La Esposa Atrevida en el Almacén

En el almacén, la hotwife Laura seduce al dependiente mientras su marido observa excitado.

27 min read August 11, 2026New

El sol de la tarde se colaba a trozos por las altas ventanas polvorientas del almacén de barrio «El Rincón del Hogar», iluminando estantes repletos de cajas de tornillos, rollos de cinta aislante y cubos de pintura barata. Carlos empujaba el carrito con una mano floja, la otra metida en el bolsillo del pantalón, y no dejaba de mirar de reojo a su esposa. Laura, de veintiocho años iguales que él, iba delante con ese vestidito corto de verano que sabía perfectamente lo que provocaba: tela ligera azul celeste que le rozaba apenas la mitad del muslo, escote generoso donde se asomaban sus pechos firmes y un par de sandalias que hacían clac-clac sobre el cemento. Cada vez que se inclinaba a mirar un paquete de bombillas, la tela subía un centímetro traicionero y Carlos sentía cómo se le endurecía la polla dentro del bóxer.

—Cariño —murmuró ella sin girarse, con esa sonrisa pícara que él conocía de memoria—, ¿crees que necesitamos más cables o solo vinimos para que me mires el culo?

Carlos soltó una risita baja, cómplice.

—Las dos cosas, Laura. Siempre las dos cosas. Y no finjas que no te encanta.

Ella se rio por lo bajo, un sonido gutural y juguetón, y se irguió despacio, sacudiéndose el pelo castaño que le caía en ondas sobre los hombros. Sabía exactamente el efecto que causaba. Llevaban casi tres años jugando a esto: ella coqueteando, él mirando, los dos excitados hasta el tuétano con el consentimiento bien claro y la adrenalina a flor de piel. No era traición; era su deporte favorito.

Fue entonces cuando apareció Pablo desde el fondo del pasillo de ferretería. Veinticuatro años, camiseta negra del almacén demasiado ceñida que marcaba pectorales definidos y brazos musculosos de quien carga cajas todo el día. El pantalón de trabajo le ceñía unos muslos potentes y, aunque intentaba disimularlo con la delantal, el bulto se adivinaba generoso. Tenía la cara de chaval bueno que, sin embargo, sonreía como quien ya se imagina cosas prohibidas. Sus ojos se clavaron en Laura al instante, recorriéndola de arriba abajo con una desvergüenza tan abierta que a Carlos se le saltó una carcajada interna.

—Buenas tardes —dijo Pablo, acercándose con paso seguro—. ¿Buscan algo en particular… o solo vinieron a alegrarme el turno?

Laura arqueó una ceja, divertida, y se giró despacio hacia él, dejando que el vestido se pegara un segundo a sus curvas.

—Suministros para la casa —respondió con voz melosa—. Tornillos, cinta, quizás algo… más grueso si me lo recomiendas bien.

Pablo soltó un silbido bajo, sin disimular.

—Joder, señora… con ese cuerpo cualquiera le recomienda lo que sea. Esos tornillos van a tener suerte de que los agarre usted. Míreme nada más: parece que salió de una revista y se perdió en este almacén de barrio.

Carlos se detuvo a dos metros, apoyado en el carrito, y sonrió con esa sonrisa torcida de marido que ya sabía hacia dónde iba la cosa. Su polla dio un saltito traicionero. Le gustaba ver cómo el chaval se atrevía. Le gustaba aún más imaginar lo que Laura estaba pensando detrás de esos ojos brillantes.

Laura se pasó la lengua por el labio inferior, deliberada.

—¿Señora? Tengo veintiocho, igual que mi marido. Y te aseguro que no me siento nada señora cuando me miran así. Dime, Pablo —leyó la chapita del pecho—, ¿siempre piropeas así a las clientas o solo cuando vienen con el culo al aire y el marido mirando?

El dependiente se rio, un poco más rojo ahora, pero sin apartar la vista de su escote. Una gota de sudor le bajaba por la sien y se perdía en el cuello fornido.

—Solo cuando vale la pena, te lo juro. Y tú… joder, vales la pena y de sobra. Ese vestido parece pintado encima. Si te agachas otra vez a mirar las cajas de abajo me va a dar un infarto aquí mismo entre los taladros.

Carlos intervino entonces, con tono casual, casi jovial, como quien comenta el tiempo.

—Tranquilo, chaval. Mi mujer se agacha a propósito. Le gusta que la miren. A mí también me gusta. ¿Verdad, Laura?

Ella se acercó un paso al carrito, rozando la mano de Carlos con los dedos, un toque rápido y eléctrico de complicidad, y luego se giró de nuevo hacia Pablo. Se inclinó un poco más de la cuenta sobre una caja de destornilladores, dejando que el escote ofreciera una vista generosa de la curva de sus pechos y el borde del sujetador de encaje negro. Carlos juró que vio la polla de Pablo moverse bajo el pantalón.

—Mi marido es un mirón consentido —dijo ella con una risita—. Y yo… digamos que me pongo mojada cuando un tío joven y fuerte me dice lo que le gustaría hacerme mientras él escucha. Así que sigue, Pablo. No te cortes. Estamos entre amigos.

El aire del almacén pareció espesarse. Olores a madera, a metal y a la colonia barata de Pablo se mezclaban con el perfume dulzón de Laura. Un ventilador del techo giraba perezosamente, removiendo el calor. Pablo se pasó una mano por el pelo corto, nervioso y excitado a partes iguales, y dio un paso más cerca. Ahora estaban lo suficientemente cerca como para que Carlos viera el brillo de deseo en los ojos del chico y la forma en que Laura apretaba ligeramente los muslos.

—Hostia… —murmuró Pablo, bajando la voz—. Pues si me dejas… te diría que tienes el culo más redondo que he visto en meses. Que me encantaría levantarte ese vestidito aquí mismo, contra las estanterías, y comprobar si estás tan caliente como pareces. Y que tu marido… joder, que tu marido tiene mucha suerte de poder mirar mientras yo te cojo fuerte de las caderas.

Carlos sintió un latigazo de placer en la entrepierna. Su respiración se hizo más pesada. Observaba cada detalle: la forma en que el pezón de Laura se endurecía bajo la tela fina, el leve rubor que le subía por el pecho, la manera en que mordisqueaba el interior de su mejilla para no soltar una risa nerviosa o un gemido. Ella amaba esto. Él también.

Laura se irguió despacio, se acercó aún más a Pablo y, con un dedo juguetón, le tocó el pecho marcado a través de la camiseta.

—Mmm… me gusta cómo hablas, chico grande. Fuerte de brazos, boca sucia… ¿y abajo? ¿También das el callo o solo eres de piropear?

Pablo tragar saliva. Su mirada bajó un segundo al escote de ella y luego subió, encontrándose con los ojos de Carlos, que le devolvió una sonrisa amplia, casi alentadora, como diciendo «sigue, no pares».

—Puedes comprobarlo tú misma cuando quieras —respondió el dependiente, más atrevido ahora—. Estoy duro desde que entrasteis. Ese vestido… esas piernas… y sabiendo que tu marido está ahí disfrutando del espectáculo me pone todavía más. Joder, Laura, te follaría lento al principio para que él viera cómo te abres para mí, y luego rápido, profundo, hasta hacerte gritar entre las cajas de pintura.

Carlos tuvo que ajustar su propia erección disimuladamente con el carrito. El humor de la situación le hacía cosquillas en el estómago: aquí estaban, en un almacén de barrio de mierda, hablando de follar entre tornillos y brocas como si pidieran el precio del cemento. Laura se rio abiertamente esta vez, un sonido cristalino que resonó entre los pasillos.

—Dios, Pablo, eres un descarado. Me encanta. Carlos, ¿escuchaste eso? Quiere que me grite mientras tú miras. ¿Te pone, amor?

—Me pone de una forma absurda —admitió Carlos, la voz un poco ronca—. Sigue contándole, Laura. Dile lo mojada que ya estás. No finjas.

Ella se mordió el labio y, sin vergüenza, tomó la mano de Pablo y la guió suavemente hasta posarla un segundo en su propia cadera, dejándole sentir el calor de su piel a través de la tela. Luego la retiró con una caricia perezosa por los dedos callosos del chico.

—Estoy empapada —confesó en un susurro que ambos hombres oyeron perfecto—. Desde que empezaste a mirarme el culo. Mi coño está latiendo. Y saber que Carlos se está poniendo duro mirándonos… joder, me vuelve loca. ¿Tienes un almacén trasero, Pablo? Algo más privado donde… seguir hablando de tornillos grueso

s?

Pablo miró hacia la puerta del fondo, donde se adivinaba la zona de carga y un pequeño despacho polvoriento. Sus ojos brillaban con hambre pura.

—Hay un cuarto de inventario al fondo. Nadie entra a estas horas. Puedo… enseñaros las existencias especiales. Las que no salen en el catálogo.

Carlos empujó el carrito un poco más cerca, el metal chirriando de forma casi cómica en el silencio tenso.

—Vamos entonces —dijo con una sonrisa ladina—. Pero despacio. Quiero ver cómo te la comes con los ojos un rato más, Laura. Y tú, Pablo… no te precipites. Disfruta el paseo. Mi mujer se pone más puta cuando la hacen esperar.

Laura le guiñó un ojo a su marido, el corazón latiéndole rápido, el vestido pegado a la piel por un sudor ligero de excitación. Pablo asintió, tragando saliva otra vez, y empezó a guiarlos hacia el pasillo trasero, su polla ya marcando claramente el pantalón. Carlos los seguía a un par de pasos, saboreando cada segundo, la tensión creciendo como un muelle listo para saltar. El juego apenas empezaba, y el almacén de barrio de pronto se sentía como el escenario más caliente del mundo.

El pasillo trasero olía a cartón viejo y a ese olor a grasa de maquinaria que se pega en la nariz, y Laura caminaba delante de Pablo con un balanceo de caderas tan deliberado que hasta el ventilador del techo parecía girar más despacio para no perderse el espectáculo. Carlos los seguía a tres pasos, la polla ya palpitándole contra el bóxer, y no podía evitar soltar una risita baja cada vez que el chico tropezaba casi con sus propios pies de puro mirarle el culo a su mujer.

El cuarto de inventario era justo lo que prometía: estanterías hasta el techo llenas de cajas sin etiquetar, un mostrador de madera astillada cubierto de facturas amarillentas y un único foco que zumbaba como un mosquito borracho. Pablo cerró la puerta con el culo, sin quitarle los ojos de encima a Laura, y el metal del pestillo sonó con un clic cómico, casi de comedia barata.

—Bienvenidos al paraíso de los tornillos secretos —bromeó él, la voz un poco más grave de la cuenta—. Aquí nadie nos molesta… excepto el olor a pintura barata, joder.

Laura se rio, un sonido cristalino que rebotó entre las cajas, y se acercó al mostrador como si de verdad le interesaran los papeles. Se inclinó exageradamente, mucho más de lo necesario, apoyando los antebrazos y arqueando la espalda hasta que el vestidito azul celeste se tensó sobre su culo redondo y el escote vomitó media teta de cada lado. El sujetador de encaje negro asomaba descarado, y un pezón ya duro rozaba casi el borde de la tela. Guiñó un ojo a Carlos por encima del hombro, la lengua asomando un segundo entre los labios, y luego «se desequilibró» un milímetro hacia atrás.

Su cadera rozó «sin querer» el bulto de Pablo.

Fue un roce mínimo, apenas la curva de su culo contra la erección marcada del pantalón de trabajo, pero Pablo soltó un «hostia» ahogado y dio un respingo. Laura fingió sorpresa, abrió la boca en una O perfecta y se quedó ahí, frotándose un segundo más, despacio, como si estuviera buscando el equilibrio.

—Uy, perdona… —murmuró ella con una sonrisa pícara, sin apartarse del todo—. Qué cosa tan dura tienes ahí, Pablo. ¿Llevas un destornillador en el bolsillo o es que mi culo te ha gustado demasiado?

Carlos se mordió el interior de la mejilla para no reírse a carcajadas. El chaval estaba rojo hasta las orejas, la polla dibujando un tubo brutal contra la tela, y aún así no retrocedía. Al contrario: puso una mano grande en la cadera de Laura, justo donde el vestido se subía un centímetro traicionero, y apretó.

—Es… joder, es todo tuyo —respondió Pablo, la voz ronca—. Llevo duro desde el pasillo de las bombillas. Ese escote… si te inclinas un poco más me vas a matar aquí mismo entre los inventarios.

Laura se inclinó aún más, ofreciendo la vista completa de sus pechos apretados, el valle profundo y brillante de sudor ligero. Movió el culo otra vez, esta vez sin disimulo, frotando el bulto de Pablo con una lentitud tortuosa mientras miraba a su marido. Carlos se acercó por el flanco, se pegó a la espalda de ella y le susurró al oído, tan bajo que solo ella lo oyera al principio, aunque el aliento caliente le hizo erizar la nuca:

—Tienes mi permiso para ir más lejos, cariño. Todo lo que quieras. Quiero ver cómo le comes la boca. Quiero oírte mojada. Hazlo. Me estás poniendo la polla como una roca solo con este numerito del mostrador.

Laura cerró los ojos un segundo, un gemido bajo escapándosele del pecho, y se irguió despacio. Se giró hacia Pablo sin dejar de rozarle la entrepierna con el muslo. Le agarró la camiseta negra por el pecho, tiró de él hacia abajo y le plantó un beso voraz, abierto, hambriento. No fue un piquito de coqueteo: fue lengua y dientes y saliva, un choque de bocas que sonó húmedo y obsceno en el silencio del almacén. Pablo gruñó contra sus labios, le agarró el culo con las dos manos y la levantó medio centímetro contra el mostrador, apretando su erección justo entre los muslos de ella. Laura abrió las piernas un poco más, el vestido subiéndole hasta casi enseñar el borde de las bragas, y se frotó descarada mientras le chupaba la lengua.

Carlos se quedó mirando a un metro de distancia, la mano metida en el bolsillo apretándose la polla a través de la tela. Cada detalle le quemaba: el sonido chapoteante de las bocas, la forma en que el pezón de Laura se le marcaba ahora completamente, rígido y pidiendo boca; el jadeo nasal de Pablo cuando Laura le mordió el labio inferior y tiró; el leve temblor en las piernas de su mujer. El humor de la situación le subía por el pecho como burbujas: aquí estaban, entre cajas de tornillos oxidados y un cartel descolorido que decía «Ofertas de la semana», follándose con la boca como si el mundo se acabara en cinco minutos.

—Joder, qué bien besas —jadeó Laura al separarse un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios al de Pablo—. Carlos… míralo. Míralo cómo me agarra. ¿Ves lo duro que está? Se me está clavando en el muslo y ni siquiera nos hemos quitado ropa.

Pablo no esperó respuesta. Volvió a capturarle la boca, esta vez más profundo, una mano subiendo por la espalda de Laura hasta enredarse en su pelo castaño y tirar un poco, exponiéndole el cuello. Le besó la mandíbula, bajó hasta el hueco de la clavícula y lamió el sudor salado que se le acumulaba ahí. Laura gimió alto, sin vergüenza, y buscó la mirada de su marido por encima del hombro del chico.

—Está… ah… está chupándome el cuello, amor. Y su polla… se me está impregnando el muslo de precum a través del pantalón. ¿Quieres que le baje la cremallera? Dime que sí. Dímelo otra vez.

Carlos dio un paso más cerca, lo suficiente para que su propia erección rozara la cadera de Laura por detrás. Le pasó una mano por la cintura, bajo el vestido, y notó la piel caliente, el arranque de las bragas ya empapadas.

—Sí —susurró, la voz pastosa de excitación—. Bájale la cremallera. Tócalo. Quiero ver tu mano alrededor de esa polla joven mientras te besa. Y tú, Pablo… no te cortes. Mi mujer está deseando que la manosees como se merece. Fíjate cómo se le ponen los pezones solo de frotarte el bulto.

Pablo soltó una risa ahogada contra la piel de Laura, incrédulo y caliente a partes iguales.

—Ustedes dos están locos… y me encanta. Joder, Laura, ábreme el pantalón. Quiero que la sientas. Quiero que tu marido vea cómo se te pone la cara cuando la agarres.

Laura no se hizo de rogar. Con dedos torpes de pura prisa le bajó la cremallera al dependiente. El bulto saltó hacia fuera, pesado y grueso, la polla ya completamente dura, la cabeza brillante de líquido pre-seminal. Laura soltó un «hostia» admirativo y la rodeó con la mano derecha, apenas pudiendo cerrar los dedos del todo. Era caliente, vena marcada, y latía contra su palma como un animal vivo. Empezó a bombear despacio, de arriba abajo, mientras Pablo le volvía a clavar la lengua en la boca y le apretaba el culo con las dos manos, subiéndole el vestido hasta la cintura.

Carlos observaba hipnotizado. Su mujer, la misma que por las mañanas le hacía el café en bata, ahora estaba de pie en un almacén polvoriento, el vestido arremangado, una mano expertamente masturbando la polla gruesa de un chaval de veinticuatro años mientras se besaban con hambre de perros en celo. El contraste le sacó otra carcajada baja, medio gemido.

—Mírate —le dijo a Laura, acariciándole el culo descubierto, rozando con el pulgar el borde húmedo de las bragas—. Toda formal esta mañana y ahora con la mano llena de polla ajena. ¿Estás empapada, verdad? Enséñaselo. Baja un poco las bragas y deja que te toque el coño mientras le pajeas.

Laura asintió contra la boca de Pablo, jadeando. Con la mano libre se bajó las bragas negras hasta media muslo y abrió más las piernas. Pablo no necesitó más invitación: metió dos dedos gruesos de golpe entre sus labios hinchados, los encontró chorreando, y empezó a frotarle el clítoris en círculos torpes y ansiosos. Laura se arqueó, la mano apretando más fuerte la polla del chico, y soltó un gemido que sonó a victoria.

—Ay, joder… sí… así. Carlos, tiene los dedos gruesoos. Me los está metiendo… mmm… y su polla late cada vez que le aprieto la cabeza. Se va a correr solo de mirarme si sigo…

Pablo le mordió el labio otra vez, los ojos vidriosos de placer.

—No me corro todavía —prometió entre dientes—. Primero quiero follarte la boca o el coño, lo que tu marido prefiera ver. Joder, estás empapada. Se me resbalan los dedos. Carlos, ¿la oyes? ¿Oyes lo mojada que está tu mujer solo porque la estoy tocando delante de ti?

El sonido húmedo de los dedos de Pablo entrando y saliendo del coño de Laura llenó el cuarto. Chap-chap-chap, obsceno y rítmico, mezclado con el jadeo de los tres y el zumbido del foco. Carlos se desabrochó los pantalones lo justo para sacar su propia polla, ya dura como el mármol, y empezó a masturbarse despacio, sin prisa, saboreando la escena.

—La oigo perfecto —respondió, la voz un hilo grueso—. Y la veo. Sigue, los dos. Quiero que la beses otra vez mientras le metes un tercer dedo. Y Laura… no pares de tocarle la polla. Quiero ver cómo le sacas más precum y te lo untas en los pezones. Vamos, que el almacén no se va a follar solo.

Laura soltó una risa entrecortada, medio gemido, y obedeció. Se untó los dedos en la cabeza resbaladiza de Pablo, se bajó un poco más el escote y se pintó los pezones con ese brillo transparente, luego se los ofreció a la boca del chico. Pablo se lanzó a chuparlos con ganas, lengüetazos amplios y chupetones que dejaban marcas rojas, mientras sus tres dedos ahora se curvaban dentro del coño caliente de ella, buscando ese punto que la hacía temblar.

El aire se había vuelto denso, cargado de sexo y polvo y el leve olor a metal. Laura estaba perdida en la sensación: la boca de Pablo en sus tetas, los dedos gruesos abriéndola, la polla pesada latiéndole en la mano, y la mirada ardiente de Carlos follándosela solo con los ojos. Cada roce, cada sonido, cada palabra sucia empujaba la tensión un poco más arriba, como un muelle a punto de saltar, pero todavía sin soltar del todo. Había mucho más por explorar entre aquellas cajas, y ninguno de los tres parecía tener prisa por llegar al final… todavía.

Laura soltó la polla de Pablo solo el tiempo justo para dejarse caer de rodillas sobre el cemento polvoriento del cuarto de inventario. El vestidito azul celeste se le subió hasta la cintura, las bragas ya en los tobillos, y el escote le ofreció las tetas como en bandeja mientras miraba hacia arriba con esa sonrisa pícara que hacía que a Carlos se le saltaran las lágrimas de la risa y de la polla a la vez.

—Vamos a ver si este destornillador grueso cabe en mi boca sin que se me disloque la mandíbula —bromeó ella, y sin más preámbulos abrió los labios y se tragó la cabeza hinchada de Pablo de un solo bocado. El chaval soltó un «joder, puta madre» que sonó a himno nacional y se agarró a la estantería más cercana para no derrumbarse entre las cajas de tornillos.

Laura chupaba con entusiasmo de perra famélica: lengua plana por debajo, mejillas hundidas, saliva espesa que le chorreaba por la barbilla y le caía en el escote. Bombaba con la mano lo que no le cabía, apretando justo debajo del glande cada vez que retrocedía, y miraba a su marido de reojo. Carlos se había plantado a un metro, pantalones bajados a media musla, la polla ya roja y brillante en el puño, masturbándose con esa lentitud deliberada de quien no quiere llegar demasiado pronto al postre.

—Mírala, Pablo —jadeó Carlos, la voz llena de humor caliente—. Parece que le debes dinero y está cobrando con intereses. ¿Sientes cómo te lame la vena? Le encanta. A mí también me encanta. Sigue chupándosela, cariño. Hazle el vacío ese que me vuelves loco en casa. Y tú, chaval, no te cortes: agárrala del pelo. Le pone cachonda que la usen un poco.

Pablo no necesitó que se lo repitieran. Enredó los dedos en el pelo castaño de Laura y empezó a empujar con suavidad primero, luego con más ganas, follándole la boca mientras ella gemia alrededor de su polla gruesa. El sonido era obsceno: glups húmedos, babas, el leve atragantamiento cuando ella se la metía hasta la garganta y se le llenaban los ojos de lágrimas de placer. Carlos se reía entre dientes, el puño subiendo y bajando más rápido.

—Hostia, se te ve el contorno de la polla en su mejilla —dijo Carlos—. Parece un puto chupachups gigante. Laura, babea más. Quiero que le dejes la polla brillante como un espejo de ferretería.

Ella obedeció, sacando la lengua y lamiendo desde las bolas hasta la punta, dejando hilos de saliva que brillaban bajo el foco zumbón. Luego volvió a engullirla entera, la nariz aplastada contra el vello púbico de Pablo, mientras con la mano libre se metía dos dedos en el coño y se frotaba el clítoris mirando a su marido. El olor a sexo, a pintura barata y a sudor masculino llenaba el aire.

Pablo no aguantó mucho más de pie. Sacó la polla de la boca de Laura con un pop húmedo, la levantó de un tirón como si pesara plumas y la empujó de espaldas contra las estanterías metálicas. Las cajas tintinearon peligrosamente.

—Ahora te toca a ti, putita del almacén —gruñó él, riendo, y le levantó una pierna para enganchársela en la cadera. Con la otra mano se alineó y entró de un solo empujón profundo. Laura gritó, un grito entrecortado de placer puro, y se agarró a los hombros musculosos del chico.

—¡Ay, joder, qué gruesa! Carlos… míralo… se me está abriendo toda… ¡sí, así, clávamela!

Pablo la follaba de pie, contra los estantes, con embestidas fuertes y rítmicas que hacían crujir el metal. Cada embestida levantaba el vestido de Laura hasta las tetas, que rebotaban libres y sucias de saliva y precum. Carlos se acercó más, se puso al lado y le hablaba al oído a su mujer mientras se pajaba sin parar:

—Mira cómo te estira, amor. Esa polla joven te llega hasta el fondo. ¿Te gusta que te follen entre los tornillos mientras yo me corro la paja? Dile que te la meta más fuerte. Vamos, grítaselo.

—¡Más fuerte, Pablo! —obedeció Laura, riendo y gimiendo a la vez—. ¡Fóllame como si las cajas se fueran a caer! Carlos… se me está saliendo el jugo por los muslos… ¡ah, joder, qué rico!

Pablo le mordió el cuello, le agarró el culo con las dos manos y la levantó del todo, clavándosela en el aire un rato hasta que las piernas de ella temblaron. Luego la bajó, la giró y la empujó hacia unos sacos de cemento apilados en el rincón. Laura se puso a cuatro patas sin que se lo pidieran, el culo en pompa, el vestido arremangado hasta los hombros, las tetas colgando pesadas y los pezones rozando la tela basta de los sacos.

—Así me gusta —dijo Pablo, arrodillándose detrás y embistiéndola de un golpe seco que la hizo avanzar sobre los sacos—. A cuatro patas como la puta caliente que eres. Carlos, mírala cómo me pide la polla con el culo.

Carlos se arrodilló a un lado, la polla en la mano a centímetros de la cara de su esposa, y le acarició el pelo mientras la veía recibir embestida tras embestida.

—Dile que más, Laura. Pídele que te destroce el coño. Quiero oírte. Y abre la boca… quiero correrme en esas tetas tuyas que botaban tan ricas contra las estanterías.

Laura miró a su marido con ojos vidriosos de placer, la boca abierta en una sonrisa sucia.

—¡Más, Pablo! ¡Embísteme más fuerte! ¡Quiero que me dejes el coño hecho un desastre! Carlos… mi amor… tócame las tetas… júrrame encima… ¡sí, sí, así! ¡Más profundo, joder, que se me va a salir el alma por el culo!

Pablo la agarró de las caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne blanda, y empezó a martillearla con embestidas brutales y profundas. El chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo del coño empapado de Laura llenaba el cuarto junto con el golpe sordo de las caderas contra el culo y los gemidos desvergonzados de ella. Cada vez que Pablo se la enterraba hasta las bolas, Laura pedía más, riendo entre jadeos:

—¡Eso es! ¡Más fuerte, chaval! ¡Fóllame delante de mi marido hasta que no pueda caminar! Carlos… se me está corriendo el jugo por las piernas… ¡ah, joder, qué polla más rica!

Carlos se masturbaba a un ritmo frenético ahora, la mirada clavada en el sitio donde la polla gruesa de Pablo desaparecía dentro de su mujer. La escena era tan absurda y tan caliente que le subía la risa por el pecho: un almacén de barrio, sacos de cemento, el olor a pintura y su esposa a cuatro patas gimiendo como una actriz porno barata. Se inclinó y le ofreció la polla a la boca de Laura un segundo; ella la lamió con devoción mientras Pablo la embestía, y el triple contacto casi lo hizo estallar.

—Voy a correrme —avisó Carlos, la voz rota—. En tus tetas, cariño. Sácalas bien. Quiero pintarlas.

Laura se incorporó un poco, apoyada en un codo, y se apretó las tetas con las dos manos, ofreciéndolas. Pablo no paraba; al contrario, aceleró el ritmo, follándola con fuerza salvaje, las bolas golpeándole el clítoris a cada embestida. Carlos se corrió con un gruñido largo, chorros espesos y calientes que salpicaron los pechos de Laura, el escote, el cuello, incluso un hilo que le llegó a la mejilla. Ella se rio de pura dicha, untándose el semen de su marido por los pezones mientras Pablo la seguía embistiendo sin piedad.

—Joder, miradme… cubierta de leche de Carlos y con la polla de Pablo hasta el fondo… ¡más, no pares! ¡Quiero que me llenes también! ¡Embísteme hasta que se me queden las piernas temblando!

Pablo gruñó, le dio una palmada sonora en el culo y siguió martilleándola, el ritmo ahora irregular, profundo, brutal. Carlos, todavía jadeando, se quedó arrodillado al lado, mirando cómo su propia corrida goteaba de las tetas de su esposa mientras otro tío se la follaba sobre los sacos. El humor sucio no se le iba: pensó que si alguien abría la puerta en ese momento se encontraba con la oferta especial del día… y se rio bajito, acariciándole el pelo a Laura.

—Así se hace, putita mía. Pídele más. Que el almacén se entere de lo bien que te follan. Y cuando te corras… grita mi nombre también. Quiero oírlo.

Laura apretó el culo contra las embestidas de Pablo, el coño contrayéndose, y gimió alto, pidiendo sin vergüenza:

—¡Más fuerte, Pablo! ¡Rómpeme! ¡Carlos… joder, Carlos, míralo cómo me usa! ¡Sí, ahí… más… más…!

El ritmo no bajaba. Pablo la tenía clavada contra los sacos, sudoroso, los músculos del abdomen marcados, y cada estocada hacía que las tetas de Laura se balancearan cubiertas de semen. Carlos ya se estaba endureciendo otra vez solo de mirar, la mano volviendo a su polla, alimentando la tensión que aún no se resolvía del todo. Había más por sacar de aquella tarde de almacén, y los tres lo sabían mientras el foco seguía zumbando y las cajas temblaban al ritmo de las embestidas.

El ritmo de Pablo no aflojaba ni un milímetro. Cada embestida clavaba su polla gruesa hasta el fondo del coño empapado de Laura, haciendo que los sacos de cemento crujieran y que las tetas de ella, todavía brillantes con el semen de Carlos, se balancearan pesadas y sucias. Ella empujaba el culo hacia atrás con ganas, riendo entre gemidos como si estuviera en la mejor fiesta del barrio en vez de a cuatro patas en un almacén polvoriento.

—¡Joder, sí… ahí… más fuerte, chaval! —jadeó Laura, la voz rota de placer—. Se me está poniendo todo tenso… Carlos, míralo… se me va a salir el alma…

Carlos, ya semi-duro otra vez, se inclinó y le capturó la boca en un beso voraz, lleno de lengua y saliva, mientras Pablo la martilleaba sin piedad. El contraste era delicioso: la polla ajena destrozándole el coño y los labios de su marido devorándola. Laura se corrió con un grito ahogado contra la boca de Carlos, el cuerpo entero temblando, el coño contrayéndose en oleadas brutales que apretaban la verga de Pablo como un puño mojado. Sus jugos chorrearon por los muslos, salpicando los sacos, y ella soltó una carcajada entrecortada de puro alivio.

—¡Hostia puta, qué corrida! —se rio ella, todavía convulsionando—. Parecía que me iban a saltar los tornillos del coño…

Pablo gruñó, sudoroso, los músculos del abdomen marcados bajo la camiseta subida. No paró. Al contrario: agarró más fuerte las caderas de Laura, le dio una palmada sonora en el culo y aceleró, embistiéndola con embestidas cortas y profundas mientras ella seguía temblando en el afterglow. Carlos la besaba con pasión, mordiéndole el labio inferior, chupándole la lengua, susurrándole suciedades entre risitas.

—Así, amor… déjalo que te llene… quiero ver cómo se te desborda la leche de otro tío… joder, qué puta más rica eres…

Laura gimió alto contra su boca, empujando el culo contra Pablo. El dependiente soltó un «me corro, joder» ronco y se enterró hasta las bolas, la polla latiendo con fuerza. Se corrió dentro de ella a chorros espesos y calientes, llenándole el coño hasta que el semen empezó a escaparse por los bordes, goteando blanco y cremoso por sus labios hinchados y bajando por el muslo. Cada pulsación hacía que Laura soltara un gemido suave y una risa baja, saboreando la sensación de ser rellenada mientras su marido le comía la boca como si quisiera robarle el aliento.

—Mmm… sí… échalo todo, Pablo… se me está desbordando… Carlos, siento cómo me llena… qué rico, joder…

Pablo se quedó clavado un momento, jadeando, las manos aún aferradas a las nalgas de Laura, y luego se retiró despacio. Su polla salió con un pop húmedo, seguida de un hilillo generoso de semen que resbaló por el coño abierto de ella y manchó aún más los sacos de cemento. Los tres se quedaron ahí unos segundos, respirando agitados, el foco del techo zumbando como si aplaudiera la escena. El olor a sexo, sudor y pintura barata flotaba denso.

Carlos se separó del beso con una sonrisa torcida, se pasó el dorso de la mano por la boca y miró el desastre entre las piernas de su mujer. No pudo evitar soltar una carcajada baja.

—Mira eso… el almacén va a necesitar una limpieza profunda. Pablo, tío, le has dejado el coño hecho un mejunje de ferretería. Laura, estás goteando como un grifo roto.

Laura se rio a carcajadas, todavía a cuatro patas, y se giró despacio para sentarse en el saco, las piernas abiertas sin vergüenza, el vestido arremangado, las tetas brillantes de semen seco y fresco. Se pasó dos dedos por el coño, recogió un poco de la mezcla de jugos y se los chupó con un guiño obsceno.

—Qué rico sabe… mitad tuyo, mitad de este chavalote. Dios, qué tarde más absurda. ¿Quién iba a decir que veníamos a por tornillos y terminamos con la mercancía especial dentro?

Pablo se rio, todavía con la polla semidura colgando, y se subió el pantalón a medias, la cremallera abierta. Se pasó una mano por el pelo sudado, las mejillas rojas, pero con esa sonrisa de chaval que no se cree la suerte que acaba de tener.

—Joder… ustedes dos son de otra liga. Nunca me había corrido así en el trabajo. Pensé que me iba a dar un yuyu entre las cajas.

Laura se levantó tambaleante, las piernas temblorosas, y se bajó el vestido con torpeza cómica, intentando tapar el desastre. Carlos le ayudó, riéndose mientras le subía las bragas —ya inútiles, empapadas y torcidas— y le limpiaba un poco el escote con el borde de su propia camiseta.

—Venga, limpiaos un poco antes de que parezcamos que salimos de una porno barata de ferretería —dijo Carlos, abrochándose los pantalones con dedos torpes—. Si entra alguien ahora mismo se lleva el susto de su vida… o se une a la fiesta.

Los tres se arreglaron entre risas y manoseos juguetones. Laura se peinó el pelo con los dedos, se ajustó el sujetador que ya no tapaba gran cosa y se limpió las muslos con un trapo polvoriento que encontró en el mostrador. Pablo se abrochó del todo, aunque el bulto seguía marcado, y recogió un par de facturas caídas para disimular. El humor de la situación los tenía a todos con la risa fácil: el contraste entre el almacén cutre y lo que acababan de hacer era demasiado bueno.

Laura se acercó a Pablo, le dio un beso juguetón en los labios —rápido, con un chasquido y un mordisco suave— y le apretó el pecho a través de la camiseta.

—La próxima vez trae más mercancía —le dijo con esa sonrisa pícara, guiñándole un ojo—. Y no me refiero a los tornillos, eh. Quiero más de esto… y que Carlos mire otra vez. Has estado de puta madre, chico grande.

Pablo se rio, rojo hasta las orejas, y le dio un palmada suave en el culo.

—Cuando quieras. El almacén está abierto… y yo también. Joder, qué mujer.

Carlos se acercó, le dio un apretón de manos a Pablo —cómico después de lo que habían compartido— y luego tomó la mano de Laura. Los tres salieron del cuarto de inventario todavía riéndose bajito, el olor a sexo pegado a la piel. El pasillo trasero estaba vacío, el ventilador girando perezoso. Laura caminaba un poco cojeando, apretando los muslos para no gotear demasiado, y Carlos le susurraba al oído.

—En casa vamos a tener que inventarnos que se nos cayó la pintura encima o algo. «Cariño, ¿por qué hueles a sexo y a cemento?». «Ah, es que en el almacén había ofertas especiales…».

Laura soltó una carcajada que resonó entre las estanterías.

—Le contaremos a la vecina que compramos un taladro industrial… y que lo probamos a fondo. Joder, Carlos, tengo el coño hecho un desastre y las piernas de gelatina. Esto lo vamos a repetir sí o sí. La próxima semana… ¿otra vez aquí o buscamos una tienda de muebles?

—Donde sea, putita mía —respondió él, apretándole la mano y dándole un beso en la sien mientras salían al pasillo principal—. Mientras yo pueda mirar cómo te follan y luego follarte yo… me da igual que sea entre tornillos o entre sofás. Eres lo mejor que me ha pasado.

Pablo los acompañó hasta la puerta del almacén, todavía sonriendo como un tonto feliz, y les hizo un saludo con la mano.

—Cualquier cosa… ya sabéis dónde encontrarme. Y traed ese vestido otra vez, por favor.

Laura le devolvió el saludo con un beso volado y un movimiento de cadera exagerado que hizo reír a los tres. Carlos y ella salieron tomados de la mano bajo el sol de la tarde, el carrito vacío chirriando detrás, bromeando en voz baja sobre lo que inventarían en casa y sobre lo pronto que volverían a repetir la aventura. El semen de Pablo todavía le resbalaba un poco por el muslo a Laura bajo el vestido, un recordatorio caliente y sucio, y ella apretó la mano de su marido con complicidad, el corazón todavía acelerado, la risa fácil en los labios.

El almacén se quedó atrás, con sus cajas y su foco zumbón, y ellos caminaron hacia el coche riendo como dos cómplices que acababan de robarse el mejor secreto del barrio.

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