La Amiga de Su Esposa Se Entrega en la Lavandería
Dos amas de casa de 34 y 32 años se comen el coño en la lavandería hasta correrse gritando.
El sol de la tarde filtraba rayos dorados a través de las ventanas empañadas de la lavandería del edificio, iluminando el aire cargado de vapor y el olor a detergente floral. Marina, una atractiva ama de casa de treinta y cuatro años, estaba de pie frente a la mesa de doblar, con el cabello castaño recogido en un moño desordenado y unas gotas de sudor brillándole en la nuca. Llevaba una camiseta blanca ceñida que marcaba la generosa curva de sus pechos y unos shorts cortísimos de denim que apenas cubrían el arranque de sus muslos firmes y bronceados. Doblaba con cuidado las sábanas de su esposa cuando la puerta chirrió y entró Sofía.
Sofía, de treinta y dos años, la mejor amiga de la esposa de Marina, cargaba una cesta llena de ropa húmeda. Su cuerpo delgado y curvilíneo se movía con esa naturalidad perezosa de sábado; el top ajustado dejaba al aire un triángulo de piel suave bajo los pechos, y el leggings negro le abrazaba el culo redondo como una segunda piel. Al ver a Marina sola, le dibujó una sonrisa lenta, pícara, de esas que ya conocían demasiado bien las tensiones que nunca se nombraban en las cenas familiares.
—Mira quién está aquí… —dijo Sofía, dejando la cesta a un lado y acercándose a la mesa—. Solo nosotras dos. Qué suerte.
Marina levantó la vista y sintió de inmediato el calor subirle por el pecho. Conocía esa mirada. Sofía siempre la había mirado así, un segundo de más cuando se cambiaban de ropa en la playa, o cuando se inclinaba a servir el café. Ahora, con la lavandería vacía y el zumbido monótono de las secadoras de fondo, la mirada se sentía más peligrosa.
—La suerte es mía —respondió Marina, coqueta, dejando que sus ojos bajaran un instante al escote de Sofía—. Pensé que vendrías más tarde.
Sofía se colocó a su lado y empezó a sacar camisetas húmedas. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, cerca de la mano de Marina. El aire pareció espesarse.
—Sabes… —murmuró Sofía, ladeando la cabeza y estudiando el cuerpo de Marina sin disimulo—. Siempre me ha vuelto loca cómo te queda esa ropa. Esos shorts… joder, Marina. Tienes las piernas de una diosa. Y ese culo… he fantaseado con él más veces de las que debería confesar.
El corazón de Marina dio un vuelco. Las palabras de Sofía no eran un juego casual; venían cargadas de años de miradas robadas. Marina sintió un tirón caliente entre las piernas, una humedad inmediata que empapó el algodón de su ropa interior. Se lamió los labios, deliberada, y contestó con voz ronca:
—¿Fantaseado conmigo? ¿Así, sin filtros?
—Así —confirmó Sofía, con la sonrisa pícara ensanchándose—. Me toco pensando en cómo sería abrirte esos muslos, olerte, meterte la lengua hasta que grites. Siempre he querido saberte. Y hoy… joder, hoy te ves demasiado buena para fingir que no pasa nada.
Marina dejó la sábana a medio doblar. El pecho le subía y bajaba más rápido. Se giró un poco hacia Sofía, dejando que sus caderas casi se tocaran, y le devolvió la provocación con la misma intensidad:
—Yo también te he mirado de más, Sofía. Esas tetas que se te marcan cuando te ríes… ese culo que se me queda grabado cuando te vas. He deseado meterte los dedos mientras mi esposa no mira. He deseado comerte el coño hasta dejarte temblando.
Un silencio denso cayó entre ellas, roto solo por el clic-clac de una secadora que terminaba su ciclo. Sofía soltó una risa baja, casi un gemido, y se inclinó para alcanzar una toalla que se había resbalado al otro lado de la mesa. Marina hizo lo mismo al mismo tiempo. Sus manos se rozaron: dedos calientes, piel contra piel, un contacto eléctrico que les recorrió los brazos como una descarga. Ninguna retiró la mano de inmediato. Se quedaron así, rozándose, respirando el mismo aire denso.
Sofía se acercó un paso más. Su pecho rozó el brazo de Marina. El perfume suave de su cuello —vainilla y algo más oscuro— invadió a Marina. Sofía inclinó la cabeza y susurró justo contra su oreja, tan cerca que el aliento le humedeció la piel:
—Me pones tan jodidamente húmeda solo de verte en esos shorts cortos… Se me resbala el coño, Marina. Siento el jugo bajándome por los muslos cada vez que te agachas. Quiero meterte la mano ahora mismo y comprobar si tú también estás empapada por mí.
Marina cerró los ojos un segundo, embriagada. El susurro le recorrió la espina dorsal y se concentró en el clítoris, que ya latía con fuerza. Abrió los labios y admitió, sin vergüenza, con la voz quebrada por el deseo:
—Lo estoy. Llevo años deseándote, Sofía. Cada vez que te abrazas a mi esposa delante de mí siento celos sucios, ganas de arrancarte la ropa y follarte contra la pared. Estoy mojada… empapada. Si me tocas ahora vas a encontrar un desastre.
Sofía no necesitó más. Giró el rostro y capturó la boca de Marina en un beso voraz, hambriento. No fue un roce tentativo: fue lengua y dientes y saliva, un choque de labios que las empujó de inmediato al borde. Marina gimió dentro de la boca de Sofía y le agarró la cintura con ambas manos, atrayéndola hasta que sus pechos se aplastaron juntos. La camiseta de Marina se subió un poco; los pezones duros de Sofía se clavaron contra los suyos a través de la tela fina. Sofía le mordió el labio inferior y le metió la lengua más profundo, saboreando el gemido que brotó de la garganta de Marina.
Las manos de Sofía bajaron por la espalda de Marina, se deslizaron bajo la camiseta y subieron por la piel caliente hasta encontrar el broche del sujetador. Lo abrió con un solo movimiento experto. Los pechos pesados de Marina se liberaron; Sofía los palpó por encima de la tela, apretando los pezones erectos entre los dedos mientras el beso se volvía más sucio, más ruidoso. Marina empujó las caderas hacia adelante, frotando su coño hinchado contra el muslo de Sofía. Sentía el calor húmedo a través del denim fino de los shorts.
—Joder… —jadeó Marina cuando Sofía le bajó la boca al cuello y le chupó la piel justo debajo de la oreja—. Sí… así. Quiero tu mano dentro.
Sofía obedeció sin dudar. Deslizó una mano por el vientre plano de Marina, metió los dedos bajo la pretina de los shorts y encontró el algodón empapado de la braga. Lo empujó a un lado y tocó directamente el coño afeitado, resbaladizo, ardiente. Dos dedos se hundieron con facilidad entre los labios hinchados y se clavaron hasta los nudillos. Marina arqueó la espalda y soltó un grito ahogado contra el hombro de Sofía.
—Tan putamente mojada… —susurró Sofía, moviendo los dedos en círculos lentos y profundos, frotando el punto exacto que hacía temblar las rodillas de Marina—. Te voy a correr con la mano aquí mismo, contra esta puta mesa, y después te voy a lamer todo el jugo.
Marina abrió más las piernas, ofreciéndose. Su mano libre bajó hasta la entrepierna de Sofía y apretó el bulto caliente bajo el leggings, sintiendo la humedad que ya se filtraba por la tela. Sofía gimió y aceleró el ritmo de los dedos, metiendo un tercero mientras el pulgar le frotaba el clítoris hinchado en círculos rápidos y precisos. El olor a sexo se mezcló con el detergente; el zumbido de las máquinas parecía latir al mismo ritmo que el pulso en el coño de Marina.
Se besaron otra vez, más desesperadas, lenguas enredadas, respiraciones entrecortadas. Marina empujó la mano de Sofía más adentro, follándose los dedos con las caderas mientras le masajeaba el coño a Sofía por encima de la ropa. Sentía cómo Sofía se empapaba, cómo el leggings se volvía oscuro y brillante entre las piernas. El placer subía en olas cada vez más altas; el clítoris de Marina latía contra el pulgar de Sofía, listo para estallar.
Sofía le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró, voz rota de lujuria:
—No te corras todavía… quiero saborearte primero. Quiero bajarte los shorts, sentarte en esta mesa y comerte el coño hasta que grites mi nombre. ¿Me dejas?
Marina, temblando, con los dedos de Sofía aún enterrados hasta el fondo y el orgasmo rozándole la garganta, apenas pudo articular la respuesta entre gemidos:
—Sí… joder, sí. Bájame los shorts. Cómeme. Quiero tu lengua ahora mismo…
Sofía retiró la mano lentamente, los dedos brillantes de jugos, y se los llevó a la boca para chuparlos con un gemido profundo, saboreando a Marina por primera vez. Luego se arrodilló frente a ella, mirándola desde abajo con pupilas dilatadas de deseo puro, y empezó a desabrochar el botón de los shorts cortos mientras Marina se agarraba al borde de la mesa, las piernas abiertas, el pecho agitado, el coño palpitando al aire libre del sótano vacío, a un segundo de entregarse por completo al hambre de la mejor amiga de su esposa.
Sofía aún tenía los dedos en el botón de los shorts cuando Marina la agarró por las muñecas y la levantó de un tirón. El deseo le ardía demasiado fuerte para quedarse pasiva. La empujó hacia atrás, cruzando el suelo de baldosas húmedas, hasta que la espalda de Sofía golpeó la puerta de una lavadora en pleno ciclo de centrifugado. El metal vibraba contra su culo con un zumbido profundo y constante que le recorrió la columna como una segunda lengua.
—Ahora te toca a ti —jadeó Marina, con la voz ronca de quien ya no soporta más espera—. Quiero ver esas tetas. Quiero chupártelas mientras te meto los dedos hasta el fondo.
Le arrancó el top por encima de la cabeza de un solo tirón. Los pechos de Sofía, firmes, de pezones rosados y ya duros como piedras, saltaron al aire caliente de la lavandería. Marina se inclinó de inmediato y se los metió en la boca con hambre animal. Chupó el pezón derecho con fuerza, tirando de él con los labios y la lengua, mientras la otra mano le apretaba la teta izquierda, amasándola, pellizcando el pezón entre el índice y el pulgar. Sofía arqueó la espalda contra la lavadora que temblaba y soltó un gemido largo, abierto, que se perdió entre el ruido de las máquinas.
—Joder, Marina… así, más fuerte —suplicó, enredándole los dedos en el moño castaño y empujándole la cara contra el pecho.
Marina pasó al otro pezón, lo lamió en círculos lentos y después lo atrapó entre los dientes, mordisqueando lo justo para que Sofía se retoriera. Al mismo tiempo deslizó la mano libre por el vientre plano de Sofía, metió los dedos bajo la pretina del leggings y la braga ya empapada, y encontró el coño hinchado, resbaladizo, que la esperaba abierto. Empujó dos dedos de golpe, hasta los nudillos, y Sofía gritó.
—Tan mojada… se te escurre por los muslos —murmuró Marina contra la piel del pecho, follándola con los dedos en embestidas rápidas y profundas mientras el pulgar le buscaba el clítoris y lo frotaba sin piedad—. Llevo años imaginando cómo se siente este coño apretándome los dedos. Más apretado de lo que pensaba. Jódeme, Sofía. Fóllate mi mano.
Sofía abrió más las piernas, apoyó un pie en el borde de la lavadora para darle mejor ángulo y se empujó contra los dedos de Marina. Cada vibración de la máquina le sacudía el culo y le hacía apretar el coño alrededor de aquellos dedos. Marina chupaba, mordía, lamía el surco entre las tetas mientras aceleraba el ritmo, curvando los dedos para rozarle ese punto esponjoso que hacía que a Sofía se le doblaran las rodillas.
—Me… me voy a correr —advirtió Sofía, la voz rota—. No pares, no pares…
Pero Marina retiró los dedos justo cuando el orgasmo le rozaba la garganta. Sofía gimió de frustración, los ojos vidriosos, la boca entreabierta. Marina se llevó los dedos brillantes a los labios, los chupó con un sonido obsceno y sonrió.
—Todavía no. Primero quiero tu lengua.
Sofía no necesitó que se lo pidieran dos veces. Se dejó resbalar por la puerta metálica hasta arrodillarse en el suelo frío. Con manos temblorosas le bajó los shorts y la braga a Marina de un tirón hasta las rodillas. El coño afeitado de Marina quedó al aire, los labios hinchados y brillantes de jugo, el clítoris grueso y palpitante. Sofía inhaló el olor a sexo y detergente, abrió la boca y se lanzó.
Su lengua aplastó el clítoris de Marina con una lamida ancha y lenta de abajo arriba, saboreando cada gota. Después lo rodeó con los labios y chupó, fuerte, rítmica, mientras dos dedos volvían a hundirse en el interior caliente. Marina se agarró a la lavadora de al lado con las dos manos, las piernas abiertas a la fuerza por los shorts bajados, y empujó las caderas contra la cara de Sofía.
—Ahí… joder, sí, chúpamelo así —gritó, sin importarle si alguien bajaba las escaleras—. Méteme la lengua. Cómeme toda.
Sofía obedeció. Separó los labios hinchados con los dedos y se metió la lengua lo más hondo que pudo, follándola con ella, bebiéndole el jugo que le corría por la barbilla. Después volvió al clítoris, lo azotó con la punta de la lengua en círculos rapidísimos mientras los dedos le buscaban el punto exacto dentro. Marina sentía el orgasmo subir como una marea caliente desde el coño hasta la garganta. Las piernas le temblaban. El pecho le subía y bajaba con violencia. Cuando Sofía le rozó los dientes con suavidad por el capuchón del clítoris y al mismo tiempo le metió un tercer dedo, Marina se rompió.
—¡Sofía… me corro… me estoy corriendo! —gritó, el cuerpo entero sacudiéndose, el coño contrayéndose en espasmos fuertes alrededor de los dedos de Sofía mientras el jugo le salpicaba la boca y la barbilla. Sofía no se apartó. Siguió chupando y tragando cada oleada hasta que Marina se quedó temblando, sin aliento, sosteniéndose apenas de la máquina.
Apenas Marina recuperó algo de fuerza, Sofía se puso de pie, le bajó del todo los shorts y la empujó hacia la secadora que acababa de terminar su ciclo y aún desprendía calor. La sentó encima de la tapa metálica caliente. Marina se dejó hacer, las piernas colgando, el coño aún palpitante y abierto. Sofía se quitó el leggings y la braga de un plumazo, quedó completamente desnuda de cintura para abajo, y trepó también sobre la secadora. Se colocó frente a ella, le abrió las muslos con las manos y juntó su propio coño empapado contra el de Marina.
Piel mojada contra piel mojada. Clítoris rozando clítoris. Sofía empezó a frotar, moviendo las caderas en vaivén lento al principio, sintiendo cómo los labios se abrían y se cerraban juntos, cómo el jugo de ambas se mezclaba y hacía un sonido húmedo y obsceno con cada movimiento. Marina le agarró las caderas y la atrajo más cerca, aumentando la presión. Las dos se miraron a los ojos, bocas entreabiertas, y aceleraron.
—Mira cómo se comen nuestros coños —jadeó Sofía, frotándose más rápido, el clítoris golpeando el de Marina una y otra vez—. Llevo años soñando con esto. Con mojarte así. Con correrme contra ti.
—Más fuerte —pidió Marina, arqueando la espalda sobre la secadora caliente—. Quiero correrme otra vez contigo. Quiero que gritemos juntas.
Se abrazaron, pechos contra pechos, sudor mezclado, y se frottaron en tijera con desesperación. El roce se volvió brutal, preciso, cada embestida de caderas enviando chispas directas al clítoris. El olor a sexo llenaba la lavandería. El zumbido de las otras máquinas marcaba el ritmo. Sofía le mordió el hombro a Marina para no gritar demasiado pronto; Marina le clavó las uñas en el culo y la empujó más fuerte contra sí.
El orgasmo las alcanzó al mismo tiempo, brutal y sincrónico. Sofía gritó primero, un alarido ronco que se le quebró en la garganta mientras el coño le latía y le salpicaba el jugo contra el de Marina. Marina la siguió un segundo después, gritando el nombre de Sofía sin cuidarse de nadie, el cuerpo entero convulsionando, las piernas abiertas al máximo, el placer subiéndole en oleadas tan fuertes que le hizo echar la cabeza hacia atrás y ver estrellas. Se aferraron la una a la otra mientras el orgasmo las sacudía sin piedad, gimiendo, riendo, temblando, hasta que las contracciones se volvieron suaves y se quedaron abrazadas, sudorosas, el corazón latiéndoles una contra la otra.
Poco a poco el aliento volvió. Se besaron con ternura esta vez: labios suaves, lenguas lentas, saboreando lo que acababan de compartir. Marina le acarició el pelo a Sofía. Sofía le besó el cuello con delicadeza. Se ayudaron a vestirse en silencio cómplice: Sofía le subió los shorts a Marina, Marina le acomodó el top a Sofía, se rieron bajito cuando los pezones aún sensibles rozaron la tela.
—Esto no puede ser solo una vez —susurró Marina, abrochándole el sujetador a Sofía por la espalda y dejando un beso en su hombro—. Cada vez que mi esposa salga de casa… ven. Quiero más. Quiero comerte el coño en nuestra cama, en la ducha, donde sea.
—Lo prometo —respondió Sofía, girándose para besarla otra vez, más profundo—. Secretos de lavandería. Y de salón. Y de cocina. Cada puta oportunidad. Me tienes loca, Marina.
Se miraron, sonrisas pícara y cómplices, el cuerpo todavía temblando con las réplicas del placer. Se peinaron a medias, se limpiaaron el jugo de los muslos con una toalla limpia y salieron juntas de la lavandería, el aire de la tarde golpeándoles la piel caliente, las piernas flojas, el coño aún sensible con cada paso.
En el rellano, el móvil de Marina vibró. Abrió el mensaje de su esposa: «¿Ya se la follaste? Llevo tres años esperando que te atrevas. Cuéntame todo esta noche… y la próxima vez quiero mirar.»
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