Susurro Bajo el Tanque de Tiburones

Laura le susurra a su marido que se va a follar al buzo delante de los tiburones y él le da permiso mientras se pajea.

6 min read August 24, 2026New

Esa noche el acuario olía a sal y a humedad fría cuando Laura me tomó de la mano y me arrastró hacia la sala del gran tanque de tiburones. Yo, Carlos, su marido tímido de siempre, sentía el corazón en la garganta. Habíamos hablado de esto durante meses: mi fantasía de cornudo, de verla con otro hombre, de humillarme con su placer. Ella, con veintiocho años, cuerpo de diosa y esa sonrisa que me desarmaba, había aceptado explorar. Ahora estábamos solos en la visita nocturna especial, las luces tenues bañando el cristal azul y los tiburones glaucos nadando en círculos lentos sobre nuestras cabezas.

Diego apareció de la nada, el buzo de mantenimiento de treinta y dos años, musculoso, piel morena todavía húmeda del traje, pelo negro pegado a la frente. No disimuló. Miró a Laura de arriba abajo, se detuvo frente al tanque y dijo con voz grave:

—Vaya pareja. Tú tienes unos ojos que podrían ahogar a cualquiera, preciosa.

Laura no se apartó. Se acercó un paso, rozó el brazo de él con los dedos y respondió, mirándome de reojo:

—Y tú tienes un cuerpo que invita a mojarse de verdad. ¿Verdad, Carlos?

Asentí, la boca seca. La tensión creció como una marea. Diego se rio bajito, se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído que la hizo sonreír con los labios entreabiertos. Ella se frotó las piernas una contra otra. Yo vi el pezón de Laura endurecerse bajo la blusa fina. El acuerdo estaba vivo entre nosotros: ella podía coquetear, yo lo disfrutaba y me humillaba a la vez. Diego nos guiñó un ojo y se alejó un momento hacia la zona restringida del mantenimiento, dejando el aire cargado.

Laura se pegó a mí contra el cristal. Los tiburones pasaban como sombras grises. Me besó el cuello y me susurró directo al oído, la voz ronca de excitación:

—Carlos… quiero follarme a Diego esta misma noche. Aquí. Delante de los tiburones. Delante de ti. Dime que sí.

El corazón me golpeaba las costillas. La polla se me puso dura al instante dentro del pantalón. Le agarré la cintura y le respondí con la voz temblorosa pero clara:

—Sí. Hazlo. Quiero verte. Te doy permiso. Fóllatelo delante de mí.

Ella sonrió como una gata y me apretó la entrepierna.

—Buen chico. Qué cornudo más rico eres.

Diego regresó casi al momento, como si hubiera sentido la invitación. Nos llevó sin palabras a la zona restringida detrás del tanque, un pasillo estrecho con el cristal a un lado y herramientas de buceo al otro. El riesgo de que alguien apareciera nos hacía temblar a los tres. Apenas entró, agarró a Laura por la nuca y la besó con hambre, lengua profunda, manos grandes bajándole la blusa. Ella gimió en su boca y giró la cabeza hacia mí, los ojos brillantes:

—Estoy empapada, Carlos. Se me corre el jugo por los muslos solo de pensar en su polla. Mírame.

Me acerqué. Vi cómo Diego le bajaba la falda y las bragas de un tirón. El coño de mi mujer relucía, hinchado, gotas brillantes resbalándole. Diego metió dos dedos y ella abrió la boca en un jadeo.

—Joder, qué puta más mojada —gruñó él—. ¿Tu marido te deja así?

—Me deja y se pajea mirando —contestó ella, mirándome fijo—. ¿Verdad, cariño?

Asentí otra vez, ya con la mano en mi cremallera. El morbo compartido nos empujaba al límite. Diego la giró, la besó otra vez y ella se arrodilló delante de él sin que se lo pidiera. Le bajó el neopreno del traje y sacó su polla gruesa, venosa, ya dura y goteando. Laura la miró con hambre, luego me miró a mí:

—Acércate. Quiero que veas de cerca cómo se la chupo.

Me arrodillé a su lado. El olor a sexo y a mar me mareó. Laura abrió la boca y se la metió entera de un golpe, garganta relajada, babas cayéndole por la barbilla. Chupaba con ansia, succionando fuerte, una mano en los huevos de Diego y la otra agarrándome del pelo para que no apartara la vista. Diego gemía y le tocaba las tetas, pellizcándole los pezones.

—Mírala, cornudo —dijo él—. Cómo se traga mi polla. Más gruesa que la tuya, ¿eh?

Laura se separó un segundo, hilos de saliva uniendo sus labios a la cabeza morada:

—Mucho más gruesa. Y se la voy a follar hasta que me llene. Tú te pajeas, Carlos, pero no te corras. Ordénaselo tú también, Diego.

Diego rió y me miró:

—Ya lo oíste. Sácala y frótatela despacio. Sin correrte hasta que yo diga.

Obedecí. Saqué mi polla, más delgada, y empecé a masturbarme mirando cómo mi mujer volvía a engullir la de él. El cristal del tanque vibraba ligeramente con el filtrado del agua; un tiburón blanco pasó justo encima, indifente, y Laura gimió alrededor de la polla como si el peligro la calentara más.

Cuando ella estuvo lista, Diego la levantó, la puso a cuatro patas contra el cristal frío. El culo de Laura quedó alzado, el coño abierto y goteando. Él se colocó detrás, le abrió los labios con los pulgares y se la embistió de un solo empujón hasta el fondo. Laura gritó de placer, las manos pegadas al cristal, las tetas aplastadas contra el vidrio mientras los tiburones nadaban al otro lado.

—¡Joder, sí! ¡Más fuerte! —chilló ella—. Fóllame como la puta de tu marido. Carlos, míralo. Míralo cómo me destroza el coño.

Diego la agarró de las caderas y empezó a follársela salvajemente, embistes secos y profundos que hacían chapotear el jugo de ella. Cada embestida hacía que el culo de Laura temblara. Yo me masturbaba a un metro, la polla roja y dolorida de aguantar. Ella giraba la cabeza cada pocos segundos para mirarme y ordenarme:

—Más despacio. No te corras. Quiero que veas cómo me llena. ¡Ah, Diego, así, más hondo!

Él le dio una palmada en el culo y aceleró.

—Voy a correrme dentro, Laura. ¿Quieres la leche de otro hombre mientras tu marido se pajea sin parar?

—¡Sí! ¡Métela toda! ¡Lléname el coño delante de él!

Diego gruñó, se clavó hasta las pelotas y se corrió con sacudidas violentas. Laura gritó su orgasmo al mismo tiempo, el coño apretando alrededor de la polla de él, el cuerpo temblando contra el cristal. Vi cómo el semen blanco empezaba a escurrir por sus muslos cuando Diego se retiró despacio. Un hilo grueso le colgaba del coño abierto. Yo seguía frotándome, al borde de la locura, sin correrme como me habían ordenado.

Laura se giró, todavía jadeando, se arrodilló un segundo frente a mí y me besó con la boca que aún sabía a la polla de Diego: salada, espesa, ajena. Me metió la lengua hasta el fondo para que lo probara todo. Luego se recostó contra el cristal, abrió las piernas y me empujó la cabeza hacia su coño chorreante.

—Lame. Limpia lo que ha dejado dentro de mí. Traga la leche de Diego, cornudo mío.

Obedecí con ansia humillante. Mi lengua recogió el semen caliente que mezclaba con el jugo de ella. El sabor amargo y salado me hizo gemir contra su coño. Lamií cada pliegue, cada gota que resbalaba hacia su culo, mientras Diego se vestía a medias y observaba con una sonrisa satisfecha. Laura me agarró del pelo y se frotó contra mi cara hasta que se corrió otra vez, más suave, mojándome la barbilla.

Cuando me levanté, la polla todavía dura y sin alivio, ella me besó otra vez, sabiendo ahora a los dos, y me susurró al oído mientras los tiburones seguían su ronda infinita por encima de nosotros:

—Esta es solo la primera de muchas noches, Carlos. La próxima vez te haré ver cómo me la mete por el culo también… ¿o prefieres que te deje atado mientras te graba el momento en que le pido que me deje preñada delante de ti?

Rate this story

Thanks for rating
Tagged cuckold dirty-talk voyeurism public-sex dirty-talk

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.