golpeándose las mejillas con ella, lamiendo la vena inferior desde los huevos pesados hasta la cabeza morada que goteaba—. A mis cuarenta y dos años nunca había sentido algo tan joven y duro. Voy a chupártela hasta que me ahogue en tu precum.

Abrió la boca pintada de rojo y la tragó entera, bajando hasta que su nariz tocó el abdomen marcado de Javier. La garganta se contrajo alrededor del grosor, produciendo arcadas húmedas y vibraciones que lo volvieron loco. Saliva espesa empezó a caer en cascada sobre sus tetas, mojando los pezones y corriendo entre el canal profundo. Javier sujetó su cabello castaño ondulado con ambas manos y empezó a follarle la boca con embestidas cortas pero brutales, golpeando el fondo de su garganta mientras el coche se llenaba de sonidos obscenos: gluglú, arcadas, gemidos ahogados.

—Así, zorra casada. Chúpale la polla al amante que tu marido nunca va a conocer —gruñó él, mirando cómo sus ojos se llenaban de lágrimas de esfuerzo pero brillaban de pura lujuria—. Eres mucho mejor mamadora que cualquier chica de mi edad. Trágatela toda, puta de cuarenta y dos.

Laura sacó la polla un segundo para jadear, hilos de baba colgando de su barbilla hasta sus tetas:

—Quiero que me uses, Javier. Soy tu MILF personal. Mi coño ya no quiere nada más que esta verga.

Se subió encima de él en el asiento trasero estrecho, enfrentándolo, y guió la polla directamente a su coño chorreante. Bajó de un golpe brutal, empalándose hasta el fondo con un grito gutural que empañó más los vidrios. Empezó a cabalgarlo como una posesa, sus caderas anchas subiendo y bajando con fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente contra la cara de Javier. Él las agarró con fuerza, chupando los pezones con hambre, mordiéndolos hasta dejar marcas rojas mientras empujaba sus caderas hacia arriba para taladrarla más profundo. El coche se mecía visiblemente, los amortiguadores crujiendo con cada impacto. El olor a coño mojado, semen y sudor llenaba el habitáculo.

— ¡Fóllame más duro! —gritaba Laura, clavando las uñas en los hombros de él—. ¡Rómpeme este coño maduro que mi marido no sabe satisfacer! Tu polla es tan gruesa que me llega al útero, joder… me estás arruinando.

Javier sentía las paredes vaginales contrayéndose alrededor de su grosor, succionándolo con cada subida. Cambió de posición con su fuerza juvenil, girándola para ponerla a cuatro patas contra el respaldo del asiento delantero. Su cara quedó presionada contra la ventana fría, las tetas aplastadas contra el vidrio empañado mientras él la penetraba desde atrás con embestidas salvajes. El culo redondo y firme de Laura temblaba con cada choque de pelvis, rojo por las nalgadas anteriores. Él le dio más, fuertes palmadas que resonaban dentro del coche, dejando huellas perfectas de su mano.

—Dime que eres mi puta anal también —ordenó él, escupiendo sobre el ano fruncido y metiendo dos dedos mientras su polla seguía reventando el coño.

—Soy tu puta anal, tu puta vaginal, tu todo —gimió ella, empujando hacia atrás con ferocidad—. Métemela en el culo otra vez, Javier. Quiero sentir cómo me abres el ano hasta que no pueda sentarme mañana.

Él sacó la polla del coño, alineó la cabeza hinchada contra el agujero trasero y empujó con fuerza controlada. El esfínter cedió centímetro a centímetro hasta que sus bolas golpearon contra los labios vaginales empapados. Laura soltó un gemido largo y animal, el placer superando cualquier molestia inicial. Javier empezó a bombear con ritmo brutal, follándole el culo con todo el peso de su cuerpo joven, el coche balanceándose tanto que parecía que iba a volcar. Una mano de él bajó a frotarle el clítoris con rapidez mientras la otra tiraba de su cabello como riendas.

Laura se corrió con violencia, su ano apretando la polla como un tornillo, chorros de jugos saliendo de su coño vacío y salpicando los asientos de cuero. El orgasmo la sacudió entera, sus tetas balanceándose, la boca abierta en un grito silencioso que terminó en sollozos de placer. Javier no paró, follándola a través del clímax, prolongando las contracciones hasta que sintió sus propias bolas tensarse.

—Voy a llenarte el culo de leche espesa, Laura. Toma toda mi corrida, MILF cachonda.

— ¡Lléname! ¡Inúndame el intestino con tu semen joven! —suplicó ella, corriéndose de nuevo en olas más pequeñas.

Javier rugió y explotó, chorros potentes y calientes disparándose profundo en su ano, tanto que el exceso empezó a salir alrededor de la polla con cada embestida. Se quedaron unidos varios minutos, jadeando, sudorosos, el semen goteando sobre el asiento. Laura se giró lentamente, aún con la polla semi-dura dentro, y lo besó con lengua sucia y profunda, intercambiando saliva y gemidos residuales. Sus cuerpos pegajosos se abrazaron en el espacio reducido.

—Mañana te llamo temprano —susurró ella contra sus labios, lamiendo el sudor de su cuello—. Esto ya no es fingir. Quiero que me reserves para ti solo. Mi marido puede tener su empresa y sus viajes, pero mi coño, mi culo y mi boca son tuyos ahora. Seré tu puta personal cada vez que él salga de la ciudad.

Javier asintió, su polla empezando a endurecerse otra vez dentro del culo lleno de semen, sabiendo que el riesgo era enorme pero el placer adictivo. Se besaron una vez más, prometiendo noches enteras en moteles baratos, folladas rápidas en entregas de paquetes y riesgos cada vez mayores.

El mercado seguía latiendo afuera, ajeno al incendio que habían desatado.

Aquella noche Laura dejó de ser la esposa intocable de su jefe y se convirtió en la adicta insaciable a la polla del repartidor que terminaría destruyendo su matrimonio.

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