Cuckold en la Cata de Cerveza

Un marido observa a su esposa Renata coquetear con el brewmaster mientras su humillación crece.

31 min read August 21, 2026New

Soy Grant, treinta y dos años, y esta noche en el local de ladrillo visto del Born barcelonés me siento como un puto espectador de mi propia vida. La cata de cervezas artesanales huele a lúpulo fresco, a malta tostada y a ese calor húmedo de demasiados cuerpos juntos bajo las bombillas de filamento. Renata, mi esposa de veintiocho, va con un vestido negro ceñido que le marca el culo redondo y los pezones duros cada vez que el aire acondicionado le roza la piel. Yo estoy a un metro, con la copa de IPA en la mano, y no puedo dejar de mirarla.

Emmett, el brewmaster, es un tío alto, de hombros anchos, brazos cubiertos de tinta negra que se enroscan hasta los nudillos. Tiene la barba corta y esa sonrisa de quien sabe exactamente el efecto que provoca. Cuando se acerca a nuestra mesa para explicar la tercera cerveza —una stout ahumada—, Renata se inclina hacia adelante y le roba la mirada sin pudor.

—¿Tú mismo la elaboras? —pregunta ella con esa voz grave y sedosa que yo solo oía en la intimidad—. Se nota la mano… fuerte.

Emmett ríe bajo, un sonido gutural que me llega directo a las pelotas.

—Todas pasan por mis manos. Me gusta controlar la temperatura, el tiempo, la intensidad. Si te pasas un grado, se jode todo. Si te quedas corto… se queda floja.

Renata suelta una carcajada corta y se muerde el labio inferior. Yo veo cómo su muslo se pega al de Emmett cuando él se sienta un segundo a nuestro lado “para que notéis mejor los aromas”. Su rodilla roza la tela del vestido de ella. Ella no se aparta. Al contrario: gira el cuerpo hacia él y me deja a mí la visión perfecta de su escote, de cómo la tela se tensa sobre sus tetas.

Mi polla ya está a medio palo dentro de los vaqueros. Me da vergüenza y me pone como un cabrón al mismo tiempo. Asiento cuando Emmett me mira y me pregunta qué me parece el amargor final, pero apenas escucho mis propias palabras. Estoy fijado en la mano de Renata, que “sin querer” se posa un segundo en el antebrazo tatuado de él, trazando con el dedo índice la línea de un dragón.

—Joder, qué músculos tienes —dice ella sin bajar la voz—. Grant, míralo. Parece de piedra.

Yo trago saliva y muevo la cabeza.

—Sí… se nota que trabaja.

Emmett sonríe de lado, mirándome a los ojos un segundo de más, como si ya supiera.

—El gimnasio y las horas removiendo mosto a setenta grados. Hay que tener resistencia.

Renata se ríe otra vez y acerca su copa a la de él para brindar. El cristal choca. Ella deja que sus dedos rocen los de Emmett al apartarse. Yo siento el calor subirme por el cuello. Estoy humillado y duro como una piedra. Cada vez que ella se gira hacia mí, me lanza esa sonrisa traviesa, la misma que usaba cuando me pedía que le follara más duro al principio de nuestro matrimonio. Ahora esa sonrisa es para otro.

La cata sigue. Emmett nos lleva a la zona de barricas, un pasillo estrecho oloroso a roble y alcohol. Renata camina delante de mí, el culo balanceándose, y Emmett detrás de ella “para guiarnos”. En un momento se detiene, señala una etiqueta, y su pecho casi roza la espalda de mi mujer. Yo veo cómo Renata aprieta las piernas un segundo. Sé reconocerlo: está mojada. Lleva horas mojada.

Cuando Emmett se agacha a abrir una válvula de prueba, Renata se pega a mí por fin y me susurra al oído, tan bajito que solo yo lo oigo, la respiración caliente contra mi lóbulo:

—Siempre he fantaseado con probar algo más grande, Grant. Más grueso. Más largo. Tú lo sabes… me encanta cuando me lo dices, pero esta noche lo estoy viendo delante de mí. Mira cómo le marca el pantalón cuando se agacha. Joder, mi coño está chorreando solo de imaginarlo.

Me tiemblan las rodillas. Asiento, incapaz de hablar. Mi voz sale rota:

—Lo… lo sé. Haz lo que quieras. Estoy aquí.

Ella me da un beso rápido en la comisura de los labios, casi de compasión, y vuelve a girarse hacia Emmett como si yo hubiera desaparecido. Emmett se levanta con un vaso de prueba en la mano y se lo ofrece primero a ella. Renata abre la boca y deja que él incline el vaso. Un hilo de cerveza negra le resbala por el labio inferior hasta la barbilla. Emmett, sin pensarlo dos veces, sube el pulgar y se lo limpia con un gesto lento, íntimo. Renata le sostiene la mirada y chupa el resto del dedo sin vergüenza.

—Está… intensa —murmura ella—. Me gusta cuando pega fuerte.

—A la mayoría de las mujeres les gusta descubrir hasta dónde pueden llegar —responde Emmett, y su voz baja una octava—. ¿Quieres otra prueba más profunda? Tengo una reserva en el tanque de arriba. Es más densa. Más cremosa.

Renata mira por encima del hombro hacia mí. Sus ojos brillan. Yo estoy apoyado contra la pared de ladrillo, la erección dolorosa contra la cremallera, las manos sudorosas. Asiento otra vez, casi imperceptible. Ella sonríe esa sonrisa de puta maravillosa que me destroza y me enciende a la vez.

—Vamos —dice ella a Emmett—. Grant viene con nosotros. Le gusta… observar cómo se hacen las cosas bien.

Emmett me echa un vistazo de arriba abajo, calcula, y asiente con respeto fingido.

—Por supuesto. El marido siempre es bienvenido. Sin él no hay juego completo.

Subimos una escalera de hierro estrecha. Yo voy el último. Desde abajo veo la entrepierna de Renata, el vestido subiendo un centímetro de más, la sombra de su tanga negra. Emmett pone la mano en la cintura de ella “para que no se caiga”. Los dedos se le clavan un segundo en la carne blanda. Ella no protesta. Al contrario: se arquea apenas hacia atrás, ofreciendo más contacto.

En la planta de arriba el aire es más cálido, casi tropical por el calor de los fermentadores. Hay un sofá de cuero viejo contra la pared y una mesa alta con vasos limpios. Emmett sirve tres copas de esa reserva espesa, casi negra. Renata se sienta en el brazo del sofá, las piernas cruzadas de tal forma que el vestido se abre hasta la mitad del muslo. Yo me quedo de pie, a dos metros, como un perro fiel y cachondo.

—Prueba tú primero —le dice ella a Emmett, y le acerca la copa a los labios con las dos manos, como si le diera de beber a un amante.

Él bebe, la mira por encima del borde del vaso, y luego se la devuelve. Renata bebe del mismo sitio donde han estado sus labios. Un hilo le cae entre las tetas. Emmett sigue el recorrido con la mirada y yo siento que se me va a salir la polla del pantalón.

—Estás temblando, cariño —me dice Renata de pronto, dirigiéndose a mí sin dejar de sonreírle a él—. ¿Estás bien? ¿O es que te gusta demasiado verme así?

Mi voz sale ronca, casi un susurro confesional:

—Me encanta y me destroza a la vez. Sigue. Por favor, sigue.

Ella se levanta, se acerca a Emmett y pone ambas manos en su pecho ancho, palmeando los pectorales a través de la camiseta negra.

—Dime la verdad —le susurra lo bastante alto para que yo oiga—. ¿Te gusta que mi marido me mire mientras coqueteo contigo?

Emmett mira hacia mí un segundo. Sus ojos son oscuros, seguros.

—Me encanta. Especialmente cuando él está tan duro y no puede hacer nada más que tragar saliva. ¿Verdad, Grant? Se te nota el bulto desde aquí.

Asiento. No puedo negar nada. Mi cara arde. Mi polla late al ritmo de mi corazón. Renata se gira hacia mí otra vez, se acerca, me coge la mano y la pone sobre su propio muslo, subiendo despacio hasta que mis dedos rozan la humedad de su tanga.

—Tócame —ordena bajito—. Nota lo mojada que estoy solo de hablar con él. Y ahora imagina lo que voy a dejar que me haga esta noche mientras tú miras.

Mis dedos sienten el calor, el tejido empapado. Ella gime apenas cuando presiono el clítoris por encima de la tela. Luego aparta mi mano con suavidad, me da un beso en la mejilla y vuelve con Emmett.

Él ya no disimula. Pone una mano en la nuca de Renata, acerca su boca a la oreja de ella y le dice algo que yo no alcanzo a oír completo, solo fragmentos: “…si tu marido está de acuerdo… te la voy a meter entera… despacio al principio…”. Renata cierra los ojos un segundo y asiente.

Yo me paso la lengua por los labios secos. La humillación me sube como una marea caliente desde las pelotas hasta la garganta. Estoy más excitado que en años. Quiero que ella siga. Quiero que Emmett la desnude aquí mismo sobre el sofá de cuero y me obligue a mirar cómo esa polla que se le marca en el pantalón —clara, gruesa, amenazante— se hunde en el coño de mi mujer. Pero todavía no. Todavía estamos en la fase en que todo puede escalar o romperse.

Emmett sirve otra ronda. Renata se sienta ahora en el sofá de verdad y abre las piernas lo justo para que yo vea el contorno de su coño hinchado bajo la tanga. Emmett se sienta al lado, tan cerca que sus muslos se tocan. Su brazo pasa por detrás de ella, la mano descansando en el hombro desnudo de Renata, el pulgar dibujando círculos lentos sobre la clavícula.

—Esta cerveza sale mejor cuando se comparte de verdad —dice él, mirándome a los ojos—. ¿Estás preparado para lo que viene después de la cata, Grant? Porque tu mujer ya me ha dicho con la mirada lo que quiere.

Renata se ríe bajito, esa risa sucia que me vuelve loco, y posa la mano abierta sobre el muslo de Emmett, subiendo centímetro a centímetro hasta rozar con los dedos la base de esa erección evidente.

—Mi marido está más que preparado —responde ella sin apartar la vista de mí—. Le encanta cuando le humillan un poco. ¿Verdad, mi amor? Dile que sí. Dile que quieres ver cómo me la como entera esta misma noche.

Mi garganta está seca. La confesión me sale como un gemido:

—Sí. Quiero verlo. Quiero que te la comas. Quiero… joder, Renata, hazlo. Estoy pidiendo por favor que lo hagas.

Ella sonríe satisfecha, se inclina y le da un beso lento a Emmett en la comisura de los labios, casi casto, casi promesa. Luego se aparta lo justo para que yo vea el hilo de saliva que los une un segundo.

El aire del local superior está cargado. Afuera, en la escalera, se oyen risas de otros asistentes a la cata, ajenos a lo que se cocina aquí arriba. Emmett se levanta, se ajusta el bulto sin pudor y me mira de nuevo.

—Hay una sala privada al fondo, donde guardo las muestras especiales. Si queréis… podemos continuar la cata allí. Más íntima. Más larga.

Renata se pone de pie de un salto, el vestido pegado a las tetas y al culo, los pezones marcados como clavos. Me coge de la mano y me arrastra un paso hacia adelante.

—Vamos, Grant. Quiero que estés en primera fila. Quiero que veas cada centímetro.

Yo la sigo, la polla doliéndome, el corazón martilleándome las costillas, la humillación y el deseo mezclados en un nudo imposible de deshacer. Emmett abre una puerta metálica al fondo del pasillo. La luz cálida de una lámpara baja se derrama hacia nosotros. Renata entra primera, se gira en el umbral y me lanza esa sonrisa traviesa otra vez, la misma del principio, solo que ahora está cargada de todo lo que aún no ha pasado y ya me está matando.

Me detengo un segundo en el umbral, mirando el interior apenas iluminado, sintiendo cómo Emmett pasa a mi lado con su olor a cerveza y a hombre seguro. Renata me tiende la mano desde dentro.

—Entra, cariño. La noche apenas empieza.

Y yo entro, sabiendo que lo que viene después va a destrozarme y a hacerme correrme como nunca, y que todavía no he visto ni la mitad de lo que mi esposa está dispuesta a hacer delante de mis ojos.

Entro en la sala y la puerta metálica se cierra a mis espaldas con un clic suave que me parece un disparo. La luz es baja, ámbar, apenas una lámpara de escritorio sobre una mesa de madera y un sofá de cuero negro más ancho que el de arriba. Huele a lúpulo concentrado, a madera y a ese calor espeso de cuerpos que ya no fingen. Emmett deja las copas en la mesa y se gira hacia Renata con esa sonrisa que me destroza. Yo me quedo junto a la pared, las manos en los bolsillos para disimular el temblor, la polla tan dura que duele contra la cremallera.

—Aquí nadie nos molesta —dice él, voz baja, segura—. Esta es mi reserva personal. Cerveza de barrica pequeña, sin filtrar. Densa. Perfecta para compartir… de verdad.

Renata se acerca a la mesa, el vestido negro pegado a las curvas, los pezones marcados como si pidieran boca. Emmett llena un solo vaso hasta el borde. Bebe un trago largo, deja que el líquido oscuro le moje los labios y el bigote, y luego se inclina hacia ella en el rincón más oscuro, donde la sombra del fermentador los envuelve a medias. Me mira un segundo a mí, como pidiendo testigo, y murmura:

—Pruébala directamente de aquí. Sin vaso. Quiero sentir cómo la chupas de mi boca.

El corazón me golpea las costillas. Renata se muerde el labio, gira la cabeza hacia mí. Sus ojos brillan, húmedos de deseo claro, sin vergüenza. Me pide permiso sin palabras, solo con esa mirada que conozco de memoria: la misma que usaba cuando quería que la follara contra la pared del baño al principio. Asiento. Un movimiento corto, casi un espasmo. Mi voz sale rota, confesional:

—Hazlo. Joder, Renata… hazlo. Quiero verlo.

Ella sonríe, esa sonrisa de puta maravillosa que me humilla y me enciende, y se estira hacia Emmett. Él baja la cabeza. Sus bocas se encuentran. Renata abre los labios y recibe el chorro de cerveza negra que él le pasa lengua contra lengua. Un hilo grueso le resbala por la comisura, baja por el cuello hasta el escote. Ella gime bajo al tragar, chupa sus labios, lame el resto del bigote de Emmett con la punta de la lengua. El sonido es obsceno, húmedo. Mi polla late tan fuerte que siento el pulso en las sienes. Estoy tan duro que me cuesta respirar.

—Más —susurra ella contra su boca—. Dame más.

Emmett bebe otro trago y se lo vuelve a pasar. Esta vez Renata se pega del todo, pecho contra pecho, y sus manos bajan por el torso de él. Las veo deslizarse, abiertas, hasta la entrepierna. Rozan el bulto grueso que le marca el pantalón. No es un roce accidental. Es deliberado. Ella palpa la forma larga, gruesa, y aprieta un poco con los dedos. Emmett gruñe dentro de su boca y le devuelve el trago de cerveza con más lengua, más saliva mezclada. Yo trago en seco. La humillación me sube caliente desde las pelotas hasta la garganta. Mi polla se endurece todavía más, dolorosa, y tengo que apretar los puños para no tocarla.

—Joder, Grant… mírala —dice Emmett sin apartarse del todo, la voz ronca—. Tu mujer me está midiendo la polla con la mano mientras se bebe la cerveza de mi boca. ¿Lo ves? Está temblando de ganas.

Renata se aparta solo lo justo para mirarme. Los labios brillantes de cerveza y saliva. La mano sigue sobre el bulto de él, acariciando despacio el contorno, subiendo y bajando la cremallera con la yema de los dedos sin abrirla aún.

—Está enorme, cariño —me confiesa ella, voz grave, mojada—. Más gruesa de lo que imaginaba. Se me está empapando el tanga solo de tocarla así. ¿Quieres que siga? Dime que sí. Dime que quieres ver cómo me la saco y me la meto en la boca aquí mismo.

Mi respuesta es un gemido confesional, casi un sollozo de excitación:

—Sí. Quiero. Sigue. Tócala. Sácala si quieres. Estoy pidiendo por favor que lo hagas delante de mí.

Ella aprieta más el bulto de Emmett y él gime. Luego me mira otra vez, pidiendo con los ojos ese último empujón. Yo asiento, la cara ardiendo, la polla goteando precum dentro de los calzoncillos. Emmett aprovecha y la empuja suavemente hacia el sofá, pero Renata es quien decide el ritmo. Se deja llevar libremente, elige. Se sienta en el borde del cuero, abre las piernas lo justo para que yo vea la mancha oscura en la tanga negra, y tira de Emmett hacia ella por el cinturón.

—Ven aquí —ordena ella—. Quiero probarte como probé la cerveza. Directo. Sin prisas.

Emmett se coloca entre sus muslos. Renata abre la cremallera con dedos firmes. El sonido del metal es ensordecedor en la sala silenciosa. Saca su polla. Joder. Es gruesa, venosa, ya dura del todo, la cabeza brillante de precum. Más larga que la mía, más pesada. Renata la sostiene con las dos manos, la sopesa, y me mira a los ojos mientras pasa la lengua por la base hasta la punta, recogiendo la gota.

—Mira, Grant… mira cómo me la como. Esto es lo que siempre he querido. Más grande. Más hombre.

Se la mete en la boca. Primero solo la cabeza, chupando fuerte, y luego baja más, gimiendo alrededor del grosor. Emmett pone una mano en su nuca, no fuerza, solo guía, y Renata se deja. Su saliva brilla en la polla de él. Yo estoy clavado en la pared, hipnotizado, la humillación quemándome las entrañas y la excitación haciéndome doler las pelotas. Cada vez que ella baja la cabeza y la polla de Emmett desaparece entre sus labios rojos, siento que me voy a correr sin tocarlo.

—Más profundo —gruñe Emmett—. Tu marido está mirando cada centímetro. Se le ve en la cara que le encanta que le robes la esposa delante de sus narices.

Renata saca la polla de su boca con un hilo de saliva y se ríe, jadeante.

—Le encanta. ¿Verdad, mi amor? Dile lo que sientes ahora mismo. Confiesa.

Me cuesta hablar. La voz me sale rota, confesional, casi llorosa de excitación:

—Siento… siento que me estás destrozando y que nunca he estado tan duro. Quiero que te la comas entera. Quiero ver cómo te la mete después. Joder, Renata, no pares. Estoy aquí para mirar. Solo para mirar.

Ella vuelve a la carga. Ahora la chupa con ganas, las manos en las nalgas de Emmett empujándolo más adentro. El sonido es obsceno: saliva, gemidos, el cuero del sofá crujiendo. Emmett le baja un tirante del vestido. Un pecho queda al aire, el pezón duro, y él lo pellizca mientras ella le mama la polla. Renata gime con la boca llena y se aparta un segundo solo para hablarme, la voz pastosa:

—Estoy chorreando, Grant. Tócame tú. Ven. Nota lo mojada que me tiene su polla en la boca.

Obedezco como un perro. Me acerco, me arrodillo a un lado del sofá. Mis dedos suben por su muslo abierto hasta la tanga empapada. La aparto. Su coño está hinchado, brillante, el clítoris duro. Introduzco dos dedos y ella se arquea, chupando más fuerte la polla de Emmett al mismo tiempo. El contraste me mata: mis dedos dentro de mi mujer mientras la boca de ella se estira alrededor de la polla de otro hombre.

—Así… joder, así —gime ella alrededor del glande—. Más fuerte, Grant. Fóllame con los dedos mientras me la chupo. Quiero correrme así. Y después… después quiero que Emmett me folle de verdad. Aquí. Delante de ti. ¿Me dejas? Dime que sí otra vez.

—Sí —confieso, la voz hecha trizas—. Te dejo. Quiero verlo. Quiero que te la meta entera. Estoy pidiendo que lo hagas.

Emmett saca la polla de su boca con un pop húmedo. Está brillante, palpitante, aún más gruesa. Renata se levanta, se gira y se arrodilla en el sofá de espaldas a él, el culo en alto, el vestido subido hasta la cintura. Se baja la tanga ella misma hasta los muslos y mira por encima del hombro, primero a Emmett, luego a mí.

—Métela. Despacio al principio. Quiero sentir cómo me abre. Y tú, Grant… no apartes la vista. Quiero que veas cada vena entrando en mi coño.

Emmett se coloca detrás. La cabeza de su polla roza los labios hinchados de ella. Empuja. Entra un centímetro. Renata gime largo, profundo. Otro centímetro. Yo veo cómo su coño se estira alrededor del grosor, cómo la traga despacio. Emmett avanza más, constante, hasta que está a medias. Renata se muerde el labio y me busca con la mano. Yo se la doy. Me aprieta fuerte mientras él sigue empujando.

—Joder… es tan gruesa… me está abriendo del todo —jadea ella—. Grant, míralo. Míralo cómo me la mete. ¿La ves desaparecer? ¿La ves?

La veo. Cada centímetro. Emmett llega al fondo con un embestida final y se queda quieto, respirando pesado, las manos en las caderas de mi mujer. Renata gime y empuja hacia atrás, pidiendo más. Él empieza a moverse. Despacio al principio, sacando casi toda la polla y volviendo a hundirla. El sonido es húmedo, obsceno. Cada embestida hace que las tetas de Renata se sacudan. Yo estoy de rodillas a su lado, los dedos todavía en su clítoris, frotando al ritmo de las embestidas de Emmett.

—Más fuerte —pide ella—. Fóllame como se folla a una puta delante de su marido. Quiero que Grant oiga cómo me la das.

Emmett obedece. Las embestidas se vuelven más hondas, más secas de ruido. El cuero chilla. Renata gime sin control, la cara vuelta hacia mí, los ojos entrecerrados de placer.

—Estoy cerca… joder, Grant, me voy a correr con su polla dentro… míralo… míralo cómo me usa…

Yo confieso en voz alta, sin pudor ya:

—Córrete. Córrete en su polla. Quiero ver cómo te contraes alrededor de él. Estoy más duro que nunca. Me estás matando y no quiero que pares.

Emmett acelera. Las manos le aprietan las nalgas, las separa para que yo vea mejor cómo su polla entra y sale brillante de jugos de mi mujer. Renata se tensa de pronto, un grito ahogado, y se corre. Su coño se agarrota, palpita a la vista, mojando la base de la polla de Emmett. Él no para. Sigue follándola a través del orgasmo, más profundo, hasta que ella gime otra vez, sobreestimulada y pidiendo más.

Cuando el temblor baja, Emmett se sale despacio. Su polla sale brillante, gruesa, aún dura del todo, las venas marcadas. Renata se gira, se sienta en el sofá con las piernas abiertas, el coño rojo e hinchado, goteando, y me mira con esa sonrisa traviesa cargada de todo lo que aún no ha pasado.

—Todavía no ha acabado, cariño —susurra, voz ronca de gemidos—. Quiero que me la meta otra vez. Quiero probar cómo sabe mi coño en su polla. Y quiero que tú te quedes ahí, duro y humillado, mirando cómo me la da hasta el fondo otra vez. ¿Vas a quedarte? ¿Vas a pedírmelo otra vez?

Mi respuesta sale sola, confesional, derrotada y excitada hasta el límite:

—Me quedo. Te lo pido. Fóllatela otra vez, Emmett. Quiero verlo todo. No pares todavía. La noche apenas empieza y yo… yo necesito más de esto. Más de ver cómo te la comes y cómo te la mete. Hazlo. Por favor.

Emmett se ríe bajo, se acerca otra vez entre las piernas abiertas de Renata y frota la cabeza de su polla contra su clítoris hinchado. Ella gime y se arquea. Yo me quedo de rodillas, la polla doliéndome sin alivio, el corazón martilleando, la humillación y el deseo anudados tan fuerte que apenas puedo respirar. La puerta sigue cerrada. Afuera las risas de la cata suenan lejanas. Aquí dentro solo estamos los tres, y Renata ya está abriendo más las piernas, eligiendo libremente, mirándome a los ojos mientras Emmett vuelve a empujar y la cabeza de su polla desaparece otra vez dentro de ella.

—Así… joder, así —jadea ella, la voz rota de placer—. Más. Dámela toda otra vez. Y tú, Grant… no cierres los ojos. Quiero que veas cómo me la vuelvo a tragar con el coño. Quiero que sientas cada embestida como si te la dieran a ti. Porque esta noche soy suya… y tú solo miras.

Emmett hunde la polla hasta el fondo de un solo empujón. Renata grita un gemido largo. Yo trago saliva, la cara ardiendo, y miro. Miro cómo la follan. Miro cómo ella se deja llevar. Y sé que lo que viene después va a ser aún peor y aún mejor, y que todavía no he visto ni la mitad de lo que mi esposa está dispuesta a hacer mientras yo me corro solo de la humillación y del deseo.

Entro más adentro de la sala y la puerta ya está cerrada a mis espaldas. Emmett sigue embistiéndola despacio, la polla gruesa desapareciendo entre los labios hinchados del coño de Renata, pero ella lo aparta con una mano temblorosa y se gira hacia mí con esa sonrisa de puta satisfecha que me destroza.

—Ahora de rodillas, cariño —me ordena ella, la voz pastosa de saliva y gemidos—. Quiero que te acerques. Muy cerca. Vas a ver cómo me la trago entera.

Me arrodillo al instante, como el perro fiel y cachondo que soy. Mis rodillas crujen sobre el suelo de madera. Renata se baja del sofá, se arrodilla también frente a Emmett y me agarra del pelo con fuerza, tirando hasta que mi cara queda a escasos centímetros de esa verga venosa y brillante de sus jugos. Huele a ella, a cerveza y a hombre.

—Sácala otra vez —le dice a Emmett—. Quiero chupártela con ansia mientras mi marido mira cada vena.

Emmett obedece. Su polla sale con un sonido húmedo, gruesa, palpitante, la cabeza morada y goteando precum mezclado con el corrimiento de Renata. Ella la agarra con las dos manos, la sopesa delante de mis ojos y me obliga a olerla.

—Mira bien, Grant. Esta es la polla que me está abriendo. Más gruesa que la tuya. Más larga. Más hombre. Ahora obsérvame cómo me la como.

Se la mete en la boca de un solo movimiento. No hay pudor. Sus labios se estiran alrededor del grosor, las mejillas se hunden y baja hasta casi la base, gimiendo con la garganta llena. Emmett pone una mano en su nuca y empuja un poco más. Renata babea, la saliva le escurre por la barbilla hasta el pecho desnudo. Yo estoy tan cerca que siento el calor de su aliento, veo cómo la lengua se enrosca alrededor de la cabeza cada vez que sube, cómo las venas latan contra sus labios rojos.

—Mastúrbate —ordena ella sacando la polla con un hilo de saliva grueso—. Sácala. Tócala. Pero no me toques a mí. Solo mírala. Mírame tragarla mientras te corres de humillación.

Obedezco. Me bajo la cremallera con dedos torpes. Mi polla salta fuera, más pequeña, más roja, goteando. Empiezo a bombear despacio, la mano temblando. Emmett se ríe bajo.

—Mira a tu marido, Renata. Se está tocando la pollita mientras tú me chupas la mía como una puta hambrienta. ¿Te gusta, Grant? ¿Te gusta ver cómo tu mujer se atraganta con una de verdad?

—Sí —confieso, la voz rota, confesional—. Me encanta. Me destroza. Sigue, joder. Chúpala más fuerte. Quiero ver cómo te la metes hasta el fondo.

Renata vuelve a la carga. Ahora chupa con ansia verdadera, la cabeza subiendo y bajando rápido, las manos en las nalgas de Emmett empujándolo más adentro. El sonido es obsceno: saliva chapoteando, gemidos ahogados, el cuero del sofá crujiendo bajo sus rodillas. Cada vez que ella traga, sus ojos se ponen llorosos y me buscan. Yo bombeo más rápido, la humillación quemándome las pelotas, el precum resbalándome por los dedos.

—Más cerca —exige ella, sacándola un segundo—. Acerca la cara. Quiero que veas cómo se me estira la boca. Quiero que huelas mi saliva en su polla.

Me inclino hasta que la mejilla me roza su muslo. Veo todo: la forma en que el glande desaparece en su garganta, cómo el cuello se hincha un poco, cómo ella gime de placer puro. Emmett le agarra el pelo y empieza a follarle la boca con embestidas cortas y profundas. Renata se deja, babeando, los ojos entrecerrados de éxtasis.

—Joder, qué bien chupa tu esposa —gruñe Emmett mirándome—. Mejor que cualquier puta que he tenido. Se le nota que está deseando una polla de verdad. ¿Verdad, Grant? Confiesa lo que sientes viéndola así.

—Siento que me estoy muriendo y que nunca he estado tan duro —Jadeo, la mano subiendo y bajando sin parar—. Quiero que te corras en su boca. Quiero ver cómo se la traga. Estoy pidiendo por favor que la uses.

Renata saca la polla con un pop húmedo, la lengua lamiendo la base hasta las bolas. Las chupa una por una mientras me mira.

—Después me la va a meter otra vez. En la mesa. Y tú te vas a quedar ahí, tocando tu pollita sin tocarme. ¿Entendido?

—Entendido —susurro—. Hazlo. Te lo ruego.

Emmett la levanta como si no pesara nada y la tumba de espaldas sobre la mesa de madera. Los vasos de cerveza tiemblan. Renata abre las piernas de par en par, el vestido subido hasta las tetas, el coño rojo, hinchado, goteando sobre la superficie. Emmett se coloca entre ellas, frota la cabeza gruesa contra su clítoris y empuja. Entra de un solo tajo. Renata grita un gemido largo y se arquea.

—¡Joder! Me está abriendo del todo… Grant, míralo. Míralo cómo me la mete en misionero. Cada centímetro. Se siente tan gruesa… mucho mejor que la tuya, cariño. Perdóname, pero es verdad. La tuya no llega ni a la mitad.

Me quedo de pie al lado de la mesa, la polla en la mano, bombeando sin parar. Veo cómo el coño de mi mujer se estira alrededor de esa verga enorme, cómo los labios se agarran a ella cada vez que Emmett saca casi toda y vuelve a hundirla hasta el fondo. Las tetas de Renata rebotan con cada embestida. Emmett le agarra las caderas y empieza a follarla con fuerza, el sonido húmedo y obsceno llenando la sala.

—Dile lo que eres —ordena Emmett, la voz grave—. Dile a tu marido lo que eres ahora mismo.

—Soy tu puta —gime Renata mirándome a los ojos—. Soy la puta de Emmett. Me está follando mejor que tú nunca. Su polla es mucho mejor, Grant. Más gruesa, más dura, me llega donde la tuya no puede. Mírame… mírame correrme otra vez con su verga dentro.

Emmett acelera. La mesa cruje. Yo confieso en voz alta, la cara ardiendo de vergüenza y excitación:

—Sí, eres su puta. Me encanta. Sigue diciéndolo. Dime lo inferior que soy. Quiero oírlo. Fóllatela más duro, Emmett. Úsala delante de mí. Te doy permiso. Te lo ruego.

Renata se corre con un grito ahogado, el coño contrayéndose a la vista alrededor de la polla de Emmett, mojando la base y goteando sobre la madera. Él no para. La saca, la gira como un trapo y la pone a cuatro patas sobre la mesa. El culo redondo en alto, el vestido amontonado en la cintura, el coño abierto y chorreante. Emmett le agarra el pelo con un puño fuerte, tira hacia atrás hasta que su espalda se arquea y le mete la polla de un solo empujón en perrito.

—Toma, puta —gruñe mientras embiste—. Toma toda la polla de verdad. Dile a tu marido lo buena que te la estoy metiendo.

—¡Ah, joder! Me la está dando tan rico… Grant, su polla es infinitamente mejor que la tuya. Me llega al fondo. Me está destrozando el coño. Soy su puta. Su puta de mierda. Fóllame más fuerte, Emmett. Úsame como la puta casada que soy mientras mi marido se toca la pollita y mira.

Cada embestida hace que las tetas de Renata cuelguen y se sacudan. Emmett tira de su pelo más fuerte, la otra mano pegándole una palmada seca en el culo que deja la marca roja. Yo bombeo mi polla como un loco, al borde, la humillación verbal entrándome directa a las pelotas.

—Dime más —suplico, la voz hecha un hilo confesional—. Dime que soy un cornudo. Dime que nunca te he follado así. Quiero oírlo todo. No pares. Por favor, no pares.

—Eres un cornudo de mierda —gime ella, la cara vuelta hacia mí, la saliva cayéndole por la comisura—. Nunca me has follado como me está follando él. Su polla es mucho mejor. Más gruesa. Más larga. Me hace correr como una zorra. Mírame, Grant. Mírame ser su puta. Estoy eligiendo su verga. Estoy pidiendo más. Y tú solo miras y te tocas porque te lo mereces.

Emmett cambia el ángulo, embiste más hondo, el sonido de piel contra piel llenándolo todo. Renata gime sin control, el pelo tirante en el puño de él, el culo rebotando. Yo estoy a punto de correrme, las rodillas flojas, el corazón martilleándome.

—Córrete otra vez —ordena Emmett—. Córrete en mi polla delante de tu marido cornudo.

Ella se tensa y se corre de nuevo, un grito largo y roto, el coño exprimiendo esa verga gruesa a la vista. Emmett sigue follándola a través del orgasmo, más lento ahora, más profundo, como marcándola. Cuando el temblor baja un poco, se queda enterrado hasta el fondo y me mira.

—Todavía no he acabado con tu puta, Grant. Quiero llenársela. Quiero que veas cómo le dejo el coño desbordando de mi leche. ¿Me dejas? ¿Me das permiso para correrme dentro de tu esposa?

Mi respuesta sale sola, derrotada y excitada hasta el límite:

—Sí. Córrete dentro. Llénala. Quiero verlo. Quiero que se le escurra por los muslos mientras yo me toco sin poder tocarla. Te lo pido. Por favor. Úsala hasta el final. Hazla tuya esta noche.

Renata empuja hacia atrás, pidiendo más, la voz rota de placer:

—Dámela toda, Emmett. Lléname. Quiero sentir tu leche caliente mientras mi marido mira y se humilla. Grant… no cierres los ojos. Quiero que veas cómo me la vuelvo a tragar con el coño hasta que se corra. Porque esta noche soy suya… y tú solo eres el cornudo que pide más.

Emmett empieza a embestir otra vez, más fuerte, el pelo de Renata todavía en su puño, llamándola puta en cada embestida. Yo bombeo sin parar, al borde del abismo, sabiendo que lo que viene después va a destrozarme todavía más y que la noche, joder, la noche apenas está calentando.

Entro más cerca todavía, la polla palpitándome en la mano, y veo cómo Emmett embiste con fuerza renovada. La mesa cruje bajo el peso de Renata, su culo redondo rebotando contra la pelvis de él, el coño hinchado tragándose cada centímetro grueso y venoso. Ella gime sin freno, la cara vuelta hacia mí, los ojos brillantes de lágrimas de placer.

—Dámela… joder, lléname —suplica con voz rota—. Quiero tu leche dentro. Quiero que Grant vea cómo me la dejas chorreando.

Emmett gruñe, agarra más fuerte sus caderas y se hunde hasta el fondo. Su cuerpo se tensa, las venas del cuello marcadas, y se corre con un gemido gutural. Veo el pulso de su polla, cómo se contrae mientras bombea chorros calientes dentro de mi mujer. Renata se arquea y se corre otra vez con él, el coño exprimiéndolo, un hilo blanco que ya empieza a escaparse por los bordes cuando él sigue moviéndose despacio, metiendo la leche más hondo.

—Míralo, Grant —jadea ella, la voz pastosa—. Se está corriendo dentro de mí. Siente cómo me llena… es mucho. Caliente. Denso. Mejor que cualquier fantasia.

Mi mano sube y baja sin parar. La humillación me quema las entrañas y al mismo tiempo me mantiene al borde. Emmett no se saca. Se queda enterrado, respirando pesado, y empieza a moverse otra vez, lento al principio, usando su propia leche como lubricante. El sonido es obsceno, chapoteante, el semen mezclado con los jugos de ella salpicando con cada embestida.

—Otra vez —dice él, mirándome a los ojos mientras folla a mi esposa—. Voy a llenarla de nuevo. Quiero verla desbordada. ¿Seguimos, Grant?

Asiento, la garganta seca.

—Sí. Hazlo. Córrete otra vez dentro. Te lo pido. Llénala hasta que no pueda más.

Renata empuja hacia atrás, pidiendo más profundidad. Emmett acelera. Las tetas de ella se sacuden, el vestido hecho un trapo subido a la cintura, los pezones rojos y duros. Yo me arrodillo al lado de la mesa para no perderme nada: cómo la polla gruesa entra y sale brillante de blanco, cómo el coño de mi mujer se abre y se cierra alrededor de él, cómo un hilo espeso ya le resbala por el muslo interno.

—Eres un cornudo perfecto —gime Renata mirándome—. Mírame tomar su segunda corrida. Me está usando como quiere y yo lo elijo. Su polla me destroza delicioso. La tuya nunca llega así de hondo.

Emmett se ríe bajo, le da una palmada en el culo y embiste más fuerte. Al cabo de unos minutos se tensa otra vez. Se entierra hasta las bolas y se corre por segunda vez, más largo, más abundante. Renata grita y se corre con él, el cuerpo entero temblando, el coño palpitando a la vista mientras recibe todo. Cuando Emmett se saca por fin, su polla sale pesada, aún semidura, y un chorro espeso de semen le sigue, goteando del coño abierto de Renata sobre la madera de la mesa. Se esparce por sus labios hinchados, baja por el perineo, le mancha los muslos.

Emmett se limpia con la camiseta, se sube la cremallera despacio y se inclina sobre ella. Le agarra la cara con las dos manos y le da un beso profundo, lento, lengua contra lengua, saboreándola. Renata responde con ganas, gimiendo dentro de su boca, las manos en su pecho. El beso dura, íntimo, como si sellaran algo. Luego Emmett se aparta, le pasa el pulgar por el labio inferior y me mira un segundo.

—Gracias por compartirla —dice con voz calmada, sin burla ya, solo hecho—. Ha sido jodidamente bueno.

Se gira, recoge su vaso vacío de la mesa y camina hacia la puerta metálica. La abre, cruza el umbral y la cierra tras de sí con un clic suave. Se marcha. Simplemente se va, sin prisas, sin mirar atrás, el olor a cerveza y sexo todavía flotando en el aire cálido de la sala. Yo me quedo arrodillado, la polla todavía dura y olvidada en mi mano, mirando el semen que sigue chorreando del coño de mi esposa.

Renata se incorpora un poco sobre la mesa, las piernas abiertas, el vestido hecho un desastre, el pecho subiendo y bajando. Me mira con esa sonrisa suave, exhausta y satisfecha, y me hace un gesto con la cabeza.

—Ven aquí, cariño. Ahora te toca a ti. Límpiame. Quiero sentir tu lengua recogiendo todo lo que me ha dejado.

Me acerco de rodillas entre sus muslos abiertos. El olor es intenso: semen fresco, su coño follado, un toque residual de lúpulo. Su coño está rojo, hinchado, los labios entreabiertos y brillantes de blanco. Un hilo grueso le resbala hacia el culo. Saco la lengua y lamo despacio desde abajo, recogiendo el semen caliente y salado. El sabor me golpea: amargo, espeso, mezclado con el gusto a ella que conozco de memoria. Renata gime bajo y me pone una mano en el pelo, acariciándome con dedos suaves mientras yo lamo más profundo.

—Así… joder, Grant —susurra, la voz ronca—. Trágatelo. Limpia todo lo que me ha metido. Mírame los ojos mientras lo haces.

Obedezco. Paso la lengua por sus pliegues hinchados, meto la punta dentro para sacar más, chupo el clítoris hinchado que todavía late. El semen me llena la boca; lo trago y vuelvo a por más. Cada lametón hace que ella se estremezca. Su mano no deja de acariciarme el pelo, los dedos enredándose con ternura absurda después de todo lo que ha pasado.

—Me ha excitado tanto verte así —dice ella, mirándome desde arriba mientras yo limpio—. Tan sumiso. Tan duro y humillado a la vez. Pidiendo que me follara, confesando lo que sentías… joder, Grant. Nunca te había visto tan entregado. Me corrí más fuerte solo de mirarte de rodillas, tocándote la pollita mientras él me destrozaba. Esto… esto es lo nuestro ahora. Tú mi cornudo consentidor. Yo libre de tomar lo que quiera delante de ti. ¿Lo sientes? ¿Lo aceptas de verdad?

Levanto un segundo la cara, la barbilla brillante de semen y saliva, y asiento.

—Lo acepto. Me encanta. Quiero esto. Quiero limpiarte cada vez. Quiero ver cómo te follen y luego saborearlo en tu coño. Soy tuyo para esto. Soy el cornudo que necesita verlo y lamerlo después.

Ella sonríe, me acerca de nuevo con la mano en la nuca y yo sigo lamiendo hasta que el chorreo se detiene, hasta que su coño queda limpio y solo brilla con mi saliva. El sabor me queda pegado a la lengua, espeso, inconfundible. Cuando termino, ella se baja despacio de la mesa, se acomoda el vestido lo mejor que puede, se sube la tanga empapada y me ayuda a levantarme. Me sube la cremallera con cuidado, me da un beso suave en los labios —el mismo sabor que acabo de tragar— y me coge de la mano.

—Vamos a casa —murmura—. Quiero dormir con tu cara todavía oliendo a él y a mí. Y mañana… ya veremos qué más se nos ocurre.

Salimos de la sala privada. La escalera de hierro cruje bajo nuestros pasos. Abajo la cata sigue con risas lejanas y olor a malta, pero nosotros atravesamos el local sin detenernos. En la calle el aire de Barcelona nos pega fresco en la cara. Caminamos juntos hacia el metro, su brazo enlazado al mío, mi boca todavía llena del sabor de su coño follado y de la leche de Emmett. Cada paso sella lo que acabamos de convertirnos. Ya no hay vuelta atrás. Y mientras el sabor me permanece en la lengua todo el camino a casa, sé que esta noche solo ha sido el principio.

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