Discos de Vinilo y Sumisión

Carmen se somete al amo Otto en la trastienda.

4 min read August 23, 2026New

No voy a fingir que entré en aquella tienda solo por los discos. Tengo veintiocho años, cobro lo justo en una oficina gris y el rock clásico me mantiene cuerda: Who, Zeppelin, Deep Purple. La tienda de vinilos del centro olía a cartón viejo y a cera; el dueño, Otto, treinta y cinco, alto, voz grave, me miraba siempre un segundo de más mientras me recomendaba ediciones japonesas. Aquella tarde llovía. Él sacó de debajo del mostrador una caja que no estaba a la vista del público.

—Esto no lo enseño a cualquiera —dijo.

Portadas de bondage de los setenta: mujeres atadas con cuerdas gruesas, cuellos con collares, expresiones entre el éxtasis y la entrega. El corazón me dio un vuelco. Me acerqué. Le confesé en voz baja, sin mirarle a los ojos del todo:

—Siempre he fantaseado con someterme por completo a un hombre que sepa controlar. De verdad. No de novela barata.

Otto cerró la caja con calma. Su mirada se oscureció, no de sorpresa, sino de reconocimiento.

—Ven a la trastienda. Tengo un original de un bootleg que quizá te interese.

La trastienda era estrecha: estanterías hasta el techo, un sofá de cuero gastado, una barra de hierro empotrada en la pared que servía para colgar cajas. Él puso el disco en el tocadiscos sin bajar la aguja. El silencio entre nosotros pesaba más que la música que no sonaba.

—Quiero probarlo —dije—. La sumisión. Contigo. Esta noche.

Otto se plantó frente a mí.

—¿Quieres que te domine de verdad? No juegos a medias. Órdenes, dolor controlado, uso de tu cuerpo. Respondes con claridad.

—Sí.

—Palabra de seguridad: “vinilo”. La dices y todo para. Sin discusión. ¿Entendido?

—Entendido.

—Entonces arrodíllate. Y a partir de ahora me llamas Amo.

Me arrodillé sobre el suelo frío. El sonido de mis rodillas contra la madera me excitó más que cualquier caricia. Él se pasó los dedos por mi pelo y tiró con suavidad hasta que levanté la cara.

—Amo —susurré.

Otto sacó cuerdas de cáñamo de un cajón. Me ató las muñecas a la barra de hierro, de rodillas, brazos arriba, pechos empujados hacia delante por la tensión. Revisó que los nudos no cortaran la circulación. Después se colocó detrás de mí. La pala de cuero silbó en el aire antes de golpear mi culo. El primer azote me arrancó un grito ahogado; el segundo ya me hizo mojar la ropa interior. Contó en voz baja. Diez. Quince. La piel me ardía, roja, sensible. Cada impacto me empujaba hacia delante y yo gemía su título como un mantra.

—¿De quién eres?

—Tuya, Amo.

Me desabrochó el pantalón, sacó la polla dura y me agarró del pelo con firmeza. Me abrió la boca con el pulgar y se metió hasta la garganta. No fue delicado. Folló mi boca con estocadas profundas, sujetándome la cabeza, mientras yo babeaba y lloraba de esfuerzo y de placer. Cuando se retiró, un hilo de saliva me unía a él.

Me puso a cuatro patas sin desatarme del todo; solo aflojó lo necesario para girarme y volver a tensar las cuerdas a la barra, ahora de espaldas a él, culo en alto. Me bajó la ropa mojada, me abrió con los dedos y me penetró de un solo empujón. Me folló en posición de perrito con fuerza, tirándome del pelo hacia atrás, obligándome a arquear la espalda.

—Repite —ordenó, sin parar de embestirme—. Soy tu puta sumisa.

—Soy tu puta sumisa, Amo —jadeé, una y otra vez, hasta que la frase se me deshizo en sollozos de gusto.

Cuando notó que yo temblaba al borde, se detuvo, me desató de la barra y me sentó en una silla de madera. Me ató los tobillos a las patas, piernas abiertas del todo, muñecas detrás del respaldo. Encendió un vibrador pequeño y se lo apoyó directo en el clítoris mientras volvía a entrar en mí. La estimulación era brutal, precisa. Me corrí gritando su nombre, el cuerpo sacudido, lágrimas de placer bajándome por las mejillas. Él se vino dentro poco después, con un gemido bajo, clavándome las caderas contra la silla.

Me desató con cuidado. Me frotó las muñecas, me miró las marcas rojas del culo y me atrajo contra su pecho sudado. Me besó la sien.

—Lo has hecho muy bien. Te has entregado de verdad.

Me envolvió en una manta del sofá, puso agua a calentar en un hornillo y eligió un vinilo suave: baladas lentas de soul. El té me temblaba un poco en las manos. Nos acurrucamos. Hablamos en voz baja de la próxima sesión: un collar, quizás más tiempo de atadura, un fin de semana cerrado.

Pasó una hora. La lluvia había amainado. Otto se levantó, se abrochó la camisa y recogió las cuerdas con movimientos metódicos. Yo seguía en el sofá, envuelta, el cuerpo latiendo aún.

—Cierra cuando salgas —dijo sin dureza—. Las llaves están en el mostrador. El disco ese es tuyo si quieres.

Se puso la chaqueta. Me miró un instante, no con rechazo ni con promesas rotas, solo con la certeza de alguien que ha terminado lo que vino a hacer esa noche. Abrió la puerta de la trastienda, cruzó la tienda a oscuras y salió a la calle. El timbre de la puerta principal sonó una sola vez. Me quedé oyendo el eco y el crackle lejano del vinilo que aún giraba.

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