Luz de la Viuda en el Faro

Virgen de 19 años folla por primera vez con el farero.

4 min read August 31, 2026New

Lucía llegó al faro con la mochila colgando de un hombro y el corazón latiéndole demasiado alto en la garganta. Tenía diecinueve años, el pelo negro suelto por la brisa salada y esa mezcla de nervios y curiosidad que solo se siente cuando uno acepta un turno de noche en un sitio tan remoto. Su tío viudo le había pedido el favor: cuidar el faro mientras él descansaba. Ella no imaginaba que al subir la escalera de caracol se encontraría con Diego.

El farero tenía veintiocho años, hombros anchos bajo la camisa arremangada y una sonrisa lobuna que le recorrió el cuerpo sin disimulo apenas la vio. Lucía notó cómo su mirada bajaba por su cuello, se detenía un instante en el pecho y seguía hasta las caderas. El aislamiento del faro pesaba entre ellos como una promesa sucia.

—Así que tú eres la sobrina —dijo Diego con voz grave, acercándose—. Bienvenida a mi jaula de luz.

Ella tragar saliva. El aire olía a metal caliente, salitre y algo masculino que le removió el estómago.

Subieron juntos a la sala de mecanismos. Diego le explicó el funcionamiento de las lentes y los engranajes con una voz ronca que le rozaba la nuca. Cuando le señaló un dial, sus dedos rozaron los de ella. Lucía se estremeció. No retiró la mano.

—Nunca… nunca he estado con un hombre —confesó de golpe, la cara ardiéndole—. Y solo de imaginar lo que podrías hacerme… mi coño ya está empapado.

Diego soltó una risa baja, casi un gruñido. La giró contra el barandal metálico y la besó con hambre, lengua profunda, mordiéndole el labio inferior.

—Qué coño tan listo tienes para ser virgen —murmuró contra su boca—. Esta misma noche te voy a follar hasta que no puedas caminar. ¿Lo quieres?

—Sí —jadeó ella—. Fóllame. Quiero tu polla dentro.

No hubo más preámbulos elegantes. Diego la tumbió sobre la mesa de mapas, empujó su falda hacia arriba y le bajó las bragas empapadas. El olor de su coño virgen llenó el aire. Él se arrodilló, le abrió los muslos con las manos grandes y hundió la lengua entre sus labios hinchados. Lucía gritó. La lengua de Diego era experta, ancha, sucia: lamió su clítoris con presión firme, chupó, metió la punta dentro de su entrada apretada y volvió a subir. Ella se arqueó, se agarró a los bordes de la mesa, gimiendo sin control.

—Joder, sabes a puta primera vez —gruñó él entre lengüetazos—. Este coñito chorrea solo para mí.

Cuando el orgasmo la golpeó, Lucía gritó su nombre, las piernas temblando, el jugo resbalándole por el culo. Diego no paró hasta que ella se quedó jadeando y suave.

Con las manos todavía temblorosas, Lucía se incorporó, se arrodilló frente a él y le abrió el pantalón. La polla de Diego saltó gruesa, venosa, ya goteando. Ella la miró con los ojos muy abiertos, después la lamió desde la base hasta la cabeza, babeando, gimiendo al sabor salado. Diego le agarró el pelo y la guió.

—Así, trágatela. Usa la lengua. Más profundo.

Lucía chupó con torpeza ávida, la saliva resbalándole por la barbilla, los ojos llorosos de esfuerzo y de ganas. Él gemía bajo, empujando despacio hacia su garganta.

—Basta —dijo al fin, ronco—. Si sigues me corro en tu boca y quiero reventarte el coño primero.

La puso a cuatro patas sobre la mesa. Le separó las nalgas, frotó la cabeza gruesa de su polla contra la entrada resbaladiza y empujó. Lucía soltó un grito ahogado cuando la abrió. Quemaba, la llenaba demasiado, pero el placer se mezcló al instante con el dolor dulce. Diego entró centímetro a centímetro hasta que sus huevos le golpearon el clítoris.

—Tan putamente apretada —siseó—. Tu concha virgen me está ordeñando la polla.

Empezó a follarla con embestidas profundas y lentas, después más fuertes, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la torre. Lucía empujaba hacia atrás, pidiendo más, lloriqueando de gusto. Él la agarró de las caderas y la embistió hasta el fondo una y otra vez.

Luego la giró, la puso de espaldas, le abrió las piernas en V y se hundió de nuevo en misionero. Le sujetaba los muslos abiertos, mirándola a los ojos mientras le martilleaba el coño.

—Mira cómo te como la virginidad. Qué caliente estás por dentro. Correte otra vez en mi polla.

Lucía se corrió gritando, el coño convulsionando alrededor de él. Diego la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándola a chorros calientes, gruñendo como un animal, las caderas sacudiéndose.

Se quedó dentro un rato, jadeando. Después se retiró despacio y, sin que ella se lo pidiera, se agachó otra vez y le limpió el coño con la lengua, lamiendo su propio semen mezclado con los jugos de ella. Lucía gimió, satisfecha, los dedos en el pelo de él.

Más tarde se abrazaron en la plataforma alta del faro, envueltos en una manta, mirando el amanecer teñir el mar de naranja. Diego le besó la sien.

—Esta primera vez solo es el comienzo —prometió—. Vamos a follar en cada rincón de este faro. Noches y noches.

Lucía sonrió, todavía húmeda y sensible entre las piernas.

—De acuerdo —murmuró—. Pero la próxima vez apaga la puta linterna, que siento que todo el pueblo nos ha estado mirando el culo.

Rate this story

Thanks for rating
Tagged dirty-talk fingering cunnilingus rough-sex

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.