Mi Esposa Se Entrega al Amigo Trans en el Jacuzzi
Laura comparte a su esposa con su amiga trans en el jacuzzi.
La noche de verano caía espesa y perfumada sobre el jardín trasero. El agua del jacuzzi burbujeaba con un murmullo constante, soltando vapor que se mezclaba con el olor a jazmín y cloro suave. Carlos, de treinta y cuatro años, se recostó contra el borde de azulejos cálidos, el brazo pasado por los hombros de su esposa. Laura, treinta y dos, tenía el cabello recogido en un moño desordenado del que escapaban mechones húmedos que se pegaban a su cuello. Frente a ellos, Diego se deslizó al agua con elegancia deliberada.
Diego tenía veintiocho años y se presentaba siempre como la mujer que era: vestido ligero de tela fluida que se pegó de inmediato a su cuerpo al sumergirse, revelando la lencería sutil debajo —un bikini de encaje negro que realzaba pechos suaves y redondos, y la suave curva de sus caderas. Su maquillaje era discreto pero impecable; los labios pintados de un rojo oscuro que no se había corrido. Se acomodó frente a la pareja, el agua cubriéndole hasta el pecho, y sonrió con esa confianza seductora que siempre había hecho a Laura morderse el labio inferior sin darse cuenta.
—Qué lujo esto —dijo Diego, dejando que su voz, clara y femenina, flotara entre el vapor—. Gracias por invitarme. Necesitaba una noche así.
Carlos sirvió más vino en las copas que descansaban en la bandeja flotante. Laura bebió un sorbo y sintió el calor del alcohol unirse al del agua. Llevaba semanas notándolo: la forma en que Diego cruzaba las piernas, el brillo de sus collares finos, la risa baja cuando hablaba de ropa o de deseos. Esa atracción había crecido en silencio hasta volverse imposible de ignorar. Ahora, bajo las luces suaves del jardín, Laura se inclinó un poco hacia adelante. El agua le acariciaba los pechos dentro del bikini rojo.
—Diego… —empezó en voz baja, lo bastante para que solo ellos dos la oyeran claramente, aunque Carlos estaba a centímetros—. Cada vez que vienes… me cuesta no mirarte. Me atraes. De verdad. Como mujer. Como lo que eres.
Diego la sostuvo con la mirada. Sus ojos se oscurecieron de deseo mutuo. Una sonrisa lenta se abrió en su boca.
—Laura… —susurró—. Yo también te miro. Desde hace tiempo. Tu cuerpo, tu boca, la forma en que te muerdes el labio cuando crees que nadie se da cuenta. Quiero tocarte. Si ustedes quieren.
Carlos exhaló con fuerza. Su mano bajó por la espalda de Laura y le apretó la cadera bajo el agua, un gesto de permiso explícito y excitado.
—Quiero verlo —dijo él, la voz ronca—. Quiero que te acerques a ella, cariño. Con mi consentimiento completo. Los tres. Aquí.
La tensión se volvió espesa como el vapor. Las miradas se cruzaron: Laura a Diego, Diego a Carlos, Carlos de vuelta a su esposa. Sonrisas cómplices se prolongaron. El agua burbujeante ocultaba y revelaba a la vez las piernas que se rozaban sin querer… y luego a propósito.
Laura se desplazó. El agua le llegó hasta el pecho cuando se puso de rodillas entre las piernas abiertas de Diego. Le tomó el rostro con las dos manos mojadas y la besó.
El primer contacto fue hambriento. Labios abiertos, lenguas que se buscaron de inmediato. Laura gimió dentro de la boca de Diego al sentir el sabor a vino y a algo dulce. Sus manos bajaron por el cuello de la otra mujer, rozaron la clavícula y cubrieron los pechos suaves cubiertos solo por el encaje mojado. Acarició los pezones endurecidos a través de la tela, apretándolos con los pulgares. Diego arqueó la espalda y devolvió el beso con más fuerza, una mano enredada en el cabello húmedo de Laura.
La otra mano de Laura bajó por el vientre plano, bajo el agua, y encontró el bulto duro bajo el bikini. El miembro de Diego estaba erecto, grueso, depilado, palpitando contra la palma. Laura lo rodeó por encima de la tela y lo apretó suavemente, sintiendo cómo se endurecía aún más.
—Estás tan dura… —susurró Laura contra sus labios—. Tan preciosa.
Carlos se acercó por detrás de su esposa. Sus manos grandes desataron el nudo del bikini de Laura. El top cayó y flotó un segundo antes de que él lo apartara. Los pechos de Laura quedaron libres, pezones rosados y duros por el contraste del aire nocturno y el agua caliente. Carlos los apreció un momento con las manos, luego bajó a quitarle la parte de abajo. Laura quedó desnuda en el jacuzzi, arrodillada entre las piernas de Diego, el culo levantado hacia su marido.
—Espérame —dijo Carlos, y salió del agua con el cuerpo goteando. Volvió en menos de un minuto con una bolsita de satén que Laura reconocía: medias de seda negra, un liguero delicado y un par de bragas de encaje abiertas que habían comprado “por si acaso” semanas atrás, en una conversación medio borracha y medio seria sobre fantasías.
Ayudaron a Diego a salir parcialmente del agua, sentándola en el borde más bajo. Carlos y Laura le quitaron el vestido empapado y el bikini. El cuerpo de Diego quedó desnudo y hermoso bajo las luces: pechos suaves con pezones oscuros, cintura estrecha, caderas redondeadas, y entre las piernas su polla dura y lisa, sin vello, erecta contra el vientre. Laura se arrodilló fuera del agua un momento para ayudarla a ponerse las medias. La seda subió por muslos suaves y firmes. El liguero se abrochó alrededor de las caderas. Las bragas abiertas enmarcaron el miembro sin esconderlo.
—Mírate —susurró Laura, acariciando la media tirante—. Eres tan femenina… tan deseable. Quiero chuparte así. Quiero que me folles sintiéndote mujer.
Diego tembló. Carlos le besó el hombro desde atrás.
—Eres preciosa, Diego —dijo él—. Quiero verte tomar a mi esposa. Quiero que te sientas exactamente como la mujer que eres.
Volvieron al agua. Laura se arrodilló de nuevo en el asiento sumergido. El nivel le llegaba al pecho. Tomó la polla de Diego con ambas manos, la acercó a su boca y la lamió desde la base hasta la punta hinchada. Luego la engulló con avidez, labios abiertos, lengua girando. Diego echó la cabeza atrás y gimió alto, una mano en el cabello de Laura.
—Así… joder, Laura, tu boca…
Carlos se colocó detrás de su esposa. Le abrió los muslos con las rodillas, alineó su propia polla dura —que había estado frotándose contra el muslo de Laura todo el rato— y empujó dentro de ella de un solo embiste profundo. Laura gritó alrededor de la polla de Diego, el sonido ahogado y vibrante. Carlos la folló en posición de perrito, agarrándole las caderas, el agua salpicando con cada embestida. Cada vez que Carlos entraba hasta el fondo, Laura se hundía más en la polla de Diego, chupando con ganas, saliva y agua mezclándose.
—Te sientes tan mojada —gruñó Carlos—. Chúpala bien. Mírame cómo se corre de gusto.
Diego miraba hacia abajo: Laura desnuda, pechos balanceándose, labios estirados alrededor de su miembro, mientras el marido la penetraba sin piedad. Las medias de seda brillaban mojadas bajo el agua. Diego se sintió deseada, vista, aceptada. No había burla ni duda; solo hambre.
Cambió de posición. Carlos se retiró con un gemido de protesta. Ayudaron a Laura a sentarse en el borde del jacuzzi, espalda contra los azulejos calientes, piernas abiertas y colgando dentro del agua. Diego se colocó entre ellas. Las medias y el liguero seguían puestos. Alineó su polla con la entrada empapada de Laura y empujó dentro, lenta y profundamente.
Laura arqueó la espalda y gritó. Diego la folló en misionero contra el borde, embestidas largas y apasionadas, pechos rozando pechos. Se besaron con lengua, salivas compartidas, gemidos metidos en la boca de la otra. Diego tomaba las caderas de Laura y la empujaba hacia cada embestida, el agua chapoteando rítmicamente.
Carlos se quedó de pie en el agua, masturbándose con fuerza mientras miraba. La visión de su esposa siendo penetrada por Diego —medias negras, liguero, pechos apretados contra pechos, bocas juntas— lo tenía al borde.
—Mírala —dijo Carlos, la voz rota—. Te está follando tan rico… se corre por ti.
Diego aceleró. Laura se corrió primero, contracciones fuertes alrededor de la polla que la llenaba, gritos ahogados contra la boca de Diego. Diego siguió embistiendo un poco más y luego se retiró justo a tiempo, coriéndose en chorros calientes sobre el vientre y los pechos de Laura mientras ambas se besaban todavía. Carlos dio dos embestidas más a su puño y se corrió también, semen espeso salpicando las tetas de su esposa, mezclándose con el de Diego. Laura bajó la mirada, tocó la mezcla con los dedos y se los llevó a la boca, lamiendo, luego se los ofreció a Diego para que probara también.
Se besaron las tres bocas: Laura y Diego primero, con sabor a semen y a deseo, luego Carlos se unió, lengua compartida, manos aún explorando cuerpos suaves y duros.
Después, exhaustos y sonrientes, los tres se deslizaron de nuevo al centro del jacuzzi. El agua caliente los rodeó. Se abrazaron en un nudo de brazos y piernas. Laura en medio, espalda contra el pecho de Carlos, cara hundida en el cuello de Diego. Se besaban despacio ahora: labios de Laura con labios de Diego, luego Carlos besando el hombro de Diego, luego la boca de su esposa. Las manos seguían moviéndose sin prisa —una caricia en un pecho, dedos rozando un muslo aún cubierto de media mojada, la polla de Diego todavía semi-dura rozando la cadera de Laura.
Nadie habló de irse. El vapor subía. El jardín estaba en silencio salvo por el burbujeo del agua y las respiraciones entrecortadas que poco a poco se calmaban… solo para que una mano volviera a bajar, un susurro volviera a encenderse, y la noche se negara a terminar ahí.
El agua caliente seguía envolviéndolos como una segunda piel mientras las manos de Laura se deslizaban sin prisa por el muslo de Diego, rozando la media de seda todavía húmeda que se adhería a la piel. El liguero marcaba una línea oscura sobre la cadera redondeada y la polla semi-erecta de Diego rozaba de nuevo la ingle de Laura, caliente y pesada. Carlos apretó el pecho de su esposa desde atrás, los pezones aún sensibles rozando sus palmas, y susurró contra su oreja:
—Sigue tocándola. Quiero verte pedirle más.
Laura giró el rostro y besó la mandíbula de su marido antes de inclinarse hacia Diego. Sus labios encontraron el cuello perfumado de la otra mujer, lamiendo el sabor a cloro y a piel salada. Diego arqueó el cuello con un gemido bajo y abrió más las piernas, invitando. La mano de Laura bajó del todo, rodeó aquella dureza que volvía a crecer y la acarició con lentitud deliberada, el pulgar dibujando círculos sobre la punta ya húmeda.
—Quiero sentirte otra vez dentro —murmuró Laura contra la boca de Diego—. Pero esta vez más profundo. Quiero que me folles mientras Carlos me mira y me toca. Quiero que te sientas tan mujer como te ves… con estas medias, con este liguero, con esa polla preciosa que me llena tan bien.
Diego respondió con un beso hambriento, lengua profunda, manos que bajaron a apretar el culo desnudo de Laura bajo el agua. El contacto de las medias de seda contra la piel desnuda de Laura hizo que ambas temblaran.
—Siéntate encima de mí —ordenó Diego con voz ronca de deseo—. Quiero que me montes. Quiero verte rebotar mientras me miras a los ojos y me dices lo femenina que te parezco.
Carlos les ayudó a acomodarse. Se sentó en el asiento sumergido, espalda contra los azulejos, y atrajo a Diego hacia su regazo de espaldas a él, de modo que la polla dura de Diego quedara accesible y erecta hacia arriba. Las medias negras brillaban bajo el agua burbujeante; el liguero se tensaba sobre las caderas. Carlos rodeó el cuerpo de Diego con los brazos, acariciándole los pechos suaves, pellizcando los pezones oscuros hasta hacerla gemir, y le habló al oído con voz grave:
—Eres tan jodidamente deseable así… Laura va a cabalgarte y yo voy a sentir cada embestida a través de ti. Muéstrale lo bien que la follas siendo exactamente quien eres.
Laura se colocó de rodillas a horcajadas sobre Diego. Guió la polla gruesa y depilada hasta su entrada todavía resbaladiza de la corrida anterior y se dejó caer despacio. El gemido que salió de su garganta fue largo, gutural. Diego llenándola centímetro a centímetro, estirándola, el agua chapoteando a su alrededor. Cuando estuvo completamente empalada, Laura se quedó un segundo sin moverse, respirando agitadamente, sintiendo el pulso de aquella polla dentro de ella y las manos de Diego agarrándole la cintura.
—Joder… estás tan dura… y te ves tan mujer con esas medias apretándome los muslos —susurró Laura, empezando a moverse. Subía y bajaba con lentitud al principio, luego con más fuerza, los pechos balanceándose, el agua salpicando el pecho de Diego y los brazos de Carlos. Cada vez que bajaba hasta el fondo, el pubis de Laura rozaba la base depilada y el liguero mojado. El roce de la seda contra su piel la volvía loca.
Carlos se inclinó desde atrás de Diego y atrapó un pezón de Laura entre los labios, chupándolo con fuerza mientras su mano libre bajaba a frotar el clítoris hinchado de su esposa. El triple contacto —la polla de Diego golpeando su punto más sensible, la boca de su marido en el pecho, los dedos expertos en el clítoris— hizo que Laura gritara y acelerara el ritmo. Se follaba a Diego con ganas, rebotando, el culo golpeando el vientre de la otra mujer, las medias negras brillando con cada movimiento.
—Así… cabálgame más fuerte —jadeó Diego, arqueando las caderas hacia arriba para encontrarla. Sus pechos se apretaban contra los de Laura cuando esta se inclinaba a besarla. Lenguas enredadas, saliva compartida, gemidos ahogados en la boca de la otra. Carlos seguía chupando y masturbando a Laura, y de vez en cuando subía la mano para apretar también un pecho de Diego, tratando a ambas mujeres con la misma hambre.
Laura se corrió de nuevo con un grito ahogado, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de la polla de Diego. Las contracciones la hicieron temblar, pero no se detuvo. Siguió moviéndose, más lenta ahora, exprimiendo cada espasmo, mirando fijamente a Diego.
—No te corras todavía —pidió con voz entrecortada—. Quiero chuparte otra vez. Quiero saborearme en ti. Y quiero que Carlos te folle la boca mientras yo te chupo.
Se levantaron con torpeza excitada. El agua caía de sus cuerpos. Carlos se sentó en el borde del jacuzzi, piernas abiertas, la polla gruesa y venosa apuntando al cielo. Diego se arrodilló en el asiento sumergido entre las piernas de Carlos y tomó aquella dureza en la boca de inmediato, labios rojos estirados, chupando con profundidad y hambre. Las medias y el liguero seguían puestos; el agua le llegaba a media cadera y la polla de Diego, aún dura y brillando con los jugos de Laura, sobresalía hacia adelante.
Laura se arrodilló también, pero más abajo, y engulló la polla de Diego hasta la base de un solo movimiento. El sabor de su propio coño mezclado con el de Diego la hizo gemir alrededor del miembro. Chupaba con avidez, una mano acariciando las bolas suaves, la otra subiendo por el muslo cubierto de seda. Cada vez que Diego se hundía en la boca de Carlos, su polla empujaba más profundo en la garganta de Laura. El ritmo se volvió sincronizado: Carlos follaba la boca de Diego con embestidas controladas, agarrándole el cabello mojado, y Diego a su vez empujaba hacia la boca de Laura.
—Míralas —gruñó Carlos, mirando hacia abajo—. Las dos tan putas y tan hermosas… Diego chupándome tan bien con esa boquita de mujer, y tú, Laura, tragándote su polla como si no quisieras soltarla nunca. Sigue así. Quiero correrme en su lengua mientras ella se corre en la tuya.
Diego gemía alrededor de la polla de Carlos, las vibraciones haciendo que el marido de Laura apretara los dientes. Laura chupaba más rápido, lengua girando, saliva escurriendo por la base. Una de sus manos subió a acariciar los pechos de Diego, pellizcando los pezones, recordándole lo deseada que era exactamente así. Diego empezó a temblar; las caderas se movían solas, follando la boca de Laura con embestidas cortas y desesperadas.
Carlos se corrió primero con un gruñido profundo, llenando la boca de Diego. Esta tragó lo que pudo y dejó que el resto le escurriera por la comisura de los labios. Laura, sin soltar la polla de Diego, se incorporó lo suficiente para lamer ese semen del mentón y de la boca de la otra mujer, compartiéndolo en un beso sucio y abierto. El sabor salado y el gemido de Diego fueron demasiado. Diego se corrió con un grito ahogado contra los labios de Laura, chorros calientes llenando la boca de esta, que tragó y siguió lamiendo hasta que la otra mujer se quedó temblando y hipersensible.
Pero nadie se detuvo del todo. Apenas recuperaron el aliento, Carlos bajó de nuevo al agua y atrajo a las dos mujeres contra él. Las manos exploraban sin vergüenza: dedos de Carlos abriendo el coño de Laura y metiéndose dos a la vez mientras besaba a Diego; la mano de Diego rodeando de nuevo la polla de Carlos que ya volvía a endurecerse; los labios de Laura en el pecho de Diego, chupando un pezón mientras murmuraba lo mucho que la excitaba verla con aquellas medias empapadas y el liguero marcándole la piel.
—Todavía no he terminado contigo —susurró Laura contra la piel de Diego, la voz ronca de lujuria—. Quiero que me folles de nuevo, pero esta vez quiero que Carlos te la meta a ti también. Quiero sentir las dos pollas… quiero que me abran entre las dos. ¿Quieres eso? ¿Quieres follarme mientras él te folla a ti y te hace sentir todavía más mujer?
Diego miró a Carlos con los ojos oscuros de deseo y asintió, mordiéndose el labio inferior ya hinchado.
—Sí… quiero. Quiero que me uses mientras yo uso a tu esposa. Quiero las medias puestas. Quiero que me digan lo preciosa que estoy mientras me la meten.
Carlos sonrió, salvaje y tierno a la vez, y atrajo a ambas hacia el centro más profundo del jacuzzi donde el agua les llegaba al pecho. Las luces del jardín pintaban sus cuerpos mojados de oro y sombra. Laura se giró de espaldas a Diego y se apoyó en el borde, abriendo las piernas. Diego se alineó detrás de ella, la polla todavía sensible pero ya dura otra vez, y se hundió de un solo empujón profundo que arrancó un grito de placer de Laura. Al mismo tiempo, Carlos se colocó detrás de Diego, abrió las nalgas suaves y redondas, y frotó la cabeza de su polla contra la entrada apretada, sin entrar del todo todavía, solo presionando, prometiendo.
—Respira —murmuró Carlos al oído de Diego, una mano rodeándole la cintura y bajando a acariciar la polla que entraba y salía del coño de Laura—. Cuando estés lista… te la voy a meter despacio. Y vamos a follarla entre los dos hasta que no pueda más. Y tú vas a sentirte exactamente como la mujer deseada que eres.
Diego empujó más fuerte dentro de Laura, haciendo que el agua salpicara alto, y miró por encima del hombro a Carlos con una sonrisa lasciva y confiada.
—Hazlo. Fóllame. Quiero sentirla a ella apretándome mientras tú me abres.
Laura, con la cara apoyada en los azulejos calientes y el culo en alto, extendió una mano hacia atrás para tocar el muslo cubierto de seda de Diego y otra hacia Carlos.
—Los dos… por favor. No paren. La noche es nuestra y todavía queda tanto…
El vapor subía más espeso. El burbujeo del jacuzzi no lograba ahogar los gemidos que volvían a subir de tono. Las medias negras se ceñían a los muslos de Diego con cada embestida. Carlos empezó a empujar de verdad, lento y profundo, y el gemido triple que salió de los tres se mezcló con el perfume del jazmín y el cloro. Nadie pensaba en parar. Las manos se aferraban, las bocas se buscaban, y la noche de verano apenas empezaba a mostrar de lo que era capaz.
El agua caliente se agitó con más fuerza cuando Carlos empujó de verdad. La cabeza gruesa de su polla abrió despacio el agujero apretado de Diego, centímetro a centímetro, mientras ella seguía embistiendo el coño empapado de Laura. Diego soltó un gemido largo, gutural, que vibró contra la nuca de Laura. Sus paredes internas se cerraron alrededor de la dureza de Diego al mismo tiempo que Carlos la llenaba por detrás, y la sensación de estar atrapada entre las dos pollas la hizo arquear la espalda hasta el límite.
—Joder… sí… así de despacio —jadeó Diego, la voz rota de placer—. Me estás abriendo tan rico… y ella me aprieta tan fuerte…
Carlos le rodeó la cintura con un brazo y bajó la mano para envolver la base de la polla de Diego, sintiendo cómo entraba y salía del coño de su esposa. Cada vez que Carlos se hundía hasta las bolas en el culo de Diego, empujaba a la otra mujer más profundo dentro de Laura. El ritmo se volvió una cadena perfecta de carne y agua salpicando. Las medias de seda negra se ceñían a los muslos de Diego con cada embestida; el liguero se clavaba en la carne suave de sus caderas. Laura, con la mejilla pegada a los azulejos calientes, gemía sin control, las manos agarradas al borde del jacuzzi.
—Los siento a los dos… —susurró ella, la voz ahogada—. Tu polla tan dura follándome mientras él te abre… Diego, te sientes tan mujer así, con esas medias brillando, con esa polla preciosa metida hasta el fondo en mí…
Diego inclinó la cabeza hacia atrás y buscó la boca de Carlos. Se besaron torpes y hambrientos por encima del hombro, lenguas enredadas, mientras el marido de Laura aceleraba un poco. Carlos pellizcó un pezón oscuro de Diego entre los dedos y lo retorció con suavidad, arrancándole otro gemido que se transmitió directo al coño de Laura.
—Eres tan jodidamente hermosa así —gruñó Carlos contra sus labios—. Tan femenina… tan deseable… con esa polla gruesa follando a mi esposa y el culo abriéndose para mí. Muévete. Fóllala más fuerte. Quiero sentir cómo te corres a través de ti.
Diego obedeció. Sus caderas empezaron a golpear con más fuerza el culo de Laura, la polla deslizándose fuera casi por completo antes de enterrarse de nuevo hasta la base. Cada embestida hacía que el agua saltara en arcos brillantes bajo las luces del jardín. Carlos coincidía el ritmo, clavándose profundo en el agujero caliente y apretado de Diego, las bolas golpeando contra la seda mojada del liguero. El triple movimiento era hipnótico: el chapoteo constante, los gemidos entrelazados, el olor a sexo y jazmín mezclándose con el vapor.
Laura se corrió primero otra vez. El orgasmo la sacudió desde el clítoris hasta la garganta; el coño se contrajo en oleadas violentas alrededor de la polla de Diego, exprimiéndola, succionándola. Gritó el nombre de ambas, las piernas temblando, el agua salpicándole la cara. Diego no se detuvo. Siguió follándola a través de las contracciones, empujando más fuerte, más profundo, hasta que el placer de Laura se volvió casi doloroso de tan intenso.
—No pares… no pares todavía —rogó Laura entre sollozos de gozo—. Quiero que te corras dentro… quiero sentirla latir…
Pero Diego sacudió la cabeza, el cabello mojado pegado a las mejillas.
—No… no todavía. Quiero más. Quiero que Carlos me folle más duro mientras yo te chupo el coño. Quiero saborearte otra vez con su polla dentro de mí.
Se separaron con un gemido colectivo de pérdida. El agua goteaba de sus cuerpos cuando se reacomodaron. Carlos se sentó en el borde más bajo del jacuzzi, la polla erecta y brillante de saliva y del interior de Diego. Atrayó a Diego hacia su regazo de frente esta vez, de modo que ella se sentara a horcajadas sobre él, de espaldas a Laura. La entrada fue más fácil ahora; Diego se dejó caer despacio sobre la polla gruesa de Carlos hasta que estuvo completamente empalada, el culo lleno, las medias negras brillando contra los muslos del marido. Carlos le abrió las piernas con las manos y la sostuvo abierta, expuesta.
Laura se arrodilló entre las piernas abiertas de ambos. El agua le llegaba a los pechos. Se inclinó y lamió primero la base de la polla de Carlos donde entraba en Diego, saboreando la mezcla de ambos, luego subió y engulló la polla dura y palpitante de Diego hasta la garganta. Chupó con avidez, lengua girando, mientras Diego rebotaba despacio sobre la polla de Carlos. Cada subida y bajada hacía que la polla de Diego se hundiera más profundo en la boca de Laura. Carlos embestía hacia arriba, follando el culo de Diego con embestidas cortas y profundas, las manos apretándole las tetas suaves, pellizcando los pezones hasta ponerlos hinchados y rojos.
—Mírala chuparte —jadeó Carlos al oído de Diego—. Tu esposa… mi esposa… tragándose tu polla mientras yo te follo el culo. Eres tan puta y tan elegante a la vez… tan mujer… Dile lo bien que se siente.
Diego arqueó la espalda, una mano enredada en el cabello húmedo de Laura, la otra aferrada al muslo de Carlos.
—Se siente… joder… se siente tan bien… Tu boca caliente, Laura… y él abriéndome tan rico… Me siento tan llena… tan deseada… Sigue chupando… quiero correrme en tu lengua otra vez…
Laura gimió alrededor de la polla, el sonido vibrando. Sus dedos subieron a acariciar las bolas suaves de Diego y luego bajaron a rozar el punto donde la polla de Carlos entraba y salía del culo apretado. El roce hizo que Diego temblara violentamente. Carlos aceleró, follándola con más fuerza, el agua salpicando en olas pequeñas. Diego rebotaba sobre él, la polla golpeando la garganta de Laura una y otra vez, saliva escurriendo por la barbilla de ella y cayendo al agua burbujeante.
El segundo orgasmo de Diego llegó como una tormenta. Gritó, el cuerpo entero rígido, y se corrió a chorros espesos dentro de la boca de Laura. Ella tragó con ganas, sin soltar, lamiendo cada gota mientras las caderas de Diego se sacudían sin control sobre la polla de Carlos. Las contracciones del orgasmo apretaron el culo de Diego alrededor de Carlos hasta que este no pudo más. Con un gruñido animal se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola a pulsos calientes y profundos. Diego sintió cada latido, cada chorro, y gimió de nuevo, hipersensible, las medias negras brillando con el esfuerzo.
Pero Laura no había terminado. Se incorporó, el semen de Diego todavía en los labios, y se subió al borde del jacuzzi, piernas abiertas de par en par, el coño hinchado y goteando. Miró a los dos con ojos oscuros de hambre.
—Ahora yo —ordenó con voz ronca—. Quiero que me coman las dos. Quiero tu lengua, Diego, y tus dedos, Carlos. Quiero correrme en sus caras mientras ustedes siguen tocándose.
Diego, todavía con la polla de Carlos dentro y el semen caliente escurriéndole por el muslo, se inclinó hacia adelante sin salir del todo. Su lengua encontró el clítoris hinchado de Laura y lo lamió con hambre, larga y lenta, saboreando los jugos mezclados. Carlos se estiró y metió dos dedos gruesos en el coño de su esposa al mismo tiempo, follándola con ellos mientras Diego chupaba. Con la otra mano, Carlos seguía embistiendo despacio dentro del culo de Diego, manteniendo el ritmo. Laura se agarró al cabello de ambos, empujando las caras contra su sexo, frotándose sin vergüenza.
—Así… joder, sí… lamenme… fóllenme con la boca y los dedos… Diego, tu lengua es tan suave… tan mujer… Carlos, más profundo…
El placer subió otra vez, más denso, más inevitable. Laura se retorcía, los pechos balanceándose, el agua goteando por su espalda. Diego metió la lengua más adentro, alternando con chupetones firmes en el clítoris, mientras Carlos curvaba los dedos y le buscaba ese punto exacto. Al mismo tiempo, Carlos empezó a endurecerse de nuevo dentro de Diego; la polla volvía a crecer, empujando más fuerte. Diego gimió contra el coño de Laura, las vibraciones enviándola al borde.
Cuando Laura se corrió esta vez fue con un grito desgarrado que se perdió en el jardín oscuro. El coño se cerró alrededor de los dedos de Carlos y de la lengua de Diego en espasmos violentos, líquidos calientes mojándoles la barbilla y los labios. Tembló durante largos segundos, las piernas abiertas a la fuerza, el cuerpo entero sacudido. Cuando bajó un poco, miró a los dos con una sonrisa lasciva y exhausta.
—No hemos terminado —susurró, bajando una mano para acariciar la mejilla de Diego y otra la de Carlos—. Quiero que me follen las dos a la vez de verdad. Quiero una polla en el coño y otra en la boca… o las dos en el coño si cabe. Quiero probar cómo se siente tenerlos a los dos dentro de mí al mismo tiempo. Y quiero que Diego se ponga el vestido otra vez encima de las medias… quiero follarla vestida, mojada, con la tela pegada a los pechos.
Diego levantó la mirada, los labios brillantes de jugos de Laura, los ojos encendidos. Carlos sonrió contra el cuello de ella y empujó una vez más dentro de su culo, recordándole que seguía duro.
—El vestido está por ahí —dijo Carlos, la voz grave de promesa—. Y todavía queda media botella de vino. Y toda la noche. Vamos a sacarte del agua un rato… a secarte con la lengua… a volverte a mojar.
Las manos de los tres se buscaron otra vez bajo el agua burbujeante. El vapor subía más espeso. Las medias negras de Diego seguían perfectamente puestas, el liguero marcando la piel, la polla ya volviendo a ponerse dura contra el vientre de Carlos. Laura se deslizó de nuevo al centro del jacuzzi y los atrajo a ambos contra su cuerpo, pechos contra pechos, pollas rozando muslos y caderas. El beso que compartieron los tres fue lento, sucio, lleno de semen y deseo. Nadie se movió hacia la salida todavía. El jardín seguía en silencio. El jacuzzi seguía caliente. Y la noche de verano, lejos de acabarse, apenas empezaba a pedir más.
El agua caliente se agitó otra vez cuando Carlos se retiró despacio del interior de Diego, dejando un hilo de semen espeso que se diluyó en las burbujas. Diego gimió por la pérdida, las piernas todavía abiertas, las medias negras brillando pegadas a la piel mojada y el liguero hundido en la carne suave de sus caderas. Laura no esperó: se inclinó, recogió el vestido ligero que flotaba cerca del borde y se lo ofreció con las manos temblorosas de deseo.
—Póntelo —susurró, la voz ronca—. Quiero follarte vestida. Quiero que la tela se te pegue a los pechos mientras me la metes. Quiero sentir la seda de las medias contra mis muslos y el vestido empapado rozándome la piel.
Diego asintió, los ojos oscuros, y se dejó ayudar. El vestido de tela fluida se deslizó sobre su cuerpo: se pegó de inmediato a los pechos suaves, marcando los pezones oscuros, y cayó en pliegues húmedos sobre el liguero y la polla ya dura otra vez, erecta y depilada que empujaba la tela hacia adelante. El encaje de las bragas abiertas se veía a través de la transparencia mojada. Carlos le ajustó un tirante del liguero y le besó el hombro.
—Estás preciosa así —dijo él, la mano bajando a apretar el bulto bajo el vestido—. Tan mujer. Tan deseable. Ahora úsala. Fóllala vestida mientras yo te miro y te toco.
Laura se apoyó de nuevo en el borde del jacuzzi, el culo fuera del agua, las piernas abiertas de par en par. El vapor le subía por la espalda. Diego se colocó entre ellas, el vestido empapado pegado al vientre, y alineó su polla gruesa con la entrada hinchada y resbaladiza de Laura. Empujó de un solo embiste profundo. Laura gritó, arqueando la espalda, sintiendo cómo la tela mojada le rozaba los muslos y los pechos de Diego se aplastaban contra los suyos a través de la ropa. Diego empezó a follarla con embestidas largas y potentes, el vestido chapoteando, las medias de seda deslizándose contra la piel desnuda de Laura con cada golpe de cadera.
—Joder… te sientes tan dura… y te ves tan femenina con este vestido pegado… —jadeó Laura, las manos agarrando las nalgas de Diego bajo la tela—. Más fuerte. Fóllame como la mujer que eres. Quiero que me dejes marcada.
Carlos se situó detrás de Diego. Le levantó el vestido empapado hasta la cintura, dejando al descubierto el culo redondo y todavía abierto, brillante de semen y agua. Escupió en su mano, se untó la polla y empujó otra vez dentro del agujero apretado de Diego. El triple gemido vibró en el aire nocturno. Ahora Diego estaba empalada por detrás mientras embestía a Laura por delante; cada embestida de Carlos la empujaba más hondo en el coño de la esposa. El vestido se arremolinaba entre los tres cuerpos, pegado, transparente, marcando cada curva.
—Así… joder, sí —gruñó Diego, la voz quebrada de placer—. Me estás abriendo tan rico, Carlos… y ella me aprieta tan fuerte… Me siento tan llena… tan mujer…
Carlos le rodeó la cintura con un brazo y bajó la mano bajo el vestido para envolver la base de la polla de Diego, sintiendo cómo entraba y salía del coño empapado de Laura. Pellizcó un pezón a través de la tela mojada y lo retorció.
—Eres tan jodidamente hermosa así —le dijo al oído—. Con el vestido pegado, las medias brillando, la polla enterrada en mi esposa. Muévete más. Fóllala hasta que grite. Quiero sentir cómo te corres a través de ti otra vez.
Diego aceleró. Sus caderas golpeaban el culo de Laura con fuerza húmeda, el agua salpicando en arcos dorados bajo las luces del jardín. Carlos coincidía el ritmo, clavándose hasta las bolas en el culo caliente de Diego, las bolas golpeando la seda del liguero. Laura se corrió con un alarido ahogado, el coño contrayéndose en oleadas violentas alrededor de la polla de Diego, exprimiéndola, succionándola. Los líquidos le escurrieron por los muslos. Pero nadie se detuvo.
—No todavía —rogó Laura entre jadeos—. Quiero las dos. Quiero sentiros a los dos dentro de mí. Ahora.
Se separaron con gemidos de protesta. El agua goteaba de sus cuerpos cuando se reacomodaron en el asiento más bajo del jacuzzi. Carlos se sentó primero, la espalda contra los azulejos calientes, la polla gruesa y venosa apuntando al cielo, todavía dura y brillante. Atrayó a Laura hacia su regazo de espaldas a él. Ella se dejó caer despacio, guiando la polla de su marido hasta que estuvo completamente empalada, el culo lleno, gimiendo largo y bajo. Luego abrió más las piernas y miró a Diego con hambre cruda.
—Ahora tú —susurró—. Métela en mi coño. Las dos a la vez. Quiero sentirlas latir juntas dentro de mí. Y no te quites el vestido. Quiero que me folles vestida mientras él me la mete por detrás.
Diego se arrodilló entre las piernas abiertas de ambos. El vestido empapado le colgaba de los hombros, pegado a los pechos. Alineó su polla depilada y gruesa con la entrada del coño de Laura, ya estirada y resbaladiza, y empujó. El estiramiento fue intenso, delicioso, casi demasiado. Laura gritó, la cabeza echada hacia atrás contra el hombro de Carlos, sintiendo las dos pollas lado a lado, separadas solo por una delgada pared de carne. Diego entró centímetro a centímetro hasta que estuvo enterrada hasta la base. Las tres caderas se tocaron. El vestido mojado se aplastó entre los pechos de Diego y la espalda de Laura.
—Dios… estáis las dos… tan juntas… —sollozó Laura de puro placer—. Moviéos. Fóllenme. No paren.
Empezaron a moverse. Carlos embestía hacia arriba, follándole el culo con embestidas profundas y controladas. Diego empujaba en el coño al mismo tiempo, el vestido chapoteando, las medias de seda rozando los muslos de Laura y de Carlos. El roce de las dos pollas dentro de ella era hipnótico: se sentían una a la otra a través de la carne caliente, hinchándose, deslizándose. Laura estaba atrapada entre ellos, pechos balanceándose, gemidos rotos saliendo de su garganta cada vez que las dos durezas la llenaban al mismo tiempo.
Carlos le agarró los pechos desde atrás, pellizcando los pezones rosados, y le habló al oído con voz grave:
—Mírala, Diego. Mírala cómo te toma. Estás follando a mi esposa con esa polla preciosa mientras yo le abro el culo… y tú vestida, mojada, con las medias puestas… Eres tan deseable. Dile lo bien que se siente su coño apretándote.
Diego inclinó la cabeza y besó la boca de Laura, lengua profunda, saliva compartida.
—Se siente… joder… tan apretado… tan caliente… Tus paredes me chupan… y siento la polla de Carlos latiendo contra la mía… Me siento tan mujer así… tan llena de vosotros… —jadeó, acelerando el ritmo. Cada embestida hacía que el agua saltara y el vestido se pegara más a su cuerpo.
Laura se corrió de nuevo, más fuerte esta vez. El orgasmo la sacudió entera; el coño y el culo se cerraron en espasmos violentos alrededor de las dos pollas, exprimiéndolas, ordeñándolas. Gritó nombres, maldiciones, ruegos. Diego no se detuvo. Siguió follándola a través de las contracciones, el vestido empapado transparentando pechos y vientre, las medias negras brillando con el esfuerzo. Carlos gruñó y mordió el hombro de su esposa, manteniendo el ritmo, sintiendo cómo el orgasmo de Laura apretaba también a Diego contra él.
Cuando el temblor bajó un poco, Diego se retiró solo un segundo, lo bastante para que Laura se girara entre ellos. Ahora quedó de frente a Carlos, todavía empalada en su polla por el culo, y abrió la boca. Diego se puso de pie en el asiento sumergido, el vestido levantado hasta la cintura, y le ofreció la polla brillante de jugos. Laura la engulló hasta la garganta de un solo movimiento, chupando con avidez mientras Carlos la follaba por detrás. El sabor de su propio coño mezclado con el de Diego la volvía loca. Saliva y agua le escurrían por la barbilla.
—Así… trágatela —ordenó Carlos, embistiendo más fuerte—. Chúpale la polla a esa mujer tan preciosa mientras yo te abro el culo. Quiero verla corrérsele en la boca otra vez.
Diego le agarró el cabello mojado a Laura y embistió la boca con cuidado pero con hambre, las caderas moviéndose al mismo ritmo que las de Carlos. El vestido le colgaba abierto, los pechos suaves balanceándose. Cada vez que Carlos se hundía hasta el fondo en el culo de Laura, ella se ahogaba un poco más en la polla de Diego. El ritmo se volvió salvaje, sincronizado, el chapoteo del jacuzzi mezclado con gemidos húmedos y el sonido obsceno de carne contra carne.
Diego tembló primero. Sus caderas se sacudieron y se corrió a chorros espesos y calientes dentro de la boca de Laura. Ella tragó lo que pudo, dejó que el resto le bajara por la lengua y se lo ofreció a Carlos en un beso sucio y abierto. Carlos lamió el semen de los labios de su esposa y luego se corrió también, enterrado hasta las bolas en su culo, llenándola a pulsos profundos y calientes. Laura sintió cada latido, cada chorro, y se corrió una vez más solo con eso, el cuerpo entero rígido entre ellos.
Pero el deseo no se apagó. Apenas recuperaron el aliento, las manos volvieron a moverse. Diego, todavía con el vestido empapado y las medias puestas, se arrodilló y lamió el semen que escurría del culo de Laura, lengua suave y larga, mientras Carlos le acariciaba el cabello. Laura se giró y besó a Diego con sabor a los tres, luego bajó la mano y encontró la polla de Diego ya semi-dura otra vez bajo la tela.
—Todavía no —susurró contra su boca—. Quiero más. Quiero que me montes otra vez con el vestido puesto. Quiero que Carlos te chupe las tetas mientras tú me follas. Y después quiero probártela otra vez, despacio, hasta que no puedas más. La noche es larga… y yo todavía tengo hambre de ti.
Diego sonrió, lasciva y confiada, y atrajo a Laura hacia el centro más profundo del jacuzzi. El agua les llegó al pecho. Carlos los siguió, ya endureciéndose de nuevo, las manos explorando pechos y muslos cubiertos de seda. El vestido de Diego flotaba a su alrededor como una segunda piel transparente. Las medias negras se ceñían con cada movimiento. El vapor subía más espeso, el jazmín y el cloro y el sexo se mezclaban, y las bocas de los tres se buscaron otra vez en un beso lento, profundo, lleno de promesas.
Laura guió la polla de Diego otra vez hacia su entrada, se sentó encima despacio, sintiendo cómo la llenaba de nuevo, el vestido mojado aplastado entre sus cuerpos. Carlos se colocó detrás de Diego, besándole el cuello, pellizcándole los pezones a través de la tela, y murmuró:
—Sigue. Cabálgala. Quiero verla rebotar sobre ti. Y cuando estés lista… te la voy a meter otra vez. Vamos a follaros las dos hasta que el sol salga.
Diego empezó a moverse, lenta al principio, luego con más fuerza, el agua salpicando, el vestido pegado, las medias brillando. Laura rebotaba sobre ella, pechos contra pechos, gemidos metidos en la boca de la otra. Carlos frotaba su polla dura contra el culo de Diego, prometiendo, sin entrar del todo todavía. El placer volvía a subir, denso, inevitable. Nadie pensaba en parar. Las manos se aferraban más fuerte, las embestidas se hacían más profundas, y la noche de verano, lejos de rendirse, solo pedía que siguieran.
El agua caliente se agitó con fuerza cuando Carlos dejó de frotar y empujó de verdad. La cabeza gruesa de su polla abrió despacio el agujero todavía sensible de Diego, centímetro a centímetro, mientras ella seguía embistiendo el coño empapado de Laura. Diego soltó un gemido largo, gutural, que vibró contra la boca de Laura. Sus paredes internas se cerraron alrededor de la dureza de Diego al mismo tiempo que Carlos la llenaba por detrás, y la sensación de estar atrapada entre las dos pollas hizo que Laura arqueara la espalda hasta el límite, el vestido mojado de Diego aplastado entre sus pechos.
—Joder… sí… así de despacio —jadeó Diego, la voz rota de placer puro—. Me estás abriendo tan rico… y ella me aprieta tan fuerte… Me siento tan llena… tan mujer con este vestido pegado y tus manos en mis tetas…
Carlos le rodeó la cintura con un brazo y bajó la mano bajo la tela empapada para envolver la base de la polla de Diego, sintiendo cómo entraba y salía del coño de su esposa. Cada vez que Carlos se hundía hasta las bolas en el culo de Diego, empujaba a la otra mujer más profundo dentro de Laura. El ritmo se volvió una cadena perfecta de carne y agua salpicando. Las medias de seda negra se ceñían a los muslos de Diego con cada embestida; el liguero se clavaba en la carne suave de sus caderas. Laura, con la cara hundida en el cuello perfumado de Diego, gemía sin control, las manos agarradas a las nalgas de la otra mujer bajo el vestido.
—Los siento a los dos… —susurró ella, la voz ahogada de lujuria—. Tu polla tan dura follándome mientras él te abre… Diego, te sientes tan mujer así, con ese vestido transparente marcándote los pezones, con esas medias brillando, con esa polla preciosa metida hasta el fondo en mí… No pares… cabálgame más fuerte…
Diego inclinó la cabeza hacia atrás y buscó la boca de Carlos. Se besaron torpes y hambrientos por encima del hombro, lenguas enredadas, mientras el marido de Laura aceleraba un poco. Carlos pellizcó un pezón oscuro de Diego a través de la tela mojada y lo retorció con suavidad, arrancándole otro gemido que se transmitió directo al coño de Laura. Ella rebotaba con más fuerza, el agua chapoteando en arcos dorados bajo las luces del jardín, los pechos suaves de Diego aplastados contra los suyos, el roce de la seda de las medias contra sus muslos desnudos volviéndola loca.
—Eres tan jodidamente hermosa así —gruñó Carlos contra los labios de Diego—. Tan femenina… tan deseable… con esa polla gruesa follando a mi esposa y el culo abriéndose para mí. Muévete. Fóllala más fuerte. Quiero sentir cómo te corres a través de ti. Quiero oírla gritar tu nombre mientras te lleno.
Diego obedeció. Sus caderas empezaron a golpear con más fuerza el culo de Laura, la polla deslizándose fuera casi por completo antes de enterrarse de nuevo hasta la base. Cada embestida hacía que el agua saltara y el vestido se pegara más a su cuerpo, transparentando pechos y vientre. Carlos coincidía el ritmo, clavándose profundo en el agujero caliente y apretado de Diego, las bolas golpeando contra la seda mojada del liguero. El triple movimiento era hipnótico: el chapoteo constante, los gemidos entrelazados, el olor a sexo y jazmín mezclándose con el vapor del jacuzzi.
Laura se corrió primero otra vez. El orgasmo la sacudió desde el clítoris hasta la garganta; el coño se contrajo en oleadas violentas alrededor de la polla de Diego, exprimiéndola, succionándola. Gritó el nombre de ambas, las piernas temblando, el agua salpicándole la cara. Diego no se detuvo. Siguió follándola a través de las contracciones, empujando más fuerte, más profundo, hasta que el placer de Laura se volvió casi doloroso de tan intenso. Las paredes internas la ordeñaban sin piedad mientras Carlos seguía abriéndola por detrás.
—No pares… no pares todavía —rogó Laura entre sollozos de gozo, la voz quebrada—. Quiero que te corras dentro… quiero sentirla latir… quiero que me dejes llena de ti…
Pero Diego sacudió la cabeza, el cabello mojado pegado a las mejillas, los labios hinchados de besos.
—No… no todavía. Quiero más. Quiero que Carlos me folle más duro mientras yo te chupo el coño otra vez. Quiero saborearte con su polla dentro de mí. Quiero que me veas correrme con este vestido puesto…
Se separaron con un gemido colectivo de pérdida. El agua goteaba de sus cuerpos cuando se reacomodaron. Carlos se sentó en el borde más bajo del jacuzzi, la polla erecta y brillante del interior de Diego. Atrayó a Diego hacia su regazo de frente esta vez, de modo que ella se sentara a horcajadas sobre él. La entrada fue más fácil ahora; Diego se dejó caer despacio sobre la polla gruesa de Carlos hasta que estuvo completamente empalada, el culo lleno, las medias negras brillando contra los muslos del marido, el vestido arremolinado en la cintura. Carlos le abrió las piernas con las manos y la sostuvo abierta, expuesta, el bulto de su polla dura y depilada apuntando hacia Laura.
Laura se arrodilló entre las piernas abiertas de ambos. El agua le llegaba a los pechos. Se inclinó y lamió primero la base de la polla de Carlos donde entraba en Diego, saboreando la mezcla de ambos, luego subió y engulló la polla dura y palpitante de Diego hasta la garganta. Chupó con avidez, lengua girando, mientras Diego rebotaba despacio sobre la polla de Carlos. Cada subida y bajada hacía que la polla de Diego se hundiera más profundo en la boca de Laura. Carlos embestía hacia arriba, follando el culo de Diego con embestidas cortas y profundas, las manos apretándole las tetas suaves a través de la tela, pellizcando los pezones hasta ponerlos hinchados y rojos.
—Mírala chuparte —jadeó Carlos al oído de Diego—. Mi esposa tragándose tu polla mientras yo te follo el culo. Eres tan puta y tan elegante a la vez… tan mujer… Dile lo bien que se siente su boca caliente.
Diego arqueó la espalda, una mano enredada en el cabello húmedo de Laura, la otra aferrada al muslo de Carlos.
—Se siente… joder… se siente tan bien… Tu boca caliente, Laura… y él abriéndome tan rico… Me siento tan llena… tan deseada… Sigue chupando… quiero correrme en tu lengua otra vez… Trágame… por favor…
Laura gimió alrededor de la polla, el sonido vibrando. Sus dedos subieron a acariciar las bolas suaves de Diego y luego bajaron a rozar el punto donde la polla de Carlos entraba y salía del culo apretado. El roce hizo que Diego temblara violentamente. Carlos aceleró, follándola con más fuerza, el agua salpicando en olas pequeñas. Diego rebotaba sobre él, la polla golpeando la garganta de Laura una y otra vez, saliva escurriendo por la barbilla de ella y cayendo al agua burbujeante. El vestido empapado se pegaba a cada curva, marcando pechos y vientre, las medias brillando con el esfuerzo.
El orgasmo de Diego llegó como una tormenta. Gritó, el cuerpo entero rígido, y se corrió a chorros espesos dentro de la boca de Laura. Ella tragó con ganas, sin soltar, lamiendo cada gota mientras las caderas de Diego se sacudían sin control sobre la polla de Carlos. Las contracciones del orgasmo apretaron el culo de Diego alrededor de Carlos hasta que este no pudo más. Con un gruñido animal se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola a pulsos calientes y profundos. Diego sintió cada latido, cada chorro, y gimió de nuevo, hipersensible, las medias negras brillando, el vestido transparente pegado a su piel.
Laura no había terminado. Se incorporó, el semen de Diego todavía en los labios, y se subió al borde del jacuzzi, piernas abiertas de par en par, el coño hinchado y goteando. Miró a los dos con ojos oscuros de hambre residual.
—Ahora yo… una última vez —ordenó con voz ronca—. Quiero que me coman las dos. Quiero tu lengua, Diego, y tus dedos, Carlos. Quiero correrme en sus caras mientras ustedes siguen tocándose. Y después… descansamos. Pero no antes.
Diego, todavía con la polla de Carlos dentro y el semen caliente escurriéndole por el muslo, se inclinó hacia adelante sin salir del todo. Su lengua encontró el clítoris hinchado de Laura y lo lamió con hambre, larga y lenta, saboreando los jugos mezclados. Carlos se estiró y metió dos dedos gruesos en el coño de su esposa al mismo tiempo, follándola con ellos mientras Diego chupaba. Con la otra mano, Carlos seguía embistiendo despacio dentro del culo de Diego, manteniendo el ritmo suave. Laura se agarró al cabello de ambos, empujando las caras contra su sexo, frotándose sin vergüenza.
—Así… joder, sí… lámenme… fóllenme con la boca y los dedos… Diego, tu lengua es tan suave… tan mujer… Carlos, más profundo… No paren…
El placer subió otra vez, más denso, más inevitable. Laura se retorcía, los pechos balanceándose, el agua goteando por su espalda. Diego metió la lengua más adentro, alternando con chupetones firmes en el clítoris, mientras Carlos curvaba los dedos y le buscaba ese punto exacto. Al mismo tiempo, Carlos empezó a endurecerse de nuevo dentro de Diego; la polla volvía a crecer, empujando más fuerte. Diego gimió contra el coño de Laura, las vibraciones enviándola al borde.
Cuando Laura se corrió esta vez fue con un grito desgarrado que se perdió en el jardín oscuro. El coño se cerró alrededor de los dedos de Carlos y de la lengua de Diego en espasmos violentos, líquidos calientes mojándoles la barbilla y los labios. Tembló durante largos segundos, las piernas abiertas a la fuerza, el cuerpo entero sacudido. Cuando bajó un poco, miró a los dos con una sonrisa lasciva y exhausta, el pecho subiendo y bajando.
Se separaron con gemidos suaves de satisfacción. El agua caliente los rodeó de nuevo cuando se deslizaron al centro del jacuzzi, cuerpos pesados y temblorosos. Laura quedó en medio, espalda contra el pecho de Carlos, cara hundida en el cuello de Diego. El vestido empapado de Diego flotaba a su alrededor como una segunda piel transparente; las medias negras se ceñían todavía a sus muslos, el liguero marcando la piel. Las manos se movían sin prisa ahora: una caricia lenta en un pecho, dedos rozando un muslo cubierto de seda mojada, la polla de Diego ya blanda rozando la cadera de Laura.
Se besaron despacio: labios de Laura con labios de Diego, sabor a semen y a deseo compartido, luego Carlos besando el hombro de Diego, luego la boca de su esposa. El vapor subía más espeso. El burbujeo del jacuzzi era el único sonido junto a sus respiraciones que poco a poco se calmaban. Nadie habló de irse. Laura cerró los ojos, sintiendo el calor de ambos cuerpos contra el suyo, el peso agradable de la satisfacción en cada músculo, y sonrió contra la piel de Diego mientras las luces del jardín titilaban suaves y la noche de verano los abrazaba en un silencio denso y completo.
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