Desarrollo en la Oscuridad
Laura, arquitecta de 32 años, y Valeria, fotógrafa de 29, se devoran con deseo en la oscuridad total de un apagón.
Soy Laura, una arquitecta de 32 años que acaba de mudarse a un viejo edificio restaurado en el centro de la ciudad. El lugar conserva el alma de las construcciones de principios del siglo pasado, con sus techos altos, molduras de yeso originales y un sistema eléctrico caprichoso que a veces parece formar parte del encanto histórico. Como profesional, me dedico a rescatar espacios como este, pero vivir en uno me ha enseñado que la restauración nunca borra del todo las sombras del pasado. Mi apartamento es amplio, lleno de planos desenrollados sobre la mesa de trabajo y maquetas de cartón que ocupan las esquinas. Sin embargo, lo que realmente ocupa mis pensamientos desde el día de la mudanza es ella: Valeria, mi vecina de al lado, una fotógrafa de 29 años que vive sola.
Valeria tiene esa independencia salvaje de quien pasa horas capturando la luz en ruinas abandonadas o en los cuerpos de extraños que posan para su lente. Alta, de piernas largas y cintura estrecha, con pechos llenos que se marcan bajo las camisetas holgadas que suele llevar, y un culo redondo que no puedo evitar mirar cuando se aleja por el pasillo. Su cabello castaño oscuro suele estar recogido en un moño descuidado del que se escapan mechones que le caen sobre la nuca, y sus ojos verdes parecen siempre estar midiendo la distancia entre lo que se ve y lo que se desea. Cada vez que nos cruzamos en ese pasillo estrecho y oscuro, donde la única bombilla parpadea y apenas ilumina los ladrillos vistos, ella me saluda con una sonrisa lenta, cargada de intención. No es una sonrisa educada de vecina. Es una sonrisa que se queda un segundo más de lo necesario, que recorre mi boca, baja por mi cuello y se detiene en la curva de mis senos bajo la blusa. Siento cómo se me endurecen los pezones solo con esa mirada. El aire entre nosotras se vuelve denso, eléctrico, como si el espacio reducido del pasillo se contrajera y nos empujara la una hacia la otra.
Yo le devuelvo la sonrisa, notando cómo mi respiración se acelera y un calor líquido se acumula entre mis piernas. En mi cabeza, mientras sigo caminando hacia mi puerta, repito escenas imaginadas: sus manos fuertes de fotógrafa sujetándome por las caderas, su boca experta bajando por mi vientre. Sé que ella siente exactamente lo mismo. Lo veo en la forma en que se muerde el labio inferior antes de girar la llave, en cómo sus pupilas se dilatan cuando nuestros brazos se rozan accidentalmente. Esa tensión sexual ha estado creciendo durante semanas, silenciosa, sin nombre, pero tan real que casi puedo saborearla en el aire húmedo del edificio. Por las noches, después de ducharme, me acuesto pensando en ella al otro lado de la pared. Imagino que está haciendo lo mismo, tocándose mientras piensa en mí, y ese pensamiento me hace correr con los dedos hundidos en mi coño empapado, susurrando su nombre en la oscuridad.
Aquella noche la tormenta llegó sin aviso. El viento aullaba entre los edificios antiguos y los truenos retumbaban como si quisieran derribar las paredes. Estaba en el salón revisando unos planos cuando, de golpe, todo el edificio se quedó sin luz. Un apagón total. La ciudad entera parecía haber desaparecido. Solo quedaba el sonido de la lluvia furiosa contra los cristales y mi propia respiración agitada en la negrura absoluta. Tanteé el camino hacia la cocina buscando velas cuando escuché dos golpes suaves pero decididos en la puerta. El corazón me dio un vuelco. Sabía que era ella antes incluso de abrir.
Valeria estaba allí, iluminada por la llama temblorosa de dos velas que llevaba en un pequeño candelabro de hierro. Vestía una camiseta fina de tirantes que marcaba sus pezones endurecidos por el frío y unos shorts cortos de algodón que dejaban ver la piel tersa de sus muslos. En la otra mano sostenía una botella de vino tinto.
—Pensé que tal vez no querrías estar sola con esta tormenta —dijo con esa voz grave que siempre me desarmaba—. Traje luz y algo para compartir.
La invité a pasar sin dudarlo. La luz de las velas proyectaba nuestras sombras gigantes contra las paredes mientras caminábamos hacia el salón. Colocó las velas sobre la mesa baja y dejó la botella entre nosotras, pero ninguna de las dos hizo ademán de abrirla. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El coqueteo empezó casi sin palabras. Primero fueron miradas. Luego comentarios sobre lo estrecho que era el pasillo y cómo siempre parecía que el destino nos empujaba a encontrarnos allí.
—Cada vez que te veo salir de tu puerta, Laura, me cuesta seguir caminando —confesó de pronto, su rodilla rozando la mía—. Llevo semanas deseando tocarte. Deseando saber a qué sabes. Deseando oírte gemir mi nombre.
Sus palabras cayeron como un relámpago directo entre mis piernas. Sentí cómo mi coño se humedecía al instante, hinchado y sensible. Yo, que siempre había sido la mujer racional y controlada, admití sin vergüenza:
—Yo también, Valeria. Desde el primer día. Cada vez que te cruzas conmigo en ese pasillo oscuro, imagino tus manos quitándome la ropa, tu boca entre mis muslos. No quiero excusas. Quiero esto.
No hubo más conversación. Nos acercamos al mismo tiempo, como si un imán invisible nos jalara. El primer beso surgió de puro deseo mutuo, decidido y absolutamente consentido por las dos. Sus labios eran suaves y calientes, pero el beso se volvió hambriento en segundos. Su lengua buscó la mía con urgencia y yo la recibí gimiendo bajito contra su boca. Sus manos subieron por mis costados, apretando mi cintura, mientras las mías se enredaban en su cabello suelto. Nos besamos como si lleváramos meses conteniéndonos, mordiendo, lamiendo, respirando la misma respiración entrecortada.
Sin separarnos, nos levantamos y caminamos torpemente hasta el centro del salón, donde la oscuridad era absoluta porque las velas habían quedado atrás. Solo nos guiábamos por el tacto y el sonido de nuestros gemidos. Con manos ansiosas empezamos a desnudarnos mutuamente. Le quité la camiseta por la cabeza y sus pechos saltaron libres, pesados y perfectos. Los tomé en mis palmas, pellizcando sus pezones duros mientras ella desabotonaba mi blusa y me bajaba los pantalones de un tirón. Pronto estuvimos completamente desnudas, piel contra piel, sudando a pesar de la tormenta.
Valeria me empujó con firmeza contra la pared fría. El contraste de temperaturas me hizo jadear. Se arrodilló frente a mí sin perder tiempo, separándome los muslos con sus manos fuertes. Sentí su aliento caliente sobre mi coño depilado antes de que su lengua experta diera la primera pasada larga y lenta desde la entrada hasta el clítoris. Gemí su nombre alto, sin pudor: «¡Valeria!». Su boca era mágica. Lamió con dedicación, chupando mi clítoris hinchado entre sus labios, succionándolo con fuerza mientras introducía dos dedos gruesos en mi interior empapado. Los curvó hacia arriba, frotando ese punto exacto que me hacía ver estrellas en la oscuridad. Mis jugos le corrían por la barbilla. Yo movía las caderas contra su cara, follando su boca, tirando de su cabello mientras el placer subía en oleadas brutales.
—Así, córrete en mi boca, Laura —gruñó contra mi carne sensible, y el sonido vibró directamente en mi clítoris.
No pude aguantar más. Me corrí con un grito ahogado, temblando violentamente contra la pared, contrayendo mis paredes alrededor de sus dedos mientras ella seguía lamiendo cada gota de mi orgasmo.
Apenas recuperé el aliento la tomé de los hombros y la tumbé sobre la alfombra del salón. Me coloqué encima de su rostro, sentándome directamente sobre su boca ansiosa. Valeria levantó las manos y me agarró las nalgas, separándolas mientras su lengua atacaba mi clítoris con fuerza renovada. El placer era casi insoportable. Yo me balanceaba sobre su cara, mojándola entera, mientras me inclinaba hacia adelante y le metía dos dedos en su coño empapado. Estaba chorreando. Mi pulgar encontró su clítoris hinchado y lo froté mientras la follaba duro con los dedos, entrando y saliendo con ritmo brutal. Sus gemidos vibraban contra mi coño. La sentía temblar debajo de mí, sus caderas elevándose para encontrarse con mi mano.
—Quiero sentir cómo te corres, Valeria —jadeé—. Córrete para mí.
Y lo hizo. Su coño se apretó violentamente alrededor de mis dedos, soltando un chorro caliente de jugos mientras gritaba mi nombre entre mis piernas, el sonido amortiguado por mi carne. Su cuerpo se arqueó, convulsionando, y yo seguí follándola a través del orgasmo hasta que quedó temblando y jadeante.
No le di descanso. Me giré, colocándome en posición de 69 sobre ella. Su coño brillaba frente a mi cara, hinchado y rojo. Bajé la boca y la devoré con hambre, lamiendo sus labios mayores, chupando su clítoris con fuerza mientras introducía la lengua en su interior. Al mismo tiempo, Valeria atacó mi coño desde abajo, metiendo tres dedos esta vez y succionando mi clítoris como si quisiera tragárselo. El placer era mutuo, salvaje. Los sonidos húmedos de nuestras bocas y dedos llenaban la habitación oscura junto con nuestros gemidos ahogados. Lamí más rápido, follándola con la lengua mientras ella hacía lo mismo conmigo. Sentí el segundo orgasmo subir desde lo más profundo. Nos corrimos casi al mismo tiempo, gritando contra la carne de la otra, cuerpos sudorosos y temblando, jugos mezclándose en nuestras caras y barbillas.
Cuando por fin pudimos respirar, Valeria se estiró hacia una de las velas que había traído y la encendió de nuevo. La luz tenue iluminó nuestros cuerpos desnudos, brillantes de sudor y fluidos. Me miró con una sonrisa satisfecha, casi felina, mientras sus dedos acariciaban mi cabello húmedo con ternura.
—Esto solo es el comienzo, Laura —susurró, su voz ronca de placer—. Deberíamos vernos todas las noches que la luz se vaya. Cada corte de luz será nuestra excusa perfecta.
Yo sonreí, todavía temblando, sabiendo que tenía razón. Acordamos exactamente eso, sellándolo con un beso lento y profundo que sabía a las dos. Pero mientras la vela proyectaba sombras largas sobre las paredes del viejo edificio, sentí que esa oscuridad guardaba mucho más que nuestros cuerpos. Había secretos entre nosotras, deseos que aún no habíamos nombrado del todo, y una tensión que, lejos de resolverse, acababa de abrirse como una grieta profunda en la estructura misma de lo que éramos. Sabía que la próxima vez que faltara la luz —y estaba segura de que faltaría— no nos conformaríamos solo con esto. Habría más. Mucho más. Y esa certeza hizo que mi coño volviera a palpitar contra su muslo mientras la tormenta seguía rugiendo afuera.
Valeria lo notó de inmediato. Su muslo se movió con lentitud contra mi coño palpitante, extendiendo mis jugos calientes sobre su piel mientras una risa grave y cargada de intención vibraba en su pecho. A sus 29 años, como fotógrafa acostumbrada a cazar la luz en los rincones más oscuros de la ciudad, sabía exactamente cómo prolongar el momento. Yo, con mis 32 años y la mente aún nublada por los orgasmos que acababa de regalarme, solo pude jadear cuando sus dedos bajaron por mi vientre y rozaron mis labios hinchados, recogiendo la humedad que no dejaba de brotar.
—Tu coño no quiere parar, Laura —susurró cerca de mi boca, su aliento oliendo a mí, a nosotras—. late tan fuerte que lo siento en mi propia piel. Dime qué quieres ahora. Dímelo sin vergüenza.
La vela aún parpadeaba sobre la mesa, proyectando sombras largas que bailaban sobre nuestros cuerpos desnudos y brillantes de sudor. La miré a los ojos, esos ojos verdes que siempre me medían como si yo fuera una de sus ruinas favoritas, y confesé con la voz rota:
—Quiero más de tu boca. Quiero que me folles con los dedos hasta que no pueda pensar. Y quiero probar tu culo mientras lo haces. Sin luz. Solo nosotras.
Ella sonrió con esa lentitud felina que me desarmaba y, sin apartar la mirada, sopló la vela. La llama murió con un pequeño chasquido y la oscuridad se volvió total, absoluta, como si el viejo edificio nos hubiera tragado. La tormenta rugía afuera, pero dentro solo existía el sonido húmedo de nuestras respiraciones y el latido de la sangre en mis oídos. En esa negrura mis sentidos se multiplicaron. El olor de su coño, almizclado y dulce, se volvió más intenso. El calor de su piel contra la mía quemaba.
Valeria me empujó con ambas manos hasta que mi espalda tocó la pared fría. El contraste me arrancó un gemido. Se arrodilló entre mis piernas abiertas y esta vez no hubo preliminares suaves. Su boca se pegó a mi coño con hambre renovada, lamiendo con la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris, una y otra vez, recogiendo cada gota de mis jugos. Sus manos fuertes me separaron las nalgas y sentí cómo su lengua bajaba más, rodeando mi ano con círculos lentos y provocadores. Nunca se lo había permitido a nadie con tanta libertad, pero en esa oscuridad todo parecía inevitable y perfecto.
—Lámeme el culo, Valeria —supliqué, abriendo más las piernas, ofreciéndome entera—. Quiero sentir tu lengua dentro.
Ella gruñó contra mi carne y obedeció. La punta caliente de su lengua presionó mi ano, intentando entrar mientras dos de sus dedos gruesos se hundían de golpe en mi coño empapado. El doble placer me hizo gritar. Mis paredes internas se cerraron alrededor de sus dedos, succionándolos mientras su lengua follaba mi culo con movimientos cortos y profundos. El sonido era obsceno, húmedo, casi indecente: el chapoteo de sus dedos entrando y saliendo de mí, mis gemidos cada vez más altos, la tormenta como fondo lejano.
Pensé, con la poca cordura que me quedaba, que esto era mucho más que sexo entre vecinas. Era una rendición. Como arquitecta, yo restauraba fachadas y ocultaba grietas; ahora Valeria estaba abriendo las mías con la lengua y los dedos, y yo solo quería que cavara más profundo. Agarré su cabello con fuerza y empecé a follar su cara, moviendo las caderas en círculos, restregando mi coño y mi ano contra su boca sin ningún pudor. Ella añadió un tercer dedo en mi coño, estirándome, follándome con ritmo brutal mientras su lengua no dejaba de penetrar mi culo.
El orgasmo me llegó como un relámpago. Mis piernas temblaron violentamente, un chorro caliente salió de mí y le empapó la barbilla y el pecho. Grité su nombre tan fuerte que mi voz rebotó en las paredes del salón. Valeria no se detuvo. Siguió lamiendo y follando a través de las contracciones, prolongando el placer hasta que creí que me desmayaría.
Cuando por fin aflojó, la tomé por los hombros y la tiré sobre la alfombra. Me subí encima de ella en sesenta y nueve, pero esta vez invertí la postura para que su coño quedara directamente bajo mi boca. Su olor me mareaba. Bajé la cara y la devoré sin piedad: lamí sus labios mayores hinchados, chupé su clítoris con fuerza y metí dos dedos en su coño chorreante. Al mismo tiempo, mojé otro dedo con su propia abundancia y lo presioné contra su ano.
—¿Quieres que te folle el culo, Valeria? —pregunté, la voz ronca de deseo.
—Hazlo —respondió ella entre gemidos, levantando las caderas—. Méteme todo lo que puedas. Quiero sentirme llena de ti.
Introduje el dedo lentamente en su ano apretado mientras mi boca succionaba su clítoris sin descanso. Ella hizo lo mismo conmigo desde abajo: tres dedos en mi coño, uno en mi culo, su lengua atacando mi clítoris hinchado como si quisiera tragárselo. Nuestros cuerpos se movían en sincronía perfecta, sudorosos, resbaladizos. Los sonidos llenaban la oscuridad: succiones, gemidos ahogados contra la carne, el chapoteo constante de dedos follándonos sin piedad.
Sentí que su coño se contraía violentamente alrededor de mis dedos. Su ano palpitaba. Valeria se corrió con un grito largo y gutural que vibró directamente contra mi clítoris, enviándome al borde. Sus jugos me inundaron la boca y la barbilla. No me aparté. Seguí follándola a través del orgasmo, añadiendo un segundo dedo en su culo, estirándola mientras ella hacía lo mismo conmigo. El placer era casi doloroso de tan intenso. Nos corrimos la una en la boca de la otra casi al mismo tiempo, cuerpos convulsionando, jugos mezclándose, gritos amortiguados por coños empapados.
Aun así, la necesidad no disminuía. Nos separamos jadeando y Valeria me colocó de lado, pegando su coño al mío en tijera. Nuestros clítoris se rozaron directamente, resbaladizos y sensibles. Empezamos a frotarnos con fuerza, caderas moviéndose en círculos rápidos, tetas balanceándose con cada embestida. Agarré una de sus nalgas y tiré de ella para que el contacto fuera más duro, más profundo. El roce constante de nuestros coños mojados producía un sonido húmedo y obsceno que me excitaba todavía más.
—Frota tu puta coño contra el mío —gruñó ella, y esas palabras sucias me hicieron gemir más alto—. Quiero que nos corramos frotándonos como perras en celo.
Aceleramos. Nuestros jugos se mezclaban, nuestras nalgas chocaban, el sudor corría por nuestros vientres. En la oscuridad total cada sensación se multiplicaba: el calor de su clítoris contra el mío, la textura resbaladiza de nuestros labios frotándose, el olor espeso de sexo que llenaba el salón. Le pellizqué un pezón con fuerza y ella respondió metiendo dos dedos entre nosotras para frotar ambos clítoris al mismo tiempo. El orgasmo nos golpeó casi juntas. Nos corrimos gritando, temblando, nuestros coños contrayéndose y soltando más jugos que nos empaparon los muslos y la alfombra.
Quedamos abrazadas, respirando con dificultad, pero sus dedos seguían jugando perezosamente entre mis piernas, rozando mi clítoris sensible. Yo hacía lo mismo con sus tetas, pellizcando los pezones duros. La tormenta seguía rugiendo, y con ella la certeza de que esto solo había escalado un peldaño más. Sentía que había deseos más oscuros latiendo bajo la superficie: quería atarla a una de las vigas del techo que yo misma había restaurado, quería que me vendara los ojos y me usara hasta que rogara, quería explorar hasta dónde podíamos llegar cuando la luz desapareciera por completo.
—Esto no termina aquí —susurré contra su cuello, sintiendo cómo mi coño volvía a palpitar solo de pensarlo—. La próxima vez que falte la luz… quiero que me hagas cosas que ni siquiera me atrevo a decir todavía.
Valeria mordió mi labio inferior y respondió con voz ronca:
—Y yo quiero que tú me rompas, Laura. Pero solo cuando estemos completamente a oscuras. Que nadie más sepa lo que somos cuando se va la luz.
Nos besamos lentamente, saboreándonos, sabiendo que la grieta entre nosotras se había abierto más. La tensión no se había roto; solo había crecido, más densa, más peligrosa, esperando el próximo apagón para seguir desarrollándose. Mi coño seguía mojado contra su muslo, latiendo con promesas que aún no habíamos cumplido. Y mientras la lluvia golpeaba los cristales, supe que la verdadera oscuridad aún nos debía mucho más.
La oscuridad nos envolvía como un manto espeso, y el cuerpo de Valeria, esa fotógrafa de 29 años cuya piel aún ardía contra la mía, parecía absorber cada gota de mi deseo sin piedad. Su muslo se movía con una lentitud calculada, frotando mi coño palpitante, extendiendo mis jugos calientes sobre su carne mientras yo jadeaba contra su cuello. Mi clítoris, hinchado y sensible después de tantas corridas, enviaba descargas eléctricas con cada roce. Yo, Laura, arquitecta de 32 años que había restaurado cada moldura de yeso de este viejo edificio, me sentía ahora completamente expuesta, como si las grietas que había sellado en las paredes se hubieran abierto también en mí.
Valeria rio bajito, esa risa grave y felina que siempre me desarmaba, y sus dedos bajaron por mi vientre hasta hundirse entre mis labios empapados. Introdujo tres de golpe, sin aviso, curvándolos hacia adentro para frotar ese punto exacto que me hacía perder la razón. El chapoteo húmedo resonó en la negrura total, obsceno y perfecto, mientras su pulgar presionaba mi clítoris en círculos firmes y rápidos.
—Siente cómo te abre tu coño, Laura —susurró contra mi boca, mordiéndome el labio inferior—. Está chorreando para mí. Dime que quieres que te folle más fuerte, que no pare hasta que te corras otra vez.
Mi voz salió rota, suplicante:
—Más fuerte, Valeria. Méteme cuatro dedos. Quiero que me estires, que me uses como tu puta en esta oscuridad. No veo nada, solo te siento a ti.
Obedeció con un gruñido de satisfacción. Cuatro dedos gruesos me invadieron el coño, abriéndome, follándome con un ritmo brutal que hacía que mis jugos le corrieran por la muñeca. Al mismo tiempo, su otra mano separó mis nalgas y un dedo mojado presionó mi ano, girando en la entrada antes de penetrarme con lentitud deliberada. El doble placer me arrancó un grito ahogado. Mis paredes internas se contraían alrededor de sus dedos, succionándolos mientras mi ano palpitaba, tragándose ese invasor caliente. Pensé, con la poca cordura que me quedaba, que esto era rendición total: yo, que diseñaba estructuras sólidas, ahora me abría como un edificio en ruinas bajo sus manos expertas.
—Así, córrete en mis manos —ordenó ella, acelerando el vaivén, metiendo el dedo más profundo en mi culo mientras los cuatro del otro agujero me follaban sin descanso—. Quiero sentir cómo tiemblas, cómo sueltas todo ese chorro caliente.
El orgasmo me golpeó como un trueno. Mis piernas se tensaron, los músculos de mis muslos temblaron violentamente y un chorro potente salió de mi coño, empapando su brazo, mi vientre y la alfombra. Grité su nombre sin vergüenza, «¡Valeria, joder, Valeria!», mientras las contracciones me recorrían una tras otra. Ella no sacó los dedos; siguió moviéndolos despacio, prolongando cada espasmo, ordeñando hasta la última gota de mi placer. Mi ano se apretaba alrededor de su dedo en ritmos involuntarios, y el olor espeso de sexo llenaba el salón, más intenso que nunca en aquella negrura absoluta.
Apenas recuperé el aliento, la empujé hacia atrás con fuerza, tumbándola sobre la alfombra. Me coloqué encima en una tijera salvaje, pegando mi coño chorreante al suyo. Nuestros clítoris se rozaron directamente, resbaladizos y calientes, y empezamos a frotarnos con furia. Mis nalgas chocaban contra las suyas con cada embestida circular, produciendo un sonido húmedo y carnal que me excitaba todavía más. Agarré una de sus tetas pesadas, pellizcando el pezón duro hasta que ella arqueó la espalda y gimió.
—Frota tu coño contra el mío como una perra —le exigí, la voz ronca de lujuria—. Quiero que nos corramos así, mezclando nuestros jugos hasta que no sepamos dónde termino yo y dónde empiezas tú.
Valeria respondió metiendo dos dedos entre nosotras, frotando ambos clítoris al mismo tiempo mientras seguíamos moviéndonos. El placer era casi insoportable. Cada roce enviaba chispas por mi columna. En la oscuridad, solo existían el calor resbaladizo de su sexo, el olor almizclado que nos envolvía y el sonido constante de nuestros coños frotándose. Le metí un dedo en el ano sin pedir permiso, mojado con la abundancia de nuestros jugos, y ella hizo lo mismo conmigo. Dos dedos en el culo mientras nuestros coños se devoraban. Sus gemidos se volvieron más altos, guturales.
—Estás follándome el culo tan rico —jadeó ella, acelerando las caderas—. No pares, Laura. Quiero correrme sintiendo cómo me llenas el ano.
Nos corrimos casi al unísono. Su coño convulsionó contra el mío, soltando un chorro caliente que se mezcló con el mío. Temblamos juntas, nalgas chocando, dedos hundidos en culos apretados, gritando en la negrura mientras el placer nos partía en dos. Mis pensamientos se nublaron por completo; solo existía su cuerpo, su calor, su rendición y la mía.
Pero la necesidad no se apagaba. La giré de nuevo, colocándola a cuatro patas frente a mí. En aquella oscuridad absoluta, guiada solo por el tacto, bajé la cara entre sus nalgas redondas y perfectas. Mi lengua atacó su ano primero, lamiendo con hambre, penetrando con la punta mientras mis dedos volvían a su coño chorreante. Metí tres de golpe, follándola con fuerza, curvándolos para masajear su interior mientras mi boca chupaba y lamía su culo sin piedad.
—Sabe a ti, a nosotras —murmuré contra su carne, la voz amortiguada—. Quiero que te corras con mi lengua en tu culo y mis dedos en tu coño. Dámelo todo, Valeria.
Ella empujaba hacia atrás, follando mi cara sin vergüenza, sus jugos corriéndome por la barbilla y el cuello. Su ano se contraía alrededor de mi lengua, apretando con cada embestida de mis dedos. Cuando el orgasmo la atravesó, gritó tan fuerte que su voz rebotó en las paredes restauradas. Un chorro caliente me inundó la mano y la boca. Seguí lamiendo y follando a través de sus contracciones, prolongando su placer hasta que sus brazos cedieron y cayó temblando sobre la alfombra.
Nos abrazamos de lado, sudorosas, jadeantes, con los cuerpos brillantes de fluidos y sudor. Mis dedos aún jugaban perezosamente entre sus labios hinchados, rozando su clítoris sensible, mientras ella pellizcaba uno de mis pezones con ternura posesiva. La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro de mí rugía algo más profundo: una necesidad de escalar esto hasta límites que aún no habíamos tocado. Como arquitecta, veía las vigas originales del techo, las molduras fuertes que yo misma había reforzado, y ya imaginaba cómo usarlas.
Mi mente ya estaba tramando el próximo apagón con detalle preciso. La próxima vez que fallara la luz —y sabía que fallaría, porque este edificio antiguo tenía caprichos eléctricos que yo conocía bien—, estaría preparada. Traería cuerdas suaves de mis materiales de restauración, esas que usaba para fijar estructuras temporales. Vendría con una venda negra gruesa. Primero la ataría a ella, a Valeria, la fotógrafa de 29 años que cazaba sombras. La inmovilizaría con las muñecas sujetas a una de las vigas del salón, los brazos estirados hacia arriba, completamente expuesta en la oscuridad total. Le vendaría los ojos para que ni siquiera la tenue luz de su memoria pudiera guiarla. Luego me tomaría mi tiempo: lamería cada centímetro de su cuerpo sin que ella pudiera tocarme, chuparía su coño y su ano hasta que rogara, metería dedos, lengua y tal vez un consolador que pudiera guiar solo por el tacto y sus gemidos. La haría correrse tantas veces que sus piernas no la sostuvieran. Después, cuando estuviera exhausta y temblando, le daría el turno: ella me ataría a mí, me usaría, me degradaría con palabras sucias mientras me follaba los dos agujeros, mordiéndome las tetas y tirándome del cabello. Sería nuestro ritual secreto. Cada corte de luz sería una excusa para ir más lejos, para abrir grietas más profundas en nosotras mismas. Nadie más sabría lo que éramos cuando todo se apagara. Solo la oscuridad, nuestros cuerpos y los sonidos húmedos de nuestra lujuria.
—Valeria —susurré contra su cuello, sintiendo cómo mi coño volvía a palpitar solo con la idea—, la próxima vez que falte la luz, ya tengo un plan. Traeré cuerdas de mi taller y una venda. Te ataré a las vigas que restauré y te haré esperar en la negrura total antes de devorarte. Te lameré el coño y el culo hasta que supliques, y luego tú me romperás a mí. Quiero que escalemos esto hasta donde nadie más se atreva. ¿Estás lista para eso?
Ella mordió mi labio inferior con fuerza posesiva, su mano apretando mi nalga, y respondió con voz ronca, cargada de promesa:
—Más que lista, Laura. Ya estoy mojándome solo de imaginarte atada para mí. La próxima tormenta será nuestra. Desarrollaremos esto en la oscuridad hasta que no quede nada por descubrir… o hasta que descubramos que nunca es suficiente.
Nos besamos lentamente, saboreando el gusto de nuestros orgasmos en la lengua de la otra, mientras la lluvia comenzaba a amainar. Mi mente de arquitecta ya calculaba los nudos, los tiempos de espera, las palabras exactas que le diría cuando estuviera inmovilizada. El viejo edificio guardaría nuestro secreto. Y yo, con el coño todavía latiendo contra su muslo, sabía que este desarrollo apenas acababa de empezar. La verdadera oscuridad aún nos debía mucho, mucho más.
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