El Padre de Mi Mejor Amigo en el Faro
Ricardo, el viudo de 48 años, me folla salvajemente en el faro durante la tormenta.
Tengo veinticuatro años y este verano pensé que solo iba a descansar. Mi mejor amigo, Ravi, me ofreció la casita anexa al faro remoto donde vive su padre desde que enviudó. «Ricardo se aburre solo», me dijo. «Te va a venir bien el aire y a él la compañía». No le conté que llevaba años masturbándome con la imagen de ese hombre: cuarenta y ocho, hombros anchos de cargar boyas y redes, barba salpicada de canas, manos grandes curtidas por la sal y el sol, voz grave que parece salir del pecho. Un viudo robusto, de piernas firmes y mirada que atraviesa.
Los primeros días fueron cordiales. Él me enseñó el mecanismo de la linterna, el generador, las cartas náuticas manchadas de café. Por las tardes, cuando el sol se hundía en el Atlántico, sacábamos dos cervezas al mirador de piedra. Yo notaba cómo me miraba. No de reojo educado: de frente, despacio, bajando la vista a mi boca, a mi cuello, al bulto de mi entrepierna cuando el viento pegaba la camiseta contra el pecho. Yo le devolvía esas miradas. Sonreía ladeado, dejaba que mis dedos rozaran los suyos al pasarle la botella, aguantaba la respiración cuando él se inclinaba para señalar un barco en el horizonte y su hombro rozaba el mío. La atracción era evidente, espesa, casi olía a ozono antes de la tormenta. Fantaseaba con él cada noche, apretándome la polla bajo la sábana, imaginando esas manos abriéndome.
La tormenta llegó el jueves. El faro crujía. El viento aullaba entre las rejas y la lluvia golpeaba los cristales como puños. Ricardo me llamó a la sala de máquinas: había que revisar las bombas de achique y el backup de la lámpara. Trabajamos codo a codo bajo la luz amarilla, camisetas empapadas de condensación y sudor. De pronto se detuvo. Me miró fijamente, la mandíbula tensa.
—Llevo semanas corriéndome pensando en ti —dijo sin rodeos, la voz ronca—. En la ducha, en la cama, aquí mismo. Me la saco y me la sobo hasta que me duelen los huevos, imaginando que eres tú quien me la chupa. No aguantaba más sin decírtelo.
El pecho se me cerró de ganas. Asentí, tragando saliva.
—Yo quiero que me folles —le respondí, claro, sin vergüenza—. Desde que llegué. Antes incluso. Hazlo. Fóllame.
No hizo falta más. Se abalanzó. Su boca encontró la mía con hambre: lengua gruesa, barba rasposa, sabor a cerveza y sal. Nos besamos como si nos fuéramos a ahogar. Sus manos bajaron, apretaron mi polla dura por encima del pantalón; yo hice lo mismo con la suya, sintiendo el grosor, el calor, el pulso. Nos frotamos, gemiendo dentro del beso, la tensión de semanas explotando de una puta vez. Decidimos entregarnos. No había marcha atrás y ambos lo queríamos.
Ricardo me agarró del pelo con una mano firme y me bajó de rodillas sobre el suelo de metal frío. Se abrió el pantalón. Su verga saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum, el olor masculino y fuerte que me volvió loco. Me la puso contra los labios.
—Ábrela, puto cachondo —ordenó, y yo obedecí encantado—. Chúpamela bien.
Se la metí entera hasta la garganta, babas rodando por la barbilla. Él me follaba la boca con embestidas controladas pero profundas, sujetándome la nuca, gemidos bajos saliendo de su pecho. «Así, trágatela… mira qué puta te pones por la polla de tu amigo». Yo me tocaba encima de la ropa, empapado, los ojos llorosos de placer. Me la saqué casi hasta los huevos, la lengua plana, y él gruñó mi nombre.
Cuando ya no aguantó más me levantó de un tirón, me giró y me inclinó sobre la mesa de mapas. El papel crujió bajo mi pecho. Me bajó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento. Escupió en sus dedos y me abrió el culo con cuidado primero, luego con insistencia: un dedo, dos, torsión, buscando y encontrando ese punto que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido alto.
—Estás listo —dijo—. Dime que lo quieres.
—Fóllame, Ricardo. Métela.
Empujó. Su polla gruesa me abrió despacio y sin piedad a la vez, saliva y precum como único lubricante, el ardor dulce convirtiéndose en plenitud brutal. Me embistió en posición de perrito, manos aferradas a mis caderas, el sonido de piel contra piel mezclado con la tormenta afuera. Me follaba salvaje, hondo, cada embestida rozándome la próstata hasta que veía estrellas. «Qué culo tan puto apretado… te estoy destrozando y te encanta». Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, llamándolo por su nombre entre jadeos.
Me dio la vuelta de golpe, me subió a la mesa de espaldas, me abrió las piernas y entró otra vez en misionero. Ahora podía verle la cara: sudor en la frente, ojos oscuros de deseo, boca entreabierta. Me besaba mientras me masturbaba con la mano callosa, al ritmo de sus embestidas. La fricción era perfecta. Me dominaba de forma consensuada, brutalmente placentera, y yo me entregaba por completo.
—Me corro dentro —advirtió, ronco—. ¿Quieres mi leche?
—Sí. Lléname.
Unos empujones más y se tensó. Gemidos graves, casi animal, mientras se vaciaba en mi culo a chorros calientes. El calor me empujó al borde: me corrí entre nuestras barrigas, chorreando sobre su puño y mi pecho, temblando, apretándolo con cada pulsación. Nos quedamos así, unidos, respirando agitados, la tormenta todavía rugiendo pero ya más lejana.
Después se salió con cuidado. Me limpió con un trapo húmedo que tenía cerca, con una ternura que contrastaba con la salvajada de minutos antes. Me besó suavemente en la frente, los labios suaves contra mi piel sudada.
—Esto no será solo una noche —murmuró—. Ni de coña. Quiero más. Quiero folmarte cada puto día que te quedes aquí. En secreto. Adictivo. Tú y yo.
Asentí, todavía con las piernas blandas, el culo palpitando con su semen dentro. Nos vestimos a medias, nos abrazamos junto al ventanal grande de la sala de control. El cielo empezaba a clarear sobre el mar revuelto: grises y rosas tímidos tras la tormenta. Su brazo pesaba alrededor de mis hombros. Yo apoyé la cabeza en su pecho y sentí el latido lento, seguro.
Sabía lo que acabábamos de empezar. El padre de mi mejor amigo y yo. Una relación escondida, peligrosa de tan buena, llena de noches por venir, de miradas robadas cuando Ravi llamara, de folladas en cada rincón del faro. La tensión no se había gastado; apenas se había encendido. Ricardo me apretó más fuerte y yo sonreí contra su camisa, ya deseando la siguiente vez, la próxima confesión, el próximo amanecer con su verga todavía marcada en mí.
Después de abrazarnos frente al ventanal, con el cielo abriéndose en grises rosados y su semen todavía caliente resbalándome entre las nalgas, no volvimos a la casita anexa. Ricardo me llevó de la mano por la escalera de caracol hasta la sala de la linterna. El mecanismo giraba lento, el haz cortando la bruma que se disipaba. Me empujó contra la barandilla de metal frío.
—Míralo —dijo, voz baja, casi un gruñido—. El mar todavía cabreado y yo aquí contigo, con la polla otra vez dura solo de olerte.
Me giró, me bajó lo que quedaba de pantalones y me abrió las piernas. Escupió en su mano, se untó la verga gruesa y me penetró de un solo empujón profundo. El ardor del primer rato aún estaba ahí, pero ahora era puro hambre. Me folló de pie, contra el barrote, mirando al Atlántico mientras sus caderas golpeaban mi culo con fuerza seca. Cada embestida me hacía morder el metal para no gritar demasiado. Sus manos me apretaban la cintura, los pulgares clavándome en la carne.
—Esto es mío ahora —jadeó contra mi oreja—. El culo del amigo de mi hijo. Qué puta mierda más rica. Empuja hacia atrás. Más.
Obedecí. Me abrí para él, dejé que me destrozara el agujero otra vez, saliva y restos de leche haciendo de lubricante imperfecto y perfecto a la vez. Me masturbaba con la mano libre, al ritmo brutal que él marcaba. Cuando sentí que se acercaba otra vez, se detuvo, se salió y me giró.
—De rodillas. Quiero correrme en tu cara esta vez.
Me arrodillé en el suelo de rejilla. Su polla roja, brillante, olía a mí y a él mezclados. Me la metí entera, gagging, babas por la barbilla, y chupé como si me fuera la vida. Él se agarró a mi pelo y embistió mi garganta hasta que sus huevos me golpearon la barbilla. Gemí alrededor de aquel grosor. Se corrió con un grito ahogado: chorros calientes contra mi lengua, mis labios, la mejilla. Me lo tragué todo lo que pude y el resto me lo untó él mismo por la cara, frotando la cabeza hinchada.
—Mírate —dijo, respirando agitado—. Pareces un puto vicio andante. Levántate.
Me levantó, me besó con esa misma leche todavía en mi boca, y nos quedamos así un rato, sudados, la linterna girando sobre nuestras cabezas. Bajamos despacio. En la cocina me hizo café negro y me sentó en su regazo como si fuera lo más natural del mundo. Su mano grande me acariciaba el muslo por debajo de la camiseta que me había prestado.
—Ravi va a llamar esta tarde —murmuró contra mi cuello—. Vas a hablarle normal. Vas a decirle que el faro es aburrido y que su padre te trata bien. Y mientras hablas yo voy a estar debajo de la mesa chupándote la polla. ¿Entendido?
Se me puso dura otra vez solo de oírlo. Asentí. La confesión me salía sola en la cabeza: estoy follándome al padre de mi mejor amigo y me encanta el riesgo, el secreto, la forma en que me mira como si fuera a comerme vivo cada segundo.
La llamada llegó a las cinco. El móvil de Ricardo sonó en la mesa de la cocina. Él me miró, sonrió ladeado y se agachó. Ravi al otro lado: «¿Qué tal, tío? ¿Mi viejo no te está volviendo loco con sus historias de boyas?». Yo contesté con voz casi normal mientras Ricardo me bajaba el pantalón de chándal y me metía la polla entera en la boca caliente. Su lengua gruesa rodeándome la cabeza, succionando, una mano apretándome los huevos con cuidado. Tuvo que taparme la boca con la palma cuando casi solté un gemido.
—Todo bien… sí, el aire es brutal… tu padre… es un tío genial —dije, la voz entrecortada. Ricardo me follaba la garganta con la boca, subiendo y bajando, babas rodando por mi muslo. Me corría en segundos, chorros fuertes que él se tragó sin perder una gota, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros. Cuando colgué, las piernas me temblaban.
—Buen chico —dijo él, poniéndose de pie y lamiéndose los labios—. Ahora te toca a ti. Quiero que me abras el culo con la lengua.
Me llevó al sofá de la sala de control. Se bajó los pantalones, se arrodilló de espaldas a mí sobre el brazo del mueble y me presentó ese culo peludo, firme, de hombre de cuarenta y ocho años que carga peso todos los días. Me arrodillé detrás y le abrí las nalgas. El olor masculino, salado, me volvió loco. Le pasé la lengua plana por el agujero, lo dilaté, empujé dentro, le comí el culo con hambre mientras él gemía bajo y se masturbaba. «Así… más profundo, puto… revuélvemelo». Le metí dos dedos, busqué su próstata y lo sentí temblar. Cuando estuvo empapado y abierto me subí detrás, me unté con saliva y me la metí despacio.
Follarlo a él fue otra dimensión. Apretado, caliente, ese cuerpo robusto temblando bajo el mío. Le agarré los hombros anchos y embestí hondo, salvaje, el sofá crujiendo. Él empujaba hacia atrás, pidiendo más fuerte, más duro. «Nadie me había follado así desde… joder, no me importa. Destroza ese culo». Me corrí dentro de él a gritos, llenándolo, y él se vino a la vez sobre el brazo del sofá, chorros gruesos, gruñendo mi nombre.
Nos duchamos juntos en la ducha estrecha de la torre. El agua caliente, sus manos jabonándome el pecho, la polla, el culo todavía sensible. Me empujó contra la pared de azulejos y me la metió otra vez, despacio esta vez, casi tierno, besándome el cuello mientras me follaba con embestidas largas. Me masturbó al mismo ritmo hasta que me corrí contra el azulejo, temblando, y él se vació otra vez dentro de mí con un suspiro largo.
Por la noche cenamos pescado a la plancha. Hablamos poco. Nos mirábamos demasiado. Después me llevó a su cama grande, la que había compartido con su mujer años atrás. Me tendió de espaldas, me abrió las piernas y me folló en misionero lento y profundo, mirándome a los ojos todo el rato. «Esto no es solo follar —dijo entre embestidas—. Es adicción. Cada vez que Ravi pregunte voy a pensar en cómo te tengo abierto. Cada vez que te vea sonreír voy a querer metértela hasta que no puedas caminar derecho».
Me corrí entre nosotros otra vez, y él dentro. Nos quedamos enlazados, sudados, su verga ablandándose pero todavía dentro. El faro emitía su haz regular sobre el mar negro.
A la mañana siguiente me despertó con la boca en mi polla. Me chupó despacio hasta ponerme de piedra, luego se montó a horcajadas y se la metió en el culo él mismo, bajando hasta sentarse completo. Me folló así, cabalgándome con las manos en mi pecho, la barba canosa rozándome la cara cuando se inclinaba a besarme. «Úsame… llena a tu puto suegro de mentira». Me corrí tan hondo que se me nubló la vista. Él se vino sobre mi abdomen sin tocarse, solo con la fricción.
Después del café me llevó al almacén de boyas. Oliendo a salitre y óxido me puso de rodillas otra vez entre las redes, me embistió la garganta hasta las lágrimas y luego me folló de pie contra una boya naranja enorme. El plástico frío contra mi pecho, su polla martilleándome la próstata sin piedad. Me hablaba sucio todo el rato: cómo le gustaba mi culo apretado, cómo iba a seguir follándome aunque Ravi viniera de visita, cómo me convertiría en su puta secreta del faro.
Cuando se corrió dentro otra vez, me sostuvo porque las piernas no me respondían. Me besó la nuca.
—Esto apenas empieza —susurró—. Quiero verte llorar de placer. Quiero follarte en la linterna con la tormenta de verdad. Quiero que me pidas permiso para correrte. Y sobre todo quiero que, cuando hables con Ravi, sepas que mi leche todavía te gotea por dentro.
Asentí contra su pecho. El deseo no había bajado; se había multiplicado. Cada rincón del faro ahora olía a nosotros. Cada mirada robada era una promesa de la siguiente embestida. El secreto pesaba rico y peligroso entre nosotros dos. Ricardo me apretó la nuca con esa mano callosa y yo ya estaba duro otra vez, esperando lo que viniera, lo que él decidiera hacerme a continuación, sabiendo que la adicción solo iba a crecer y que la próxima tormenta, o la próxima llamada de Ravi, nos iba a encontrar todavía más hundidos el uno en el otro.
Después del almacén de boyas todavía olía a óxido y a semen seco en mis muslos. Ricardo no me dejó ducharme del todo. Me arrastró otra vez a la sala de la linterna, me empujó de bruces contra el cristal grueso que daba al mar y me abrió el culo con los pulgares mientras yo miraba las olas grises.
—Míralo bien —gruñó, la voz ronca contra mi nuca—. Cada barco que pase va a saber que aquí dentro te estoy follando como a una puta. Empuja. Quiero ver cómo se te abre.
Escupió otra vez, se untó la polla ya dura y me penetró de un solo golpe seco. El ardor me subió por la columna. Gemí contra el cristal empañado, las manos abiertas, los pezones rozando el frío. Él embistió profundo, salvaje, sin piedad, las caderas golpeándome el culo con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida me aplastaba la próstata. Yo me masturbaba a su ritmo, la polla goteando sobre el metal del suelo.
—Dime de quién es este culo —ordenó, tirándome del pelo para que arquease la espalda.
—Tuyo… joder, tuyo, Ricardo. Del padre de mi mejor amigo. Métela más fuerte.
—Así me gusta, cachondo. Cuando Ravi pregunte si te aburres le vas a decir que sí mientras yo te dejo el agujero destrozado. ¿Entendido?
Asentí, babas en la comisura, y empujé hacia atrás para tragarlo entero. Me folló hasta que las piernas me fallaron. Entonces se salió, me giró, me subió a horcajadas sobre la barandilla y me la volvió a meter mirándome a los ojos. Sus manos callosas me agarraban las nalgas y me abrían. Yo cabalgaba, bajando hasta que los huevos le golpeaban el culo, y él me mordía el cuello, la barba canosa rascándome la piel.
—Me corro otra vez dentro —jadeó—. Quiero que bajes las escaleras con mi leche resbalándote hasta los tobillos.
Unos empujones más y se tensó. Chorros calientes me llenaron, el pulso de su polla latiéndome por dentro. Yo me vine entre nosotros, salpicando su pecho velludo y mi propio abdomen, temblando, apretándolo con el culo para no perder ni una gota. Nos quedamos unidos, respirando, el haz de la linterna girando lento sobre nuestras cabezas sudadas.
Bajamos. En la cocina me hizo sentar en la mesa, me abrió las piernas y me chupó limpio con la lengua gruesa, lamiendo su propia leche que me goteaba. Yo me agarré a su pelo y gemí su nombre. Cuando ya no aguanté más me empujó de rodillas, se sacó la polla todavía medio dura y me la metió en la boca.
—Límpiame bien, puto. Quiero que sepas a lo que acabas de tragar.
Chupé, saboreando el sabor a mí y a él mezclados, hasta que volvió a ponerse de piedra. Entonces me levantó, me llevó al sofá y se tumbró de espaldas.
—Siéntate. Quiero verte follarte solo sobre mi verga.
Me monté, lo guié dentro y empecé a bajar y subir despacio al principio, luego más rápido, las nalgas golpeándole los muslos. Él me miraba con esos ojos oscuros, las manos en mis caderas marcándome moretones. Me hablaba sucio sin parar:
—Mira cómo te abres… el amigo de mi hijo convertido en mi puta personal del faro. Cada vez que te corras vas a pensar en mí. Cada vez que Ravi te abrace vas a sentir mi leche todavía dentro. Más fuerte. Úsame.
Me corrí así, chorros gruesos sobre su pecho, y él me agarró y embistió desde abajo hasta vaciarse otra vez en lo más hondo. El sofá crujía. Yo caí sobre él, sudado, el corazón a mil.
Por la tarde la tensión no bajó. Ravi mandó un mensaje de voz: «Tíos, el finde que viene paso por ahí un par de días, ¿vale? Extraño el faro y quiero veros». Ricardo lo escuchó conmigo en el altavoz. Sonrió ladeado, peligroso, y me miró.
—Vas a follarme mientras le contestas —dijo—. Ahora.
Me bajó los pantalones, me puso de rodillas sobre la mesa de la cocina, se colocó detrás y me abrió con dos dedos ya lubricados de saliva. Cuando contesté el mensaje de texto con los dedos temblorosos —«Genial, tío, te esperamos, tu padre está genial»— Ricardo me embistió entero de un solo empujón. Tuve que morder el puño para no gritar. Él me follaba despacio, profundo, mientras yo escribía, la polla golpeándome la próstata con cada letra. Cuando envié el mensaje se aceleró, me agarró la cintura y me destrozó el culo hasta correrme otra vez sin tocarme, solo de la fricción y del riesgo. Él se vació dentro con un gruñido bajo y me dio una palmada en la nalga.
—Buen chico. Cuando venga Ravi te voy a follar en la casita anexa mientras él duerme arriba. Vas a tener que callarte con mi polla enterrada. ¿Quieres eso?
—Sí —susurré, la voz rota—. Quiero que me uses aunque él esté a diez metros.
—Lo haré. Y más.
Esa noche la tormenta volvió, más negra. El viento aullaba de verdad. Ricardo me llevó otra vez a la linterna. Me ató las muñecas a la barandilla con una cuerda de boya gruesa, me abrió de piernas y me folló de pie mirando al mar cabreado. La lluvia golpeaba el cristal. Cada embestida me hacía ver estrellas. Me hablaba al oído entre embestidas:
—Esto es adicción, ¿lo sientes? No vas a poder volver a follar con nadie sin compararlo conmigo. Vas a pensar en el padre de tu mejor amigo cada vez que se te ponga dura. Pídeme permiso para correrte.
—Por favor… déjame correrme, Ricardo…
—No todavía. Aguanta. Quiero verte llorar de ganas.
Me edgingó una eternidad, parando cada vez que yo estaba al borde, lamiéndome el cuello, pellizcándome los pezones, metiéndome los dedos en la boca para que los chupara. Cuando por fin me dejó venirme fue con un grito ahogado, chorros fuertes salpicando el metal, el cuerpo entero convulsionando mientras él me llenaba por tercera o cuarta vez ese día. Se salió, se arrodilló detrás y me comió el culo abierto, sucio de su leche, hasta que yo volví a ponerme duro. Entonces me desató, me hizo tumbarme en el suelo de rejilla y se montó a horcajadas otra vez, bajando hasta que su culo me tragó la polla entera.
—Fóllame tú ahora —ordenó—. Destroza al viejo. Quiero sentirte mañana cuando Ravi llame.
Le agarré las caderas anchas y embistí hacia arriba, salvaje, viendo cómo su polla gruesa rebotaba contra su vientre. Él se masturbaba al ritmo. Nos corrimos casi juntos: yo dentro de él a gritos, él salpicándome la cara y el pecho. Nos quedamos así, él sentado sobre mí, mi polla ablandándose pero todavía dentro, el haz de luz girando, la tormenta rugiendo afuera.
Bajamos abrazados. En la cama grande me tendió de espaldas, me abrió las piernas hasta casi doblarme y me folló lento, mirándome a los ojos, besándome profundo entre embestidas.
—Esto no se acaba cuando se vaya el verano —murmuró—. Vas a volver. O yo voy a ir a buscarte. Cada puto mes. Y cuando Ravi se case o lo que sea, tú y yo vamos a seguir follando en este faro como si el mundo se acabara. Dime que lo quieres.
—Lo quiero —confesé, la voz temblando de placer y de algo más espeso—. Quiero ser tu secreto. Tu puta. El que te abre las piernas cada vez que el viento aulla.
Me besó con hambre y se corrió otra vez dentro, caliente, profundo. Yo me vine entre nosotros, apretándolo, sintiendo cómo su semen me llenaba y empezaba a salir al moverse.
Nos dormimos enlazados. A media noche me despertó con la boca en mi polla otra vez, chupándome despacio hasta ponerme de piedra, y luego me la metió en el culo él mismo, cabalgándome en la oscuridad solo con el faro iluminándonos a intervalos. «Lléname… deja tu leche en el padre de tu amigo». Me corrí hondo, cegado, y él se vino sin tocarse sobre mi pecho.
Por la mañana el mensaje de Ravi confirmaba: llegaba en tres días. Ricardo me lo leyó en voz alta mientras me tenía doblado sobre la mesa del desayuno, follándome despacio con la polla todavía pastosa de la noche, el café humeando al lado.
—Tres días —dijo, embistiendo hondo—. Voy a prepararte. Quiero que cuando él cruce la puerta tu culo todavía esté abierto y lleno. Voy a follarte en cada rincón hasta que no puedas caminar derecho. Y tú vas a sonreírle como si nada mientras mi leche te gotea por dentro de los calzoncillos.
Asentí, jadeando, empujando hacia atrás. El deseo era un animal vivo entre nosotros. Cada mirada, cada roce, cada embestida solo lo alimentaba más. Sabía que cuando Ravi llegara el riesgo iba a subirnos a los dos a otro nivel, más sucio, más adictivo, más imposible de parar. Ricardo me agarró la nuca, me besó la espalda sudada y susurró contra mi piel:
—Esto apenas empieza de verdad. La próxima tormenta, la próxima visita, la próxima vez que te mire y se me ponga dura delante de él… te voy a destrozar y te va a encantar. Y tú me lo vas a pedir.
Yo ya estaba duro otra vez dentro de su mano. El faro crujía. El mar seguía cabreado. Y yo, con el culo palpitante y el corazón desbocado, solo quería más, más profundo, más peligroso, sabiendo que la adicción nos tenía agarrados por las pelotas y que los próximos días nos iban a hundir todavía más hondo el uno en el otro, sin red y sin marcha atrás.
Tres días se convirtieron en una preparación brutal y dulce a la vez. Ricardo no me dejó ni un rincón del faro sin marcar. Me folló contra las redes del almacén otra vez, con el olor a salitre pegado a la piel, embistiéndome hasta que las rodillas me temblaban y su leche me resbalaba por los muslos hasta los tobillos. Me ató las muñecas a la barandilla de la linterna con cuerda gruesa de boya y me edgingó mirando el mar, parando cada vez que yo estaba a punto de correrme, lamiéndome el cuello y obligándome a pedirle permiso con la voz rota. «Por favor, Ricardo… déjame…». Solo cuando las lágrimas me corrían por las mejillas me dejó venirme, y él se vació dentro con un gruñido largo que me llenó hasta el fondo.
Por las noches me montaba a horcajadas sobre su polla gruesa en la cama grande, bajando despacio mientras él me miraba a los ojos y me hablaba sucio: «Cuando llegue Ravi vas a sonreírle con mi leche todavía goteándote. Vas a ser mi puta secreta a diez metros de su hijo». Yo asentía, cabalgándolo más fuerte, apretándolo con el culo hasta correrme sobre su pecho velludo y sentir cómo él me llenaba otra vez. El secreto se había vuelto adicción pura. Cada embestida, cada chupada, cada vez que me abría con los pulgares y me comía el agujero me hundía más hondo.
El día que Ravi llegó el cielo estaba limpio, traicioneramente azul. Lo vi subir la senda con la mochila al hombro, veinticinco años, la misma sonrisa fácil de siempre. Ricardo me apretó la nuca un segundo antes de abrirle la puerta.
—¡Tíos! —Ravi nos abrazó a los dos—. Joder, qué bueno estar aquí.
Le sonreí normal, la voz estable, mientras notaba cómo el semen de la mañana todavía me resbalaba lento entre las nalgas dentro de los calzoncillos. Ricardo le dio una palmada en la espalda y le ofreció cerveza. Hablamos de tonterías en la cocina: el viaje, el trabajo de Ravi, las boyas. Yo notaba la mirada de Ricardo sobre mí, pesada, prometedora. Cada vez que Ravi se giraba para sacar otra botella, la mano callosa de su padre rozaba mi muslo bajo la mesa, subía, apretaba mi polla ya dura.
Por la noche cenamos pescado. Ravi se emborrachó un poco de risa y cansancio y se fue temprano a la casita anexa a dormir. «Mañana subimos a la linterna, ¿vale?». Cerró la puerta. El silencio del faro se volvió espeso.
Ricardo no esperó. Me agarró de la camiseta, me empujó contra la nevera y me besó con hambre, lengua gruesa, barba rasposa. Me bajó los pantalones de un tirón.
—Ahora —susurró contra mi boca—. Mientras él duerme a cincuenta metros. Quiero oírte intentar callarte.
Me giró, me inclinó sobre la mesa de la cocina todavía llena de platos. Escupió en sus dedos, me abrió el culo que ya conocía de memoria y me penetró de un solo empujón profundo. El ardor dulce me subió por la columna. Gemí bajo, mordiendo el puño. Él embistió despacio primero, hondo, rozándome la próstata con cada movimiento, luego más fuerte, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la cocina. Sus manos me aferraban las caderas, los pulgares clavándome moretones nuevos.
—Dime de quién es —ordenó al oído, la voz ronca.
—Tuyo… del padre de mi mejor amigo… joder, métela más.
Me folló salvaje, sin piedad, sabiendo que Ravi estaba cerca. Cada embestida me hacía ver estrellas. Me masturbaba al ritmo brutal, la polla goteando sobre el suelo de baldosas. Cuando sentí que se acercaba se detuvo, se salió y me giró.
—De rodillas. Trágatela toda.
Me arrodillé. Su verga olía a mí y a él, gruesa, venosa, brillante. Me la metí hasta la garganta, gagging, babas rodando. Él me sujetó la nuca y embistió mi boca hasta que los huevos me golpearon la barbilla. Se corrió con un gruñido ahogado: chorros calientes contra la lengua, la garganta. Me lo tragué entero, mirándolo a los ojos. Me levantó, me besó con su propia leche todavía en mi boca y me llevó al sofá de la sala de control.
Allí me abrió las piernas, me la volvió a meter en misionero y me folló lento, profundo, mirándome fijamente. «Esto es lo que vamos a hacer cada puta noche que él esté aquí. Te voy a destrozar en silencio y tú me lo vas a pedir». Me corrí entre nosotros, temblando, apretándolo con el culo, y él se vació otra vez dentro, caliente, abundante. Nos quedamos unidos, respirando agitados, el faro girando su haz regular sobre el mar negro.
Los dos días siguientes fueron una tortura deliciosa. Por las mañanas desayunábamos los tres. Ravi hablaba de planes, de subir a mirar focas. Yo contestaba mientras Ricardo, debajo de la mesa cuando su hijo se distraía un segundo, me rozaba la polla con el pie o me metía la mano fría por el muslo. Por las tardes, cuando Ravi bajaba a la playa a «despejarse», Ricardo me arrastraba a la linterna o al almacén. Me follaba de pie contra el cristal, mirando el Atlántico, o me hacía montarlo en el sofá mientras yo mordía su hombro para no gritar. Me hablaba sucio sin parar: cómo le gustaba mi culo apretado sabiendo que su hijo estaba cerca, cómo me iba a seguir usando cuando Ravi se fuera, cómo cada abrazo de su hijo me recordaría la leche que todavía me goteaba.
Una tarde Ravi subió de improviso. Estábamos en la cocina. Ricardo acababa de sacársela y me la tenía metida hasta los huevos, yo doblado sobre el fregadero. Oímos los pasos en la escalera. Ricardo se salió rápido, me subió los pantalones con manos firmes y se lavó las manos en el grifo como si nada. Cuando Ravi entró yo todavía tenía la polla dura y el culo palpitante, el semen empezando a resbalar. Sonreí. Hablé normal. Ricardo le ofreció café. El riesgo me tuvo al borde todo el rato. Esa noche, cuando Ravi se durmió otra vez, Ricardo me llevó a la casita anexa misma. Me folló en la cama de invitados, con la mano tapándome la boca, embistiendo profundo mientras yo escuchaba la respiración de mi mejor amigo a través de la pared fina. Me corrí en su puño, temblando, y él dentro de mí con un suspiro largo contra mi nuca.
—Buen chico —murmuró—. Mañana se va. Y entonces te voy a follar sin callarnos.
Ravi se fue al atardecer del tercer día, abrazándonos a los dos, prometiendo volver pronto. La puerta del coche se cerró. El ruido del motor se perdió en la senda. El faro quedó otra vez solo para nosotros.
Ricardo no dijo nada al principio. Me tomó de la mano y me subió despacio por la escalera de caracol hasta la sala de la linterna. El sol se hundía en el Atlántico, naranjas y violetas sobre el agua calmada. Me empujó suavemente contra la barandilla. Me besó despacio, sin prisa esta vez. Me bajó los pantalones. Me abrió con saliva y con paciencia. Me penetró de pie, mirando el horizonte, embestidas largas y profundas que me llenaban por completo. No habló sucio. Solo gemía bajo contra mi cuello, sus manos grandes acariciándome el pecho, la polla, el culo. Me masturbó al mismo ritmo lento hasta que me corrí en silencio, el placer subiéndome por la espalda como una ola suave. Él se vació dentro poco después, con un suspiro largo, quedándose hundido en mí mientras el haz de la linterna empezaba a girar en la penumbra.
Bajamos. Nos duchamos juntos sin follar, solo jabón y manos. Cenamos poco. Después nos metimos en su cama grande. Él me abrazó por detrás, la polla blanda contra mi culo todavía sensible, el brazo pesado sobre mi pecho. El faro emitía su luz regular. El mar estaba en calma. Yo sentía su respiración lenta en mi nuca, el latido seguro contra mi espalda.
No hicimos promesas en voz alta. No hizo falta. El secreto seguía ahí, caliente, vivo, esperando la próxima tormenta o la próxima llamada. Pero en ese momento solo había el peso de su cuerpo, el olor a sal y a nosotros, y el silencio amplio del faro después de tanto ruido.
Fuera, el Atlántico no decía nada.
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