Nieve con mi vecina sumisa
Un dominante somete a su vecina sumisa en la nieve.
La nieve caía espesa sobre el edificio de apartamentos, tapizando el patio interior y amortiguando el ruido de la ciudad. Marcos cerró la puerta del refrigerador y se sirvió un vaso de whisky. Treinta y dos años, cuerpo marcado por el gimnasio y por noches largas de control, se sentía inquieto aquella tarde. Desde hacía meses notaba a la vecina del 4B: Lucía. Veinticuatro años, mirada baja cuando lo cruzaba en el pasillo, un leve inclinarse de cabeza al cederle el ascensor, las manos quietas a los costados como si esperara una orden que nadie le daba. Él lo reconocía al instante. Era una sumisa natural que aún no se había atrevido a pedir lo que el cuerpo le gritaba.
El timbre sonó una sola vez, firme.
Marcos abrió.
Lucía estaba allí, el cabello oscuro salpicado de copos derretidos, las mejillas enrojecidas por el frío. El abrigo negro le llegaba a media muslo y lo llevaba entreabierto a propósito. Debajo, un corpiño de encaje negro que apenas contuvo sus pechos, una tanga fina y medias hasta el muslo sujetas con ligas. El aire gélido del pasillo le erizaba la piel expuesta. Sus ojos se alzaron hasta los de él y no se apartaron.
—Marcos… —la voz le salió baja, ronca de nervios y de ganas—. Llevo meses mirándote. Cada vez que te veo, se me afloja algo dentro. Quiero someterse a ti esta noche. Completamente. Si me dejas.
Él no sonrió de inmediato. La estudió de arriba abajo: el temblor en los muslos, el pezón duro rozando el encaje, la respiración entrecortada. El whisky quedó olvidado sobre la mesa. Dio un paso atrás y abrió la puerta del todo.
—Entra.
Ella obedeció sin dudar. El calor del apartamento la envolvió. Marcos cerró con llave y se quedó de pie, a un metro, mirándola como se mira algo que ya se ha decidido poseer.
—Quítate el abrigo. Déjalo en el suelo.
Lucía deslizó la prenda de los hombros. Cayó con un susurro suave. Quedó delante de él en lencería y tacones bajos, las manos unidas delante del vientre, esperando. Él dio la vuelta a su alrededor, despacio, oliendo el perfume barato y el olor a nieve en su cabello.
—De rodillas.
Ella bajó al instante. Las rodillas golpearon la alfombra con un golpe sordo. Enderezó la espalda, abrió un poco las piernas y levantó la cara. Los ojos brillaban.
—Amo —dijo, y la palabra le salió natural, como si la hubiera ensayado en la soledad de su cama—. Aquí estoy.
Marcos se inclinó, le tomó la barbilla entre el pulgar y el índice, forzándola a mantener el contacto visual.
—Dime exactamente qué quieres esta noche, Lucía. Sin rodeos.
Ella tragó saliva. El pecho subía y bajaba rápido.
—Quiero que me uses. Que me ates. Que me digas qué hacer y cómo. Quiero obedecer. Quiero que me disciplines cuando me descontrole… porque sé que me voy a descontrolar. He fantaseado con tu voz dándome órdenes desde el primer día que te vi en el ascensor. Me mojaba solo de imaginarlo.
Él pasó el pulgar por su labio inferior.
—Límites. Dímelos ahora, antes de que te ponga una sola cuerda encima.
—Nada de asfixixia real. Nada de sangre. No me dejes marcas permanentes en la cara. El resto… —su voz se quebró de excitación— el resto lo decido tú. Palabra de seguridad: «nieve». Si la digo, paras todo.
Marcos asintió una sola vez.
—«Nieve». Claro. Y yo te aviso si algo se me sale de las manos, aunque dudo que lo haga. ¿Confías?
—Sí, Amo.
—Bien.
Se apartó hacia el cajón del aparador. Sacó una cuerda de algodón suave, del grosor justo, del color natural. Lucía lo siguió con la mirada sin moverse de las rodillas. Él volvió, se colocó detrás de ella y le tomó las muñecas. Las juntó a la espalda con firmeza y empezó a enrollar la cuerda en ochos precisos, apretando lo suficiente para que sintiera la restricción sin cortar la circulación. Cada nudo lo aseguraba con un tirón seco. El aliento de Marcos le rozaba la nuca.
—Desde este momento eres mía por la noche. No hablas a menos que te pregunte o te dé permiso. No te tocas. No te corres hasta que yo lo diga. Si te porto mal, te castigo. ¿Entendido?
—Sí, Amo —susurró ella, la voz ya temblorosa de ganas.
Él terminó el nudo y tiró suavemente de la cuerda para comprobar la tensión. Las muñecas de Lucía quedaron fijadas a la espalda, los hombros abiertos, los pechos empujados hacia adelante. Marcos rodeó el cuerpo arrodillado y se agachó frente a ella. Le metió dos dedos dentro de la tanga sin avisar. Estaba empapada. Los labios hinchados, resbaladizos. Ella jadeó y se arqueó hacia su mano.
—Mira cómo estás. Y apenas te he tocado.
Le frotó el clítoris con el pulgar, lento, circular, solo para sentir cómo se contraía. Lucía mordió el labio inferior con fuerza para no gemir demasiado alto. Él se la sacó los dedos y se los ofreció a la boca.
—Límpialos.
Ella abrió los labios y chupó con hambre, lamiendo cada gota de su propio jugo, los ojos clavados en los de él. Marcos sintió la polla endurecerse del todo dentro de los pantalones. Le retiró los dedos con un chasquido húmedo.
—Pídemelo. Lo que quieras ahora.
Lucía temblaba. Las rodillas le dolían un poco contra la alfombra, la cuerda le recordaba a cada segundo que no podía usar las manos, y eso la ponía más caliente.
—Amo… por favor, disciplíname. Necesito sentirlo. Llevo meses siendo buena solo en mi cabeza. Quiero que me corrijas. Quiero tu mano, tu cinturón, lo que decidas. Hazme sentir que soy tuya de verdad. Te lo ruego.
Marcos se puso de pie. Desabrochó despacio el cinturón de cuero, el sonido del metal y el cuero llenando el silencio del salón. Lo sacó de las trabillas con un movimiento largo. Lucía no apartó la vista. El pecho le subía y bajaba con violencia. Él dobló el cinturón por la mitad y lo dejó caer una vez contra la palma de su propia mano: el chasquido seco hizo que ella se estremeciera de la cabeza a los pies.
—Vas a contar cada golpe. En voz alta. Y después me vas a dar las gracias. Si te equivocas, empiezo de cero. ¿Lista?
—Sí, Amo. Estoy lista. Por favor…
Marcos caminó despacio hasta colocarse a un lado. Con la mano libre le bajó la tanga hasta media muslo, dejando el culo desnudo y las nalgas ligeramente abiertas por la posición. La piel pálida ya tenía un leve sonrojo de anticipación. Él pasó la fría hebilla del cinturón por una nalga, solo para hacerla esperar. Lucía contuvo la respiración. Afuera, la nieve seguía cayendo contra los cristales, aislándolos del mundo.
Él levantó el brazo.
La primera azotada cayó seca, precisa, en la parte carnosa de la nalga derecha. El sonido llenó el piso. Lucía soltó un gemido ahogado, el cuerpo se inclinó hacia adelante por el impacto y luego se enderezó de nuevo, obediente.
—Uno… gracias, Amo.
Marcos no esperó mucho. La segunda llegó un poco más abajo, cruzando la marca anterior. La piel empezó a enrojecerse al instante. Ella gimió más alto.
—Dos… gracias, Amo.
Él le acarició el culo azotado con la palma abierta, sintiendo el calor que ya subía. Después le metió dos dedos otra vez entre las piernas: chorreaba todavía más. El jugo le brillaba en los muslos.
—Te gusta que te ponga en tu sitio —constató, la voz grave—. Eres una puta sumisa perfecta. Y apenas estamos empezando.
Le dio la tercera y la cuarta sin prisa, alternando nalgas, dejando que el escozor se asentara. Lucía contaba con la voz rota de placer, las lágrimas empezando a brillarle en los ojos sin que fueran de dolor verdadero, sino de la entrega total. Cada «gracias, Amo» le salía más humilde, más mojada. Marcos sentía la tensión en su propia entrepierna volverse casi dolorosa. Quería follársela ya, pero no. Primero iba a romperla un poco más con la disciplina que ella misma había rogado.
Cuando llegó al sexto golpe, se detuvo. Le levantó la cara por el pelo, forzándola a mirarlo. Las mejillas de ella ardiendo, la boca entreabierta, el pecho agitado.
—¿Todavía quieres más?
—Sí, Amo —jadeó sin dudar—. Más. Usa me. Castígame. Quiero despertarme mañana y sentir que todavía me perteneces.
Marcos soltó una risa baja, oscura. Guardó el cinturón a un lado por un momento y se arrodilló frente a ella. Le besó la boca con violencia, mordiéndole el labio inferior hasta sacar un gemido. La lengua de ella se rindió al instante. Cuando se separó, le susurró contra los labios:
—Esta noche no te voy a soltar hasta que estés temblando y llorando de lo bien que te sientes siendo mi perra. Y todavía no hemos llegado a la cama.
Se puso de pie otra vez. Cogió la cuerda que colgaba de sus muñecas y tiró hacia arriba, obligándola a alzarse de las rodillas aunque le costara el equilibrio. Lucía se tambaleó, las piernas flojas, la tanga aún bajada a media muslo, el culo ardiendo y brillante de humedad. Marcos la guió hacia el sofá grande junto a la ventana, donde la nieve dibujaba formas blancas contra el cristal oscuro.
—De rodillas otra vez. Esta vez sobre el sofá. Culo en alto. Cara contra el respaldo. Y no te muevas hasta que yo diga.
Ella se colocó exactamente como le ordenó: pecho aplastado contra el respaldo, rodillas abiertas sobre el asiento, culo expuesto y enrojecido hacia él, las manos todavía atadas a la espalda. Marcos se quedó unos segundos contemplándola. El espectáculo era perfecto. La sumisión voluntaria, el temblor de anticipación, el rastro brillante de excitación que le bajaba por el interior del muslo.
Se acercó por detrás, le abrió las nalgas con ambas manos y le escupió directamente sobre el coño abierto. Lucía se estremeció y empujó el culo hacia atrás, ofreciéndose más. Él se bajó la cremallera con una sola mano. La polla le saltó pesada, dura, la cabeza ya brillante de precum. Se frotó una vez a lo largo de su raja empapada, sin entrar todavía, solo untándose de ella.
—Vas a aguantar lo que yo quiera —le dijo al oído, la voz baja y controlada—. Y cuando te corras, lo harás con mi nombre en la boca. Pero no todavía. Primero te voy a follar la garganta hasta que se te salten las lágrimas. Después veremos si mereces mi polla en ese coño jodidamente mojado.
Lucía gimió contra el respaldo, la voz ahogada de pura necesidad.
—Sí, Amo… lo que quieras… te lo ruego…
Marcos le agarró el pelo con fuerza, le giró la cara de lado y se colocó delante de su boca abierta y esperanzada. La nieve seguía cayendo afuera, aislándolos del resto del edificio. Dentro, solo existía el olor a sexo, el ardor de la piel azotada y la cuerda que le recordaba a Lucía, a cada segundo, que esa noche no era suya.
Marcos empujó la cabeza de Lucía hacia adelante y metió la polla de un solo golpe hasta el fondo de su garganta. Ella se atragantó con un sonido húmedo y ahogado, las lágrimas saltándole de inmediato a los ojos, pero abrió más la boca y se dejó usar. Él apretó el puño en su cabello oscuro y empezó a follarle la cara con embestidas cortas y profundas, sintiendo cómo la garganta se contraía alrededor de su glande cada vez que llegaba al límite.
—Así, puta. Trágatela entera —gruñó, tirando de su pelo para sacar la polla casi del todo y volver a enterrarla hasta que la nariz de Lucía rozó su pubis—. Mírame mientras te ahogo con esto.
Lucía levantó la mirada llena de agua y devoción. Cada vez que Marcos se retiraba, un hilo de saliva y precum le colgaba de la comisura de los labios hasta la punta brillante de la polla. Ella jadeaba entre embestida y embestida, la lengua trabajando desesperada aunque no pudiera usar las manos. El escozor de las nalgas todavía le ardía y se le mezclaba con el placer de tener la boca llena y la cuerda apretándole las muñecas.
Marcos la sacó de golpe. Un hilo grueso de saliva cayó sobre el pecho de ella. La giró otra vez sin suavidad, volviendo a ponerla en posición de perro sobre el sofá: pecho aplastado contra el respaldo, culo en alto, rodillas abiertas. La tanga seguía bajada a media muslo, inútil. Él recogió el cinturón de cuero del suelo y lo dobló otra vez.
La primera azotada con la mano abierta resonó seca contra la nalga ya enrojecida. Lucía gritó un gemido largo y empujó el culo hacia atrás.
—Uno… gracias, Amo —consiguió decir, la voz rota por el uso de la garganta.
La segunda llegó con el cinturón. El cuero silbó en el aire y estalló sobre la carne. La marca se levantó al instante, un rojo vivo que cruzaba la marca anterior de la mano. Lucía se estremeció entera, el coño contrayéndose a la vista, chorreando un hilo claro que le bajaba por el muslo interno hasta la media.
—Dos… joder… gracias, Amo.
Marcos alternó sin piedad. Palma, cinturón, palmada más baja que le rozaba los labios hinchados del coño, otro latigazo del cuero justo en el pliegue donde la nalga se une al muslo. Lucía contaba con la voz cada vez más alta y más rota, cada «gracias» saliendo entre sollozos de puro placer. Al octavo golpe ya temblaba tanto que las rodillas le resbalaban en el cojín. Él le metió tres dedos de golpe en el coño empapado y los movió en círculos amplios mientras le daba la novena azotada con la mano libre.
—Te corres cuando yo diga, no antes —ordenó—. Eres mi perra de sofá. Mi agujero atado. Di lo que eres.
—Soy… soy tu perra de sofá, Amo —gimió ella, empujando contra los dedos—. Tu agujero atado. Por favor…
Marcos le sacó los dedos, se los limpio en su propia mejilla y le dio la décima con el cinturón, más fuerte. Lucía gritó y se corrió de golpe, el cuerpo sacudiéndose en oleadas violentas, el coño palpitando en el vacío, el jugo salpicándole los muslos. Él no le dio tiempo a recuperarse. Le agarró el pelo otra vez, le giró la cara y le embistió la boca de nuevo, follándosela hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas y la saliva le chorreaba por la barbilla hasta los pechos.
—Traga. No dejes caer ni una gota —le dijo, clavándole la polla hasta el fondo y manteniéndola ahí mientras ella se atragantaba y se contraía alrededor de él—. Buena puta. Así se chupa cuando se es mía.
La soltó solo cuando notó que iba a acabar demasiado pronto. Sacó la polla brillante y babosa, le dio un par de tortas suaves en la mejilla con ella y después se colocó detrás otra vez. Con la cuerda que le ataba las muñecas improvisó una correa corta: la pasó por debajo de su propio cinturón y tiró hacia arriba, obligando a Lucía a arquear más la espalda, pechos hacia adelante, culo todavía más ofrecido.
Entró de un solo empujón. El coño de ella lo tragó hasta las bolas con un sonido obsceno y mojado. Lucía soltó un grito ahogado contra el respaldo. Marcos no esperó. Empezó a follarla con fuerza, embestidas largas y secas que hacían chocar su pelvis contra las nalgas azotadas. Cada embestida le arrancaba un gemido. Tiraba de la cuerda-correa al mismo tiempo, manteniéndola arqueada e indefensa.
—Esto es lo que pediste meses mirándome en el ascensor —le dijo al oído, la voz grave, mientras le daba una palmada seca en la nalga ya inflamada—. Una puta sumisa que necesita que la usen. Di gracias por mi polla.
—Gracias… gracias por tu polla, Amo —sollozó ella, el orgasmo ya creciendo otra vez—. Más fuerte… por favor…
Él le alcanzó un pecho con la mano libre, le pilló el pezón entre los dedos y tiró con fuerza al mismo tiempo que embestía hondo y le daba otro azote con la palma. Lucía se corrió otra vez, el coño apretándolo en espasmos rítmicos, el cuerpo sacudiéndose tanto que solo la cuerda y la mano de él en su pelo la mantenían en posición. Marcos no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, tironeándole el otro pezón hasta que ella lloriqueó de placer excesivo, mezclando órdenes con humillaciones.
—Mira cómo te corre. Como una zorra en celo. Tu coño no para de chorrear sobre mi polla. Eres un agujero perfecto, Lucía. Mi agujero. Cuando te vea mañana en el pasillo vas a recordar esto cada vez que camines. Vas a sentir el ardor del cinturón y vas a mojarte otra vez. Di que eres mía.
—Soy tuya, Amo —gimió ella, la voz casi ininteligible entre los golpes de cadera—. Toda tuya. Úsame… castígame… fóllame más…
Marcos le soltó el pezón y le dio tres azotes seguidos con la mano abierta mientras tiraba de la correa improvisada para clavar la polla todavía más hondo. El sonido de piel contra piel llenaba el salón junto con los gemidos rotos de ella y el chapoteo constante de su coño. Afuera la nieve seguía cayendo gruesa, aislándolos. Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro sin marcar de forma permanente y le susurró contra la oreja mientras le follaba sin piedad:
—Todavía no he terminado contigo. Vas a correrte otra vez con mi polla enterrada y mi mano en tu clítoris. Y después te voy a sacar de este sofá y te voy a llevar a la cama como lo que eres: una perra atada que solo sabe obedecer. Pero primero… ahora.
Le rodeó la cadera con el brazo, le encontró el clítoris hinchado y se lo frotó con dos dedos duros y rápidos al ritmo de las embestidas. Al mismo tiempo tiró de la cuerda hacia atrás, forzándola a levantar más el culo, y le dio otro latigazo con el cinturón en la parte más sensible de la nalga. Lucía se rompió. El tercer orgasmo la atravesó como una corriente eléctrica: gritó el nombre de él, el cuerpo se le puso rígido y después se deshizo en sacudidas violentas, el coño exprimiendo la polla de Marcos con fuerza desesperada, el jugo salpicándole los muslos y el sofá.
Él la folló a través de cada oleada, sin dejarle bajar del todo, tironeándole un pezón y después el otro, soltando órdenes bajas y sucias:
—Otra. Dámela. No te detengas. Eres mi puta de nieve. Mi vecina sumisa. Vas a correrte hasta que no puedas hablar. Hasta que solo sepas decir «sí, Amo».
Lucía apenas podía articular. El cuerpo le temblaba sin control, las lágrimas de entrega le corrían por la cara, la cuerda le marcaba las muñecas con un recordatorio constante de que no tenía escape ni lo quería. Cada embestida de Marcos le sacaba un gemido nuevo. Él alternaba sin descanso: un azote seco, un tirón brutal de pezón, una orden humillante dicha contra su oído mientras le clavaba la polla hasta el fondo.
—Abre más las piernas. Enséñame cómo te corre el coño. Di que te encanta que te trate así.
—Me… me encanta que me trates así, Amo —consiguió jadeando, la voz destrozada—. Me encanta ser tu puta… tu perra… fóllame más duro… por favor, no pares…
Marcos le dio exactamente eso. Embestidas más profundas, más salvajes, el sonido de sus caderas contra el culo azotado volviéndose obsceno y constante. Le soltó el pelo solo para agarrarle ambas nalgas, abrirlas y mirar cómo su polla entraba y salía brillante de jugos. Después le volvió a pillar la correa de cuerda y tiró hacia arriba al mismo tiempo que le daba una serie de palmadas rápidas y precisas justo donde la carne ya ardía.
Lucía se corrió una cuarta vez, más larga, más desesperada, el cuerpo desplomándose casi del todo contra el respaldo si no fuera por la tensión de la cuerda y las manos de él. Marcos sintió cómo el coño de ella lo lechaba en espasmos rítmicos y tuvo que morderse el interior de la mejilla para no corrérsele dentro todavía. Sacó la polla de golpe, le dio un par de azotes más con la mano abierta sobre el coño abierto y palpitante, y después se la volvió a meter entera de un empujón seco.
—Todavía no —le dijo, la voz ronca de esfuerzo y de dominio—. Vas a aguantar más. Voy a follarte hasta que este sofá huela solo a ti y a mí. Hasta que no te quede voz para gritar. Y cuando te lleve a la cama… entonces sí te voy a llenar. Pero aquí sigues siendo mi juguete de salón. Mi sumisa de nieve. ¿Entendido?
—Sí, Amo —susurró Lucía, temblando, el culo todavía empujando hacia atrás buscando más aunque el cuerpo le fallara—. Entendido… tuya… solo tuya…
Marcos reanudó el ritmo, más lento ahora pero más profundo, cada embestida diseñada para rozarle el punto exacto que la hacía lloriquear. Le tiró del pezón izquierdo con los dedos húmedos de su propio jugo y le dio un azote seco con el cinturón en la nalga derecha. Lucía gimió alto, el sonido lleno de placer crudo y entrega absoluta. Afuera la nieve seguía tapizando el mundo. Dentro, el salón olía a sexo, a cuero y a sumisión. Marcos tiró otra vez de la correa improvisada, le clavó la polla hasta el fondo y se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo ella se contraía a su alrededor, ya al borde de otro orgasmo que él todavía no le iba a permitir del todo.
La noche apenas empezaba.
Marcos embistió una última vez con fuerza brutal, enterrándose hasta el fondo mientras el coño de Lucía lo exprimía en espasmos desesperados. Ella gritó su nombre contra el respaldo del sofá, el cuerpo sacudiéndose en un quinto orgasmo que le dejó las piernas inútiles y la voz hecha pedazos. Él gruñó bajo, la correa de cuerda tirante en su puño, y se corrió dentro de ella con embestidas cortas y profundas, llenándola a chorros calientes que le desbordaron por los muslos ya brillantes de jugo. Cada pulso de su polla la hacía gemir más, temblando, recibiendo todo sin poder moverse.
El silencio que siguió solo lo rompía su respiración entrecortada y el crepitar lejano de la nieve contra los cristales. Marcos se quedó un segundo más dentro, sintiendo cómo ella palpitaba alrededor de él, antes de salir despacio. Un hilo espeso de semen le resbaló por el muslo interno hasta la media. Lucía jadeaba, el culo enrojecido e hinchado, las muñecas aún atadas, el cuerpo flojo y entregado sobre el sofá.
Él soltó la correa improvisada con cuidado. Se arrodilló detrás de ella y empezó a deshacer los nudos uno por uno, los dedos firmes pero suaves sobre la cuerda de algodón. Cada vuelta que soltaba la acariciaba en las muñecas marcadas, comprobando la circulación, frotando la piel rojiza con el pulgar.
—Buena chica —murmuró, la voz grave todavía cargada de dominio pero ya sin el filo cruel—. Aguantaste todo. Te portaste perfecta.
Lucía sollozó un sonido suave cuando las muñecas quedaron libres. Los brazos le cayeron a los costados, entumecidos. Marcos la giró con gentileza, la levantó del sofá como si no pesara y la sentó en su regazo, contra su pecho desnudo. Ella se acurrucó al instante, la mejilla pegada a su piel caliente, oliendo a sexo y a sudor. Él le rodeó la espalda con un brazo fuerte y con la otra mano le acarició el cabello húmedo, apartándole los mechones pegados a la frente.
—Mírame.
Ella alzó la cara. Los ojos brillaban de lágrimas de entrega y de alivio. Marcos le besó la frente, después la sien, después la comisura de los labios hinchados por el uso.
—Eres una sumisa excepcional, Lucía. Te abriste exactamente como pediste. Contaste cada golpe. Tragaste cuando te dije. Te corriste cuando te ordené y aguantaste cuando no. Estoy orgulloso de ti.
Las palabras le entraron directo al pecho. Ella tembló y escondió la cara en su cuello.
—Gracias, Amo… —susurró, la voz ronca—. Necesitaba esto. Llevaba tanto tiempo…
—Lo sé. Y lo hiciste bien. Ahora respira. Estoy aquí.
La abrazó más fuerte, una mano grande abarcándole la nuca, la otra bajando lenta por su espalda sudada hasta el culo aún ardiente. Allí le dio caricias planas, suaves, sin presión, solo disipando el calor de los azotes. Le masajeó las nalgas con la palma abierta, sintiendo el calor residual, y le besó el hombro donde antes había mordido sin dejar marca permanente.
Lucía suspiró contra su piel. El cuerpo le dolía de la mejor manera: las muñecas hormigueaban, el coño latía lleno de él, las nalgas escocían con un fuego dulce. Pero la contención de sus brazos la anclaba. Se sentía segura. Propiedad cuidada.
Marcos se levantó con ella en brazos y la llevó hasta la cocina. La nieve seguía cayendo espesa afuera, tapizando el patio interior en silencio blanco. Encendió la luz baja bajo los armarios y la sentó en la encimera, todavía desnuda salvo las medias rotas y el corpiño torcido. Él se puso solo los pantalones, sin abrochar del todo, y abrió la nevera.
—Chocolate caliente. Tú y yo. Ahora.
Sacó leche, cacao puro, un poco de canela. Lucía lo miraba desde la encimera, las piernas colgando, el semen todavía resbalándole despacio por el muslo. Él se acercó, le limpió con un paño húmedo y tibio entre las piernas con movimientos lentos, casi reverentes, sin prisa sexual. Solo cuidado.
—Abre un poco.
Ella obedeció. Él le pasó el paño por los labios hinchados, por el clítoris sensible, por el interior de los muslos. Cada toque la hacía estremecerse, pero ya no de necesidad, sino de la ternura que venía después de la tormenta. Cuando terminó, le besó la rodilla interna y volvió a la leche.
Calentó la leche a fuego lento. El olor a cacao llenó la cocina. Lucía lo observaba en silencio, las manos quietas sobre sus propios muslos, disfrutando de no tener que decidir nada todavía. Él removía con una cuchara de madera, añadía azúcar al gusto, un toque de canela, y de vez en cuando se giraba para acariciarle un pecho, rozarle el pezón con el dorso de los dedos o simplemente posarle la palma abierta sobre el vientre.
—¿Cómo te sientes? —preguntó mientras vertía el chocolate en dos tazas grandes.
—Usada. Llena. Feliz —contestó ella sin dudar—. El culo me arde. Las muñecas me duelen un poco. Y quiero que me abraces otra vez.
Marcos le pasó una taza. El vapor subía entre ellos. Se colocó entre sus piernas abiertas, la encimera a la altura perfecta, y la atrajo contra su pecho. Ella rodeó su cintura con las piernas y apoyó la cabeza en su hombro. Bebieron despacio. El chocolate quemaba un poco la lengua, dulce y espeso, un contraste perfecto con el frío de la noche y el ardor de la piel.
Él le acariciaba la espalda desnuda en círculos lentos mientras hablaba bajo, cerca de su oído:
—Te portaste como una perra perfecta esta noche. Te ataste, te abriste, te dejaste follar la garganta hasta las lágrimas y después te corriste tantas veces que casi te desmayas. Eso es lo que una buena sumisa hace: confía y obedece. Estoy muy contento contigo, Lucía.
Ella apretó las piernas a su alrededor y bebió otro sorbo. El calor le bajaba por la garganta hasta el estómago, calmándola.
—Gracias, Amo. Por usarme como necesitaba. Por no parar cuando pedí más. Por… esto también. Por el chocolate y por desatarme despacio. Nadie me había… cuidado después así.
Marcos le besó la sien. Su mano bajó hasta una nalga y la apretó con suavidad, recordándole el dolor agradable.
—Porque eres mía esta noche. Y una cosa mía se cuida. Terminas temblando y llena y después te doy calor. Así funciona.
Se quedaron así un rato largo, bebiendo, el silencio cómodo roto solo por el viento que empujaba la nieve contra la ventana. Lucía sentía el semen seco en sus muslos, el escozor de los azotes y la marca suave de la cuerda como un recuerdo físico de todo lo que habían hecho. Cada vez que él le acariciaba el cabello o le rozaba la nuca con los labios, un escalofrío de satisfacción le recorría la espalda.
Cuando las tazas estuvieron casi vacías, ella levantó la cara y lo miró a los ojos.
—Amo… quiero más noches como esta. Quiero que me sigas atando. Que me disciplines cuando lo necesite. Que me folles hasta que no pueda hablar y después me hagas chocolate. Quiero ser tu sumisa en las noches de invierno. Si tú quieres.
Marcos le sostuvo la barbilla entre el pulgar y el índice, exactamente como al principio de la noche.
—Quiero. Cada nevada. Cada vez que el frío entre por la ventana y tú llames a mi puerta con esa mirada. Vas a arrodillarte. Vas a decir «Amo». Y yo voy a decidir cómo usarte. Y después… esto. Siempre esto.
Ella sonrió, pequeña, agotada y radiante.
—Sí, Amo. Gracias por esta noche. Por todo.
Él le besó la boca con lentitud, sin la violencia anterior, solo posesión suave. La lengua le recorrió los labios hinchados y ella se abrió con un suspiro contento. Cuando se separaron, Marcos la bajó de la encimera, la envolvió en una manta gruesa que sacó del sofá y la atrajo otra vez contra su pecho. Se sentaron juntos en el sillón junto a la ventana. Afuera la nieve caía sin prisa, tapando el mundo. Dentro, el olor a chocolate y a sexo se mezclaba con el calor de sus cuerpos.
Lucía apoyó la mejilla en su pecho, escuchando su corazón. Marcos le acariciaba el brazo desnudo bajo la manta, los dedos perezosos, orgullosos. Ella cerró los ojos un momento, sintiendo el ardor dulce del culo contra sus muslos y la seguridad de sus brazos.
—Mañana cuando te vea en el pasillo —murmuró él contra su pelo— vas a recordar cómo te corriste gritando mi nombre. Y te vas a mojar otra vez.
—Sí, Amo —contestó ella, la voz ya espesa de sueño y de satisfacción—. Lo recordaré. Y esperaré la próxima nevada.
Él la apretó un poco más. El chocolate se enfriaba en las tazas olvidadas. La nieve seguía cayendo. Y por esa noche, al menos, todo estaba exactamente donde debía estar.
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