Confesión Bajo las Luces de la Azotea
Renata, de 32 años y casada, se folla salvajemente al vecino de 29 en la azotea mientras traicionan a sus parejas.
Renata subió los últimos peldaños del edificio con el paquete de cigarrillos escondido en el bolsillo de la falda plisada. Treinta y dos años, casada con un ejecutivo que vivía más en aviones que en su propia cama, y aquella azotea era el único sitio donde podía fumar sin que nadie le preguntara por qué olía a tabaco barato. El aire de la noche le golpeó la cara cuando empujó la puerta metálica. Luces tenues de faroles oxidados, el zumbido lejano del tráfico, el olor a asfalto caliente que aún se aferraba al concreto.
Warrick ya estaba allí. Veintinueve años, el vecino del piso de arriba, camiseta negra ceñida que marcaba los hombros anchos y el pecho firme. Su esposa estaba de siete meses, distante, más ocupada en las náuseas y las listas de bebé que en tocarlo. Renata lo sabía porque lo había visto en el ascensor tantas veces: la mirada baja de él, la tensión en la mandíbula, esos segundos en que sus ojos se cruzaban y ninguno apartaba la vista.
—No esperaba verte —dijo él, la voz grave, ofreciéndole fuego sin preguntar.
Ella aceptó. El cigarrillo se encendió entre sus labios rojos. Dieron una calada cada uno, el humo mezclándose bajo las luces flojas.
—Mi marido vuelve el jueves —murmuró Renata—. O el viernes. Ya ni me acuerdo. Hace tres semanas que no me toca. Ni siquiera me mira cuando habla por teléfono de sus putas reuniones.
Warrick soltó una risa corta, amarga.
—La mía se acuesta a las nueve. Dice que el bebé le roba la energía. Yo me quedo en el sofá con la polla dura y la culpa subiendo por la garganta. Llevo meses mirándote en el pasillo, Renata. Esos labios. Esa falda. Esas tetas que se marcan cuando te agachas a recoger el correo.
La tensión era un hilo eléctrico entre ellos. Ella dio otra calada, el humo saliendo despacio, y confesó con la voz ronca:
—Llevo semanas follándome con los dedos pensando en ti. En cómo te olería la piel. En cómo me partirías en dos contra esta barandilla.
Warrick dio un paso adelante. La distancia se redujo a nada. Su mano grande le acarició la mandíbula, el pulgar rozando la comisura de su boca.
—Me la he pajeado tres veces esta semana imaginándome dentro de ti —dijo, bajo, crudo—. Tu coño apretado. Tus gemidos. Cómo me mirarías mientras te corro dentro. Estoy harto de fingir que no te deseo.
El cigarrillo cayó al suelo. Renata lo agarró del cuello de la camiseta y lo besó con hambre, lengua metiéndose, dientes rozando labio. Él respondió igual de salvaje, una mano en su nuca, la otra ya subiendo por debajo de la falda. Los dedos encontraron el algodón empapado de sus bragas. Renata gimió en su boca cuando los empujó a un lado y tocó la hendidura resbaladiza.
—Joder… —susurró él—. Ya estás chorreando. ¿Tan ganas tenías de traicionar a tu marido?
—Sí —jadeó ella, sin vergüenza—. Quiero que me folles. Quiero que me robes lo que él no usa. Consciente. Ahora.
Se miraron un segundo. Ambos casados. Ambos atrapados. Ambos decidiendo, con los ojos abiertos, que el deseo pesaba más que cualquier anillo.
Renata se arrodilló sobre el concreto áspero de la azotea. Le bajó la cremallera a Warrick con dedos torpes de prisa. La polla salió gruesa, venosa, ya dura y goteando por la punta. Ella la miró un instante —veintinueve años y un rabo de hombre hecho— y abrió la boca. La tomó hasta el fondo de un solo movimiento, saliva chorreando por la comisura, el glande golpeándole la garganta. Warrick soltó un gruñido, las manos enredándose en su pelo oscuro, tirando justo lo suficiente para guiarla.
—Eso… chúpamela así, puta infiel —murmuró, la voz ronca de placer—. Mírate, de rodillas en la azotea chupándole la polla al vecino mientras tu marido está en no sé qué puto hotel. Más profundo. Quiero ver saliva en tus tetas.
Ella obedeció, ojos húmedos de esfuerzo, la lengua girando alrededor del glande cada vez que salía, la mano masturbando la base que no cabía. El sabor salado, el olor a hombre, el ruido obsceno de la garganta abriéndose. Warrick empujaba con suaves embestidas, follándole la boca, llamándola puta casada, traidora, la mujer que se estaba robando a sí misma de su propio matrimonio.
Cuando ella se apartó jadeando, hilos de saliva uniendo sus labios a la polla brillante, él la levantó de un tirón. La giró contra la barandilla de metal frío. Le subió la falda hasta la cintura, le bajó las bragas hasta los muslos y le dio una nalgada seca que resonó en la noche.
—Abre las piernas —ordenó.
Renata se arqueó, las manos agarrando el barandal, el culo al aire. Warrick alineó la polla gruesa y entró de un solo empujón, hondo, hasta los huevos. Ella gritó, un sonido crudo que se perdió entre los edificios. Él no le dio tiempo a acostumbrarse: la folló duro por detrás, posición de perrito, caderas golpeando nalgas, una mano en su cadera y la otra dándole nalgadas rítmicas.
—Joder, qué rico te lo robo —gruñía contra su oreja—. Este coño es de tu marido y yo lo estoy destrozando. ¿Te gusta, eh? ¿Te gusta que el vecino te abra así mientras ella duerme arriba con la barriga?
—Sí… más fuerte… —jadeó Renata, empujando hacia atrás para recibirlo entero—. Lléname. Usa lo que él no toca.
Las luces tenues los bañaban a medias. El metal de la barandilla le marcaba las palmas. Cada embestida le hacía rebotar las tetas dentro de la blusa. Warrick le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le mordió el cuello mientras le hablaba sucio: lo mojada que estaba, lo fácil que había sido hacerla arrodillarse, lo mucho que le gustaba follarse a la mujer casada del piso de abajo.
Cuando las piernas le temblaron, él la soltó solo el tiempo suficiente para arrastrar una silla oxidada que nadie usaba. Se sentó, la polla erecta y brillante de sus jugos, y la atrajo a horcajadas.
—Súbete. Quiero verte cabalgarme.
Renata se montó de frente, guiando la polla hasta el fondo otra vez. Empezó a moverse salvaje, subiendo y bajando, los muslos tensos, el clítoris rozando la base cada vez que bajaba. Warrick le abrió la blusa, le sacó las tetas y se las apretó con ambas manos, pellizcando los pezones duros mientras ella rebotaba sobre él.
—Mira cómo me usas —dijo él, voz rota—. Cabalga esa polla como la puta infiel que eres. Correte en mí. Quiero sentir cómo te aprietas.
Ella se inclinó, besándolo a mordiscos, el ritmo volviéndose errático. El sonido de piel contra piel, los gemidos que ya no intentaban bajar, el riesgo de que alguien asomara la cabeza por la escalera. Warrick le chupó un pezón, le dio una nalgada abierta y empujó hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El orgasmo la agarró de golpe: el coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla, un grito largo y abierto que no le importó quién oyera. Warrick la siguió segundos después, agarrándole las caderas con fuerza, corriendo dentro de ella a chorros calientes mientras gruñía su nombre y la palabra “mía” entre dientes.
Se quedaron así un momento, ella todavía montada, él todavía latente dentro, respiraciones entrecortadas bajo las luces flojas de la azotea. Renata sintió el semen empezar a escurrirle por el muslo cuando se levantó despacio. Se bajó la falda con las piernas temblando, las bragas aún en un tobillo, el corazón latiéndole en la garganta. Warrick se acomodó la polla húmeda dentro del pantalón, la mirada fija en ella, oscura, hambrienta todavía.
Ninguno habló de irse. El cigarrillo apagado yacía en el suelo. Abajo, en algún piso, sus parejas dormían o trabajaban o esperaban sin saber. Renata se pasó la lengua por los labios hinchados, saboreando lo que acababa de pasar, y vio en los ojos de él que esto no había terminado. Que la azotea seguía abierta. Que el traicionarse a sí mismos acababa de empezar de verdad.
Warrick no la dejó recuperar el aliento. La agarró de la muñeca y la arrastró de nuevo contra la barandilla, la polla ya endureciéndose otra vez dentro del pantalón aún abierto. Renata sintió el semen espeso resbalarle por el muslo interno, cálido y traidor, y abrió las piernas sin que él se lo pidiera. Treinta y dos años, casada, y ahí estaba, ofreciéndole el coño goteante al vecino de veintinueve mientras el aire de la noche le pegaba en las tetas todavía expuestas.
—Otra vez —gruñó él, la voz ronca—. Quiero follártelo otra vez antes de que se seque. Quiero que bajes a tu piso con mi leche chorreándote hasta los tobillos.
Ella se rio, un sonido bajo y sucio, y se agachó solo lo suficiente para sacarle la polla otra vez. Estaba resbaladiza de su propio corrimiento anterior, venosa, palpitando. Renata la escupió encima sin delicadeza y se la frotó entre las nalgas, guiándola hasta la entrada hinchada.
—Métela —jadeó—. Métela hasta que me duela. Quiero sentir cómo me la destrozas mientras tu mujer embarazada duerme dos pisos más abajo.
Warrick empujó de un golpe. El coño de Renata lo engulló entero, todavía resbaladizo y abierto del orgasmo anterior, pero apretado otra vez alrededor del glande grueso. Ella soltó un gemido gutural, las uñas clavándose en el metal frío de la barandilla. Él no esperó: le agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestir como un animal, caderas chocando contra nalgas con un sonido húmedo y obsceno que se perdía en el zumbido de la ciudad.
Cada embestida le sacaba el aire. Renata empujaba hacia atrás, recibiendo todo, el clítoris rozando el aire frío cada vez que él salía casi entero antes de clavársela de nuevo hasta los huevos. El semen anterior se mezclaba con los jugos nuevos, formando hilos blancos que le bajaban por los muslos y goteaban al concreto.
—Mírate —le escupió él al oído, mordiéndole el lóbulo—. Casada, con anillo y todo, y aquí estás abriendo el coño para que te lo llene el vecino. ¿Qué diría tu marido si viera cómo te estiras alrededor de mi polla? ¿Eh, puta? ¿Le enseñarías el desastre que te dejo entre las piernas?
—Se lo merecería —jadeó ella, la voz rota—. Lleva semanas sin tocarme. Que se joda. Fóllame más duro. Quiero que me dejes coja. Quiero bajar cojeando y que ella, tu puta esposa panzona, oiga mis tacones y se pregunte por qué.
Warrick le dio una nalgada tan fuerte que la marca ardió al instante. Luego otra. Y otra. El culo de Renata rebotaba rojo bajo las luces flojas. Él le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás hasta que el cuello se le arqueó y le escupió en la boca abierta. Ella lo tragó y gimió pidiendo más.
Se la folló así hasta que las piernas le flaquearon. Entonces la giró de golpe, la levantó y la sentó a horcajadas sobre la barandilla misma, el metal frío clavándosele en las nalgas desnudas. Renata se agarró a sus hombros, los tacones colgando al vacío de la azotea, y Warrick le abrió las piernas a lo ancho, alineó la polla y se la volvió a clavar de un empujón vertical.
—Joder, qué profundo —gritó ella, sin cuidado de quién oyera—. Me la estás clavando hasta el estómago. No pares. Usa este coño casado. Róbalo. Llénalo otra vez.
Él embestía hacia arriba, las manos agarrándole las tetas, pellizcando los pezones hasta que le salieron lágrimas de placer. Renata se movía contra él, frotando el clítoris contra el pubis cada vez que bajaba. El riesgo la volvía loca: cualquier vecino podía subir a fumar, cualquier farol podía revelarlos. Y aun así empujaba más fuerte, más abierto, más puta.
Warrick le bajó una mano y le frotó el clítoris con el pulgar grueso, círculos rápidos y sucios mientras la follaba. Renata se corrió otra vez con un grito ahogado, el coño exprimiéndole la polla en espasmos violentos, chorros de jugo salpicándole los huevos. Él no paró. La siguió embistiendo a través del orgasmo, prolongándolo, convirtiéndolo en algo casi doloroso de tan intenso.
Cuando ella se derrumbó contra su pecho, jadeando, él la bajó, la puso de rodillas otra vez sobre el concreto áspero y le frotó la polla chorreante por la cara.
—Límpiala —ordenó—. Chupa lo que te ha salido del coño. Traga tu propia puta traición.
Renata abrió la boca y se la metió entera, saboreando el mezclado de semen anterior y de su propio corrimiento. Chupó con hambre, la lengua limpiando cada vena, la garganta abriéndose cuando él le agarró la cabeza y se la folló a embestidas cortas. Babeaba, los ojos llorosos, las tetas colgando fuera de la blusa abierta. Warrick le hablaba bajito, crudo:
—Eso es. La mujer casada del piso de abajo chupándole la polla al vecino después de que se la haya corrido dentro dos veces. Tu marido no sabe que esta boca ya no es suya. Esta noche es mía. Este coño es mío. Y voy a usarlo hasta que no puedas caminar derecho.
La levantó otra vez. La empujó de espaldas sobre la silla oxidada, le subió las piernas a los hombros y se la clavó en misionero salvaje. El ángulo era brutal. Cada embestida le golpeaba el fondo del coño. Renata se arqueaba, las uñas rascándole la espalda por debajo de la camiseta, la boca abierta en gemidos constantes.
—Correte dentro otra vez —suplicó—. Quiero sentirlo caliente. Quiero que me gotee mientras bajo las escaleras. Quiero irme a la cama con tu leche secándoseme entre los labios del coño y olerte mañana cuando me duche.
Warrick gruñó, aceleró, y se corrió con un embiste final profundo, chorros calientes inundándola otra vez, tan abundantes que al salir le brotó por los lados y le manchó el culo y la silla. Se quedó clavado un segundo, palpitando, y luego se retiró con un sonido húmedo obsceno. El semen le salió a Renata en un hilo grueso que le bajó por el culo hasta el asiento.
Ella no se movió de inmediato. Se pasó dos dedos por el coño abierto, los metió, los sacó brillantes de leche blanca y se los chupó mirándolo a los ojos.
—Otra ronda —dijo ella, la voz hecha un hilo sucio—. Quiero que me la metas por el culo esta vez. Quiero que me uses todos los agujeros que mi marido no toca. Quiero irme de aquí con el culo goteando también.
Warrick sonrió, oscuro, y le dio la vuelta sobre la silla, arrodillándola a cuatro patas. Le abrió las nalgas con las dos manos, escupió en el culo apretado y le frotó la polla todavía medio dura y resbaladiza de semen por la entrada. Renata empujó hacia atrás.
—Dásela. Róba me el culo también.
Él empujó despacio al principio, el glande abriéndola, el esfínter resistiendo y luego cediendo con un quemazón delicioso. Renata gimió largo, la frente contra el respaldo de la silla, y él fue entrando centímetro a centímetro hasta que los huevos le golpearon las nalgas. Entonces empezó a moverse.
La folló el culo con embestidas profundas y rítmicas, una mano rodeándole la cintura para frotarle el clítoris al mismo tiempo. Renata se empujaba contra cada embestida, pidiendo más fuerte, más hondo, llamándolo vecino de mierda, ladrón de coños casados, el puto que le estaba destrozando el matrimonio por el culo en una azotea.
Warrick le dio nalgadas al ritmo, le escupió otra vez en la espalda y le habló al oído mientras se la clavaba:
—Este culo también es mío ahora. Cuando te sientes mañana en la mesa con tu marido, vas a sentir cómo te arde y te vas a acordar de mi polla abriéndotelo. Y vas a mojarte. Y vas a subir otra vez. Porque ya no hay marcha atrás, puta. Ya te he llenado el coño y ahora te estoy follando el culo y la próxima vez te voy a correr en la cara para que bajes con mi leche secándosete en las mejillas.
Renata se corrió otra vez solo de oírlo, el culo apretándosele alrededor de la polla en contracciones locas. Warrick la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y vaciándose en el interior caliente y estrecho, gruñendo su nombre y “traidora” y “mía” entre dientes.
Cuando salió, el semen le brotó del culo a Renata en un hilo blanco y espeso que le bajó por los muslos junto al del coño. Ella se quedó así, a cuatro patas, el culo abierto y goteando, la falda subida, las tetas colgando, la cara brillando de saliva y sudor.
Warrick se subió la cremallera despacio, mirándola. Renata se incorporó tambaleante, se subió las bragas sin limpiarse, sintiendo cómo la leche le empapaba la tela al instante, se abrochó la blusa a medias y se alisó la falda. El semen le resbalaba ya por las medias.
Se acercó a él, le agarró la polla todavía húmeda por encima de la tela y le susurró al oído, sin ternura ninguna:
—La próxima vez te chupo los huevos mientras me meo de ganas y te dejo que me corras en la cara para que baje a mi piso oliendo a tu leche rancia y mi marido me pregunte qué coño he estado haciendo.
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