Última Noche en la Granja: Su Amiga se Entrega al Vecino
Laura, de 29 años, se entrega en el granero al vecino Miguel, de 45, mientras su cornudo marido Carlos, de 32, mira humillado.
La última noche en la granja olía a heno seco, a tierra removida y a ese calor denso del verano que se aferraba a la piel como una promesa. Carlos, de treinta y dos años, cerró la maleta con un nudo en la garganta. Mañana saldrían hacia la ciudad, lejos de los campos que habían sido de su familia. Laura, su esposa de veintinueve, voluptuosa y de caderas anchas que se movían con naturalidad bajo el vestido corto de algodón, se asomó a la ventana de la cocina. El pecho le subía y bajaba despacio; sabía que Miguel vendría.
El golpe en la puerta llegó puntual. Miguel, el vecino viudo de cuarenta y cinco años, entró sin esperar invitación. Era robusto, de hombros anchos, manos callosas y una presencia que llenaba la estancia. Carlos sintió el estómago encogerse. Laura sonrió de inmediato, esa sonrisa abierta que reservaba para cuando algo le excitaba de verdad.
—Miguel… qué bien que viniste a despedirte —dijo ella, acercándose. Le rozó el brazo con los dedos, dejando la yema sobre el músculo duro—. Vas a echarnos de menos, ¿verdad?
Miguel la miró de arriba abajo sin disimulo. Los ojos se le oscurecieron al detenerse en el escote generoso y en las piernas desnudas.
—Más de lo que crees, Laura. Esta granja no será lo mismo sin esa figura tuya cruzando el corral.
Carlos se quedó quieto junto a la mesa. Notó cómo su esposa se enderezaba, empujando el pecho hacia delante, y cómo la falda se le subía un centímetro cuando se giró hacia el vecino. Ella coqueteaba abiertamente, riendo bajo cuando Miguel le comentó el calor, abanicándose el escote con la mano de modo que el dedo rozara la curva de un pecho. Carlos tragó saliva. Sentía el deseo de Laura como una corriente eléctrica: ella quería a ese macho alfa del campo, lo deseaba con una claridad que le quemaba las entrañas. Su propia polla, traidora, empezó a endurecerse dentro del pantalón.
Siguieron en la cocina un rato. Laura servía cerveza, se inclinaba de más, rozaba la cadera contra el muslo de Miguel al pasar. Cada roce era deliberado. Carlos observaba paralizado, el corazón latiéndole en las sienes. Cuando Miguel se acercó a la ventana y comentó el granero viejo, Laura se situó justo detrás de él, el pecho casi rozándole la espalda.
—Siempre me ha gustado ese granero —susurró ella, lo bastante alto para que Carlos oyera—. Oscuro, privado… olor a hombre de verdad.
Miguel se giró. La miró fijamente. Laura no apartó la vista. Se puso de puntillas y le habló al oído, la voz ronca de excitación:
—Te confieso algo, Miguel. Siempre he fantaseado con entregarme a un hombre de verdad como tú. No a un marido blando… a alguien que me coja como se debe. Que me llene.
Carlos sintió un golpe en el pecho. Laura se acercó más, frotó su cuerpo entero contra el de Miguel: pechos aplastados contra el pecho ancho, vientre contra la cintura, muslo rozando la entrepierna del vecino. Se notaba el bulto que ya crecía allí. Ella miró a Carlos por encima del hombro de Miguel, ojos húmedos, labios entreabiertos, suplicantes.
—Carlos… por favor. Déjame. Esta noche. Quiero dárselo todo. Dime que sí.
El silencio se espesó. Carlos temblaba. Humillación y una excitación brutal le apretaban la garganta y la polla al mismo tiempo. Asintió. Una sola vez, la cabeza inclinada, la voz apenas un hilo:
—Hazlo. Entrégate. Esta noche… completamente.
Laura le besó la mejilla con una ternura cruel y luego se giró hacia Miguel, tomándole la mano.
—Al granero. Ahora.
Cruzaron el patio bajo la luna. El granero olía a heno y a madera vieja. Apenas cerraron la puerta grande, Laura se arrodilló sobre la paja. Con dedos ansiosos abrió el cinturón de Miguel, bajó la cremallera y sacó la verga gruesa, pesada, ya dura y con la cabeza hinchada y brillante. Era visiblemente más gruesa y larga que la de Carlos. Ella lo miró a su marido, arrodillado a unos metros, y abrió la boca.
—Mira, Carlos… mira lo que es una polla de verdad. Mucho más grande y dura que la tuya. Esto sí me llena la boca.
Engulló la cabeza con lujuria, chupando ruidoso, la saliva resbalándole por la barbilla mientras la mano rodeaba lo que no cabía. Miguel gruñó, le agarró el pelo y empujó despacio hasta que ella se atragantó y los ojos se le humedecieron de placer. Laura no apartaba la vista de Carlos: succionaba, lamiendo la vena gruesa, acariciando los huevos pesados, gemiendo alrededor del miembro.
—Sabe a macho… a granjero de verdad —dijo al separarse un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios a la polla—. La tuya nunca me ha sabido así.
Miguel la levantó, le alzó el vestido hasta la cintura y le bajó las bragas hasta los tobillos. Laura se puso a cuatro patas sobre el heno, el culo redondo y abierto, el coño ya reluciente de jugos. Miguel se arrodilló detrás, alineó la cabeza gruesa y entró de un solo empujón. El gemido de Laura resonó en las vigas.
—¡Joder, sí! Así… fóllame salvaje.
La embistió con fuerza, las caderas golpeando contra su culo, el sonido húmedo y carnoso llenando el granero. Cada embestida hacía temblar los pechos de Laura, que colgaban libres. Ella miraba a Carlos entre jadeos.
—Mira cómo me abre… tu polla nunca llega tan hondo, cornudo. Él sí me llena. Soy su puta esta noche.
Miguel la folló sin piedad en cuatro patas, agarrándole las caderas con esas manos callosas, clavando los dedos. Luego la levantó de un tirón, la puso de pie contra la pared de madera y le separó las piernas. La penetró de nuevo, esta vez de frente, levantándole un muslo para abrirla más. Las embestidas eran brutales, profundas, el choque de cuerpos seco y húmedo a la vez. Laura gritaba, la espalda rozando la pared, las uñas en los hombros de Miguel.
—¡Más fuerte! ¡Úsame! Carlos… míralo, inútil. Eres un cornudo de mierda. Tu mujer se corre con la polla de otro. ¡Eres un marica blando que solo vale para mirar!
Cada insulto salía entre gemidos rotos. Carlos se había bajado el pantalón sin darse cuenta; se tocaba la polla dura y goteante, la humillación alimentando el placer perverso. Miguel aceleró, el cuerpo entero empujando contra Laura, el coño de ella chupándole la verga con cada retirada. Ella gritó más alto cuando el orgasmo la atravesó: el cuerpo se le arqueó, el coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla gruesa, los jugos resbalándole por los muslos.
Miguel no se detuvo. La embistió tres, cuatro veces más, profundas y salvajes, y entonces se clavó hasta el fondo con un gruñido gutural. Se corrió dentro de ella, chorros calientes y espesos llenándole el coño. Laura gimió al sentirlo, otro temblor recorriéndola mientras recibía todo.
Miguel se retiró despacio. La polla salió reluciente, todavía semidura, y el semen blanco y denso empezó a gotear inmediatamente de la raja hinchada de Laura, resbalando por el interior de los muslos, cayendo sobre el heno. Ella se quedó apoyada en la pared, respirando agitada, las piernas temblorosas. Se giró hacia Miguel, le tomó la cara con ambas manos y lo besó con pasión abierta: lengua, saliva, gemidos bajos. Cuando se separaron, le sonrió con los labios hinchados.
—Gracias… por mostrarme lo que es un hombre de verdad. Nunca nadie me había follado así.
Miguel le acarició el culo, recogiendo un poco de su propio semen con el pulgar y llevándoselo a la boca de ella. Laura chupó sin dudar.
Carlos permanecía allí, la polla todavía dura en la mano, el rostro ardiendo de vergüenza y deseo. El semen de Miguel seguía bajando por las piernas de su esposa. Laura lo miró, los ojos brillantes, y se pasó dos dedos por el coño, recogiendo más fluido espeso. Se los ofreció a Carlos sin palabras, solo con esa mirada que decía que la noche no había terminado, que el granero todavía guardaba más humillación y más hambre. Miguel se abrochó despacio, pero no se fue. Se quedó observando al matrimonio, la verga aún pesada, y Laura se apoyó en su pecho como si ya le perteneciera esa noche.
El aire del granero seguía cargado. Fuera, la luna iluminaba el camino hacia la casa, pero ninguno de los tres dio el primer paso para volver.
Laura mantuvo los dos dedos extendidos hacia Carlos, brillantes de semen espeso y de sus propios jugos. El olor llegaba hasta él, cálido y salado, a macho y a hembra mezclados. Carlos temblaba de rodillas sobre la paja, la polla todavía dura y goteando en su puño, el rostro ardiendo.
—Chúpalos —ordenó ella con voz baja, casi cariñosa—. Quiero ver cómo pruebas lo que me ha dejado dentro un hombre de verdad.
Miguel soltó una risa ronca desde detrás de ella y le rodeó la cintura con un brazo grueso, pegándola contra su pecho todavía sudado. Carlos se acercó a gatas. El corazón le martilleaba. Abrió la boca y metió los dedos de Laura hasta el fondo. El sabor era denso, amargo-dulce, a semen ajeno. Chupó con humillación y con una excitación que le hacía temblar las rodillas. Laura le acarició el pelo mientras él lamiaba entre sus dedos.
—Así, cornudo… limpia bien. Eso es lo que me llena ahora. No tu leche rala.
Miguel le bajó el vestido del todo y lo tiró a un lado. Laura quedó desnuda bajo la luz tenue que entraba por las rendijas del granero: pechos pesados, pezones duros, culo redondo marcado por los dedos del vecino, el coño hinchado y abierto, de donde seguía resbalando un hilo blanco que le bajaba por el muslo interior. Miguel le separó las nalgas con ambas manos y le mostró a Carlos la raja enrojecida, aún palpitante.
—Mírala bien. Todavía está abierta por mí. ¿Quieres que te la devuelva así, llena?
Carlos asintió sin voz. Miguel empujó a Laura suavemente hacia delante hasta que ella se inclinó sobre el marido. Le ofreció el coño a la cara de Carlos.
—Lámelo. Limpia lo que te dejó tu mujer. Pero despacio. Quiero sentir tu lengua mientras él me mira.
Carlos pegó la boca al coño caliente de Laura. El sabor del semen de Miguel se le metió entero: espeso, pegajoso, mezclado con el jugo ácido de ella. Lamió con lengua ancha, recogiendo cada gota que seguía saliendo. Laura gimió y se empujó contra su cara, frotándose, manchándole la barbilla y las mejillas. Miguel se arrodilló a un lado y le agarró el pelo a Carlos, obligándole a mantenerse ahí.
—Más profundo, marica. Mete la lengua hasta el fondo. Quiero que sepas exactamente cómo se siente el coño de tu mujer después de que lo use un hombre de verdad.
Carlos obedeció. Empujó la lengua dentro, saboreando la mezcla caliente, mientras se tocaba la polla con la mano libre. Laura se retorcía, los pechos colgando sobre su cabeza, y empezó a hablarle con esa voz rota de placer y crueldad.
—Así… sí… limpia la leche de Miguel. Qué buen cornudo eres. Tu lengua solo sirve para esto ahora. Nunca me has hecho correrme como él. Nunca me has llenado así. Eres blando, Carlos. Un marido blando que solo vale para chupar semen ajeno del coño de su puta.
Miguel se levantó. Su polla ya estaba otra vez dura, gruesa, brillante de restos y de saliva. Se situó detrás de Laura, que seguía a cuatro patas con la cara de Carlos enterrada entre sus piernas. Alineó la cabeza hinchada contra la entrada resbaladiza y empujó de un solo golpe, hundiéndose hasta las bolas. Laura gritó y se arqueó, empujando el coño contra la boca de su marido al mismo tiempo que recibía la embestida.
—¡Joder! Otra vez… me parte en dos. Carlos, sientes cómo me abre, ¿verdad? Sientes cómo late dentro de mí.
Miguel folló con fuerza rítmica, las caderas golpeando el culo de Laura, el sonido húmedo y carnoso llenando el granero otra vez. Cada embestida empujaba a Laura contra la cara de Carlos, obligándole a lamer alrededor de la base de la polla gruesa que entraba y salía. Carlos lamió lo que pudo: los labios hinchados, el clítoris hinchado, los huevos pesados de Miguel cuando bajaban y chocaban. El sabor era puro sexo, puro macho.
Laura miraba hacia atrás por encima del hombro, los ojos vidriosos.
—Dime lo que eres, Carlos. Dímelo mientras te come la cara mi coño lleno de otra polla.
—Soy… soy un cornudo —jadeó él contra su carne—. Un cornudo inútil. Tu marido blando… que solo mira y lame.
—Más fuerte —exigió ella entre gemidos—. Di que te gusta. Di que te gusta que me follen como una perra delante de ti.
—Me gusta… joder, me gusta. Me gusta ver cómo te abre. Cómo te llena. Cómo te corre dentro. Soy un marica de mierda que se corre tocando su polla pequeña mientras te usan.
Miguel aceleró. Agarró las caderas de Laura con esas manos callosas de granjero y la embistió más profundo, más brutal. El granero resonaba con el choque de carne y con los gritos de ella. Carlos se apartó un segundo solo para ver: la polla gruesa de Miguel desapareciendo entera dentro del coño de su mujer, los labios estirados alrededor del tronco, el semen anterior saliendo a espasmos con cada retirada. Volvió a pegar la boca, lamiendo la unión, chupando el clítoris hinchado mientras Miguel la follaba sin piedad.
Laura se corrió de nuevo con un grito ahogado. El coño se le contrajo en oleadas violentas alrededor de la verga del vecino; los jugos le salpicaron la cara a Carlos. Miguel no se detuvo. La sacó de encima de Carlos de un tirón, la levantó como si no pesara y la sentó a horcajadas sobre él, de espaldas al marido. Se hundió otra vez de un golpe y la hizo cabalgar.
—Mueve el culo, puta. Enséñale a tu cornudo cómo se monta una polla de hombre.
Laura rebotaba sobre Miguel, los pechos saltándole, el culo chocando contra la pelvis dura del vecino. Cada bajada la hacía gemir. Se giró lo suficiente para mirar a Carlos, que seguía de rodillas, la polla morada y goteando, sin atreverse a correrse todavía.
—Ven aquí —le ordenó ella—. Acércate. Quiero que me chupes los pechos mientras me follan. Y que me digas lo mucho que te gusta ser mi cornudo.
Carlos se arrastró hasta ellos. Se incorporó lo suficiente para alcanzar un pezón duro y lo chupó con hambre, mientras su mano libre subía a acariciar el otro pecho. Laura le agarró la cabeza y lo apretó contra su pecho.
—Así… mama de tu mujer mientras otro me llena el coño. Eres patético y me encanta. Más duro, Miguel… rómpeme delante de él.
Miguel le mordió el hombro y aceleró las embestidas desde abajo, levantando las caderas para clavar cada centímetro. El sonido era obsceno: carne mojada, gemidos, el jadeo pesado del hombre mayor. Laura se inclinó hacia delante, ofreciendo el culo más abierto, y Miguel le dio una palmada seca en una nalga que dejó la marca roja.
—Dile a tu marido dónde quieres mi leche esta vez —gruñó Miguel.
—Dentro… otra vez dentro. Quiero que me dejes el coño goteando otra vez. Quiero que Carlos lo vea bajar y que lo limpie con la lengua. Quiero que sepa que esta noche soy tuya.
Miguel gruñó, la agarró fuerte de las caderas y se clavó hasta el fondo. Se corrió con un gemido gutural, bombeando chorros calientes y espesos dentro de Laura otra vez. Ella sintió cada pulso, cada sacudida, y se corrió con él, el cuerpo entero temblando, el coño exprimiendo la polla gruesa. Cuando Miguel se retiró, el semen le salió a borbotones, espeso, blanco, resbalando por los labios hinchados y cayendo en hilos largos sobre el heno y sobre los muslos de Carlos, que estaba justo debajo.
Laura se bajó temblando y se puso de rodillas frente a su marido. Le abrió las piernas y le ofreció el coño goteante a centímetros de la cara.
—Limpia. Todo. Con la lengua. No dejes ni una gota. Y mientras lo haces, tócate. Quiero verte correrte como el cornudo que eres, mirando cómo me sale la leche de otro hombre.
Carlos se lanzó. Lamió con desesperación, chupando el semen caliente que seguía brotando, metiendo la lengua lo más hondo que podía, saboreando a Miguel y a Laura juntos. Se masturbó con la mano libre, rápido, sucio, la humillación quemándole las entrañas y endureciéndole aún más. Laura le sujetaba la cabeza contra su coño y le hablaba bajito, cruel y tierna al mismo tiempo.
—Así… traga. Traga lo que me ha dejado. Eres mío para esto. Mi marido blando, mi mirón, mi limpiador de coños usados. Miguel me ha follado mejor que tú en toda tu vida. Y todavía no ha terminado. ¿Verdad, Miguel?
Miguel se había sentado en un fardo de heno, la polla todavía semidura y reluciente, observándolos con una sonrisa lenta y posesiva. Se pasó la mano por el miembro, acariciándolo sin prisa.
—Todavía no. Esta noche es larga. Y esa puta de tu mujer todavía tiene el culo virgen para mí… y la boca. Y tú, Carlos, vas a quedarte ahí mirando y lamiendo y pidiendo más hasta que yo diga que basta.
Laura se corrió otra vez solo de oírlo, el coño espasmándose contra la lengua de su marido. Carlos se corrió entonces: chorros débiles y vergonzosos que le salpicaron el vientre y la paja, gemiendo contra el coño lleno de semen de su esposa. El orgasmo le dejó temblando, vacío y más duro de deseo que antes.
Laura se apartó, se pasó dos dedos por el coño otra vez y se los metió en la boca, chupándolos con delicia. Luego se giró hacia Miguel, se arrastró hasta él y le tomó la polla todavía pesada entre las manos.
—Otra ronda —susurró ella—. Quiero que me folles la boca hasta que se me ahogue. Y después… el culo. Quiero que Carlos vea cómo me abres por detrás. Cómo me conviertes en tu puta completa esta última noche.
Miguel le acarició la mejilla con el dorso de la mano callosa y asintió. Miró a Carlos, que seguía de rodillas, el semen propio y ajeno en la cara y en el pecho, la polla otra vez empezando a despertar a pesar del orgasmo reciente.
—Prepárate, cornudo. Tu mujer todavía no ha terminado de entregarse. Y tú tampoco has terminado de tragar. El granero sigue oliento a sexo… y la noche apenas empieza.
Laura abrió la boca y engulló la cabeza gruesa de Miguel otra vez, mirando a Carlos todo el tiempo, los ojos brillantes de hambre y de poder. El aire del granero se espesó todavía más. Ninguno de los tres se movió hacia la puerta. Fuera, la luna seguía alta. Dentro, solo quedaba heno, sudor, semen y la promesa de más.
Laura engulló la polla gruesa de Miguel hasta la garganta, los labios estirados alrededor del tronco, las lágrimas de esfuerzo y placer rodándole por las mejillas mientras miraba fijamente a Carlos. El granjero de cuarenta y cinco años le agarró el pelo con ambas manos callosas y empujó más hondo, forzando el glande pastoso contra la pared blanda de la garganta de ella. Laura se atragantó, un sonido húmedo y gargareante llenó el granero, pero no retrocedió; al contrario, abrió más la boca y se dejó usar, la saliva espesa cayéndole en hilos por la barbilla hasta los pechos pesados.
—Mírala, cornudo —gruñó Miguel, la voz ronca de gusto—. Tu mujer se atraganta con una polla de verdad. La tuya nunca le ha llegado ni a la mitad. Dile lo que ves.
Carlos, todavía de rodillas sobre la paja manchada, la cara brillando de semen seco y jugos, se masturbaba otra vez con la polla ya dura y morada. La humillación le quemaba las entrañas como ácido caliente.
—Veo… veo cómo te la comes entera, Laura. Cómo te abre la garganta. Eres su puta. Mi esposa es la puta del vecino.
Laura se separó un segundo, un hilo grueso de saliva uniendo sus labios hinchados a la cabeza morada y reluciente. Respiró agitada, la voz ronca de haber sido embestida en la boca.
—Más fuerte, marica. Di que te gusta. Di que te corre ver cómo me uso la boca como un coño barato.
—Me gusta —jadeó Carlos, la mano subiendo y bajando rápido—. Me gusta que te ahogues con su verga. Me gusta que seas su puta de boca. Soy un cornudo de mierda que se toca mirándote.
Miguel la empujó de nuevo, follándole la cara con embestidas profundas y rítmicas. Cada empujón hacía que la garganta de Laura se contrajera alrededor de él, los ojos vidriosos fijos en su marido. El sonido era obsceno: chapoteo, jadeos, el golpe sordo de las bolas pesadas contra la barbilla de ella. Laura metió la mano entre sus propias piernas y se restregó el clítoris hinchado, los jugos y el semen anterior resbalándole otra vez por los muslos. Cuando Miguel la soltó, ella tosió, la cara roja, la saliva y el precum chorreándole por el pecho.
—Ahora el culo —dijo ella, girándose hacia Carlos con una sonrisa cruel y brillante—. Vas a ver cómo me abre por detrás. Cómo me convierte en su puta completa. Acércate, cornudo. Quiero que me abras las nalgas tú mismo y que le ruegues que me la meta.
Carlos se arrastró. Las manos le temblaban cuando le separó las nalgas redondas y firmes a su esposa. El agujero rosado y cerrado se contrajo ante el aire del granero. Laura estaba de rodillas y pecho contra el heno, el culo en alto, el coño todavía goteando restos blancos. Miguel escupió un grueso chorro de saliva sobre el agujero y lo untó con el pulgar grueso, empujando hasta la primera falange. Laura gimió largo y bajo.
—Sí… ábreme. Prepárame para él. Carlos, dile que me la meta. Pídeselo. Pídele que me folle el culo virgen delante de ti.
La voz de Carlos salió rota, llena de vergüenza y de una excitación que le hacía doler la polla.
—Métela… por favor, Miguel. Fóllale el culo a mi mujer. Ábrela. Úsala. Quiero ver cómo se la comes entera. Soy un cornudo inútil. Mi esposa te pertenece esta noche. Rómpela.
Miguel alineó la cabeza hinchada, todavía brillante de saliva y de los jugos de Laura, contra el agujero apretado. Empujó despacio al principio, el glande abriendo el anillo rosado centímetro a centímetro. Laura gritó, los dedos clavándose en la paja, el cuerpo tensándose y luego rindiéndose.
—¡Joder, qué grueso! Me parte… sí, más, métela toda. Carlos, míralo. Míralo cómo me entra por el culo. Tu polla nunca… nunca me habría abierto así.
Miguel empujó hasta las bolas de un solo golpe final. El culo de Laura se estiró alrededor del tronco grueso, el anillo blanco de carne tensa. Ella aulló de placer puro, el cuerpo entero temblando. Miguel no esperó: empezó a embestir con fuerza de granjero, las caderas golpeando el culo de ella con un sonido carnoso y húmedo, las manos callosas agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones.
—Está tan puto apretado —gruñó Miguel—. El culo de tu mujer me chupa la polla. Dile lo que es, Laura.
—Soy… soy la puta del culo de Miguel —gritó ella entre embestidas—. Tu mujer se deja abrir el culo por otro hombre. Soy su perra. Fóllame más duro, rómpeme el culo delante de este marica.
Cada embestida hacía que los pechos de Laura rebotaran contra el heno. Carlos se pegó la cara al coño de ella desde abajo, lamiendo el clítoris hinchado y los labios abiertos mientras la polla gruesa entraba y salía del culo a centímetros de su lengua. El sabor era a sexo crudo, a semen viejo y a la carne caliente de su esposa. Miguel le agarró el pelo a Carlos y lo mantuvo ahí.
—Lame mientras le abro el culo, cornudo. Siente cómo late. Cómo se la como entera. Tu mujer ya no vuelve a ser tuya igual.
Laura se corrió con un grito desgarrado, el coño contrayéndose en espasmos violentos contra la lengua de Carlos, los jugos salpicándole la cara otra vez. El culo se le apretó alrededor de la verga de Miguel, exprimiéndola. Miguel no se detuvo. La embistió más salvaje, más profundo, el sonido de carne contra carne llenando el granero junto con los gritos de ella.
—Dile dónde quieres la leche esta vez —ordenó Miguel, sudor corriéndole por el pecho ancho.
—En el culo… lléname el culo. Quiero sentirte correr dentro. Quiero que Carlos lo vea salir y lo limpie con la lengua. Quiero que trague lo que me dejas en el culo, cornudo de mierda.
Miguel aceleró hasta que el granero tembló con el ritmo brutal. Se clavó hasta el fondo con un gruñido animal y se corrió, chorros calientes y espesos bombeando directamente en las entrañas de Laura. Ella sintió cada pulso, cada sacudida caliente, y se corrió otra vez solo de eso, el cuerpo entero arqueándose, el culo exprimiendo hasta la última gota. Cuando Miguel se retiró despacio, la polla salió con un sonido húmedo y el semen blanco y denso empezó a salir a borbotones del agujero abierto y enrojecido, resbalando por el perineo hasta el coño y cayendo en hilos largos sobre la cara de Carlos.
Laura se giró, todavía temblando, y le empujó la cara contra su culo abierto.
—Limpia. Ahora. Mete la lengua. Traga todo lo que me ha dejado dentro del culo. Sé el buen cornudo que eres.
Carlos obedeció con desesperación. Empujó la lengua dentro del agujero relajado y caliente, saboreando el semen espeso y amargo de Miguel mezclado con el sabor a carne usada. Lamió, chupó, tragó, mientras se masturbaba a puño cerrado. Laura le sujetaba la cabeza y se restregaba contra su boca.
—Así… traga la leche del culo. Qué patético eres. Nunca me has follado así. Nunca me has llenado. Solo vales para limpiar. Miguel, ¿otra vez?
Miguel se había puesto de pie, la polla todavía semidura y brillante de resto. Se pasó la mano por ella, endureciéndola otra vez con lentitud mientras miraba al matrimonio de rodillas.
—Todavía tengo para más. Quiero verla montarme otra vez y que tú, Carlos, me lamas los huevos mientras se la come entera por el culo. Y después quiero correrme en su cara y que tú limpies. Hasta la última gota.
Laura se levantó temblando de placer, el semen siguiéndole bajando por los muslos, y empujó a Carlos hacia los testículos pesados de Miguel. Se montó de espaldas sobre el granjero, guiando la verga gruesa otra vez hacia su culo abierto y todavía goteante. Se hundió de un solo golpe, gimiendo alto, y empezó a cabalgar, el culo rebotando, los pechos saltando.
—Lame los huevos de tu amo, cornudo. Mientras me follo el culo con su polla. Dime lo que eres. Dímelo gritando.
Carlos lamió los testículos sudados y pesados, la lengua ancha recogiendo el sabor a macho, mientras se tocaba con violencia.
—Soy tu cornudo… soy el limpiador de semen… soy el marica que ve cómo te abren el culo y se corre de gusto. Fóllatela, Miguel. Úsala. Llénala otra vez. Soy un marido blando que solo vale para esto.
Miguel le agarró las caderas a Laura y la embistió desde abajo con fuerza brutal, levantándola y clavándola. El culo de ella hacía un sonido obsceno cada vez que bajaba. Ella se corrió gritando, el cuerpo entero convulsionando, y Miguel la siguió segundos después, bombeando otro chorro caliente y espeso dentro del culo. Cuando ella se bajó, el semen le salió a presión, cayendo sobre la cara y la lengua de Carlos, que lo recibió abierto y lo tragó todo.
Laura se arrodilló frente a Miguel, le tomó la polla todavía palpitante y se la frotó por toda la cara, manchándose de semen y de su propio jugo. Luego se la metió en la boca una última vez, chupando limpio, mirando a Carlos.
—Última noche en la granja… y me voy con el culo y el coño llenos de la leche de otro hombre. Tú te quedas con el sabor en la lengua y la polla de cornudo en la mano.
Miguel le sujetó la cabeza y se corrió una última vez directamente en la boca abierta de Laura, chorros espesos llenándola hasta que le rebosó por los labios. Ella se giró hacia Carlos, la boca llena, y le escupió el semen espeso y caliente directamente en la cara y en la lengua extendida.
Carlos se corrió entonces, chorros débiles y vergonzosos salpicando la paja mientras lamía el semen de Miguel de sus propios labios y de la cara de su esposa. Laura se pasó los dedos por el culo goteante, recogió más fluido blanco y se lo metió en la boca a su marido a la fuerza, riéndose baja y cruel.
El granero olía a semen fresco, a culo follado y a humillación. Ninguno se movió hacia la puerta. La luna seguía alta afuera, pero dentro solo quedaba el cuerpo usado de Laura, la polla todavía pesada de Miguel y Carlos de rodillas, tragando hasta la última gota del semen que le chorreaba del culo abierto a su mujer.
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