Masaje Prohibido Bajo Las Estrellas

Una noche de verano, Brigitte, casada e insatisfecha, se escapa a la terraza para que Dante el masajista la folle duro bajo las estrellas mientras su marido duerme.

27 min read August 21, 2026New

La casa de playa olía a salitre y a esa humedad tibia que se pega a la piel en julio. Yo tenía veintiocho años, un anillo de matrimonio que me pesaba más que el calor y un marido que aquella noche se había ido a la cama dejando la pelea a medias, como siempre. Sergio —sí, mi Sergio— había bebido dos copas de más en la cena, me había soltado lo de siempre («estás imposible, Brigitte», «nada te basta»), y a las once ya roncaba con la boca abierta en la habitación del fondo. Yo me quedé en la cocina, descalza, con el vestido ligero pegado a los muslos, sintiendo cómo el corazón me latía en sitios que él hacía meses que no tocaba.

No iba a quedarme ahí, quieta, tragándome la rabia y el deseo a partes iguales. Salí por la puerta corredera sin hacer ruido. La terraza daba al mar; las estrellas se veían limpias, sin farolas que las mataran, y el oleaje sonaba como un susurro sucio. Y allí estaba él.

Dante. Treinta y dos años, el masajista que habíamos contratado «para relajarnos el fin de semana», la broma del universo. De pie junto a la barandilla de madera, con la camiseta blanca arremangada y el pantalón de lino que le marcaba demasiado. Me miró en cuanto aparecí, y esa mirada… no era la de un profesional. Era la misma que me había clavado por la tarde, cuando sus pulgares se hundían en la carne de mis hombros y yo me mordía el labio para no gemir delante de Sergio, que leía el periódico a dos metros como si no pasara nada.

—Pensé que no vendrías —dijo él, voz baja, ronca, sin esa cortesía de cliente que había usado antes.

—Mi marido duerme —contesté, y me oí a mí misma confesándolo como si fuera un secreto que me quemaba la lengua—. Se durmió cabreado. Como siempre.

Dante sonrió apenas, un gesto torcido, y se acercó dos pasos. El aire de la noche me levantó el dobladillo del vestido. Yo no me moví. Quería que se acercara más. Por la tarde, en la camilla improvisada del salón, sus manos ya me habían traicionado. Aceite de coco, presión profunda en la lumbar, dedos que «sin querer» rozaban el borde de la braga cuando trabajaba los glúteos. Yo había apretado los muslos. Él había notado el temblor. Sergio bostezaba en el sofá. Y yo me había mojado como una adolescente idiota.

Ahora no había testigos. Solo las estrellas y el ruido del mar.

—Esta tarde… —empecé, y me falló la voz. Tragué saliva—. Esta tarde tus manos no parecían de masajista.

—Y tú no parecías una clienta que solo quiere que le quiten el nudo del cuello —replicó él, ya cerca, tan cerca que le olí la piel: jabón barato y algo más caliente debajo—. Te puse los pulgares aquí —señaló mi cadera con la mirada, sin tocar todavía— y se te abrió la boca. Se te puso dura la respiración. Casi te oigo el coño pidiendo.

El insulto me subió por las piernas como un calambre dulce. Nadie me hablaba así. Sergio me decía «cariño» y me daba tres embestidas aburridas los sábados. Dante me miraba como si ya me hubiera follado en la cabeza mil veces.

—Soy casada —susurré, pero sonó a excusa barata, no a freno.

—Lo sé. Lo vi en el anillo cuando te desnudaste hasta la cintura para el masaje. Y aun así te temblaban las piernas cuando te abrí un poco más para trabajarte los aductores. ¿Te acuerdas? Te dije «relaja», y tú abriste. Como una puta bien educada.

Me ardieron las mejillas. Y el entrepiernas. Di un paso hacia él sin darme cuenta. El viento me pegó el vestido al cuerpo; se me notaban los pezones duros, traidores. Dante bajó la vista un segundo y gruñó bajito, un sonido animal contenido.

—Ven aquí —ordenó, suave.

Obedecí. Cuando estuve a un palmo, sus manos por fin me tocaron: no como por la tarde, profesionales y pagadas. Ahora me agarró la cintura con los dedos abiertos, posesivos, y me atrajo contra su pecho. Noté la erección inmediatamente, gruesa, caliente a través de la tela, clavándoseme en el vientre. Un gemido se me escapó antes de poder morderlo.

—Shh —murmuró contra mi pelo—. Si gritas, se despierta. Y no quiero que se despierte. Quiero tenerte aquí, bajo estas estrellas, mojada y calladita mientras te abro con los dedos.

Sus labios bajaron a mi cuello. Me besó despacio, con lengua, justo debajo de la oreja, y yo incliné la cabeza para darle sitio como si llevara años esperando ese permiso. Una de sus manos subió por mi costado, rozó la curva de la teta por encima del vestido y apretó. El pezón le respondió al instante, dolorosamente erecto. Él lo pellizcó a través de la tela y yo arqueé la espalda, frotándome sin pudor contra la polla que me marcaba el estómago.

—Dante… —jadeé.

—Dime qué te hizo falta esta tarde —exigió, la boca aún en mi piel—. Cuando te tenía boca abajo y te separaba un poco las nalgas «para el drenaje». Estabas empapada. Se me pegaban los dedos. ¿Querías que te metiera uno? ¿Dos? ¿Que te follara ahí mismo con tu marido a cinco metros leyendo de mierda?

Cerré los ojos. La confesión me salió sucia, verdadera:

—Sí. Quería que me follaras. Que me montaras en esa camilla y me llenaras. Llevo meses sin que me toquen como si les importara. Sergio… se corre y se gira. Tú me mirabas como si te murieras de ganas de comerme el coño.

Dante soltó una risa baja, oscura, y me hizo girar de espaldas a él, pegándome contra la barandilla. Sus manos me subieron el vestido por detrás, despacio, dejándome el culo al aire con solo la braga de encaje negro que me había puesto a propósito —sí, a propósito, la muy zorra de mí— después de la pelea. Me acarició las nalgas con las palmas abiertas, me las apretó, me las separó un poco. El aire fresco de la noche me rozó la humedad y me estremecí.

—Mírate —susurró al oído, mientras un dedo recorría el borde de la braga, justo donde la tela ya estaba empapada—. Goteando en la terraza de tu casa de vacaciones mientras tu marido ronca. ¿Esto es lo que necesitabas, Brigitte? ¿Que un desconocido te ponga las manos donde tu marido ya no mira?

—No eres un desconocido —gemí, empujando el culo hacia su mano—. Eres el tío que me ha tenido todo el día con el coño latiendo.

Su dedo se metió por fin bajo la tela. Me encontró hinchada, resbaladiza, y se deslizó entre los labios con una facilidad obscena. Di un respingo; él me sujetó la cadera con el otro brazo y me metió el dedo hasta el nudillo, curvado, buscando. Lo encontró. Me frotó el punto ese que me hace ver estrellas de verdad y yo tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar.

—Así —aprobó él, metiendo un segundo dedo, estirándome despacio—. Tan puta y tan apretada. Esta tarde te controlaste. Ahora no hace falta. Fóllate mi mano. Muévete.

Obedecí. Me empalé en sus dedos con movimientos cortos, urgentes, mientras él me besaba el hombro y me hablaba sucio al oído: lo mojada que estaba, lo duro que se le había puesto cuando me vio apretar las sábanas de la camilla, lo mucho que iba a correrme en su palma antes de siquiera sacarme la polla. Yo jadeaba contra mi propia mano, las piernas temblando, el vestido subido hasta la cintura, las estrellas encima como testigos impasibles. El mar seguía golpeando la orilla. Dentro de la casa, ni un ruido.

Cuando el orgasmo empezó a subirme por la espalda, Dante me sacó los dedos de golpe. Me quedé a medias, gimiendo de protesta, el coño contrayéndose alrededor de la nada. Él se rió bajito, cruel y dulce a la vez, y me hizo girar otra vez para mirarme a la cara. Se metió los dedos en la boca y los chupó sin vergüenza, manteniéndome la mirada.

—No todavía —dijo—. Quiero oírte pedirlo. Quiero que me digas exactamente cómo quieres que te folle aquí fuera, con la posibilidad de que se despierte y te pille con las piernas abiertas y mi polla dentro.

Me temblaban las rodillas. El deseo me dolía. Le agarré la camiseta y lo atraje hasta que nuestras bocas chocaron: el primer beso de verdad, lengua y dientes y saliva, desesperado. Noté su polla latir contra mi vientre otra vez y bajé una mano, la palmé por encima del pantalón, calculé el grosor con los dedos y solté un gemido dentro de su boca.

—Dante… por favor —

Él me sujetó la muñeca, impidiéndome abrirle el cordón todavía.

—Acto uno terminado, preciosa —murmuró contra mis labios, la voz cargada de promesa y de control—. Ahora me vas a mirar mientras te bajo la braga del todo. Y después vas a arrodillarte un poco, solo un poco, para que te la ponga en la cara antes de metértela donde tanto la estás pidiendo. Pero despacio. Tenemos toda la noche. Y tu marido… sigue roncando.

El viento me levantó el pelo. Yo asentí, sin aliento, con el sabor de sus dedos todavía en la imaginación y el coño latiéndome como un segundo corazón. La terraza crujió bajo nuestros pies. El verano olía a sexo a medio empezar. Y yo, casada, insatisfecha, traidora, solo pensaba en lo mucho que me quedaba por caer.

El vestido ya no me cubría nada. Dante se agachó un poco, enganchó los dedos en la cintura de la braga de encaje y la bajó con una lentitud deliberada, rozándome la piel de los muslos con las uñas. El tejido empapado se despegó de mi coño con un sonido húmedo y obsceno. Me temblaron las piernas cuando el aire de la noche me besó los labios hinchados. Él se arrodilló un segundo ante mí, me levantó un pie y luego el otro, y tiró la braga a un lado de la terraza como si no valiera nada. Me quedé desnuda de la cintura para abajo, el vestido arremangado sobre las caderas, las tetas todavía cubiertas pero con los pezones marcando la tela fina.

—Mírame —ordenó, levantándose—. Quiero que veas lo que te voy a hacer.

Lo miré. Sus ojos brillaban bajo las estrellas. Me agarró de las caderas y me hizo girar de nuevo hacia la barandilla, pero esta vez no me metió los dedos. En cambio, sus manos volvieron a posarse en mis hombros, firmes, y empezaron a amasarme con esa misma técnica de la tarde… solo que ahora no había pretensiones. Era un masaje especial, el que me había prometido con la mirada cuando Sergio todavía leía el periódico.

—Quédate quieta —murmuró contra mi oreja—. Voy a relajarte de verdad. Como no te ha relajado nadie en tu puta vida de casada.

Sus pulgares hundieron la carne de mis trapecios, bajaron por la columna, separaron las nalgas otra vez y se detuvieron justo encima de mi coño sin tocarlo. El roce del aire y la promesa me sacaron un gemido ahogado. Empecé a coquetear abiertamente, sin filtro, porque ya no había vuelta atrás y el miedo me excitaba más que cualquier caricia.

—Hazlo bien, Dante… hazlo como si me estuvieras cobrando el doble. Esta tarde me dejaste a medias y me fui a la ducha a meterme los dedos pensando en ti. Mi marido ni se enteró. Llevo meses follando con la mano porque él se corre en tres minutos y se duerme. Estoy harta. Estoy empapada y vacía y quiero que me uses.

Él soltó una risa baja que me vibró en la nuca. Sus manos bajaron por fin a mis muslos, abriéndolos un poco más contra la barandilla. Los dedos subían y bajaban por la cara interna, rozando el pliegue donde la piel se vuelve sensible, sin llegar al centro. Cada pasada me abría un poco más, me dejaba más expuesta a las estrellas y al ruido del mar.

—Cuéntame más —exigió, la voz ronca—. Dime lo insatisfecha que estás. Quiero oírlo mientras te toco.

—Sergio no me come el coño desde el primer año. No me habla sucio. No me mira como si quisiera romperme. Tú… esta tarde, cuando me abriste las piernas en la camilla, casi me corro solo con el aire. Me imaginé montándote ahí mismo, con él a dos metros. Quería que me follaras el coño hasta dejarlo rojo y que él oyera los chapoteos. Soy una puta traidora y me da igual. Estoy cansada de fingir orgasmos.

Dante gruñó y sus manos subieron de golpe a mis pechos. Me los sacó del escote del vestido con un tirón, los pesó, los apretó. Los pezones duros le cabían entre los dedos y los retorció con esa mezcla de dureza y precisión que me hacía arquear la espalda. Me masajeó las tetas como si fueran parte del servicio: circular, profundo, pellizcando de vez en cuando hasta sacarme un quejido.

—Así me gusta oírte —susurró, caliente, pegado a mi cuello—. Confesándote bajo las estrellas mientras te manoseo. Eres mía esta noche, Brigitte. Tu anillo no vale una mierda aquí fuera. Mírame las manos… cómo te marcan las tetas. Cómo te abro los muslos. ¿Sientes lo dura que la tengo? Se me va a salir sola del pantalón de lo mucho que me pones.

Una de sus manos bajó otra vez, lenta, y esta vez sí me acarició el coño abierto con toda la palma. Me frotó de arriba abajo, recogiendo la humedad, y me abrió los labios con dos dedos para que el aire me golpeara el clítoris hinchado. Yo empujé hacia atrás, buscando más contacto, y él me lo negó un segundo solo para hacerme rogar.

—Dante, por favor… tócame bien. Mételos. O sácatela y fóllame ya. No aguanto más. Quiero tu polla. La quiero gruesa y caliente y metida hasta el fondo mientras mi marido ronca a veinte metros. Quiero que me corras dentro o en la cara, me da igual, pero follarme esta misma noche. Aquí. Bajo estas estrellas. Como la puta casada que soy.

Él me giró de golpe. Me agarró la cara con las dos manos manchadas de mi propio jugo y me miró a los ojos. Su erección presionaba mi vientre, gruesa, latiente, imposible de ignorar.

—Di eso otra vez —exigió, casi jadeando—. Di exactamente lo que quieres que te haga. Sin rodeos.

—Quiero que me folles. Que me bajes, me pongas a cuatro patas o contra esta puta barandilla y me la metas entera. Quiero oír cómo te suena el coño cuando me embistes. Quiero que me hables sucio y me tires del pelo y me recuerdes que estoy traicionando a mi marido con el masajista. Deseo follar contigo esta misma noche hasta que no pueda caminar mañana. La adrenalina me está matando. Si se despierta, que nos pille. Me da igual. Solo fóllame.

Dante me besó con violencia, lengua profunda, dientes en el labio inferior. Cuando se separó, tenía la respiración entrecortada y una sonrisa sucia.

—Eso es lo que quería oír. Los dos lo queremos. Yo te he estado oliendo el coño todo el día y tú has estado mojándote por mí. Vamos a follar esta noche. Duro. Lento primero, para saborearlo, y luego como animales. Pero antes… arrodíllate un poco. Solo un poco. Quiero restregártela por la cara, quiero que me la beses y me digas lo gruesa que se siente antes de abrir las piernas del todo. Tenemos tiempo. Él sigue roncando. Y yo voy a disfrutar cada segundo de convertirte en mi puta bajo las estrellas.

Me temblaban las rodillas cuando empecé a bajar. El vestido caía torcido sobre un pecho. Mis tetas al aire brillaban con el sudor bajo la luz de la luna. Él se desató el cordón del pantalón de lino con una mano y sacó la polla: gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Me la puso en la mejilla. Estaba caliente. Olía a hombre y a ganas acumuladas. Yo abrí la boca sin que me lo pidiera, pero él solo me la restregó por los labios, por la lengua que saqué, sin dejarme chuparla todavía.

—Despacio, preciosa —susurró, acariciándome el pelo mientras me manchaba la cara—. Primero confiesa otra vez lo mucho que lo necesitas. Después te la doy a probar. Y luego… te la meto donde tanto la estás pidiendo. Toda la noche por delante. Y la traición apenas empieza.

El mar rugía más abajo. Las estrellas no parpadeaban. Yo, de rodillas a medias en la terraza de mi propia casa de vacaciones, con la polla de Dante pintándome los labios y el coño latiéndome vacío, solo pude gemir una verdad más:

—Fóllame esta noche. Fóllame hasta que olvide que estoy casada.

Me levanté de las rodillas con las piernas hechas gelatina cuando Dante me agarró de la cintura y me alzó como si no pesara nada. La hamaca de la terraza crujió al recibirnos; el tejido de cuerda se hundió bajo mi espalda desnuda de la cintura para abajo y él se arrodilló entre mis muslos abiertos. El vestido seguía arremangado sobre las tetas, los pezones al aire brillando con el rocío de la noche. Él no pidió permiso. Bajó la cabeza y me abrió el coño con los pulgares, exponiendo el clítoris hinchado a la brisa salada.

—Mírate —gruñó contra mi carne—. Goteando por mí mientras tu marido ronca. Voy a comerte hasta que te corras calladita, Brigitte. Y vas a pedírmelo.

Su lengua me encontró de lleno. Ancha, caliente, experta. Lamió de abajo arriba, recogiendo mi jugo con un sonido obsceno que se mezcló con el oleaje. Me clavó la punta en el clítoris y lo rodeó en círculos lentos, luego chupó con fuerza, como si quisiera vaciarme. Yo arqueé la espalda en la hamaca, las cuerdas marcándome la piel, y me mordí el dorso de la mano otra vez. El placer subió en oleadas sucias. Dante metió la lengua dentro de mí, follándome con ella, profunda, húmeda, mientras un dedo rozaba mi entrada trasera sin entrar todavía. Mis caderas se movieron solas, empalándome en su boca.

—Así… joder, así —jadeé en confesión, la voz rota—. Llevo meses sin que me chupen el coño. Sergio ni se acuerda de cómo sabe. Tú… me estás devorando. No pares. Cómeme hasta que me corra en tu cara bajo estas estrellas.

Él gruñó de aprobación y aceleró. Dos dedos se hundieron en mi coño empapado mientras su lengua azotaba el clítoris sin piedad. Me estiraba, me frotaba ese punto esponjoso por dentro, y yo temblaba entera. El orgasmo me golpeó de golpe: una contracción violenta que me hizo arquearme y gritar bajito contra mi propia palma, un gemido ahogado y largo mientras me corría en su boca. Él no se apartó. Bebió cada espasmo, lamiéndome limpia a lengüetazos lentos hasta que me quedé temblando y vacía, el coño palpitando.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, Dante se subió a la hamaca conmigo. La estructura se balanceó peligrosamente. Se bajó del todo el pantalón de lino, la polla gruesa y venosa apuntándome al vientre, goteando precumen. Me abrió las piernas más, las enganchó a su cintura, y se inclinó sobre mí en misionero profundo. La cabeza me rozó la entrada resbaladiza.

—Mírame mientras te la meto —ordenó, voz ronca—. Quiero ver tu cara de puta casada cuando te abra.

Empujó. Un solo movimiento largo y lento que me llenó hasta el fondo. Era gruesa, caliente, me estiraba con esa presión deliciosa que duele un segundo y después se vuelve necesidad. Gemí contra su hombro cuando rozó el cuello del útero. Él se quedó quieto un instante, enterrado del todo, dejándome sentir cada latido.

—Tan apretada… y tan mojada por otro hombre —susurró al oído—. Dime que lo quieres más duro.

—Fóllame —supliqué, ya sin vergüenza—. Fóllame profundo, Dante. Ábreme. Quiero sentirte hasta el estómago. Arañaré tu espalda si hace falta, pero no te detengas. Mi marido está a veinte metros y me da igual. Úsame.

Empezó a moverse. Embistidas largas y profundas, sacándola casi entera para volver a clavar hasta las bolas. La hamaca se balanceaba al ritmo, crujiendo en protesta. Yo le clavé las uñas en la espalda, por debajo de la camiseta que todavía llevaba, y le arañé la piel con cada embestida. Él gruñía de gusto, me besaba la boca con lengua y dientes, me sujetaba las muñecas un segundo contra la cuerda para después soltarme y dejarme marcarlo. Mi coño chapoteaba alrededor de su polla, obsceno, mojado, traidor. Cada embestida me sacaba un gemido ahogado.

—Más… más fuerte —rogaba entre jadeos—. Quiero que me dejes el coño rojo. Que mañana me duela al sentarme y recuerde que me follaste aquí fuera mientras él dormía. Eres más grueso que él. Me llenas de verdad. No pares.

Dante obedeció. Aceleró, profundo, brutal de una forma controlada y sucia. Me hablaba al oído mientras me follaba: lo puta que me veía, lo mucho que le gustaba oír el sonido de mi coño tragándosela, lo fácil que sería que Sergio se despertara y nos pillara así, conmigo arañándole la espalda y gritando bajito su nombre. Yo me corría otra vez sin avisar, apretándolo por dentro, las piernas temblando alrededor de su cintura, y él no se detuvo. Siguió embistiendo a través de mis contracciones hasta que me dejó blanda y gimoteando.

Entonces me sacó de golpe. Me giró en la hamaca con manos firmes, posesivas. Me puso a cuatro patas, las rodillas hundidas en el tejido, el culo en alto hacia él y la cara contra la cuerda. El vestido colgaba torcido. Él me agarró de las caderas, me separó las nalgas y me miró un segundo el coño abierto y goteante.

—Pídelo —exigió, dándome un azote seco en una nalga—. Pídeme que te folle como una perra.

—Fóllame a cuatro patas —supliqué al instante, mirando hacia atrás por encima del hombro—. Métela fuerte desde atrás. Tírame del pelo. Domíname. Quiero sentirte enterita y que me uses el culo con los dedos mientras me corres en esa polla gruesa. Hazlo sucio. Hazlo como yo te lo pido. Soy tuya esta noche.

Entró de un embiste seco. La posición lo hacía más profundo, más animal. Me llenó hasta el tope y empezó a follarme con fuerza, las caderas chocando contra mi culo con un sonido húmedo y rítmico. Una mano se enredó en mi pelo, tiró hacia atrás con dominio exacto —no demasiado, justo lo que yo necesitaba— y me obligó a arquear el cuello. Yo gemía bajito, sin aliento, empujando el culo hacia atrás para encontrarme con cada embestida.

Su otra mano bajó. Un dedo, resbaladizo con mi propio jugo, presionó mi culo y se metió despacio hasta el nudillo mientras su polla me destrozaba el coño. Alternaba: embestida profunda, dedo entrando y saliendo, a veces dos dedos abriéndome el culo mientras yo me corría otra vez alrededor de su grosor, apretándolo, chorreando por los muslos. Él me hablaba sucio todo el tiempo.

—Mira cómo te abres para mí… puta casada de lujo. Te meto los dedos en el culo y te corres como una perra en celo. ¿Lo sientes? Mi polla latiéndote por dentro mientras te follo el culo con la mano. Pídeme más.

—Más… joder, más —confesé entre sollozos de placer—. Mételos más hondo. Fóllame más duro. Tírame del pelo y recuérdame que estoy traicionando a Sergio con cada embestida. Quiero correrme otra vez en tu polla. Quiero que me dejes el culo abierto y el coño destrozado. No pares, Dante. No te atrevas a parar.

La hamaca se balanceaba salvaje. El mar rugía abajo. Yo me corría una vez más, y otra, los orgasmos encadenados y sucios, el cuerpo entero entregado a su ritmo. Él me follaba sin piedad consensuada, tirándome del pelo, metiendo y sacando los dedos de mi culo al compás de su polla gruesa, y yo solo podía suplicar más, más fuerte, más profundo, la traición sabiéndome a gloria bajo las estrellas. El calor me subía otra vez por la espalda, amenazando con un clímax todavía más grande, y su respiración se volvía irregular contra mi nuca. Todavía no se había corrido. Todavía me tenía entera a su merced, y la noche apenas empezaba a devorarnos.

Terminamos de la forma más sucia y perfecta que podía imaginar. Dante seguía embistiéndome desde atrás en la hamaca, su polla gruesa entrando y saliendo de mi coño con chapoteos obscenos que se mezclaban con el oleaje. Los dedos que me tenía metidos en el culo se movían al mismo ritmo, abriéndome, estirándome, recordándome con cada empujón que estaba siendo usada como nunca me había usado Sergio. Yo empujaba el culo hacia él, pidiendo más sin palabras, solo con gemidos ahogados contra la cuerda de la hamaca. El pelo me lo tiraba con esa mano firme, obligándome a arquear el cuello, y cada vez que lo hacía veía las estrellas bailar encima de nosotros.

—Dante… joder, así… no pares —jadeé, la voz rota, confesándolo todo otra vez porque el placer me lo arrancaba—. Me estás destrozando el coño. Más hondo. Quiero sentir cómo te corres dentro. Lléname. Quiero tu leche caliente goteándome después mientras él ronca.

Él gruñó como un animal y aceleró. Las caderas le golpeaban mi culo con fuerza controlada, profunda, brutal de la manera que yo necesitaba. Sacó los dedos de mi culo solo para agarrarme las caderas con las dos manos y follarme todavía más duro, clavándola hasta el fondo, rozándome ese punto que me hacía ver blanco. El orgasmo me subió otra vez por la espalda, violento, y me contraje alrededor de su polla apretándola, chorreando por los muslos. Él no se detuvo. Embistió a través de mis espasmos, respirando irregular contra mi nuca, y entonces lo sentí: se hinchó todavía más dentro de mí, latía, y soltó un gemido ronco al oído.

—Brigitte… me corro… tómala toda —ordenó, y empujó una última vez, enterrado hasta las bolas.

El semen le salió a chorros calientes, gruesos, llenándome. Lo sentí pulsar, vaciarse dentro de mi coño bien follado, oleada tras oleada. Me lo llenó tanto que empezó a salir por los lados mientras él seguía empujando suave, exprimiéndose hasta la última gota. Yo temblaba entera, jadeando, el cuerpo blando y entregado, sintiendo cómo su leche me calentaba por dentro. Nos quedamos así, unidos, jadeando bajo las estrellas. La hamaca se balanceaba despacio. El mar seguía su ritmo. Dentro de la casa, el silencio de Sergio roncando.

Dante se quedó un momento más dentro, respirando agitado contra mi espalda, y después se salió despacio. Su polla salió con un sonido húmedo y sucio, y al instante sentí el semen caliente empezar a gotear de mi coño. Escurría por mis labios hinchados, bajaba por el interior de los muslos, espeso y abundante. Me giré con cuidado en la hamaca, todavía con las piernas abiertas, y lo miré. Él estaba de rodillas entre ellas, la polla brillante de mis jugos y de su propia leche, el pecho subiendo y bajando bajo la camiseta sudada.

Me incorporé lo suficiente para agarrarle la cara y besarlo. Fue un beso lento, profundo, de lenguas cansadas y satisfechas. Entre beso y beso le confesé, la voz baja y ronca, sin filtro:

—Voy a repetirlo. Cada noche que mi marido duerma… cada puta noche que se corra y se gire o que se duerma cabreado… voy a salir aquí. O a la camilla. O donde sea. Quiero que me folles así otra vez. Duro. Hasta dejarme el coño goteando tu leche. No puedo volver atrás, Dante. Esto… esto acaba de empezar y ya soy adicta.

Él sonrió contra mi boca, me mordió el labio inferior suave y me besó más profundo, una mano bajando a acariciarme el coño abierto, recogiendo un poco de su propio semen con los dedos y frotándomelo por el clítoris hinchado. Me estremecí otra vez, sensible, y él se rió bajito.

—Cada noche, preciosa. Te voy a follar hasta que olvides cómo se siente estar insatisfecha. Ahora limpia. Rápido. Antes de que se despierte.

Nos limpiamos con prisa, casi a ciegas bajo las estrellas. Él se sacó la camiseta y me pasó la tela por entre las piernas, recogiendo el semen que me goteaba, frotándome despacio el coño sensible hasta que dejé de escurrir tanto. Yo le limpié la polla con la misma camiseta, lamiendo un poco la cabeza por impulso, saboreando la mezcla de los dos, antes de que él me obligara a parar con un gruñido.

—Si sigues, te la meto otra vez y entonces sí que nos pillan —susurró, pero su tono era de promesa, no de amenaza.

Me bajé el vestido como pude, sin bragas —las mías seguían tiradas en algún rincón de la terraza—, y me acomodé las tetas dentro del escote. El tejido fino se me pegaba a la piel sudada. Él se subió el pantalón de lino, escondió la polla todavía medio dura, y me miró un segundo más, esa mirada posesiva que me había jodido desde la tarde.

—Vuelve a la cama. Pero no te laves. Quiero que te duermas oliéndome en la piel. Mañana, cuando él te toque o te hable, vas a sentir mi leche seca en tus muslos y te vas a mojar otra vez pensando en esto.

Asentí. El corazón me latía desbocado. Me acerqué, le di un último beso, rápido y sucio, y murmuré contra sus labios:

—Esta aventura secreta… acaba de empezar de verdad. No me dejes esperando mucho.

Bajé de la hamaca con las piernas temblando. El semen me seguía resbalando un poco, cálido, traidor. Caminé descalza por la terraza hacia la puerta corredera, sintiendo cada paso, el aire de la noche en mi coño abierto y bien usado. Entré sin hacer ruido. La casa olía igual: salitre y humedad. El ronquido de Sergio venía claro desde el fondo. Me deslicé por el pasillo, entré en la habitación matrimonial y me quité el vestido. Me metí en la cama a su lado, de espaldas a él, el cuerpo todavía caliente, el olor de la leche de Dante impregnándome la piel, los muslos, el coño.

Cerré los ojos. Él se movió un poco en sueños, murmuró algo ininteligible y volvió a roncar. Yo sonreí en la oscuridad. Mañana tendría que fingir normalidad, desayunar con él, quizá hasta dejar que me tocara. Pero ya no importaba. Bajo las estrellas me habían follado como merecía, me habían llenado, y yo había confesado la verdad: iba a repetirlo. Cada noche que él durmiera. La traición sabía dulce y adictiva. Esta aventura secreta apenas empezaba, y yo ya estaba contando las horas para la siguiente. El verano prometía ser largo, caliente y muy, muy sucio.

No pude quedarme quieta. El ronquido de Sergio vibraba contra el colchón como un recordatorio burlesco, y el semen de Dante me resecaaba ya los muslos internos, pegajoso y caliente todavía, un sello secreto que me hacía apretar las piernas una y otra vez. Abrí los ojos en la oscuridad. El techo de la habitación matrimonial me pareció una tapa de ataúd. Me deslicé fuera de la cama sin hacer crujir las tablas, el vestido arrugado en el suelo, y salí desnuda por el pasillo. La puerta corredera seguía entreabierta. El aire de la terraza me golpeó los pezones y el coño hinchado como una caricia sucia.

Dante seguía allí. Apoyado en la barandilla, camiseta otra vez puesta pero el pantalón de lino apenas atado, mirando el mar negro. Se giró en cuanto me oyó. Sus ojos bajaron por mi cuerpo desnudo, se detuvieron en el brillo seco de su propia leche entre mis piernas y sonrió con esa torcedura que me había jodido desde el primer masaje.

—Pensé que te habías rendido, casada —murmuró, voz baja para que no atraviese las paredes—. Vienes goteando todavía.

—No me he lavado —confesé, acercándome descalza, el corazón martilleándome en la garganta y en el clítoris a la vez—. Quería que me olieras. Quería que vieras lo que me hiciste y me lo hicieras otra vez. Más. Ahora. Antes de que amanezca y tenga que fingir que soy buena esposa.

Me agarró la nuca y me besó con hambre, lengua profunda, sabiendo a mí y a él mezclados. Su mano libre bajó directo a mi coño, dos dedos entrando de golpe en la humedad residual, removiendo su propia leche espesa. Gemí dentro de su boca. Él me dio la vuelta, me pegó pechos contra la barandilla de madera y se arrodilló detrás. Me separó las nalgas con las palmas y me lamió de arriba abajo: coño, perineo, el agujero del culo todavía sensible de sus dedos anteriores. Su lengua era ancha y descarada, empujaba, chupaba, recogía cada resto de semen y saliva y me lo devolvía en lengüetazos que me hacían temblar las rodillas.

—Joder, Brigitte… sabes a puta bien follada —gruñó contra mi carne—. Abre más. Quiero meterte la lengua hasta el fondo del culo mientras me confiesas lo que vas a hacer mañana en la cama con él.

Obedecí. Abrí las piernas, arqueé la espalda y empujé el culo hacia su cara. Él me folló el culo con la lengua, profunda, húmeda, mientras dos dedos me castigaban el coño y el pulgar me aplastaba el clítoris. Yo miraba las estrellas y confesaba en voz baja, rota:

—Mañana me voy a duchar tarde a propósito. Voy a desayunar con las piernas pegadas para sentir cómo me escurriste. Cuando me bese la mejilla voy a olerte a ti. Y si intenta follarme… me voy a imaginar que eres tú y me voy a correr fingiendo que es por él. Soy una traidora de mierda y me encanta. Métela ya, Dante. La polla. Toda. Quiero que me vuelvas a llenar bajo estas putas estrellas.

Se levantó. Escuché el roce de la tela, el sonido húmedo de su mano pasando saliva por el glande. La cabeza gruesa me rozó la entrada del coño, resbaladiza, y empujó de un solo tajo hasta el fondo. Me llenó otra vez, más grueso de lo que recordaba, estirándome las paredes todavía sensibles. Gemí contra el dorso de la mano. Él me agarró las caderas y empezó a embestir con ritmo animal, profundo, sacándola casi entera para clavarla hasta las bolas. El chapoteo era obsceno, mezcla de semen viejo y jugo nuevo. Cada embestida me levantaba de puntillas. La barandilla crujía. El mar abajo aplaudía.

—Más duro —supliqué—. Quiero que me dejes coja. Que mañana cuando camine sienta cómo me abriste. Métela en el culo. Ahora. Quiero las dos. Quiero que me uses los dos agujeros mientras mi marido ronca a veinte metros como un idiota.

Dante sacó la polla del coño con un sonido sucio, la apoyó contra mi culo y empujó despacio. El glande venció la resistencia; yo respiré hondo y empujé hacia atrás para tragármela. Entró centímetro a centímetro, gruesa, quemando de la forma perfecta, hasta que sus caderas se pegaron a mis nalgas. Se quedó quieto un segundo, dejándome sentir el pulso dentro del culo, y después empezó a moverse. Embestidas cortas y profundas al principio, después más largas. Una mano rodeó mi cintura y me frotó el clítoris con dos dedos empapados. La otra me tiró del pelo, obligándome a mirar las estrellas.

—Dime que eres mía —ordenó al oído, follándome el culo con fuerza controlada—. Dime que este culo casado es mío esta noche. Que mañana te vas a sentar en el desayuno con mi leche dentro y vas a sonreírle a tu marido como si nada.

—Soy tuya —jadeé, la voz quebrada de placer—. Mi culo es tuyo. Mi coño es tuyo. Fóllame más fuerte. Lléname el culo también. Quiero salir de aquí cojeando y goteando por los dos agujeros. Quiero oler a sexo y a traición cuando me meta otra vez en su cama. No pares, Dante. Úsame hasta que no pueda más.

Aceleró. El sonido de sus caderas golpeando mi culo se mezclaba con mis gemidos ahogados y el oleaje. Me metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándome los dos agujeros a la vez, y el orgasmo me destrozó. Me contraje alrededor de su polla y de sus dedos, chorreando por las muñecas de él, las piernas temblando tanto que casi me caigo. Él me sujetó, embistió tres veces más brutales y se corrió dentro de mi culo con un gruñido ronco, chorros calientes que me llenaron y empezaron a salir alrededor de su grosor. Me lo vació entero, empujando suave hasta la última gota, y después se salió despacio. Sentí el semen espeso resbalar por mis muslos, unirse al del coño, bajar hasta las rodillas.

Me giré. Caí de rodillas en la terraza de madera y le chupé la polla todavía palpitante, limpiándole con la lengua la mezcla de culo y leche y jugo. Él me agarró el pelo y me miró mientras lo hacía, respiración entrecortada.

—Cada noche —susurró—. Cada puta noche que él se duerma.

Me levanté, temblando, el cuerpo marcado, abierto, lleno. Nos limpiamos otra vez con lo que quedó de su camiseta, rápido, urgentes. Me puse el vestido sin bragas, el tejido pegándose a la piel húmeda. Él me besó una última vez, lento, posesivo, sabiendo a los dos.

Antes de entrar de nuevo en la casa me detuve en la puerta corredera, mirándolo bajo las estrellas, el semen todavía caliente bajándome por las piernas, y le dije la verdad más sucia que me quedaba en la lengua:

—¿Vas a venir mañana a las mismas estrellas, o tengo que rogarte de rodillas otra vez mientras él ronca?

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