Probando el Traje Prohibido de su Mejor Amiga

Laura, de 28 años, se prueba el ajustado traje de látex de su mejor amiga Valeria, de 30, y termina siendo follada por ella con arnés y tijeras hasta

24 min read September 14, 2026New

Soy Laura, diseñadora gráfica de veintiocho años, y vivo sola en un piso pequeño del centro desde que dejé el estudio compartido. Valeria es mi mejor amiga desde hace casi una década: abogada de treinta años, exitosa, de voz baja cuando quiere y de risa alta cuando se le escapa. Ese viernes me dejó las llaves de su apartamento porque se iba de viaje de negocios hasta el domingo. “Quédate, usa lo que quieras, come lo que haya”, me dijo al despedirse con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Yo sonreí y fingí que no notaba el calor en la nuca.

El sábado por la mañana, con el café todavía caliente, abrí su armario buscando una chaqueta. Entre blazers y faldas estaba el traje. Ella me lo había confesado una noche de vino, hace meses: un body de látex negro ultraajustado, brillante, con cremallera frontal desde el cuello hasta la entrepierna. “Solo para mis fantasías lésbicas más secretas”, había dicho, mirándome a los ojos un instante de más. Yo me había reído entonces. Ahora lo saqué con las manos temblando.

Me desnudé frente al espejo de cuerpo entero de su habitación. El látex se pegó a mi piel como una segunda capa húmeda. Tiraba de las tetas, marcaba los pezones duros, se clavaba entre los labios de mi coño y me obligaba a abrir un poco las piernas para acomodarlo. Me miré. El brillo negro hacía que mi culo se viera redondo y disponible. Imaginé sus manos —las de Valeria, largas, de uñas cortas— recorriéndome por encima del material, abriéndome la cremallera, metiéndome los dedos. Mi coño se humedeció de inmediato. Sentí el calor resbalar y el látex se volvió resbaladizo ahí abajo. Me toqué por encima, un roce torpe, y gemí bajito. “Joder, Valeria…”, susurré al espejo, y me masturbé un poco más, frotando el clítoris hinchado a través del material hasta que las piernas me temblaron.

No oí la puerta. Solo el ruido de la maleta al caer y su voz:

—Laura.

Me giré. Valeria estaba en el umbral, abrigo todavía puesto, el pelo recogido del viaje. Sus ojos bajaron por mi cuerpo enfundado y se oscurecieron. No se enfadó. Dio un paso adentro, cerró la puerta del dormitorio con el pie y se quitó el abrigo sin dejar de mirarme.

—Llevaba meses fantaseando exactamente con esto —dijo, voz ronca—. Contigo en mi traje. ¿Puedo tocarte?

El pecho me subía y bajaba. Tragué saliva.

—Sí. Por favor, sí.

Se acercó. Sus dedos rozaron primero el hombro, luego bajaron por el pecho, deteniéndose en un pezón marcado. Apretó suavemente a través del látex y yo arqueé la espalda.

—Llevo años deseándote —confesé, la voz rota—. Desde antes de que me lo dijeras del traje. Quería que me follaras. Que me usaras.

Ella soltó una risa baja, casi un gruñido, y me agarró la nuca para besarme. El beso fue hambre pura: lengua, dientes, saliva. Yo le abrí la boca y le chupé el labio inferior mientras sus manos bajaban a mi culo y lo apretaban con fuerza, levantándome un poco contra ella. Sentí su pubis rozarme a través de la tela de su falda y del látex. La cremallera del body crujió cuando empezó a bajarla despacio, centímetro a centímetro, dejando al aire mi piel sudorosa y mis tetas libres. Gemí contra su boca:

—Sí… quítamelo. Fóllame aquí mismo. Te quiero dentro, Valeria. Ahora.

Me lo quitó con una lentitud deliberada, casi cruel. El látex se despegó de mis muslos con un sonido húmedo. Me empujó suavemente hacia la cama y me tumbó de espaldas. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, se quitó la blusa y el sujetador sin prisa, y bajó la cara hasta mi coño. Me olió primero, respiración caliente, y después me lamió de abajo arriba, una sola pasada larga que me hizo levantar las caderas.

—Estás empapada —murmuró contra mi clítoris—. Qué puta tan mojada para tu mejor amiga.

Metió dos dedos de golpe mientras chupaba el bultito hinchado. Los curvaba hacia arriba, frotando ese punto que me hacía ver estrellas, y yo le agarré el pelo con las dos manos, empujándola más. No paraba: chupaba, bebía, me follaba con los dedos hasta el fondo. El sonido era obsceno, chapoteo y gemidos. Sentí la primera oleada subirme por la barriga.

—Me corro… Valeria, me corro—

Exploté contra su boca, contracciones fuertes, chorros que ella lamió sin perder ni una gota. Me temblaban las piernas cuando me soltó y se incorporó. Abrió el cajón de la mesita y sacó el arnés negro y un consolador grueso, venoso, del color de la carne. Se lo ajustó sobre las bragas, la polla artificial apuntándome ya erecta. Me miró a los ojos.

—¿Quieres que te la meta?

—Sí. Fóllame. Hazme tuya.

Me puso a cuatro patas en el colchón. Noté la cabeza gruesa empujar mi entrada mojada y luego entrar de un solo empujón profundo. Grité su nombre. Me llenó por completo; el látex del arnés golpeaba mi culo con cada embestida. Ella me agarró del pelo, tiró hacia atrás hasta arquearme la espalda, y empezó a follarme con fuerza rítmica, profunda, susurrándome al oído:

—Mira qué puta estás. Toda mojada y abierta solo para mí. Llevas años queriendo mi polla, ¿verdad? Dilo.

—Sí… tu puta… fóllame más fuerte… joder, Valeria—

Cada embestida me sacudía las tetas. Metía la mano por debajo y me rozaba el clítoris todavía sensible. Me corrí otra vez, gritando contra la almohada, el coño apretándole el consolador en espasmos. Ella no paró hasta que yo estuve blanda y temblando. Entonces se salió, se quitó el arnés con manos torpes de urgencia y me giró para ponerme de lado. Se colocó enfrente, una pierna sobre mi cadera, y juntó nuestros coños empapados. Empezamos a frotar. Labios contra labios, clítoris rozando clítoris, resbaladizos de mis jugos y de su saliva. Empujábamos con las caderas, agarrándonos de las tetas, de los culos, de lo que pilláramos. El roce era brutal y delicioso; cada movimiento me sacaba un gemido agudo.

—Así… más fuerte… juntos—

Las dos apretamos al mismo tiempo. Sentí su coño contraerme contra el mío, los fluidos mezclándose, el calor subiendo otra vez. Grité cuando el orgasmo nos atravesó a las dos: ella jadeando mi nombre, yo clavándole las uñas en el muslo, temblando sin control mientras seguíamos frotándonos hasta que nos dolió de tan bien que estaba.

Caímos juntas, sudorosas, el pecho subiendo y bajando. Valeria me acarició el pelo húmedo y me besó la frente, después la boca, lenta. Todavía teníamos los muslos pegados, resbaladizos.

—No he terminado contigo —susurró contra mis labios—. Esta noche no sales de esta cama. Y mañana tampoco. Tengo más juguetes. Y más ganas de verte llorar de placer con mi nombre en la boca.

Yo sonreí, exhausta y ya otra vez caliente entre las piernas, y le mordí el hombro con suavidad.

—Entonces no pares. Quiero todo lo que me quieras dar.

Fuera empezaba a anochecer. El traje de látex seguía tirado en el suelo, brillante y olvidado. Valeria extendió la mano hacia el cajón otra vez, y yo sentí cómo se me humedecía el coño solo de imaginar qué sacaría después.

Soy Laura, y el pecho todavía me subía y bajaba como si hubiera corrido una maratón cuando Valeria abrió de nuevo el cajón de la mesilla. El cajón crujió y ella sacó algo que hizo que mi coño se contrajera solo de verlo: un segundo consolador, más grueso que el primero, negro mate, con una base ancha y una curva pronunciada, y junto a él un bote de lubricante espeso y un par de esposas de cuero forradas de piel. Me miró por encima del hombro, el pelo suelto ahora, pegado a las sienes por el sudor, y sonrió con esa media sonrisa que siempre me había puesto nerviosa en las cenas de amigas.

—Dijiste que querías todo —murmuró—. Así que te voy a dar todo. ¿Todavía sí?

—Sí —contesté sin dudar, la voz ronca—. Quiero que me uses hasta que no pueda hablar.

Ella se inclinó y me besó otra vez, lenta esta vez, saboreándome la boca como si fuera la primera. Sus tetas rozaron las mías, pezones duros contra pezones todavía sensibles, y sentí cómo se me humedecía otra vez el coño solo con ese contacto. Me puso de rodillas en el borde de la cama, de espaldas a ella, y me esposó las muñecas a la cabecera de metal. El cuero era suave pero firme; cuando tiré, no cedió. Valeria se colocó detrás, desnuda, el arnés aún puesto pero sin el consolador anterior. Lo sustituyó por el negro grueso, lo engraso con generosidad y lo frotó entre mis nalgas, dejándolo resbalar por mi coño abierto y luego subiendo hasta el culo.

—Mírate —dijo al oído, una mano en mi nuca obligándome a mirar el espejo del armario—. Mi mejor amiga de veintiocho años, esposada, con el culo en pompa y el traje de látex tirado en el suelo como si no importara. ¿Quién iba a decir que eras tan puta para mí?

Gemí cuando la cabeza del juguete empujó mi entrada. Estaba tan hinchada y resbaladiza que entró de un solo golpe profundo, hasta la base. Me llenó de una forma distinta, más gruesa, estirándome hasta el límite. Valeria no esperó: empezó a follarme con embestidas largas y potentes, agarrándome de las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Cada embestida hacía que las esposas tiraran de mis muñecas y que mis tetas se sacudieran hacia adelante. El sonido era obsceno —piel contra piel, el chapoteo de mis jugos, su respiración caliente en mi nuca.

—Más fuerte —supliqué—. Joder, Valeria, fóllame como si me odiaras.

Ella rió bajo y aceleró. Una mano se deslizó por debajo y me encontró el clítoris hinchado, lo pellizcó y lo frotó en círculos rápidos mientras me embestía. Yo empujaba hacia atrás al mismo ritmo, buscando más profundidad, más fricción. El orgasmo me llegó de golpe, sin aviso: el coño se me cerró alrededor del consolador en espasmos violentos y grité su nombre contra la almohada, las piernas temblando tanto que casi me caigo. Ella no se detuvo. Siguió follándome a través de las contracciones, susurrándome puta, mi puta, mi zorra de látex, hasta que el placer se volvió casi doloroso y tuve que pedirle que parara un segundo.

Se salió despacio, me soltó las esposas y me giró para tumbarme de espaldas. Mis muñecas estaban enrojecidas, un recordatorio delicioso. Valeria se quitó el arnés por fin, lo dejó caer al suelo junto al body de látex, y se subió a la cama a horcajadas sobre mi cara. Su coño estaba empapado, los labios hinchados y brillantes, el clítoris asomando. Me miró desde arriba, con esa expresión seria de abogada que de repente se volvía salvaje.

—Lámeme. Quiero correrme en tu boca mientras te frotas.

Obedecí al instante. La agarré del culo y la bajé sobre mi lengua. Su sabor era intenso, salado y dulce a la vez, mezclado con el mío de antes. Chupé su clítoris con ganas, metí la lengua dentro, bebí de ella mientras ella se balanceaba sobre mi cara, frotándose sin vergüenza. Con una mano me toqué yo misma, dos dedos dentro de mi coño todavía abierto y sensible, el pulgar en el clítoris. Valeria se inclinó hacia adelante, se agarró al cabecero y empezó a gemir más alto, empujando su coño contra mi boca con más fuerza.

—Así… sí, Laura… chúpame más fuerte… joder, qué bien chupas…

Sentí cómo se le tensaban los muslos. Se corrió con un gemido largo y tembloroso, el coño palpitándome contra la lengua, un chorrito caliente que yo tragué sin dudar. Antes de que se le pasara del todo, se deslizó hacia abajo y juntó otra vez nuestros coños. Esta vez fue más lento, más deliberado: labios abiertos contra labios abiertos, clítoris rozando clítoris con cada vaivén de cadera. Nos miramos a los ojos mientras frotábamos. Sus manos en mis tetas, las mías en su culo, apretando, marcando. El roce era tan resbaladizo y preciso que cada movimiento me sacaba un jadeo.

—Llevo diez años queriéndote así —confesó ella entre gemidos—. Cada vez que te abrazaba de despedida me mojaba. Cada vez que te veía en falda imaginaba meterte la cara entre las piernas.

—Yo también —admití, la voz rota—. Me tocaba pensando en ti. En tu boca. En que me follaras con el arnés hasta que llorara.

Aceleramos. Las caderas chocaban, los fluidos se mezclaban en un sonido húmedo y constante. El segundo orgasmo nos pilló a las dos casi a la vez: ella arqueó la espalda y gritó mi nombre, yo le clavé las uñas en los muslos y me corrí con contracciones tan fuertes que se me nubló la vista. Seguimos frotándonos unos segundos más, hasta que el exceso de sensibilidad nos obligó a parar, riéndonos bajito, sudorosas, los cuerpos pegados.

Valeria se tumbó a mi lado y me acarició el vientre con la yema de los dedos, bajando despacio hasta mi coño y metiendo un dedo solo para sentirme latir. Yo le devolví el gesto, deslizando dos dedos dentro de ella y curvándolos. Nos masturbamos así un rato, lentas, mirándonos, besándonos de vez en cuando. El cuarto orgasmo fue más suave, una ola que nos recorrió a las dos mientras gemíamos dentro de la boca de la otra.

Cuando recuperamos el aliento, ella se levantó y fue al baño. Volvió con un vaso de agua y una toalla húmeda. Me limpió con ternura entre las piernas, me dio de beber, me besó los pezones todavía duros. Luego sacó del cajón un plug anal de cristal, grueso y con una joya negra en la base, y un bote de lubricante más espeso.

—Todavía no hemos terminado —dijo, y su voz ya tenía otra vez ese filo de hambre—. Quiero metértelo y follarte con el arnés al mismo tiempo. Quiero verte llena de mí por delante y por detrás. ¿Me dejas?

El coño se me contrajo solo de imaginarlo. Asentí, la respiración ya acelerada otra vez.

—Hazlo. Quiero sentirte en todas partes. No pares hasta que me rompas.

Valeria sonrió, se colocó entre mis piernas abiertas y empezó a preparar el plug con lubricante abundante. Me miró a los ojos mientras lo acercaba a mi culo, y yo levanté las caderas para ofrecérmele mejor. El frío del cristal me hizo estremecer; la presión inicial me arrancó un gemido largo. Ella lo empujó despacio, centímetro a centímetro, susurrándome lo bien que lo estaba tomando, lo puta que me veía abriéndome para ella. Cuando el ensanchamiento más grueso pasó y el plug se asentó, la joya fría contra mi piel, sentí una plenitud que me dejó sin aire.

Ella se ajustó de nuevo el arnés, esta vez con el consolador venoso de carne, lo engraso y lo posó en la entrada de mi coño. Me miró una última vez.

—Dime que lo quieres.

—Lo quiero —jadeé—. Métela. Fóllame llena. Por favor, Valeria.

Empujó. Entró de un solo movimiento profundo y yo grité, el doble de llenura casi demasiado. Empezó a moverse, lento al principio, luego más fuerte, el arnés golpeando el plug con cada embestida. Me agarró de las muñecas y me las pinó sobre la cabeza, follándome con todo el peso, sus tetas rozando las mías, la boca en mi cuello, mordiendo y chupando. Cada embestida me sacudía entera. El plug se movía dentro de mí con el ritmo, creando una fricción interna que me volvía loca. Me corrí otra vez, gritando, el coño y el culo apretando a la vez, y ella no se detuvo; siguió embistiendo a través del orgasmo, susurrándome que iba a follarme toda la noche, que mañana me despertaría con su boca entre las piernas, que el traje de látex lo íbamos a usar otra vez, pero esta vez ella se lo pondría y yo la chuparía a través de la cremallera.

Fuera ya era de noche cerrada. El body negro seguía en el suelo, brillando bajo la luz de la lámpara. Valeria se salió despacio, me dejó el plug puesto y se tumbró a mi lado, acariciándome el clítoris con dos dedos perezosos mientras yo temblaba todavía. Me besó la oreja y susurró:

—Descansa cinco minutos. Después te voy a atar las piernas abiertas y voy a usar el vibrador grande hasta que me ruegues que pare. Y no voy a parar. ¿Entendido?

Yo sonreí contra su hombro, ya otra vez mojada, el plug moviéndose cada vez que respiraba, y le mordí el pezón con suavidad.

—Entendido. No pares nunca. Quiero que esta noche me conviertas en tu puta completa.

Ella rió bajito, la mano todavía entre mis piernas, y alargó el brazo hacia el cajón una vez más. Yo cerré los ojos un segundo, el corazón latiéndome en la garganta, y esperé lo que viniera después, sabiendo que el fin de semana apenas había empezado y que Valeria aún tenía muchas ganas de hacerme llorar de placer.

Soy Laura, y el pecho me latía tan fuerte que casi no oía el crujido del cajón cuando Valeria metió la mano otra vez. Sacó un vibrador negro grueso, de esos de cabeza redonda y varias velocidades, más un par de correas de cuero suave con hebillas. Me miró con esa sonrisa de hambre que ya me conocía el cuerpo mejor que yo misma.

—Cinco minutos se acabaron —susurró—. Abre las piernas. Quiero verte completamente expuesta.

Obedecí sin dudar. Ella me ató cada tobillo a una pata de la cama, las correas firmes pero cuidadosas, y tiró hasta que mis muslos quedaron abiertos del todo, el plug de cristal brillando entre mis nalgas y mi coño hinchado, todavía goteando. El aire fresco me rozó ahí abajo y me estremecí. Valeria se arrodilló entre mis piernas abiertas, encendió el vibrador en la velocidad más baja y lo pasó primero por mis pezones duros, haciendo que se me arqueara la espalda.

—Mira cómo te late el clítoris solo de oírlo —dijo, bajando el juguete por mi vientre—. Treinta años y nunca había tenido a nadie tan puta y tan mía. Dime qué quieres que te haga, Laura.

—Fóllame con eso hasta que llore —jadeé—. No pares aunque te lo pida. Quiero correrme hasta no poder más.

Ella sonrió y apoyó la cabeza redonda justo sobre mi clítoris hinchado. El zumbido bajo me recorrió entero; apreté el plug sin querer y gemí alto. Valeria lo movió en círculos lentos, presionando más y más, mientras con la otra mano me metía dos dedos en el coño y los curvaba hacia ese punto que me volvía loca. El lubricante y mis jugos hacían un sonido obsceno. Yo tiraba de las correas, las caderas subiendo solas, buscando más.

—Más fuerte… joder, Valeria, súbelo—

Subió la velocidad. El vibrador zumbaba ahora como un motor contra mi clítoris; ella lo apretaba y lo soltaba, me follaba con los dedos al mismo ritmo. El plug se movía dentro de mí con cada contracción. Sentí el orgasmo subir rápido, caliente, inevitable.

—Me corro… ay, mierda, me corro—

Exploté gritando su nombre, el coño apretándole los dedos en espasmos, un chorro caliente que mojó la sábana. Ella no quitó el vibrador. Lo mantuvo ahí, en la velocidad alta ahora, frotando sin piedad mientras yo temblaba y pedía aire. El placer se volvió casi demasiado; lloré de verdad, lágrimas de exceso corriendo por las sienes, y ella se inclinó a lamerlas.

—Eso es… llora para mí. Mi diseñadora de veintiocho años, atada y llorando porque su mejor amiga no para de follarle el clítoris. Qué hermosa te ves así.

Seguió. Me corrí otra vez casi sin intervalo, las piernas sacudiéndose contra las correas, el plug empujado hacia adentro por las contracciones. Valeria apagó el vibrador solo un segundo, lo engraso de nuevo y lo empujó dentro de mi coño hasta la base. Lo encendió ahí dentro. El zumbido profundo me llenó entero; ella lo movía entrando y saliendo mientras chupaba mi clítoris sensible. Yo ya no formaba palabras, solo gemidos rotos y su nombre.

—Dilo —ordenó entre lamidas—. Di que eres mi puta de látex.

—Soy tu puta… tu zorra… fóllame más… no pares—

Me folló así hasta un tercer orgasmo que me dejó sin voz, la vista nublada, el cuerpo entero en arco. Solo entonces apagó el juguete y lo sacó despacio. Me soltó las correas de los tobillos, me masajeó los muslos enrojecidos y se subió a caballo sobre mi cara otra vez, pero esta vez de espaldas, en 69. Su coño empapado bajó sobre mi boca al mismo tiempo que ella se inclinaba a lamer el mío.

—Chúpame mientras yo te limpio —murmuró contra mi clítoris—. Quiero saborear lo que te hice.

Abrí la boca y la bebí. Su sabor salado y dulce me llenó la lengua; metí la lengua dentro, chupé el clítoris hinchado, agarré su culo con las dos manos y la apreté contra mi cara. Ella me lamía con hambre, metiendo la lengua junto al plug, chupando mis labios abiertos, metiendo dedos y sacándolos brillantes. Nos movíamos juntas, caderas empujando, gemidos vibrando contra la carne mojada. Sentí cómo se le tensaban los muslos; se corrió en mi boca con un gemido largo, un chorrito que tragué entero mientras ella seguía chupándome. El roce de su lengua y el plug todavía dentro me empujaron a otro orgasmo suave pero profundo, las piernas envueltas alrededor de su cabeza.

Cuando se bajó, estábamos las dos temblando y riendo bajito, sudorosas, el pelo pegado a la cara. Valeria me besó con sabor a las dos, lenta, y se estiró hacia el suelo. Agarró el body de látex negro, todavía brillante, y me lo mostró.

—Quiero que te lo pongas otra vez. Solo la parte de arriba, cremallera a medio abrir. Y yo me voy a poner el arnés con el grueso. Te voy a follar de pie, contra el espejo, mirándote mientras te la meto.

El coño se me contrajo solo de oírlo. Me levanté temblorosa; ella me ayudó a meter los brazos en el látex. El material frío se pegó a mis tetas sudorosas, marcando los pezones, la cremallera abierta hasta debajo del pecho. Me miré en el espejo: veintiocho años, el culo desnudo, el plug con la joya negra, el body a medias, y Valeria detrás ajustándose el arnés con el consolador venoso grueso ya lustroso de lubricante.

—Mírate —dijo al oído, una mano en mi garganta suave—. Mi mejor amiga en mi traje prohibido, llena por detrás y a punto de ser follada otra vez. ¿Quién diría que eras tan fácil para mí?

Me empujó contra el espejo de cuerpo entero. El cristal frío me tocó los pezones a través del látex. Ella separó mis muslos con la rodilla, alineó la cabeza gruesa en mi entrada y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Grité contra el cristal. El plug y la polla artificial me llenaban de una forma brutal; cada embestida hacía que el juguete del culo se moviera y que mis tetas se aplastaran contra el espejo. Valeria me agarró del pelo, me obligó a mirarnos, y empezó a follarme con fuerza rítmica, profunda, el arnés golpeando mis nalgas.

—Así… mira cómo te la comes entera. Llevas años queriendo esto, ¿verdad? Decírtelo al oído en las cenas, tocarte debajo de la mesa…

—Sí… joder sí… fóllame más fuerte… soy tuya—

Aceleró. Una mano se metió por delante y frotó mi clítoris hinchado al mismo tiempo que embestía. El doble de estimulación me volvió loca; el látex crujía, el espejo se empañaba con mi aliento, el sonido de piel contra látex y el chapoteo de mi coño llenaban la habitación. Me corrí gritando, el orgasmo tan fuerte que se me doblaron las rodillas; ella me sostuvo por la cintura y siguió follándome a través de las contracciones, susurrándome puta, mi zorra de látex, que iba a correrme otra vez y otra.

Cuando por fin se salió, me dio la vuelta, me bajó de rodillas y me puso la polla artificial brillantes de mis jugos en la boca.

—Límpiala. Chúpala como si fuera mía de verdad.

Obedecí. La chupé profunda, saboreándome a mí misma, mirándola a los ojos mientras ella me acariciaba el pelo. El plug todavía me llenaba el culo; cada movimiento me recordaba lo abierta que estaba. Valeria gimió al verlo y me levantó otra vez.

—A la cama. Quiero las tijeras otra vez, pero esta vez con el plug y el vibrador en tu clítoris al mismo tiempo. Voy a frotar nuestros coños hasta que no sepas dónde empiezas tú y termino yo.

Me tumbó de lado, se colocó enfrente, una pierna sobre mi cadera, y juntó nuestros coños empapados. El plug se notaba con cada roce. Ella encendió el vibrador pequeño y lo puso entre nosotras, justo donde los clítoris se tocaban. El zumbido nos recorrió a las dos; empezamos a empujar, labios contra labios, fluidos mezclándose, el juguete atrapado en medio. Nos agarramos de las tetas, de los culos, nos besamos con lengua y dientes. El roce era brutal, resbaladizo, perfecto.

—Diez años… —jadeó ella—. Diez años deseando follarte así. Cada abrazo, cada mirada… me mojaba pensando en meterte la cara entre las piernas y no dejarte salir.

—Yo me tocaba en casa… imaginando tu arnés… tu boca… que me usaras hasta no poder caminar—

Aceleramos. Las caderas chocaban, el vibrador zumbaba sin parar, el plug se movía dentro de mí. El orgasmo nos llegó juntos, violento: ella arqueó la espalda y gritó mi nombre, yo le clavé las uñas en la espalda y me corrí con contracciones que me sacudieron entero, un chorro que mojó el vibrador y sus muslos. Seguimos frotándonos unos segundos más, hasta que la sensibilidad nos obligó a parar, riéndonos y gimiendo a la vez, los cuerpos pegados, el látex aún brillando en mi pecho.

Valeria apagó el juguete, me besó la frente sudorosa y me acarició el coño con dedos perezosos, sintiendo cómo todavía latía. El plug seguía dentro; ella lo empujó un poco solo para hacerme gemir.

—Descansa un minuto —susurró contra mi boca—. Después te voy a quitar el plug con la boca, te voy a lamer el culo hasta que tiembles, y te voy a follar otra vez con el arnés mientras te meto los dedos en la garganta. Y si te portas muy bien… te pondré el traje completo otra vez y te sacaré fotos solo para mí. ¿Quieres eso, Laura?

El coño se me humedeció otra vez solo de imaginarlo. Sonreí, exhausta y ya otra vez caliente, y le mordí el labio inferior.

—Quiero todo. No pares. Conviérteme en tu puta completa esta noche y mañana también. El fin de semana es nuestro.

Ella rió bajito, esa risa baja y peligrosa, y alargó la mano hacia el cajón una vez más. Saqué un consolador doble, flexible y grueso, y un bote de aceite de masaje que olía a vainilla. Me miró con los ojos oscuros de deseo puro.

—Entonces agárrate. Porque lo que viene ahora te va a dejar sin voz hasta el domingo.

Fuera la noche era total. El body de látex brillaba en el suelo a medias, mis muñecas y tobillos marcados de las correas, el plug todavía dentro moviéndose con cada respiración. Valeria se inclinó a besarme otra vez, lenta y profunda, y yo sentí cómo el calor me subía otra vez entre las piernas, sabiendo que apenas habíamos empezado y que ella aún tenía muchas ganas de hacerme llorar de placer con su nombre en la boca.

Soy Laura, y el aceite de vainilla olió dulce cuando Valeria lo derramó sobre mis pechos todavía cubiertos a medias por el látex. Sus manos resbalaron por mis tetas, apretando los pezones a través del material brillante, y yo arqueé la espalda ofreciéndome. El consolador doble —flexible, grueso, del color de la carne— descansaba entre nosotras. Ella lo engrasó con gestos lentos, mirándome a los ojos.

—Ábrete para las dos —ordenó con voz ronca—. Quiero metértelo y metérmelo al mismo tiempo. Quiero sentir cómo te estiras mientras yo me estiro contigo.

Asentí, la respiración ya acelerada. Me quité el body de látex del todo; el material cayó al suelo con un sonido húmedo. Valeria me tumbó de lado, se colocó enfrente y alineó un extremo del juguete en mi entrada empapada. Empujó despacio. El grosor me abrió de golpe; gemí alto cuando entró hasta la mitad. Ella se acomodó el otro extremo en su propio coño, guiándolo con los dedos, y avanzó hasta que nuestros pubis casi se tocaron. Estábamos unidas, llenas del mismo trozo de carne artificial, labios rozando labios.

—Joder… —jadeé—. Te siento. Te siento dentro de mí y fuera a la vez.

Empezamos a movernos. Caderas empujando, el doble consolador deslizándose dentro y fuera de las dos. Cada vaivén me lo hundía más profundo y a ella también; el chapoteo era obsceno, mezclado con nuestros gemidos. Valeria me agarró del culo, me pegó más contra ella, y aceleró. El plug de cristal todavía en mi culo se movía con el ritmo, creando una plenitud triple que me volvía loca. Me corrí rápido, el coño apretando el juguete en espasmos, y ella gritó mi nombre cuando las contracciones la arrastraron también. Seguimos follándonos así, unidas, sudorosas, hasta que el exceso nos obligó a sacarlo.

Valeria no descansó. Se ajustó el arnés otra vez, esta vez con el consolador negro grueso y curvado. Me puso a cuatro patas, me quitó el plug con la boca —la lengua caliente lamiendo el agujero abierto mientras lo extraía centímetro a centímetro— y me lamió el culo con hambre, metiendo la lengua, chupando, dejándome temblando.

—Qué puta tan abierta —murmuró contra mi piel—. Diez años deseando esto y ahora te tengo goteando por los dos agujeros.

Se incorporó, alineó la polla artificial en mi coño y entró de un solo empujón brutal. Grité. Me folló con fuerza, agarrándome las caderas, el arnés golpeando mis nalgas. Una mano se deslizó por delante y frotó mi clítoris hinchado. El orgasmo me subió como una ola; grité su nombre contra la almohada mientras ella seguía embistiendo a través de las contracciones.

Me giró de espaldas, se quitó el arnés y se subió a horcajadas sobre mi cara. Su coño empapado bajó sobre mi boca.

—Bébeme otra vez. Quiero correrme en tu lengua mientras te meto los dedos.

Obedecí. La chupé con ganas, lengua dentro, clítoris entre los labios. Ella se balanceaba, frotándose sin vergüenza, y metió tres dedos en mi coño abierto, curvándolos. Nos movíamos juntas. Sentí cómo se le tensaban los muslos; se corrió con un gemido largo, un chorrito caliente que tragué entero. Antes de bajar del todo, se deslizó hacia abajo y juntó nuestros coños otra vez. Tijeras puras. Labios hinchados contra labios hinchados, clítoris rozando clítoris, fluidos mezclándose. Empujábamos con las caderas, agarrándonos de las tetas, de los culos. El roce era brutal y perfecto.

—Así… más fuerte… juntas —supliqué.

Aceleramos. El sonido húmedo llenaba la habitación. El orgasmo nos atravesó a las dos al mismo tiempo: ella arqueó la espalda y gritó, yo le clavé las uñas en los muslos y me corrí con contracciones violentas, un chorro que mojó sus piernas. Seguimos frotándonos hasta que dolió de tan bien.

Valeria se levantó temblando, recogió el body de látex y me lo puso completo otra vez. El material frío se pegó a mi piel sudorosa, la cremallera cerrada hasta la entrepierna. Me miró en el espejo: veintiocho años, brillando de negro, el culo marcado, el coño latiente bajo el látex.

—Ahora te follo con el traje puesto —dijo, ajustándose el arnés de nuevo—. Contra el espejo. Quiero que te veas mientras te la meto entera.

Me empujó contra el cristal. Bajó la cremallera solo lo justo para abrir mi entrada, alineó la cabeza gruesa y empujó hasta el fondo. Grité. El látex se tensaba alrededor de mis tetas; cada embestida hacía que el material crujiera y que mis pezones se aplastaran contra el espejo frío. Valeria me agarró del pelo, me obligó a mirarnos, y me folló con ritmo profundo y salvaje.

—Mira qué zorra eres… mi diseñadora de veintiocho años en mi traje prohibido, llena de mi polla… dilo.

—Soy tu puta… fóllame más… joder, Valeria, no pares—

Aceleró. Una mano se metió por la cremallera y pellizcó mi clítoris. Me corrí gritando, el látex empapándose por dentro, las rodillas flojas. Ella me sostuvo y siguió hasta que yo estuve blanda y llorando de placer. Entonces se salió, me bajó de rodillas y me puso la polla artificial brillante en la boca.

—Límpiala. Chúpala toda.

La chupé profunda, saboreándome a mí misma, mirándola a los ojos. Después me levantó, me tumbó en la cama y se colocó otra vez en tijera, esta vez con el vibrador atrapado entre nuestros clítoris. El zumbido nos recorrió; empujamos, frotamos, nos besamos con lengua y dientes. El último orgasmo fue lento y devastador: nos miramos a los ojos mientras reventábamos juntas, gemiendo dentro de la boca de la otra, los cuerpos sacudiéndose sin control.

Caímos sudorosas, el látex todavía pegado a mi pecho, el arnés tirado al lado. Valeria me acarició el pelo húmedo, me besó la frente, después la boca, lenta. Fuera ya rayaba el domingo. El fin de semana había sido una maratón de coños, arneses y látex.

Me miró con esa media sonrisa peligrosa, los dedos todavía entre mis piernas, sintiendo cómo latía.

—Laura… ¿te quedas el resto de la semana y me dejas follarte cada mañana con el traje puesto hasta que no sepas ni tu nombre?

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