BDSM

Mi Esposa Atada en la Tienda de Discos

Marcos ata a su esposa Laura entre vinilos y la usa como sumisa.

24 min read 5,469 words August 10, 2026New

La campanilla de la puerta de la tienda de discos sonó con un tintineo metálico y sordo, como si avisara solo a Marcos. Él estaba detrás del mostrador de madera vieja, catalogando un lote de vinilos de jazz de segunda mano, el olor a cartón húmedo y polvo de décadas mezclándose con el café que se enfriaba a su lado. Tenía treinta y dos años, hombros anchos de cargar cajas todos los días, manos grandes y callosas que conocían cada surco de cada disco. La tienda era pequeña, un local de barrio con estanterías hasta el techo llenas de portadas desgastadas, luz amarillenta de bombillas desnudas y un único pasillo estrecho entre las filas de rock, soul y electrónica. Estaba abierta, el letrero de “ABIERTO” colgaba torcido en la puerta de cristal, pero a esa hora de la tarde el barrio dormía la siesta y no había entrado nadie en más de una hora.

Laura apareció en el umbral como si hubiera salido de una de sus fantasías más sucias. Veintiocho años, piernas largas y firmes que la falda corta de tela fina apenas cubría hasta la mitad del muslo. Cada paso hacía que la tela se subiera un centímetro más, dejando ver el borde de unas bragas negras. La blusa ajustada de algodón blanco se pegaba a sus tetas como una segunda piel, los pezones duros marcándose con claridad contra la tela porque no llevaba sujetador. El cabello castaño le caía suelto sobre los hombros, un poco revuelto por el viento de la calle, y los labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con la palidez de su cuello. Entró y cerró la puerta con cuidado, el timbre sonando de nuevo, y se quedó quieta un segundo, mirándolo con esos ojos oscuros que ya brillaban de anticipación.

Marcos levantó la vista del catálogo y sintió cómo se le endurecía la polla al instante dentro de los vaqueros. La conocía demasiado bien. Esa forma de morderse el labio inferior, esa manera de cruzar las piernas al caminar como si ya estuviera mojada. Dejó el bolígrafo sobre el mostrador y se pasó una mano por la barba corta.

—Llegas tarde —dijo con voz grave, baja, la que usaba solo con ella cuando quería que se humedeciera al oírlo—. La tienda está abierta, Laura.

Ella se acercó entre las estanterías de vinilos, rozando con los dedos las portadas de los Rolling Stones y de Miles Davis. El olor a plástico viejo y a madera barnizada la envolvió. Cuando llegó al mostrador se inclinó un poco, dejando que la blusa se abriera lo suficiente para que él viera el valle entre sus tetas.

—Lo sé —susurró, tan cerca que él pudo oler el perfume barato y el calor de su aliento—. He estado todo el día masturbándome en la mente, Marcos. Desde que te fuiste esta mañana. Me he tocado en el baño del trabajo pensando en ti. En cómo me atas. En cómo me usas.

Marcos no se movió. Solo la miró, fijándose en cómo se le erizaba la piel de los brazos, en el temblor casi invisible de sus muslos. La tienda seguía vacía, el silencio roto solo por el zumbido del viejo aire acondicionado y el lejano ruido de un coche en la calle. Cualquiera podía entrar. El cristal de la puerta dejaba ver la acera, aunque las estanterías altas daban algo de cobertura en el fondo del local.

—Dilo claro —ordenó él, sin levantar la voz—. Quiero oírlo exactamente como lo has fantaseado.

Laura tragó saliva. Se pasó la lengua por los labios y bajó la mirada un segundo, sumisa ya, antes de volver a mirarlo a los ojos. Su voz salió ronca, apenas un hilo de sonido que se perdía entre los discos.

—He fantaseado todo el puto día con que me ates entre los vinilos. Que me amarras las muñecas a las estanterías con tus correas o con lo que tengas, que me dejes las piernas abiertas y me uses como tu puta sumisa. Que me folles la boca, el coño, el culo, lo que quieras, mientras la puerta está abierta y cualquiera puede entrar y verme. Que me trates como lo que soy cuando estoy contigo: tu zorra atada, tu objeto para descargar.

El aire se espesó. Marcos sintió un calor sordo en la base del vientre. Dio la vuelta al mostrador con calma deliberada, sus botas pesadas resonando en el suelo de baldosas. Se plantó frente a ella, mucho más alto, y le agarró la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—La tienda está abierta, cariño. El letrero dice abierto. En cualquier momento puede entrar un cliente a buscar un disco de Nina Simone o un crío a preguntar por vinilos de regalo. ¿Y tú quieres que te convierta en mi puta atada aquí mismo?

Laura asintió, respirando más rápido. Él notó cómo se le hinchaban las tetas contra la blusa con cada inspiración.

—Sí. Quiero que lo hagas. Necesito que me disciplinees. Llevo horas con el coño chorreando y no me he dejado correrme. Me lo guardaba para ti.

Marcos soltó una risa baja, áspera. Le rodeó la cintura con una mano y la empujó hacia atrás, guiándola entre las filas de estanterías hasta el fondo del local, donde los vinilos de soul y funk formaban un pasillo estrecho y semioculto. Allí la luz era más tenue. La empujó suavemente contra una de las estanterías metálicas. Los discos tintinearon al chocar su espalda. Él le levantó la falda de un tirón, sin prisa pero sin delicadeza, y metió la mano entre sus muslos. Las bragas estaban empapadas, el tejido negro pegado a los labios hinchados de su coño. Dos dedos se deslizaron por encima de la tela, presionando el clítoris hinchado, y Laura soltó un gemido ahogado, mordiéndose el labio para no gritar.

—Mírate —murmuró él contra su oído, frotándola despacio, circular—. Ya estás lista para que te use. Mojada como una perra en celo solo de confesármelo. ¿Cuánto tiempo llevas así?

—Desde las diez de la mañana —jadeó ella, abriendo más las piernas para él—. Me he frotado contra la silla en la oficina. He ido al baño tres veces a tocarme sin correrme. Solo para llegarte así.

Marcos le bajó las bragas hasta media muslo, dejándolas tensas, y le metió dos dedos de golpe en el coño caliente y resbaladizo. Laura se arqueó, las manos agarrándose a los bordes de la estantería, los knobs de metal de los cajones clavándosele en la espalda. Él la folló con los dedos con fuerza, el sonido húmedo y obsceno llenando el silencio de la tienda. Con la otra mano le pellizcó un pezón a través de la blusa, torciéndolo hasta que ella soltó un quejido agudo.

—Shhh. Puerta abierta. Si entra alguien te dejo exactamente así, con mis dedos dentro y la falda subida. ¿Entiendes?

Ella asintió con la cabeza, los ojos vidriosos.

—Sí, señor. Entiendo.

Él sacó los dedos y se los metió en la boca de ella. Laura chupó con hambre, limpiando su propio jugo, la lengua caliente rodeando cada nudillo. Marcos le soltó el pelo y le dio una suave cachetada en la mejilla, solo para verla sonreír con esa mezcla de sumisión y lujuria.

—Quédate quieta. No te muevas.

Fue hasta el cajón bajo el mostrador y sacó las dos correas de cuero que usaba para atar cajas de discos pesados. Eran anchas, resistentes, con hebillas metálicas. Volvió al pasillo estrecho. Laura seguía exactamente donde la había dejado, falda arremangada en la cintura, bragas a media muslo, coño brillante y abierto, respirando entrecortada. Marcos le levantó los brazos y le ató primero una muñeca a uno de los montantes verticales de la estantería, luego la otra al del otro lado, estirándola de forma que quedara semiabierta, pecho hacia adelante, tetas empujadas por la tensión. Las correas chirriaron al apretarlas. Comprobó que no le cortaran la circulación pero que no pudiera soltarse. Luego le abrió más las piernas a patadas suaves y le bajó del todo las bragas, dejándolas enredadas en un tobillo.

—Mira qué cuadro —dijo él, dando un paso atrás para observarla—. Mi esposa atada entre vinilos. Mi puta personal en mi propia tienda. Con la puerta abierta.

Se acercó de nuevo y le desabrochó el pantalón lo justo para sacar la polla gruesa y dura. La frotó contra el vientre bajo de Laura, dejando un rastro de precum brillante sobre su piel. Ella intentó empujar las caderas hacia adelante, buscando contacto, pero las ataduras la limitaban. Marcos le agarró el pelo y le inclinó la cabeza hacia atrás.

—Todavía no. Primero te voy a usar la boca. Y vas a chupar en silencio, porque si haces ruido y alguien entra… te dejo aquí expuesta todo el tiempo que haga falta.

Laura abrió la boca de inmediato, la lengua fuera, los ojos fijos en los de él. Él le metió la polla de un empujón, llenándole la garganta hasta que ella se atragantó un poco, saliva escapándose por las comisuras. Empezó a follarle la boca con movimientos lentos y profundos, una mano en su nuca, la otra pellizcándole un pezón desnudo después de subirle la blusa hasta el cuello. El olor a sexo, a cuero de las correas y a vinilo viejo se mezclaba. Laura babeaba alrededor de su verga, los ojos llorosos de esfuerzo, el coño goteando sobre el suelo del pasillo.

Fuera, en la calle, se oyó el motor de un coche que pasaba lento. Marcos no se detuvo. Solo metió más profundo, sintiendo cómo la garganta de ella se contraía alrededor de él. La tensión le recorría los huevos. Sabía que podían ser interrumpidos en cualquier segundo. Y eso lo ponía más duro. Le sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y le dio un par de tortas suaves en las mejillas con ella, pintándole los labios de precum y saliva.

—Esto es solo el principio —le dijo al oído, voz ronca—. Te voy a follar hasta que no puedas pensar, te voy a marcar, te voy a hacer correrte con mi mano en tu garganta mientras sigues atada. Y si entra alguien… ya veremos qué hago contigo. ¿Quieres eso, mi puta?

Laura, con la boca abierta y la respiración entrecortada, solo pudo murmurar:

—Sí… por favor, Marcos. Úsame. Soy tuya.

Él le dio la vuelta a medias dentro de las ataduras, dejándola de lado, y le dio una nalgada seca y fuerte en el culo desnudo. El sonido resonó entre las estanterías. Luego otra. Y otra. La piel se le puso roja al instante. Marcos se frotó la polla contra la raja mojada de ella, sin entrar todavía, solo deslizándose arriba y abajo, empapándose. La tienda seguía en silencio. El letrero de abierto colgaba en la puerta. Y Laura, atada entre los vinilos, temblaba de necesidad, el coño contraído alrededor de la nada, esperando el siguiente movimiento de su dueño mientras el tiempo se estiraba, denso y peligroso, listo para romperse en cualquier momento.

Marcos sacó la polla de entre los labios hinchados de Laura con un chasquido húmedo y la dejó temblando contra la estantería. Las correas de cuero todavía le sujetaban las muñecas abiertas, el pecho empujado hacia delante, las tetas al aire y el culo marcado de rojo por las nalgadas. El jugo le resbalaba por el interior de los muslos hasta el tobillo donde se enredaban las bragas. Él le soltó las hebillas una por una, despacio, sintiendo cómo ella se sacudía al recuperar el movimiento. No la soltó del todo. La agarró del pelo y la arrastró a trompicones por el pasillo estrecho hasta el mostrador de madera vieja, empujándola detrás de él donde las cajas de cartón y el olor a vinilo acumulado formaban un rincón más oculto.

Laura se dejó caer de rodillas en el suelo de baldosas frías sin que él se lo pidiera. Las rodillas le crujieron al impactar. Se quedó ahí, desnuda de cintura para abajo, la blusa aún arremangada sobre las tetas, la falda hecha un jirón en la cintura, mirándolo desde abajo con la boca abierta y la saliva todavía brillándole en la barbilla. Las manos le temblaban sobre los muslos. Marcos la observó un segundo, la polla dura y brillante de saliva apuntándole a la cara, y sintió cómo se le endurecía todavía más al verla arrodillada voluntaria, sumisa, pidiendo con los ojos antes de abrir la boca.

—Átame otra vez —rogó ella, la voz rota y baja, casi un gemido—. Por favor, Marcos. Átame bien. Quiero las cuerdas. Quiero que me amarre las muñecas a la espalda y me aprietes las tetas hasta que duelan. Hazme tu esclava aquí mismo. Te lo ruego. Necesito sentirme tuya de verdad, atada y usada mientras cualquiera podría llamarme a la puerta.

Él soltó una risa baja y oscura. La excitación le subía por la base de la polla como un golpe de calor. Dio media vuelta, caminó hasta la puerta de cristal, giró la llave con un chasquido seco y bajó la persiana un poco para que la luz de la calle quedara filtrada. El letrero de “ABIERTO” quedó colgando torcido por dentro. Volvió al mostrador, abrió el cajón de abajo con un tirón y sacó el rollo de cuerda gruesa que usaba para atar los fardos de discos pesados. Era de cáñamo áspero, resistente, perfecta para dejar marcas. La dejó caer al suelo delante de ella con un ruido sordo.

—Mírate, putita mía —dijo mientras desenrollaba un tramo, la voz grave y cariñosa a la vez—. Ya estás de rodillas pidiendo que te convierta en mueble. Qué esclava tan ansiosa. Abre la boca y confiesa alto lo que eres antes de que te ate.

Laura tragó saliva. Se pasó la lengua por los labios hinchados y habló claro, sin bajar la mirada:

—Soy tu esclava. Me encanta ser tu puta atada. Me gusta cuando me amarras y me usas como un objeto. Quiero que me aprietes hasta que no pueda moverme y me folles cuando te dé la gana. Por favor, átame ya.

Marcos se arrodilló detrás de ella. Le cruzó las muñecas a la espalda baja y empezó a enrollar la cuerda con movimientos precisos y firmes. Cada vuelta apretaba más. El cáñamo le rozaba la piel sensible de las muñecas, dejando surcos rojos al instante. Hizo un nudo doble, luego otro, tirando fuerte hasta que ella jadeó y se le arqueó la espalda. Comprobó que no se soltara. Luego pasó la cuerda por debajo de sus brazos y subió hasta el pecho. Dio varias vueltas apretadas alrededor de la base de cada teta, separándolas, aplastándolas hacia fuera hasta que se hincharon moradas y los pezones se le pusieron duros como piedras. Otro nudo en el centro del pecho, tirante, que le hundía la carne y le hacía soltar un quejido agudo.

—Más fuerte —susurró ella, empujando el pecho hacia la cuerda—. Así… joder, sí. Me duele rico. Dime que soy tuya.

—Eres mi puta esclava de tienda —gruñó él al oído, tirando del último nudo hasta que ella gimió—. Mi zorra atada entre cajas de vinilos. Confiesa más alto. Di cuánto te gusta esto. Di que te corre el coño solo de sentir la cuerda.

Laura respiraba entrecortada. Las tetas le palpitaban dentro de los nudos, pesadas y sensibles. Se frotó un poco hacia atrás, buscando su pierna, y encontró la tela áspera del vaquero. Empezó a restregarse el coño hinchado y chorreante contra su muslo, despacio al principio, luego con más desesperación, dejando un rastro brillante de jugo en la tela.

—Me gusta… me gusta ser tu esclava —jadeó, frotándose más fuerte—. Me encanta cuando me atas las tetas así, cuando me dejas inútil y mojada. Quiero que me uses la boca, el coño, el culo, lo que quieras. Soy solo un agujero atado para ti. Por favor, Marcos… no pares.

Él le agarró el pelo con una mano y le obligó a mirar hacia arriba mientras con la otra le pellizcaba un pezón aprisionado por la cuerda, torciéndolo hasta que ella soltó un grito ahogado. La cuerda crujía cada vez que ella se movía. Marcos sentía el calor de su coño frotándose contra su pierna, el movimiento insistente, la necesidad desesperada. Se le endureció la polla contra la cremallera. La empujó un poco más, dejando que ella se deslizara arriba y abajo por su muslo mientras le susurraba insultos suaves y sucios al oído.

—Mira cómo te frotas, puta barata. Ya no aguantas. Mi esclava de mierda se corre solo con la cuerda y mi pierna. Confiesa más. Di que quieres que te deje así todo el puto día, atada detrás del mostrador, lista para cuando yo quiera metértela.

—Sí… quiero eso —gimió Laura, frotándose más rápido, el clítoris rozando la costura del pantalón—. Me gusta ser tu esclava. Me encanta que me insultes y me aprietes. Átame más si quieres. Usa las cuerdas en mis muslos también. Hazme gritar que soy tuya. Por favor… estoy tan cerca…

Marcos le dio una torta suave en la mejilla con la polla todavía fuera, pintándole la cara de precum, y luego le bajó la cabeza hasta que su boca quedó a centímetros de la cremallera. La cuerda de las tetas le cortaba la respiración un poco cada vez que se inclinaba. Él le metió dos dedos en la boca y ella chupó con hambre mientras seguía frotándose desesperada contra su pierna. El olor a sexo y a cáñamo llenaba el espacio detrás del mostrador. Fuera se oía un coche pasar. La tensión subía. Marcos tiró un poco más de la cuerda del pecho, apretando los nudos hasta que ella se sacudió y soltó un gemido largo y roto.

—Dilo otra vez —ordenó, voz ronca—. Más alto. Quiero oírlo mientras te frotas como una perra en celo.

—Soy tu esclava… me gusta tanto… átame, úsame, fóllame cuando quieras… soy tuya, Marcos, solo tuya…

Ella se restregaba más fuerte, las caderas moviéndose en círculos cortos y húmedos, el coño abierto y goteando sobre su vaquero. Las tetas le dolían deliciosamente dentro de los nudos apretados. Marcos sentía cómo se le hinchaban los huevos. La tenía exactamente donde quería: arrodillada, atada, confesando, frotándose al límite, lista para lo que viniera después, con la puerta cerrada pero el peligro todavía latiendo en el aire espeso de la tienda.

Marcos tiró de la cuerda que le ceñía el pecho a Laura hasta que ella soltó un gemido ahogado y dejó de frotarse. La arrastró de rodillas unos pasos hasta la pila de cajas de cartón llenas de vinilos que se amontonaban detrás del mostrador. El olor a polvo y a plástico viejo se mezclaba con el de su coño chorreante. La levantó de un tirón del pelo y la dobló sobre las cajas. El cartón crujió bajo su vientre. La falda ya hecha jirones le subió del todo hasta la cintura, dejando el culo al aire, rojo todavía de las nalgadas anteriores, las bragas enredadas en un tobillo y las muñecas firmemente atadas a la espalda. Las tetas hinchadas y moradas por la cuerda se aplastaban contra el cartón, los pezones duros rozando la superficie áspera.

—Quédate quieta, puta —ordenó él con voz grave, la mano abierta ya alzada—. Esto es lo que pediste. Mi esclava atada entre discos.

La primera torta resonó seca y fuerte. Laura gritó un “¡sí!” roto, el cuerpo sacudiéndose. Marcos le azotó el culo otra vez, y otra, y otra, la piel poniéndose más roja, más caliente, la marca de sus dedos clavándose en la carne. Cada golpe hacía que el jugo le resbalara más por los muslos. Él contaba en voz baja mientras pegaba: cinco, seis, siete. El sonido húmedo de la piel castigada llenaba el rincón. Laura empujaba el culo hacia atrás buscando más, las cuerdas crujiendo en sus muñecas y pecho.

—Más… por favor, Marcos, azótame más fuerte… soy tuya… —jadeó ella, la cara de lado contra una caja de Miles Davis, la saliva haciéndole un hilo hasta el cartón.

Él le dio dos más, brutales, y luego se plantó detrás, la polla gruesa y dura en la mano. Se frotó la cabeza contra la raja hinchada y empapada, embadurnándose de su mojadura. Sin avisar se enterró de un solo empujón hasta el fondo. Laura soltó un alarido de placer puro que se ahogó entre las cajas. Marcos le agarró el pelo con una mano y tiró hacia atrás con fuerza, arqueándole el cuello mientras le follaba el coño a embestidas profundas y duras. El sonido obsceno de carne contra carne, de jugo chapoteando, se mezclaba con los gemidos de ella y los gruñidos de él.

—Tómalo todo, zorra de mi tienda. Este coño es mío. Dilo.

—Es tuyo… joder, fóllame más duro… úsame… —gimió Laura, cada embestida empujándola contra las cajas, los pezones rozando el cartón hasta doler delicioso. Las cuerdas le apretaban las tetas con cada movimiento, cortándole un poco la respiración, haciéndola sentir más poseída. Marcos tiraba de su pelo como de una rienda, la otra mano clavándole los dedos en la cadera marcada. Follaba sin piedad, los huevos golpeándole el clítoris hinchado. Ella se apretaba alrededor de él, el orgasmo ya trepando por su vientre, pero él no la dejaba llegar todavía.

—No te corras todavía. Aguanta, esclava. Quiero sentirte temblar primero.

Laura lloriqueaba de necesidad, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo. El peligro de la puerta, aunque cerrada, seguía ahí, el letrero torcido, cualquiera podía llamar. Eso la mojaba más. Marcos le soltó el pelo un segundo para darle tres nalgadas más rápidas mientras la follaba, el culo ya ardiendo, y luego volvió a tirar de las castañas. Las cajas se movían bajo ellos, vinilos tintineando dentro. Él se inclinó y le mordió el hombro, la voz ronca al oído:

—Dime qué eres mientras te destrozo el coño.

—Tu puta… tu esclava atada… me encanta… no pares… —jadeó ella, los ojos vidriosos, el placer arrancándole lágrimas de gusto.

Cuando sintió que ella estaba al borde, Marcos se salió de golpe. El vacío la hizo quejarse. La agarró de las cuerdas de la espalda y la puso de rodillas otra vez sobre las baldosas frías. Las tetas atadas le colgaban pesadas, moradas, los pezones casi morados de lo apretado. Él le agarró la cara con ambas manos y le metió la polla hasta la garganta de un empujón. Laura se atragantó, los ojos llorosos, pero abrió más la boca y tragó, la lengua trabajando debajo. Marcos le folló la garganta con profundidad brutal, las manos en su pelo, usándola como un agujero caliente. La saliva le caía por la barbilla hasta las tetas atadas. Cada embestida hacía que las cuerdas se tensaran más. Ella gemía alrededor de la verga, el sonido ahogado y sucio, el coño goteando un charco en el suelo.

—Así… trágatela toda, putita. Respira cuando te deje. Eres mi juguete de tienda —gruñó él, metiendo hasta que su nariz rozaba el vello del pubis. La mantuvo ahí un segundo, sintiendo cómo se contraía la garganta, luego sacó un poco para que respirara y volvió a enterrarse. Laura chupaba con hambre, los labios hinchados, mirándolo desde abajo con total entrega.

Marcos sacó la polla brillante de saliva y babas. Se agachó un poco, todavía con una mano en su pelo, y le metió dos dedos gruesos en el coño empapado mientras el pulgar le encontraba el clítoris hinchado. Empezó a frotarlo en círculos rápidos y firmes, sin piedad.

—Córrete ahora. Solo con mis dedos. Sin mi polla. Obedece, esclava. Quiero ver cómo te deshaces atada.

Laura se sacudió al instante. El orgasmo la golpeó como un tren: el cuerpo entero se arqueó, las cuerdas crujiendo, un grito largo y roto saliéndole de la garganta mientras el coño se contraía violentamente alrededor de sus dedos, chorreando más jugo caliente por su mano y hasta el suelo. Las piernas le temblaban, las tetas atadas rebotando con cada espasmo. Él no paró de frotar el clítoris hasta que ella lloriqueó de sensibilidad extrema, pidiendo sin palabras que parara y al mismo tiempo que no lo hiciera.

—Buenas chica… mira cómo te corres para mí. Qué esclava tan obediente —murmuró él, sacando los dedos y metiéndoselos en la boca de ella para que limpiara. Laura chupó temblando, el sabor de su propio orgasmo en la lengua.

Marcos se puso de pie, la polla a punto de explotar, los huevos pesados. Le agarró el pelo otra vez y se corrió. El primer chorro le salpicó la cara abierta, caliente y espeso, cruzándole la mejilla y los labios. El segundo y el tercero le cubrieron las tetas atadas, manchando la cuerda y la carne hinchada, goteando por los pezones duros. Él se masturbaba la última gota sobre su lengua sacada, pintándole la barbilla. Laura se quedó arrodillada, la cara y el pecho brillantes de semen, respirando entrecortada, los ojos cerrados de placer, las cuerdas todavía sujetándola firme.

—No te limpies —ordenó él, la voz todavía ronca, pasando el dedo por un hilo de semen y metiéndoselo en la boca de ella—. Quédate así. Mi puta marcada.

Laura abrió los ojos y lo miró desde abajo, la lengua limpiando lo que podía, un gemido bajo de satisfacción saliéndole del pecho. El semen le escurría por el cuello hasta las tetas aprisionadas. Marcos la observó un segundo más, la polla todavía semi dura, y tiró suavemente de la cuerda del pecho, haciéndola jadear otra vez. El aire de la tienda olía a sexo crudo, a cuero y a vinilo. Fuera un coche pasó lento. Él sonrió oscuro, sabiendo que esto no había terminado, que todavía tenía planes para su esposa atada entre las cajas.

Marcos se quedó mirándola un momento más, la polla todavía pesada y brillante de saliva y semen, los ojos oscuros fijos en el desastre hermoso que era su esposa. Laura respiraba agitada de rodillas sobre las baldosas frías, el rostro y las tetas cubiertos de chorros espesos que le escurrían lentos por el cuello, manchando las cuerdas de cáñamo todavía apretadas alrededor de su pecho hinchado y morado. El coño le palpitaba vacío y sensible, el jugo mezclado con el resto del corrido que le resbalaba por los muslos internos. El olor a sexo crudo, a cuero y a vinilo viejo llenaba el rincón detrás del mostrador como una segunda piel.

Él se arrodilló frente a ella con calma deliberada. Sus manos grandes y callosas buscaron primero los nudos de las muñecas. Los dedos trabajaron despacio, deshaciendo cada vuelta de cuerda con una ternura que contrastaba con la brutalidad de minutos antes. El cáñamo se deslizó sobre la piel enrojecida, dejando surcos profundos y calientes que ya empezaban a arder con ese placer delicioso de las marcas. Laura soltó un gemido bajo cuando las muñecas quedaron libres; los brazos le cayeron pesados a los costados, hormigueando, y ella los frotó un segundo contra sus muslos desnudos sin atreverse a limpiarse la cara.

—Shhh, mi buena esclava —murmuró Marcos, pasando a las cuerdas del pecho—. Quédate quieta. Déjame desatarte yo.

Tiró con cuidado del nudo central. Las tetas de Laura se liberaron de golpe, pesadas, hinchadas, los pezones casi morados y tan sensibles que ella se arqueó y soltó un quejido agudo cuando la sangre volvió a circular. Él frotó suavemente la carne marcada con las yemas de los dedos, aliviando el dolor a la vez que lo prolongaba, saboreando cómo ella temblaba bajo su tacto. Las cuerdas cayeron al suelo con un ruido sordo. Marcos tomó un trapo limpio del cajón del mostrador —uno de esos que usaba para limpiar las portadas de los discos— y lo humedeció un poco con agua de la botella que tenía cerca. Luego se acercó más, arrodillado entre sus piernas abiertas, y empezó a limpiarle el rostro con una lentitud casi reverente.

El trapo pasó primero por la mejilla, recogiendo el semen seco y fresco. Luego por los labios hinchados, por la barbilla, por el cuello donde se había acumulado en hilos blancos. Laura cerró los ojos y se dejó hacer, el pecho subiendo y bajando rápido, el corazón latiéndole contra las costillas. Cada roce del trapo era una caricia de posesión; cada pasada le recordaba exactamente a quién pertenecía. Marcos le limpió las tetas con la misma ternura cruda, pasando el paño por los pezones doloridos, por debajo de los pechos todavía marcados por las cuerdas, hasta que su piel quedó brillante y limpia pero todavía olorosa a él. Tiró el trapo a un lado y le sujetó la cara con ambas manos, los pulgares acariciándole las mejillas.

La besó. Fue un beso profundo, posesivo, la lengua entrando sin prisa pero sin pedirle permiso, saboreando su propia marca todavía residual en la boca de ella. Laura gimió dentro del beso y se aferró a sus hombros anchos, las uñas clavándosele en la camisa. Él la atrajo más cerca, casi subida a su regazo, y le susurró contra los labios húmedos, la voz grave y baja que solo usaba para ella:

—Estoy tan jodidamente orgulloso de ti, Laura. De cómo te entregaste. De cómo te corriste atada para mí. De cómo te quedaste arrodillada tragando y recibiendo todo como la puta perfecta que eres. Mi esposa. Mi esclava. Nadie más te ve así. Nadie más te merece así.

Ella tembló entera. Las lágrimas de placer le picaron los ojos otra vez, pero esta vez eran de algo más caliente, más hondo. Asintió contra su boca, la voz ronca:

—Solo tuya, Marcos. Siempre. Me has usado tan bien… me duele todo y aún quiero más.

Él sonrió oscuro y le dio un último mordisco suave en el labio inferior antes de ayudarla a ponerse de pie. Las piernas le flaqueaban. Marcos le bajó la falda hecha jirones lo mejor que pudo, le acomodó la blusa sobre las tetas marcadas —los pezones todavía duros se marcaban contra la tela fina— y le recogió las bragas del suelo para metérselas en el bolsillo de él. No se las puso. Quería que volviera a casa sin ellas, sintiendo el aire frío entre las piernas y las marcas de las cuerdas latiéndole bajo la ropa. Le peinó el cabello castaño con los dedos, apartándole los mechones pegados por el sudor y el semen, y le dio una nalgada suave, casi cariñosa, en el culo todavía rojo.

—Vamos a cerrar. Ya es tarde.

Juntos recogieron lo esencial. Marcos enrolló las cuerdas manchadas y las guardó de nuevo en el cajón, un recuerdo caliente para la próxima. Laura, todavía temblorosa, ayudó a meter las cajas de vinilos un poco más ordenadas, aunque cada movimiento le recordaba el ardor de las nalgas y el hormigueo de las muñecas. Él subió del todo la persiana, apagó las luces amarillentas una por una y giró la llave en la puerta de cristal con un chasquido definitivo. El letrero de “ABIERTO” quedó colgando torcido por dentro, testigo mudo de lo que había pasado entre las estanterías. La campanilla no sonó esta vez; el barrio seguía en silencio.

Salieron a la calle con el aire fresco de la tarde golpeándoles la piel caliente. Laura caminaba pegada a él, el brazo de Marcos rodeándole la cintura con posesión, la mano grande apoyada justo sobre la curva del culo marcado. Cada paso le hacía rozar los muslos desnudos bajo la falda corta; sentía las marcas de las cuerdas ardiendo en las muñecas y alrededor de las tetas, invisibles para cualquiera que los viera pero vivas bajo la tela. Él notaba cómo ella se estremecía de vez en cuando, y sonreía para sus adentros. En el coche, mientras arrancaba, le subió la mano por debajo de la falda y le acarició el coño todavía hinchado y resbaladizo, solo dos dedos suaves, recordándole que seguía siendo suya.

—En casa te voy a bañar despacio —dijo él, la voz ronca mientras conducía por las calles casi vacías—. Te voy a untar crema en cada marca. Y después… vamos a hablar de la próxima vez. Porque esto no se acaba aquí, Laura. La próxima sesión ya la estoy planeando. Quizá te ate al mostrador otra vez, pero con la tienda llena de gente fingiendo que no pasa nada. O quizá te lleve al almacén de detrás y te deje colgada de las estanterías altas toda una tarde. ¿Qué te parece, mi puta?

Laura se mordió el labio, las piernas abriéndose un poco más bajo su mano. El coño le latía otra vez solo de oírlo. Miró por la ventanilla las luces de la ciudad y luego lo miró a él, los ojos brillantes de sumisión y hambre renovada. Las marcas le ardían deliciosamente bajo la ropa, promesas vivas de todo lo que vendría.

—Dime, Marcos… ¿me vas a atar más fuerte la próxima vez y dejarme expuesta mientras atiendes clientes de verdad?

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