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Cruzamos el Deseo con el Novio de Mi Mejor Amigo

Diego, repartidor de 28 años, se folla duro y crudo a Raúl, el novio bartender de 26 de su mejor amiga, en el sofá.

11 min read October 08, 2026New

La noche de verano pegaba en la ciudad como un aliento espeso. El aire acondicionado del departamento de Carla hacía un ruido flojo, casi inútil, y el calor se le metía a Diego por la camiseta del trabajo, esa de repartidor que olía a asfalto y a sudor de doce horas en moto. Tenía veintiocho años, hombros anchos, pecho marcado por cajas y escaleras, y una erección que llevaba reprimiendo desde que Raúl abrió la puerta en shorts y sin camisa.

Raúl, veintiséis, bartender de mirada intensa y cuerpo definido por turnos largos detrás de la barra, le ofreció una cerveza fría. Carla estaba de viaje hasta el lunes. Se lo habían dicho mil veces: “Quédate, Diego, no hay pedo”. Y ahí estaban, solos, con la tensión que ambos habían fingido ignorar durante meses, esa que se sentía cada vez que Raúl le rozaba el brazo al pasarle un vaso o cuando Diego lo miraba demasiado rato en las reuniones.

—Hace un calor de puta madre —dijo Raúl, dejando la botella sobre la mesa del living. Se pasó la mano por el pecho sudado, los pezones duros por el contraste del aire. —¿Te quedás un rato?

Diego asintió, la garganta seca. Se sentó en el sofá de cuero, las piernas abiertas, el paquete marcándole el pantalón de trabajo. Raúl se quedó de pie un segundo de más, mirándolo. Después se sentó al lado, demasiado cerca. El silencio se densificó. Diego notó el olor a colonia barata y a piel caliente.

—Tengo que decirte algo —soltó Raúl de golpe, la voz grave—. Llevo meses fantaseando con vos. Con tu cuerpo. Con cómo te se te ve la verga cuando te pones esos jeans. Cada vez que Carla se va al baño y nos quedamos solos, me la quiero bajar y chupártela hasta que te corras en mi garganta. No puedo más de fingir que no me calienta.

Diego sintió un golpe bajo el ombligo. El deseo que había estado guardando se le subió a la cara.

—Yo también —admitió, sin rodeos—. Te miro y se me pone dura. Quiero folmarte. Quiero metértela entera y oírte gemir mi nombre mientras te la dejo adentro. Desde hace tiempo. Pensé que estaba loco.

Raúl soltó una risa corta, nerviosa y excitada.

—No estás loco. Estamos los dos jodidos de ganas.

Se miraron. El aire se cargó. Sin más palabras, se acercaron. La boca de Diego chocó contra la de Raúl con hambre, labios abiertos, dientes rozando. Se mordieron. Las lenguas se metieron de golpe, húmedas, desesperadas, sabiendo a cerveza y a saliva caliente. Raúl agarró el paquete de Diego por encima del pantalón, apretó la erección gruesa y larga que se le marcaba, y le susurró contra la boca:

—Quiero que me folles duro. Crudo. Sin anestesia. Que me uses el culo como si fuera tuyo.

Diego gruñó, excitado por la iniciativa. Le quitó la camiseta a Raúl de un tirón, se la tiró al piso y le bajó la cabeza al cuello. Lamió el sudor, chupó la piel, bajó a los pezones y los mordisqueó hasta que Raúl arqueó la espalda y soltó un “sí, así”. Las manos se volvieron torpes y urgentes. Diego se sacó la remera del trabajo. Raúl le desabrochó el cinturón, le bajó el cierre, le sacó la verga gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Diego le bajó los shorts de un jalón, junto con el boxer. La polla de Raúl saltó dura, bonita, curva hacia arriba. Se arrancaron lo que quedaba y cayeron en el sofá, cuerpos desnudos, piernas enredadas, piel contra piel, el cuero pegajoso bajo ellos.

Diego lo empujó suavemente de rodillas al piso, entre sus muslos. Raúl no esperó indicación: abrió la boca y se tragó la verga hasta donde pudo. Diego le agarró el pelo con las dos manos y le folló la boca con fuerza, metiendo y sacando, sintiendo la garganta apretarle la cabeza del pene. Babeaba. Raúl miraba hacia arriba con los ojos húmedos de esfuerzo y de ganas, las manos en los muslos musculosos de Diego.

—Tomala toda, puto —gruñó Diego, sin dejar de empujar—. Qué rica se te ve la boca llena de mi verga.

Raúl se atragantó un poco, recuperó el aire y volvió a chupar con más hambre, lengua plana debajo, succionando. Diego sintió que se iba a venir demasiado pronto y lo levantó. Lo giró, lo puso de rodillas sobre el sofá, pecho contra el respaldo, culo en alto. Las nalgas firmes, el agujero rosado y contraído. Diego escupió en su mano, se untó la verga y el culo de Raúl, alineó la punta gruesa y empujó de un solo golpe, crudo, profundo, hasta el fondo.

Raúl gritó un gemido gutural, mitad dolor mitad placer.

—Joder… qué gruesa… sí, metémela toda.

Diego le agarró las caderas y empezó a follarlo en posición de perrito, embestidas largas y fuertes que hacían sonar la piel. Nalgadas secas, una y otra, dejando la marca roja de la mano. El culo de Raúl se abría y se cerraba alrededor de la verga, caliente, apretado.

—Mirá lo puto que te ves recibiendo mi verga —le decía Diego, jadeando, sudando—. El novio de mi mejor amiga, de rodillas en el sofá, con el culo lleno. Te encanta, ¿no? Decílo.

—Me encanta… me encanta que me folles… más duro, Diego, por favor…

Diego aceleró. El sofá crujía. El sonido era obsceno: carne contra carne, gemidos, el chapoteo de la saliva y el precum. Después lo giró otra vez, lo tumbó de espaldas, le abrió las piernas y se metió de nuevo en misionero. Se besaron mientras follaban, lenguas lentas ahora, más profundas, salivas compartidas. Raúl se masturbaba entre los dos cuerpos, la mano rápida sobre su propia polla, el otro brazo alrededor del cuello de Diego.

—Llename el culo —pidió, la voz rota—. Quiero sentirte correrte adentro. Quiero tu leche goteándome después.

Diego no necesitaba más. Clavó las rodillas, aceleró hasta un ritmo brutal, profundo, buscando ese punto que hacía que Raúl se retorciera y gimiera su nombre. Sintiéndolo apretar, Diego se corrió con un gemido bajo y gutural, la verga latiendo, chorros calientes llenando el culo de Raúl, bombeando hasta quedarse vacío. Al mismo tiempo Raúl se vino, chorros gruesos sobre su propio abdomen, salpicando hasta el pecho, el cuerpo temblando bajo el de Diego.

Se quedaron así un rato, respirando agitados, pegados por el sudor y el semen. Diego se retiró despacio; un hilo blanco se escapó del agujero usado de Raúl. Se besaron suavemente, sin prisa, labios hinchados, caricias en la nuca.

—Esto no va a ser solo una vez —susurró Diego contra su boca.

Raúl asintió, todavía con la respiración entrecortada, los ojos brillantes.

—Lo sé. Lo quiero otra vez. Y otra. Pero hay que mantenerlo en secreto. Carla no puede enterarse. Nadie.

Diego le pasó el pulgar por el labio inferior.

—Secreto. Pero la próxima no me voy a contener tanto. Voy a quererte en todas las posiciones, en cada rincón de este depto mientras ella no esté. Y vos vas a pedírmelo.

Raúl sonrió, todavía con semen en el estómago y el culo latiéndole.

—Y yo te lo voy a pedir. Mañana. O pasado. O cuando vuelvas de la ruta con esa verga dura de solo pensar en mí.

Afuera, la ciudad seguía ruidosa y caliente. Adentro, el sofá olía a sexo y a traición dulce. Diego sabía que al día siguiente tendría que mirar a Carla a los ojos y fingir. Raúl tendría que servir tragos con la misma cara de siempre. Pero el deseo que habían cruzado ya no se deshacía. Se acomodaron un poco más juntos, cuerpos pegados, y el silencio que quedó no era de cierre: era de espera. De lo que vendría cuando la puerta se cerrara otra vez y nadie estuviera mirando.

Diego no se movió de inmediato. El peso de su pecho sobre el de Raúl seguía aplastándolo contra el cuero caliente del sofá, y el semen que se le escapaba del culo le corría por el muslo interno en un hilo tibio y espeso. Respiraban el mismo aire denso, mezclado de sudor, cerveza y esa olor a sexo crudo que ya impregnaba todo el living. Raúl le pasó los dedos por la nuca, tirándole un poco del pelo corto, y Diego sintió cómo la verga, todavía medio dura y resbalosa de su propia corrida, se le removía otra vez entre las nalgas abiertas del otro.

—No te saqués del todo —murmuró Raúl contra su oreja, la voz ronca—. Quiero que me la dejes adentro un rato. Sentirte latir.

Diego empujó las caderas con un movimiento lento, volviendo a hundirse hasta las bolas. Raúl soltó un gemido bajo, el culo apretándole la carne aún sensible. Estaban sucios, pegajosos, y eso los calentaba más. Diego se incorporó un poco sobre los codos, mirándolo a la cara: ojos oscuros, labios hinchados, un hilo de saliva secándose en la comisura. El pecho de Raúl subía y bajaba rápido, salpicado de su propia leche blanca que ya se le estaba secando en el vello del abdomen.

—Estás hecho un desastre —le dijo Diego, pasándole el pulgar por el pezón duro y retorciéndolo—. El bartender perfecto de mi amiga, con el culo goteándome y la cara de puto satisfecho. ¿Te duele?

—Un poco. Justo como me gusta —contestó Raúl, abriendo más las piernas y enredándoselas en la cintura de Diego—. Seguí. No me mires así. Follame otra vez antes de que se te baje.

Diego no necesitaba que se lo pidiera dos veces. Se incorporó de rodillas entre las piernas abiertas de Raúl, le agarró los tobillos y se los puso sobre los hombros. La verga, ahora completamente dura otra vez, salió casi toda y volvió a entrar de un solo golpe profundo. El sonido fue húmedo, obsceno, el semen anterior haciendo de lubricante grueso. Raúl arqueó la espalda y agarró los bordes del sofá.

—Joder, Diego… así, hasta el fondo.

Diego empezó a moverse con embestidas cortas y brutales, buscando el ángulo que le hacía a Raúl poner los ojos en blanco. Cada embestida sacudía el sofá entero. El cuero crujía. El aire acondicionado seguía fallando y el calor les corría por la piel en gotas que se mezclaban con el semen y el sudor. Diego le escupió en la boca abierta; Raúl lo tragó y abrió más la lengua pidiendo otra. Se la dio. Después le agarró la polla curva que se le paraba otra vez contra el vientre y la masturbó al ritmo de las embestidas, apretando fuerte la cabeza en cada subida.

—Decime lo que sos —ordenó Diego, jadeando—. Decilo fuerte.

—Soy el puto que se deja coger por el repartidor de su novia… el que te abre el culo cada vez que ella se va… —Raúl lo decía entre gemidos, la voz quebrada—. Me encanta tu verga gruesa. Me encanta que me uses. Más fuerte, dale, no te contengas.

Diego soltó los tobillos, lo giró de costado sin salir del todo y se acomodó cucharita, una pierna de Raúl levantada alta. Entró más profundo todavía. Desde esa posición podía ver cómo el agujero rosado y dilatado se tragara su verga gruesa y venosa hasta las bolas, el anillo apretado brillando de saliva y leche. Le dio una nalgada seca que resonó en el departamento vacío. Otra. Y otra. La piel de la nalga se le puso roja al instante. Raúl empujaba hacia atrás al mismo tiempo, buscando más, el culo rebotándole contra la pelvis de Diego.

—Así te quiero —gruñó Diego contra su nuca, mordiéndole el hombro—. Bien abierto. Bien lleno. Cuando me corra otra vez vas a sentir cómo te rebalsa. Después te lo vas a comer de mis dedos.

Raúl se tocó la polla con urgencia, la mano rápida y torpe. Diego le sacó la mano y se la sostuvo él mismo, masturbándolo con puño cerrado y firme mientras lo follaba sin piedad. El ritmo se volvió salvaje. El sofá se movía centímetros con cada embestida. Fuera se oían bocinas lejanas, pero adentro solo existían el chapoteo húmedo, los gemidos guturales de Raúl y la respiración pesada de Diego.

—Me voy a venir —avisó Raúl, la voz casi un sollozo de placer—. Diego… me corro…

—Correte. Mójate entero mientras te la dejo clavada.

Raúl se vino con todo el cuerpo temblando, chorros gruesos que le salpicaron el pecho, el sofá y los dedos de Diego. El culo se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la verga, apretando y soltando en oleadas. Diego no aguantó: lo empujó de frente otra vez, pecho contra el respaldo, culo en alto, y lo folló a golpes cortos y profundos hasta vaciarse por segunda vez. La corrida le salió caliente, abundante, empujando hacia adentro el semen anterior. Se quedó enterrado hasta el final, jadeando contra la espalda sudada de Raúl, sintiendo cómo le latía el corazón a mil contra las nalgas.

Cuando por fin salió, un chorro blanco y espeso le resbaló del agujero abierto y le cayó en el muslo. Diego se arrodilló detrás, le abrió las nalgas con las dos manos y lamió. Larga, lenta, sucia. Tragó lo que pudo, empujó la lengua adentro y chupó. Raúl gimió y se sacudió, todavía hipersensible.

—Hijo de puta… eso es asqueroso y me vuelve loco —susurró Raúl, la cara apoyada en el cuero.

Diego se incorporó, se limpio la boca con el dorso de la mano y lo dio vuelta para besarlo. Se pasaron el sabor del semen entre las lenguas, lentos, casi tiernos después de la brutalidad. Se acariciaron el pecho, el vientre pegajoso, las vergas medio blandas y resbalosas. Se acomodaron de lado en el sofá estrecho, piernas enredadas, el aire todavía denso.

Diego le pasó la mano por el costado, bajando hasta la nalga marcada.

—Mañana tengo ruta hasta las seis. Si Carla sigue afuera… vengo directo acá. No avises. Solo dejá la puerta sin llave.

Raúl sonrió contra su pecho, los dedos dibujando círculos en el abdomen marcado de Diego.

—Voy a estar en bolas esperándote. En este mismo sofá. Con el culo todavía abierto de hoy. Y cuando entres te vas a encontrar conmigo de rodillas, listo para que me la metas sin ni siquiera saludarme. Después te quiero contra la ventana de la cocina, mirando la calle mientras me la enterrás. Y si sobra tiempo, en la cama de ella. Que huela a nosotros cuando vuelva el lunes.

Diego le apretó el culo con fuerza, imaginando ya la escena.

—Y yo voy a traer aceite. Esta vez te voy a abrir despacio primero, con los dedos, hasta que me ruegues. Después te la voy a dejar adentro media hora sin moverme, solo para sentirte temblar. Y cuando me corra te voy a hacer quedarte con el culo lleno el resto de la noche, sin ducharte, para que al otro día todavía me sientas gotearte mientras atendés la barra.

Raúl levantó la cabeza y lo miró a los ojos, la excitación volviendo a asomarse aunque el cuerpo estuviera exhausto.

—Trato hecho. Secreto absoluto. Cada vez que ella se vaya, este depto es nuestro. Vos llegás con la verga dura de la moto y yo te la recibo como se debe. Sin rodeos. Sin culpas. Solo este calor y tu leche adentro mío.

Diego lo besó una vez más, profundo, sabiendo que al día siguiente tendría que fingir con Carla y que Raúl tendría que sonreírle a los clientes como si nada. Pero el plan ya estaba armado en su cabeza: la puerta sin llave, el sofá esperando, las posiciones que todavía no habían probado, el riesgo dulce de que alguien los descubriera. Se acomodó mejor contra el cuerpo caliente de Raúl y cerró los ojos un segundo, ya calculando las horas que faltaban para volver a cruzar ese mismo deseo.

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