Confesión en la Fiesta de Disfraces
En la fiesta de disfraces el cornudo observa excitado cómo su esposa Laura se folla al vampiro dominante.
No pensé que llegaría el día en que tendría que confesar esto en voz alta, ni siquiera en un papel, pero aquí estoy. Tengo veintiocho años, igual que Laura, y la noche de la fiesta de disfraces de Halloween en aquella mansión del barrio alto cambió para siempre la forma en que nos miramos. Yo iba de demonio: cuernos negros, maquillaje rojo oscuro, una capa que me hacía sentir ridículo y poderoso a la vez. Ella… Dios, ella iba de enfermera sexy. La falda blanca le llegaba a mitad de muslo, el escote dejaba ver el borde de un sujetador rojo, las medias de red subían por esas piernas que yo creía conocer de memoria. Cada vez que se inclinaba a coger una copa, la gente se giraba. Yo también. Y me ardía la vergüenza al mismo tiempo que se me endurecía la polla dentro del disfraz.
La vi coquetear desde el primer trago. Él era alto, mucho más que yo, vestido de vampiro: capa negra impecable, camisa abierta hasta el pecho pálido, colmillos postizos que le daban un aire peligroso. Emmett, supe después. Dominante sin esfuerzo. Laura le sonrió con esa boca pintada de rojo carmesí y él le respondió con una mirada que la desnudaba. Yo me quedé en las sombras junto a la columna de mármol, el vaso temblándome en la mano, excitado y humillado hasta el tuétano mientras mi esposa se reía de algo que él le susurraba al oído. Sus pechos subían y bajaban. Él no disimulaba. Ella tampoco.
La atracción creció como un incendio. Los roces “accidentales” de su mano en la cintura de ella. Las miradas cargadas por encima de las copas. Los susurros que le arrancaban risitas bajas, casi gemidos. Yo no podía moverme. Las piernas me pesaban. Cuando por fin me acerqué, Laura me miró con las pupilas dilatadas, brillantes de lujuria pura. Me tiró de la capa hasta poner mis labios casi en los suyos.
—Quiero verla disfrutar —le confesé contra su boca, la voz ronca, derrotada y caliente—. Hazlo. Tienes mi permiso. Quiero mirarte.
Ella me besó entonces como no me besaba desde hacía meses: lengua profunda, dientes, saliva, un gemido que me llegó directo a los huevos. Frente a Emmett. Frente a todos los que quisieran ver. Cuando se separó, me acarició la mejilla con ternura cruel.
—Quédate cerca, mi amor —murmuró—. Vas a ver cómo me follan de verdad.
Desaparecieron pasillo adentro. Yo los seguí como un perro, el corazón martilleándome las costillas, la polla palpitando contra la tela del disfraz. La habitación privada olía a incienso y a sexo anticipado. Había una cama grande con sábanas negras y una silla de terciopelo junto a la pared. Emmett me señaló la silla sin decir una palabra. Me senté. Las manos me sudaban.
Laura se arrodilló frente a él con una ansia que me destrozó. Le bajó la bragueta, sacó aquella polla gruesa, pesada, ya dura, con las venas marcadas, y se la metió en la boca hasta el fondo. Chupaba con voracidad, saliva resbalándole por la barbilla, mirándome a mí todo el tiempo con esos ojos de puta feliz. El sonido húmedo de su garganta me volvía loco. Emmett le agarró el pelo —el moño de enfermera ya deshecho— y la embistió despacio en la boca.
—Así… trágatela toda, preciosa.
Ella gimió alrededor de su verga y yo me saqué la mía, más delgada, más desesperada, y empecé a masturbarme sin atreverme a acercarme. Cuando Emmett la levantó y la tiró sobre la cama, le subió la falda de un tirón, le apartó la tanga roja y se la embistió en misionero de una sola estocada. Laura gritó. Las piernas abiertas, las medias rotas ya en un muslo, los pechos saltándole fuera del disfraz mientras él la follaba salvaje, profundo, sin piedad. Cada embestida hacía crujir la cama.
—Más fuerte —suplicaba ella—. Joder, sí…
La puso a cuatro patas. Perrito. Le agarró las caderas y se la metió hasta que los huevos le golpeaban el clítoris. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Yo me corrían por las venas hilos de humillación dulce. Laura giró la cabeza hacia mí, el maquillaje corrido, y dijo exactamente lo que yo temía y necesitaba oír:
—Su polla… ah, joder… es mucho mejor que la tuya, cariño. Más gruesa. Me llena toda. Me va a reventar el coño…
Emmett le tiró del pelo hacia atrás, la llamó puta, putita casada, y ella solo gemía que sí, que lo era, que se dejara follar así todas las noches. Al final la montó en vaquera inversa: ella de espaldas a él, mirándome a mí mientras rebotaba sobre esa verga enorme, los pechos temblando, el coño chorreando alrededor de la base. Él le sujetaba las caderas y la alzaba y la bajaba como una muñeca. Yo me pajeba más rápido, el pre-semen brillándome en la cabeza del glande, sin poder tocarla, sin derecho a nada más que mirar.
Cuando Emmett se corrió lo hizo dentro, profundo, con un gruñido animal, sujetándola contra su regazo. Laura tembló en un orgasmo que le contrajo todo el cuerpo; vi el semen blanco empezar a escapársele por los bordes cuando él la levantó despacio. Ella se bajó de la cama tambaleante, se acercó a mí con las piernas abiertas y me besó. Su boca todavía sabía a polla ajena y a semen salado. Me obligó a arrodillarme frente a su coño goteante.
—Límpiame —susurró, acariciándome el pelo—. Lame todo lo que me ha dejado. Dime lo mucho que te gusta ser mi cornudo.
Obedecí. Metí la lengua en su coño creampie, saboreé la mezcla de ella y de él, espesa, caliente, humillante. Ella se corrió otra vez contra mi boca mientras me contaba, bajito, lo rico que se había sentido ser follada de verdad, cómo su coño aún palpitaba, cómo la polla de Emmett la había marcado por dentro. No necesité tocarme. Me corrí solo, a chorros, sobre el suelo de madera, aceptando por completo lo que era: su marido cornudo, feliz y destruido.
Nos aseamos a medias. Volvimos a la fiesta con la misma sonrisa cómplice. Laura me apretó la mano y me dijo al oído que esta sería solo la primera de muchas noches parecidas. Yo asentí, todavía temblando, todavía saboreándolo todo.
Solo hay un detalle que nunca le conté a nadie hasta ahora: la invitación, el disfraz exacto de vampiro, la habitación reservada de antemano… todo lo organicé yo.
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