Masaje que Despertó su Deseo
Laura obliga a su cornudo marido a ver cómo el masajista la folla duro y se corre dentro de ella.
El sol de la tarde bañaba la fachada del spa de lujo frente al mar cuando Carlos, de treinta y dos años, empujó la puerta de cristal con la mano sudorosa. Laura, su esposa de veintiocho, caminaba delante con ese balanceo deliberado de caderas que siempre lo dejaba sin aire. El vestido ligero se le pegaba a las curvas generosas: pechos pesados, cintura estrecha y ese culo redondo que hacía que los hombres giraran la cabeza. Ella ya había pedido el “masaje especial” por teléfono. Solo para ella. Con Diego.
En la suite privada con vistas al oleaje, el masajista los esperaba. Diego era un muro de músculo bronceado, hombros anchos, manos enormes y una mirada oscura que se posó en Laura como si ya la estuviera desnudando. Carlos se sentó en la silla al fondo de la habitación, exactamente donde le dijeron. El corazón le latía en la garganta.
—Desnúdate, cariño —ordenó Laura con una sonrisa pícara, sin mirar a su marido—. Quiero que Diego trabaje bien.
Carlos tragó saliva mientras ella se quitaba el vestido. Se quedó en tanga y sin sujetador; las tetas pesadas cayeron libres, pezones ya duros. Se tumbió boca abajo en la camilla. Diego vertió aceite caliente sobre su espalda. El líquido resbaló por la columna hasta el nacimiento del culo. Las manos fuertes del masajista empezaron a amasar, profundas, profesionales al principio… hasta que los pulgares se deslizaron por debajo de la tanga y apretaron las nalgas carnosas.
Laura gimió. Abierto. Sin vergüenza.
—Más abajo… así, joder…
Diego empujó sus muslos para separarlos. Los dedos aceitados rozaron el borde de su coño ya hinchado. Ella abrió más las piernas, invitación clara. Miró por encima del hombro hacia Carlos, que tenía un bulto evidente en el pantalón y la cara roja de humillación.
—Quiero más, Carlos —susurró ella, voz espesa—. Dile que sí. Quiero que me folle. Aquí. Contigo mirando.
Carlos asintió, la boca seca. El movimiento fue pequeño, derrotado y excitado a la vez. Diego sonrió, lento, depredador. Se bajó el pantalón del uniforme. Su polla saltó gruesa, pesada, venosa, ya goteando. Laura se incorporó de inmediato, se arrodilló en la camilla y se la metió entera a la boca de un solo golpe. Chupaba con ansia, saliva y aceite mezclándose, mirando fijamente a su marido mientras la garganta se le abultaba. Diego le agarró el pelo y embistió despacio, follándole la boca.
—Míralo, puta —gruñó—. Mírale la cara mientras te atragantas con mi polla.
Laura se separó jadeando, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza morada.
—Es mucho más gorda que la tuya, Carlos… joder, me va a partir.
Diego la volteó a cuatro patas. Le bajó la tanga hasta los muslos y le abrió las nalgas. Empujó de un tajo. El coño de Laura lo tragó con un sonido húmedo y obsceno. Ella gritó. Diego no esperó: la embistió duro, caderas golpeando su culo con cada embestida profunda. La camilla crujía. Laura miraba a Carlos entre gemidos rotos.
—¿Lo ves? Así se folla… profundo… me llena completo… tu pollita nunca llega ahí…
Diego la agarró del cuello por detrás, sin cortarle el aire del todo, solo dominándola, y la puso de espaldas. Piernas abiertas en misionero, le metió la polla otra vez hasta el fondo. Cada embestida sacudía las tetas de Laura. Ella se aferraba a sus brazos musculosos y gritaba sin control.
—Dile… dile lo bien que me folla otro hombre… ¡ah, joder, sí!
—Me folla mejor que tú, Carlos —aulló ella, ojos vidriosos fijos en su marido—. Me parte el coño… me va a llenar… quiero su leche dentro…
Diego gruñó, embistió tres veces más brutales y se corrió. Se clavó hasta el fondo y bombeó chorros calientes dentro de ella. Laura se corrió a la vez, el coño contrayéndose alrededor de la polla que la inundaba, un grito largo y animal. Cuando Diego se retiró, un hilo espeso de semen blanco le brotó del coño abierto y le resbaló por el culo hasta la camilla.
Diego se limpió con una toalla, satisfecho, y se apartó sin prisa. Laura seguía jadeando, piernas temblando, el semen chorreándole sin parar. Señaló a Carlos con un dedo tembloroso.
—Ven. Ahora. Límpiame con la lengua. Traga todo lo que me ha dejado.
Carlos se acercó como hipnotizado. Se arrodilló entre las piernas abiertas de su esposa. El olor a sexo y a otro hombre lo golpeó. Sacó la lengua y lamió. El sabor salado y amargo le llenó la boca mientras recogía el semen que seguía saliendo del coño hinchado y rojo. Laura le agarró el pelo y lo empujó más contra ella.
—Qué patético te ves… y qué excitante. Mi cornudo limpia la leche del hombre que me ha follado mejor. Traga, puto. Traga todo.
Carlos lamió y tragó, la polla tan dura dentro del pantalón que dolía. Sin tocarse, sin siquiera frotarse contra nada, el orgasmo lo atravesó de golpe: se corrió en los calzoncillos con un gemido ahogado, las caderas sacudiéndose solas mientras la lengua seguía dentro del coño de su mujer. Laura se rió, baja y cruel, acariciándole la cabeza.
—Así se sella, mi amor. A partir de ahora esto es lo que somos.
La puerta de la suite se abrió de golpe. La recepcionista entró con una bandeja de toallas frescas y se detuvo en seco, los ojos abiertos de par en par ante la escena: Laura con las piernas abiertas, semen aún visible, Carlos arrodillado con la cara brillante y la mancha oscura extendiéndose por el pantalón.
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