Flores Heladas: La Primera Vez Que Su Esposa Se Entrega a Su Mejor Amigo

Su cornuda esposa de 38 años se entrega por primera vez al enorme amigo de su marido de 40 mientras él mira y se humilla.

10 min read September 20, 2026New

Soy Callum, un hombre de cuarenta y dos años, y llevo más de una década casado con Noelle. Ella tiene treinta y ocho, un cuerpo voluptuoso que todavía me deja sin aliento: caderas anchas, tetas pesadas y redondas, un culo firme que se balancea cuando camina y esa manera de mirar que siempre ha sabido abrir puertas. Desde el principio coqueteó abiertamente con mi mejor amigo Terrence, de cuarenta, un tipo alto, de hombros anchos, voz grave y una presencia dominante que hace que la gente se aparte sin pensarlo. Sé perfectamente lo que carga entre las piernas; lo hemos visto en vestuarios de gimnasio y en viajes de pesca. Es gruesa, pesada, de esas que no caben cómodas en cualquier mano. Yo siempre reí las bromas, fingí que no me importaba, pero por dentro se me endurecía la polla cada vez que Noelle se le pegaba un segundo de más o le dejaba la mano en el brazo.

Esta semana alquilamos la cabaña de montaña, lejos de todo, con la chimenea crepitando y el frío mordiendo los cristales. La primera noche, ya en la cama, con las sábanas calientes y su cuerpo desnudo pegado al mío, Noelle se giró hacia mí. Me miró a los ojos y lo soltó sin rodeos.

—Callum… llevo meses fantaseando con entregarme del todo a Terrence. Quiero que me folle mientras tú miras. Quiero que te humilles viéndolo. Quiero su polla dentro de mí y tu cara de cornudo inútil observándolo todo.

Se me secó la boca. La excitación me subió tan rápido que me mareé. Le acaricié el pecho, le pellizqué un pezón y le confesé que yo también lo había imaginado mil veces. Que sí. Que esa misma noche ella tomaría la iniciativa de verdad. Que yo lo aceptaba. Que lo quería. Nos besamos con una urgencia sucia, casi asustados de lo que habíamos desatado, y quedamos en que después de cenar ella empezaría.

La cena fue un tortura lenta. Terrence no sabía nada todavía. Noelle se puso un vestido corto de punto que se le pegaba a las tetas y apenas le cubría el culo. Cada vez que se levantaba a servir vino rozaba el muslo de él con la cadera. Yo sentía el corazón en la garganta. Cuando terminamos los platos ella se acercó por detrás, le pasó los brazos por los hombros y le susurró algo al oído que lo hizo sonreír de lado. Luego se sentó a su lado en el sofá, frente a mí, y empezó a rozarle el pecho con los dedos, despacio, como quien no hace nada malo. Terrence la miró, después me miró a mí. Yo tragué saliva y asentí una sola vez.

Noelle se inclinó y lo besó en la boca. Un beso profundo, con lengua, mientras su mano bajaba por el pecho de él hasta la entrepierna. Yo los miraba con la polla dura y la cara ardiendo. Ella se separó un segundo, me clavó los ojos y dijo con voz clara:

—Dímelo en voz alta, Callum. Dime que quieres ver cómo tu mejor amigo me folla.

Mi voz salió ronca, humillada, temblando de vergüenza y de ganas:

—Quiero ver cómo Terrence te folla. Quiero que te la meta entera mientras yo miro como el cornudo que soy.

Ella sonrió, le agarró la mano a Terrence y lo levantó del sofá.

—Ven —le dijo—. Y tú, síguenos.

Subimos los tres al dormitorio grande. La cama de matrimonio, las lámparas bajas, el frío de fuera contrastando con el calor que ya nos quemaba. Noelle se arrodilló delante de Terrence sin perder un segundo. Le abrió el pantalón, sacó aquella polla gruesa, pesada, con la cabeza ya brillante de precum, y me miró a mí mientras la lamía de la base a la punta.

—Mírala, cariño —susurró, chupando con ansia—. Es mucho más grande que la tuya. Más gruesa. Me llena la boca de una forma que la tuya nunca ha logrado.

Yo me quedé de pie junto a la cama, la mano temblando sobre mi propia erección a través del pantalón. Ella se la metió hasta la garganta, babeando, gimiendo alrededor del glande, los ojos clavados en los míos. Terrence le agarró el pelo y empezó a empujar despacio, profundo, y Noelle se ahogaba de gusto.

Cuando se separó, un hilo de saliva unía sus labios a la polla de él. Se subió a la cama, se abrió de piernas y se tocó el coño ya empapado.

—Métela —le ordenó a Terrence—. Fóllame profundo mientras mi marido mira.

Terrence se colocó entre sus muslos, alineó esa verga enorme y entró de un solo empujón en misionero. Noelle gritó. Él la clavó hasta el fondo, los huevos pegados a su culo, y empezó a follarla con embestidas largas y fuertes. Ella me miraba por encima del hombro de Terrence, la boca abierta, y me insultaba entre gemidos:

—Cornudo… inútil… mira cómo me parte el coño tu amigo… más grueso… más duro… tú nunca me has llegado así…

Cada palabra me golpeaba en el pecho y me endurecía más. Me bajé el pantalón y me agarré la polla, pero ella negó con la cabeza.

—Todavía no. Solo mira.

Terrence la follaba sin piedad, el sonido húmedo de su coño llenando la habitación. Luego ella lo empujó, lo hizo tumbarse de espaldas y se montó en cowgirl. Se hundió hasta el fondo de un golpe, las tetas rebotando salvajes, y cabalgó con furia, la espalda arqueada, los pezones duros. Yo veía cómo aquella polla gruesa entraba y salía brillante de jugos, cómo el culo de Noelle se aplastaba contra la pelvis de él.

—Joder, Callum… se me abre tanto… me va a destrozar…

Se corrió encima de él con un grito largo, el cuerpo temblando, el coño apretándolo en convulsiones. Terrence no paró. La levantó, la puso en cuatro y le separó las nalgas. Escupió sobre su culo y empujó. La cabeza gruesa abrió su anillo y entró con fuerza. Noelle aulló de placer, el rostro contra las sábanas.

—¡Sí, así! ¡Pórtate como el hombre que mi marido no es! ¡Fóllame el culo!

Él la empalaba a fondo, las manos clavadas en sus caderas, y ella me miraba de reojo, la boca abierta en un rictus de éxtasis.

—Mastúrbate —me ordenó—. Pero no te corras. Quiero verte sufrir mientras yo me corro otra vez y él me llena.

Me agarré la polla y empecé a bombearla lento, humillado, excitado hasta el dolor. Terrence la follaba por detrás con embestidas profundas, el culo de Noelle rojo del impacto. Ella se corrió otra vez, gritando mi nombre como un insulto, el cuerpo sacudido por oleadas. Entonces Terrence la sacó del culo, la volteó un poco, volvió a meterse en su coño chorreante y se vació dentro con un gruñido largo, profundo, los huevos apretados contra ella.

Se quedó un momento clavado hasta el fondo. Después se retiró despacio. La polla gruesa salió brillante, y de inmediato un hilo espeso de semen blanco empezó a resbalar del coño hinchado de Noelle, cayendo sobre las sábanas entre sus muslos abiertos. Ella seguía jadeando, las piernas temblando, y me miró con una sonrisa sucia y agotada mientras el semen de mi mejor amigo seguía goteando de ella…

Seguí ahí de pie, la polla palpitándome en la mano, mirando cómo el semen espeso de Terrence resbalaba del coño hinchado de Noelle. El hilo blanco caía lento entre sus muslos abiertos, manchando las sábanas, y ella jadeaba todavía, las tetas pesadas subiendo y bajando, el culo rojo de los azotes de las embestidas. Me miró con esa sonrisa sucia, agotada, y me hizo un gesto con la cabeza.

—Ven aquí, cornudo. Limpíame. Con la lengua.

Me arrodillé al borde de la cama sin dudar. El olor a sexo, a semen ajeno y a ella me golpeó la cara. Acerqué la boca al coño abierto, hinchado, brillando, y lamié. El sabor salado y amargo me llenó la lengua de inmediato. Empujé más, chupé los pliegues, metí la lengua dentro para sacar todo lo que pudiera del corrido de mi mejor amigo. Noelle gimió y me agarró del pelo, empujándome contra su coño.

—Así… trágatelo todo. Prueba lo que me ha dejado tu amigo dentro. Más grueso, más potentes los huevos… mira cómo me ha llenado y tú solo lames como un perro.

Terrence se había sentado contra el cabecero, la polla todavía medio dura, gruesa y brillante de jugos, y se reía bajo, mirándonos. Yo seguía chupando, tragando, sintiendo la humillación arder en el pecho mientras mi polla goteaba precum sobre la alfombra. Cada lametón me hacía más duro. Noelle se retorcía, se corría otra vez en mi cara con un grito corto, el coño apretándose contra mi boca, y yo bebí todo lo que salía.

Cuando me aparté, la barbilla chorreante, ella se incorporó y me besó, chupándome la lengua para saborear su propio desastre. Luego se giró hacia Terrence.

—Otra ronda. Quiero que me la metas otra vez mientras él me la chupa a mí después. Y Callum… tú te vas a quedar sin correrte hasta que yo diga.

Terrence no necesitaba más. La agarró de las caderas, la puso de lado y se le metió por detrás, la verga enorme abriéndola de nuevo con un sonido húmedo y obsceno. Noelle aulló, las uñas clavadas en las sábanas.

—¡Joder, sí! ¡Más profundo! ¡Rómpeme otra vez!

Él la follaba despacio al principio, dejando que yo viera cada centímetro entrar y salir, el glande grueso estirando su entrada. Yo me quedé arrodillado, mirando hipnotizado, la mano en mi polla pero sin bombear de verdad, solo agarrándola, sufriendo. Cada embestida hacía que el semen anterior saliera un poco más, chorreando por sus muslos. Noelle me miraba de reojo, la boca abierta.

—Dilo otra vez. Di lo que eres.

—Soy tu cornudo… —mi voz salió rota—. Un inútil que solo sirve para mirar cómo te folla mejor que yo. Cómo te llena esa polla que yo nunca tendré.

Terrence aceleró. La habitación se llenó del sonido de piel contra piel, de gemidos ahogados. Él la volteó a misionero otra vez, le subió las piernas a los hombros y la clavó hasta el fondo, los huevos golpeándole el culo. Noelle gritó mi nombre entre insultos:

—¡Callum, míralo! ¡Mira cómo me destroza el coño tu mejor amigo! ¡Nunca me has llegado así, nunca! ¡Más grueso, más largo… me parte en dos!

Se corrió con el cuerpo entero temblando, el coño contrayéndose visible alrededor de aquella verga. Terrence gruñó y se vació otra vez dentro, profundo, empujando hasta que no quedó nada. Cuando se retiró, el semen volvió a brotar, más espeso, más abundante. Noelle se quedó abierta, jadeando, y me señaló.

—Limpia otra vez. Y esta vez traga despacio. Quiero verte degustarlo.

Volví a la lengua. Lamié, chupé, metí los dedos para sacar más y me los metí a la boca delante de ellos. El sabor me mareaba de excitación y vergüenza. Terrence se levantó, se puso la polla todavía semidura cerca de mi cara y Noelle rió.

—Chúpale también a él. Limpia la polla que me ha follado. Demuéstrale lo bien que sabes servir.

Abrí la boca y la tomé. Gruesa, pesada, sabiendo a ella y a su corrido. La chupé con cuidado, lamiendo la cabeza, bajando por el tronco, mientras Noelle me miraba y se tocaba el pezón. Terrence me agarró el pelo y empujó un poco, no bruto, solo lo suficiente para que sintiera el peso. Yo gemí alrededor, la polla mía palpitando sin alivio.

Cuando terminé, Noelle me hizo subir a la cama. Se montó a horcajadas sobre mi cara, el coño empapado y abierto, y se sentó.

—Come. Mientras él me folla las tetas.

Terrence se arrodilló delante de ella, le juntó las tetas pesadas alrededor de su polla y empezó a follarlas, el glande asomando entre el escote brillante de saliva y precum. Yo lamía debajo, tragando jugos, oliendo todo, escuchando el sonido húmedo de la verga rozando su pecho. Noelle se corrió otra vez en mi boca, aplastándome la cara con las caderas, y Terrence se vino sobre sus tetas, chorros blancos cayendo por el pecho, los pezones, hasta mi frente.

Después nos quedamos los tres enredados un rato, el sudor enfriándose, la chimenea abajo crepitando todavía. Noelle se acurrucó entre nosotros, el semen secándose en sus muslos y en el pecho. Me acarició la cara con ternura sucia.

—Lo has hecho bien, mi cornudo. Has mirado, has limpiado, has sufrido sin correrte como te mandé. Ahora… ahora te dejo.

Me agarró la polla y me la bombeó rápido, fuerte, mirándome a los ojos mientras Terrence le pellizcaba un pezón. Me corrí en segundos, chorros débiles comparados con los de él, saliendo sobre mi propio vientre. La vergüenza me quemó más que el orgasmo.

Nos duchamos juntos después, despacio. El agua caliente lavaba el desastre, pero Noelle se frotaba el coño todavía sensible y sonreía cada vez que el semen residual salía. En la cama, ya limpios, con las sábanas cambiadas a medias, ella se pegó a mí y a Terrence a ella.

—Esto no se queda aquí —susurró contra mi cuello, la voz ronca de tanto gritar—. La próxima semana, cuando volvamos a casa, quiero que lo invites otra vez. Pero esta vez a la casa grande. Quiero que me folle en nuestra cama matrimonial, en el sofá del salón, en la cocina. Quiero que te haga limpiarme cada rincón de la casa después. Y quiero que invites a otro amigo suyo… ese del gimnasio, el alto de brazos tatuados. Que me la turnen. Que me llenen los dos mientras tú te arrodillas y grabas con el móvil… no, mejor sin grabar, solo mirando y lamiendo. Voy a hacer una lista. Lugares, posiciones, cómo te vas a humillar cada vez. Tú vas a organizar las noches. Vas a llamarlos, vas a preparar la casa, vas a pedirme por favor que me deje follar. Y yo voy a decidir cuándo te dejo correrte… si es que te dejo.

Me besó lento, la mano bajando otra vez a mi polla ya medio dura otra vez de solo oírla planear.

—Empieza a pensarlo ya, Callum. La próxima será peor. Más larga. Más gente. Y tú vas a agradecérmelo de rodillas cada puta vez.

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