Rendición en Alta Mar: La Vecina Se Entrega al Marinero
Ana, de 32 años, se arrodilla ante su vecino el marinero Otto y se entrega a él mientras su marido Callum mira y se masturba.
Sé que lo que voy a contar suena sucio, imposible, el tipo de cosa que una mujer casada de treinta y dos años no debería confesar ni a su diario. Pero lo hice. Y lo haría otra vez. Me llamo Ana. Mi marido, Callum, tiene treinta y cinco. Llevábamos diez años juntos cuando subimos a aquel crucero de aniversario. Yo con el vestido azul que él me había comprado, él con esa sonrisa tímida de siempre, la de un hombre que se excita más con la idea de perder que con la de ganar.
La primera noche lo vi en la cubierta de popa. Otto. Nuestro vecino del edificio de la calle Mayor. Marinero de treinta y ocho años, piel curtida por el salitre, brazos gruesos y tatuados que se veían bajo la camisa blanca del personal. Cuando se giró con la bandeja de copas, nuestros ojos se cruzaron. No fue un saludo educado. Fue un golpe seco en el estómago. Él sonrió apenas, como si ya supiera algo de mí que yo misma ocultaba. Callum, a mi lado, se tensó. Siempre ha sido celoso… y sumiso. En la cama me pedía que le contara fantasías con otros hombres y después se corría en silencio, avergonzado de su propia polla blanda y pequeña. Yo fingía no notar lo mucho que le gustaba la humillación.
Durante las dos noches siguientes, Otto y yo nos miramos en los pasillos, en el bar, en la piscina. Él me ofrecía toallas con la mano rozándome la cintura un segundo de más. Yo le devolvía la sonrisa con los labios entreabiertos. Callum lo veía todo. Por las noches, en nuestro camarote, se frotaba contra mi culo mientras susurraba: «Te ha mirado otra vez… ¿te gusta?». Yo gemía que sí, que el marinero tenía cara de follar duro, y Callum se corría sin entrar en mí.
La tensión estalló en la cena de la cubierta superior. Mesas con velas, el mar negro alrededor. Otto sirvió el vino y se inclinó hacia mí, ignorando deliberadamente a mi marido.
—Señora Ana… esa escotadura le queda criminal. Si su esposo no la cuida bien esta noche, hay quien sí sabría hacerlo.
La voz grave, el aliento a menta y tabaco. Me sonrojé hasta el pecho. Callum se atragantó con el pan. Otto no se movió. Me sostuvo la mirada mientras llenaba mi copa, y el dorso de sus dedos rozó el interior de mi antebrazo. Un escalofrío me bajó directo al coño. Noté cómo se me humedecía la braga.
—Gracias —murmuré, y mi voz salió ronca.
Cuando se alejó, Callum tenía las orejas rojas y la mano temblando bajo el mantel. Yo me acerqué a su oído.
—Quiero entregarme a él. Quiero que me folle mientras tú miras. ¿Me dejas?
Sus ojos se humedecieron de vergüenza y deseo. Tragó saliva.
—Sí… joder, Ana, sí. Pero no me dejes fuera. Quiero verlo. Quiero… que me humille con lo que te haga.
Aquello fue el permiso. Después del postre mandé un mensaje al número que Otto me había dejado en la servilleta dos noches antes. Veinte minutos después estábamos los tres frente a la puerta del camarote de tripulación en la cubierta baja. Otto abrió. Llevaba solo el pantalón del uniforme, abierto en la bragueta, y el pecho desnudo, velludo, marcado por el trabajo. Nos hizo pasar sin una palabra. El camarote olía a hombre: sudor limpio, cuerda y colonia barata. La cama individual, estrecha, las sábanas grises.
Cerró con llave. Se plantó delante de mí.
—Quítate todo. Despacio. Que tu marido vea lo que me va a regalar.
Mis dedos temblaban de ganas, no de miedo. Me desabroché el vestido. Cayó al suelo. La braga negra ya estaba empapada; la bajé y la dejé a los pies de Callum, que se había sentado en el único sillón de rincón, pantalones abiertos, la mano ya rodeando su polla mediana y erecta. Otto soltó un silbido bajo al verme desnuda: tetas pesadas, pezones duros, el coño depilado y brillante de lubricación.
—De rodillas, Ana.
Obedecí. La alfombra rascaba mis rodillas. Otto se sacó la polla. Joder. Gruesa, venosa, más larga y oscura que la de Callum, con el glande ya goteando. La tomé con las dos manos y la acerqué a la boca. Antes de chupar, giré la cabeza hacia mi marido.
—Mira, mi amor. Es mucho más grande y más dura que la tuya. Ni se parece. Voy a ahogarme con ella y tú solo vas a mirar.
Callum gimió y se apretó la base. Yo abrí la boca y tragué. El sabor salado me llenó la lengua. Chupé con ansia, labios estirados, saliva corriendo por la barbilla y los huevos. Otto se enredó los dedos en mi pelo y empujó hasta la garganta. Arcadas, lágrimas, pero no me aparté. Quería que Callum viera cómo mi maquillaje se corría por una polla que no era la suya. Babeé, chupé los huevos, volví al tronco y lo masturbé con las dos manos mientras le miraba a los ojos a Otto.
—Qué buena puta de vecina —gruñó él—. Tu marido te tiene desperdiciada.
Me levantó del suelo como si no pesara y me tiró de cuatro sobre la cama. Me separó los muslos con las rodillas, me agarró del culo y me abrió. Escupió en mi raja y frotó la cabeza gruesa arriba y abajo, untándome. Callum, en la esquina, se pajaba con la respiración entrecortada, sin permiso de acercarse.
Otto entró de un solo empujón. Profundo. Brutal. Me llenó hasta el fondo y solté un grito que se ahogó en la almohada. Empezó a follarme con embestidas largas y pesadas, el sonido húmedo de mi coño chapoteando, los huevos golpeándome el clítoris. Me sujetó del pelo, me arqueó el cuello hacia atrás y me habló al oído mientras me destrozaba.
—Puta de marinero. Eso eres ahora. Abierta para mí. Di lo que tu marido nunca te ha hecho.
—¡Nunca! —gemí, la voz rota—. ¡Callum nunca me ha follado así! ¡Nunca me ha llegado tan hondo! ¡Dios, Otto, más duro!
Cada embestida me sacudía las tetas. Él me daba nalgadas que ardían, me llamaba zorra, vecina puta, y yo pedía más. Callum se corría casi, se detenía, se corría otra vez en la mano, humillado y duro como nunca lo había visto. Yo miraba hacia él entre jadeos.
—Mastúrbate solo. No me toques. Solo míralo cómo me usa.
Otto aceleró. Sus manos me apretaban las caderas con fuerza de quien ha trabajado redes toda la vida. Sentí el orgasmo subiéndome desde el útero: un temblor violento que me hizo apretar su polla y gritar su nombre. Él no paró. Me folló a través del orgasmo hasta que su respiración se volvió animal. Con un gruñido final se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de mí. Chorros calientes, espesos, uno tras otro, llenándome el coño hasta que sentí el semen desbordarse y resbalarme por los labios y el muslo interno.
Me sostuvo un momento, aún latente dentro. Después se salió. El vacío me dejó temblando. Me giré sobre la espalda; el semen de Otto goteaba de mi raja abierta sobre las sábanas grises, un hilo blanco y espeso. Él se inclinó y me besó. Lengua profunda, posesiva, sabiendo a mí y a él. Yo le devolví el beso con las manos en su nuca, el coño aún palpitando y derramando.
Cuando nos separamos, miré a Callum. Estaba destruido de placer y vergüenza, la polla otra vez dura, el semen propio en los dedos. Me arrastré hasta el borde de la cama, abrí las piernas frente a él y le agarré del pelo con la misma rudeza que Otto había usado conmigo.
—Lame. Limpia lo que mi marinero me ha dejado. Cada gota.
Callum se acercó como un perro castigado y pasó la lengua por mi coño hinchado. El sabor de Otto se mezcló en su boca; lo supe por el gemido ahogado que soltó. Lamió, chupó, tragó. Yo le acaricié la cabeza con falsa ternura mientras Otto, de pie, se secaba la polla con una toalla y nos observaba con media sonrisa satisfecha.
Me incliné hacia el oído de mi marido, todavía con su lengua dentro de mí, y le susurré, clara y baja, para que Otto también oyera:
—Esta va a ser la nueva dinámica de nuestro matrimonio, Callum. Yo me entrego. Tú miras… y limpias. Y no hemos terminado. El crucero dura cinco días más. Otto tiene turnos libres. Y yo tengo un coño que ya no va a contentarse solo con lo tuyo.
Callum gimió contra mi carne. Otto se rió por lo bajo, se abrochó el pantalón a medias y se acercó otra vez, los ojos oscuros clavados en los míos. Afuera, el motor del barco vibraba y el mar golpeaba el casco. Dentro, el aire olía a sexo y a promesa. Me levanté, el semen de Otto todavía resbalándome entre los muslos, y le di un último beso al marinero, lento, sabroso, mientras mi marido seguía de rodillas a mis pies.
—Mañana —le dije a Otto contra la boca—. Después de tu guardia. Y esta vez Callum va a pedirte permiso para correrme yo encima de su cara.
Otto asintió, me pellizcó un pezón y abrió la puerta. El pasillo olía a metal y sal. Callum se puso de pie con las piernas flojas. Yo recogí el vestido, me lo puse sin bragas, sentía el frío del pasillo en el coño abierto y usado. Mientras caminábamos de vuelta a nuestro camarote, la mano de Callum buscó la mía. Temblaba. Yo sonreí en la penumbra, sabiendo que lo que acababa de empezar no tenía marcha atrás… y que la noche siguiente Otto iba a pedirme cosas que todavía no habíamos nombrado.
Sé que la mañana siguiente me desperté con el coño todavía pastoso y el olor de Otto impregnado entre los muslos. Callum dormía a mi lado con la boca entreabierta, la polla ya semi dura bajo la sábana, como si soñara con lo que habíamos hecho. Me duché despacio, me metí dos dedos y saqué restos de semen del marinero, me los llevé a la lengua y sonreí. Cuando salí, Callum me miraba desde la cama, ruborizado.
—Hoy es el día —le dije—. Después de su guardia. Tú vas a pedirle permiso. Con esa boquita sumisa. ¿Entendido?
Asintió. Le temblaba la voz cuando repitió que sí.
Pasamos el día en cubierta como si nada. Otto nos servía cócteles con esa media sonrisa de quien ya se ha corrido dentro de la mujer casada de al lado. Me rozó el culo cuando Callum se giró a pedir hielo. Me susurró al oído, sin que nadie más oyera:
—Esta noche te voy a usar hasta que no puedas caminar derecho, vecina. Y tu maridito va a lamer cada gota.
Callum lo escuchó de refilón. Se le puso la cara roja y se ajustó el pantalón. Yo me humedecí entera.
A las once estábamos otra vez delante de la puerta del camarote de tripulación. Otto abrió en calzoncillos blancos, la polla ya marcada, gruesa, pesada. El pecho velludo brillaba de sudor de la guardia. Nos hizo entrar. Cerró. Se plantó en medio del camarote estrecho.
—Ropa fuera. Los dos. Ya.
Me desnudé sin prisa. Callum también, con las manos torpes. Su polla mediana saltó fuera, ya goteando. Otto se rió por lo bajo al verla al lado de la suya cuando se bajó los calzoncillos. La de Otto era otra liga: oscura, venosa, el glande gordo y brillante.
—De rodillas, Ana. Y tú, Callum… habla.
Me arrodillé. El olor a tajo y a hombre me subió directo a la cabeza. Callum se arrodilló a un metro, mirando el suelo.
—Otto… —tragó saliva—. Por favor… déjala correrme encima de mi cara. Quiero… quiero que me use y que yo reciba todo lo que le salga. Pedírselo como me dijiste, Ana.
Otto me agarró del pelo y me empujó la cara contra su polla.
—Chúpala primero, puta. Que tu marido vea cómo se te estira la boca.
Abrí y tragué. El sabor salado me llenó. Babeé, arcadas cuando me embistió la garganta, lágrimas corriendo el rímel. Callum se masturbaba despacio, gimiendo bajito cada vez que Otto me empujaba más hondo.
—Míralo, Callum —gruñó Otto—. Tu mujer se ahoga con una polla de verdad. La tuya no le llega ni a la mitad. Di lo que eres.
—Soy un cornudo —soltó Callum, la voz rota—. Un cornudo que se corre viendo cómo te follas a su esposa.
Otto me levantó, me tiró de cuatro sobre la cama individual y me abrió el culo con las manos grandes. Escupió en mi raja y se clavó de un golpe. El grito se me escapó. Me llenó hasta el fondo, me estiró, me sobró. Empezó a embestirme duro, el chapoteo obsceno, los huevos golpeándome el clítoris hinchado.
—Dile lo que sientes —ordenó, tirándome del pelo.
—¡Es más gruesa! ¡Más dura! ¡Me llega donde tú nunca, Callum! ¡Me está destrozando el coño y me encanta!
Cada embestida me sacudía las tetas. Otto me daba nalgadas que dejaban la marca roja. Me llamaba zorra de marinero, vecina puta de culo abierto, y yo pedía más fuerte, más hondo. Callum se acercó gateando, la polla en la mano, y Otto le plantó la suela del pie en el hombro.
—Quieto. Solo miras hasta que yo diga. Mastúrbate como el perro que eres.
Callum obedeció, la respiración entrecortada, los ojos fijos en cómo la polla de Otto entraba y salía brillante de mi coño. Sentí el primer orgasmo subiéndome como una ola sucia. Apreté, grité el nombre de Otto, me corrí chorreando alrededor de su tronco. Él no paró. Me folló a través del temblor hasta que me hizo correr otra vez, más fuerte, las piernas temblando.
Entonces se salió, me giró como un trapo y se sentó en el borde de la cama.
—Monta. De cara a tu marido. Que te vea rebotar.
Me subí. Bajé despacio sobre esa polla gruesa hasta que me tocó el fondo del útero. Empecé a cabalgar. Arriba y abajo, el culo chocando, el semen de la noche anterior y mi jugos mezclados haciendo ruidos asquerosos. Otto me agarró las caderas y me embistió desde abajo, brutal. Callum se arrodilló delante, la cara a centímetros de donde nos uníamos.
—Ahora —dijo Otto—. Abre la boca, cornudo. Vas a beber lo que le salga a tu mujer.
Me inclinó hacia atrás, me frotó el clítoris con el pulgar grueso y me ordenó correrme. El orgasmo me partió. Chorré. Un chorro caliente salió de mí y le cayó directo a la cara y a la lengua a Callum. Él gimió, lamió, tragó, se untó la mejilla con mi corrida mientras yo seguía rebotando en la polla de Otto.
—Más —gruñó Otto—. Otra.
Me folló sin piedad hasta el segundo chorro. Callum lo recibió con la boca abierta como un mendigo. Su propia polla reventó sin que nadie la tocara: chorros blancos sobre el suelo del camarote, humillado, gimiendo mi nombre y el de Otto mezclados.
Otto me levantó de un tirón, me puso de pie contra la pared metálica del camarote y me abrió las piernas. Se clavó otra vez, de pie, embistiéndome tan fuerte que mis tetas rebotaban contra el frío del metal. Callum, todavía de rodillas, se arrastró y lamió mis tobillos, el semen propio y el mío mezclado.
—Dile lo que eres ahora, Ana —ordenó Otto al oído, follándome sin descanso.
—Soy tu puta. La puta del marinero. La vecina que se entrega. Mi marido solo sirve para limpiar y mirar.
Otto aceleró. Sentí cómo se ponía aún más gruesa dentro. Con un gruñido animal se enterró hasta el fondo y se corrió. Chorros espesos, calientes, uno tras otro, llenándome otra vez hasta que sentí el semen desbordarse y resbalarme por los muslos. Me sostuvo clavada un momento, latente, y después se salió. Un hilo blanco y espeso cayó al suelo.
—Limpia —le dijo a Callum.
Mi marido se arrastró entre mis piernas abiertas y pasó la lengua por mi coño destrozado, hinchado, goteando. Chupó el semen de Otto, lo tragó, lamió mis labios hinchados, mi clítoris sensible, el muslo interno. Yo le sujeté la cabeza y le froté la cara contra mi raja usada.
—Traga todo, cornudo. Eso es lo que te queda.
Otto se secó la polla con la toalla, todavía medio dura, y se acercó. Me agarró del pelo, me hizo abrir la boca y me metió los dedos untados de mi propio jugo y su corrida.
—Mañana tengo libre tres horas. Vas a venir sola primero. Te voy a follar el culo. Después llamamos a Callum para que lama los dos agujeros. ¿De acuerdo, puta?
—Sí —gemí, chupándole los dedos—. El culo también es tuyo. Callum solo mira y limpia.
Callum gimió contra mi coño, todavía lamiendo. Otto me besó con lengua profunda, posesiva, sabiendo a sexo y a menta. Después se apartó, se puso el pantalón a medias y abrió la puerta.
—Fuera. Los quiero otra vez mañana. Y tú, Callum… trae la polla bien dura para que veas cómo se la meto a tu mujer por detrás hasta que grite.
Salimos al pasillo. El semen de Otto me resbalaba entre los muslos hasta las rodillas. No me puse bragas. El vestido se me pegaba al culo húmedo. Callum caminaba a mi lado con las piernas flojas, la cara brillante de mi corrida y del semen ajeno, la polla otra vez a medio palo dentro del pantalón.
En nuestro camarote lo empujé contra la puerta y le abrí la cremallera.
—Mastúrbate ahora. Cuéntame lo que viste.
—Te folló como yo nunca pude —jadeó, la mano subiendo y bajando rápido—. Te llenó. Te hizo chorrear en mi cara. Tu coño ya no es mío, Ana. Es de Otto. Yo solo limpio.
Se corrió en mi mano. Me unté los dedos en su leche y se los metí en la boca.
—Traga. Y duerme. Mañana te voy a hacer pedir permiso otra vez mientras el marinero me abre el culo.
Me acosté sin limpiarme. El semen de Otto se secaba en mis muslos y en las sábanas. Callum se pegó a mi espalda, la polla blanda contra mi culo usado, y susurró que me quería así, puta de otro, suya solo para lamer.
Al día siguiente, exactamente como prometió, Otto me folló el culo en su camarote. Me puso de rodillas, me escupió el agujero, me clavó el dedo primero y después esa polla gruesa centímetro a centímetro hasta que me llenó el recto por completo. Me embistió lento al principio, después salvaje, agarrándome las tetas, llamándome zorra de culo abierto. Callum entró cuando Otto mandó el mensaje. Se arrodilló y lamió mi coño mientras Otto me reventaba el culo. Me corrí gritando, el orgasmo doble, el culo y el coño contrayéndose. Otto se vació dentro de mi culo con un gruñido largo. Cuando se salió, el semen espeso le cayó a Callum en la lengua. Mi marido lo tragó, lamió los dos agujeros, chupó hasta que no quedó ni una gota blanca.
Otto me dio una última nalgada, me miró a los ojos y dijo:
—El crucero termina pasado mañana. Pero yo vivo en el mismo edificio. Cada vez que Callum se vaya a trabajar, vas a subir a mi piso, te vas a arrodillar y me vas a ofrecer el coño y el culo. Él va a saberlo. Él va a limpia
r. Él va a pedirme permiso para tocarte.
Callum, de rodillas, con la cara brillante de semen ajeno, asintió con la polla dura y la voz rota:
—Sí… por favor… úsala. Es tuya.
Yo sonreí, el culo goteando, el coño hinchado, y me limpié una raya de semen de la comisura de los labios con el dedo.
—Entonces chúpame los restos de la polla del marinero otra vez, cornudo, y no dejes ni una gota de su leche en mi culo abierto.
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