Flores Heladas de su Amiga Secreta
Dos amigas adultas de 32 y 29 años por fin se comen el coño con ganas en Madrid.
En el cálido verano de Madrid, donde el asfalto parecía derretirse bajo el sol de julio y el aire olía a tierra seca y jazmines de los balcones, yo, Yvonne, fotógrafa de treinta y dos años, esperaba en mi apartamento de Malasaña con el corazón latiéndome en la garganta. Las paredes estaban cubiertas de mis propias imágenes: retratos en blanco y negro de cuerpos anónimos, curvas capturadas al amanecer, pieles que siempre me recordaban a ella. Durante meses había recibido aquellas flores heladas, ramos de rosas blancas preservadas en bloques de hielo seco que llegaban envueltos en papel kraft, acompañados de notas escritas a mano con tinta negra. «Quiero hundir mi lengua entre tus pliegues hasta que grites mi nombre sin saber quién soy», decía una. «Tu coño debe de saber a pecado y a verano», decía otra. Me masturbaba leyéndolas, imaginando dedos ajenos abriéndome, una boca desconocida devorándome con hambre. Y ahora, por fin, iba a descubrir quién era mi amiga secreta.
El timbre sonó a las ocho en punto. Abrí la puerta y allí estaba Ingrid, la abogada de veintinueve años que había compartido conmigo cenas, confidencias y viajes de fin de semana durante los últimos cinco años. Llevaba un vestido de lino beige que se pegaba a sus curvas por el sudor del calor madrileño, marcando la redondez de sus pechos y la línea firme de sus caderas. El cabello castaño le caía suelto sobre los hombros, húmedo en las sienes, y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de miedo y deseo que me dejó sin aliento. No dijo nada al principio. Simplemente entró, cerró la puerta y se quedó mirándome como si quisiera comerme allí mismo en el pasillo.
—Las flores heladas eran mías, Yvonne —confesó por fin, con la voz ronca y baja—. Todas. Las notas también. Las enviaba porque llevaba años muriéndome por ti y no quería perderte si me rechazabas. Pensé que si te seducía poco a poco, si te dejaba pistas de lo que quería hacerte, quizás algún día te mojarías pensando en mí como yo me mojo pensando en ti cada noche.
Me quedé paralizada contra la pared, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba entre las piernas. Recordé todas las veces que había estado a punto de confesarle que me tocaba imaginando su boca. Todas las miradas que había disimulado cuando quedábamos para tomar vermut en Chueca y ella cruzaba las piernas dejando ver el encaje de sus medias.
—Ingrid… yo también te deseo desde hace años —admití, y las palabras salieron temblorosas pero libres—. Cada vez que me abrazabas para despedirte, me quedaba oliendo tu perfume en mi ropa y me metía en la cama a follarme con los dedos pensando que eras tú la que me abrías. Esas flores me volvían loca. Ahora que sé que eran tuyas… joder, ven aquí.
La tensión creció como una marea. Fui a la nevera y saqué una botella de albariño bien frío. Serví dos copas generosas y nos sentamos en el sofá amplio de terciopelo verde que ocupaba el centro del salón. El ventilador del techo giraba perezoso, moviendo el aire caliente sobre nuestras pieles. Bebimos en silencio al principio, pero nuestras rodillas se rozaban y ninguna las apartaba. Yo llevaba una camiseta fina de tirantes y una falda corta de algodón; sentía mis pezones endurecidos marcándose contra la tela y el calor húmedo que ya empapaba la entrepierna de mis bragas.
Ingrid dejó su copa en la mesa baja y me miró directamente a los labios. Tenía las mejillas sonrojadas, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cada vez más cortas. Podía oler su excitación mezclada con el perfume de vainilla y almizcle que siempre usaba. Mi coño palpitaba con cada latido. Dejé también mi copa, me incliné hacia ella y la besé.
Fue un beso suave al principio, casi tímido. Mis labios rozaron los suyos, probando su calor, su sabor a vino frío y a deseo contenido. Ingrid soltó un gemido bajito contra mi boca y respondió con toda la pasión que había guardado durante años. Sus manos subieron a mi nuca, enredándose en mi pelo corto, y tiró de mí para profundizar el beso. Su lengua entró en mi boca con hambre, lamiendo, explorando, follándome ya con ese simple gesto. Sentí sus dientes mordiendo suavemente mi labio inferior y un escalofrío me recorrió la columna hasta llegar a mi clítoris hinchado.
—Hostia, Yvonne… —susurró contra mis labios cuando nos separamos apenas un centímetro para respirar—. No sabes las veces que he fantaseado con lamerte el coño. Me corro pensando en abrirte las piernas, bajarte las bragas empapadas y hundir toda mi lengua dentro de ti. Quiero chuparte el clítoris hasta que me llenes la boca con tu corrida, quiero que me montes la cara y me uses como tu puta personal.
Sus palabras sucias me encendieron como gasolina. Reí nerviosa, una risa corta y temblorosa que ella compartió, pero enseguida volvimos a besarnos con más fuerza. Mis manos bajaron por sus costados, sintiendo la curva de su cintura, la redondez firme de su culo a través del vestido. Ella metió una mano bajo mi falda y rozó con dos dedos la tela mojada de mis bragas, presionando justo donde más lo necesitaba. Gemí dentro de su boca y apreté los muslos alrededor de su mano.
Nos empujamos la una a la otra, riendo entre besos urgentes, tropezando con los muebles mientras nos dirigíamos al dormitorio. Por el pasillo me quitó la camiseta, dejando mis pechos al aire. Sus manos los apretaron con ganas, sus pulgares rozando los pezones duros hasta que arqueé la espalda y jadeé su nombre. Yo conseguí bajarle la cremallera del vestido; la prenda cayó al suelo con un susurro, revelando su cuerpo de abogada de veintinueve años que parecía esculpido para el pecado: pechos altos y llenos, cintura estrecha, caderas anchas y unas bragas de encaje negro ya transparentes por la humedad.
Caímos sobre la cama entre risas nerviosas y caricias desesperadas. Las sábanas estaban frescas contra mi espalda ardiente. Ingrid se colocó encima de mí, besándome el cuello, bajando por mi clavícula, tomando un pezón entre sus labios y chupándolo con fuerza mientras su mano volvía a frotarme el coño por encima de la ropa interior. Yo estaba empapada, literalmente goteando. Sentía el olor de nuestra excitación llenando la habitación, mezclado con el calor del verano que entraba por la ventana entreabierta.
Mis dedos se colaron bajo el elástico de sus bragas y encontraron su coño resbaladizo, hinchado, ardiendo. Lo acaricié despacio, separando sus labios, rozando su clítoris hinchado mientras ella gemía contra mi pecho y movía las caderas buscando más presión. Nos miramos a los ojos un segundo, las dos sonrojadas, sudadas, con los labios hinchados de tanto besarnos.
—Quiero comerte entera —susurró Ingrid, bajando por mi vientre, besando cada centímetro de piel como si llevara años esperando permiso—. Quiero que este sea solo el principio, Yvonne. Quiero que me dejes hundir la cara entre tus piernas y no me dejes salir hasta que te hayas corrido tres veces en mi boca.
Sus dedos engancharon el borde de mis bragas y empezaron a bajarlas lentamente por mis muslos. El aire fresco rozó mi coño expuesto, empapado y palpitante. Yo abrí las piernas sin vergüenza, ofreciéndome, sintiendo cómo el deseo me consumía por completo. Su aliento caliente ya rozaba el interior de mis muslos cuando…
(Continuará)
Ingrid no pudo resistir más. Su aliento caliente sobre la cara interna de mis muslos me tenía al borde de la locura, pero en lugar de lanzarse de inmediato a devorarme, subió por mi cuerpo con esa elegancia felina de abogada que sabe exactamente cómo torturar. Se colocó encima de mí, sus treinta y nueve kilos de pura curva madura presionando contra mis treinta y dos años de fotógrafa acostumbrada a capturar cuerpos pero nunca a sentirlos así. Sus tetas firmes aplastaron las mías, los pezones duros como piedras. Devoró mi boca sin piedad. Su lengua entró como una polla caliente, follándome la garganta con lametones profundos y brutales mientras sus manos fuertes apretaban mis pechos con saña, amasándolos, estrujándolos hasta que la carne se desbordaba entre sus dedos. Tiraba de mis pezones, los retorcía, los pellizcaba con fuerza y yo gemía dentro de su boca, el dolor convirtiéndose en fuego líquido que me bajaba directo al coño.
—Joder, Yvonne, estas tetas son mías desde hace años —gruñó contra mis labios, mordiéndome el inferior hasta sacarme sangre casi—. Las he imaginado en mis manos mientras me corría sola en el despacho, con la puerta cerrada y las bragas bajadas hasta las rodillas.
Sus palabras me empaparon más. Sentía mi coño chorreando sobre las sábanas, el calor del verano madrileño pegándonos la piel con sudor salado. Pensé que me iba a correr solo con sus besos y sus manos brutales en mis tetas. Le clavé las uñas en la espalda, arañándola, y ella respondió apretando más fuerte, casi magullándome los pechos mientras su pelvis se restregaba contra mi muslo, dejando un rastro de su propia humedad.
No aguantó mucho tiempo arriba. Bajó como una loba hambrienta, besando mi vientre tembloroso, lamiendo el sudor de mi ombligo, hasta que su cara quedó entre mis piernas abiertas de par en par. Me arrancó las bragas de un tirón seco y las lanzó al otro lado de la habitación. Mi coño quedó expuesto, hinchado, los labios mayores abiertos como una flor mojada, el clítoris palpitando visiblemente. Ingrid soltó un gemido gutural al verlo.
—Hostia puta, mira cómo te gotea. Esto es lo que querías, ¿verdad? Mi lengua comiéndote el coño como en las notas que te enviaba.
No esperó respuesta. Hundió la cara entera. Su lengua experta abrió mis pliegues de un lametón largo y plano, recogiendo toda mi corrida desde el culo hasta el clítoris. Luego se centró en este último. Lo chupó con fuerza, succionándolo entre sus labios calientes, rodeándolo con la punta de la lengua en círculos rápidos y precisos que me hicieron ver estrellas. Dos dedos suyos entraron en mi coño sin aviso, curvándose hacia arriba para frotar ese punto que me vuelve loca. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, sus gemidos ahogados contra mi carne, mis propios jadeos cada vez más altos.
—Ingrid… sí… chúpame el clítoris, joder, no pares —supliqué, y mis manos volaron a su cabeza. Agarré su melena castaña con los dos puños y tiré de ella hacia abajo, follándome su cara sin vergüenza. Mis caderas se movían solas, restregando mi coño empapado contra su boca, su nariz, su barbilla. Ella succionaba más fuerte, los dedos entrando y saliendo cada vez más rápido, y el orgasmo me golpeó como un tren. Grité su nombre mientras me corría, inundándole la boca con chorros calientes que ella tragaba sin perder ni una gota, lamiendo y chupando hasta que temblaba entera y le dolía el cuero cabelludo de cómo le tiraba del pelo.
Apenas había terminado de correrme cuando la empujé hacia atrás. Quería más. Quería usarla.
—Ahora me toca a mí, puta —le dije con la voz rota de placer—. Tú me comiste como en tus cartas, ahora yo te voy a montar la cara hasta que te ahogues en mi coño.
La tumbé de espaldas y me subí a horcajadas sobre su cabeza. Mis rodillas se clavaron a los lados de su cara. Bajé despacio, frotando primero mi coño mojado contra su nariz, luego contra sus labios, y finalmente contra su lengua ansiosa. Empecé a moverme. Al principio lento, sintiendo cómo su lengua me penetraba, cómo lamía mis paredes internas y luego subía a mi clítoris hinchado y sensible. Después aceleré. Me senté completamente sobre su boca y empecé a follarle la cara con fuerza, frotando mi coño empapado de adelante hacia atrás, girando las caderas, usándola como un juguete. Mis jugos le cubrían toda la cara, brillaban en sus mejillas, le goteaban por la barbilla.
Mientras tanto, mis manos subieron a mis propios pechos. Me pellizcaba los pezones con saña, tirando de ellos, retorciéndolos, enviando descargas directas a mi clítoris que ya estaba otra vez al borde. Miraba hacia abajo y veía sus ojos verdes clavados en los míos, llenos de lujuria y sumisión, mientras su lengua trabajaba sin parar dentro de mí.
—Lámeme más adentro, Ingrid. Méteme toda la lengua en el coño, sí… así… soy tu puta secreta, la que se masturbaba con tus flores heladas. ¡Joder, me voy a correr otra vez en tu boca!
Ella gimió contra mi carne y el vibración me lanzó al segundo orgasmo. Me corrí gritando, apretando los muslos alrededor de su cabeza, inundándola de nuevo mientras ella bebía todo lo que le daba. Mis piernas temblaban tanto que casi me caigo.
Pero aún no habíamos terminado. Las dos necesitábamos más. Nos separamos jadeando, sudorosas, con los labios hinchados y el olor de coños calientes llenando el dormitorio. Ingrid me miró con esa sonrisa sucia que tanto me ponía.
—Quiero sentir tu coño frotándose contra el mío. Ven aquí.
Nos colocamos en tijera. Yo levanté una pierna, ella la otra, y juntamos nuestros coños empapados con un sonido húmedo y obsceno. Nuestros labios mayores se besaron, nuestros clítoris se tocaron directamente, resbaladizos de tanta corrida. Empezamos a movernos. Al principio con ritmo lento, sintiendo la fricción caliente, la manera en que nuestros jugos se mezclaban y creaban un lubricante sucio y perfecto. Luego fuimos más fuerte. Más salvaje. Nuestras caderas se estrellaban, coño contra coño, clítoris contra clítoris, frotando con furia mientras el sudor nos corría por las tetas y los muslos.
—Frota más fuerte, Yvonne —gruñó ella, agarrándome la pierna para tener más palanca—. Quiero que nuestros coños se follen hasta que nos corramos juntas como las zorras que somos.
El sonido era brutal: chap-chap-chap-chap, carne mojada golpeando carne mojada, nuestros gemidos cada vez más altos. Mis tetas rebotaban, las suyas también. El calor de julio entraba por la ventana junto con el ruido lejano de Madrid, pero nada existía fuera de la fricción brutal de nuestros sexos. Sentía su clítoris duro frotando el mío en círculos perfectos, nuestros labios hinchados tragándose la una a la otra.
El orgasmo nos pilló al mismo tiempo. Fue salvaje, mutuo, animal. Empecé yo, gritando su nombre mientras mi coño se contraía y le soltaba otro chorro caliente sobre el suyo. Ella se corrió inmediatamente después, arqueando la espalda, chillando como una posesa mientras su coño palpitaba contra el mío y me inundaba con su corrida. Nos frotamos durante el orgasmo sin parar, alargándolo, ordeñándonos la una a la otra hasta que las dos temblábamos y gritábamos, los cuerpos convulsionando, los coños chorreando y mezclando nuestras leches en las sábanas.
Cuando por fin paramos, caímos una junto a la otra, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Me acerqué, le besé los labios hinchados y brillantes de nuestros jugos, y le confesé entre jadeos que quería que esto fuera el comienzo de algo real, de algo nuestro y prohibido que ya no podíamos parar. Nos quedamos abrazadas un rato, acariciándonos perezosamente las tetas y los muslos, planeando la próxima cita secreta en su apartamento de Chamberí la semana siguiente, con más flores heladas y una noche entera para follar sin prisas. Sonreíamos con esa complicidad sucia de quien por fin ha hecho realidad sus deseos más retorcidos.
Y la próxima vez pienso sentarme en su cara hasta que me coma el culo y el coño a la vez y me deje el ojete chorreando de su saliva antes de correrme en su garganta como la guarra que soy.
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