Locker Del Club Con El Vecino Negro
La esposa española seduce a su vecino negro.
El vestuario del club deportivo olía a vapor, a gel de ducha caro y a esa humedad densa que se pega a la piel después de un entrenamiento largo. Vanessa se había quedado más de la cuenta a propósito. Sabía que a esa hora el personal cerraba las puertas principales y que solo quedaban las luces tenues de emergencia sobre las taquillas. Tenía veintiocho años, el cuerpo aún tenso por el spinning y el matrimonio ya un poco aburrido en casa. Cuando giró la esquina del pasillo de los casilleros masculinos —supuestamente vacíos— lo vio.
Desmond, su vecino de treinta y dos años, estaba solo. Alto, de hombros anchos, la piel oscura brillante por el sudor residual, la toalla colgada a medias de la cadera. Ella siempre lo había mirado desde el balcón del edificio cuando él salía a correr al amanecer. Él siempre la había devuelto la mirada con esa calma hambrienta que hacía que se le humedeciera la entrepierna sin tocarla.
—No esperaba encontrarte aquí tan tarde —dijo él, con la voz grave, sin prisa.
Vanessa se cruzó de brazos sobre la camiseta deportiva todavía húmeda. Las tetas se le marcaban. Sabía que él lo notaba.
—El club cierra y a veces me gusta el silencio. Tú también, ¿no? Siempre mirándome como si quisieras comerme.
Desmond soltó una risa baja. Dio un paso. Luego otro. La tensión se espesó entre ellos como el vapor que aún salía de las duchas.
—Te miro porque eres una española de puta madre, Vanessa. Casada, sí. Pero con ese culo y esa cara de querer que te follen fuerte… no soy ciego.
Ella no retrocedió. El corazón le latía en la garganta y más abajo, entre las piernas, un pulso caliente ya le había mojado la braga. Se quedaron solos de verdad cuando se oyó el último clic de la puerta exterior. Miradas cargadas. Comentarios que ya no eran solo coqueteo: eran promesas.
Desmond se quitó la camiseta de una vez. El pecho ancho, los abdominales marcados, los pectorales oscuros y duros. Vanessa tragó saliva. La polla se le marcaba gruesa y pesada bajo la toalla, un bulto imposible de ignorar.
—Mírate —murmuró él acercándose hasta que el calor de su cuerpo la envolvió—. Esas tetas apretadas, esa cintura, ese coño que seguro está chorreando solo de tenerme cerca. Quiero meterte la verga hasta el fondo y oírte gritar mi nombre mientras te parto en dos.
Vanessa alzó la mano y la posó abierta sobre su pecho. La piel era caliente, suave y firme a la vez. Rozó un pezón oscuro con la yema del dedo y sintió cómo se le erizaba a él.
—Eres enorme… y negro… y me tienes loca desde que te mudaste. Quiero que me folles sin límites. Aquí. Ahora. Que me uses hasta que no pueda caminar derecho.
No hubo más palabras suaves. Se besaron con hambre, bocas abiertas, lenguas peleándose, dientes rozando labios. Él la agarró del culo con las dos manos enormes y la levantó como si no pesara nada. La espalda de Vanessa golpeó las taquillas metálicas con un ruido sordo. Ella enredó las piernas en su cintura mientras él le bajaba los pantalones de deporte y le arrancaba la braga mojada de un tirón. Sus propios dedos soltaron la toalla de Desmond. La polla negra le saltó gruesa, venosa, la cabeza lustrosa ya goteando. Era tan grande que a Vanessa se le hizo agua la boca y el coño a la vez.
—Métela —jadeó ella—. Métela ya, por favor.
Desmond alineó la punta gruesa contra su entrada empapada y empujó de una. El glande abrió sus labios hinchados y la verga entera se le clavó hasta el fondo en una embestida profunda que le arrancó un grito ahogado. La llenaba por completo, la estiraba, la quemaba de placer. Él la sujetó contra las taquillas y empezó a follarla de pie, embistiendo con fuerza, cada embestida haciendo sonar el metal. Vanessa le clavó las uñas en la espalda oscura, gimiendo sin tapujos.
—Joder… qué coño tan apretado… tan puta para mi polla negra…
—Más fuerte… Desmond, fóllame más fuerte… soy tuya…
Sudor, piel contra piel, el choque húmedo de sus caderas. Él la mordió en el cuello mientras la penetraba hasta el límite. Ella se corrió primera, un temblor violento que le apretó el coño alrededor de aquella verga enorme, chorreando por los muslos. Desmond no paró. La bajó temblando, la giró y la puso a cuatro patas sobre el banco largo del vestuario. Las tetas le colgaban pesadas; el culo al aire, abierto, brillando de jugos.
Él se arrodilló detrás y se la volvió a clavar de un solo embiste en doggy. La agarró de las caderas y la embistió profundo, salvaje, las bolas golpeándole el clítoris hinchado. Nalgadas secas y sonoras cayeron sobre su culo blanco, dejando marcas rosadas sobre la piel.
—Así… así, dámelo todo… pégame, úsame…
—Chúpamela —ordenó él de pronto, sacándola empapada de semen y fluidos de ella.
Vanessa se giró en el banco, se arrodilló y abrió la boca. La polla gruesa y oscura le llenó la garganta de inmediato. Él le sujetó el pelo y se la folló la boca con el mismo ritmo brutal, hasta que ella babearon y lágrimas le asomaron a los ojos de puro placer. Tragaba lo que podía, chupaba con hambre, mirándolo desde abajo con los ojos vidriosos pidiendo más. Cuando él se la sacó de la boca con un hilo de saliva uniendo sus labios a la punta, ella misma se puso otra vez a cuatro patas y abrió las nalgas con las manos.
—Métela otra vez. Lléname. Quiero que te corras dentro.
Desmond se la empotró de nuevo, embistiendo como un animal consentido, dominante, exactamente como ella pedía entre jadeos. El banco crujía. Los gemidos de Vanessa resonaban en el vestuario vacío. Él le apretó el clítoris con los dedos mientras la follaba y ella se vino otra vez, gritando su nombre, el coño convulsionando. Desmond gruñó profundo, se hundió hasta las bolas y se corrió con violencia, chorros calientes y espesos de semen llenándole el coño hasta rebosar. Se quedó ahí, pulsátil, vaciándose dentro de ella mientras ambos temblaban.
Cuando por fin se separó, un hilo blanco espeso le resbaló por el muslo interno a Vanessa. Ella se giró, todavía arrodillada, y lo besó despacio, profundo, saboreando el sudor y el sexo. Sonrió contra su boca, satisfecha, el pelo pegado a la frente, las piernas temblorosas.
—Esto solo es el comienzo —le susurró al oído, la voz ronca—. Encontrarnos aquí después del cierre. En secreto. Quiero más noches como esta. Quiero que me folles cada vez que el club se vacíe. Tu polla negra, mi coño casado… sin límites.
Desmond le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, todavía dentro de la calma espesa del orgasmo compartido. Asintió en silencio. Ella se vistió despacio; él también. El vapor de las duchas se había disipado. Las luces tenues parpadearon una vez.
Se miraron un segundo más. Luego el vestuario quedó en silencio absoluto.
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