Máscara Caída con la Vecina Casada
La escritora divorciada de 32 años se folla a su vecina casada Laura de 29 en su cama matrimonial.
En el ascensor de nuestro edificio de apartamentos en Malasaña, Madrid, el aire siempre parecía más denso cuando coincidíamos. Yo, Miriam, tenía treinta y dos años y llevaba una vida de escritora freelance que, desde mi divorcio de Trent, se había convertido en una sucesión de plazos, cafés solitarios y deseos que ya no podía ignorar. Laura, mi vecina de veintinueve años, era ama de casa y estaba casada con Callum, un ejecutivo que pasaba más tiempo en aeropuertos que entre sus sábanas. Su cuerpo de curvas generosas, cintura estrecha y ese culo redondo que se marcaba bajo los pantalones de yoga me había tenido húmeda durante meses. Cada vez que nos cruzábamos en el rellano, mis ojos se demoraban en la forma en que sus tetas se movían bajo la blusa, y ella siempre respondía con una sonrisa que prometía más de lo que decía.
Aquella tarde de octubre, Laura entró en el ascensor llevando una máscara veneciana dorada con plumas negras. La sujetaba con descuido, como si fuera un capricho de última hora. Cuando el ascensor arrancó con una sacudida, la máscara se deslizó de su rostro y cayó al suelo con un sonido seco. Ella se agachó riendo, recogiendo el objeto, y al incorporarse nuestras miradas se engancharon. Sus mejillas estaban sonrosadas, sus labios entreabiertos.
—Joder, Miriam… qué ridícula —dijo entre risas nerviosas, pero su voz tenía un temblor distinto—. La compré porque… porque ya no aguanto más. Callum me ignora sexualmente. Lleva casi ocho meses sin tocarme. Ni un beso decente, ni una mano en el culo. Y yo… he empezado a tocarme pensando en mujeres. En ti, concretamente. En cómo sería que me besaras, que me tocaras. ¿Te parece una locura?
El ascensor se detuvo en nuestro piso, pero ninguna de las dos se movió. Sentí un latigazo de calor entre las piernas. Mi coño se contrajo solo con oírla. Llevaba meses escribiendo escenas lésbicas en mis novelas imaginando su cara entre mis muslos, y ahora ella me lo confesaba con esa voz ronca y esos ojos verdes cargados de deseo.
—No es locura, Laura —respondí, dando un paso hacia ella hasta que su perfume a vainilla y mujer me envolvió—. Llevo meses mojándome cada vez que te veo. Te deseo tanto que me duele. Esa química… la sentimos las dos, ¿verdad?
Ella asintió lentamente, mordiéndose el labio. La máscara quedó olvidada en su mano. Cuando salimos al rellano, me tomó del antebrazo con dedos temblorosos.
—El piso está vacío. Callum no vuelve hasta el viernes. ¿Quieres subir a tomar un café? Solo… hablar.
Acepté sin pensarlo dos veces.
En su cocina amplia y luminosa, el café quedó olvidado sobre la isla. Nos sentamos en los taburetes altos, muy cerca. Entre sorbos que casi no probábamos, las confidencias salieron como un dique que se rompe. Le conté lo frustrante que había sido mi matrimonio con Trent, cómo descubrí que me corrían más las mujeres que los hombres, cómo escribía escenas explícitas pensando en lamer un coño que no fuera el mío. Laura se abrió también: me confesó que Callum solo la follaba de forma mecánica cuando estaba en casa, que ella había empezado a ver porno lésbico a escondidas y que mi nombre se le escapaba entre gemidos cuando se corría con los dedos.
El coqueteo se volvió descarado. Su rodilla rozó la mía. Yo le aparté un mechón de pelo de la cara y dejé que mis dedos bajaran por su cuello.
—Tienes una boca hecha para comer coños, Miriam —susurró de repente, y el descaro me excitó tanto que sentí cómo se me empapaban las bragas.
—Y tú tienes unas tetas que llevo meses queriendo chupar —respondí, acercándome hasta que nuestros alientos se mezclaron.
Laura fue la que dio el último paso. Se inclinó y me besó. Fue un beso hambriento, consentido, profundo. Nuestras lenguas se enredaron con urgencia, saboreándonos. Gemí contra su boca mientras mis manos tomaban la iniciativa. Desabotoné su blusa blanca con dedos ansiosos y se la quité, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos llenos. Se los acaricié por encima de la tela, pellizcando sus pezones ya duros. Laura jadeó, arqueándose hacia mí.
—Quítamela —suplicó entre besos—. Tócame de verdad.
Le desabroché el sujetador y sus tetas saltaron libres, pesadas y perfectas, con pezones rosados y erectos. Bajé la cabeza y me metí uno en la boca, chupando fuerte mientras mi mano apretaba la otra. Sus gemidos llenaron la cocina. Sus manos ansiosas me quitaron la camiseta y el sujetador, y pronto mis tetas también quedaron expuestas. Me las acarició con avidez, tirando de mis pezones, enviando descargas directas a mi clítoris.
—Quiero probarlo todo, Miriam —jadeó contra mi cuello—. Quiero que me folles. Quiero saber lo que se siente con una mujer.
La empujé suavemente hacia el pasillo, sin dejar de besarnos. La ropa cayó por el camino: sus pantalones, mis jeans, sus braguitas empapadas, las mías. Entramos en el dormitorio matrimonial. La enorme cama donde dormía con Callum estaba perfectamente hecha, con sábanas blancas que contrastaban con nuestros cuerpos ardientes. La tumbé con dominación suave, abriéndole las piernas. Su coño estaba completamente depilado, hinchado, brillando de excitación. Los labios mayores gruesos y rosados, el clítoris asomando como una perla.
—Voy a comerte este coño hasta que grites —le dije, mirándola a los ojos.
Bajé la boca y pasé la lengua despacio desde su ano hasta el clítoris, saboreando su jugo espeso y dulce. Laura soltó un gemido largo y agarró mi pelo con fuerza. Lamí con dedicación, rodeando su clítoris, succionándolo, metiendo la lengua dentro de su agujero apretado. Introduje dos dedos y empecé a follarla con ellos mientras chupaba con ritmo constante. Sus caderas se movían solas, follándome la cara.
—¡Dios, Miriam! ¡Qué bien me comes el coño! —gritaba—. Más fuerte… chúpame el clítoris, por favor…
Su sabor me volvía loca. Su coño palpitaba contra mi lengua. Cuando sentí que estaba cerca, me aparté y ella protestó con un gemido frustrado. Entonces Laura tomó el control de forma inesperada: se incorporó, me empujó de espaldas y se montó a horcajadas sobre mi cara. Su coño mojado y caliente presionó contra mi boca.
—Quiero correrme así —dijo con voz rota por el deseo—. Quiero frotarme en tu cara.
Empezó a mover las caderas, restregando su coño empapado contra mi lengua y nariz. La agarré por las nalgas firmes y la ayudé a cabalgarme, metiendo la lengua todo lo que podía dentro de ella. Sus tetas rebotaban encima de mí mientras gemía cada vez más alto. El olor de su excitación me llenaba la nariz, sus jugos me corrían por la barbilla.
De repente se giró, colocándose en posición sesenta y nueve. Su coño quedó justo encima de mi boca y el suyo bajó hasta el mío. Sentí su lengua torpe pero ansiosa lamiéndome el clítoris y casi me corrí al instante. Metí tres dedos en su coño empapado mientras chupaba su clítoris con fuerza. Ella hizo lo mismo, metiéndome dos dedos y curvándolos, follándome con ellos mientras succionaba mi botón hinchado.
—Más fuerte, Miriam… ¡Méteme los dedos más adentro! —suplicaba contra mi coño—. ¡Hazme correr más fuerte, por favor! Quiero correrme en tu boca… ¡No pares!
Nuestros cuerpos sudados se movían al unísono. El sonido obsceno de dedos entrando y saliendo de coños mojados, los gemidos ahogados, los lametones desesperados… Todo se juntó hasta que el orgasmo nos atravesó casi al mismo tiempo. Mi cuerpo se tensó violentamente, corriéndome con chorros que ella bebió con avidez mientras yo gritaba contra su coño. Laura tembló encima de mí, su coño contrayéndose alrededor de mis dedos, gritando mi nombre entre sollozos de placer.
—¡Me corro, Miriam! ¡Joder, me corro tan fuerte!
Cuando las olas bajaron, nos quedamos abrazadas en la cama matrimonial, sudorosas, pegajosas, respirando agitadas. Nuestras piernas entrelazadas, mis dedos acariciando perezosamente uno de sus pezones. Nos besamos con ternura, saboreando el gusto de nuestros coños en la boca de la otra. Laura me miró con los ojos brillantes y una sonrisa satisfecha pero hambrienta todavía.
—Esto es solo el principio, Miriam —susurró contra mis labios, pasando la mano por mi cadera—. Quiero más. Quiero que me folles todos los días que Callum esté fuera. Quiero que me enseñes cosas que ni siquiera he imaginado. La próxima vez…
Laura se incorporó sobre un codo, sus tetas pesadas balanceándose con el movimiento, y terminó la frase con la voz todavía ronca de placer: —La próxima vez quiero que me folles el culo también. No solo con la lengua… quiero sentirte dentro, Miriam. Quiero que me abras y me uses como Callum nunca se ha atrevido.
El pulso se me aceleró tanto que creí que el corazón me iba a reventar las costillas. A mis treinta y dos años, después de un divorcio que me dejó más hueca que satisfecha, nunca imaginé que escucharía a mi vecina casada de veintinueve pedirme que le sodomizara el culo en la misma cama donde dormía con su marido. Mi coño, aún palpitante por el orgasmo anterior, se contrajo con fuerza y soltó un nuevo chorrito de jugos que me empapó los muslos.
—Joder, Laura… —susurré, pasando la yema de los dedos por su labio inferior hinchado de tanto morderlo—. ¿Estás segura? Porque si me dices eso, no voy a ser suave. Llevo meses fantaseando con meterte los dedos en ese culito prieto mientras te como el coño.
Ella asintió con los ojos vidriosos de deseo. Se giró sobre la cama matrimonial, colocándose a cuatro patas. Las sábanas blancas se arrugaron bajo sus rodillas. Su culo redondo y firme se alzó hacia mí, separando las nalgas por sí solo. El ano era un botón rosado, pequeño, fruncido, y debajo colgaba su coño hinchado, aún goteando nuestra mezcla de saliva y corridas. El olor era denso, dulce y salado, puro sexo de mujer excitada.
Me arrodillé detrás de ella y le di un beso suave en cada nalga antes de separarlas con las manos. Mi aliento caliente le erizó la piel. Empecé lamiendo despacio, desde el clítoris hinchado hasta el ano, recorriendo toda la raja con la lengua plana. Laura soltó un gemido largo y gutural, empujando hacia atrás.
—Así… lame mi culo, Miriam. Lámeme como la zorra que soy cuando Callum no está.
La palabra “zorra” salida de su boca de ama de casa perfecta me encendió todavía más. Metí la lengua dentro de su ano, empujando, follándola con ella en círculos cortos y húmedos. Al mismo tiempo introduje dos dedos en su coño, curvándolos hacia el punto G. Estaba tan mojada que mis nudillos chapoteaban obscenamente. Laura empezó a mover las caderas en círculos, follándose mi cara y mis dedos al mismo tiempo.
—Más adentro… méteme la lengua más adentro del culo, por favor —suplicaba entre jadeos entrecortados.
Obedecí. Saqué los dedos de su coño, los reemplacé por tres de golpe y empecé a bombear con fuerza mientras mi boca se dedicaba exclusivamente a su ano. Lo chupaba, lo penetraba, lo ablandaba. Sentía cómo el músculo se relajaba poco a poco bajo mi lengua. Mi propia excitación me chorreaba por los muslos; tenía el clítoris tan hinchado que me dolía.
De repente Laura se apartó, respirando como si hubiera corrido un maratón, y abrió el cajón de la mesilla de noche de Callum. Sacó un frasco de lubricante y un consolador grueso de silicona negra, de unos dieciocho centímetros, con venas marcadas. Era claramente un juguete que él había comprado para ella y que, por la capa de polvo en la base, nunca habían usado.
—Quiero que me folles con esto mientras me metes los dedos en el culo —dijo, entregándomelo con mano temblorosa pero decidida—. Enséñame, Miriam. Quiero sentirme llena por todos lados. Quiero correrme tan fuerte que manche las sábanas que él usa.
Mi mente de escritora registró cada detalle: el contraste de su piel sudorosa contra las sábanas inmaculadas, el olor a vainilla de su perfume mezclado con el almizcle de nuestros coños, el sonido húmedo de sus labios vaginales al separarse cuando volvió a ponerse a cuatro patas. Acepté el consolador, lo unté generosamente con lubricante y también me eché en los dedos.
Primero le metí dos dedos en el ano, despacio, girándolos para abrirla. Laura soltó un gemido agudo y enterró la cara en la almohada de Callum. Su culo era estrecho, caliente, palpitante. Lo trabajé con paciencia, añadiendo un tercer dedo mientras frotaba su clítoris con la otra mano. Cuando estuvo lo suficientemente abierta, apoyé la punta del consolador en su coño y empujé.
—Dios… sí… métemela toda —gruñó ella, empujando hacia atrás.
El consolador entró hasta el fondo con un sonido obsceno. Empecé a follarla con él a ritmo constante, sacándolo casi entero y clavándoselo otra vez mientras mis dedos seguían enterrados en su culo. Laura se volvió loca. Sus tetas colgaban y se balanceaban con cada embestida, los pezones rozando las sábanas. El sudor le corría por la espalda. Yo tenía la vista clavada en cómo su coño tragaba el juguete grueso y cómo su ano apretaba mis dedos.
—Eres una puta casada deliciosa, Laura —le dije, dándole un cachete fuerte en la nalga derecha que dejó una marca roja—. Tu marido te deja sola y yo te estoy reventando los dos agujeros en su propia cama. ¿Te gusta?
—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Soy tu puta, Miriam! ¡Fóllame más fuerte, joder!
Aumenté el ritmo. El consolador entraba y salía a toda velocidad, salpicando jugos que manchaban las sábanas. Mis dedos en su culo los sentía a través de la fina pared que separaba ambos orificios. Laura empezó a temblar. Sus gemidos se convirtieron en gritos ahogados contra la almohada. Le tiré del pelo con la mano libre, obligándola a levantar la cabeza.
—Quiero oírte gritar mi nombre cuando te corras —ordené.
—¡Miriam! ¡Me corro! ¡Me corro en tu consolador y en tus dedos! ¡Joder, me estás rompiendo!
Su orgasmo fue brutal. El ano se contrajo alrededor de mis dedos como un puño, el coño expulsó un chorro caliente que empapó mi muñeca y el juguete. Laura se sacudió violentamente, gritando mi nombre una y otra vez mientras las olas la atravesaban. No me detuve. Seguí follándola a través del orgasmo, alargándolo, obligándola a cabalgar cada contracción.
Cuando por fin se derrumbó de lado, jadeando, saqué lentamente los dedos y el consolador. Su ano quedó ligeramente abierto, palpitando, y su coño estaba rojo, hinchado, chorreando. Me tumbé a su lado y la besé con violencia, metiéndole la lengua para que probara el sabor de su propio culo y coño mezclados. Ella me correspondió con la misma hambre, chupándome los labios.
Pero no había terminado. Mi propio coño ardía. La empujé de espaldas y me senté sobre su cara, frotando mi clítoris hinchado contra su boca.
—Ahora tú me comes a mí mientras recupero el aliento —le ordené.
Laura sacó la lengua y empezó a lamerme con devoción. Sus manos me agarraron las nalgas y me separaron para poder llegar a mi ano también. Cuando sentí su lengua allí, un escalofrío me recorrió toda la columna. Me moví adelante y atrás, usando su cara como quería. Mis tetas rebotaban mientras le follaba la boca y la nariz. Ella gemía debajo de mí, bebiendo todo lo que le daba.
—Chúpame el clítoris… méteme dos dedos en el coño… así, buena chica —jadeaba yo.
Ella obedeció al instante. Dos dedos gruesos entraron en mí y empezaron a follarme con fuerza mientras su boca succionaba mi clítoris sin piedad. El placer subió tan rápido que apenas tuve tiempo de avisar.
—Me corro… Laura, me corro en tu cara, joder…
El orgasmo me golpeó como un tren. Me corrí con chorros fuertes que le llenaron la boca y le corrieron por las mejillas. Ella tragó lo que pudo, lamiendo el resto con avidez. Mis muslos temblaban alrededor de su cabeza. Cuando bajé, me dejé caer a su lado, las dos sudorosas, pegajosas, oliendo a sexo puro.
Nos besamos despacio, saboreándonos, acariciándonos los pechos con pereza. Mis dedos jugaban con uno de sus pezones todavía erectos. Laura me miró con esos ojos verdes llenos de fuego que no se había apagado.
—Quiero que vengas todos los días que Callum esté de viaje —susurró, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Mañana te quiero con un arnés. Quiero que me folles como un hombre pero con tu cuerpo de mujer. Y después… quiero que me enseñes a comerte el culo mientras tú me metes el puño.
Sentí un nuevo latigazo de deseo entre las piernas solo de imaginarlo. La abracé más fuerte, rozando mi coño todavía sensible contra su muslo. La cama matrimonial estaba hecha un desastre: sábanas manchadas, olor a coños corridos, el consolador tirado a un lado brillando con sus jugos.
—Vendré —le prometí, metiendo dos dedos perezosamente en su coño aún palpitante—. Y cada vez te voy a follar más sucio, Laura. Hasta que no puedas caminar sin recordar mi lengua en tu culo y mi mano dentro de ti.
Ella sonrió con esa sonrisa de vecina corrupta y apretó sus paredes alrededor de mis dedos, empezando a moverse otra vez. Sabía que esta tarde aún no había terminado. Y que los próximos días, mientras su marido cruzaba océanos, yo iba a convertir su cama matrimonial en nuestro propio puticlub privado. El deseo seguía ardiendo, más caliente que nunca, y ninguna de las dos quería que se apagara todavía.
La sonrisa de Laura, esa mezcla de vecina recatada y zorra recién despertada, me hizo palpitar el coño con tanta fuerza que creí que me correría solo con mirarla. Tenía veintinueve años, ama de casa de un marido ausente, y en ese momento parecía una diosa corrupta tumbada entre las sábanas revueltas de su cama matrimonial. Mis dos dedos seguían dentro de ella, moviéndose perezosamente, sintiendo cómo sus paredes calientes y sedosas se contraían alrededor de ellos con cada pequeño movimiento de sus caderas.
—No puedo esperar a mañana —susurré, sacando los dedos lentamente y llevándomelos a la boca para saborearla. El gusto salado y dulce de su coño y su culo mezclado me volvió loca—. Voy a por mi arnés ahora mismo. Quédate exactamente así, abierta y mojada, esperándome.
Salí desnuda de su piso, crucé el rellano con el corazón latiéndome en la garganta y entré en el mío. En menos de dos minutos tenía el arnés negro en la mano, el que usaba en mis noches solitarias de escritora divorciada, con una polla de silicona de veinte centímetros, gruesa, venosa y ligeramente curvada. Me la coloqué en la cintura, ajustando las correas contra mis caderas de treinta y dos años, sintiendo el peso del juguete tirando de mi clítoris hinchado. El espejo del pasillo me devolvió la imagen de una mujer con las tetas pesadas, los pezones duros como piedras y esa polla obscenamente erecta entre las piernas. Mi coño chorreaba por los muslos solo de imaginar lo que iba a hacerle.
Volví a su casa dejando la puerta entreabierta. Laura seguía a cuatro patas sobre la cama, tal como la había dejado, con el culo elevado y las rodillas separadas. Sus nalgas redondas mostraban las marcas rojizas de mis cachetes anteriores. El consolador negro seguía tirado a un lado, brillando con sus jugos secos. Cuando me vio entrar con el arnés puesto, soltó un gemido largo y gutural, arqueando la espalda todavía más.
—Joder, Miriam… mírate. Pareces hecha para follarme —jadeó, moviendo el culo en círculos lentos, ofreciéndomelo todo.
Me subí a la cama matrimonial con las rodillas hundidas en el colchón y agarré sus caderas con fuerza. La punta gruesa de mi polla de silicona rozó su coño empapado, separando los labios hinchados. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su calor apretado me tragaba la verga falsa. Laura soltó un grito ahogado contra la almohada de Callum y empujó hacia atrás, empalándose ella misma hasta que mis caderas chocaron contra su culo.
—Así… métemela toda, por favor —suplicó con voz rota—. Quiero sentir cómo me llenas como nunca me ha llenado él.
Empecé a follarla con ritmo profundo y constante. Cada embestida hacía que sus tetas pesadas se balancearan debajo de ella, rozando las sábanas manchadas. El sonido húmedo y obsceno de mi polla entrando y saliendo de su coño inundaba el dormitorio. Agarré su melena castaña con una mano y tiré de ella, obligándola a levantar la cabeza mientras aceleraba el ritmo. Mi clítoris se frotaba contra la base del arnés con cada golpe, enviándome descargas de placer directo al vientre.
—Eres mi puta casada, Laura —gruñí, dándole otro cachete fuerte que resonó en la habitación—. En esta misma cama donde duermes con tu marido, te estoy reventando el coño con mi polla de lesbiana. ¿Te gusta que te use así?
—¡Sí! ¡Me encanta! —gritó ella, empujando hacia atrás con desesperación—. ¡Soy tu puta, Miriam! ¡Fóllame más fuerte! ¡Quiero que me rompas!
El sudor nos cubría la piel. Mis tetas rebotaban con cada embestida y sentía cómo mis propios jugos me corrían por los muslos hasta las rodillas. Cambié de posición: la empujé de lado, levanté una de sus piernas y la penetré de nuevo, más profundo, mirándola a los ojos verdes mientras la follaba. Sus uñas se clavaron en mi brazo. Se tocaba el clítoris con dos dedos, frotándolo en círculos rápidos, y sus gemidos se volvieron cada vez más agudos.
Me incliné sobre ella, mordiéndole el cuello, chupándole las tetas, tirando de sus pezones con los dientes mientras mi polla no dejaba de bombearla. El arnés golpeaba contra su coño con un ritmo brutal. Laura se corrió de repente, contrayéndose alrededor de la silicona, expulsando un chorro caliente que me empapó el vientre y las correas. Gritó mi nombre tan fuerte que temí que alguien en el edificio la oyera, pero eso solo me excitó más.
No le di tregua. Saqué la polla de su coño palpitante y la coloqué contra su ano, todavía abierto y reluciente de lubricante y saliva anterior. Laura me miró con los ojos vidriosos de placer y asintió con la cabeza, mordiéndose el labio inferior hinchado.
—Hazlo —susurró—. Quiero que me folles el culo con tu arnés. Ábreme, Miriam. Quiero sentirme tuya por completo.
Unté más lubricante en la polla y en su ano fruncido. Presioné la punta gruesa contra el músculo y empujé con lentitud controlada. Laura soltó un gemido largo y profundo cuando la cabeza pasó el anillo de músculo. Sentí cómo su culo caliente y estrecho me apretaba la verga centímetro a centímetro. Era una presión deliciosa, casi dolorosa. Cuando estuve completamente enterrada en su interior, me quedé quieta, dejando que se acostumbrara, acariciándole el clítoris con los dedos para que el placer superara cualquier molestia.
—Respira, mi zorra —le dije con ternura sucia, besándole la espalda sudorosa—. Relaja ese culito prieto para mí. Quiero follarte como se merece una mujer que lleva ocho meses sin que la toquen como Dios manda.
Empecé a moverme. Al principio con embestidas cortas y cuidadosas, luego más largas y profundas. Laura se volvió completamente loca. Sus gemidos se convirtieron en sollozos de placer mientras yo le follaba el culo con mi polla de silicona en la cama que compartía con Callum. Metí tres dedos en su coño vacío y los curvé, follándola por los dos lados al mismo tiempo. Podía sentir la polla a través de la fina pared que separaba ambos agujeros. El placer era tan intenso que mi propio clítoris latía contra el arnés como si fuera a explotar.
—Más adentro… ¡rompe mi culo, Miriam! —gritaba ella, moviendo las caderas hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. ¡Nadie me ha follado nunca así! ¡Quiero que me uses todos los días!
La giré hasta ponerla boca arriba, con las piernas abiertas y apoyadas en mis hombros. Así podía mirarla a la cara mientras le sodomizaba el culo con fuerza. Sus tetas rebotaban violentamente. Le metí los dedos de una mano en la boca para que los chupara mientras con la otra le pellizcaba el clítoris hinchado. Mi polla entraba y salía de su ano con un ritmo implacable, haciendo que las sábanas se arrugaran bajo nosotros. El olor a sexo, lubricante, sudor y coños corridos era tan denso que casi se podía masticar.
Sentí que mi propio orgasmo subía como una ola gigante. El roce constante del arnés contra mi clítoris, combinado con la visión de Laura completamente entregada, me llevó al límite. Me corrí con un grito ahogado, temblando encima de ella, empapando las correas con mis chorros. Laura me siguió casi al instante. Su ano se contrajo con tanta fuerza alrededor de mi polla que casi no podía moverla. Gritó mi nombre entre sollozos, corriéndose tan violentamente que su coño expulsó un chorro que salpicó mi vientre y llegó hasta mis tetas.
Nos quedamos unidas unos segundos, yo todavía enterrada en su culo, sintiendo las últimas contracciones de su cuerpo. Cuando por fin salí, su ano quedó ligeramente abierto, palpitando, rojo e hinchado, chorreando lubricante y sus propios jugos. Me derrumbé a su lado, quitándome el arnés con manos temblorosas. Laura se giró hacia mí, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y una mirada que aún ardía de hambre.
—Esto… esto ha sido solo el calentamiento —murmuró contra mi boca, metiéndome la lengua con deseo renovado mientras sus dedos bajaban hasta mi coño sensible y empezaban a acariciarme el clítoris hinchado—. Mañana quiero que me metas el puño entero mientras me follas la boca con esa polla. Quiero que me enseñes a ser tu esclava sexual total, Miriam. Quiero que vengas con más juguetes… y que me hagas cosas que ni siquiera me atrevo a decir en voz alta todavía.
Sentí cómo mi coño se contraía de nuevo solo con oírla. La abracé con fuerza, rozando mis tetas contra las suyas, sabiendo que esta tarde aún podía dar más, pero decidiendo conscientemente dejar que la anticipación creciera. Le metí dos dedos en el coño aún palpitante y empecé a follarla lentamente otra vez, susurrándole al oído todo lo que pensaba hacerle los próximos días mientras Callum estaba lejos. Su respiración se aceleró de inmediato. Sabía que el fuego entre nosotras no se apagaría fácilmente. Cada vez que la follaba, quería más. Más sucio. Más profundo. Más peligroso. Y Laura, con su cuerpo de veintinueve años temblando contra el mío en esa cama matrimonial manchada, me lo estaba pidiendo con cada gemido, con cada contracción de sus paredes alrededor de mis dedos.
Nos besamos con violencia renovada, mordiéndonos los labios, tirándonos del pelo, mientras mis dedos seguían moviéndose dentro de ella y los suyos encontraban mi clítoris otra vez. El sol de la tarde entraba por la ventana de Malasaña, iluminando nuestros cuerpos sudorosos y la evidencia de lo que habíamos hecho. Ninguna de las dos quería parar. La escalada apenas acababa de empezar, y la promesa de lo que vendría mañana —el puño, los juguetes nuevos, la depravación total— flotaba en el aire como un perfume espeso que nos tenía completamente enganchadas.
La forma en que Laura apretaba mi clítoris entre sus dedos me arrancó un gemido ronco que se mezcló con el sonido húmedo de mis dos dedos entrando y saliendo de su coño. Tenía treinta y dos años y, desde mi divorcio de Trent, nunca había sentido un hambre tan visceral como la que me provocaba esta vecina casada de veintinueve, con su cuerpo curvilíneo sudado y abierto sobre las sábanas que compartía con Callum. Su coño tragaba mis falanges con facilidad, caliente, sedoso, chorreando sin parar.
—Miriam… no esperes a mañana —jadeó contra mi boca, mordiéndome el labio inferior con fuerza suficiente para que sintiera el latigazo de dolor mezclarse con el placer—. Méteme el puño ahora. Quiero sentirme completamente tuya, como la zorra infiel que soy.
Sus palabras me encendieron como gasolina. Mi coño se contrajo con tanta fuerza que solté un chorrito sobre su muslo. La miré a los ojos verdes, esos mismos que antes solo me saludaban en el ascensor, y vi en ellos una rendición total. Como escritora, había inventado decenas de escenas así, pero nada se comparaba a la realidad de tener a Laura, la perfecta ama de casa, suplicándome que la abriera en la cama matrimonial.
Me incorporé sobre las rodillas, saqué los dedos de su interior y los lamí despacio, saboreando el gusto espeso de su corrida anterior mezclada con el almizcle de su ano. El lubricante estaba aún sobre la mesilla. Lo cogí y vertí una generosa cantidad sobre mi mano derecha, extendiéndolo entre mis dedos y hasta la muñeca. Laura se colocó boca arriba, abrió las piernas obscenamente y levantó las caderas, ofreciéndome su coño hinchado, los labios mayores rojos y brillantes, el clítoris palpitante como un botón hinchado.
—Despacio al principio —le susurré, aunque mi voz temblaba de pura excitación—. Quiero que sientas cada centímetro de cómo te rompo.
Empecé con cuatro dedos, girándolos dentro de ella. Su coño los aceptó con un sonido obsceno, chapoteante. Laura arqueó la espalda, clavando las uñas en las sábanas blancas que ahora estaban manchadas de sudor, jugos y lubricante. Sus tetas pesadas se movían con cada respiración agitada. Metí el pulgar y empecé a empujar, girando la mano con cuidado mientras frotaba su clítoris con la izquierda.
—Joder… Miriam… se siente tan grande… —gimió, pero sus caderas empujaban hacia mí, pidiendo más.
Sentí cómo su coño se abría alrededor de mis nudillos. El calor era intenso, casi abrasador. Empujé un poco más y, de repente, mi mano entera desapareció dentro de ella hasta la muñeca. Laura soltó un grito largo, gutural, que resonó en el dormitorio. Su coño se cerró alrededor de mi puño como un puño de terciopelo caliente. Podía sentir sus paredes contrayéndose, palpitar alrededor de mis dedos cerrados.
—Dios mío… lo tienes dentro —susurré, fascinada. Mi propio coño chorreaba sin control, goteando sobre la cama. Empecé a mover la mano con movimientos lentos, profundos, girándola ligeramente para que sintiera la presión en todas direcciones. Laura se retorcía, sus talones clavados en el colchón, las tetas rebotando violentamente.
—¡Más fuerte! ¡Fístame como la puta que soy! —gritaba, y cada palabra salía rota por el placer—. Callum nunca me ha follado así… nadie me ha llenado tanto… ¡Miriam, por favor!
Aumenté el ritmo, follándola con el puño entero mientras me inclinaba y le chupaba el clítoris hinchado con fuerza. Mi lengua lo azotaba, lo succionaba, lo lamía en círculos rápidos. El sabor de su excitación me inundaba la boca. Podía sentir con la mano cómo su punto G se hinchaba contra mis nudillos. Laura empezó a temblar sin control. Sus muslos se cerraban alrededor de mi cabeza, pero yo no me detenía. Metí dos dedos de la otra mano en su ano, que aún estaba sensible y abierto de la follada anterior con el arnés.
La doble penetración la volvió loca. Su cuerpo se tensó como una cuerda. Sentí que su coño empezaba a contraerse con fuerza alrededor de mi puño, casi expulsándolo.
—¡Me corro! ¡Me corro con tu puño entero, joder! —aulló.
El orgasmo la atravesó como un relámpago. Un chorro caliente salió disparado alrededor de mi muñeca, empapándome el antebrazo, salpicando mi pecho y mis tetas. Laura se sacudía violentamente, gritando mi nombre una y otra vez, las lágrimas de placer corriendo por sus mejillas. No saqué la mano. La mantuve dentro, moviéndola con suavidad para prolongar cada contracción, cada ola que la recorría. Su ano apretaba mis dedos como si quisiera romperlos.
Cuando el clímax empezó a bajar, saqué el puño lentamente, con un sonido húmedo y obsceno que me hizo palpitar el clítoris. Su coño quedó abierto, un agujero rojo, hinchado, palpitante, por el que salían hilos espesos de sus jugos. Me incliné y lamí todo, bebiendo de ella como una desesperada. Laura me agarró del pelo y me apretó contra su coño, frotándose contra mi cara mientras recuperaba el aliento.
—Ahora tú… quiero probarlo contigo —murmuró con voz rota, los ojos vidriosos.
Me tumbé boca arriba a su lado, abriendo las piernas. A mis treinta y dos años, después de años escribiendo fantasías lésbicas, nunca había dejado que nadie me diera el puño. Pero con Laura todo era distinto. Quería ser suya tanto como ella era mía. Vertió lubricante sobre su mano pequeña pero decidida y se colocó entre mis muslos. Primero me comió el coño con hambre, metiendo la lengua lo más profundo que podía, chupando mis labios y mi clítoris hasta que yo gemía sin vergüenza.
Luego introdujo cuatro dedos. Yo estaba tan mojada que entraron sin resistencia. Sentí la presión cuando añadió el pulgar. Su mano era más pequeña que la mía, pero aun así la sensación de ser abierta de esa manera era abrumadora. Empujó y, tras un momento de ardor intenso, su puño se deslizó dentro de mí. Grité. El placer era tan profundo que me nubló la vista.
—Así… fóllame con tu puño, Laura —supliqué, moviendo las caderas contra ella—. Úsame como yo te uso.
Empezó a bombearme con ritmo, girando la mano dentro de mi coño mientras me chupaba el clítoris sin piedad. Mis tetas rebotaban con cada movimiento. El sudor nos cubría a las dos. Podía oír el chapoteo constante, el olor denso de nuestros sexos llenando la habitación. Me corrí con tanta fuerza que expulsé un chorro que le empapó los pechos y la barbilla. Laura lo lamió todo, sin dejar de mover el puño dentro de mí, alargando el orgasmo hasta que creí que me desmayaría.
Nos besamos después, con mi coño aún contrayéndose alrededor de sus dedos que ahora solo eran dos, perezosos. Nuestros cuerpos pegajosos se frotaban. Le di la vuelta y me coloqué en sesenta y nueve otra vez, pero esta vez con más calma, lamiendo su ano abierto mientras ella me besaba los labios vaginales hinchados.
—Quiero que mañana traigas el arnés más grande… y el plug que tengo guardado —susurró contra mi coño, metiendo la lengua en mi interior—. Quiero que me dejes el culo tan abierto que no pueda sentarme sin pensar en ti. Y después… quiero que me follemos al mismo tiempo con los arneses, mirándonos a los ojos mientras Callum está a miles de kilómetros.
Sus palabras avivaron el fuego que nunca se apagaba. Mi clítoris latió de nuevo. La giré y la puse de lado, pegando mi coño al suyo en tijera. Empezamos a frotarnos con fuerza, clítoris contra clítoris, tetas aplastadas, bocas unidas en besos sucios. El roce era eléctrico. Nuestros jugos se mezclaban, haciendo que el deslizamiento fuera resbaladizo y obsceno.
—Eres mi vecina casada favorita —gruñí, mordiéndole el cuello—. Cada vez que Callum te llame por teléfono desde el aeropuerto, quiero que estés con mi corrida dentro.
Laura se rio entre gemidos, acelerando el movimiento de sus caderas. Nos corrimos así, pegadas, gritando en la boca de la otra, temblando juntas mientras el sol de la tarde se volvía más naranja. Pero cuando nuestros cuerpos se calmaron, la miré y supe que aún no era suficiente. La depravación había escalado, pero la necesidad crecía. Mañana sería aún más sucio, más peligroso. Quería llevarla al límite donde el riesgo de que alguien del edificio nos oyera se volviera real, donde la posibilidad de que Callum adelantara su vuelo nos obligara a follar con más urgencia, más hambre.
Le metí tres dedos en el coño otra vez, despacio, y ella hizo lo mismo conmigo. Nos miramos a los ojos, respirando agitadas, sabiendo que esta noche terminaría cuando nuestros cuerpos no dieran más… y que incluso entonces seguiríamos planeando cómo destrozarnos mutuamente al día siguiente. El pulso me latía en el clítoris solo de pensarlo. Laura sonrió con esa sonrisa corrupta que ya adoraba y apretó sus paredes alrededor de mis dedos, invitándome a seguir.
Miriam, con el coño palpitando como un tambor de guerra, no pude resistirme a esa invitación muda de su sonrisa corrupta. Empujé mis tres dedos más adentro de su coño, retorciéndolos con saña mientras ella hacía lo mismo conmigo, nuestras caderas moviéndose en tijera perfecta, clítoris contra clítoris, resbalando en un charco de jugos calientes que ya empapaba las sábanas hasta el colchón. A mis treinta y dos años, divorciada y con la pluma siempre hambrienta de escenas sucias, nunca había sentido una conexión tan visceral como la que me provocaba Laura, esa vecina casada de veintinueve que gemía como una perra en celo en la cama que compartía con Callum.
—Más fuerte, joder… rómpeme el coño con los dedos mientras te froto el mío —gruñó ella, clavándome las uñas en el muslo. Sus tetas pesadas rebotaban con cada embestida, los pezones rosados erectos y brillantes de sudor. Yo aceleré, sintiendo cómo su clítoris hinchado se aplastaba contra el mío en un roce eléctrico que me subía por el vientre como lava. El sonido era obsceno: chap, chap, chap, el roce húmedo de nuestros coños mezclados con el vaivén de mis dedos follándola sin piedad.
El placer subió tan rápido que empecé a temblar. Laura lo notó y sonrió con esa mirada de zorra recién despertada. De repente se apartó, rompiendo la tijera, y me empujó de espaldas con una fuerza que no esperaba de su cuerpo curvilíneo de ama de casa. Se subió encima de mí en cuclillas, pero esta vez no para frotarse en mi cara. Abrió el cajón de la mesilla otra vez y sacó un segundo consolador, uno más delgado pero con una curva brutal, y un plug anal de silicona negro con base brillante.
—Quiero que me folles el coño con esto mientras me metes el puño en el culo —dijo con voz ronca, entregándome el plug untado ya de lubricante—. Y yo te voy a devolver el favor, Miriam. Quiero que nos corramos las dos destrozadas, como las putas infieles que somos.
Mi coño se contrajo solo de oírla. Acepté el plug y la coloqué a cuatro patas una vez más, esa postura que tanto me gustaba porque me permitía ver su culo redondo abierto para mí. Primero le metí tres dedos en el ano, que ya estaba suave y receptivo después de la follada con el arnés. Laura gimió largo y bajo, empujando hacia atrás. Luego, con la otra mano, introduje cuatro dedos en su coño empapado, girándolos, abriéndola. El lubricante chorreaba por mis muñecas.
—Estás tan abierta para mí, Laura… este culito de casada me vuelve loca —susurré, y empujé hasta que mi mano derecha se hundió en su coño hasta la muñeca mientras el plug entraba despacio en su ano. Ella soltó un aullido de placer puro, enterrando la cara en la almohada de Callum. Podía sentir el plug a través de la pared fina, presionando contra mi puño. Empecé a mover la mano en círculos lentos, profundos, follándola con el puño completo mientras el plug vibraba ligeramente con cada movimiento.
Laura temblaba como una hoja. Sus jugos me corrían por el antebrazo en hilos espesos. Se giró como pudo y me miró por encima del hombro.
—Ahora tú, Miriam… quiero tu coño en mi boca mientras me destrozas.
Me coloqué en sesenta y nueve invertido, con mi coño sobre su cara y mi mano aún enterrada en ella. Laura sacó la lengua y me devoró con hambre salvaje: lamió mi clítoris, metió la lengua en mi agujero y luego, sin pedir permiso, empezó a empujar su propia mano en mi coño. Cuatro dedos primero, luego el pulgar. El ardor fue intenso, delicioso. Sentí cómo su puño más pequeño se deslizaba dentro de mí hasta que su muñeca desapareció entre mis labios hinchados.
—Joder… sí… fístame, Laura —gemí contra su coño, mordiéndole el clítoris mientras movía mi puño dentro de ella con más fuerza. Estábamos conectadas, puño en coño, puño en coño, plug en culo, lenguas lamiendo sin control. El dormitorio olía a sexo puro: vainilla, sudor, coños corridos, lubricante y ese toque almizclado de culos abiertos. Mis tetas se aplastaban contra su vientre mientras yo la comía y ella me comía a mí.
El ritmo se volvió frenético. Nuestros gemidos se ahogaban en carne mojada. Yo movía el puño en su coño y el plug en su ano al mismo tiempo, sintiendo cómo sus paredes se contraían como locas. Ella hacía lo mismo dentro de mí, girando la mano, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. El placer era tan abrumador que empecé a correrme primero. Mi coño expulsó un chorro caliente alrededor de su muñeca, empapándole el brazo y la cara. Grité contra su clítoris, succionándolo con fuerza mientras el orgasmo me atravesaba en olas violentas.
—¡Me corro, Laura! ¡Tu puño me está rompiendo y me encanta!
Ella no se detuvo. Siguió follándome con el puño mientras su propio cuerpo se tensaba. Sentí su coño apretar mi mano como un torno, el ano contrayéndose alrededor del plug. Entonces explotó. Un chorro potente salió disparado alrededor de mi muñeca, salpicando las sábanas, mi pecho y hasta mi barbilla. Laura gritó mi nombre con la boca llena de mi coño, sollozando de placer, sacudiéndose tan fuerte que casi me tira de la cama.
Nos corrimos juntas durante casi un minuto eterno, prolongando cada contracción, cada chorro, hasta que nuestros cuerpos no dieron más. Saqué el puño y el plug lentamente, con sonidos húmedos y obscenos que nos hicieron reír entre jadeos. Su coño quedó abierto como una flor roja, palpitante, chorreando sin parar. El mío igual. Nos derrumbamos de lado, sudorosas, pegajosas, con las piernas entrelazadas y las tetas pegadas. Nos besamos con ternura sucia, saboreando el gusto de coños, culos y corridas en la lengua de la otra.
—Eres increíble… —susurré, acariciándole el pezón con el pulgar mientras recuperaba el aliento—. Mañana voy a traerme el arnés doble y te voy a follar mientras te meto el puño yo también. Quiero que grites tan fuerte que todo Malasaña sepa que la vecina casada es mi puta personal.
Laura sonrió, exhausta pero aún con fuego en los ojos verdes. Pasó los dedos por mi clítoris sensible, rozándolo apenas, y yo hice lo mismo con ella. Estábamos destrozadas, los cuerpos temblando, la cama matrimonial convertida en un desastre de manchas, lubricante y olor a sexo prohibido. Nos abrazamos más fuerte, besándonos el cuello, planeando en susurros las depravaciones que vendrían: plugs más grandes, sesiones de bondage ligero con sus pañuelos de seda, quizá incluso invitar a que me lamiera el culo mientras yo la abría con dos consoladores a la vez.
El pulso aún me latía en las sienes. Pensé en cómo había empezado todo con una máscara veneciana caída en el ascensor y ahora terminábamos aquí, dos mujeres adultas convertidas en adictas la una a la otra, usando la cama de Callum como nuestro altar de lujuria. Mi coño todavía palpitaba con réplicas del orgasmo. Laura me mordió el lóbulo de la oreja y susurró:
—Quédate esta noche… que se joda Callum y sus viajes. Quiero despertarme con tu lengua en mi culo.
Sonreí, cerrando los ojos un segundo, sintiendo la paz peligrosa después de tanto placer.
Entonces oímos el ruido inconfundible de la llave girando en la cerradura de la puerta principal. La voz grave de Callum resonó en el pasillo:
—¡Laura! ¡Cariño, llegué antes! El vuelo se canceló y… ¿por qué huele tan raro aquí?
Nuestros cuerpos se tensaron al unísono. Laura me miró con los ojos muy abiertos, el pánico y la excitación todavía latiendo en su cara sudorosa. Mi coño se contrajo una última vez de puro terror delicioso. La puerta del dormitorio empezó a abrirse lentamente.
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