Espiando cómo se la folla mi marido
Mi marido folla torpemente a su jefa mientras yo los espío muerta de risa y cachonda.
Soy Clara, treinta y dos años, lengua afilada y coño fácil de convencer, y mi marido Diego es un tesoro encantador con la coordinación de un pingüino borracho. Cuando me escribió que se quedaba “terminando un informe” con su nueva jefa, Valeria, ya olía a embuste sexy. Lo que no esperaba era que el muy idiota dejara abierta la videollamada del portátil de la oficina. La pantalla de mi móvil se iluminó sola: despacho vacío, luces bajas, y ellos dos riéndose como adolescentes con llave del almacén.
Me acomodé en el sofá con las piernas abiertas y el corazón latiéndome entre las piernas. Valeria, treinta y cuatro, risa fácil y curvas de quien sabe usarla, se sentó en el borde del escritorio y jugueteó con la corbata de Diego.
—Si tu mujer se entera… —empezó ella, divertida.
—Se enteraría y pediría palomitas —contestó él, sin saber que yo ya tenía el saludo mental a medio camino.
Me corrí un poco la braguita con dos dedos y me encontré empapada. Absurdo. Perfecto.
Diego intentó el striptease. Se desabrochó la camisa con cierta dignidad… y al bajar los pantalones se le enredaron en los tobillos. Dio un traspié, agarró la silla giratoria y casi se la llevó por delante. Valeria soltó una carcajada que me contagió al instante.
—Joder, Diego, eres un peligro público —dijo ella, secándose los ojos—. ¿Así pretendes follarme?
—Con estilo residual —murmuró él, rojo hasta las orejas, todavía con los pantalones a media caña.
Valeria se acercó, le agarró la cara y lo besó entre risas.
—Me pones muchísimo justo así, torpe y todo. Quiero que me folles sabiendo que tu mujer podría estar mirando. De hecho… —miró de reojo al portátil, guiñó hacia la cámara como si oliera mi presencia— quiero que me folles mientras ella mira.
Diego se quedó congelado un segundo. Luego sonrió con esa mezcla de pánico y calentura que tanto me gusta.
—Si nos pilla el de la limpieza, al menos que pida autógrafos del espectáculo —soltó.
Ella se descojonó otra vez y lo atrajo a un beso hambriento. Manos ansiosas: ella le bajó los bóxers de un tirón, él le subió la falda y le apretó el culo. Yo me metí dos dedos sin vergüenza, riéndome bajito, empapándome el sofá.
Valeria se arrodilló. Le lamió la polla ya dura con lengüetazos juguetones y se la metió entera, haciendo ruiditos obscenos. Cada vez que Diego soltaba un chiste malo —“esto es mejor que el coffee break”— ella se reía con la boca llena, la garganta vibrándole alrededor de su rabo, saliva brillándole en la comisura. Él gemía y se reía a la vez, las manos en el pelo de ella, sin saber si empujar o disculparse por un chiste de oficina sobre “archivar en profundidad”.
Cuando ella se levantó, él la sentó en el escritorio, le apartó la braga con los dientes y le comió el coño con entusiasmo torpe: lengua demasiado rápida, a veces desviada, a veces clavando el punto exacto por accidente glorioso. Valeria se arqueó, se agarró a su cabeza y se corrió entre carcajadas y gemidos, las piernas temblándole a ambos lados de sus hombros.
—Así, así, no pares, payaso rico…
Diego se incorporó, se alineó y la embistió de una. Misionero sobre la mesa, papeles cayendo al suelo, ella con las piernas en su cintura. Embestidas fuertes, ritmadas, interrumpidas solo para bromear:
—Si entra alguien ahora, digo que es evaluación de desempeño.
—Pues apruébame el trimestre, joder…
La giró. Perrito contra el cristal de la ventana que daba al pasillo oscuro. Él la agarró de las caderas y la folló hondo, la polla saliendo brillante de coño y volviendo a entrar con un sonido obsceno. Valeria miraba hacia la cámara entre embestidas, sacándome la lengua, y yo me corrí en el sofá mordiéndome el labio para no gritar, los dedos pringados, la risa mezclada con el orgasmo.
Diego se vino dentro con un gruñido ridículo y tierno a la vez, la frente apoyada en la espalda de ella, los dos temblando y riéndose del desastre hermoso que acababan de montar. Se limpiaron a medias con un pañuelo de la oficina, se vistieron torpemente y se despidieron con un beso que aún olía a sexo y a chistes malos.
Cuando la pantalla se oscureció, me quedé tumbada, sudada, sonriendo como idiota.
Ya estoy pensando el siguiente round: dejaré la nevera llena de su cerveza favorita, le mandaré a Valeria un mensaje anónimo con horario de “reunión de seguimiento” y me esconderé yo misma detrás de la planta del recibidor con vibrador en silencio. Que Diego intente otro striptease. Que ella se ría. Que me miren los dos mientras se la folla otra vez. Y esta vez, al final, saldré yo a pedir mi turno entre carcajadas.
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