Rendición Lenta en la Granja: Su Esposa se Entrega al Amigo del Marido
La granjera de 38 años, Selena, se entrega gustosa al enorme amigo de su marido Grant delante de él para humillarlo.
La camioneta de Bruno levantó una nube de polvo rojo al detenerse junto al porche de la granja. Grant, con cuarenta y dos años y las manos ya manchadas de grasa de tractor, bajó los escalones con una sonrisa forzada. Selena, su esposa de treinta y ocho, voluptuosa, pechos pesados bajo la camiseta ceñida y caderas que pedían a gritos ser agarradas, salió detrás de él ajustándose el delantal.
—¡Bruno, cabrón! —gritó Grant—. ¿Cuánto tiempo, tío?
Bruno bajó del vehículo: cuarenta años, hombros anchos, esa sonrisa de tiburón y el bulto imposible de disimular en los vaqueros. Selena lo miró de arriba abajo y se mordió el labio inferior, una risita escapándosele.
—Joder, Selena —dijo Bruno, abrazándola más fuerte y más largo de lo necesario—. El campo te sienta de puta madre. Estás… reventando.
Grant carraspeó. Bruno soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda.
—Tranquilo, Grant. Solo digo que si la vida sexual en el campo es tan aburrida como el paisaje, no entiendo cómo no te has muerto de tedio. ¿O es que Selena todavía se corre con tus cinco minutitos de gloria?
Selena soltó una risa coqueta, mirando a Bruno por encima del hombro de su marido.
—Ay, Bruno… no seas malo. Grant se esfuerza. A su manera. Pequeña y rápida, pero se esfuerza.
Grant se puso rojo hasta las orejas. Bruno levantó una ceja y Selena le guiñó un ojo, humillándolo con esa dulzura venenosa que solo una esposa consentida puede permitirse.
Esa misma tarde, mientras el sol empezaba a caer, Grant salió al cobertizo a pelearse con el motor del tractor. El ruido del metal y las maldiciones quedaron atrás. Dentro de la cocina, Selena cortaba tomates y Bruno se apoyaba en la encimera, observando cómo se le movía el culo bajo la falda corta.
—De verdad, Selena —murmuró él, acercándose—. ¿Nunca te has preguntado cómo se siente algo… de verdad grande?
Ella dejó el cuchillo, se giró y le miró la entrepierna sin disimulo. La risa le temblaba en la garganta.
—Joder, Bruno. Siempre. Cada vez que Grant se baja los pantalones y saca esa cosita, pienso en ti. En lo gordo que debes de tenerla. En cómo me abrirías.
Bruno se le pegó por detrás, las manos grandes rodeándole la cintura, la polla dura ya presionándole el culo a través de la ropa.
—Dilo claro, granjera.
Selena se arqueó contra él, gimiendo bajito, excitada y cómplice.
—Quiero que me folles delante de él. Que lo humilles. Que me hagas tuya mientras él se sienta ahí como el cornudo que es. Consiento. Quiero. Hazme tu puta delante de mi marido.
Bruno le mordisqueó el cuello y ella se rio, temblando de ganas.
—Trato hecho, preciosa.
Cuando Grant entró arrastrando los pies, con aceite en la frente, se encontró con ellos semidesnudos. La camiseta de Selena estaba subida hasta el cuello, los pechos pesados al aire, los pezones duros. Bruno tenía la cremallera abierta y aquella polla gruesa, venosa, de un tamaño obsceno, rozándole el muslo a ella.
Grant se quedó congelado.
—¿Qué…?
Selena se rio, limpia, caliente, sin una pizca de culpa.
—Siéntate, cariño. En esa silla. Y mira. Vas a ver cómo se folla de verdad a una mujer.
Bruno la levantó como si no pesara y la sentó en el borde de la mesa de la cocina. Le abrió las piernas, le bajó las bragas ya empapadas y se colocó entre ellas. La cabeza de aquella polla enorme empujó contra los labios hinchados de Selena.
—Míralo, Grant —jadeó ella—. Míra lo gordo que es. Vas a ver cómo me la trago entera.
Bruno empujó. Selena abrió la boca en un gemido largo mientras aquella verga le abría el coño centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta donde Grant jamás había llegado. Cuando Bruno estuvo hondo, empezó a follarla en misionero profundo, embistiendo con fuerza, la mesa crujiendo.
—¡Joder, sí! ¡Así! —gritaba Selena, mirando a su marido—. ¿Ves, Grant? ¿Ves cómo me llega hasta el fondo? Tu pollita ni se acerca. Eres pequeño. Rápido. Bruno me está abriendo como una puta.
Bruno le agarró las piernas y las puso sobre sus hombros, martilleándola más fuerte. El sonido húmedo y obsceno llenaba la cocina. Selena gemía sin parar, risitas entremezcladas con los gritos.
—Puta de granjero —gruñó Bruno, cambiando de posición—. Esposa infiel de mierda.
La bajó de la mesa, la puso a cuatro patas sobre el sofá del salón contiguo y se la embistió por detrás con toda la fuerza de las caderas. Selena aulló de placer, el culo temblando a cada golpe.
—¡Más duro! ¡Dile a mi marido lo que soy!
—Eres una puta de granjero —repitió Bruno, dándole una palmada sonora en una nalga—. Una esposa infiel que necesita polla gorda porque la de su marido no le llega ni a la mitad.
Selena miró a Grant por encima del hombro, los ojos brillantes, la boca abierta en una sonrisa viciosa.
—Es verdad, amor. Su polla es enorme. Dura. Aguanta. La tuya es pequeña y se corre en cuanto la miro feo. Joder, Bruno, no pares…
Bruno la sacó de golpe, se puso de pie delante de ella y le ofreció la verga brillante de jugos. Selena se arrodilló en el sofá y se la metió en la boca con avidez, tragándosela hasta las bolas, babas cayéndole por la barbilla, ruidos obscenos de succión. Grant oía cada gluck, cada jadeo, cada comentario que ella soltaba al retirarse un segundo:
—Sabe a macho de verdad. Tú no sabes ni a esto, Grant. Tu lechita es poca y se acaba rápido.
Volvió a engullirla, las manos de Bruno en su pelo, follándole la garganta con cuidado pero sin piedad. Cuando Selena se apartó, hilos de saliva unían su boca a aquella polla.
—Ahora súbete —ordenó Bruno.
Selena lo empujó al sofá, se montó a horcajadas y se dejó caer sobre él de un solo golpe. Gritó cuando aquella verga la llenó otra vez hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo con furia, pechos rebotando, culo chocando contra los muslos de Bruno, el coño haciendo ruidos obscenos de chapoteo.
—¡Me corro! ¡Joder, me corro en la polla grande de tu amigo! —aulló ella, mirando fijamente a Grant—. ¡Nunca… ah… nunca volveré a conformarme con tu verga ridícula! ¡Eres un cornudo! ¡Mi cornudo!
Se sacudió encima de Bruno, el orgasmo sacudiéndole todo el cuerpo, jugos chorreándole por los muslos, gritos rotos y risas entrecortadas. Bruno la agarró de las caderas, embistió hacia arriba unas cuantas veces más y se corrió dentro de ella con un rugido. La corrida fue potente, espesa, inundándola, saliéndole por los lados mientras Selena seguía moviéndose, exprimiéndole hasta la última gota, gimiendo de satisfacción.
—Dentro… todo dentro… —susurró ella, todavía sentada sobre aquella polla que latía—. Quédate así. Quiero que Grant vea cómo me goteas.
Bruno la sostuvo contra su pecho, ambos sudados y riéndose bajito, la polla todavía enterrada. Selena se giró hacia su marido, el pecho subiendo y bajando, una sonrisa perezosa y cruel en los labios.
—Fin de semana largo, cariño —dijo con voz ronca—. Y Bruno se queda. ¿Verdad, Bruno?
Bruno le dio una palmada posesiva en el culo a Selena, la verga aún dentro, y miró a Grant con esa sonrisa de tiburón.
—Claro que me quedo. Acabamos de empezar.
Bruno no se retiró. Siguió enterrado hasta las bolas dentro de Selena, la polla aún dura y latiente, mientras ella se reía contra su pecho sudado y le daba pequeños saltitos experimentales que hacían sonar el chapoteo de semen y jugos. Grant seguía petrificado en la silla de la cocina, el aceite del tractor brillándole en la frente como un ridículo maquillaje de derrota.
—Mira cómo me late dentro, cariño —ronroneó Selena, girando la cadera para que Grant viera el borde de su coño estirado alrededor de aquella verga gruesa—. Todavía me está llenando. ¿Notas la diferencia de tamaño o necesitas que te acerque la silla?
Bruno soltó una carcajada grave y le dio otra palmada en el culo a Selena, dejando la marca roja de su mano.
—Dale la vuelta, granjera. Que tu marido vea el desastre que le hemos hecho al nido conyugal.
Selena se levantó despacio, soltando un gemido cuando la polla de Bruno salió con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo espeso de corrida blanca le colgó del coño y cayó al suelo de madera. Se puso a cuatro patas en el sofá, abrió las nalgas con las dos manos y se rio mirando a Grant por entre las piernas.
—Anda, ven más cerca. Huele. Esto es lo que huele una mujer bien follada, no tus cinco minutitos de “ay cielo ya me corro”.
Grant tragó saliva y se acercó dos pasos como un perro apaleado. Bruno se arrodilló detrás de Selena, le recogió el semen con dos dedos gruesos y se lo ofreció a ella. Selena los chupó con ruiditos de porno barato, guiñándole un ojo a su marido.
—Mmm, sabroso. Bruno produce como un toro de verdad. Tú producías gotitas, amor. Gotitas de pena.
Bruno no esperó más. Volvió a clavársela de un solo embiste profundo, agarrándola de las caderas y follándola a cuatro patas con ritmo brutal de granjero que sabe manejar maquinaria pesada. La mesa del salón temblaba. Selena aullaba entre risas.
—¡Joder, qué gordo! ¡Grant, fíjate cómo me entra entero! Tu cosita ni rozaba donde él me está tocando ahora. Eres un cornudo de manual, mi cornudo favorito.
Bruno cambió el ángulo, se incorporó y le metió dos dedos en la boca a Selena para que chupara mientras la embestía. Ella baboseaba, se reía con la boca llena y hablaba igual.
—¿Ves, marido? Hasta la saliva me sale diferente cuando me follo una polla decente. Tú me dejabas seca de aburrimiento. Bruno me deja empapada y llena. ¡Ahhh, ahí, duro contra el fondo!
Grant murmuró algo ininteligible. Bruno se giró hacia él sin dejar de follar.
—Habla más alto, colega. O mejor: dile a tu esposa lo que es. Venga, practiquemos.
Selena se rio tanto que casi se le sale la polla.
—Dilo, Grant. Di “mi mujer es la puta del amigo”. Vamos, que te oiga el tractor.
Grant, rojo hasta el cuello, soltó entre dientes:
—Mi… mi mujer es la puta del amigo.
—¡Más alto y con entusiasmo, cabrón! —ordenó Bruno, dándole una nalgada sonora a Selena que la hizo gemir de placer.
—¡Mi mujer es la puta del amigo! —repitió Grant, la voz quebrada de vergüenza y una erección traidora que le tensaba los pantalones manchados de grasa.
Selena gritó de risa y de orgasmo al mismo tiempo. Se corrió otra vez, el coño contrayéndose alrededor de Bruno, chorreándole por los muslos hasta las rodillas.
—¡Me corro otra vez! ¡Dos orgasmos serios en media hora y tú en diez años me has dado como tres mediocres! Eres un fracaso erectil con patas, amor.
Bruno la sacó, se sentó en el sofá y le indicó el suelo.
—Ahora a caballo inverso. Quiero que Grant vea cómo te baja la lechita mientras me usas de poste.
Selena obedeció encantada. Se montó de espaldas a Bruno, se guió la verga enorme hasta el fondo y empezó a rebotar con las nalgas abiertas de par en par. El semen anterior salía a chorritos con cada bajada. Grant tenía la vista clavada ahí, hipnotizado y humillado.
—Cuenta las venas, cariño —jadeó ella—. Cuéntalas mientras me la enterro. Una, dos, tres… joder, ni caben en tu campo visual. Tu pollita cabe en un dedal. Esta necesita un silo.
Bruno le agarró los pechos pesados por detrás, los apretó y le pellizcó los pezones mientras ella cabalgaba como loca. El sofá crujía. Selena sudaba, reía, insultaba y gemía en el mismo aliento.
—Bruno… cuando te vayas el lunes quiero que me dejes el coño tan abierto que Grant pueda meter la mano y no toque nada. Que sienta el hueco que le has dejado a su ridícula verga. ¿Verdad que sí, cornudito?
Grant solo asintió, derrotado y excitado a partes iguales. Bruno le hizo un gesto con la cabeza.
—Trae cervezas, Grant. Del frigorífico. Y date prisa antes de que te la meta yo también por el culo de lo lento que eres.
Grant trotó a la cocina como un sirviente. Volvió con tres botellas. Bruno le arrebató una, bebió un trago largo y se lo pasó a Selena, que lo bebió sin dejar de rebotar. La cerveza le chorreó por entre los pechos. Bruno le lamió el camino y ella se rio.
—Servicio de habitación conyugal, qué lujo. Ahora arrodíllate delante y limpia lo que se derrama, marido. Con la lengua. Quiero que pruebes lo que es una corrida de verdad.
Grant se arrodilló entre las piernas abiertas de su esposa. Selena le agarró la cabeza y se la pegó al coño mientras seguía montando a Bruno. La lengua de Grant barrió el semen que goteaba, el sabor amargo y espeso de otro hombre. Selena se corrió otra vez encima de esa lengua humillada, apretándole la cara contra su coño chorreante.
—¡Así se limpia un buen cornudo! Traga, traga todo. Qué asco me das y qué rico me pones al mismo tiempo.
Bruno aprovechó el momento, la levantó en vilo como si pesara plumas, la puso contra la pared del salón y se la folló de pie, las piernas de Selena enroscadas a su cintura. Cada embiste hacía temblar el cuadro de la familia que colgaba al lado. Selena miraba a Grant por encima del hombro de Bruno y le sacaba la lengua.
—Fin de semana largo, recordad. Esta noche quiero que me la meta por el culo también. Quiero que Grant oiga cómo me abren los dos agujeros y se quede sin cena porque estaré demasiado ocupada gimiendo. ¿Verdad que sí, Bruno?
—Verdad —gruñó Bruno, acelerando—. Y mañana te follo en el tractor. Con el capó abierto y tu marido sujetándome las herramientas. Literal.
Selena soltó una carcajada rotunda que se quebró en un gemido cuando Bruno se corrió otra vez dentro, bombeando más leche espesa hasta que le rebosó otra vez. La sostuvo contra la pared un buen rato, ambos jadeando y riéndose bajito. Luego la bajó despacio. Selena se tambaleó, el semen bajándole por dentro de los muslos hasta los tobillos, y se acercó a Grant todavía de rodillas.
Le revolvió el pelo grasiento con cariño cruel.
—Levántate, amor. Vamos a cenar. Tú cocinas. Bruno y yo nos duchamos juntos y tú nos oyes follar bajo el agua mientras pelas patatas. Y después… después te dejo mirar cómo me la mete otra vez en la cama grande. La nuestra. La que compramos con tu sueldo de granjero mediocre.
Bruno se subió los vaqueros sin molestarse en abrocharlos del todo. La polla, brillante y medio dura otra vez, le colgaba pesada.
—Trae toallas limpias también, Grant. Vamos a manchar bastantes.
Selena se enganchó del brazo de Bruno y se dirigieron hacia el pasillo que llevaba al baño, dejando un rastro brillante de corrida en el suelo de madera. Antes de desaparecer, ella se giró y le sopló un beso a su marido.
—No te masturbes todavía, cornudo. Quiero que te guardes esa cosita frustrada para cuando yo te dé permiso. Que seguro que es nunca. Esta noche solo miras. Y ríete un poco, joder, que esto es divertido. ¿A que sí?
La puerta del baño se cerró. Se oyeron risas, el agua caliente y el sonido inconfundible de una polla grande volviendo a empujar dentro de un coño ya usado. Grant se quedó solo en el salón, el gusto ajeno todavía en la lengua, la erección dolorosa contra la cremallera y el fin de semana largo abriéndose delante de él como un campo sin cosechar.
Grant se quedó de pie en el salón con la polla doliéndole contra la cremallera y el sabor amargo de Bruno todavía pegado a la lengua. Del baño llegaban chapoteos, risotadas y el golpe rítmico de carne contra carne. Selena gemía entre carcajadas:
—¡Más fuerte bajo el agua, bruto! Que mi cornudo oiga cómo me abres otra vez… ¡Ahhh, joder, hasta el fondo!
Bruno gruñó algo ininteligible y el azulejo crujió. Grant se pasó la mano por la cara manchada de aceite y fue a la cocina como un autómata. Peló patatas con dedos torpes, el cuchillo temblando cada vez que el gemido de su mujer se agudizaba. Pensó en la verga gruesa de su amigo, en cómo le había estirado el coño a Selena hasta dejarlo hecho un desastre brillante, y se le endureció más. Ridículo. Completamente ridículo. Y sin embargo no podía dejar de escuchar.
Cuando el agua se cortó, salieron los dos envueltos en toallas. Selena traía el pelo chorreando y una sonrisa de gata que se ha comido al canario y al perro del vecino. Bruno llevaba la toalla anudada baja, la marca de la verga todavía semi dura empujando la tela. Selena se acercó a Grant, le quitó el cuchillo de las manos y le dio un beso en la mejilla manchada.
—Huelemos a sexo de verdad, cariño. Tú hueles a tractor derrotado. Sírvenos la cena. Bruno tiene hambre de carne… y de mí otra vez.
Grant sirvió patatas fritas, huevos revueltos y cervezas en la mesa de la cocina. Bruno se sentó, tiró de Selena y se la puso a horcajadas en su regazo sin quitarle la toalla del todo. La tela se abrió. La polla de Bruno, ya otra vez entera y gorda, rozó el coño hinchado de ella. Selena se rio y se frotó despacio mientras comía un trozo de patata con los dedos.
—Mira, Grant —dijo ella, abriendo las piernas para que viera—. Todavía me gotea tu amigo. Cada vez que me muevo me escurre un hilito. Prueba.
Le ofreció los dedos brillantes. Grant dudó un segundo y luego los chupó. Selena soltó una risita de pura maldad.
—Buen chico. Ahora cómete la cena mientras yo me como esta polla con el culo. Bruno, ¿me la metes por detrás aquí mismo? Quiero que mi marido vea cómo me cabe entera en el agujerito que él nunca se atrevió a tocar en condiciones.
Bruno no necesitaba que se lo repitieran. Escupió en dos dedos, se los metió a Selena por el culo con calma, abriéndola mientras ella se reía y le hacía muecas a Grant. Luego alineó la cabeza gruesa y empujó. Selena abrió la boca en un gemido largo y feliz.
—¡Joder, qué gordo! ¡Grant, fíjate! Tu dedito de nada ni se compara. Me está abriendo el culo como si fuera un silo nuevo. ¡Ahhh, despacio… no, más fuerte, cabrón!
Bruno la empaló centímetro a centímetro hasta que las bolas le rozaron las nalgas. Selena se arqueó, pechos pesados al aire, y empezó a rebotar con cuidado primero, luego con ganas. El sonido era obsceno: carne húmeda, respiraciones, la silla crujiendo. Grant comía sin sabor, los ojos fijos en cómo aquella verga desaparecía dentro del culo de su mujer.
—Cuéntale lo que sientes, granjera —ordenó Bruno, agarrándole las caderas.
—Siento que me van a partir en dos y me encanta —jadeó Selena—. Tu pollita, Grant, cabría ahí y sobraría sitio para un tractor. Bruno me llena. Me duele rico. Me está convirtiendo en su puta de culo mientras tú te comes las patatas que pelaste con cara de tonto. ¡Joder, sí, así!
Bruno la folló el culo con ritmo de granjero experimentado, profundo y constante. Selena se corrió con un grito ahogado, el coño chorreando sobre los muslos de él sin que nadie lo tocara. Se rio temblando.
—Tres orgasmos serios y el culo lleno. Tú en toda nuestra vida me has dado dos mediocres y una promesa. Eres un monumento al fracaso erectil, amor. Te quiero muchísimo por eso.
Bruno la levantó, salió de ella con un pop húmedo y un hilo de lubricante y semen anterior le colgó. La puso de rodillas en el suelo de la cocina.
—Límpiame, Selena. Y que Grant acerque la silla para no perderse el espectáculo.
Ella se lo metió en la boca con avidez, saboreando su propio culo y la verga de Bruno, babas espesas cayéndole por la barbilla. Grant arrastró la silla y se sentó a un metro. Selena le guiñó un ojo mientras engullía hasta las bolas.
—Gluck… sabe a victoria, cornudo. Tu lechita es agua de calcetín al lado. Bruno… mmmpf… produce como un toro de feria.
Bruno le folló la garganta un rato, luego la levantó otra vez, la tumbió de espaldas en la mesa entre los platos y se la embistió en el coño con fuerza. Los cubiertos saltaron. Selena aullaba y se reía a la vez.
—¡Rompe la mesa si hace falta! Quiero que Grant pague una nueva con su sueldo de peonza. ¡Duro, más duro! Dile lo que soy.
—Eres la puta casada del mejor amigo de tu marido —gruñó Bruno, sudando—. La granjera que necesita polla gorda porque la de casa es de adorno.
—¡Exacto! —gritó ella, mirando a Grant—. Eres mi adorno favorito, cariño. Mi cornudo oficial. Ahora ven aquí y sujétame las piernas abiertas. Quiero que sientas cómo me tiemblan cuando me la clava hasta el útero.
Grant obedeció. Sus manos sudorosas agarraron los tobillos de Selena y se los abrieron en V. Cada embiste de Bruno le sacudía los brazos. Selena se corrió otra vez, jugos salpicándole la camisa a Grant, y se rio hasta las lágrimas.
—¡Me estás mojando la ropa de trabajo, desgraciada! —protestó él, pero la voz le salió ronca de excitación.
—Pues quítatela, idiota. Quédate en calzoncillos como el buen cornudo que eres. Y no te toques. Si se te pone más dura te la ato con una brida del tractor.
Bruno se corrió dentro con un rugido, bombeando hasta que le rebosó otra vez. Se quedó enterrado, jadeando, y le dio una palmada posesiva en el muslo a Selena.
—Mañana el tractor, como dije. Capó abierto, tú sujetando las herramientas, Grant, y yo follándome a tu mujer sobre el asiento. Después la llevo al pajar y le dejo el culo otra vez como un embudo. Fin de semana largo, colega. Aún nos quedan dos días enteros para convertir a Selena en mi puta personal delante de tus narices.
Selena se incorporó sobre los codos, el semen bajándole por el culo y el coño a la vez, y le revolvió el pelo grasiento a Grant con cariño cruel.
—Escucha a tu jefe de cama, amor. Ahora recoges la mesa, lavas los platos y nos preparas la cama grande. Sábanas limpias. Toallas. Vaselina por si acaso. Y una cerveza fría en cada mesita. Bruno y yo vamos a echar una siestita de media hora… follando despacio. Tú te sientas en la silla del rincón y miras sin pestañear. Si parpadeas mucho te hago contar las embestidas en voz alta.
Bruno se rio, se sacó la polla todavía gorda y se la restregó por los labios a Selena. Ella la besó con ruiditos obscenos.
—Trato hecho. Vamos, cornudito. Mueve el culo. Quiero llegar a la cama con las piernas temblando y el agujero todavía abierto. Y ríete un poco, joder. Esto es lo más divertido que nos ha pasado desde que se nos murió la cabra. ¿A que sí?
Grant asintió, rojo, erecto, derrotado y extrañamente eufórico. Recogió platos con manos torpes mientras la pareja se alejaba hacia el dormitorio, dejando otro rastro brillante en el suelo. Del cuarto llegaron pronto gemidos bajos, risas y el chirrido lento del colchón matrimonial. Selena gritó entre carcajadas:
—¡Cuenta, Grant! ¡Una… dos… tres! ¡Así se folla a una mujer de treinta y ocho que ya no se conforma con cinco minutitos!
Bruno añadió, voz grave y divertida:
—Y cuando acabemos te haré lamer el desastre otra vez. Después dormimos un rato encima de tu mujer y tú nos haces de almohada humana. Mañana el tractor. Y el pajar. Y quien sabe si el vecino pasa y le invitamos a mirar también.
Grant terminó los platos, preparó la cama con sábanas limpias que olían a detergente barato, puso cervezas y vaselina, y se sentó en la silla del rincón exactamente como le habían ordenado. Selena, a cuatro patas en el colchón que habían comprado juntos, miraba a su marido por encima del hombro mientras Bruno le entraba otra vez por detrás, lento y profundo, humillándolo con cada centímetro. Ella le sopló un beso y susurró, voz ronca de placer y burla:
—Fin de semana largo, mi amor. Y apenas estamos calentando motores. Ahora cállate y disfruta del show. Que esta granjera se rinde despacio… y con ganas de más.
El colchón crujió. Selena gimió. Bruno rió. Y Grant, con la pollita dolorida y sin permiso para tocarla, contó en silencio las embestidas mientras la noche de la granja se llenaba del sonido húmedo y alegre de su propia rendición.
El colchón seguía crujiendo con ese ritmo lento y profundo que Bruno le marcaba a Selena. Ella miraba a Grant por encima del hombro, el pelo todavía húmedo de la ducha pegado a la espalda, y soltó una risita cuando notó la mirada fija de su marido en el punto exacto donde la verga gruesa desaparecía entre sus nalgas.
—Cuenta en voz alta, cornudo —susurró ella, moviendo el culo hacia atrás para tragársela entera—. Una… dos… tres… Vamos, que te oiga. Quiero saber que estás prestando atención mientras me abren el nido conyugal.
Grant tragó saliva. La pollita le dolía contra los calzoncillos manchados de grasa, pero no se atrevió a tocarla. Empezó a contar con voz ronca, ridícula:
—Cuatro… cinco… seis…
Bruno aceleró un poco, las manos enormes agarrándole las caderas a Selena, y cada embiste sacudía los pechos pesados de ella contra el colchón. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, piel contra piel, y las risas entrecortadas de Selena que se mezclaban con los gemidos.
—¡Siete! ¡Ocho! ¡Joder, Bruno, así, más hondo! —aulló ella, girando la cara hacia Grant—. ¿Ves cómo me llega hasta el fondo del culo? Tu cosita ni rozaba. Eres un adorno con patas, amor. Un cornudo de manual que pelea con tractores porque no sabe pelear con una polla de verdad.
Bruno soltó una carcajada grave y le dio una nalgada sonora que dejó la marca roja en la piel blanca de Selena. Ella se rio más fuerte, el coño contrayéndose de puro placer, y un hilo de semen anterior le escurrió por el muslo hasta la sábana limpia que Grant acababa de poner.
—Dale la vuelta, granjera —ordenó Bruno, sacándosela de golpe con un pop húmedo—. Quiero que tu marido vea la cara que pones cuando te la clavo entera otra vez.
Selena obedeció encantada. Se puso de espaldas, abrió las piernas en V y se agarró las rodillas. Bruno se colocó entre ellas, alineó aquella verga venosa y brillante y empujó de un solo golpe hasta las bolas. Selena abrió la boca en un grito largo y feliz, los ojos clavados en Grant.
—¡Dieciséis! ¡Diecisiete! ¡Me parte en dos y me encanta! Grant, fíjate en cómo se me hincha el coño alrededor. Parece que me han metido un silo. Tú cabrías ahí y sobraría sitio para las patatas que pelaste. ¡Ahhh, duro, cabrón!
Bruno la folló con fuerza de granjero, el colchón protestando, el cabecero golpeando la pared. Selena se corrió otra vez, el cuerpo sacudiéndose, jugos salpicando el pecho sudado de Bruno y la camisa de trabajo de Grant que seguía hecha un asco. Ella se rio temblando, la voz ronca de orgasmo y burla.
—Cuatro orgasmos serios en una noche y tú en toda la vida me has dado dos mediocres y una disculpa. Eres un monumento al fracaso erectil, cariño. Te quiero muchísimo por eso. Ahora ven aquí y sujétame las tetas. Quiero que las sientas rebotar mientras me la mete hasta el útero.
Grant se levantó de la silla como un autómata, las piernas torpes. Se arrodilló al lado de la cama y agarró los pechos pesados de su esposa. Cada embiste de Bruno se los hacía saltar entre sus dedos grasientos. Selena le guiñó un ojo y le escupió un poco de saliva en la mano.
—Aprieta los pezones, cornudo. Más fuerte. Quiero que duelan rico mientras Bruno me convierte en su puta personal. ¡Joder, sí! ¿Notas cómo me tiemblan? Eso es lo que pasa cuando te folla un hombre de verdad, no un tractorista de cinco minutitos.
Bruno se inclinó, le mordisqueó el cuello a Selena y miró a Grant con esa sonrisa de tiburón.
—Dile lo que eres, colega. En voz alta. Y con ganas.
Grant, rojo hasta las orejas, la polla doliéndole de lo dura que la tenía sin permiso, soltó:
—Soy… soy el cornudo de mi mujer. La puta del amigo.
—¡Más alto! —gruñó Bruno, clavándosela más profundo.
—¡Soy el cornudo oficial de la granja! ¡Mi mujer es la puta de Bruno!
Selena gritó de risa y de placer al mismo tiempo. Se corrió otra vez, el coño apretando aquella verga enorme, chorreándole por el culo hasta las sábanas. Bruno no paró. La sacó, la puso a horcajadas encima de él en posición de amazona y la dejó caer de un solo golpe.
—Ahora cabalga, granjera. Que Grant vea cómo te baja la lechita mientras me usas de poste de cercado.
Selena empezó a rebotar con furia, las nalgas abiertas, el semen anterior saliendo a chorritos con cada bajada. Bruno le agarró las caderas y embistió hacia arriba. Ella miraba a Grant, la boca abierta, sudor corriéndole entre los pechos.
—Cuenta las venas, amor —jadeó—. Una, dos, tres… joder, ni caben. Tu pollita cabe en un dedal de costura. Esta necesita un granero. ¡Me corro! ¡Otra vez! ¡Cinco! ¡Nunca volveré a conformarme con tu verga ridícula!
Se sacudió encima de Bruno, gritos rotos y carcajadas, y él la agarró fuerte, la levantó un poco y se corrió dentro con un rugido que hizo temblar la cama. La leche espesa le rebosó por los lados, bajándole por los muslos hasta las rodillas de Grant, que seguía arrodillado como un perro fiel.
Selena se quedó sentada un momento, respirando agitada, y luego se levantó despacio. Un hilo grueso de corrida le colgó del coño y cayó al pecho de Bruno. Ella se rio, se arrodilló entre las piernas de él y se la limpió con la lengua, ruiditos obscenos de succión, mirando a su marido todo el rato.
—Sabe a toro de feria, Grant. Tu lechita es agua de calcetín. Ahora límpame tú. Con la lengua. Quiero que pruebes el desastre que le hemos hecho a nuestra cama.
Grant se acercó. Selena se puso a cuatro patas otra vez, abrió las nalgas con las manos y le empujó la cara contra el coño chorreante. Él lamió, el sabor amargo y espeso de otro hombre llenándole la boca, mientras Bruno se reía desde la almohada y le daba palmadas perezosas en el culo a Selena.
—Buen chico —ronroneó ella—. Traga todo. Qué asco me das y qué rico me pones. Mañana el tractor, ¿recuerdas? Capó abierto, tú sujetando las herramientas y Bruno follándome sobre el asiento. Después el pajar. Y si el vecino pasa… quién sabe. Fin de semana largo, mi amor. Aún nos quedan horas y horas para que me rindas despacio.
Bruno se incorporó, la polla ya semi dura otra vez, y le hizo un gesto a Grant.
—Trae más cerveza. Y la vaselina. Esta noche le voy a dejar el culo como un embudo. Tú te sientas otra vez en la silla y miras sin pestañear. Si parpadeas te hago contar cada centímetro en voz alta.
Selena se rio contra la almohada, el cuerpo relajado y abierto, y le sopló un beso a su marido mientras este trotaba a la cocina con la erección dolorosa y la cara brillando de semen ajeno.
—Date prisa, cornudito. Que esta granjera se está aburriendo de esperarte. Y ríete un poco, joder. Esto es lo más divertido que nos ha pasado desde la cabra. ¿A que sí?
Del pasillo llegaron los pasos torpes de Grant, el tintineo de botellas y la risa grave de Bruno que ya se estaba colocando detrás de ella otra vez, la cabeza gruesa rozándole el agujero usado. Selena gimió de anticipación, miró hacia la puerta y susurró, voz ronca de placer y maldad dulce:
—Acabamos de calentar motores, cariño. Ahora de verdad vamos a follar hasta que el gallo cante… y tú vas a oír cada gemido sin poder tocarte esa cosita frustrada. Rendición lenta, ¿recuerdas? Y a mí me sobran ganas de más.
El colchón crujió de nuevo. Bruno empujó. Selena aulló entre carcajadas. Y Grant, de vuelta en la silla del rincón con las cervezas temblando en las manos, empezó a contar otra vez mientras la noche de la granja se llenaba del sonido húmedo, alegre y sin piedad de su propia humillación.
El colchón crujió otra vez cuando Bruno empujó hasta el fondo del culo de Selena. Ella aulló entre carcajadas, las nalgas abiertas de par en par, y Grant, de vuelta en la silla del rincón con las cervezas temblando, contó en voz alta como un tonto de feria:
—Veinte… veintiuno… veintidós…
—¡Más alto, cornudo! —gruñó Bruno, clavándosela con fuerza de tractorista que sabe lo que es maquinaria pesada—. Que el gallo del corral se entere de que tu mujer ya no es tuya.
Selena se rio tanto que casi se le sale la verga. Se giró hacia Grant, el pelo pegado a la espalda sudada, y le sacó la lengua mientras rebotaba hacia atrás.
—Veintitrés… ¡joder, Bruno, así! Grant, fíjate cómo me estira el agujero. Tu cosita ni rozaba aquí. Eres un adorno con patas, amor. Un fracaso erectil que pelea con motores porque no sabe pelear con una polla de verdad. ¡Ahhh, más hondo!
Bruno la sacó de golpe con un pop húmedo y obsceno. Un hilo espeso de semen y lubricante le colgó del culo a Selena y cayó sobre las sábanas limpias que Grant había puesto hace una hora. Ella se puso de espaldas, se agarró las rodillas y abrió las piernas en V como un libro de pornografía barata.
—Métela en el coño ahora, bruto. Quiero que mi marido vea la cara que pongo cuando me llegas al útero. Grant, ven aquí y sujétame las tetas. Quiero que las sientas rebotar mientras me convierten en la puta oficial de la granja.
Grant se levantó torpe, la pollita doliéndole contra los calzoncillos manchados de grasa y semen ajeno. Se arrodilló al borde de la cama y agarró los pechos pesados de su esposa de treinta y ocho años. Bruno alineó aquella verga gruesa, venosa, brillante de jugos, y empujó de un solo embiste hasta las bolas. Selena gritó de placer puro, los ojos clavados en los de Grant.
—¡Me parte! ¡Me llena hasta donde tú nunca llegaste! Cuenta, cornudo. ¡Cuenta cada centímetro que me abre!
—Treinta… treinta y uno… —balbuceó Grant, apretándole los pezones como ella le había ordenado. Cada embiste de Bruno le sacudía los brazos. El cabecero golpeaba la pared. El colchón protestaba. Selena se corrió otra vez, el cuerpo entero sacudiéndose, jugos salpicándole la cara a Grant y la camisa de trabajo hecha un asco.
Bruno no paró. La folló con ritmo brutal, sudando, riendo, y cuando sintió que se acercaba la sacó, se arrodilló sobre el pecho de ella y se corrió a chorros espesos sobre sus tetas y su cara. Selena abrió la boca, se tragó lo que pudo y se rio con la leche bajándole por la barbilla.
—Sabe a toro de feria, cariño. Tu lechita es agua de calcetín. Ahora límpame. Con la lengua. Toda. Quiero que pruebes el desastre que le hemos hecho a nuestra cama matrimonial.
Grant obedeció. Lamió las tetas de su mujer, el semen amargo de Bruno llenándole la boca, mientras ella le revolvía el pelo grasiento y Bruno se reía desde la almohada.
—Buen chico —ronroneó Selena—. Traga. Qué asco me das y qué rico me pones. Ahora la vaselina. Quiero el culo otra vez antes de que amanezca. Y tú te sientas y miras sin pestañear. Si parpadeas te hago contar cada vena en voz alta.
Bruno se untó la polla ya semi dura con vaselina. Selena se puso a cuatro patas, abrió las nalgas con las dos manos y miró a Grant por entre las piernas.
—Mira bien, amor. Esto es un embudo. Mañana vas a meter la mano y no vas a tocar nada. Tu verga ridícula va a nadar en el hueco que me deje tu amigo.
Bruno empujó. Centímetro a centímetro la abrió otra vez. Selena gimió largo, feliz, y empezó a empujar hacia atrás hasta tragársela entera. El sonido era obsceno: carne húmeda, respiraciones pesadas, risas entrecortadas. Grant contaba con voz ronca de vergüenza y excitación traidora:
—Cuarenta… cuarenta y uno…
Bruno la folló el culo hasta que se corrió otra vez dentro, bombeando leche espesa que le rebosó por los lados y le bajó por los muslos hasta las rodillas. Selena se quedó temblando, el orgasmo sacudiéndola sin que nadie le tocara el coño, y se rio contra la almohada.
—Seis orgasmos serios. Tú en diez años me diste dos mediocres y una disculpa. Eres un monumento al fracaso, Grant. Te quiero muchísimo por eso. Ahora a dormir un rato. Tú te quedas en la silla. Si te tocas esa cosita te la ato con una brida del tractor.
Durmieron encima de ella, Bruno todavía medio dentro, roncando como un animal satisfecho. Grant se quedó sentado, la pollita dolorida, el sabor ajeno pegado a la lengua, escuchando cómo su mujer gemía incluso dormida cada vez que Bruno se movía.
Al amanecer el gallo cantó. Selena se despertó primero, se sacó la verga de Bruno de un tirón húmedo y le dio una palmada en el pecho.
—Arriba, toro. El tractor espera. Grant, trae café y las herramientas. Hoy te toca sujetar mientras me folla sobre el asiento.
Salieron al cobertizo con el sol ya alto. Grant abrió el capó del tractor como le ordenaron. Bruno subió a Selena al asiento de cuero viejo, le levantó la falda y se la embistió de pie, las piernas de ella enroscadas a su cintura. Cada embiste hacía crujir el metal. Selena aullaba de risa y placer, los pechos al aire, mirando a su marido que sujetaba una llave inglesa con las manos temblando.
—¡Más duro, bruto! ¡Que el tractor se entere de que ya no soy de Grant! ¡Soy la puta de Bruno! ¡Cuenta, cornudo! ¡Cuenta cómo me abre el coño sobre tu puto motor!
—Cincuenta… cincuenta y uno… —balbuceó Grant, rojo hasta el cuello, la erección marcándole los pantalones.
Bruno se corrió dentro con un rugido. Selena se bajó tambaleándose, el semen bajándole por los muslos hasta los tobillos polvorientos, y se rio.
—Ahora el pajar. Quiero paja en el culo y tu cara lamiéndome mientras me la mete otra vez.
En el pajar Bruno la tumbró sobre un fardo, le abrió las piernas y se la folló en misionero profundo mientras Grant se arrodillaba al lado y lamiía lo que se derramaba. Selena le agarró la cabeza y se la pegó al coño cada vez que Bruno salía.
—Traga, cornudo. Traga la lechita de tu amigo. Mañana el vecino pasa y le invitamos a mirar también. ¿A que sí, Bruno?
—Claro que sí —gruñó él, acelerando—. Vamos a dejarla tan abierta que quepa el puño del vecino. Fin de semana largo, colega. Y apenas empieza.
Selena se corrió gritando, el cuerpo entero sacudiéndose sobre la paja. Bruno la sacó, se la puso a cuatro patas y se la embistió por el culo otra vez hasta llenárselo. Cuando terminó, Selena se giró, se arrodilló frente a Grant y le abrió la boca llena de semen.
—Mira. Esto es lo que produce un hombre de verdad. Tú produces gotitas de pena. Ahora ábrete la cremallera. Quiero ver esa cosita frustrada. No la toques. Solo mírala mientras yo me limpio la verga de Bruno con la lengua.
Grant obedeció. La pollita le saltó fuera, dura, roja, ridícula al lado de la de Bruno que todavía goteaba. Selena se rio a carcajadas, se chupó los dedos llenos de corrida y le sopló un beso a su marido.
—Nunca más vas a follarme, amor. Solo mirar. Solo limpiar. Solo contar. Esta granjera se rinde despacio… y se queda con la polla gorda. Ahora arrodíllate y lamieme el culo hasta que brille. Quiero que el sabor de Bruno te dure hasta el lunes. Y el martes. Y el resto de tu puta vida de cornudo de granja.
Grant se arrodilló entre las nalgas abiertas de su esposa. La lengua barrió el agujero hinchado, el semen espeso de Bruno, mientras ella se reía y Bruno se meaba de la risa apoyado en un fardo. Selena empujó la cara de Grant más hondo, se corrió otra vez solo de la humillación, y cuando al fin lo soltó tenía la boca brillando y la pollita palpitando sin permiso.
Bruno se subió los vaqueros a medias, la verga todavía medio dura colgándole, y le dio una palmada posesiva en el culo a Selena.
—Vamos a casa. Quiero follármela en la mesa de la cocina otra vez mientras tú haces el almuerzo. Y esta noche el vecino. Le dejamos mirar cómo le dejo el coño como un embudo y tú le sujetas la cerveza. Trato hecho, granjera?
Selena se rio, se enganchó del brazo de Bruno y miró a Grant todavía de rodillas en la paja, la cara sucia de semen ajeno y la cosita frustrada al aire.
—Trato hecho. Y tú, cariño, recoge la paja con el culo. Que esta puta casada todavía tiene dos agujeros que rellenar y un cornudo que humillar hasta que el tractor se oxide. Ahora muévete. Quiero que me gotee por los dos sitios mientras peles patatas otra vez.
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