Mi Esposa con Mi Amigo en el Tren Nocturno

Una esposa insaciable se folla al amigo dominante de su cornudo marido en el tren nocturno.

29 min read August 12, 2026New

El compartimento de segunda clase olía a metal caliente, a café barato del vagón restaurante y al perfume barato pero efectivo que Laura se había echado entre las tetas antes de subir. El tren nocturno avanzaba con un traqueteo monótono hacia el sur, las luces del pasillo se filtraban apenas por la rendija de la cortinilla, y dentro solo quedaban ellos tres: Carlos, Laura y Diego.

Carlos se apretaba contra la ventanilla, las manos sudorosas sobre los muslos. Treinta y dos años, cuerpo delgado, la polla ya medio dura solo de oler a su mujer. Laura ocupaba el asiento del medio, las piernas cruzadas de forma que la falda corta subía hasta enseñar el arranque de los muslos gruesos, blancos, suaves. Tenía veintiocho, tetas pesadas que se marcaban bajo la blusa sin sujetador, culo redondo que se aplastaba contra el asiento, y esa cara de puta satisfecha que Carlos conocía demasiado bien. Al otro lado, Diego —amigo de la universidad, hombros anchos, mandíbula fuerte, la polla que siempre se notaba abultada incluso en pantalones holgados— miraba a Laura como si ya se la estuviera follando con los ojos.

—Qué calor hace aquí —murmuró Laura, y sin pedir permiso se abanicó el escote con la mano, dejando que los dedos rozaran el borde del pezón. Se giró hacia Diego y le sonrió con esa boca carnosa que Carlos tanto adoraba. —¿Tú no sientes calor, Diego?

—Siento algo, sí —respondió Diego con voz grave, sin apartar la mirada de las tetas de ella. Su rodilla rozó la de Laura. Ella no se movió.

Carlos tragó saliva. El celos le quemaba el pecho, pero debajo había esa punzada caliente, esa humillación que se le iba directo a la polla. Laura se inclinó un poco más hacia Diego, dejándole ver casi todo el pecho.

—Carlos se pone nervioso cuando coqueteo —dijo ella en voz alta, como si su marido no estuviera a medio metro—. Pero le gusta. ¿Verdad, cariño? Te gusta que mire la polla de tu amigo.

Carlos asintió, la voz apenas un hilo:

—Sí… me gusta.

Diego sonrió, lento, depredador. Puso la mano en el muslo de Laura, subiendo centímetro a centímetro hasta que los dedos desaparecieron bajo la falda. Laura abrió un poco las piernas y soltó un suspiro largo.

—Está dura ya —le susurró ella a Diego, mirando la entrepierna del hombre—. Se te nota el bulto. Qué gorda la tienes…

No esperó más. Se giró del todo, agarró la cara de Diego con las dos manos y le metió la lengua en la boca. El beso fue sucio, con saliva, con ruidos húmedos. Laura gemía bajito mientras chupaba la lengua de Diego, y Carlos los miraba sin poder pestañear, la polla ya completamente erecta apretándole el pantalón. El traqueteo del tren hacía que los cuerpos de los dos se mecieran juntos, tetas contra pecho, manos de Diego apretando ya el culo de Laura por encima de la ropa.

Cuando se separaron, un hilo de saliva unía sus labios. Laura se giró hacia su marido, las mejillas encendidas, los ojos brillantes de puta.

—Quiero follármelo esta noche, Carlos —le susurró al oído, lo bastante alto para que Diego oyera—. Quiero que me parta el coño con esa verga gruesa. Dame permiso. Dime que sí, cornudo.

Carlos temblaba. Asintió una vez, humillado, excitado hasta el dolor.

—Sí… fóllatelo. Hazlo.

Laura le dio un beso rápido en la boca a su marido y volvió a Diego. Sin vergüenza, bajó la mano y le apretó la polla por encima del pantalón. La rodeó con los dedos, midiendo el grosor, y soltó una risita.

—Joder, está enorme. Y dura como una piedra. Me pone muchísimo ver a mi marido mirándonos así, todo rojito y calladito. Mi cornudito precioso…

Diego gruñó, empujando las caderas hacia arriba para frotarse contra la mano de ella.

—Sácamela —ordenó.

Laura obedeció al instante. Bajó la cremallera, metió la mano dentro del calzoncillo y sacó la polla de Diego. Era gruesa, venosa, la cabeza morada ya brillando de precum. Carlos se quedó boquiabierto; la de él no se le acercaba. Laura se lamió los labios, se arrodilló en el suelo del compartimento entre las piernas abiertas de Diego y, sin quitarle los ojos de encima a su marido, abrió la boca y se la metió entera hasta la garganta.

El sonido fue obsceno: baboso, profundo. Laura chupaba con hambre, la cabeza subiendo y bajando, la saliva cayéndole por la barbilla y goteando sobre las tetas. Miraba a Carlos todo el rato, los ojos entrecerrados de placer, mientras una mano se metía bajo la falda para tocarse el coño empapado.

—Míralo, Carlos —jadeó ella al sacar la polla de la boca, la voz ronca—. Míralo cómo me llena la boca. Tu amigo me va a reventar el coño esta noche y tú te lo vas a tragar todo con los ojos.

Se levantó, se subió la falda hasta la cintura —no llevaba bragas— y se montó a horcajadas sobre Diego. Con una mano guió la verga gruesa hasta su coño hinchado y se dejó caer de un solo golpe. El gemido que soltó fue alto, casi un grito. Se quedó empitada un segundo, temblando, y luego empezó a cabalgarlo como una desesperada: culo golpeando contra los muslos de Diego, tetas rebotando fuera de la blusa, pezones duros al aire.

—Aaah, joder… qué gorda… me llega al fondo… Carlos, sácate la polla. Mastúrbate. Pero no te corras. Quiero verte sufrir.

Carlos, con las manos temblorosas, se bajó el pantalón y empezó a bombearse la polla más pequeña, ya goteando. Laura se inclinó hacia él, le agarró del pelo y le empujó la cara contra una teta.

—Chúpamela. Lame. Así, cornudo… mientras tu amigo me follo el coño.

Carlos lamió el pezón salado, la boca llena del olor de su mujer y del sudor de Diego. Laura gemía más fuerte, follándose a Diego con violencia, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que bajaba. Diego le agarró las caderas con fuerza y empezó a empujar hacia arriba, clavándosela hasta el fondo.

—Date la vuelta —ordenó Diego de pronto.

Laura se bajó, se puso a cuatro patas en el asiento estrecho, el culo en alto, el coño rojo y abierto chorreando. Diego se colocó detrás, le agarró el pelo con una mano y le metió la polla de un embiste seco. Empezó a follársela a embestidas largas y brutales, el sonido de carne contra carne llenando el compartimento junto al traqueteo del tren. Laura gritaba, la cara aplastada contra el asiento, mirando a Carlos que seguía masturbándose sin parar.

—Más fuerte… rómpeme… mi marido está viendo cómo me llenas… míralo, está a punto de correrse solo de oírnos… pero no te corras, Carlos, te lo prohíbo… eres un cornudo de mierda y te va a comer el semen de tu amigo después…

Diego aceleró, las pelotas golpeándole el clítoris a Laura. Ella se corrió primero, el cuerpo entero sacudido, el coño apretando la verga de Diego en convulsiones, gritando el nombre de su marido mezclado con insultos.

—¡Me corro, Carlos! ¡Me está follando como tú nunca puedes! ¡Aaah!

Diego le clavó los dedos en las caderas, dio tres embestidas más profundas y se enterró hasta el fondo, gruñendo mientras se vaciaba dentro de ella. Chorros calientes y espesos llenaron el coño de Laura; ella lo sentía, lo gozaba, empujando el culo hacia atrás para no perder ni una gota.

Cuando Diego se salió, un hilo grueso de semen blanco empezó a resbalar por el muslo interno de Laura. Diego se sentó, todavía con la polla semi-dura y brillante, y miró a Carlos.

—Límpiala. Con la lengua. Todo.

Carlos se acercó de rodillas, el corazón martilleándole, la polla dolorida de no haberse corrido. Acercó la cara al coño de su mujer, hinchado y abierto, y lamió. El sabor amargo y salado del semen de Diego se le llenó la boca mientras recogía lo que se salía, lamiendo despacio, humillado, excitado hasta las lágrimas. Laura se giró un poco, lo agarró de la cabeza y lo besó con la boca abierta, compartiendo el gusto de la polla de su amigo, mezclando saliva y semen entre sus lenguas.

—Esto apenas empieza, mi amor —le susurró contra los labios, la voz ronca de tanto gemir—. Todo el viaje. Voy a follarme a Diego en cada parada, en cada túnel, hasta que no pueda ni caminar. Y tú vas a mirar. Y vas a limpiar. Y te vas a quedar con las pelotas hinchadas…

El tren entró en un túnel largo. La oscuridad envolvió el compartimento un segundo, y cuando volvió la luz ténue, Laura ya estaba acariciando otra vez la polla de Diego, que empezaba a ponerse dura de nuevo. Carlos se quedó arrodillado, la boca llena del sabor de su amigo, sabiendo que la noche no había hecho más que empezar y que las siguientes horas iban a destrozarlo del todo.

El túnel vomitó el compartimento a la luz ténua otra vez y Laura ya tenía la polla de Diego entre los dedos, masajeándola con lentitud obscena, tirando de la piel hacia atrás hasta que la cabeza morada brilló otra vez con hilos frescos de precum. Carlos seguía de rodillas, la boca pegajosa del semen ajeno, la polla propia palpitándole contra el muslo sin permiso de soltar nada. El traqueteo del tren le entraba por los huesos igual que la humillación.

—Mira cómo se pone otra vez —susurró Laura, girando la muñeca para que el glande rozara el labio inferior de Carlos—. Todavía caliente de mi coño y ya quiere más. Ábrela, cornudo. Pruébala limpia.

Carlos abrió la boca sin pensarlo. El sabor amargo y salado le golpeó la lengua al instante: su propia mujer mezclada con el rastro de Diego. Laura le empujó la cabeza hacia adelante y la verga gruesa se le hundió hasta la garganta. Diego gruñó, apoyó una mano en la nuca de Carlos y empezó a follarle la boca a embestidas cortas, sin piedad.

—Así se chupa, cabrón —dijo Diego con voz grave—. Aprende. Tu mujer lo hace mejor, pero tú te tragas lo que sobra.

Laura se rió bajito, se subió la blusa del todo y se apretó las tetas alrededor de la base de la polla de Diego mientras Carlos se atragantaba. La saliva le chorreaba por la barbilla, le empapaba el pecho. Cada vez que Diego empujaba, Carlos sentía las venas latiéndole contra el paladar y el celos le quemaba más que el aire viciado del compartimento. Su polla goteaba en el suelo, abandonada, y no se atrevía a tocarla.

Laura se separó de golpe, se puso de pie temblando de ganas y se bajó la falda hasta dejarla en un montón junto a los zapatos. Se giró de espaldas a Diego, se agachó abriendo el culo con las dos manos y miró a su marido por encima del hombro.

—Métela tú, Carlos. Ponle la polla de tu amigo en mi coño. Quiero sentirte temblar mientras lo haces.

Las manos de Carlos temblaban tanto que casi no acertaba. Agarró la verga gruesa y pesada, la guió entre los labios hinchados y rojos de Laura y la empujó dentro. El calor lo envolvió al instante; el coño de su mujer se abrió con un sonido húmedo y sucio, tragándose centímetro a centímetro la polla que no era suya. Diego no esperó: le agarró las caderas a Laura y se la enterró hasta las pelotas de un solo golpe. El gemido de ella llenó el compartimento.

—Joder… más gorda que antes… me parte… —Laura se arqueó, las tetas colgando, y empezó a empujar el culo hacia atrás al ritmo brutal de Diego—. Carlos, chúpame el culo mientras me folla. Métela la lengua. Ahora.

Carlos se arrastró, se colocó debajo y abrió las nalgas de su mujer con las manos. La lengua le rozó el agujero apretado justo cuando Diego embestía. El sabor era a semen, a coño y a sudor. Cada embiste hacía que el culo de Laura se contrajera contra su boca. Diego aceleró, el sonido de carne contra carne más fuerte que el traqueteo de las ruedas. Laura gritaba sin cuidado, la cara aplastada contra el respaldo del asiento de enfrente.

—Más duro… rómpeme el coño… mi marido me está lamiendo el culo como el perro que es… ¡aah!

Diego le tiró del pelo, la obligó a mirar a Carlos y le habló directo a la cara del marido:

—¿Ves cómo se te pone la mujer? Gorda y abierta solo para mí. Tú solo sirves para limpiar.

Laura se corrió de nuevo con un grito ahogado, el cuerpo entero sacudiéndose. El coño le exprimió la polla de Diego en convulsiones y un chorro de líquidos le resbaló por los muslos hasta la lengua de Carlos. Diego no se detuvo. Sacó la verga brillante, se la frotó por la cara de Carlos untándole semen y jugos, y luego se la volvió a clavar a Laura de un embiste seco.

—Date la vuelta. Quiero verle la cara al cornudo mientras te lleno otra vez.

Laura se giró, se sentó a horcajadas sobre Diego mirando a Carlos, y se dejó caer. Las tetas le rebotaban a cada bajada. Diego le abrió las piernas más y le enseñó el coño estirado alrededor de su polla a Carlos.

—Míralo. Míralo cómo me la trago entera. Sácate la tuya y apriétatela. Sin correrte. Si te corres te dejo sin chupar nada más esta noche.

Carlos se bombeó la polla más pequeña con la mano temblorosa, los ojos fijos en el sitio donde la verga gruesa entraba y salía del coño de su mujer. Laura se inclinó hacia adelante, le escupió en la cara y le dio una bofetada suave.

—Eres mío. Mi cornudito. Voy a follarme a Diego hasta que el tren pare en la siguiente estación y después otra vez. Y tú vas a quedarte con las pelotas azules mirándonos.

Diego le mordió el hombro a Laura, le apretó las tetas con fuerza y empezó a empujar hacia arriba con saña. El compartimento olía a sexo crudo, a semen y a perfume barato. Laura se corrió una tercera vez, más larga, más sucia, mojando los muslos de Diego. Él gruñó, se enterró hasta el fondo y se vació otra vez dentro de ella con embestidas cortas y profundas. Carlos vio cómo el vientre de Laura se tensaba al recibir los chorros.

Cuando Diego se salió, el semen le brotó del coño en un hilo grueso y blanco. Laura se mantuvo abierta con los dedos y miró a su marido.

—Limpia. Todo. Y después me la chupas a mí hasta que me corra en tu cara. Sin usar las manos.

Carlos se acercó de rodillas otra vez. Lamió el semen que se desbordaba, se lo tragá, se lo frotó por los labios. El sabor era más espeso, más amargo. Laura le agarró del pelo y le frotó el coño abierto por toda la cara, untándole los jugos y el semen de Diego. Se corrió en su boca con un gemido largo, las piernas temblándole, y obligó a Carlos a tragar cada gota.

Diego se recostó, la polla todavía semi-dura y brillante, y se sacó un cigarrillo que no encendió.

—La próxima parada es en veinte minutos —dijo con calma—. Cuando el tren frene, te vas a poner de rodillas en el pasillo, Laura. Yo te voy a follar de pie contra la ventanilla mientras tu marido mira desde aquí. Si viene el revisor, que vea lo que eres.

Laura se rió, todavía jadeando, y le acarició la mejilla a Carlos con ternura cruel.

—¿Lo oyes, amor? Veinte minutos. Vas a ver cómo me clava la polla contra el cristal y cómo se me escurre el semen por las piernas delante de cualquiera que pase. Y después volvemos aquí y te hago lamer el suelo.

Carlos asintió, la polla dolorida, las pelotas hinchadas, la boca llena del sabor de los dos. El tren seguía avanzando hacia el sur, el traqueteo monótono marcando los minutos que le quedaban de tortura. Laura se sentó entre las piernas de Diego otra vez, le tomó la polla entre las manos y empezó a masturbarla despacio, mirando a su marido sin pestañear.

—Todavía no ha terminado nada —le susurró—. Esta noche te voy a destrozar despacio. Cada túnel, cada parada, cada vez que se ponga dura. Y tú solo vas a mirar y limpiar y sufrir. Dime que lo quieres.

—Lo quiero —respondió Carlos con la voz rota—. Fóllatelo. Hazlo delante de mí.

Laura sonrió, se inclinó y le metió la lengua en la boca a Carlos, compartiendo el gusto del semen de Diego una vez más. Luego se giró y volvió a meterse la polla de su amigo hasta la garganta, chupando con hambre, los ojos fijos en el marido arrodillado. El compartimento se llenó otra vez de ruidos babosos y gemidos bajos. Afuera, las luces de una estación lejana empezaban a asomar entre la oscuridad. La noche apenas empezaba a destrozarlo del todo.

El tren empezó a frenar con un chirrido metálico que vibró en el suelo del compartimento. Las luces de la estación intermedia se metieron por la rendija de la cortinilla a rachas amarillas y sucias. Laura sacó la polla de Diego de su garganta con un hilo de saliva espeso que le colgó hasta la barbilla. Se limpió con el dorso de la mano y miró a Carlos, todavía de rodillas, la boca roja y brillante.

—Arriba, cornudo. Vas a abrir la puerta y te vas a quedar ahí mirando. Si alguien pasa, que te vea la cara de idiota mientras tu mujer se deja empotrada.

Diego se subió los pantalones a medias, la verga gruesa todavía dura y brillando de saliva y restos de semen. Agarró a Laura del brazo y la sacó al pasillo estrecho. El aire olía a grasa de rieles y a café quemado. Nadie más se veía; solo el traqueteo lejano de otro vagón y el silbido del aire entre los coches. Laura se pegó a la ventanilla del pasillo, las tetas aplastadas contra el cristal frío, la falda todavía en el compartimento. Abrió las piernas y empujó el culo hacia atrás.

—Métela. Ahora. Quiero que mi marido vea cómo se me deforma el coño contra el cristal.

Diego le abrió los labios hinchados con dos dedos, alineó la cabeza morada y la empujó de un solo golpe hasta las pelotas. Laura gritó contra el vidrio, el aliento empañándolo enseguida. El tren ya estaba casi parado; afuera se veían bancos vacíos y un farol parpadeante. Diego empezó a follársela con embestidas largas y profundas, el sonido húmedo de la carne chocando llenando el pasillo. Cada embiste hacía que las tetas de Laura rebotaran y se aplastaran más contra el cristal, los pezones duros rozando el frío.

Carlos se quedó en el umbral del compartimento, la polla en la mano sin atreverse a bombear demasiado fuerte. Veía la verga gruesa de su amigo entrar y salir del coño de su mujer, estirándolo, sacando hilos blancos del semen anterior que se le escurrian por los muslos internos. El celos le subía quemándole la garganta, pero la excitación le hacía llorar las pelotas. Laura giró la cabeza, la mejilla pegada al cristal, y lo miró con esa sonrisa de puta.

—Más fuerte, Diego… rómpeme delante de él… quiero que se me vea el coño abierto desde el andén si alguien mira… Carlos, acércate. Chúpame las tetas mientras me folla.

Carlos se arrastró hasta ellos. Se agachó y le metió un pezón en la boca, lamiendo la sal del sudor mientras Diego aceleraba. El cuerpo de Laura se sacudía entero; el cristal temblaba con cada embiste. Diego le agarró el pelo, le obligó a mirar hacia el andén vacío y le habló al oído lo bastante alto para que Carlos oyera:

—Tu mujer es un agujero. Se corre solo de saber que te estás muriendo de ganas. Dile lo que eres, Laura.

—Soy… aaah… la puta de tu amigo… me llena mejor… mi marido solo sirve para lamer… ¡joder, más hondo!

Diego le metió dos dedos en la boca a Laura para callarla un segundo y se la folló con saña, las pelotas golpeándole el clítoris hinchado. Laura se corrió con las piernas temblando, el coño apretando en espasmos, un chorro de jugos salpicando los muslos de Diego y cayendo al suelo del pasillo. Él no paró. Sacó la polla brillante, se la frotó por la cara de Carlos untándole todo, y volvió a clavársela de un empujón seco.

El tren dio un tirón y empezó a moverse otra vez. Las luces del andén se fueron detrás. Diego la giró de espaldas al cristal, la levantó un poco y la empotró de pie, las piernas abiertas alrededor de su cintura. Ahora Carlos veía de frente cómo la verga gruesa entraba y salía, cómo el coño de Laura se aferraba y soltaba, rojo y abierto. Laura le escupió a su marido en la cara y le dio una bofetada suave pero humillante.

—Mastúrbate. Sin correrte. Quiero verte sufrir con las pelotas hinchadas mientras me llena otra vez.

Carlos se bombeó la polla más pequeña con la mano temblorosa, los ojos fijos en el sitio donde su mujer se tragaba centímetro a centímetro lo que él nunca le daría. Diego gruñó, le clavó los dedos en el culo a Laura y se vació dentro con embestidas cortas y brutales. Carlos vio el vientre de ella tensarse, vio cómo el semen empezaba a salir por los bordes del coño estirado y a caer en goterones espesos al suelo del pasillo.

Cuando Diego la bajó, Laura se mantuvo abierta con las dos manos, el coño goteando un hilo grueso y blanco que le bajaba por la pierna hasta el tobillo. Miró a Carlos con los ojos entrecerrados de placer.

—De rodillas. Lame el suelo primero. Todo lo que se ha caído. Después me limpias el coño con la lengua hasta que no quede nada. Y si se te escapa una gota de tu polla, te dejo sin tocarme el resto de la noche.

Carlos se arrodilló en el pasillo sucio. La lengua le rozó el metal frío y el sabor amargo del semen de Diego mezclado con el polvo del tren. Lamió despacio, humillado, la polla latiéndole contra su propio muslo sin alivio. Laura se rió bajito y le empujó la cara contra su coño abierto. Carlos lamió hacia arriba, tragando lo que se desbordaba, el sabor más espeso y caliente. Ella se frotó contra su boca, se corrió otra vez en su cara con un gemido largo, obligándolo a tragar cada gota mientras Diego se recostaba contra la pared del pasillo, la polla todavía semi-dura y brillante, mirándolos con esa sonrisa depredadora.

Volvieron al compartimento cuando el tren ya iba a buena velocidad otra vez. Laura se dejó caer en el asiento del medio, las piernas abiertas, el coño rojo e hinchado todavía goteando. Diego se sentó al lado y le pasó la verga por los labios a Laura sin meterla del todo. Ella la lamió despacio, limpiando sus propios jugos.

—La próxima estación es más grande —dijo Diego con calma, acariciándole el pelo a Laura—. Ahí te voy a sacar al baño del final del vagón. Te voy a follar contra el lavabo mientras tu cornudo se queda fuera con la puerta entreabierta, escuchando. Si alguien llama, tú le dices que estás ocupada chupándome la polla. Y después volvemos y te hago montármela al revés para que él vea cómo se te abre el culo cuando me corro.

Laura se giró hacia Carlos, le agarró la polla dolorida y le apretó la base con fuerza, impidiéndole cualquier alivio.

—¿Lo oyes, amor? Todavía faltan horas. Cada parada, cada túnel. Voy a llenarme de él hasta que se me escurra por las piernas al caminar. Y tú vas a limpiar cada gota. Dime que lo necesitas. Dime que quieres que te destroce despacio.

Carlos tragó saliva, la voz rota, las pelotas hinchadas hasta dolerle.

—Lo necesito… fóllatelo… hazlo delante de mí… lléname la boca después…

Laura sonrió, se inclinó y le metió la lengua en la boca, compartiendo el gusto amargo del semen de Diego una vez más. Luego se giró, se montó a horcajadas sobre el regazo de su amigo otra vez y se dejó caer despacio, gimiendo al sentir cómo la verga gruesa la abría de nuevo. El traqueteo del tren marcaba el ritmo mientras ella empezaba a cabalgarlo con lentitud obscena, las tetas rebotando, los ojos fijos en su marido arrodillado. Afuera, la oscuridad de otro túnel se tragaba las ventanas. La noche seguía, y cada kilómetro prometía más.

El túnel se los tragó enteros y la oscuridad densa solo se rompía por el roce húmedo de los cuerpos y los gemidos ahogados de Laura. Ella cabalgaba a Diego con lentitud cruel, subiendo hasta que solo la cabeza morada le rozaba los labios del coño y bajando de golpe hasta sentarse en las pelotas, el choque de carne haciendo un ruido obsceno que se mezclaba con el traqueteo. Carlos seguía de rodillas, la polla dura y abandonada contra el muslo, las pelotas hinchadas hasta dolerle, la boca todavía pegajosa del semen anterior. No necesitaba ver: oía cómo el coño de su mujer se abría y se cerraba alrededor de la verga gruesa de su amigo, oía el chapoteo de los jugos y el semen que ya empezaba a salir por los bordes.

Cuando el tren salió del túnel, la luz ténue del pasillo les devolvió las caras. Laura tenía las mejillas encendidas, los pezones duros y brillantes de saliva, y miraba a Carlos sin pestañear mientras se follaba a Diego.

—Tócame el clítoris —ordenó ella a su marido con voz ronca—. Con dos dedos. Suave. Quiero correrme otra vez sintiendo cómo me llena él y cómo me rozas tú.

Carlos se acercó temblando. Extendió la mano y encontró el botón hinchado, resbaladizo de jugos. Empezó a frotarlo en círculos mientras Laura aceleraba el ritmo, el culo golpeando los muslos de Diego con fuerza creciente. Diego le agarró las tetas desde atrás, apretándolas, pellizcando los pezones hasta que ella soltó un grito largo.

—Más rápido, cornudo… así… joder, siento las dos cosas a la vez… tu mano inútil y esta polla que me parte…

Se corrió con el cuerpo entero sacudiéndose, el coño apretando en convulsiones la verga de Diego. Un chorro caliente le salpicó los dedos a Carlos. Diego no se detuvo; la levantó un poco, la giró sin sacársela del todo y la puso de espaldas contra su pecho, las piernas abiertas hacia Carlos, el coño estirado y rojo exhibido a centímetros de la cara del marido.

—Míralo bien —gruñó Diego—. Míralo cómo late dentro de ella. Ahora vas a lamerle los labios mientras la follo. Sin tragarla. Solo los bordes.

Carlos obedeció. Sacó la lengua y lamió el borde hinchado del coño de su mujer justo donde la polla gruesa entraba y salía. El sabor era a semen espeso, a jugos ácidos, a sudor. Cada embiste de Diego le empujaba la lengua hacia atrás. Laura gemía, le agarraba el pelo a Carlos y se frotaba contra su boca.

—Así… lame lo que sobra… mi marido comiendo de mi coño lleno de otro… aaah, más hondo, Diego, rompeme…

Diego la folló así un buen rato, embestidas largas y profundas que hacían temblar el asiento. Luego la sacó de encima de golpe. El semen y los jugos le cayeron a Carlos en la cara en un hilo grueso. Laura se puso a cuatro patas en el asiento estrecho, el culo en alto, y miró por encima del hombro.

—Ahora el culo. Quiero que me la metas tú primero, Carlos. Solo la cabeza. Y después se la das a él para que me la meta entera.

Las manos de Carlos temblaban tanto que casi no acertaba. Agarró su propia polla más pequeña, la guió hasta el agujero apretado de su mujer y empujó. El anillo se abrió con resistencia y calor. Entró solo la cabeza. Laura jadeó y empujó hacia atrás.

—Así… ahora sácala y dásela a Diego. Quiero sentir la diferencia.

Carlos se retiró, la polla brillando, y tomó la de Diego —más gruesa, más pesada, todavía dura y resbaladiza— y la alineó. Diego empujó de un solo golpe. El gemido de Laura fue casi un alarido. El culo se le abrió alrededor de la verga gruesa y Diego empezó a follársela el culo con saña, las pelotas golpeándole el coño chorreante. Carlos se quedó mirando hipnotizado cómo el agujero de su mujer se estiraba y se contraía, rojo y brillante.

—Habla —le ordenó Diego a Laura mientras la empotraba—. Dile lo que sientes.

—Me parte el culo… es demasiado gruesa… me llega al estómago… Carlos nunca me ha llenado así… ¡aah, más fuerte!… mi cornudo está viendo cómo me abres… se le está cayendo el precum al suelo y no puede corrersse…

Diego le tiró del pelo, la obligó a arquearse y le metió tres dedos en el coño al mismo tiempo que la follaba el culo. Laura se corrió otra vez, el cuerpo entero en espasmos, un chorro saliendo alrededor de los dedos de Diego y cayendo sobre el asiento. Él aceleró, gruñó y se vació profundo en el culo de ella con embestidas cortas y brutales. Cuando se salió, el semen le brotó del agujero abierto en un hilo blanco y espeso que le bajaba por el coño y los muslos.

—Limpia los dos agujeros —dijo Diego, sentándose y empujando la cabeza de Carlos hacia el culo de Laura—. Con la lengua. Todo. Y después te la chupas a ella hasta que se corra en tu cara otra vez.

Carlos se arrastró. Abrió las nalgas de su mujer con las manos y metió la lengua en el culo dilatado. El sabor amargo y caliente del semen de Diego le llenó la boca. Lamió despacio, humillado, tragando lo que se desbordaba, bajando luego al coño hinchado para recoger el resto. Laura se frotaba contra su cara, gimiendo, y se corrió en su boca con un temblor largo, obligándolo a tragar cada gota mientras Diego se fumaba el cigarrillo sin encender, mirándolos.

El tren empezó a frenar otra vez. Luces de una estación más grande se filtraron por la cortinilla. Diego se subió los pantalones a medias, la polla todavía semi-dura y brillante de semen y saliva.

—Baño del final del vagón. Ahora. Tú te quedas en el pasillo con la puerta entreabierta, Carlos. Escuchas. Si alguien se acerca, le dices que tu mujer está ocupada. Y cuando salgamos, te arrodillas y lames lo que se nos haya caído al suelo del baño.

Laura se rió, todavía jadeando, se puso la falda sin bragas y salió primero al pasillo, las piernas temblándole, un hilo de semen bajándole ya por el muslo interno. Diego la siguió, agarrándola del culo. Carlos se quedó un segundo en el umbral, la polla dolorida, las pelotas azules, el corazón martilleándole, y luego salió detrás de ellos.

El baño era estrecho, olía a desinfectante barato y a metal. Diego empujó a Laura contra el lavabo, le subió la falda y se la clavó de un embiste seco por el coño otra vez. El sonido húmedo llenó el cubículo. Laura gritó contra el espejo empañado, las tetas aplastadas contra el lavabo frío, el culo empujando hacia atrás.

—Más… rómpeme… mi marido está escuchando detrás de la puerta… ¡aah!

Carlos se quedó en el pasillo, la puerta entreabierta un palmo, la oreja pegada al hueco. Oía cada embiste, cada gemido, el chapoteo del coño de su mujer tragándose la polla de Diego, los insultos bajos:

—Eres un agujero… se te escurre el semen por las piernas… tu marido solo sirve para limpiar…

Laura se corrió con un grito ahogado. Diego gruñó, se enterró hasta el fondo y se vació otra vez dentro de ella. Cuando salieron, Laura tenía las piernas brillantes de semen y jugos, el coño rojo e hinchado. Miró a Carlos con esa sonrisa de puta satisfecha.

—De rodillas. Lame el suelo del baño. Todo lo que se ha caído. Después me limpias otra vez.

Carlos entró de rodillas al baño estrecho. La lengua le rozó el suelo frío y sucio, el sabor amargo del semen de Diego mezclado con el olor del tren. Lamió despacio, humillado hasta las lágrimas, la polla latiéndole sin alivio. Laura se rió, le empujó la cara entre las piernas y se frotó el coño abierto contra su boca hasta corrersse otra vez, obligándolo a tragar.

Volvieron al compartimento. El tren ya iba a toda velocidad. Laura se dejó caer en el asiento, las piernas abiertas, y Diego se sentó al lado, la polla otra vez dura entre los dedos de ella. Ella lo masturbaba despacio, mirando a Carlos arrodillado.

—Todavía faltan horas —susurró Laura, la voz ronca—. Cada túnel te voy a hacer lamer. Cada parada te voy a hacer limpiar. Y cuando lleguemos al final del viaje te voy a hacer beber todo lo que me quede dentro. Dime que lo necesitas más.

—Lo necesito —respondió Carlos con la voz rota—. Fóllatelo. Destózame despacio. Quiero más.

Laura sonrió, se inclinó y le escupió en la boca abierta a su marido. Luego se giró, se montó a horcajadas sobre Diego otra vez y se dejó caer, gimiendo al sentir la verga gruesa abriéndola de nuevo. El traqueteo del tren marcaba el ritmo mientras ella empezaba a cabalgarlo con violencia creciente, las tetas rebotando, los ojos fijos en el cornudo arrodillado. Afuera, las luces de otro túnel largo se acercaban, tragándose las ventanas. La noche seguía destrozándolo, y cada kilómetro prometía peores humillaciones.

El túnel se los tragó y la oscuridad solo dejó oír el chapoteo obsceno del coño de Laura tragándose la polla gruesa de Diego. Ella subía despacio hasta que solo el glande le rozaba los labios hinchados y bajaba de golpe, el choque de carne contra carne más fuerte que el traqueteo. Carlos seguía de rodillas, la polla propia dura y abandonada, las pelotas hinchadas hasta dolerle el bajo vientre. No necesitaba ver: oía cómo el semen anterior se batía dentro de ella y salía por los bordes en hilos calientes que le caían a él en los muslos.

Cuando el tren salió a la luz ténue, Laura tenía la cara roja, el sudor brillándole entre las tetas y miraba a su marido sin pestañear.

—Ábreme el culo con la lengua mientras me la meto entera —ordenó con voz ronca—. Quiero correrme sintiendo las dos cosas.

Carlos se arrastró entre las piernas abiertas de Diego. Abrió las nalgas de su mujer con las manos temblorosas y metió la lengua en el agujero todavía resbaladizo del semen de antes. El sabor amargo y espeso le llenó la boca al mismo tiempo que Laura se dejaba caer hasta sentarse en las pelotas de Diego. El gemido de ella fue largo, sucio. Diego le agarró las caderas y empezó a empujar hacia arriba con saña, clavándosela hasta el fondo mientras Carlos lamiía el anillo estirado que se contraía con cada embiste.

—Así, cornudo… lame lo que te sobra… siento tu lengua inútil y esta verga que me parte el coño… ¡aah, más hondo!

Laura se corrió con el cuerpo entero sacudiéndose, el coño apretando en convulsiones y un chorro caliente salpicándole la cara a Carlos. Diego no paró. La levantó, la giró de espaldas sin sacársela del todo y la empotró de pie contra el asiento de enfrente, las piernas abiertas hacia el marido. Ahora Carlos veía de frente cómo la polla gruesa entraba y salía, cómo el coño rojo y abierto se aferraba y soltaba, sacando hilos blancos.

—Mastúrbate —le dijo Laura, la voz entrecortada—. Sin correrte. Quiero verte llorar de ganas mientras me llena otra vez.

Carlos se bombeó la polla más pequeña con la mano resbaladiza de precum, los ojos fijos en el sitio donde su mujer se tragaba centímetro a centímetro lo que él nunca le daría. Diego le mordió el hombro a Laura, le apretó las tetas con fuerza y aceleró. El compartimento olía a sexo crudo, a semen y a metal caliente. Laura gritó el nombre de su marido mezclado con insultos, se corrió otra vez y Diego se enterró hasta las pelotas, vaciándose dentro con embestidas cortas y brutales. Carlos vio el vientre de ella tensarse, vio los chorros espesos empezar a salir por los bordes y caer al asiento.

Cuando Diego se salió, el semen le brotó del coño en un hilo grueso y blanco que le bajaba por el muslo hasta el tobillo. Laura se mantuvo abierta con los dedos y miró a Carlos.

—Limpia. Todo. Primero el asiento, después mi coño y mi culo. Y después me chupas el clítoris hasta que me corra en tu cara. Sin manos.

Carlos se arrodilló. La lengua le rozó el tela del asiento empapada, el sabor amargo del semen de Diego mezclado con los jugos de su mujer. Lamió despacio, humillado, tragando lo que podía. Luego subió a los muslos de Laura, abrió los labios hinchados con los dedos y metió la lengua dentro del coño dilatado. El calor y el sabor espeso le llenaron la boca. Bajó al culo, lo lamió hasta dejarlo brillante, y volvió al clítoris hinchado. Laura le agarró del pelo y se frotó contra su cara hasta corrersse con un gemido largo, obligándolo a tragar cada gota.

Diego se recostó, la polla semi-dura y brillante, y sacó un cigarrillo que no encendió.

—Última parada en media hora —dijo con calma—. Antes quiero que me la chupe los dos a la vez. Tú le das la base, Carlos. Ella la cabeza. Y cuando me corra, te lo tragas tú entero.

Laura sonrió, se arrodilló al lado de su marido y le hizo señas. Carlos abrió la boca. Los dos se pusieron a chupar la verga gruesa de Diego: Laura lamiendo el glande con la lengua plana, Carlos lamiendo las venas de la base y las pelotas pesadas. La saliva les chorreaba por la barbilla. Diego les agarró las cabezas y empezó a follarles la boca a turnos, sin piedad. Cuando gruñó y se vació, le empujó la polla entera a Carlos. El semen caliente y espeso le llenó la garganta; Carlos se atragantó pero tragó, los ojos llorosos, mientras Laura le lamiía lo que se le escapaba por los labios.

—Buen chico —susurró ella, besándolo con la boca abierta, compartiendo el gusto—. Ahora móntame. Quiero que me folles el coño lleno de él. Sin correrte. Solo para que sientas lo abierta que estoy.

Carlos se colocó detrás de Laura, que se puso a cuatro patas. Metió su polla más pequeña en el coño resbaladizo y caliente. El contraste lo mató: tan suelta, tan llena todavía del semen de Diego. Empezó a embestir con desesperación, pero Laura lo detuvo.

—Despacio. Siente cómo me has dejado tu amigo. Así… y sácatela. No te corras. Nunca esta noche.

La sacó temblando, las pelotas azules, a punto de explotar. Diego se rió bajito, se puso duro otra vez solo de mirarlos y se la clavó a Laura de un embiste seco por el culo. Ella gritó, el agujero abriéndose alrededor de la verga gruesa. Carlos se quedó mirando hipnotizado cómo entraba y salía, cómo el semen anterior salía empujado en burbujas blancas. Diego la folló el culo con saña hasta corrersse otra vez profundo, y cuando se salió le empujó la cara de Carlos contra los dos agujeros abiertos.

—Última limpieza del viaje.

Carlos lamió. Todo. El culo dilatado, el coño hinchado, los muslos brillantes. Tragó hasta que Laura se corrió una última vez en su boca, las piernas temblándole, la voz rota de tanto gemir.

El tren empezó a frenar. Las luces de la estación final se metieron por la cortinilla. Diego se subió los pantalones con calma, se abrochó el cinturón y se pasó la mano por el pelo. Laura se quedó tumbada en el asiento, las piernas abiertas, el coño y el culo rojos y goteando todavía, mirando a su marido arrodillado con esa sonrisa de puta satisfecha.

Diego se agachó un segundo, le acarició la mejilla a Carlos con casi cariño y le dijo en voz baja:

—Ha sido una buena noche. Cuídala.

Luego se enderezó, abrió la puerta del compartimento y salió al pasillo sin mirar atrás. El traqueteo se apagó al detenerse del todo. Se oyó el silbido de las puertas exteriores y el rumor lejano de gente bajando. Diego caminó hacia la salida del vagón con paso tranquilo, la chaqueta al hombro, y desapareció entre la gente del andén como si nada hubiera pasado.

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