Rendida en el Ring: Su Mirada Mientras Me Folla
Laura, de 32 años, se rinde ante la polla de Víctor mientras su marido Carlos se pajea mirándolos.
El olor a sudor, cuero y metal oxidado impregnaba el sótano clandestino donde se celebraba la pelea. Laura, de treinta y dos años, casada con Carlos desde hacía ocho, apretaba la mano de su marido entre la multitud gritando. Llevaba un vestido negro corto que le marcaba las caderas y los pechos, nada que ver con lo que solía ponerse en casa. Carlos, cuarenta y un años, la miraba de reojo con esa sonrisa torcida que ella conocía demasiado bien: la de cuando algo le calentaba de verdad.
En el ring, Víctor, treinta y ocho años, luchador profesional de cuerpo marcado por cicatrices y músculos duros como piedra, aplastaba a su rival. Cada golpe resonaba. Su mirada, oscura y dominante, barría el público entre asaltos. Cuando sus ojos se clavaron en Laura, ella sintió un tirón caliente entre las piernas. No apartó la vista. Él tampoco.
—Joder, míralo —susurró Carlos pegando la boca a su oreja, la voz ronca—. Ese tío es una bestia. Llevo meses fantaseando con esto, Laura. Contigo rendida ante un macho superior. Ver cómo te parte en dos mientras yo… joder, se me pone dura solo de pensarlo.
Laura tragó saliva. El coño se le humedecía contra la braga. Sabía lo que Carlos quería; se lo había confesado una noche, masturbándose a su lado, y ella no había dicho que no. Ahora, con Víctor mirándola fijamente desde el ring, la tensión le subía por la espalda como electricidad.
—¿De verdad quieres eso? —preguntó ella sin apartar los ojos del luchador.
—Quiero verte follada. Quiero verte mojada y gritando por otra polla. La mía ya te la conozco. La suya… mira cómo se mueve.
Víctor ganó por KO en el tercer asalto. El público enloqueció. Él se quedó de pie, pecho subiendo y bajando, sudor brillándole en los abdominales marcados, y otra vez esa mirada fija en Laura. Como si ya la hubiera elegido.
Después de la pelea, entre palmadas y gritos, Víctor bajó del ring y se dirigió directo hacia ellos. Olor a adrenalina y macho. Los shorts negros le marcaban el bulto enorme, todavía medio erecto por la pelea. Laura no pudo evitar mirarlo. Se le hizo agua la boca.
—Os vi mirando —dijo Víctor con voz grave, mirándola a ella primero, luego a Carlos—. Ella especialmente. ¿Os ha gustado el espectáculo?
Carlos no dudó. Le puso una mano en el hombro a Laura, empujándola casi imperceptiblemente hacia delante.
—Me ha gustado más cómo la mirabas tú a ella. Escucha, tío. Quiero ver cómo la follas duro. Quiero ver a mi mujer con tu polla hasta el fondo. Ella también lo quiere. ¿Verdad, Laura?
Laura sintió el coño latirle. La erección de Víctor se marcaba clara bajo la tela sudada, gruesa, larga. Asintió, la voz un hilo caliente:
—Sí. Lo quiero.
Víctor sonrió de lado, salvaje.
—Vestuario. Ahora.
No hubo más palabras. Los tres se metieron por un pasillo estrecho hasta el vestuario de los luchadores. Olor a jabón barato, toallas mojadas, metal de taquillas. En cuanto la puerta se cerró, Laura eligió. Se giró hacia Víctor, le puso las manos en el pecho húmedo y se dejó empujar contra las taquillas frías. Carlos se quedó a un lado, ya bajándose la cremallera, sacándose la polla dura y empezando a pajearse despacio, mirándolos.
Víctor le agarró la cara.
—Dime que lo quieres.
—Fóllame —jadeó ella—. Métela.
Él le subió el vestido de un tirón, le bajó la braga empapada y la levantó. Laura rodeó su cintura con las piernas. La polla de Víctor, gruesa, venosa, le rozó el coño mojado. Él la sujetó por el cuello con posesión consentida, sin apretar de más, solo controlándola, y empujó de un golpe. Laura gritó. Se le abrió entera. La polla le llegaba hasta el fondo, estirándola, llenándola como hacía tiempo que no sentía.
—Qué puta tan caliente de marido —le gruñó al oído, embistiéndola contra el metal—. Mira cómo te la comes entera. Tu marido se está corriendo solo de verte empalada en mi verga.
Carlos gemía a un lado, la mano subiendo y bajando rápido.
—Joder, sí… dale duro, Víctor. Rómpela.
Víctor follaba con fuerza de luchador, caderas golpeando, la mano en el cuello de Laura mientras la otra le apretaba el culo. Ella goteaba por los muslos. Cada embestida le sacaba un gemido gutural. Cuando él la bajó, la giró y la puso a cuatro patas sobre el banco de madera, Laura abrió las piernas sin que se lo pidieran.
Primero se la metió otra vez en el coño, profundo, tirándole del pelo para obligarla a mirarlo por encima del hombro.
—Mírame mientras te follo. Quiero ver esa cara de puta.
Luego sacó la polla brillante de jugos, le escupió en el culo y empezó a empujar. Laura jadeó, el esfínter cediéndole al grosor. Víctor entró despacio al principio y luego a embestidas fuertes, alternando: tres en el culo, cuatro en el coño, otra vez el culo, más hondo. Le tiraba del pelo, le daba palmadas en las nalgas, le hablaba guarro.
—Tu marido te presta y tú te abres como una zorra. Este culo aprieta que da gusto. ¿Te gusta que te parta los dos agujeros, Laura?
—Sí… joder, sí, más fuerte…
Carlos se acercó más, pajándose a escasos metros, los ojos vidriosos.
—Se la está comiendo entera, cariño. Qué rica te ves.
Víctor la sacó del banco, se sentó él y la montó a horcajadas. Laura se impaló sola sobre esa verga gruesa, bajando hasta el fondo con un gemido largo. Empezó a cabalgar salvajemente, tetas rebotando fuera del vestido, uñas clavadas en los hombros marcados de él. Víctor le agarró las caderas y la alzaba y bajaba como si no pesara, follándola desde abajo con embestidas brutales.
—Córrete en mi polla. Quiero sentirte exprimirme.
Laura se corrió primero, el coño contrayéndose a spamos, un grito ahogado contra el cuello de él. Víctor la siguió segundos después, clavándola hasta el fondo y llenándola con chorros espesos, calientes, uno tras otro. Ella lo sintió todo, el semen empujando hacia dentro, desbordándose ya un poco.
Cuando pararon, jadeando, sudados, Víctor la besó con posesión, lengua profunda, mordiéndole el labio.
—Te quiero volver a follar pronto —le susurró contra la boca—. Esta polla no se ha cansado de tu coño.
Laura, con el semen corriéndole ya por los muslos internos en hilos blancos y espesos, giró la cabeza y miró a su marido. Carlos seguía con la polla en la mano, al borde, la respiración entrecortada. Los ojos de ella brillaban, húmedos de placer y de algo más oscuro, más hambriento. No dijo nada. Solo lo miró así, abierta todavía, goteando el semen de otro hombre, mientras Víctor le acariciaba el culo con dedos posesivos y Carlos apretaba la base de su propia erección para no corrérsela todavía.
El vestuario olía a sexo crudo. Nadie se movía a vestirse. La noche, claramente, no había terminado.
Víctor no soltó el culo de Laura. Sus dedos se hundieron entre las nalgas, empujando el semen que ya le goteaba del coño y del culo hacia arriba, untándola, manchándola más. Ella seguía mirando a Carlos, las piernas abiertas a horcajadas sobre los muslos del luchador, el vestido negro subido hasta la cintura, las tetas fuera, pezones duros y rojos de tanto roce. Carlos se acercó arrastrando los pies, la polla morada, hinchada, la mano apretándole la base con fuerza para no soltarla todavía.
—Chúpamela —ordenó Víctor con la voz aún ronca de la pelea—. Quiero ver cómo le limpias la verga a tu puta de mujer mientras yo le vuelvo a abrir el culo.
Laura se inclinó sin dudar. Bajó la cabeza, sacó la lengua y lamió el glande brillante de Carlos, saboreando la gota espesa que ya le salía. Carlos gimió alto, casi un quejido, y le agarró el pelo.
—Joder, Laura… trágatela. Mírala, Víctor, cómo se la come sabiendo que está llena de tu leche.
Víctor se rió bajo y levantó a Laura un poco, acomodándola de espaldas contra su pecho. Le separó las nalgas con las manos grandes y le plantó la polla otra vez en el culo, todavía resbaladizo de saliva y semen. Empujó de un golpe seco. Laura se atragantó con la verga de su marido, un gemido vibrándole en la garganta mientras el grosor de Víctor le volvía a estirar el esfínter hasta el límite. Carlos le folló la boca a embestidas cortas, mirando cómo el luchador la empalaba por detrás.
—Más hondo, cariño. Que te llegue a la garganta. Quiero oírte atragantarte mientras te parten el culo.
Laura bababa, los ojos llorosos de placer, tragando lo que podía. Cada embestida de Víctor la empujaba hacia delante, clavándole la polla de Carlos más adentro. El olor a sexo crudo, sudor de ring y semen fresco llenaba el vestuario. Las taquillas metalicas rechinaban con el vaivén. Víctor le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, frotándole el clítoris hinchado, sacándole jugos que se mezclaban con lo que ya le chorreaba.
—Este coño sigue abierto y baboso —gruñó Víctor—. Tu marido te tiene bien entrenada de puta. ¿Verdad que te encanta que te usen los dos?
Ella solo pudo asentir con la boca llena, un “sííí” ahogado alrededor de la verga de Carlos. Víctor la sacó de golpe del culo, la hizo girar y la tumbó de espaldas sobre el banco estrecho de madera. Le subió las piernas hasta los hombros, doblándola casi por la mitad, y le clavó la polla otra vez en el coño de un solo embiste brutal. Laura gritó, el sonido rebotando en las paredes.
—¡Joder, sí, así! Métela toda…
Carlos se subió al banco, arrodillándose junto a la cara de ella, y le restregó la polla por los labios, por las mejillas, untándole saliva y preflejos.
—Ábrela bien. Quiero correrme en tu cara mientras te folllan. Quiero verte llena y pringada.
Víctor embestía como en el ring, caderas pesadas, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenándolo todo. Le agarró las tetas y las apretó, pellizcándole los pezones hasta que Laura se retorcía. Luego le escupió en la boca abierta y ella lo tragó sin pestañear.
—Puta de mierda —le dijo Víctor, la voz baja y sucia—. Te prestó tu marido y te estás corriendo otra vez. Te siento apretarme. Córrete ya, zorra. Exprime esta polla.
Laura se corrió con un grito largo, el coño contrayéndose en espasmos fuertes alrededor de la verga gruesa, chorros calientes saliéndole por los lados. Carlos se corrió al mismo tiempo, lechazo espeso salpicándole la lengua, la barbilla, el cuello, chorros blancos que le goteaban hasta las tetas. Ella abrió más la boca y se lo tragó todo lo que pudo, lamiendo lo que le caía por los labios mientras Víctor no paraba de follarla a través del orgasmo.
No le dio respiro. La levantó del banco como si no pesara, la puso de pie contra las taquillas otra vez y le metió la polla en el culo de un empujón seco. Laura jadeaba, las piernas temblorosas, el semen de Carlos secándosele en la cara. Carlos se arrodilló delante de ella y le abrió los labios del coño con los dedos, lamiéndole el clítoris hinchado mientras Víctor la partía por detrás.
—Sabe a ti y a él —murmuró Carlos entre lengüetazos—. Qué puta tan rica. Dale más duro, tío. Quiero ver cómo le salen tus huevos cada vez que la embistes.
Víctor aceleró, palmadas fuertes en las nalgas que dejaban marcas rojas, tirones de pelo que obligaban a Laura a arquear la espalda. Le hablaba al oído, la voz grave:
—Tu culo me aprieta como si quisiera robarme la polla. Este agujero es mío ahora. Tu marido te mira y se pone duro otra vez solo de verte empalada. ¿Quieres que te llene el culo también? ¿Quieres salir de aquí goteando por los dos agujeros?
—Sí, lléname… joder, lléname el culo… córrete dentro…
Carlos se levó y se puso al lado, pajándose de nuevo la polla todavía semidura y sensible. Laura le agarró la verga con una mano y se la masturbó al ritmo de las embestidas de Víctor. El luchador gruñó, clavándola hasta el fondo, y se corrió con un rugido, chorros calientes y espesos bombeándole el culo, llenándola hasta que el semen empezó a salir a presión alrededor de la polla. Lo empujó más hondo, removiéndosela dentro, forzando que se le quedara todo.
Cuando la sacó, un hilo grueso y blanco le colgó del culo hasta el suelo. Laura se soltó y se agachó, se giró y le chupó la polla a Víctor limpia, lamiendo su propio jugo y el semen que le quedaba, mirando a Carlos todo el tiempo. Carlos le puso la verga en la boca otra vez y ella se la chupó con ganas, saboreando los dos sabores juntos.
Víctor la levantó por las caderas, la puso a cuatro patas en el suelo frío del vestuario y se arrodilló detrás. Le metió la polla otra vez en el coño, ahora más resbaladizo que nunca, y empezó a follarla con embestidas largas y profundas, sacándosela casi entera y volviendo a clavar. Carlos se tumbó debajo de ella, la cabeza entre las tetas, chupándole los pezones mientras se pajeaba a toda velocidad.
—Voy a correrme otra vez en tu cara —dijo Carlos—. Ábrela. Quiero verte tragar.
Laura abrió la boca y sacó la lengua. Víctor le dio una palmada en el culo y le metió dos dedos en el culo al mismo tiempo que la follaba, abriéndola más.
—Mírala, qué zorra. Se la come toda y todavía pide. Dime lo que eres, Laura.
—Soy la puta de mi marido… la puta que se deja follar por un macho de verdad… fóllame más fuerte, rómpeme…
Víctor la embistió hasta que ella se corrió de nuevo, gritando, el cuerpo temblando, el coño chorreando sobre los muslos del luchador. Carlos se corrió en su boca abierta, leche espesa que ella tragó y dejó que le resbalara por la comisura. Víctor la sacó, le dio la vuelta, le puso la polla en la cara y se corrió por segunda vez, chorros calientes salpicándole la frente, los ojos, los labios, el pelo. Laura se los untó con los dedos y se los metió en la boca, chupándolos mientras Carlos le abría las piernas y le miraba el coño y el culo abiertos, goteando semen blanco y espeso por los dos agujeros a la vez.
Se la follaron una ronda más, turnándose: Víctor en el culo, Carlos en la boca; luego Carlos entrando en el coño resbaladizo de ella por primera vez en la noche mientras Víctor le follaba la garganta a fondo. Laura se dejó usar, gemidos roncos, uñas clavadas en los hombros y las piernas, pidiendo más fuerte, más hondo, más leche. Cuando acabaron, estaba hecha un desastre: semen secándosele en la cara, en las tetas, chorreándole del coño y del culo por los muslos hasta las rodillas, el vestido hecho jirones, el pelo pegado de sudor y saliva.
Víctor la sujetó por el cuello otra vez, la obligó a mirarlo y le escupió en la boca abierta. Ella lo tragó. Carlos le restregó la polla blanda y pringada por la mejilla.
Nadie se limpió. Laura se quedó de rodillas en el suelo del vestuario, las piernas abiertas, empujando con los dedos el semen que le salía del culo para metérselo otra vez dentro del coño mientras miraba a los dos y les decía con la voz rota de tanto gemir:
—Usadme otra vez cuando se os ponga dura. Quiero salir de aquí con la nevera llena de vuestra leche y el coño tan abierto que me gotee hasta el coche.
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