Gym Cerrado Con Mi Madrastra

Un joven folla duro a su madrastra Carmen en el gimnasio cerrado.

6 min read August 21, 2026New

Llegué al gimnasio privado de mi padrastro Errol pasada la una de la madrugada, con la llave que él me había dejado “por si acaso” antes de marcharse de viaje de negocios. El edificio estaba en obras: lonas, olor a pintura fresca, máquinas tapadas con plásticos. Yo solo quería desahogar la cabeza y el cuerpo. Abrí la puerta lateral y sentí el eco húmedo del aire acondicionado a medias. Entonces la vi.

Carmen.

Mi madrastra. Treinta y ocho años, cuerpo de puta escultural que el leggins negro no disimulaba ni un centímetro, tetas enormes apretadas en un top deportivo mojado de sudor, el pelo recogido en una coleta alta que dejaba el cuello brillante. Estaba sola, haciendo sentadillas frente al espejo de la sala de pesas. Cuando se giró y me vio, se le escapó un “joder” suave.

—Malik… ¿qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo —contesté, cerrando la puerta a mi espalda—. Creía que estaba cerrado.

—Lo está. Vine a entrenar a escondidas. Tu padre no vuelve hasta el viernes.

El silencio que siguió fue denso, pegajoso. Los dos sudados, semidesnudos, solos en un espacio que no nos pertenecía del todo. Llevaba años reprimiendo esto. Desde que ella entró en casa, con esa risa baja y esas caderas, yo me duchaba con la polla dura y la imaginaba. Ahora la tenía a tres metros, respirando agitada, mirándome de arriba abajo como si también lo hubiera imaginado mil veces.

Empezamos a fingir. Yo fui a la barra, ella a las mancuernas. El roce de su piel, el sonido de su respiración… no había forma de concentrarse. Al rato se acercó.

—Ayúdame con las pesas muertas —dijo—. No quiero lesionarme.

Me puse detrás. Mis manos rozaron su cintura al estabilizarla. Cuando se inclinó, el culo se le pegó casi a mi entrepierna. Cada gemido que soltaba al levantar —un “ahh” ahogado, un “joder, sí”— me ponía más duro. No pude evitarlo. La erección se me marcó completa en el pantalón corto. Ella lo notó al enderezarse. Se quedó quieta. Se mordió el labio inferior y me miró por encima del hombro.

—Malik…

—Lo siento —empecé, dando un paso atrás.

—No. No te disculpes. —Su voz bajó a un susurro—. Siempre he fantaseado contigo. Desde el primer verano. Con lo prohibido que es. Con que eres el hijo de Errol y aun así me mojo pensando en tu polla.

El pecho me latía como un puño. La miré a los ojos, confesando lo que llevaba años tragándome:

—Te deseo desde el día que entraste por la puerta con esas tetas y esa sonrisa de “soy de tu padre”. Me la he pajado pensando en follarte en su cama. En dejarte llena y que olieras a mí.

No hizo falta más. Nos lanzamos el uno al otro. El beso fue desesperado, dientes, lengua, saliva, manos en el culo y en el pelo. El tabú nos empujaba: la esposa de mi padre, mi madrastra, el gimnasio cerrado, el riesgo de que alguien abriera la puerta. Le apreté las tetas por encima del top y ella gimió dentro de mi boca.

—Quítamelo —ordenó casi.

Le saqué el top. Las tetas le cayeron pesadas, pezones duros y oscuros. Me las llevé a la boca mientras ella me bajaba el pantalón. Mi polla saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Carmen se arrodilló en el suelo de goma sin dudar. Me miró a los ojos y se la metió entera de un solo movimiento, tragándosela hasta el fondo, hasta que su nariz rozó mi pubis. El calor húmedo de su garganta me hizo soltar un tajo de aire.

—Joder, madrastra… qué puta eres chupándome la polla.

Ella solo gorgoteó, saliva escurriéndole por la barbilla, subiendo y bajando con ansia, una mano apretándome los huevos, la otra metiéndose bajo el leggins para tocarse. La follé la boca con empujes cortos, tirándole de la coleta, y ella me miraba como si eso fuera exactamente lo que había soñado. Cuando saqué la polla, un hilo de saliva nos unía.

La levanté, la giré contra el espejo de pared a pared y le arranqué los leggins de un tirón junto con la tanga. El coño se le veía hinchado, reluciente, los labios abiertos. Le di una palmada seca en el culo y el golpe resonó.

—Mírame mientras te la meto —dije.

Le separé las nalgas y me hundí de un embiste hasta el fondo. Estaba empapada. El espejo nos devolvía la imagen obscena: yo, de veintidós, clavando a la mujer de mi padre por detrás, mis manos en sus caderas anchas, sus tetas rebotando con cada embestida. Empecé a follarla duro, en perrito, azotándole el culo hasta dejarlo rojo, tirándole del pelo para forzarla a archearse más.

—¡Ah, joder, sí! ¡Así, hijastro! ¡Cógeme como una puta! ¡Dime que soy tu puta!

—Eres la puta de tu hijastro —gruñí contra su oreja, sin parar de meterla entera—. La esposa de mi padre con la polla de su hijo hasta el útero. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te folle en su gimnasio?

—¡Me encanta! ¡Más fuerte! ¡Azótame!

Le di otra nalgada y otra. El sonido de piel contra piel llenaba la sala. Ella se corría casi de pie, el coño apretándome a oleadas, gritando mi nombre contra el cristal empañado. No me detuve. La saqué, la llevé hasta un banco plano, la tumblé de espaldas y le subí las piernas a mis hombros. Entré de nuevo, más profundo aún, en misionero brutal, mis caderas golpeando su culo, sus tetas temblando, los ojos vidriosos.

—Mírame —exigí—. Quiero ver tu cara cuando te llene.

—Lléname, Malik… déjame el coño goteando de tu leche… que cuando Errol vuelva todavía huela a ti…

Eso me destrozó. La follé sin piedad, el banco crujiendo, ella arañándome la espalda, gritando que se corría otra vez, que su hijastro la estaba haciendo corrida como nunca. El nudo me subió rápido. Me enterré hasta el fondo y me corrí dentro, chorros calientes llenándole el coño, tanto que al sacar la polla se me escapó un hilo blanco por el muslo interno. Ella se quedó temblando, piernas abiertas, el semen saliéndole a pulsos mientras respiraba entrecortada.

Me dejé caer encima un momento. Carmen me besó con una ternura que no esperaba: labios lentos, manos en mi cara, como si de pronto fuéramos otra cosa. Me susurró contra la boca:

—Esto será nuestro secreto. Lo repetiremos cada vez que tu padre se vaya. Cada noche que el gimnasio esté vacío. Solo tú y yo.

Asentí. La abracé. El sudor se nos enfriaba. El semen se le resbalaba entre las piernas sobre el banco de cuero. Y entonces, sin avisar, algo se torció dentro de mí.

La miré —mi madrastra, la mujer con la que Errol cenaba, la que me había dado consejos de vida, la que ahora tenía el coño hinchado y lleno de mi corrida— y el placer se me mezcló con un vacío frío. ¿Qué habíamos hecho realmente? No era solo el tabú excitante del momento. Era la traición completa. La imagen de mi padre regresando, besándola en la boca sin saber que yo había estado ahí antes. El secreto ya no sabía solo a sexo prohibido; sabía a podredumbre dulce.

Carmen se incorporó, me limpió la polla con su propia tanga y sonrió, cansada y satisfecha.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —mentí.

Pero no lo estaba. Mientras nos vestíamos en silencio, mientras ella me daba otro beso y salíamos por separadas hacia el parking vacío, una duda me roía el pecho: si esto se repetía —y yo sabía que se iba a repetir—, ¿cuánto quedaría de mí que no fuera solo el chico que se folla a la mujer de su padre en un gimnasio cerrado? El orgasmo aún me temblaba en las piernas, pero el arrepentimiento ya se estaba instalando, lento y pegajoso, como el sudor que no lograba secarme del todo.

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