Tormenta en el Faro: Su Mejor Amigo la Reclama en la Tienda

Marcos, el macho de 34 años, folla salvajemente a Nadia, la voluptuosa esposa de 32, delante de su cornudo marido mientras la tormenta azota el faro

28 min read September 11, 2026New

La lluvia caía como un muro sólido sobre el tejado de chapa de la tienda de suministros marítimos, haciendo vibrar las ventanas empañadas. Nadia, una voluptuosa esposa de treinta y dos años cuyos pechos pesados y caderas anchas habían sido el sueño húmedo de medio pueblo, empujó la puerta de cristal con el hombro. El vestido veraniego se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando los pezones endurecidos por el frío y el contorno de sus bragas. Dante, su marido de treinta y cinco años, entró detrás, más pálido que de costumbre, cargando una mochila empapada.

Marcos los esperaba tras el mostrador de madera vieja, con esa sonrisa lenta y lobuna que siempre había tenido desde la universidad. A sus treinta y cuatro años, el dueño de la tienda parecía más grande, más ancho de hombros, más dueño del espacio. Sus ojos negros descendieron sin disimulo por el cuerpo de Nadia: las tetas que subían y bajaban con cada respiración agitada, la curva pronunciada de su cintura, el culo redondo que el vestido mojado delineaba con obscenidad.

—Hostia, mirad a quién trajo la tormenta —dijo Marcos con voz grave, cargada de intención—. Nadia… joder, sigues siendo un puto pecado con patas. Y tú, Dante, amigo mío. ¿Qué os trae por aquí con este temporal?

Dante tragó saliva. Notó cómo la mirada de Marcos se demoraba en las tetas de su mujer, cómo las pupilas se dilataban al ver el contorno claro de los pezones. Sintió un calor vergonzoso subirle por el cuello y, peor aún, un latido traicionero en la polla que empezaba a endurecerse dentro de los pantalones mojados. «No mires así, cabrón», pensó, pero las palabras no salieron. En cambio, balbuceó algo sobre una pieza para el motor de la lancha que habían anclado cerca del faro.

Nadia, en cambio, no bajó la mirada. Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa cómplice mientras se apartaba el pelo mojado de la cara. El aire entre ella y Marcos crepitaba. Dante lo sintió en la boca del estómago: esa humillación sutil, antigua, que siempre aparecía cuando los tres estaban juntos. Marcos nunca había disimulado lo mucho que deseaba a su mujer. Y Nadia… Nadia nunca había dejado de mirarlo con hambre.

Mientras Dante se internaba en la trastienda buscando la pieza que supuestamente necesitaban, la voz de Marcos bajó de tono.

—Qué bien que hayas venido, Nadia. Llevo semanas pensando en ti. En cómo se te marcan las tetas cuando te mojas.

Ella soltó una risa baja, gutural, que reverberó en la tienda vacía. Se apoyó en el mostrador, inclinándose lo suficiente para que sus pechos se apretaran uno contra el otro, ofreciendo un escote profundo y húmedo.

—Siempre has sido un cerdo, Marcos —susurró ella, pero sus ojos brillaban—. Y yo siempre he fantaseado con ese cerdo follándome hasta que no pudiera caminar. Carlos… Dante, quiero decir, lo sabe. Mi marido es un cornudo de mierda que se corre solo de imaginarme abierta de piernas para ti.

La confesión cayó como un trueno dentro de la tienda. Dante, desde la trastienda, lo oyó todo. Se quedó congelado entre estanterías de cabos y filtros de aceite, con la polla ya completamente dura apretando contra la cremallera. No se atrevió a salir. No quería. Quería seguir escuchando.

Marcos rodeó el mostrador sin prisa. Su mano grande agarró la cintura de Nadia y la atrajo contra su cuerpo. Sus bocas se encontraron en un beso sucio, húmedo, lleno de lengua y saliva. Ella gimió contra sus labios mientras él le amasaba el culo con descaro, subiendo el vestido mojado hasta dejar al descubierto las bragas negras que se le hundían entre las nalgas.

—Joder, qué puta estás —gruñó Marcos entre beso y beso—. Siempre supe que debajo de esa cara de esposa perfecta había una zorra que necesitaba polla de verdad.

La lluvia arreciaba. El faro cercano, cuya luz giratoria apenas se distinguía entre la cortina de agua, parecía un faro de excusa perfecta.

—Cierra la tienda, Marcos —jadeó Nadia, mordiéndole el labio inferior—. Nadie va a venir con esta tormenta. Y el faro puede esperar. Yo no.

Dante salió de la trastienda en ese momento, con la pieza inútil en la mano. Los vio: su mejor amigo tenía una mano dentro del escote de su mujer, pellizcándole un pezón, mientras la otra se frotaba descaradamente contra el coño de Nadia por encima de las bragas. Ella tenía la cara arrebolada, los labios hinchados de los besos.

—Dante, cariño… —dijo Nadia sin apartarse un centímetro de Marcos—. Siéntate ahí. Mira. Esto es lo que los dos queremos desde hace años.

Marcos sonrió con superioridad, sin dejar de sobar las tetas de Nadia.

—Tu mujer ya eligió, cornudo. Ahora vas a ver cómo se folla a una hembra de verdad.

Lo que siguió fue salvaje.

Marcos no perdió tiempo. Empujó a Nadia de rodillas frente al mostrador. El sonido de su cinturón al desabrocharse fue obsceno en medio del rugido de la tormenta. Sacó su polla gruesa, venosa, mucho más grande que la de Dante. Nadia la miró con ojos brillantes de puta feliz y abrió la boca sin que se lo pidieran.

—Chúpala, puta de mi mejor amigo —ordenó Marcos, agarrándola del pelo mojado—. Quiero que tu marido vea cómo te atragantas con una verga de verdad.

Nadia obedeció con entusiasmo. Sus labios se estiraron alrededor de la gruesa cabeza, y empezó a chupar con sonidos húmedos y guarras. La saliva le caía por la barbilla mientras Marcos le follaba la boca sin piedad, golpeándole la garganta. Dante, sentado en una silla en la esquina, se había sacado la polla y se masturbaba despacio, humillado y excitadísimo a partes iguales.

—Míralo, Nadia —gruñó Marcos—. Mira cómo tu cornudo se pajea viendo cómo le como la boca a su mujer. ¿Te gusta, Dante? ¿Te gusta ver que tu mejor amigo usa a Nadia como una puta barata?

—Sí… —susurró Dante, avergonzado, sin dejar de tocarse.

Marcos la levantó después como si no pesara nada y la tumbó de espaldas sobre el mostrador. Le arrancó las bragas de un tirón y le abrió las piernas. El coño de Nadia estaba empapado, hinchado, brillando. Empujó su polla gruesa dentro de un solo golpe brutal.

—¡Joder! —gritó ella, arqueando la espalda—. ¡Qué grande la tienes, Marcos! ¡Me llenas entera!

Empezó a follarla en misionero con embestidas profundas y salvajes. El mostrador crujía. Las tetas de Nadia saltaban con cada golpe de cadera. Ella no dejaba de hablar, humillando a su marido con cada palabra.

—Dante, amor… su polla es mucho más gruesa que la tuya. Me está rompiendo el coño. Siento cada vena, cada centímetro. Tú nunca me has follado así. Nunca.

Marcos la giró entonces, poniéndola a cuatro patas sobre el mostrador. Le escupió en el culo y empujó su polla contra el agujero trasero sin piedad. Nadia gritó de placer cuando la sodomizó, abriéndose para él como una puta experta.

—¡Sí! ¡ Métemela toda en el culo, Marcos! ¡Fóllame como la zorra que soy! ¡Dante, mírame! ¡Mira cómo tu mejor amigo me abre el culo mientras tú solo puedes pajearte como un perdedor!

Dante gemía en su rincón, la mano moviéndose cada vez más rápido, al borde del orgasmo pero sin atreverse a correrse todavía.

Marcos gruñó como un animal cuando se corrió primero dentro del coño de Nadia, inundándola de semen espeso. Luego, sin salir del todo, volvió a penetrar su culo y se vació también allí, llenándola por los dos lados. Nadia temblaba, corriéndose con un grito largo y desgarrado, sus jugos chorreando por los muslos.

Cuando Marcos sacó su polla todavía medio dura, chorreando, miró a Dante con autoridad posesiva.

—Ven aquí, cornudo. Limpia a tu mujer. Lame hasta la última gota de mi semen de su coño y de su culo. Es lo mínimo que puedes hacer.

Dante se acercó de rodillas, temblando. Su lengua empezó a lamer el coño hinchado de Nadia, tragándose la mezcla de semen de su mejor amigo y los jugos de su esposa. Nadia gemía de placer, sujetándole la cabeza contra su entrepierna mientras Marcos la besaba con posesión absoluta, metiéndole la lengua en la boca como si ya le perteneciera por completo.

—Esto solo es el principio —dijo Marcos contra los labios de Nadia, mirándola a los ojos con hambre oscura—. A partir de esta noche, tú vas a pasar los fines de semana conmigo. En el faro. Donde pueda follarte cuando me dé la gana. ¿Verdad, puta?

Nadia sonrió, todavía temblando de placer, mientras Dante seguía lamiendo obedientemente.

—Sí… —susurró ella, mirando la tormenta que azotaba las ventanas—. Esta noche ya empieza. El faro nos espera… y yo quiero más.

La lluvia no cesaba. El faro giraba su luz en la distancia, prometiendo una noche mucho más larga y oscura de lo que cualquiera de los tres había imaginado al entrar en la tienda. Y Dante, con la boca llena del semen de su mejor amigo, supo que ya no había vuelta atrás.

La lluvia azotaba las ventanas con furia renovada, como si el cielo mismo celebrara la depravación que acababa de desatarse. Nadia seguía temblando sobre el mostrador, con las piernas abiertas y el semen espeso de Marcos escapando en hilos calientes por su coño hinchado y su ano dilatado. Tenía treinta y dos años, un cuerpo hecho para el pecado: tetas pesadas que se bamboleaban con cada respiración entrecortada, caderas anchas y un culo redondo que todavía mostraba las marcas rojizas de las manos de su amante. Se incorporó lentamente, chupándose los dedos cubiertos de la mezcla de fluidos, y miró a Marcos con ojos vidriosos de pura zorra en celo.

—Joder, Marcos… todavía la siento dentro. Tu polla es una bestia. Me has abierto de una manera que Dante nunca podrá igualar —gimió, su voz ronca por los gritos anteriores. Se tocó el coño con descaro, metiendo dos dedos y sacándolos para mostrarle a su marido la crema blanca que goteaba—. ¿Ves esto, cariño? Esto es lo que una polla de verdad hace con tu mujer.

Dante, de rodillas aún con la boca brillante por el semen que acababa de tragar, sintió que su polla palpitaba dolorosamente en su puño. Tenía treinta y cinco años y nunca se había sentido tan pequeño, tan excitado y tan humillado al mismo tiempo. «Mi mejor amigo acaba de correrse en los dos agujeros de Nadia y yo lo he limpiado como un perro. Y quiero más. Dios, quiero ver cómo la destroza otra vez», pensó, tragando saliva con sabor a semen ajeno.

Marcos, de treinta y cuatro años, con ese pecho ancho y musculoso que parecía ocupar todo el espacio de la tienda, se pasó la mano por la polla todavía medio dura, untándola con los restos de su corrida y los jugos de Nadia. Sonrió con superioridad lobuna y agarró a la mujer por el pelo mojado, tirando de ella para darle un beso brutal, metiendo la lengua hasta el fondo mientras sus dedos grandes volvían a invadir el coño de ella con rudeza.

—Todavía no hemos terminado, puta. Esto solo ha sido el aperitivo. Cierra la puta tienda, Dante. Nos vamos al faro ahora mismo. La tormenta es perfecta: nadie va a molestarnos mientras te follo como mereces durante horas. Y tú, cornudo, vas a cargar con las consecuencias de haber traído a tu mujer hasta mí.

Nadia soltó una carcajada gutural, excitadísima, y se apretó contra el cuerpo de Marcos, frotando sus tetas contra su torso.

—Sí… llévame allí. Quiero que me folles contra las paredes del faro, que me hagas gritar mientras la luz gira y el mar se vuelve loco. Dante ya lo sabe: esta noche soy tuya. Mi coño y mi culo te pertenecen. ¿Verdad, mi cornudito?

Dante se levantó con las piernas flojas, la polla tiesa asomando por la cremallera. Asintió sin poder articular palabra al principio, pero finalmente balbuceó:

—Sí… quiero verlo todo. Quiero que lo hagas salvaje, Marcos. Quiero oírla decir que tu polla es mejor que la mía.

Cerraron la tienda en medio de un trueno que hizo vibrar las estanterías. Salieron corriendo bajo el diluvio. La lluvia golpeaba como agujas frías, empapando de nuevo el vestido de Nadia, que se transparentaba completamente, marcando cada curva, cada pezón erecto. Corrieron los cincuenta metros que separaban la tienda de la base del faro, con Marcos sujetando a Nadia por la cintura como si ya fuera de su propiedad. Dante los seguía, empapado y jadeante, con la mochila golpeándole la espalda y la mente llena de imágenes sucias.

Dentro del faro, el aire era más denso, cargado de sal y humedad. Marcos cerró la puerta pesada con un golpe seco y encendió las luces tenues que iluminaban la habitación circular de la base: una cama amplia contra la pared, una mesa vieja y las escaleras de caracol que subían hacia la linterna. Se quitó la camisa mojada de un tirón, dejando ver su torso poderoso, y señaló a Nadia con la barbilla.

—Desnúdate del todo. Quiero verte como la zorra casada que eres.

Nadia obedeció con una sonrisa lasciva. El vestido cayó al suelo con un sonido húmedo. Sus tetas grandes se liberaron, pesadas y perfectas, con los pezones oscuros y duros. Se dio la vuelta lentamente, abriendo las piernas para mostrar cómo el semen seguía escapando de su coño y su culo. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la mesa, y miró por encima del hombro a los dos hombres.

—Venid. Los dos. Pero solo tú me vas a follar, Marcos. Dante solo mira y obedece.

Marcos se acercó por detrás como un animal. Su polla ya estaba completamente dura otra vez, gruesa, venosa, mucho más imponente que la de Dante. La frotó entre las nalgas de Nadia, deslizándola por su coño empapado, recogiendo los restos de su propia corrida para lubricar.

—Dime cuánto lo deseas, puta de mi mejor amigo —gruñó, agarrándole las tetas con ambas manos y apretándolas con fuerza, haciendo que la carne desbordara entre sus dedos.

—Desde hace años —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás—. Cada vez que Dante me follaba pensaba en ti. En esta polla gruesa rompiéndome. Fóllame ahora. Delante de él. Quiero que vea cómo me haces correr como una verdadera hembra.

Marcos no esperó más. Empujó su verga hasta el fondo en el coño de Nadia con un golpe brutal que la hizo gritar. El sonido obsceno de carne mojada chocando llenó el faro. Empezó a bombear con ritmo salvaje, haciendo que las tetas de ella se balancearan violentamente. Cada embestida la empujaba contra la mesa, y los truenos afuera parecían sincronizarse con sus gruñidos.

—¡Hostia, qué coño tan caliente y resbaladizo! —rugió Marcos—. Siente cada vena, zorra. Esto es lo que te faltaba en tu matrimonio de mierda.

Nadia giró la cabeza para mirar a Dante, que se había sentado en una silla cercana, con la polla en la mano moviéndose frenéticamente.

—Mírame, amor… mírame cómo me está partiendo en dos. Su polla me llega al fondo. Tú solo me rozabas. ¡Ahhh, joder, me corro ya!

Su cuerpo se tensó, el orgasmo la atravesó como un relámpago. Sus jugos salieron a chorros, empapando los huevos de Marcos y goteando al suelo. Dante gemía bajito, al borde, pero se detenía cada vez que estaba a punto, siguiendo el juego humillante que los tres habían aceptado.

Marcos la sacó de golpe, la polla brillante de fluidos, y la empujó hacia las escaleras.

—Arriba. Vamos a follar en cada peldaño si hace falta. Quiero que la luz del faro ilumine tu cara de puta mientras te doy por el culo otra vez.

Subieron los escalones de caracol. Nadia iba delante, el culo abierto y brillante a la altura de los ojos de ambos hombres. En el primer descansillo, Marcos la detuvo, la puso de rodillas y le metió la polla en la boca hasta la garganta. Nadia la chupó con ansia, haciendo ruidos guarrísimos, saliva espesa cayendo sobre sus tetas mientras Dante observaba desde dos escalones más abajo.

—Así, trágatela toda. Enséñale a tu marido cómo se chupa una polla de verdad —ordenaba Marcos, follándole la cara con movimientos de cadera.

Nadia se atragantaba, los ojos llorosos de placer, pero no se apartaba. Cuando la sacó, hilos de saliva conectaban sus labios hinchados con la cabeza morada de la polla.

—Más… quiero más en mi culo. Por favor.

Marcos la levantó, la colocó de cara a la pared curva del faro y le escupió directamente en el ano. Empujó la gruesa verga dentro del agujero trasero con un solo movimiento posesivo. Nadia gritó de puro placer, las palmas abiertas contra la piedra fría mientras la sodomizaba sin piedad. El culo se tragaba cada centímetro, apretando alrededor de la polla invasora.

—¡Sííí! ¡Ábreme el culo, Marcos! ¡Hazme tu puta del faro! —aullaba ella entre gemidos, mientras la luz giratoria del faro pasaba sobre sus cuerpos cada pocos segundos, iluminando la escena obscena.

Dante los había seguido y ahora estaba justo debajo, mirando cómo las nalgas de su mujer se abrían para recibir a su mejor amigo. «Está disfrutando como nunca. Ese culo que solo yo había tocado ahora está siendo usado sin compasión. Y yo me estoy corriendo solo de verlo», pensó, acelerando la mano sobre su polla.

Marcos cambió de ritmo, follándola más lento pero más profundo, haciendo que Nadia sintiera cada milímetro. Le tiraba del pelo mojado, arqueándole la espalda, y le hablaba al oído para que Dante también oyera:

—Esta noche te vas a quedar aquí conmigo. Dante se irá solo a casa si yo quiero. Tú vas a dormir con mi semen en los dos agujeros, zorra. ¿Lo aceptas?

Nadia asintió entre sollozos de placer, corriéndose de nuevo con el culo lleno, sus jugos chorreando por sus muslos.

—Sí… acepto. Soy tuya cuando quieras. Mi marido solo mira y limpia. ¡Sigue follándome, no pares!

Marcos gruñó, sintiendo que se acercaba otro orgasmo, pero se contuvo. Sacó la polla del culo de Nadia con un sonido húmedo y la miró con hambre oscura. La tormenta rugía con más fuerza afuera, las olas rompiendo contra las rocas del faro. La noche era larga, el faro tenía muchos rincones más arriba, y ninguno de los tres pensaba parar. La luz giraba una y otra vez, iluminando los cuerpos sudorosos y conectados, prometiendo horas más de humillación, gemidos y semen espeso.

Dante, jadeando, supo que la verdadera tormenta apenas empezaba. Su mujer, todavía temblando y con la mirada perdida en el placer, extendió la mano hacia Marcos para que la llevara más arriba, hacia la sala de la linterna, donde la follada continuaría con mayor brutalidad. Y él los seguiría, como siempre, con la polla dura y el corazón lleno de esa vergüenza deliciosa que ya no podía ni quería evitar.

La luz giratoria del faro barría la sala superior en explosiones blancas y cegadoras cada cinco segundos, recortando las siluetas sudorosas contra los cristales curvados que vibraban por la fuerza del viento. Nadia, la voluptuosa esposa de treinta y dos años, subió los últimos peldaños con las piernas temblorosas, el semen de Marcos escapando todavía en gruesos hilos por su coño hinchado y su ano dilatado. Tenía el vestido hecho un trapo mojado en la mano y lo tiró a un rincón sin miramientos. Sus tetas grandes, pesadas, se bamboleaban con cada paso, los pezones oscuros y duros como piedras. El culo redondo y marcado por las huellas de las manos de su amante brillaba bajo la luz intermitente.

Marcos, el macho de treinta y cuatro años que parecía tallado en pura arrogancia y músculo, la agarró por la cintura en cuanto pisaron la plataforma de la linterna. Su polla, gruesa, venosa y todavía completamente erecta, golpeó contra las nalgas de ella con un sonido húmedo y obsceno.

—Arrodíllate ahí, zorra —ordenó con esa voz grave que siempre había hecho mojar las bragas a Nadia desde la universidad—. Contra el cristal. Quiero que veas el mar mientras te parto el coño otra vez.

Nadia obedeció al instante, apoyando las palmas abiertas contra el vidrio frío que temblaba con cada ola que se estrellaba abajo. Separó las piernas, arqueando la espalda y ofreciendo su culo y su coño como una puta en celo. El semen blanco de la corrida anterior resbalaba por el interior de sus muslos. Dante, su marido de treinta y cinco años, llegó dos pasos detrás, jadeando, con la polla tiesa en la mano y los ojos clavados en la escena. Se sentó en el banco metálico empotrado en la pared, sin que nadie le dijera nada. Sabía su lugar. Y ese lugar lo ponía tan cachondo que le dolían los huevos.

Marcos escupió en su propia mano, untó la saliva junto con los restos de semen que ya cubrían la polla y empujó todo el grosor de un solo golpe brutal hasta el fondo del coño de Nadia. El grito de ella rebotó contra los cristales y se mezcló con el rugido de la tormenta.

—¡Joder, Marcos! ¡Otra vez me estás rompiendo! —aulló, pegando la frente al vidrio—. ¡Es demasiado gruesa, me llega al útero, hostia!

Él no contestó con palabras. Simplemente empezó a follarla con embestidas salvajes, cortas y profundas, haciendo que las nalgas de Nadia chocaran contra su pelvis con un clap-clap-clap húmedo y guarro que llenaba la sala. Cada vez que la luz del faro giraba, iluminaba el rostro desencajado de placer de Nadia, la boca abierta, los ojos en blanco. Sus tetas pesadas golpeaban rítmicamente contra el cristal, dejando marcas de sudor y vapor.

Dante se masturbaba despacio, apretando la base para no correrse. «Mi mujer está siendo usada como una puta barata delante de mí y yo solo puedo mirar. Mira cómo le tiemblan las piernas. Nunca la oí gritar así cuando yo la follaba», pensó, y el pensamiento le provocó una oleada de humillación deliciosa que le hizo apretar más fuerte la polla.

Marcos tiró del pelo mojado de Nadia, arqueándole la espalda hasta casi romperla.

—Díselo, puta. Díselo a tu cornudo mientras te lleno —gruñó, sin dejar de bombear.

Nadia apenas podía hablar entre gemido y gemido, pero lo hizo, con la voz rota y llena de lujuria:

—Dante… amor… su polla es muchísimo mejor que la tuya. Me está follando como tú nunca supiste. Siento cada vena, cada latido… ¡Ahhh, me corro, me corro otra vez!

El orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga de Marcos, expulsando un chorro caliente de jugos que salpicó el suelo metálico y las botas de él. Nadia gritó tan fuerte que la voz se le quebró. Marcos siguió follándola sin piedad, alargando el orgasmo hasta que las piernas de ella cedieron.

Sin sacarla, la levantó como si no pesara nada y la giró. Ahora la tenía de frente, con la espalda apoyada contra el cristal y las piernas abiertas alrededor de su cintura. La penetró otra vez en esa posición, sosteniéndola en el aire solo con la fuerza de sus brazos y el empuje de su polla. Las tetas de Nadia saltaban descontroladas contra el pecho de él.

—Mírame a los ojos mientras te follo, zorra de treinta y dos años —le exigió Marcos—. Quiero que veas al hombre que te está reclamando delante de tu marido.

Nadia lo miró, pupilas dilatadas, boca entreabierta. Cada embestida la levantaba varios centímetros para luego dejarla caer sobre esa polla enorme.

—Soy tuya, Marcos… —jadeó—. Mi coño ya no es de Dante. Es tuyo. Mi culo es tuyo. Úsame cuando quieras. Los fines de semana… todas las noches que desees… solo dime y vendré al faro a abrirme para ti.

Dante soltó un gemido ahogado. Se había acercado sin que nadie se lo pidiera, todavía sentado pero ahora a menos de un metro. Podía oler el sexo, el sudor, el semen. Marcos lo miró de reojo con esa sonrisa lobuna y superior.

—Acércate más, cornudo. Quiero que veas cómo se le abre el coño cada vez que entro. Mira cómo le desaparece mi polla entera.

Dante obedeció. Se arrodilló al lado, a la altura exacta donde podía ver cómo los labios hinchados de Nadia tragaban y vomitaban la gruesa verga de su mejor amigo. El sonido era asquerosamente perfecto: mojado, obsceno, constante. Nadia bajó una mano y le acarició el pelo a su marido sin dejar de follar.

—Lame mis tetas, cariño —le ordenó con voz dulce y cruel al mismo tiempo—. Chupa mientras el verdadero hombre me folla.

Dante obedeció. Abrió la boca y atrapó un pezón hinchado, succionando con vergüenza y excitación. Sentía el cuerpo de Nadia vibrar con cada embestida que le daba Marcos. La polla de Dante palpitaba dolorosamente, goteando precum al suelo.

Marcos aceleró, follándola con más fuerza, haciendo que el culo de Nadia golpeara contra el cristal con cada golpe.

—Voy a correrme otra vez, puta. Y esta vez te lo voy a meter todo en el útero. ¿Quieres?

—¡Sí! ¡Lléname, por favor! —suplicó Nadia, corriéndose de nuevo solo con las palabras—. ¡Quiero sentir cómo me inundas, cómo me marcas por dentro!

Marcos gruñó como un animal y empujó hasta el fondo. Su polla latió violentamente, soltando chorros espesos y calientes de semen directamente contra el fondo del coño de Nadia. Ella temblaba, sujetándose a los hombros de él, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre. Cuando Marcos terminó, sacó la polla lentamente. Un río blanco y espeso comenzó a salir del coño abierto, cayendo directamente sobre la cara de Dante que seguía arrodillado.

—Limpia, cornudo —ordenó Marcos sin siquiera mirarlo—. Come mi semen del coño de tu mujer. Y no te olvides del culo. Todavía tengo más para darte.

Dante hundió la cara entre las piernas de Nadia sin protestar. Su lengua entró primero en el coño, recogiendo la mezcla espesa y salada, tragando con sonidos húmedos. Luego subió un poco y lamió el ano dilatado, metiendo la lengua dentro mientras Nadia gemía de placer y le sujetaba la cabeza contra su entrepierna.

Marcos, todavía duro, se sentó en el banco y se acarició la polla brillante de fluidos.

—Sube aquí, Nadia. Quiero que me montes ahora. Quiero que tu cornudo vea cómo cabalgas una polla de verdad mientras la luz del faro te ilumina la cara de puta satisfecha.

Nadia apartó a Dante de un suave empujón y se acercó a Marcos. Se colocó a horcajadas sobre él, agarró aquella verga enorme y la alineó con su coño destruido. Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus nalgas tocaron los muslos de él. Soltó un gemido largo y gutural.

—Dios… me llega tan profundo así… —susurró, empezando a moverse. Sus tetas rebotaban delante de la cara de Marcos, que las agarró con las dos manos y las apretó con fuerza, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar.

Empezó a cabalgarlo con furia. El sonido de su culo chocando contra los muslos de él era ensordecedor. La luz giratoria los iluminaba cada pocos segundos, congelando la imagen de la esposa de treinta y dos años completamente desnuda, empalada hasta el fondo, con la cara contorsionada de placer.

Dante seguía de rodillas, masturbándose con desesperación, lamiendo los jugos que caían de donde se unían los cuerpos. Cada vez que Nadia subía, él lamía la polla de Marcos. Cada vez que bajaba, lamía su coño.

—Dime que vas a dejar a Dante en casa los fines de semana —exigió Marcos, mordiéndole una teta.

—Voy a dejarte en casa, amor —jadeó Nadia mirando a su marido directamente a los ojos mientras seguía cabalgando—. Voy a venir al faro con Marcos. Voy a dejar que me folle el coño y el culo todo el fin de semana. Tú podrás venir el domingo por la noche a limpiarme… si él te deja.

Dante gimió alto, al borde del orgasmo, pero se detuvo. No quería correrse todavía. Quería seguir sufriendo aquella humillación deliciosa.

Marcos levantó las caderas, follándola desde abajo con brutalidad. El sudor les corría por el cuerpo. La tormenta parecía haberse vuelto más fuerte, como si el mar celebrara la depravación que tenía lugar en lo alto del faro. Nadia se corrió por tercera vez, gritando el nombre de Marcos, contrayéndose alrededor de su polla.

Él la levantó de golpe, todavía sin correrse, y la puso de cuatro patas sobre el suelo frío de la sala de la linterna. La luz giraba sobre su culo levantado, iluminando el ano abierto y el coño que no dejaba de gotear.

—Todavía no he terminado contigo —gruñó Marcos, colocándose detrás—. Vamos a follar hasta que amanezca si hace falta. Y tú, Dante, vas a seguir limpiando cada gota. Esta noche solo es el principio de lo que te espera.

Nadia miró hacia atrás, con los ojos brillantes de pura lujuria, el pelo pegado a la cara por el sudor y la lluvia anterior.

—Sigue, Marcos… rómpeme otra vez. Quiero sentirte en el culo ahora. Quiero que me abras mientras mi marido mira y se toca como el cornudo inútil que es.

Marcos escupió directamente sobre su ano, colocó la cabeza gruesa de su polla y empujó sin piedad. Nadia soltó un alarido de placer que se perdió entre los truenos. La polla desapareció completamente dentro de su culo en un solo movimiento. Empezó a sodomizarla con ritmo salvaje, profundo, posesivo.

Dante se acercó más, con la cara a centímetros de donde la polla de su mejor amigo entraba y salía del culo de su mujer. Tenía la boca abierta, esperando la próxima orden, la próxima corrida, la próxima humillación. Y mientras la luz del faro seguía girando incansable sobre sus cuerpos enredados, los tres supieron que la tormenta dentro del faro iba a durar mucho más que la que azotaba el mar afuera. Mucho más.

La polla de Marcos se hundía hasta los huevos en el culo abierto de Nadia, estirando el anillo rosado con cada embestida salvaje. La mujer de treinta y dos años gemía como una auténtica zorra, con las manos aplastadas contra el suelo metálico de la sala de la linterna y las tetas pesadas balanceándose adelante y atrás. El sudor le corría por la espalda, mezclándose con los restos de semen que ya chorreaban de su coño hinchado.

—¡Más fuerte, joder! ¡Rómpeme el culo como solo tú sabes! —aullaba ella, arqueando la espalda para ofrecerse más profundo. Sus nalgas carnosas chocaban contra el vientre de Marcos con un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con los truenos.

Marcos, el macho de treinta y cuatro años, gruñía como un animal, sudando a chorros por el pecho ancho y marcado. Agarraba las caderas anchas de Nadia con manos brutales, dejando marcas rojas en su piel blanca mientras la taladraba sin compasión.

—Esto es lo que mereces, puta casada. Tu marido nunca te dio lo que necesitas. Este culo es mío ahora —rugía, escupiendo sobre la unión de sus cuerpos para lubricar más. La luz del faro barría la escena cada cinco segundos, iluminando el momento exacto en que su verga gruesa y venosa desaparecía por completo dentro del recto de ella.

Dante, de treinta y cinco años, tenía la cara a menos de veinte centímetros. Sus ojos no perdían detalle: cómo el ano de su mujer se contraía alrededor de la base de aquella polla mucho más gruesa que la suya, cómo los jugos y el semen anterior formaban espuma blanca en cada salida. Su propia polla palpitaba en su puño, goteando precum al suelo, pero se negaba a correrse. Quería sufrir cada segundo de aquella humillación deliciosa.

Nadia giró la cabeza, el pelo pegado a la cara por el sudor, y miró a su marido con ojos vidriosos de placer.

—¿Ves cómo me abre, cornudo? Siente cada centímetro… me llega donde tú nunca llegaste. Me está reclamando el culo delante de ti y yo me corro como una perra —jadeó. Su coño vacío se contraía visiblemente, expulsando otro hilo espeso de la corrida anterior de Marcos que cayó directamente sobre la mejilla de Dante.

—Lame eso, perdedor —ordenó Marcos sin dejar de bombear—. Limpia mientras yo uso a tu mujer.

Dante sacó la lengua y lamió el semen caliente de su mejor amigo de la cara de Nadia, tragando con un gemido avergonzado. El sabor salado y espeso le llenó la boca, pero su polla dio un salto traicionero. «Dios, soy patético… y me encanta», pensó mientras volvía a acercar la nariz al lugar donde se unían los dos cuerpos, oliendo el aroma fuerte a sexo anal y corrida.

Marcos sacó la polla de golpe con un sonido húmedo y obsceno. El ano de Nadia quedó abierto, palpitando, mostrando el interior rosado y brillante. Sin darle tiempo, el hombre la levantó como si fuera una muñeca, la giró y la sentó sobre la mesa de control del faro. Le abrió las piernas obscenamente y volvió a penetrar su coño de un solo empujón brutal.

—¡Ahhh, sí! ¡Vuelve a llenarme el coño! —gritó Nadia, echando la cabeza hacia atrás. Sus tetas rebotaban con violencia mientras Marcos la follaba en esa posición, los pies de ella apoyados en los hombros de él. Cada embestida hacía que el culo de Nadia se deslizara sobre la superficie metálica mojada de fluidos.

—Díselo otra vez —exigió Marcos, pellizcándole los pezones duros hasta hacerla gritar—. Dile a tu cornudo por qué vas a pasar los fines de semana aquí conmigo.

Nadia miró a Dante, que se había arrodillado entre las piernas de ambos para ver mejor cómo la polla de Marcos entraba y salía, brillante de crema.

—Porque tu polla es una mierda comparada con esta, amor… —gimió ella entre embestida y embestida—. Marcos me folla como una verdadera hembra. Me deja el coño y el culo destrozados durante días. Tú solo vas a limpiar y a pajearte mirando las fotos que él me haga después de correrme en mi cara.

Dante no aguantó más. Se corrió con un gemido ahogado, soltando chorros débiles sobre el suelo mientras veía cómo su mejor amigo follaba a su esposa con una potencia que él jamás tendría. La humillación era absoluta y perfecta.

Marcos se rio con superioridad, acelerando el ritmo hasta que la mesa temblaba.

—Buen chico. Ahora mírame correrme donde tú nunca podrás.

Con un rugido animal, Marcos empujó hasta el fondo y se vació en el coño de Nadia. Chorros calientes y espesos inundaron su interior, tanto que el semen salió a presión alrededor de la polla, salpicando los muslos de ella y el pecho de Dante, que seguía arrodillado. Nadia se corrió al sentirlo, contrayéndose violentamente, gritando el nombre de Marcos mientras sus jugos se mezclaban con la corrida en un desastre blanco y pegajoso.

Cuando Marcos sacó la polla, todavía medio dura y chorreando, señaló el suelo.

—Los dos. Ahora.

Nadia bajó de la mesa con piernas temblorosas y se tumbó de espaldas sobre el suelo frío, abriendo las piernas como una puta bien follada. Dante se lanzó entre ellas sin que se lo repitieran. Su lengua entró primero en el coño inundado, sorbiendo ruidosamente la mezcla espesa de semen de su mejor amigo y los jugos de su mujer. Luego bajó un poco y lamió el ano todavía abierto, metiendo la lengua lo más profundo que pudo mientras Nadia le agarraba la cabeza con ambas manos y se frotaba contra su cara.

—Así, mi cornudito… trágatelo todo. Come lo que un hombre de verdad deja en tu esposa —ronroneaba ella, todavía temblando de placer.

Marcos se sentó en el banco, polla semierecta descansando sobre su muslo, y observó la escena con satisfacción posesiva.

—Esto no termina aquí. Mañana mismo le dices a tu jefe que te tomas los viernes libres, Nadia. Vendrás al faro los jueves por la noche y no te irás hasta el lunes. Dante puede venir el domingo a limpiar si se porta bien.

Nadia sonrió con los labios hinchados, mirando al techo donde la luz giratoria seguía barriendo la sala.

—Sí… seré tu puta del faro. Mi coño y mi culo están reservados para ti.

Dante seguía lamiendo obedientemente, con la cara completamente cubierta de fluidos. Su polla volvía a endurecerse a pesar de haberse corrido. La noche se extendía, la tormenta seguía rugiendo afuera y los tres sabían que todavía faltaban horas de folladas brutales, mamadas guarras y humillaciones.

Marcos se levantó, agarró a Nadia del pelo y la puso de rodillas frente a él. Le metió la polla todavía sucia de semen y jugos en la boca hasta la garganta. Ella chupó con devoción, haciendo arcadas obscenas mientras sus tetas se bamboleaban.

—Límpiala bien, zorra. Que tu marido vea cómo saboreas mi polla después de haberte destruido los dos agujeros.

Dante se colocó detrás de su mujer, separándole las nalgas con las manos para lamer los restos que aún goteaban de su coño y su culo mientras ella tragaba la verga de su mejor amigo. Los tres formaban una cadena depravada de carne, saliva y semen bajo la luz intermitente del faro.

Pasaron las horas. Marcos la folló contra los cristales curvados mirando al mar embravecido, la hizo cabalgarlo de nuevo hasta que sus tetas quedaron rojas de tanto apretarlas, la sodomizó en las escaleras mientras bajaban y la corrió por tercera vez en la boca, obligando a Dante a besarla y compartir el semen en un beso humillante y baboso.

Cuando el amanecer empezó a teñir el horizonte y la tormenta amainaba, los tres cuerpos exhaustos yacían enredados sobre la cama de la base del faro. Nadia entre los dos hombres, con el coño y el culo rebosantes, la cara y las tetas cubiertas de semen seco. Dante respiraba agitado, completamente rendido.

Y mientras la luz del faro se apagaba con el nuevo día, Nadia acarició el pecho de su marido y susurró con una sonrisa satisfecha: «Gracias por organizar todo esto, mi amor. Has interpretado al cornudo patético de forma tan convincente que hasta Marcos se lo creyó».

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