Fuego Compartido en la Azotea

En la azotea, mi mujer Heather se arrodilla y se folla salvajemente a Callum delante de mí mientras yo me pajeo humillado.

20 min read September 01, 2026New

En la azotea de nuestro edificio de apartamentos en el centro de la ciudad, el aire de la noche aún conservaba el calor del día. Las luces tenues de las farolas lejanas y las bombillas de guirnalda que alguien había dejado colgando dibujaban sombras suaves sobre el concreto. Yo, Ravi, de treinta y cinco años, estaba sentado en una de las sillas plegables con una cerveza en la mano cuando llegó Callum, nuestro vecino del piso de abajo. Alto, hombros anchos, brazos marcados bajo la camiseta negra, treinta y ocho años y esa forma de mirar que te hace sentir más pequeño sin que diga nada. Heather, mi mujer, morena curvilínea de treinta y dos, con esas caderas que siempre me han vuelto loco y unos pechos generosos que se marcaban bajo el vestido corto de verano, se levantó para saludarlo.

—Callum, qué sorpresa —dijo ella, y su voz ya tenía ese tono juguetón que yo conocía demasiado bien—. Qué bien te sienta la noche.

Él sonrió, mostrando los dientes, y la miró de arriba abajo sin disimulo. Yo me quedé callado, el corazón acelerado. Durante años había fantaseado en secreto con verla entregada a otro hombre, con esa humillación dulce y oscura que me ponía duro solo de pensarlo. Nunca se lo había confesado del todo, solo pistas, miradas. Ahora la tensión se espesaba como el humo de un cigarrillo.

Heather se acercó a él. Se mordió el labio inferior, exactamente como hacía cuando estaba cachonda, y rozó su cuerpo contra el de Callum al pasar a su lado para ofrecerle una cerveza. El roce no fue accidental: cadera contra muslo, pecho rozando su brazo. Callum no se apartó. Al contrario, dejó que su mano rozara la espalda baja de ella un segundo de más.

—Tu marido no dice nada —murmuró él, mirándome de reojo.

—Mi marido escucha y observa —respondió Heather, y me lanzó una mirada por encima del hombro. Sus ojos brillaban—. ¿Verdad, Ravi?

Asentí, la garganta seca. La excitación me apretaba los pantalones y la humillación me quemaba las mejillas al mismo tiempo. Ella coqueteaba abiertamente, girando la cadera para que el vestido se le pegara al culo, riendo bajo cuando Callum le decía algo al oído. Yo solo bebía y miraba, sintiendo cómo mi polla se endurecía contra la tela.

La tensión escaló rápido. Heather se plantó frente a mí, mirándome directamente a los ojos con esa sonrisa pícara llena de deseo mutuo, y luego se volvió hacia Callum.

—Siempre he querido follar con un hombre de verdad delante de mi marido —confesó, la voz clara, sin vergüenza—. Uno que me coja como se debe. ¿Tú eres ese hombre, Callum?

Él no dudó. La agarró por la cintura con las dos manos grandes, la atrajo contra su cuerpo y la besó con fuerza. Fue un beso profundo, posesivo; su lengua entró en la boca de Heather y ella gimió, un sonido gutural que me atravesó el pecho. Ella respondió empujando su pelvis contra la de él, agarrándole la nuca. Cuando se separaron, un hilo de saliva los unió un instante.

—Siéntate y mira, Ravi —me ordenó ella, jadeando, los labios hinchados—. Mira cómo elijo entregarme. No te muevas. Solo pajeate si quieres, pero no me toques. Hoy me folla él.

Me senté en la silla como me mandaba. Las rodillas me temblaban. Callum la miró con hambre y luego a mí, comprobando que consentíamos los tres. Yo tragué saliva y dije, ronco:

—Hazlo. Quiero verlo.

Ella sonrió más ancho, triunfante y excitada. Callum la guió hacia la manta que habíamos tendido para “tomar el fresco”. Heather se arrodilló delante de él sin que se lo pidiera. Le abrió el pantalón con dedos torpes de ganas, sacó su polla gruesa, ya dura, vena marcada, la cabeza brillante de líquido preseminal. Era más gruesa que la mía; lo supe al instante y eso me humilló aún más, poniéndome todavía más duro.

—Mírame, Ravi —susurró ella, y se llevó la polla de Callum a la boca.

La chupó con ansia, labios abiertos, lengua girando alrededor del glande antes de tragar hasta el fondo. Se le hincharon las mejillas; un jadeo nasal cuando la punta le rozó la garganta. Babeaba, hilos de saliva bajando por el tronco mientras subía y bajaba la cabeza, mirándome todo el tiempo con los ojos entrecerrados. Callum le sujetaba el pelo, gemía bajo, empujando un poco más profundo. Yo me saqué la polla, la envolví con la mano y empecé a masturbarme lento, humillado, sintiendo cada contracción de vergüenza y placer.

—Joder, cómo chupa tu mujer —gruñó Callum—. Se traga toda la polla como si le debieras algo.

Heather se apartó un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios a la polla de él.

—Porque me encanta —dijo, voz ronca—. Y porque mi marido se corre solo de verme así.

Callum la levantó, le alzó el vestido hasta la cintura y le bajó la ropa interior de un tirón. Ella se puso en cuatro patas sobre la manta, el culo en alto, el coño ya brillando de mojado bajo la luz tenue. Él se arrodilló detrás, alineó la polla gruesa y entró de un embiste profundo. Heather gritó de placer, un grito abierto que se llevó el viento de la azotea.

—¡Ah, sí, así! ¡Más duro!

Él la folló sin piedad, caderas chocando contra su culo con sonidos húmedos y carnosos. Cada embestida la hacía avanzar un poco sobre la manta; sus pechos se balanceaban libres cuando él le bajó el escote. Yo me pajeaba más rápido, la mano resbaladiza, sin atreverme a acercarme. La humillación me sabía a metal en la boca y a la vez me hacía latir la polla con fuerza.

Callum la agarró del pelo, la obligó a arquearse y le habló al oído lo bastante alto para que yo lo oyera:

—Dile a tu marido cómo te sienta una polla de verdad.

—Me llena… me parte… —jadeó Heather, mirándome de reojo mientras la embestían—. Es más gruesa, Ravi… me llega donde tú no. ¡Ah, joder, Callum!

Después de un rato la hizo girar. Se tumbó de espaldas y la subió encima en vaquera. Heather se impaló sola, bajando hasta el fondo con un gemido largo, y empezó a cabalgarlo salvajemente, controlando el ritmo. Sus muslos temblaban; el culo rebotaba contra la pelvis de él; se tocaba los pechos, pellizcándose los pezones mientras miraba fijamente a Callum y de vez en cuando a mí. El sonido de su coño chupando aquella polla era obsceno, chapoteos rápidos. Yo apreté la base de mi polla para no correrme todavía, el orgullo hecho trizas y la excitación por las nubes.

—Úsame —le pedía ella—. Úsame delante de él.

Callum la sujetó de las caderas y empujó hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba, profundizando cada embestida. Luego la tumbaron de lado. Él se acomodó detrás, le alzó una pierna y la penetró de nuevo, profundo, mientras su mano grande le rodeaba la cadera y le frotaba el clítoris con el pulgar, círculos rápidos y precisos. Heather se deshizo. Gritó el nombre de Callum —no el mío— cuando se corrió, el cuerpo convulsionando, el coño apretando a su alrededor, jugos corriendo por sus muslos. El orgasmo le duró; gemía y se retorcía mientras él seguía follándola a través de las ondas.

Al terminar el climax de ella, Callum aceleró. Unos cuantos embistes brutales más y se enterró hasta las bolas, gruñendo. Se corrió dentro de Heather, llenándola con su semen caliente. Ella jadeó al sentirlo, los ojos cerrados un momento, y después me miró. Un hilo blanco empezó a escapársele del coño cuando él se retiró un poco, goteando sobre la manta.

Yo seguía sentado, la polla en la mano, a punto de estallar, humillado hasta los huesos y más excitado que nunca en mi vida. Heather extendió los dedos, recogió un poco de la corrida de Callum que le resbalaba y se la llevó a la boca, chupándosela mientras no me quitaba los ojos de encima.

—Mira lo que me ha dejado —susurró, la voz ronca de tanto gritar—. Todavía caliente. Y no hemos terminado, Ravi. Esta noche la azotea es nuestra… y Callum aún no se ha cansado de tu mujer.

Callum se rió bajo, todavía medio duro, la mano acariciándole el culo a Heather con posesión. Ella se arqueó contra su tacto, el semen siguiéndole bajando por el muslo interior, y me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara un poco más… pero sin tocar. El aire olía a sexo, a sudor y a cerveza caliente. Mis huevos dolían de aguantar. La mirada de Heather prometía más, mucho más, y Callum ya le estaba rociando de nuevo los pezones con los dedos, preparándola para la siguiente ronda mientras yo, el marido, solo podía apretar mi propia polla y tragar la humillación dulce que nos tenía a los tres atrapados en aquella azotea bajo las luces tenues.

El gesto de Heather me atrajo como un imán. Me arrastré de rodillas por la manta hasta quedar a menos de un metro, lo bastante cerca para oler el sexo entremezclado, el sudor de Callum y el rastro caliente de su corrida que le resbalaba por el muslo interior. Mi polla latía en mi puño, morada y goteando, pero no me atreví a tocarla a ella. Solo miré. Callum seguía acariciándole el culo con posesión, los dedos pesados hundidos en la carne blanda, separándole las nalgas para que yo viera cómo su semen espeso salía a pulsos lentos del coño rosado e hinchado.

—Más cerca, Ravi —ordenó ella con voz ronca—. Quiero que lo huelas. Quiero que sepas exactamente lo que me ha metido dentro.

Me incliné. El olor me golpeó: salado, macho, el mío diluido hasta la nada. Callum se rió bajo y empujó dos dedos dentro de ella, sacándolos brillantes de blanco y de sus propios jugos. Los ofreció delante de mi cara.

—Abre la boca, cornudo —dijo sin levantar la voz—. Chúpale a tu mujer lo que le he dejado.

Heather asintió, los ojos brillantes de excitación y de ese poder nuevo que la embriagaba. Abrí los labios. Los dedos de Callum entraron. Sabía a él, a ella, a algo amargo y caliente que me hizo gemir alrededor de sus nudillos. Chupé como un perro hambriento mientras mi mano subía y bajaba por mi polla más despacio, humillado hasta el tuétano y más duro que nunca. Cuando Callum retiró los dedos, un hilo de saliva y semen me unió a ellos un segundo.

—Buen chico —murmuró Heather, y se giró hacia Callum de nuevo—. Ahora fóllame otra vez. Quiero que me la vuelvas a llenar delante de él.

Callum no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Todavía medio duro, se acarició un par de veces hasta recuperar toda la erección —esa polla gruesa, venosa, que me hacía sentir ridículo— y se arrodilló entre las piernas abiertas de Heather. Ella se recostó sobre los codos, el vestido subido hasta las tetas, las piernas abiertas en V para que yo tuviera el mejor ángulo. Él alineó la cabeza hinchada contra su entrada ya resbaladiza y empujó de un solo golpe hasta las bolas. El gemido que soltó Heather fue animal, abierto, y el chapoteo húmedo de su coño tragándoselo me hizo apretar la base de mi polla para no correrme ya.

—Míralo, Ravi —jadeó ella, mirándome fijamente mientras Callum empezaba a embestir con ritmo profundo y lento—. Míra cómo me abre. Cómo me estira. Tú nunca me llegas así de hondo.

Cada embestida hacía rebotar sus pechos. Callum le agarró las caderas con ambas manos y aceleró, el sonido carnoso de piel contra piel llenando la azotea. Yo me pajeaba al mismo ritmo, la vergüenza quemándome la cara y el pecho, pero incapaz de apartar la vista. Él se inclinó y le mordió un pezón, chupándolo con fuerza mientras follaba. Heather arqueó la espalda y se agarró a su pelo.

—Más fuerte… júdeme el coño… quiero que mi marido oiga cómo me mojas.

Callum obedeció. La levantó por la cintura, la puso a horcajadas encima de él otra vez pero de espaldas a su pecho, en reverse cowgirl, de modo que yo tuviera vista perfecta de su polla desapareciendo y saliendo brillante de grasa y de la corrida anterior. Heather se apoyó en sus propias rodillas y empezó a cabalgarlo con salvajismo, el culo rebotando, las nalgas abriéndose y cerrándose. Cada vez que bajaba hasta el fondo se le escapaba un gemido gutural y un hilito más de semen mezclado con sus fluidos goteaba sobre las bolas de Callum.

—Habla —le gruñó él al oído, lo bastante alto para mí—. Dile lo que sientes.

—Siento… ah, joder… siento cómo me parte por dentro —soltó ella, mirándome con la boca abierta, la lengua rosada—. Es más gruesa, más larga… me llena hasta el fondo del útero. Tú te quedas corto, amor. Él me folla como una puta y me encanta. Me voy a correr otra vez solo con su polla.

Yo gemí, la mano resbaladiza de precum. Callum le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano le alcanzó el clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras la embestía desde abajo. Heather se deshizo en segundos. El orgasmo la sacudió con violencia: gritó el nombre de Callum otra vez, el cuerpo convulsionando, el coño apretando y soltando alrededor de aquella polla ajena, un chorrito claro saliéndole a presión y chapoteando sobre él. Yo tuve que apretar fuerte mis huevos para no seguirla. El placer y la humillación se me revuelven en la garganta como vomitona dulce.

Aún temblando, ella se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la manta, y Callum la siguió sin salir, follándola ahora a cuatro patas otra vez pero más bruto, más profundo. Le daba palmadas en el culo que dejaban la piel roja. Cada cachetada resonaba y a mí me hacía latir la polla.

—Dile que te marque —ordenó Callum.

—Márquame —suplicó Heather, la voz rota—. Quiero moretones de tus manos mientras mi marido se toca. Quiero ir mañana por la calle sintiendo tu polla todavía dentro aunque ya no esté.

Callum le agarró el pelo con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándola a arquearse, y me miró a los ojos mientras la clavaba sin piedad.

—Tu mujer es una zorra de primera, Ravi. Se moja más cuando te humilla. ¿Lo ves? ¿Lo oyes cómo le chupa el coño a mi polla?

—Sí… —logré decir, la voz un hilo.

—Díselo tú —exigió Heather entre embestidas—. Di que te gusta verme follada por otra polla.

—Me gusta… me encanta verte follada por su polla —confesé, y la vergüenza me corrió por la espalda como electricidad—. Me gusta ser el cornudo que se pajea mientras te llenan.

Callum soltó una risa oscura y sacó la polla de golpe. Heather gimió por la pérdida. Él se puso de pie, la polla goteando, y la hizo arrodillarse otra vez frente a él… y frente a mí. Ella abrió la boca de inmediato y se la tragó hasta la garganta, chupando con ruidos obscenos, babas cayéndole por la barbilla. Callum le sujetaba la cabeza con las dos manos y la usaba, follándole la cara con embestidas cortas. Cada vez que salía, un hilo de saliva y semen anterior brillaba a la luz de las guirnaldas.

—Acércate más —me dijo ella cuando pudo hablar un segundo, la voz pastosa—. Quiero que me veas tragar. Quiero que me veas beberlo cuando se corra.

Me arrastré hasta quedar a su lado, casi hombro con hombro con ella, mi cara a centímetros de la acción. El olor era embriagador. Callum aceleró, gruñendo, y se corrió por segunda vez directamente en la boca abierta de Heather. Ella se lo quedó todo: tragó audiblemente, la garganta trabajando, y cuando él se retiró un poco todavía salía un hilito blanco que le resbaló por la comisura. Heather se giró hacia mí con la boca medio abierta, mostrándome la corrida acumulada en la lengua, y después la tragó del todo, chasqueando los labios.

—Rica —susurró—. Y todavía no hemos terminado.

Callum, ya menos duro pero lejos de acabarse, se dejó caer de espaldas sobre la manta y tiró de ella para que se le montara a horcajadas de nuevo, esta vez cara a cara. Heather se impaló despacio, saboreando cada centímetro, y empezó a moverse en círculos lentos, frotándose el clítoris contra la base de él. Yo seguía arrodillado al lado, pajeándome, los ojos fijos en cómo su coño se estiraba alrededor de aquella polla gruesa, en cómo le salían burbujitas de aire y de semen viejo cada vez que subía.

—Tócame los pechos —le pidió ella a Callum—. Pellízcamelos mientras mi marido mira y se corre solo de la vergüenza.

Él obedeció, apretándole los pezones entre dedo y pulgar, tirando un poco. Heather jadeaba y aceleraba el ritmo, el culo chocando contra él. De pronto se inclinó hacia mí, tan cerca que sentí su aliento caliente en la cara.

—Cuando te corras —me dijo—, córrete en el suelo. No en mí. Yo solo quiero la leche de él esta noche. Tú eres solo el espectador que se humilla.

Esa frase me destrozó y me puso al borde. Callum notó el efecto y sonrió, embistiendo hacia arriba con más fuerza.

—Escúchala, Ravi. Tu mujer decide quién la llena. Y no eres tú.

Heather se rió entre gemidos y se dejó caer hacia delante, apoyando las manos en el pecho de Callum, cabalgándolo como si quisiera sacarle hasta la última gota. El sonido húmedo era constante, obsceno, el olor a sexo impregnándolo todo. Yo apreté más fuerte mi polla, los huevos tensos, el orgullo hecho polvo y la excitación subiendo como una marea negra. Ella me miró por encima del hombro mientras se la follaba, los labios entreabiertos, y susurró solo para mí:

—Esta noche voy a seguir hasta que no pueda caminar. Y tú vas a ver cada embestida. Vas a oír cada gemido. Y cuando por fin te deje correrte… va a ser porque yo lo diga. ¿Entendido, mi amor cornudo?

Asentí, incapaz de hablar. Callum le dio una palmada más fuerte en el culo y ella gritó de placer, empujando hacia atrás para recibirlo más hondo. El aire de la azotea seguía caliente, las luces tenues parpadeaban, y yo, Ravi, el marido, solo podía seguir masturbándome lento, tragando saliva y humillación, sabiendo que la noche apenas empezaba a mostrar sus dientes.

En la azotea el aire seguía denso de sexo y sudor cuando Heather aceleró el ritmo sobre Callum. Yo seguía de rodillas a su lado, la polla apretada en el puño, viendo cómo su coño se abría y se cerraba alrededor de aquella verga gruesa que yo jamás podría igualar. Cada bajada suya era un chapoteo húmedo, un gemido gutural que me atravesaba el pecho. Callum le sujetaba las caderas con fuerza, empujando hacia arriba para clavársela hasta el fondo, y ella arqueaba la espalda, los pechos temblando, los pezones ya morados de tanto pellizco.

—Más hondo —jadeó ella—. Quiero que me llegue donde Ravi nunca llega. Quiero que me deje el coño abierto y goteando mientras él se toca como el cornudo que es.

Callum gruñó y la hizo girar sin sacarla del todo. La puso de lado, le alzó la pierna superior hasta el hombro y empezó a embestirla con tajos largos y brutales. Desde mi posición veía todo: la polla entrando y saliendo brillante de jugos y de la corrida anterior, el clítoris hinchado que él rozaba con el pulgar, el semen viejo que salía a borbotones cada vez que se retiraba casi del todo. Heather miraba fijamente a mis ojos mientras la follaban.

—Acércate más, Ravi. Quiero que veas cómo me estira. Quiero que huelas cómo me marca.

Me arrastré hasta quedar a centímetros. El olor me golpeó otra vez: salado, masculino, el de él mezclado con el de ella. Mi mano subía y bajaba más rápido, el precum resbalando por los dedos. Callum metió dos dedos junto a su polla, abriéndola todavía más para que yo contemplara el espectáculo, y Heather gritó de placer puro.

—¡Joder, sí! Ábreme delante de él. Enséñale lo que una polla de verdad puede hacer.

Yo gemí, la vergüenza quemándome la cara. —Me encanta… me encanta verte así —confesé, la voz rota—. Me gusta ser el marido que solo mira mientras te parten.

Callum soltó una risa baja y sacó la polla de golpe. Heather gimió por la pérdida, el coño palpitando y goteando sobre la manta. Él se puso de rodillas frente a su cara y le metió la verga en la boca sin aviso. Ella la tragó hasta la garganta de inmediato, babas corriendo por la barbilla, ojos entrecerrados de puro vicio. Callum le follaba la cara con embestidas cortas y profundas mientras yo observaba a menos de un palmo.

—Chúpale bien, zorra —ordenó él—. Limpia lo que te ha dejado tu coño. Y que tu marido lo vea todo.

Heather obedeció con ansia, la lengua girando, los labios apretados, haciendo ruidos obscenos de succión. Cuando Callum se retiró, un hilo grueso de saliva y restos de semen unió su glande a la boca de ella. Entonces la hizo ponerse a cuatro patas de nuevo, el culo en alto, y se arrodilló detrás. Entró de un solo embiste brutal. El grito de Heather se perdió en la noche de la azotea.

La folló sin piedad. Caderas chocando, palmadas rojas en las nalgas, tirones de pelo que la obligaban a arquearse. Yo me pajeaba al mismo ritmo, los huevos tensos, el orgullo hecho trizas. Cada vez que él se enterraba hasta las bolas, un poco más de corrida anterior salía empujada hacia fuera y resbalaba por el muslo interior de Heather. Ella se giraba lo suficiente para mirarme.

—Dile lo que sientes —exigió Callum, dándole una cachetada más fuerte.

—Siento… ah, joder… siento cómo me llena completo —soltó ella entre jadeos—. Es más gruesa, más dura… me llega al útero. Tú te quedas corto, Ravi. Él me usa como puta y me corro solo de saber que me estás viendo. Me voy a correr otra vez… ¡Callum, más fuerte!

Callum le rodeó la cintura con un brazo y le frotó el clítoris con dedos expertas mientras la embestía. Heather se deshizo. El orgasmo la sacudió con violencia: gritó el nombre de él, el cuerpo convulsionando, el coño apretando y soltando en espasmos visibles, un chorro claro saliendo a presión y mojando las bolas de Callum y la manta. Yo tuve que apretar la base de mi polla con fuerza para no seguirla. El placer y la humillación se me revolvían en la garganta.

Aún temblando, ella se dejó tumbar de espaldas. Callum le abrió las piernas en V amplia, se colocó encima y volvió a entrar despacio, saboreando cada centímetro. Ahora follaba con ritmo profundo y lento, casi ceremonial, para que yo viera cada detalle: cómo se le hinchaban los pechos con cada embestida, cómo se le escapaban gemidos rotos, cómo su coño se aferraba a aquella verga ajena. Él se inclinó y le mordió el cuello, chupándole la piel hasta dejar marcas rojas.

—Márquame más —suplicó Heather—. Quiero moretones. Quiero ir mañana al trabajo sintiendo tus dientes y tu polla aunque ya no esté. Quiero que Ravi se acuerde cada vez que me mire.

Callum obedeció. Le chupó los pezones con fuerza, le dejó chupetones en los pechos y en el cuello, mientras la clavaba sin prisa. Yo estaba al borde, la mano resbaladiza, la respiración entrecortada. Heather extendió la mano y me tocó la mejilla con los dedos húmedos de su propio coño.

—Cuando te corras, lo haces en el suelo, mi amor. No en mí. Esta noche solo quiero la leche de Callum. Tú eres el espectador. El cornudo que se humilla y se pajea. ¿Entendido?

—Sí… —logré decir—. Entendido. Solo miro. Solo me toco. Tú decides.

Callum aceleró entonces. La levantó por las caderas, la puso a horcajadas otra vez cara a cara y la embistió desde abajo con salvajismo. Heather se agarró a sus hombros, cabalgándolo a contratiempo, el culo rebotando, los pechos en su cara. El sonido era obsceno, constante, chapoteos rápidos mezclados con gemidos y el golpe de carne contra carne. De pronto Callum gruñó profundo, se enterró hasta el fondo y se corrió por tercera vez dentro de ella. Heather sintió cada pulso, gemó al notar el calor nuevo llenándola, y se corrió también, el coño exprimiendo aquella polla, jugos y semen saliendo a borbotones alrededor del tronco.

Se quedaron así un momento, jadeando, unidos. Luego Callum se retiró despacio. Un hilo grueso y blanco siguió saliendo del coño hinchado de Heather, goteando sobre la manta. Ella se giró hacia mí, recogió un buen chorro con los dedos y me los ofreció delante de la boca.

—Chupa, Ravi. Traga lo que me ha dejado tu vecino. Demuéstrame que te gusta ser mío de esta forma.

Abrí los labios. Chupé sus dedos limpios, saboreando el semen de Callum mezclado con ella. Gemí alrededor de los nudillos mientras mi mano volvía a mi polla. Heather sonrió, triunfante, y se puso de rodillas frente a mí, el vestido aún subido, el coño goteando a la vista.

—Ahora te dejo correrte —susurró—. Pero en el suelo. Apunta abajo. Quiero verte humillado hasta el final.

No pude aguantar más. Me pajeé rápido, mirando su coño usado, oliendo el sexo de los tres, escuchando la risa baja de Callum que todavía le acariciaba el culo con posesión. El orgasmo me arrancó un gemido ahogado. Me corrí a chorros sobre el concreto de la azotea, lejos de ella, la vergüenza y el placer explotando juntos. Heather observó cada espasmo, cada gota, y después se inclinó para darme un beso suave en la frente.

—Buen chico —murmuró—. Mi cornudo perfecto.

Callum se rió, ya más blando pero satisfecho, y se dejó caer de espaldas. Heather se acomodó entre los dos, el semen de él todavía resbalándole por el muslo, y me miró con esa sonrisa pícara que me conocía demasiado bien.

Nos quedamos en silencio un rato, recuperando el aliento bajo las luces tenues. El aire olía a nosotros tres. Yo guardé mi polla aún sensible, el corazón latiendo desbocado, la humillación dulce y oscura todavía latiendo en las venas. Heather se estiró, satisfecha, y habló en voz baja pero clara, ya pensando más allá de esta noche.

—La próxima vez no será solo la azotea —dijo, acariciándome el pecho mientras Callum le besaba el hombro—. Quiero que vengas a nuestro piso un viernes. Ravi te abrirá la puerta. Te llevaré a nuestra cama, a la misma donde dormimos juntos cada noche. Quiero que me folles ahí, en nuestras sábanas, mientras él se sienta en la silla del rincón y se toca. Y después… después quiero que me dejes llena y que Ravi limpie con la lengua todo lo que tú me hayas metido. ¿Te apunta, Callum? ¿Te apunta, mi amor cornudo?

Callum asintió con una sonrisa lenta, la mano ya volviendo a recorrer el culo de mi mujer. Yo tragué saliva, la excitación reviviendo incluso después de correrme, y asentí también. Ya estaba planeándolo en la cabeza: el viernes que viene, la llave en la cerradura, la cama matrimonial, Heather arrodillada otra vez, Callum entrando en ella delante de mí, yo arrodillado después para lamer lo que él dejara. La azotea había sido solo el comienzo. La próxima vez sería más íntima, más profunda, más mía en la humillación. Y yo ya contaba los días.

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