Su Amiga Trans Acepta el Pase Libre
Su amiga trans de 29 años viste de sissy al oficinista Carlos de 32, lo folla duro en la boca y el culo hasta correrse dentro de él.
Carlos abrió la puerta de su departamento con la camisa de oficina todavía arremangada hasta los codos y el nudo de la corbata flojo. Treinta y dos años, de lunes a viernes atado a un escritorio y a pantallas que le chupaban la vida, y esa noche por fin alguien que valía la pena. Valeria entró arrastrando la maleta con esa sonrisa torcida que siempre le desarmaba. Veintinueve años, piel morena, caderas anchas y esa voz grave y dulce a la vez. Acababa de aterrizar de un viaje de dos semanas y olía a aeropuerto, a perfume caro y a promesa.
—Joder, Carlos, qué alivio verte —dijo ella, dejando la maleta junto al sofá y estirándose hasta que la blusa se le pegó a las tetas—. Te juro que en el avión solo pensaba en tumbarme aquí y no moverme.
Él le ofreció un café de la cafetera recién hecha. Se sentaron en el sofá, rodillas casi tocándose. Valeria se quitó los zapatos, se metió los pies debajo del culo y lo miró de reojo mientras soplaba la taza.
—¿Sabes qué? Voy a confesarte algo de una puta vez —dijo entre risas, como si la idea le hiciera cosquillas por dentro—. Siempre, desde que nos conocimos, he fantaseado con vestirte de sissy. Lencería, medias, tacones… verte todo mona, con la polla apretada en un calzoncito de encaje. Me caliento solo de pensarlo.
Carlos se atragantó un poco con el café. El calor le subió a la cara y, más abajo, a la entrepierna. Se le endureció de golpe, traicionero. Llevaba años imaginando exactamente eso en las noches de mierda, después de jornadas eternas, la mano metida en los calzoncillos mientras se imaginaba a Valeria mandándole y llamándole preciosa.
—Hostia… —murmuró él, y la risa le salió nerviosa, cargada—. Yo… joder, Valeria. También lo deseo. Llevo tiempo queriendo que me vistas así. Que me mires y me digas que me veo hermosa. Me pone de puta madre solo oírte decirlo.
El aire cambió. Se densificó. Valeria dejó la taza en la mesita y se acercó un poco más, la rodilla rozándole el muslo.
—¿En serio? No me jodas, Carlos. ¿De verdad quieres que te vista de sissy esta noche?
—Sí —respondió sin dudar, la voz más grave—. Quiero que lo hagas. Quiero que me pongas lo que sea que traigas en esa maleta y que me uses como te dé la gana.
Ella soltó una risa baja, sucia, y se levantó. Abrió la maleta con un click. Dentro, entre ropa de viaje y un neceser, sacó un conjunto de lencería de encaje negro: un body transparente con ligueros, unas medias de seda negras hasta el muslo, un par de braguitas de tira finísima y unos tacones de aguja negros. También un lápiz labial rojo oscuro y un pequeño frasco de esmalte.
—Café primero —dijo ella, recuperando la taza y volviendo a sentarse junto a él—. Quiero verte con ganas mientras te lo pongo. Y te voy a pedir permiso para cada cosa, ¿vale? Quiero oírte decir que sí.
Carlos asintió. La polla ya le marcaba un bulto claro en los pantalones del traje. Valeria lo notó, se mordió el labio inferior y dejó la taza a un lado otra vez.
—¿Me dejas desnudarte, Carlos? ¿Me dejas vestirte yo?
—Sí. Hazlo. Por favor.
Ella se arrodilló entre sus piernas y le desabrochó la camisa botón a botón, despacio, rozándole el pecho con las uñas pintadas. Le quitó la corbata, luego la camisa, y pasó las palmas por sus pezones hasta dejarlos duros. Carlos respiraba con la boca abierta. Valeria le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y tiró de los pantalones y los calzoncillos de un tirón. La polla de Carlos saltó libre, gruesa, venosa, ya goteando por la punta.
—Mírate… ya estás empapado y ni te he tocado todavía —susurró ella, rozándole el glande con un dedo sin agarrarlo del todo—. Qué mona se te va a ver con esto metido en las bragas.
Le puso primero las medias de seda. Las enrolló en sus manos y se las subió por las piernas, centímetro a centímetro, acariciándole los muslos peludos hasta que el encaje de la liga le apretó la carne. Carlos temblaba. Después el body: se lo hizo pasar por los brazos y el torso, abrochándole los broches entre las piernas con cuidado, acomodándole la polla hacia arriba, apretada contra el vientre bajo el encaje transparente. La tela le rozaba el frenillo cada vez que se movía. Las braguitas encima, tirantes, marcándole el bulto de forma obscena. Por último los tacones. Valeria le sujetó los tobillos y se los calzó, ajustándole las correas.
—Levántate. Camina un poco para mí.
Carlos se puso de pie, torpe al principio, y dio tres pasos por el salón. Las medias le rozaban, el encaje le oprimía los huevos, los tacones le obligaban a arquear la espalda. Valeria se quedó sentada en el sofá mirándolo con los ojos entrecerrados, una mano metida entre sus propias piernas por encima de la falda.
—Dios… qué hermosa te ves, Carlos. De verdad. Esa cintura, esa polla prisionera… ven aquí.
Él volvió y se arrodilló entre sus rodillas porque ella se lo indicó con un gesto. Valeria sacó el lápiz labial y le sujetó la barbilla.
—Quédate quieto. Voy a pintarte la boquita.
Le delineó los labios con precisión, rojo oscuro, carmesí, y después los rellenó. Carlos tragó saliva. Ella le sopló para secarlos y luego le pasó el dedo por el labio inferior.
—Perfecta. Estás preciosa. Mi sissy perfecta. ¿Te gusta cómo te sientes?
—Sí… joder, sí. Me siento… deseada. Me tienes la polla a punto de reventar.
Valeria se inclinó y lo besó. Un beso lento al principio, saboreándole el labial, y después hambre pura. Lenguas, dientes, saliva. Carlos le agarró la nuca y ella le metió la mano entre las piernas, palmeándole la polla a través del encaje, apretándola, frotándola con la palma. Él gimió dentro de su boca. Las manos de Carlos subieron a las tetas de Valeria por encima de la blusa, apretándolas, notando los pezones duros. Ella le devolvió el toque: le rodeó la cintura con un brazo, le bajó la otra mano al culo y le apretó un glúteo a través del body, el dedo medio rozándole el agujero por encima de la tela.
—Me muero por follarte la boca con mi polla —susurró Valeria contra sus labios pintados—. Y después abrirte ese culo y correrme bien adentro. ¿Quieres eso, mona?
—Sí. Quiero tu polla en la garganta. Quiero que me la metas hasta el fondo y que me uses. Quiero sentirte dentro.
Ella lo besó otra vez, más duro, y le bajó la cremallera de su propia falda lo justo para que Carlos sintiera el bulto grueso de su polla endurecida contra la mejilla cuando Valeria lo atrajo hacia su entrepierna. Todavía con la ropa puesta, frotándose por encima, jadeando. Carlos le chupó el cuello, le mordisqueó la clavícula, mientras Valeria le masturbaba la polla a través de las bragas de encaje con movimientos cortos y firmes.
—Mírate… labios rojos, medias, tacones, y esa cara de puta necesitada —dijo ella, la voz ronca—. Vas a ser mía toda la noche. Primero te voy a hacer tragar hasta que se te corra el maquillaje. Después te voy a abrir despacio, con dedos y lengua, hasta que me ruegues que te la meta. Y cuando te corras, lo harás con mi leche caliente rebotándote por dentro.
Carlos gemía, frotándose contra su mano, los tacones crujiendo contra el suelo. El body le apretaba, las medias le rozaban los muslos cada vez que temblaba. Valeria le agarró del pelo —suave, pero firme— y le obligó a mirarla a los ojos mientras le seguía tocando por encima de la ropa.
—Dime otra vez que lo quieres.
—Lo quiero. Vísteme, fóllame, córrete dentro de mí. Soy tuya esta noche. Tu sissy.
Ella sonrió, oscura y tierna a la vez, y lo besó otra vez hasta dejarlo sin aire. Sus manos no paraban: una en el culo de Carlos, apretando, abriendo un poco las nalgas a través del encaje; la otra bajando y subiendo por el bulto mojado de las bragas. Carlos le metió las manos debajo de la blusa, le encontró los pezones y los pellizcó. Valeria jadeó y empujó las caderas hacia adelante, rozándole la mejilla con su polla todavía atrapada en la ropa interior.
El salón olía a café frío, a perfume y a sexo a punto de estallar. Los tacones de Carlos resbalaban un poco en el suelo cuando Valeria lo atrajo más contra ella, pecho con pecho, boca con boca, manos por todas partes encima de la ropa y la lencería. Ella le susurraba al oído lo hermosa que estaba, lo bien que le quedaba el rojo en los labios, lo duro que se le ponía la polla solo de verlo arrodillado entre sus piernas con las medias brillando bajo la luz tibia del departamento.
Carlos sentía el pre-semen empapándole ya las bragas. El culo le picaba de ganas de ser abierto. La boca se le hacía agua de solo imaginar la polla de Valeria empujándole la garganta. Todavía no se habían quitado del todo la ropa exterior de ella; todavía no habían llegado a la piel desnuda completa. Solo ese roce caliente, ese roce desesperado por encima del encaje y la tela, los besos cada vez más sucios, los gemidos cada vez más altos.
Valeria le mordió el labio inferior pintado y le habló contra la boca:
—Esto no ha hecho más que empezar, mona. Voy a sacarme la polla ahora mismo y vas a abrir esa boquita roja para mí. Y cuando te la haya follado bien la cara, te voy a poner a cuatro patas en ese sofá, con los tacones puestos, y te voy a comer el culo hasta que tiembles. Después… ya verás.
Carlos asintió, temblando, la polla palpitándole atrapada, el culo contraído de anticipación, los labios hinchados y rojos. Se aferró a los muslos de Valeria y esperó el siguiente movimiento, el aire cargado de un deseo que ya no cabía en el departamento.
Valeria se soltó la cremallera del todo y se bajó la ropa interior de un tirón. Su polla saltó libre, gruesa, oscura, ya dura y brillante en la punta, más pesada de lo que Carlos recordaba de las pocas veces que la había visto antes. El olor a sexo y a piel caliente le golpeó la cara. Ella le sujetó la nuca con una mano y le pasó el glande por los labios rojos, pintándolos aún más con el pre-semen.
—Abre, mona. Bien abierta.
Carlos abrió. Valeria empujó despacio al principio, rozándole la lengua, dejando que saboreara la sal y el calor. Después entró más hondo. La polla le llenó la boca, le empujó el paladar, le rozó la garganta. Carlos gimió alrededor de ella, los ojos húmedos, las manos apoyadas en los muslos de Valeria. Ella empezó a follarle la boca con movimientos cortos y firmes, la falda todavía a medias subida, el body de Carlos rozándole las rodillas cada vez que se inclinaba.
—Así… trágala. Mira cómo te queda el rojo corrido ya. Qué puta hermosa eres con mi polla hasta el fondo.
Carlos chupaba con ganas, baboso, la saliva resbalándole por la barbilla y cayendo sobre el encaje negro del body. Cada embestida le hacía rebotar un poco en los tacones. La polla de Valeria le golpeaba la garganta y él se obligaba a abrir más, a respirar por la nariz, a aceptar el ritmo que ella marcaba. Valeria jadeaba, la mano en su pelo firme pero sin tirones crueles, solo control cariñoso.
—Mírame. Quiero ver esos ojos mientras te la meto.
Él levantó la mirada. Los labios hinchados, el maquillaje borroso, las medias brillando bajo la luz. Valeria le sonrió con los dientes apretados y le empujó hasta casi el fondo. Carlos se atragantó un segundo, lloró un poco de placer, y ella se retiró lo justo para dejarle respirar antes de volver a entrar.
—Vas a tragar mi leche un día de estos, pero hoy no. Hoy se la dejo toda a tu culo. ¿Estás lista, mona?
Carlos asintió con la boca llena, un sonido ahogado y necesitado. Valeria se sacó de su boca con un hilo de saliva uniendo todavía el glande a aquellos labios rojos destrozados. Le pasó el pulgar por la comisura y se lo limpió.
—A la cama. Ahora.
Carlos se levantó torpe en los tacones y cruzó el salón hacia el dormitorio. Valeria lo siguió, desnudándose del resto de la ropa por el camino: blusa al suelo, sujetador, falda. Quedó desnuda, tetas pesadas, caderas anchas, la polla gruesa y mojada balanceándose. Carlos se subió a la cama a cuatro patas como ella le indicó con un gesto. El body de encaje le marcaba el culo, las braguitas de tira se le perdían entre las nalgas, las medias y los ligueros le tensaban los muslos. Valeria se arrodilló detrás, le levantó la falda imaginaria del body y le bajó las bragas hasta media nalga, dejando el agujero al aire y la polla de Carlos todavía atrapada y goteando contra el colchón.
—Qué culo más bonito… —susurró, abriéndole las nalgas con las dos manos—. Voy a comértelo primero. Quiero oírte pedir.
Se inclinó y le pasó la lengua plana desde los huevos hasta el agujero. Carlos gritó contra la almohada. Valeria lo lamió despacio, húmedo, sucio, empujando la punta de la lengua dentro, circuleando, chupando. Le metió un dedo lubricado con saliva, después dos, abriéndolo con paciencia mientras le hablaba al oído aunque él no pudiera verla.
—Relájate. Eres mía. Te sientes tan apretada… tan caliente. Dime que quieres mi polla.
—La quiero… joder, Valeria, métela. Fóllame el culo. Por favor.
Ella se incorporó, se escupió en la mano, se untó la polla y se colocó. El glande empujó contra el agujero lubricado. Carlos contuvo la respiración. Valeria entró centímetro a centímetro, gruesa, insistente, abriéndolo sin prisa cruel pero sin detenerse. Cuando estuvo hasta la base, se quedó quieta un segundo, respirando contra su espalda, acariciándole la cintura por encima del encaje.
—Dios… qué apretada estás. Mi sissy perfecta. ¿Bien?
—Sí… llena. Muévete. Fóllame.
Valeria empezó a embestir. Primero lento, profundo, sacando casi todo y volviendo a entrar hasta el fondo. El sonido húmedo llenó la habitación. Después más fuerte. Las caderas chocaban contra el culo de Carlos, el body se le arrugaba, las medias crujían. Ella le rodeó la cintura con un brazo, le bajó la mano a la polla todavía prisionera entre el encaje y el colchón, y se la sacó lo justo para masturbarla al ritmo de las embestidas.
—Así. Quiero que te corras conmigo dentro. Quiero sentir cómo te aprietas cuando te vienes.
Carlos empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, los tacones hundidos en el colchón, la cara enterrada en la almohada, gemidos rotos saliéndole de la garganta. Valeria le follaba el culo con fuerza ahora, la polla gruesa abriéndolo una y otra vez, el pre-semen y la saliva haciendo ruido obsceno. Su mano subía y bajaba por la polla de Carlos, apretando el glande, deslizando el prepucio, rápida y firme.
—Más… más duro… me voy a correr…
—Yo también. Córrete. Lléname la mano mientras yo te lleno el culo.
Las embestidas se volvieron erráticas, profundas, salvajes. Valeria gruñó, clavó las uñas en la cadera de Carlos y empujó hasta el fondo una última vez. Se corrió gritando, la polla palpitando dentro, chorros calientes llenándole el interior, inundándolo. Carlos gritó también, la polla estallándole en la mano de Valeria, semen espeso manchando las sábanas debajo de ellos, el culo contrayéndose alrededor de la verga que lo follaba todavía. Temblaron los dos, pegados, jadeando, el semen de Valeria empezando a salir un poco por los bordes cada vez que ella se movía.
Se quedaron así un rato, Valeria todavía dentro, acariciándole la espalda sudada por encima del body, besándole la nuca.
—Qué bien te corriste… qué bien me corrí yo dentro de ti.
Sacó la polla despacio. El semen le chorreó a Carlos por el muslo, blanco y espeso sobre las medias negras. Valeria lo giró con cuidado, lo acostó de lado y fue al baño por una toalla húmeda. Volvió y lo limpió con ternura: el culo, los muslos, la polla sensible, incluso le limpió un poco el labial corrido de la cara. Le dejó las bragas bajadas y el body puesto, los tacones todavía calzados. Después se tumbió a su lado, lo abrazó por detrás, pecho contra espalda, y le besó el hombro.
—Esto es solo el comienzo, Carlos. De nuestra nueva relación. Quiero vestirte así cuando quiera. Quiero follarte la boca y el culo y dormirme con mi leche dentro de ti. ¿Tú también lo quieres?
Carlos, todavía temblando, con el semen de ella resbalándole todavía un poco entre las nalgas y el suyo propio seco en las sábanas, se giró lo justo para mirarla. Los labios hinchados, los ojos brillantes, el cuerpo vestido de sissy y usado.
—Quiero que me uses así todas las veces que desees. Todas. Soy tuya cuando quieras vestirme y follarme. Planeemos la próxima ya… mañana, el finde, cuando sea. Solo no pares.
Se besaron despacio, suaves, sin prisa, el sabor a sexo y a labial barato mezclado. Valeria le acarició el pelo y le sonrió contra la boca.
—La próxima te pongo falda plisada y te saco a dar una vuelta corta antes de traerte de vuelta y abrirte otra vez.
Carlos rio bajito, exhausto, feliz, y se acomodó contra ella, el culo aún abierto y goteando, las medias aún puestas, el pacto sellado en la piel y en la voz.
Nunca más volvió a ser solo el oficinista que llegaba solo a casa.
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