Nieve Ardiente: Rebound que se Entrega en el Jacuzzi
Laura, una divorciada de 32 años, se folla con ganas al ingeniero negro Rafael de 38 en el jacuzzi de la cabaña como rebote interracial.
Soy Laura, una divorciada de 32 años que apenas hace un mes firmé los papeles que me separaban de mi marido latino. Después de ocho años de una relación que se había convertido en rutina fría y reproches constantes, me sentía vacía, invisible y con una necesidad urgente de sentirme deseada otra vez. Cuando mi amiga Vanessa me llamó para invitarme a su cabaña en la montaña, acepté sin pensarlo dos veces. «Ven, relájate, hay jacuzzi, nieve y buena compañía», me dijo. No imaginaba que esa «buena compañía» sería Rafael.
Rafael tenía 38 años, era ingeniero de sistemas en una multinacional y estaba pasando por su propio rebound después de que su novia de cinco años lo dejara por otro. Lo conocí la primera noche. Alto, de casi metro noventa, hombros anchos y brazos que parecían esculpidos en ébano. Su piel oscura brillaba bajo las luces cálidas de la cabaña y, cuando sonreía, sus dientes blancos contrastaban de una forma que me provocaba un cosquilleo inmediato entre las piernas. Yo soy blanca, de piel casi lechosa, cabello castaño largo y curvas pronunciadas que mi ex ya no valoraba. Desde el primer cruce de miradas junto al jacuzzi, la tensión fue eléctrica.
Vanessa había preparado el jacuzzi al aire libre, rodeado de pinos nevados. El vapor subía en densas nubes mientras las burbujas rompían la superficie del agua caliente. Nos metimos los dos solos; ella se había retirado con la excusa de una llamada de trabajo que se alargó. Servimos vino tinto en copas anchas y nos sentamos uno frente al otro. El contraste de mi pierna pálida flotando cerca de la suya, mucho más oscura y musculosa, era hipnótico. Sentía su mirada recorriéndome: mis pechos apenas contenidos por el bikini negro, el valle entre ellos brillando por la humedad. Yo, por mi parte, no podía evitar fijarme en el bulto que se adivinaba bajo su bañador, grueso incluso en reposo.
—Estás muy callada, Laura —dijo con esa voz grave y profunda que parecía vibrar dentro de mi pecho—. ¿Pensando en tu ex?
Sonreí, bebiendo un sorbo para ganar tiempo. El vino me calentaba la garganta, pero no era el alcohol lo que me encendía.
—Pensando en lo diferente que se ve tu piel contra la mía —confesé, y vi cómo sus ojos se oscurecían—. Nunca había estado tan cerca de un hombre negro. Es… impactante.
Rafael soltó una risa baja, peligrosa. Se acercó un poco más, el agua burbujeante moviéndose entre nosotros.
—Impactante en el buen sentido, espero. Porque yo no dejo de imaginar cómo se verían mis manos aquí —rozó con dos dedos el dorso de mi mano— y aquí —bajó la mirada a mis pechos—. Soy un ingeniero, me gusta analizar contrastes. Y el tuyo, Laura, me tiene muy distraído.
La conversación empezó a volverse más coqueta, más confessional. El vapor nos envolvía como una cortina íntima. Me contó que después de su ruptura necesitaba follarse a una mujer blanca que realmente lo deseara, no por curiosidad pasajera ni por moda, sino porque lo quisiera de verdad, con hambre. Quería sentir uñas blancas clavándose en su espalda mientras la penetraba sin piedad.
—Yo nunca he estado con un negro —admití en voz baja, mirándolo directamente a los ojos—. Pero desde que te vi, no dejo de preguntarme cómo se sentiría. Tu confianza, tu tamaño… me excita. Mucho.
Las palabras salieron sin filtro. Ya no había vergüenza. Bajo el agua, su rodilla rozó la cara interna de mi muslo. No fue casual. Yo respondí abriendo un poco las piernas, dejando que su muslo se acomodara entre ellas. Mi pie «accidentalmente» subió por su pantorrilla, sintiendo la dureza de sus músculos. Él gimió bajito cuando mis dedos rozaron el borde de su bañador.
—Laura… —su voz era ronca ahora—. No quiero que sea por el vino. Ni por rebote ciego. Dime que me deseas sobria y te follo aquí mismo, sin culpa.
Lo miré. Mi coño ya palpitaba bajo el agua.
—Te deseo, Rafael. Quiero tu polla negra dentro de mí. Ahora.
No hizo falta más. Con un movimiento rápido me levantó y me sentó en el borde de madera del jacuzzi. El aire frío de la montaña mordió mi piel mojada, haciendo que mis pezones se pusieran duros como piedras bajo el bikini que él arrancó sin delicadeza. Mis tetas blancas quedaron expuestas, pesadas, coronadas de rosa. Rafael se colocó entre mis piernas abiertas, el agua llegándole al pecho, y bajó la cabeza con hambre.
—Joder, qué coño tan bonito y rosado —gruñó antes de hundir la cara.
Su lengua ancha y caliente barrió mi raja de abajo arriba. Cuando llegó al clítoris lo atrapó entre los labios y lo chupó con fuerza, haciendo círculos rápidos mientras dos de sus dedos gruesos me abrían sin piedad. Sentí cómo me dilataba, cómo esos dedos oscuros desaparecían entre mis pliegues pálidos. El contraste visual era obsceno y me ponía todavía más cachonda. Gemí alto, agarrándome al borde de madera, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El vapor subía alrededor de su cabeza mientras me comía como un hombre que lleva meses sin probar lo que realmente quiere.
—Rafael… sí, ahí… mierda, qué bien lo haces —jadeé.
Sus dedos entraban y salían, curvándose para frotar ese punto que me hacía ver estrellas. Mi jugo le bañaba la barbilla y él lo bebía todo, gruñendo contra mi carne. Me corrí la primera vez así, gritando al cielo nevado, las piernas temblando alrededor de su cabeza oscura.
No me dio tiempo a recuperarme. Me bajó del borde, me puso de pie contra el jacuzzi y me penetró de un solo empujón. Su polla era enorme. Gruesa, venosa, de un tono chocolate oscuro que contrastaba brutalmente con mi coño blanco. Sentí cada centímetro abriéndome, estirándome hasta el límite. Grité de placer y un poco de dolor delicioso.
—Así, puta blanca —gruñó contra mi oído, empezando a embestir con fuerza—. Toma toda mi polla negra. Esto es lo que querías, ¿verdad?
—Sí… joder, sí —respondí, empujando hacia atrás.
Me follaba con embestidas profundas y potentes, el agua chapoteando entre nuestros cuerpos. Sus bolas pesadas golpeaban mi clítoris con cada golpe. Luego me dio la vuelta, me inclinó sobre el borde y me agarró del pelo mojado como riendas. Su otra mano apretaba mi cadera con fuerza mientras me penetraba desde atrás.
—Eres una puta blanca hambrienta de polla negra —me dijo con voz gutural, tirando de mi cabello para arquearme más—. Dilo.
—Soy tu puta blanca… ah… hambrienta de polla negra —gemí, casi sollozando de placer—. Dame más duro, Rafael. Fóllame más fuerte, por favor.
Aceleró. El sonido de carne mojada contra carne mojada llenaba la noche. Mis tetas colgaban y se balanceaban con cada embestida, rozando la madera fría. Sentía su polla llegando tan profundo que me tocaba el fondo, golpeando un lugar que ningún hombre había alcanzado antes. Otro orgasmo me atravesó, haciendo que mis paredes internas lo apretaran como un puño.
—Quiero verte cabalgándome —ordenó.
Nos metimos de nuevo en el agua caliente. Me sentó sobre él, de frente. Su polla se deslizó otra vez dentro de mí, aún más profunda en esta posición. Empecé a moverme, subiendo y bajando, mis tetas rebotando contra su pecho oscuro y ancho. El contraste de mi piel lechosa contra la suya era hipnótico. Mis pezones rosados rozaban sus pectorales duros mientras yo me empalaba una y otra vez.
—Dios, mírate —jadeó, agarrando mis nalgas con ambas manos y ayudándome a subir y bajar más rápido—. Tus tetas blancas rebotando en mi pecho negro… esto es perfecto.
Mis manos recorrían sus hombros, sus brazos, fascinada por la diferencia de tonos. El agua burbujeaba alrededor de mi clítoris mientras lo cabalgaba con desesperación. Sentía que me corría otra vez, más fuerte. Mis uñas se clavaron en su espalda.
—Me voy a correr… Rafael… me corro en tu polla negra —grité.
El orgasmo me partió en dos. Grité sin control, el cuerpo convulsionando, el coño apretándolo en espasmos violentos. Eso lo llevó al límite. Con un rugido profundo me abrazó fuerte contra su pecho y me llenó. Sentí chorros calientes, espesos, disparándose dentro de mí, inundándome. Siguió corriéndose largo rato, como si llevara meses guardando todo ese semen para mí.
Todavía dentro de mí, palpitando, Rafael me abrazó con fuerza. Nuestras respiraciones agitadas se mezclaban. Me besó con una ternura sorprendente después de la brutalidad, su lengua acariciando la mía con lentitud. Sus manos grandes recorrían mi espalda mojada.
—Esta noche es solo el principio de nuestro rebound, Laura —susurró contra mis labios—. No hemos terminado ni de lejos.
Asentí, todavía sintiendo su polla semierecta dentro de mi coño lleno de semen. Salimos del jacuzzi con piernas temblorosas. El aire frío nos golpeó. Nos envolvimos en toallas grandes y suaves. Rafael sirvió dos copas más de vino y me pasó una, sus ojos todavía oscuros de deseo. Bebimos mirándonos, sabiendo que el calor entre nosotros no había disminuido. Mi cuerpo palpitaba, su semen empezaba a correr por el interior de mis muslos bajo la toalla, y la forma en que me observaba prometía que apenas estábamos comenzando a explorar todo lo que podíamos hacernos el uno al otro.
Soy Laura, y lo que empezó como un coqueteo tímido en el jacuzzi se había convertido en una follada salvaje que todavía me tenía el coño palpitando. El vino seguía en nuestras copas, pero ninguno de los dos lo tocó. Rafael me miraba con esa hambre oscura que no disimulaba, y yo sentía su semen caliente escapando de mí, bajando por mis muslos bajo la toalla. El aire frío de la montaña nos erizaba la piel, pero el calor entre nosotros era mucho más fuerte.
Dejé caer la toalla sin decir nada. Mis tetas pesadas quedaron al descubierto, los pezones todavía duros por el contraste del frío y el deseo. Rafael gruñó bajo, un sonido que vibró directamente en mi clítoris. Se quitó su propia toalla y vi cómo su polla, todavía semidura y brillante de nuestros jugos, empezaba a engordar otra vez. Era una bestia: gruesa, venosa, de un tono chocolate profundo que hacía que mi boca se hiciera agua.
—Ven aquí, puta blanca —ordenó con esa voz grave que me deshacía.
Caminé hacia él y me levantó como si no pesara nada. Mis piernas rodearon su cintura al instante. Nos besamos con brutalidad, mordiendo labios, lenguas luchando. Sus manos grandes, negras contra mi culo pálido, me apretaban las nalgas con fuerza, separándolas. Sentí sus dedos rozar mi ano y un escalofrío me recorrió. Nunca había sido tan sucia tan rápido con nadie.
Volvimos al jacuzzi. El agua caliente nos recibió como un abrazo pecaminoso. El vapor subió denso a nuestro alrededor, ocultándonos del mundo nevado. Rafael se sentó en el banco sumergido y me colocó a horcajadas sobre él. Su polla, ya completamente dura, quedó atrapada entre nuestros cuerpos. La froté contra mi raja, deslizándola entre mis labios hinchados, sintiendo cada vena gruesa rozar mi clítoris.
—Quiero que me folles hasta que no pueda caminar —susurré contra su boca, mirándolo a los ojos—. Quiero que esta polla negra me destroce.
Él sonrió con esa arrogancia que me ponía cachonda y me levantó un poco. La cabeza ancha presionó contra mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría de nuevo. Dolía de lo grande que era, pero era un dolor adictivo. Mis paredes internas se estiraban alrededor de esa verga oscura, tragándosela hasta que mis labios pálidos besaron su base. El contraste visual era obsceno: mi coño rosado tragando toda esa carne negra.
—Joder, Laura… mírate —gruñó, agarrándome las tetas con ambas manos y apretándolas—. Tan blanca, tan apretada. Tu coño está hecho para mi polla.
Empecé a cabalgarlo. Primero lento, sintiendo cada detalle, pero pronto la necesidad ganó. Subía hasta casi sacarla y me dejaba caer con fuerza, haciendo que el agua salpicara violentamente. Mis tetas rebotaban delante de su cara. Rafael atrapó un pezón con la boca y lo chupó con fuerza, mordiéndolo después, enviando descargas directas a mi clítoris. Mis uñas blancas se clavaron en sus hombros negros, dejando marcas rojas que contrastaban de forma brutal.
Pensaba, mientras me empalaba una y otra vez, que nunca había sentido algo así. Mi ex me había follado por rutina durante años; Rafael me estaba poseyendo. Cada golpe tocaba fondo, golpeando un punto profundo que me hacía ver estrellas. El agua burbujeante masajeaba mi clítoris con cada descenso. Mis gemidos se convertían en gritos que se perdían entre los pinos nevados.
Rafael me agarró del pelo mojado y tiró hacia atrás, arqueándome. Su otra mano bajó y empezó a darme cachetes fuertes en el culo. El sonido seco resonaba.
—¿Te gusta que te trate como la zorra blanca que eres? —preguntó entre dientes, embistiendo desde abajo con más fuerza.
—Sí… joder, sí —jadeé—. Soy tu zorra blanca. Dame más fuerte. Quiero que me dejes marcada.
Aceleró. Sus caderas subían como un pistón, follándome con furia. El chapoteo del agua era ensordecedor. Mis tetas saltaban descontroladas. Sentí que otro orgasmo se acercaba, más grande que los anteriores. Mi coño empezó a contraerse alrededor de su grosor.
—Estoy a punto… Rafael… me voy a correr en tu polla negra otra vez —grité.
—Córrete, puta. Apriétame con ese coño lechoso —ordenó, y me dio un cachete más fuerte en la nalga.
El orgasmo me atravesó como un rayo. Grité sin control, el cuerpo convulsionando, los músculos internos ordeñando su verga con espasmos violentos. Sentí que me corría de verdad, un chorro caliente que se mezcló con el agua. Rafael rugió, pero no se corrió. Me sacó de encima, me dio la vuelta y me puso de rodillas en el banco interior, inclinada sobre el borde exterior del jacuzzi. El aire frío golpeó mis tetas colgantes mientras él se colocaba detrás.
Me penetró de un golpe brutal. Esta posición lo hacía sentir aún más grande. Sus manos agarraron mis caderas con fuerza, dejando huellas oscuras en mi piel clara, y empezó a follarme como un animal. Cada embestida hacía que mis tetas se balancearan y rozaran la madera helada. El contraste de su cuerpo ébano contra mi espalda blanca era hipnótico. Podía ver nuestras reflejos distorsionados en el agua agitada: yo, una divorciada de 32 años completamente entregada; él, un ingeniero de 38 con una polla que parecía hecha para arruinarme.
—Toma toda mi verga, Laura. Siente cómo te lleno —gruñó, tirando de mi pelo otra vez para que arqueara la espalda—. Este coño blanco ya es mío.
—Sí… es tuyo —sollocé de placer—. Fóllame como mi ex nunca pudo. Destrózame.
Sus bolas pesadas golpeaban mi clítoris con cada golpe. Sentía su polla hincharse más dentro de mí. Me metió dos dedos en la boca y yo los chupé con desesperación. Luego bajó esa mano y empezó a frotarme el clítoris con movimientos rápidos mientras no dejaba de embestir.
El tercer orgasmo me pilló por sorpresa. Fue tan intenso que por un momento perdí la visión. Mi coño se cerró como un puño alrededor de él, ordeñándolo, y esta vez sí lo arrastré conmigo. Rafael soltó un rugido profundo, animal, y se clavó hasta el fondo. Sentí los primeros chorros calientes, espesos, disparándose contra mi cervix. Se corrió mucho, más que la primera vez, llenándome hasta rebosar. Su semen salió alrededor de su polla, mezclándose con el agua mientras seguía bombeando, prolongando su placer.
Nos quedamos así un largo rato, conectados, palpitando juntos. Su pecho negro contra mi espalda pálida, sus brazos rodeándome con una mezcla de posesión y ternura. El vapor nos envolvía. Mi cuerpo temblaba de agotamiento y placer. Lentamente se salió de mí y me giró para besarme con una suavidad que contrastaba con la brutalidad de la follada. Sus manos grandes acariciaban mi cara, mis tetas, mi cintura.
—Esto no fue solo un rebound, Laura —susurró contra mis labios—. Quiero seguir viéndote.
Sonreí, todavía con las piernas flojas, sintiendo cómo su semen espeso seguía escapando de mi coño bien follado y bajaba por mis muslos. Lo abracé fuerte, apoyando la cabeza en su pecho ancho. El corazón le latía con fuerza.
Y entonces, mientras el frío de la noche nos obligaba a salir del jacuzzi y envolvernos de nuevo en las toallas, guardé mi secreto.
Rafael nunca supo que todo esto había sido orquestado por mí desde mucho antes de llegar a la cabaña. Vanessa no me invitó por casualidad. Yo le pedí específicamente que trajera a su amigo ingeniero negro, el de las fotos que me había enviado semanas atrás. Había pasado noches enteras masturbándome mirando esas imágenes, fantaseando con exactamente esto: una polla negra gruesa abriéndome, un hombre que me tratara como la puta blanca hambrienta que soy. Mi divorcio no era solo el final de un matrimonio aburrido; era la puerta que había abierto para entregarme a esta necesidad que había reprimido durante años. Rafael pensaba que había seducido a una divorciada inocente y desesperada. No tenía ni idea de que yo había venido aquí con un solo objetivo: que me follara sin piedad hasta que no pudiera pensar en otro hombre.
Mientras caminábamos de vuelta a la cabaña, su mano grande sosteniendo la mía, sonreí en la oscuridad. Mi coño palpitaba, lleno de su leche, y el secreto ardía dulce y sucio dentro de mí. Este rebound apenas empezaba… pero solo yo sabía hasta qué punto lo había planeado todo.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Gente real en cam, ahora mismo.
Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.
Ver en directo →Popular Collections
Browse Categories