Su Compañero de Piso en el Almacén del Mercado
Lucía, virgen de 19, seduce a su compañero de piso. ERROR: This is 7 words / 48 characters. Third person. States premise and complication. Ends with period
Lucía había llegado a la ciudad apenas tres semanas atrás, con una maleta llena de ropa barata y el corazón latiéndole desbocado por la novedad de todo. Tenía diecinueve años, era virgen y compartía un apartamento minúsculo encima del almacén del mercado con Diego, su compañero de piso de veintidós. Él trabajaba cargando cajas de fruta y carne desde las cinco de la mañana hasta el cierre, y cada tarde subía las escaleras sudado, con la camiseta pegada al pecho y los pantalones bajos marcando la erección que a veces ni se molestaba en esconder.
Ella lo observaba desde la puerta de la cocina, apretando los muslos con fuerza. El olor a hombre y a esfuerzo le llenaba las fosas nasales. Diego notaba cómo se sonrojaba cada vez que sus cuerpos se rozaban en el pasillo estrecho. Un codazo accidental contra su pecho, la cadera de él rozando el culo de ella al pasar, y Lucía se quedaba temblando, con el coño chorreando dentro de las bragas.
—Perdona —murmuraba él, con esa voz grave y esa media sonrisa que le volvía loca.
Una noche especialmente calurosa, después del cierre del mercado, el aire del apartamento era denso y húmedo. Lucía no pudo más. Se metió en su habitación, se quitó la falda y las bragas y se tumbó en la cama con las piernas abiertas. Se metió dos dedos en el coño empapado y empezó a frotarse el clítoris con rabia, gimiendo el nombre de Diego en voz baja primero, después más alto.
—Diego… joder, Diego, fóllame…
La puerta no estaba bien cerrada. Diego entró buscando una toalla y se quedó clavado. Lucía abrió los ojos y lo vio allí, con el pecho desnudo aún brillante de sudor, la polla ya dura marcando el pantalón. En lugar de gritar o cubrirse, ella sacó los dedos del coño y los miró brillantes.
—Soy virgen —susurró, la voz temblando—. Y te deseo con locura. Cada puta noche. Te imagino metiéndomela entera, rompiéndome.
Diego cerró la puerta con el pie y se acercó. Se inclinó y la besó con hambre, chupándole la lengua, mordiéndole el labio inferior.
—¿Quieres que sea yo tu primero? —preguntó directo, la mano ya entre sus piernas, palpando el coño virgen hinchado—. Dímelo claro.
Lucía gimió un sí desesperado y lo agarró de la camiseta para arrastrarlo a la cama. Diego la desnudó con devoción, besándole cada centímetro de piel. Le quitó la camiseta, le chupó los pezones duros hasta que ella arqueó la espalda, después le bajó las bragas del todo y se arrodilló entre sus muslos. Abrió los labios de su coño con los pulgares y la olió.
—Qué rico hueles, joder…
Se lanzó a comérselo. Lamió el clítoris con la lengua plana, chupó los labios hinchados, metió la lengua dentro del agujero virgen y la folló así mientras ella se agarraba a las sábanas. Lucía nunca había sentido nada igual. El orgasmo le subió desde el vientre como una ola y explotó gritando, el coño contrayéndose contra la boca de Diego, los jugos corriéndole por el culo.
—¡Me corro! ¡Diego, me estoy corriendo!
Él no paró hasta que ella dejó de temblar. Entonces se subió, se bajó los pantalones y le sacó la polla gruesa y venosa. Lucía se incorporó torpemente, guiada por sus manos.
—Ábrela… así, con la lengua. Chúpame los huevos también.
Ella lamió el glande salado, se metió la cabeza en la boca y chupó con torpeza, babeando, haciendo ruidos obscenos. Diego le agarró el pelo y le folló la boca despacio, empujando hasta que tocó el fondo de su garganta. Lucía se atragantó un poco pero no se apartó; le gustaba el sabor, le gustaba sentirse usada así.
Cuando la polla estuvo empapada de saliva, Diego la tumbó de espaldas, le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Frotó el glande contra su entrada virgen.
—Voy a entrar despacio. Quiero que sientas cada puto centímetro.
Empujó. El coño de Lucía se resistió un segundo y después cedió, tragarlo centímetro a centímetro. Ella gimió alto, las uñas clavadas en su espalda. Dolía y quemaba y era perfectísimo. Diego se hundió hasta el fondo, con los huevos pegados a su culo, y se quedó quieto.
—Tan apretada… joder, Lucía, tu coñito me está matando.
Empezó a follarla en misionero, lento y profundo, sacando casi toda la polla y volviendo a enterrarla entera. Cada embestida le sacaba un gemido a ella. Le besaba la boca, le chupaba el cuello, le susurraba lo caliente y virgen que estaba. Cuando Lucía empezó a empujar las caderas contra él, Diego la volteó con facilidad y la puso a cuatro patas.
La agarró de las caderas y la embistió con fuerza. El sonido de la carne contra carne llenó la habitación. Le pellizcó los pezones duros, tiró de ellos mientras le daba taconazos potentes que le hacían temblar las tetas.
—Mira qué apretada y caliente está tu coñito nuevo… me lo estás chupando entero, putita. Esto es mío ahora. Cada noche te lo voy a reventar.
Lucía aullaba, el rostro contra la almohada, el culo en alto recibiendo cada embestida. El orgasmo le volvió a subir y se corrió otra vez, el coño estrujando la polla de Diego con fuerza. Él la sacó entonces y se tumbó de espaldas.
—Súbete. Quiero verte cabalgarme.
Lucía se montó torpe al principio, guiando la polla hasta su entrada y dejándose caer. Cuando la tuvo toda dentro empezó a rebotar salvajemente, las tetas saltándole, el culo golpeando los muslos de él. Diego le agarró las caderas y empujó hacia arriba al mismo tiempo, follándola desde abajo con violencia. Los dos gemían, sudaban, se maldecían de placer.
—Me corro… me voy a correr dentro —gruñó Diego.
—Sí, lléname… lléname el coño —
Explotaron juntos. Diego se vació a chorros calientes dentro de ella mientras Lucía se sacudía en un orgasmo que le dejó la vista negra. Se derrumbó sobre su pecho, los dos jadeando, la polla todavía dentro, el semen empezando a salirle por los lados.
Diego la abrazó y la besó con ternura, acariciándole el pelo pegado de sudor.
—¿Estás bien?
Lucía, aún temblando, levantó la cabeza y sonrió cansada.
—Quiero repetir esto todas las noches. Todas. Hasta que no pueda caminar.
Ambos se rieron. Diego se levantó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda. La limpió con cuidado entre las piernas, besándole el muslo, quitándole el semen y los jugos. Ella le limpió la polla blanda después, chupándole una última gota.
Se quedaron un rato abrazados en la cama estrecha, hablando en voz baja de cómo el almacén y el apartamento serían a partir de ahora su territorio privado: ella bajando a verlo sudar entre las cajas, él subiendo a follársela en cualquier rincón disponible. Lucía se acurrucó contra su pecho y cerró los ojos un momento, exhausta y llena.
Diego se incorporó despacio, se puso los pantalones y la camiseta. Le dio un último beso en la frente, sin prisas.
—Tengo que bajar a cerrar bien el almacén. Vuelvo en un rato.
Lucía asintió, sonriente, todavía desnuda y abierta sobre las sábanas manchadas. Diego salió de la habitación, bajó las escaleras con paso tranquilo y cruzó la puerta del apartamento hacia el almacén oscuro, dejando atrás el olor a sexo y el cuerpo de la chica que acababa de desvirgar.
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