Silencio Compartido: La Mujer de su Mejor Amigo se Entrega en el Probador

Laura, de 29 años, se arrodilla en el probador y se folla con ganas al mejor amigo de su marido mientras Diego espera fuera sin enterarse.

29 min read September 18, 2026New

El sol de la tarde se colaba a trozos por los escaparates de seda y encaje cuando Carlos, vendedor de treinta y dos años con ese don de reírse de todo incluso cuando no tocaba, empujó la puerta de cristal de «Voluptas». Detrás iba su mejor amigo Diego, treinta y cuatro, el tipo de marido que revisa el móvil como si el mundo se le fuera a caer si deja de mirar la pantalla, y la esposa de éste: Laura, veintinueve, curvas de anuncio barato y carísimo a la vez, labios pintados de un rojo que prometía problemas. El plan era simple: ella necesitaba lencería para el aniversario, Diego no sabía distinguir un corpiño de un sujetalibros y Carlos, que conocía el barrio como la palma de su mano, había ofrecido «orientación técnica». Nadie mencionó que la orientación podía terminar con la mano en sitio prohibido.

—Vosotros dos id mirando —dijo Diego, ya plantado en el sillón de espera con el teléfono a dos centímetros de la nariz—. Yo aguardo aquí. Si necesitáis talla o precio, gritad.

Laura le lanzó un beso al aire que sonó a burla dulce y arrastró a Carlos hacia el fondo. La tienda olía a vainilla y a promesas caras. Los probadores eran cubículos estrechos, cortinas de terciopelo burdeos, espejos de cuerpo entero que no perdonaban ni un pliegue. Fue Laura quien abrió la cortina del número tres, entró con tres conjuntos colgando del brazo y, sin mirar atrás, tiró de Carlos por la manga.

—Entra, entra. No voy a hacer el tonto yo sola con estos nudos.

—Laura, esto es un probador de… —Carlos no terminó. Ella ya había cerrado la cortina. El espacio era ridículo: apenas cabían dos adultos sin rozarse. Él sentía el calor de ella a centímetros, el perfume a jazmín barato y caro mezclado, la risa nerviosa que le salía por la nariz.

—Qué apretado, ¿no? —susurró ella, y se giró para colgar las perchas. Al hacerlo, el culo redondo y firme le rozó el muslo a Carlos. Ambos se quedaron quietos medio segundo. Luego soltaron una carcajada ahogada, de esas que saben a travesura de instituto aunque ya no lo fueran.

—Si Diego viera esto… —dijo Carlos, y se le escapó otra risa.

—Diego solo ve el WhatsApp de la oficina —contestó Laura, guiñándole un ojo en el espejo—. Tú, en cambio, ves demasiado. Ayúdame con esto.

Sacó un corpiño negro de medias copas, encaje que apenas cubría. Se quitó la blusa con una naturalidad que no era inocente: sujetador diario, pechos pesados y redondos que se liberaron un instante antes de que se calzara el nuevo. El cierre de atrás se le resistía.

—Carlos… ajústame. No llego.

Él tragó saliva. Dedos temblorosos, sí, pero no de miedo: de ganas mal disimuladas. Rozó la piel caliente de la espalda, subió el cierre, y al acomodar las copas sus nudillos rozaron la curva inferior de los pechos. Laura soltó un «mmh» largo, divertido, y empujó el pecho contra sus manos un segundo de más.

—Uy, qué torpe —bromeó ella—. O qué listo.

Carlos no contestó con palabras. El pantalón se le había puesto tenso, la erección marcada empujando tela. Laura lo notó al girarse: el bulto duro le rozó justo el culo. En lugar de apartarse, se frotó un milímetro, suficiente para que a él se le escapara un jadeo.

—Siempre he fantaseado con follarme al mejor amigo de mi marido —susurró, tan cerca que el aliento le rozó el cuello—. En serio. Contigo. Desde aquella vez en la piscina que te vi en bañador. ¿Te parece patético o te parece caliente?

Carlos la miró a los ojos en el espejo. Ella sonreía con esa mezcla de vergüenza y descaro que solo tienen las mujeres que saben exactamente lo que están a punto de romper.

—Me parece que si no cierras bien esa cortina, vamos a dar un espectáculo —respondió él, y ella rio bajito mientras tiraba del terciopelo hasta que no quedó ni un hueco.

El beso fue hambre mutua, consentida, lengua contra lengua, manos de Carlos bajando a apretarle el culo mientras ella le desabrochaba el cinturón con prisa torpe. Fuera, en la zona de espera, se oía el leve tecleo del móvil de Diego. La ironía les hizo reír contra la boca del otro.

Laura se arrodilló sobre la moqueta suave del probador. Bajó la cremallera, liberó la polla gruesa y ya dura de Carlos, y la miró un segundo con ojos traviesos antes de lamerla de base a glande como quien prueba un postre caro.

—Joder, qué gruesa… —murmuró contra la piel—. Y tu amigo ahí fuera, tan formalito, sin enterarse de que su mujer se está comiendo la polla de su mejor colega. Qué patético se ve, ¿verdad? Sentadito, mirando el móvil… mientras yo te chupo así.

Metió la boca de verdad: labios abiertos, lengua trabajando, saliva brillante que le bajaba por la barbilla. Carlos se mordió el puño para no gemir. Ella lo miraba desde abajo, ojos de diablilla, y cada vez que tragaba un poco más apretaba el muslo de él con la mano libre, como diciendo «esto es mío ahora». El sonido húmedo de la mamada llenaba el cubículo; fuera, Diego carraspeó y preguntó a gritos si necesitaban otra talla. Laura se separó solo lo justo para contestar con voz dulce y ronca:

—¡Todo perfecto, cariño! ¡Pruébate tú el sofá que nosotros aquí vamos viento en popa!

Carlos se rio entre dientes y ella volvió a engullirlo hasta casi la base, glotonería pura, mejillas hundidas, saliva por la comisura. Cuando sintió que él estaba al borde, se levantó, se bajó las bragas negras —las que pensaba comprar— y se apoyó de pechos contra el espejo frío.

—Fóllame. Ya. Por detrás. Y tápame la boca, que si grito se entera el pobre idiota.

Carlos no necesitó más invitación. La agarró de la cintura, alineó la polla gruesa contra el coño ya empapado de Laura y empujó de un tajo. Ella se mordió el labio y aun así soltó un gemido que él ahogó al instante con la mano. Posición perrito contra el cristal, culo rebotando, pechos aplastados, el espejo empañándose con el aliento de ella. Cada embestida era honda, fuerte, el sonido de piel contra piel disimulado por la música suave de la tienda. Carlos le tiraba del pelo con la otra mano, le hablaba al oído entre jadeos:

—Di que folo mejor que tu marido. Susúrralo. Ahora.

Laura, con la boca tapada, solo pudo emitir un sonido gutural de placer. Él aflojó los dedos lo justo.

—Follas… mucho mejor… que Diego… joder, Carlos, más fuerte… él nunca me llega tan adentro…

Él aceleró, caderas golpeando, la polla desapareciendo entera en el coño apretado y mojado. Laura temblaba, el orgasmo subiéndole por las piernas; se corrió primero ella, contracciones que lo exprimían, y eso lo mandó al borde. Carlos la clavó contra el espejo y se vació dentro, chorros calientes llenándola mientras le obligaba a repetir entre susurros entrecortados lo mucho mejor que follaba el amigo, lo patético que era el marido esperando fuera, lo rico que se sentía el semen ajeno resbalándole ya muslo abajo.

Se quedaron un momento quietos, respirando juntos, la risa nerviosa volviendo a asomar. Laura se giró, le dio un beso rápido y sucio, y se limpió el semen que le bajaba por el muslo interior con las bragas que iba a comprar: las frotó entre las piernas, las hizo un ovillo y las metió en el bolso con una sonrisa de gata que se ha comido al canario.

—Voy a decirle que me las pongo en casa —murmuró—. Qué detalle tan… íntimo.

Se vistió con rapidez: el conjunto caro, el más caro de la percha, el corpiño negro y la tanga de recambio. Abrió la cortina con la cara radiante, el pelo un poco revuelto, los labios hinchados de tanto chupar y besar.

Diego levantó la vista del móvil.

—¿Y bien? ¿Te queda?

—Perfecto —dijo Laura, voz melosa—. Me he llevado el conjunto más caro. Me quedaba… como si lo hubieran hecho a medida. Carlos tiene muy buen ojo para estas cosas.

Carlos salió tres segundos después, abrochándose el cinturón con cara de inocente profesional, el rastro de sudor en la sien y la conciencia de que su polla aún olía a ella.

—Asesoramiento técnico de primera —bromeó, y Diego se rio sin pilla de nada.

Los tres caminaron hacia la caja. Diego sacó la tarjeta sin sospechar, pagó la lencería manchada de secretos y el resto del conjunto mientras Laura le acariciaba el brazo con ternura de esposa modelo. Carlos iba un paso detrás, saboreando el sabor de ella todavía en la boca, el recuerdo del coño apretándose alrededor de su corrida. Bajo la falda de Laura, el semen de su mejor amigo seguía caliente, resbalando despacito, una promesa húmeda de que aquello no había sido un accidente aislado sino el inicio de algo mucho más sucio y gracioso.

Al cruzar la puerta de cristal, Laura miró a Carlos de reojo y le guiñó un ojo tan rápido que Diego ni lo vio. El móvil de Diego vibró otra vez. Él lo miró. Ella sonrió al vacío. Y Carlos, manos en los bolsillos, ya estaba pensando en la próxima «sesión de asesoramiento».

Los tres salieron a la acera con el sol de la tarde pegándoles en la cara. Diego guardaba la bolsa de Voluptas como si contuviera algo sagrado, sin sospechar que dentro iban unas bragas empapadas del semen de su mejor amigo. Laura caminaba en medio, el brazo enganchado al de su marido, y cada paso le hacía sentir el chorrito caliente que aún le resbalaba por el muslo interior. Se mordió el labio para no reírse.

—¿Café? —propuso Carlos, con esa sonrisa de siempre, la que usaba para quitarle hierro a cualquier desastre—. Hay un local a dos calles con terraza. Os invito. Celebramos el aniversario anticipado.

Diego levantó la vista del móvil solo un segundo.

—Vale, pero rápido. Tengo un correo pendiente del jefazo.

Laura le apretó el brazo a Carlos por detrás, disimulada, y le susurró al oído mientras Diego volvía a teclear:

—Sigue mojada. Tu leche me baja y me hace cosquillas. Si te sientas al lado, te la enseño bajo la mesa.

Carlos se atragantó con su propia risa. El pantalón volvía a tensársele solo de pensarlo. Llegaron a la terraza de un café con toldos verdes y mesas de hierro forjado. Diego se plantó de espaldas a la calle, el móvil ya sobre la mesa, los auriculares a medio poner. Laura se sentó frente a él y tiró de Carlos para que se colocara a su lado, rodilla contra rodilla.

Pidieron tres cafés. Mientras el camarero se alejaba, Laura cruzó las piernas con deliberada lentitud. La falda se subió lo justo. Bajo la mesa, su mano buscó el muslo de Carlos, subió, y encontró el bulto que ya empujaba la tela. Le dio un apretón corto, juguetón.

—Estás otra vez duro —murmuró sin mover los labios—. Qué vicioso. Y mi marido ahí, contestando mails como si el mundo dependiera de un puto Excel.

Diego levantó una ceja sin mirarlos.

—¿Habéis dicho algo?

—Que el café tarda una eternidad —contestó Laura con voz de esposa perfecta—. Cariño, ¿no te apetece ir al baño antes de que llegue? Llevas media hora sentado.

Diego se encogió de hombros, se levantó con el móvil en la mano y se dirigió al interior del local. En el momento exacto en que desapareció tras la puerta de cristal, Laura se giró hacia Carlos, le agarró la cara y le metió la lengua hasta el fondillo de la garganta. El beso fue rápido, sucio, con sabor a ella misma y a la mamada anterior. Su mano libre bajó la cremallera de Carlos bajo la mesa, sacó la polla gruesa y ya goteando y la acarició con dedos húmedos de su propio coño.

—Míralo —susurró contra su boca, riendo—. Se va a mear y a contestar correos mientras yo te floto la verga con la mano llena de tu propia leche que me gotea. Qué cabrón eres, Carlos. Me has dejado el coño hecho un desastre y ahora quiero más.

Carlos le mordió el labio inferior, le metió dos dedos bajo la falda y encontró el tanga de recambio ya empapado otra vez. Se lo apartó y le metió los dedos de un golpe, curvándolos. Laura se arqueó, ahogó un gemido contra su hombro y se corrió en seco, un temblor corto y violento que le hizo apretar los muslos alrededor de la mano de él.

—Joder, Laura…

—Cállate y fótame otra vez. Aquí no. Hay un callejón detrás del baño de hombres. Cuando vuelva Diego le digo que se me ha caído el pintalabios y salgo «a buscarlo». Tú me sigues en dos minutos. Y esta vez me la metes entera hasta que me tiemble la voz.

Diego regresó justo cuando Carlos se abrochaba con cara de póquer. El café ya estaba en la mesa. Laura sonrió dulce, tomó un sorbo y se levantó de golpe.

—Ay, se me ha caído el pintalabios en el baño. Vuelvo en un segundo, cariño. No te comas mi medialuna.

Diego ni levantó la vista.

—Claro, nena.

Carlos contó hasta ciento veinte con el corazón a mil. Luego se levantó, murmuró algo de ir a pedir la cuenta y se deslizó hacia el fondo. El callejón era estrecho, olía a basura y a jazmín de Laura. Ella ya estaba allí, de espaldas a la pared de ladrillo, la falda subida hasta la cintura, el tanga a un lado del muslo. Se había bajado un poco el corpiño caro y los pechos pesados le temblaban con la respiración agitada.

—Date prisa, gilipollas —dijo entre risas ahogadas—. Si tarda más de cinco minutos en notar que no vuelvo, es que es más idiota de lo que pensaba.

Carlos no contestó con palabras. La levantó un poco, ella enredó las piernas a su cintura y él empujó de un solo tajo. El coño de Laura, todavía resbaladizo de la corrida anterior, lo tragó hasta las pelotas. Ambos soltaron un jadeo que se perdió entre el ruido de la calle lejana. Él la folló de pie, embestidas cortas y profundas, el culo de ella golpeando el ladrillo, los pechos rebotando contra su pecho. Laura le mordía el cuello para no gritar y le hablaba al oído entre risitas y gemidos:

—Más fuerte… así… Diego pagó doscientos euros por esta lencería y tú me la estás destrozando con la polla. Qué risa, ¿no? Él cree que soy la esposa perfecta y yo tengo el coño lleno de su mejor amigo por segunda vez en una hora. Dime que soy una puta.

—Eres la puta más rica que he follado —jadeó Carlos, acelerando—. Y tu marido es un payaso con auriculares. Cuando acabemos te voy a dejar otra carga para que se la lleves a casa y te la corras pensando en mí mientras él ronca.

Laura se corrió otra vez, contracciones que le exprimían la polla, y él la siguió al segundo, vaciándose dentro con un gruñido sofocado. Se quedaron pegados un momento, riendo como críos que acaban de robar chicles. Ella se bajó, se acomodó el tanga —ahora inútil— y se limpió el exceso de semen con un pañuelo que después metió en el bolsillo de la camisa de Carlos.

—Souvenir —dijo guiñándole un ojo—. Para que huelas a mí el resto del día.

Volvieron por separado. Laura llegó primero, se sentó, se pasó la lengua por los labios hinchados y le acarició la mano a Diego.

—Encontrado. Estaba bajo el lavabo. ¿Todo bien, amor?

Diego asintió, todavía mirando la pantalla.

—El jefazo quiere el informe para mañana. Carlos, ¿pagamos y nos vamos? Tengo que pasar por la oficina un momento.

Carlos se sentó, saboreando el olor de Laura en los dedos, la polla aún sensible dentro del pantalón.

—Claro. Yo os acompaño. Total, no tengo planes. Y Laura… si necesitas más asesoramiento técnico para el aniversario, ya sabes. Estoy disponible las veinticuatro horas.

Laura le dio una patadita bajo la mesa, traviesa, y miró a su marido con ojos de cordero.

—Qué detalle. ¿Verdad que Carlos es un cielo, Diego?

—El mejor —contestó Diego sin ironía, firmando el informe en la pantalla—. No sé qué haríamos sin él.

Laura y Carlos se miraron por encima de la taza. Ella se pasó un dedo por el escote, recogió una gotita de sudor y se la chupó despacio, solo para que Carlos lo viera. Él se acomodó en la silla, ya planeando cómo iba a follársela la próxima vez con Diego a menos de tres metros, quizás en el coche, quizás en el baño de la oficina de su amigo. La tarde todavía tenía horas. Y el semen fresco que le bajaba otra vez por el muslo a Laura era solo el principio de una broma mucho más larga y mucho más sucia.

Llegaron al coche de Diego aparcado a dos calles. El sol ya bajaba y la luz dorada rebotaba en el capó. Diego abrió la puerta del conductor sin soltar el móvil, tarareando algo distraído mientras metía la bolsa de Voluptas en el maletero como si guardara reliquias. Laura se deslizó en el asiento del copiloto y, en cuanto Carlos se metió atrás, giró la cabeza lo justo para que Diego no lo pillara y le guiñó de nuevo, esa misma mirada de gata que ya conocía el sabor de su polla.

—Oficina y luego a casa —dijo Diego arrancando—. El informe es una mierda, pero si lo dejo hoy el jefazo me deja en paz el fin de semana.

Laura se acomodó, cruzó las piernas y sintió el semen de Carlos resbalarle otra vez por el muslo. Cada curva del coche lo empujaba un poco más abajo, mojándole el tanga inútil y la falda. Se mordió el interior de la mejilla para no reírse alto. Carlos, desde atrás, veía el cuello de ella, el escote del corpiño caro que él mismo le había ajustado horas antes, y la erección le volvió a doler contra la cremallera solo de recordar cómo le había rebotado el culo en el callejón.

En un semáforo en rojo Laura metió la mano entre los asientos, encontró la rodilla de Carlos y subió despacio hasta el bulto. Le apretó con los dedos todavía pegajosos de ella misma. Él contuvo un jadeo y ella, sin girarse del todo, susurró tan bajo que solo él lo oyó:

—Sigue caliente. Tu leche me pinta el muslo y me pone los pezones duros. Si mi marido mirara un segundo el retrovisor… pero no. Solo ve números. Qué payaso más rico.

Diego pitó al coche de delante y maldijo entre dientes. Carlos aprovechó el momento, le apartó a Laura la falda por detrás del asiento y le metió dos dedos bajo el tanga. Ella estaba empapada otra vez, resbaladiza, abierta. Se arqueó un milímetro, fingió toser y se corrió en silencio contra sus dedos, un temblor corto que le hizo apretar los muslos. Carlos se los sacó, se los lamió delante de ella y le devolvió la sonrisa de canalla.

Aparcaron en el garaje de la oficina de Diego. El edificio olía a aire acondicionado y café de máquina. Diego salió pitando hacia el ascensor con el portátil bajo el brazo.

—Subid si queréis. Hay sofá en la sala de espera. Cinco minutos y bajo.

Laura le acarició el brazo con ternura de anuncio de crema.

—Ve, cariño. Nosotros charlamos de lo aburrido que es esperar.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, Laura agarró a Carlos de la camisa, lo empujó contra la pared del garaje y le bajó la cremallera de un tirón. La polla saltó gruesa, aún manchada del polvo de ella. Se arrodilló en el hormigón frío, se la metió entera hasta la garganta y la chupó con glotonería, saliva espesa, sonidos húmedos que resonaban entre los coches. Carlos le agarró el pelo, le embistió la boca y soltó una risa ahogada.

—Tu marido está subiendo a firmar un puto Excel y tú te estás ahogando con mi polla. Eres una puta de lujo, Laura.

Ella se separó solo para hablar, hilos de saliva uniendo sus labios al glande.

—La puta más cara que ha pagado él sin saberlo. Fóllame aquí. Contra el capó de su propio coche. Que vea las huellas de mis tetas cuando baje.

Carlos la levantó, la sentó en el capó caliente del coche de Diego y le subió la falda hasta la cintura. El tanga lo apartó de un dedo. Empujó de un tajo y el coño de Laura, todavía lleno de la corrida anterior, lo tragó hasta el fondo. Ella mordió su hombro para no gritar. Él la folló duro, culo contra metal, pechos saltando fuera del corpiño, el sonido de piel contra piel mezclado con risas sofocadas.

—Dime que soy mejor —jadeó él—. Dilo alto, que el eco se lo lleve al despacho.

—Follas… mil veces mejor… que mi marido… joder, Carlos, así, más hondo… él ni me llena… tú me dejas el coño hecho un lago de tu leche…

Se corrió ella primero, contracciones que lo exprimían, y él la siguió vaciándose otra vez dentro, chorros calientes que le salían por los bordes y le manchaban el asiento del coche de Diego por debajo. Se quedaron un segundo riendo como tontos, ella limpiándose el exceso con la mano y metiéndosela en la boca para chupársela delante de él.

—Souvenir número dos —murmuró—. Ahora hueles a mi coño y yo a ti hasta las rodillas.

Oyeron el ting del ascensor. Se acomodaron a toda prisa: Laura se bajó la falda, Carlos se abrochó con cara de santo. Diego apareció con la corbata floja y el móvil todavía en la mano.

—Listo. Mañana me crucifican pero hoy libre. ¿Casa? Laura, ¿ Cenamos fuera o pido pizza?

—Pizza —dijo ella con voz melosa, el semen resbalándole otra vez por dentro del muslo—. Y que Carlos se quede. Total, es el aniversario anticipado. Y él… asesora tan bien.

Diego se encogió de hombros, ya metido otra vez en la pantalla.

—Claro. El mejor. Subid.

En el coche de vuelta Laura se sentó atrás «porque le dolía la espalda». En cuanto Diego arrancó y se puso los auriculares para escuchar el correo de voz del jefe, ella se inclinó, le bajó otra vez la cremallera a Carlos y se la chupó despacio, sin prisa, saboreando su propio sabor mezclado con el de él. Carlos le acariciaba el pelo y miraba el cuello de Diego, tan confiado, tan idiota, y se le escapaba la risa entre dientes.

—Cuando lleguemos a casa —susurró Laura contra la polla—. Me voy a duchar «sola». Tú entras a «dejarme el móvil que se me ha olvidado». Y me follas bajo el agua mientras él pone la tele en el salón. Quiero que me dejes otra carga para dormir con ella. Que mañana, cuando me bese despierto, todavía tepa a ti.

Carlos le tiró del pelo suavemente, le embistió la garganta y asintió.

—Y después le ayudas a elegir la película de aniversario con mi leche goteándote entre las piernas. Qué detalle tan íntimo, ¿verdad?

Ella se rio con la boca llena, el sonido vibrándole en la polla. El coche entró en el parking del edificio. Diego aparcó, apagó el motor y se giró por fin.

—Llegamos. Carlos, ¿subes un rato?

—Un rato largo —contestó él, la voz ronca de placer—. Total, no tengo planes. Y Laura merece el mejor asesoramiento técnico del mundo.

Laura le dio un beso en la mejilla a su marido, puro amor de esposa modelo, y mientras subían en el ascensor apretó la mano de Carlos a su espalda, guiándole los dedos bajo la falda para que notara lo empapada que seguía. Diego tecleaba el código de la puerta sin mirar. Ella sonrió al vacío del pasillo, el coño latiéndole, la próxima ronda ya dibujada en la cabeza: la ducha, el agua corriendo, la puerta entreabierta, el riesgo de que Diego necesitara mear justo cuando ella estuviera gemiendo contra el azulejo con la polla de su mejor amigo enterrada hasta las pelotas.

La puerta se abrió. El piso olía a hogar. Diego se tiró al sofá y encendió la tele. Laura se quitó los zapatos, le guiñó a Carlos por encima del hombro y desapareció hacia el baño tarareando. Carlos se quedó de pie un segundo, saboreando el desastre que acababan de armar y el que todavía faltaba por armar. La noche apenas empezaba. Y el semen fresco que le bajaba a Laura por tercera vez era solo otra broma jugosa en la cara de un marido que ni se enteraba.

Laura dejó la puerta del baño entreabierta a propósito, el vapor ya subiendo en espirales blancas mientras el agua caliente golpeaba los azulejos. Se quitó el corpiño caro con cuidado de no romperlo del todo —Diego había pagado doscientos euros por ese encaje y ella quería que siguiera intacto solo por la putada poética— y el tanga inútil cayó al suelo mojado de semen seco y fresco. El agua le resbalaba por los pechos pesados, le endurecía los pezones y le limpiaba a medias el muslo interior, donde la tercera corrida de Carlos todavía le hacía cosquillas. Se rio bajito, sola, imaginando la cara de su marido si entrara ahora y viera el desastre que era su coño: hinchado, abierto, goteando leche ajena como si fuera mermelada casera.

En el salón, Diego ya tenía los pies sobre la mesa y un partido de fútbol a medio volumen. Carlos se pasó la lengua por los labios, todavía saboreando el polvo de Laura, y levantó el móvil que ella había dejado a propósito sobre el sofá.

—Oye, Laura se ha dejado el teléfono —dijo en tono casual, de mejor amigo útil—. Se lo llevo al baño antes de que se preocupe.

Diego ni giró la cabeza. Solo levantó un pulgar distraído.

—Qué detalle, tío. Tú sí que sabes. Si quieres cerveza, hay en la nevera.

Carlos se metió el móvil en el bolsillo y cruzó el pasillo con la polla ya dura otra vez, rozándole la cremallera a cada paso. Empujó la puerta del baño con el hombro, entró y la cerró sin llave —el riesgo era parte de la broma—. Laura lo esperaba bajo el chorro, espalda contra el azulejo frío, piernas entreabiertas, una mano entre los muslos frotándose despacio mientras sonreía con esa mezcla de vergüenza y hambre que lo volvía loco.

—Has tardado tres minutos, gilipollas —susurró ella, tirándole de la camisa para meterlo bajo el agua vestido—. Pensé que te habías puesto a charlar de fútbol con el payaso. Date prisa, que se me está enfriando el coño.

Él se rio contra su cuello, se bajó los pantalones a toda prisa y la levantó. Laura enredó las piernas a su cintura, el agua golpeándoles la espalda, y Carlos empujó de un tajo. El coño de ella, todavía resbaladizo y lleno de las corridas anteriores, lo tragó hasta las pelotas con un sonido húmedo que se perdió entre el ruido de la ducha. Ambos ahogaron un gemido. Ella le clavó las uñas en los hombros y le habló al oído entre risitas y jadeos, la voz ronca de tanto chupar y follar:

—Mira qué bien me llenas… Diego está ahí fuera poniendo el volumen del partido y yo tengo la polla de su mejor amigo hasta el fondo. Dime que soy una puta barata con lencería cara. Dilo.

—Eres la puta más cara y más sucia que he follado —jadeó Carlos, embistiéndola contra el azulejo, el culo de ella chapoteando, los pechos aplastados contra su pecho mojado—. Y tu marido es un idiota con mando a distancia. Cuando salgamos le vas a dar un beso con sabor a mi leche y él ni se va a enterar. Qué risa, ¿no?

Laura se arqueó, se corrió en silencio primero, las paredes de su coño contrayéndose alrededor de él como si quisieran ordeñarlo. Él aceleró, golpes cortos y hondos, el agua diluyendo el semen que ya le salía por los bordes y le bajaba por el muslo. Cuando sintió que estaba al borde, ella le mordió el hombro para no gritar y le susurró, riendo:

—Correrte dentro otra vez. Quiero dormir con tu leche resbalándome mientras él ronca al lado. Mañana, cuando me bese despierto, todavía voy a oler a ti. Qué aniversario más íntimo, joder.

Carlos se vació con un gruñido sofocado, chorros calientes que el agua no conseguía arrastrar del todo. Se quedaron pegados un momento, respirando juntos, riendo como críos que acaban de pintar una pared con spray. Ella se bajó, se arrodilló bajo el chorro y le chupó la polla limpia un segundo, saboreando el resto, antes de levantarse y guiñarle un ojo.

—Souvenir número tres —murmuró, metiéndole la mano en el bolsillo de la camisa empapada y dejándole el tanga mojado ahí—. Ahora hueles a ducha de matrimonio y a mi coño. Sal primero. Yo tardo dos minutos más «depiliándome».

Carlos se abrochó como pudo, el pantalón pegado a la piel, el pelo chorreando, y salió al pasillo con cara de haber ido solo a entregar un móvil. Diego lo miró de reojo desde el sofá.

—Joder, tío, te has duchado tú también? Pareces un perro mojado.

—Se me ha caído el móvil en el lavabo —mintió Carlos, encogiéndose de hombros con esa sonrisa de siempre—. Laura me ha dejado secarme un poco. Qué hospitalaria.

Diego soltó una carcajada y volvió al partido. Carlos se sentó en el sillón de enfrente, saboreando el olor de ella en los dedos, la polla todavía sensible, y esperó. Laura salió minutos después envuelta en una toalla grande, el pelo recogido, el cuello marcado por un chupetón disimulado bajo el borde. Se acercó a Diego, le dio un beso largo en la boca —puro amor de esposa modelo— y se sentó a su lado, la toalla subiendo un milímetro de más cuando cruzó las piernas. Carlos vio el destello de muslo húmedo y se acomodó en la silla.

—Pizza ya viene en camino —anunció Diego, tecleando en el móvil—. Carlos, ¿te quedas a cenar? Total, es casi el aniversario. Y tú has sido el mejor asesor de lencería del mundo.

—Claro que me quedo —contestó él, mirando a Laura por encima de la taza imaginaria—. Total, no tengo planes. Y si Laura necesita más… orientación técnica… ya sabes. Estoy disponible.

Laura le dio una patadita juguetona bajo la mesa de centro, traviesa, y se pasó un dedo por el escote de la toalla, recogiendo una gota de agua que se chupó despacio solo para que Carlos lo viera. Él se rio por dentro. El partido seguía, Diego comentaba una falta como si le fuera la vida, y bajo la toalla el coño de Laura latía otra vez, lleno, resbaladizo, pidiendo la siguiente ronda.

Cuando llegó la pizza, comieron en el sofá. Laura se acomodó en medio, el muslo rozando el de Carlos cada vez que se inclinaba a coger una porción. En un momento en que Diego se levantó a por más cerveza, ella aprovecho, le agarró la mano a Carlos y se la metió bajo la toalla. Estaba empapada otra vez, abierta, el semen anterior todavía ahí. Le guió dos dedos dentro, se arqueó un milímetro y se corrió en seco contra su palma, un temblor corto que le hizo morderse el labio. Carlos se los sacó, se los lamió delante de ella y le devolvió la sonrisa de canalla justo cuando Diego volvía.

—Qué buena está la pizza, ¿verdad? —dijo Laura con voz melosa, acomodándose la toalla—. Cariño, después de cenar me voy a acostar temprano. Estoy… cansada. Carlos, ¿me dejas el móvil en la mesita? Se me ha vuelto a olvidar.

Diego asintió, ya con la cerveza en la mano y los ojos en la pantalla.

—Claro, nena. Y tú, Carlos, si quieres quedarte a ver el segundo tiempo…

—Me quedo un rato más —dijo él, la voz ronca—. Total, Laura merece que la cuidemos los dos esta noche. Asesoramiento completo.

Laura se levantó, le dio un beso en la mejilla a su marido y otro, más largo y sucio, a Carlos cuando Diego no miraba. Mientras desaparecía hacia el dormitorio, le susurró al oído de Carlos, tan bajo que solo él lo oyó:

—En media hora finjo que me duele la cabeza y llamo. Tú entras a «traerme un vaso de agua». Me follas en la cama de matrimonio con la puerta entreabierta mientras él grita goles en el salón. Quiero que me dejes la cuarta carga justo en las sábanas donde él duerme. Y mañana, cuando me pregunte por qué sonrío tanto, le diré que es por el aniversario. Qué detalle tan íntimo, ¿verdad?

Carlos se acomodó en el sofá, la polla ya dura otra vez contra el pantalón húmedo, mirando la nuca confiada de Diego y planeando cada embestida. La noche todavía tenía horas. El agua de la ducha aún le goteaba del pelo. Y el semen fresco que le bajaba a Laura por cuarta vez prometida era solo otra carcajada jugosa en la cara de un marido que seguía sin enterarse de nada.

Laura esperó media hora exacta, contando los minutos con el corazón latiéndole entre las piernas. El vapor de la ducha anterior todavía le humedecía el cuello cuando se irguió en la cama de matrimonio, se acomodó las sábanas hasta la cintura y fingió un quejido suave lo bastante alto para que atravesara el pasillo.

—¡Carlos! ¡Tráeme un vaso de agua, porfa! Me duele la cabeza otra vez…

En el salón, Diego ni levantó la vista del segundo tiempo. Solo murmuró «anda, tío» mientras Carlos se levantaba con la polla ya dura rozándole el muslo. Él llenó un vaso en la cocina, el agua temblando en el cristal por la prisa, y cruzó el pasillo con pasos que pretendían ser casuales. La puerta del dormitorio estaba entreabierta a propósito; la luz de la mesita dibujaba el contorno de Laura desnuda bajo la sábana fina, pechos pesados al aire, pezones duros, una mano ya entreabierta entre los muslos.

Entró, cerró sin llave —el riesgo era la salsa de la broma— y dejó el vaso en la mesita. Laura le agarró el cinturón al instante, tiró de él hasta la cama y le bajó los pantalones con esa risa ahogada que ya conocía de memoria.

—Mira qué bien se oye el partido —susurró ella, abriendo las piernas de par en par sobre las sábanas donde Diego dormía cada noche—. Goles y gritos ahí fuera, y aquí mi coño pidiendo la cuarta ronda de su mejor amigo. Métela ya, gilipollas. Quiero que me dejes el colchón hecho un desastre.

Carlos se rio contra su boca, se acomodó entre sus muslos y empujó de un tajo. El coño de Laura, todavía resbaladizo y abierto de las corridas anteriores, lo tragó hasta las pelotas con un sonido húmedo y obsceno que se perdió bajo el grito de gol que llegó del salón. Ella arqueó la espalda, le clavó las uñas en los hombros y mordió la almohada para no gemir alto. Él empezó a embestirla con golpes hondos y precisos, el cabezal de la cama golpeando suavemente la pared al ritmo de las caderas.

—Joder, qué apretada sigues… —jadeó él al oído, la voz ronca de risa y lujuria—. Tu marido está a cinco metros gritando como idiota y yo te estoy follando en su propia cama. Di que te gusta más mi polla que la suya. Susúrralo.

Laura se rio entre dientes, las piernas enredadas a su cintura, el culo rebotando contra el colchón.

—Me gusta mil veces más… se me abre entero… él ni me llena, Carlos, tú me dejas el coño goteando como una puta barata con sábanas caras. Más fuerte… así… que se oiga el chapoteo si apaga la tele un segundo.

Él aceleró, una mano apretándole un pecho, la otra tirándole del pelo con cariño sucio. Cada embestida hacía que el semen anterior le saliera por los bordes y le manchara el interior de los muslos, un hilo caliente que se perdía entre las sábanas matrimoniales. Laura se corrió primero, un temblor largo y silencioso que le contrajo las paredes alrededor de la polla gruesa de Carlos; se mordió el labio hasta casi sangrar y le susurró entre risitas entrecortadas:

—Corrrete dentro. Justo aquí, donde él pone la cabeza. Quiero dormir con tu leche resbalándome mientras ronca al lado. Mañana, cuando me bese despierto, todavía voy a oler a ti. Qué aniversario más íntimo, ¿verdad, asesora técnico?

Carlos se vació con un gruñido sofocado, chorros calientes llenándola otra vez, el exceso saliéndole ya por los lados y empapando la sábana justo en el lado de Diego. Se quedaron pegados un momento, respirando juntos, el agua del vaso temblando en la mesita por las últimas embestidas. Ella le dio un beso sucio, le chupó la lengua y se rio contra su boca.

—Souvenir número cuatro —murmuró, recogiendo con dos dedos el semen que le bajaba y metiéndoselos en la boca delante de él—. Ahora esta cama huele a tu corrida y a mi coño. Sal despacio. Yo finjo que me tomo el agua y me duermo.

Carlos se abrochó como pudo, el pantalón todavía húmedo, el pelo revuelto, y salió al pasillo con cara de haber entregado solo un vaso. Diego lo miró de reojo desde el sofá, la cerveza en la mano.

—¿Todo bien? Pareces cansado, tío.

—Se me ha caído casi el vaso —mintió Carlos, encogiéndose de hombros con esa sonrisa de siempre—. Laura ya está mejor. Me quedo al segundo tiempo si quieres.

Diego asintió, ya gritando otra falta. Carlos se sentó, saboreando el olor de ella en los dedos, la polla sensible, y escuchó cómo Laura «dormía» en el dormitorio. Media hora después, cuando el partido terminó y Diego se levantó a apagar luces, Carlos se despidió con un abrazo de mejor amigo.

—Feliz aniversario anticipado, hermano. Cuida mucho a Laura. Es una joya.

—El mejor —contestó Diego sin ironía, ya bostezando—. Gracias por todo, de verdad. La lencería, el café, la pizza… no sé qué haríamos sin ti.

Carlos bajó las escaleras del edificio con la risa contenida atragantándosele en la garganta. En el piso de arriba, Laura se acomodó en la cama de matrimonio, las sábanas todavía calientes y manchadas, el semen de Carlos resbalándole despacio hacia el colchón justo donde Diego pondría la cabeza en cinco minutos. Oyó los pasos de su marido acercándose, el sonido de la cremallera, el peso del cuerpo desplomándose a su lado. Él la abrazó por detrás, le besó el hombro con ternura de esposo modelo y murmuró contra su pelo:

—Qué bien hueles, nena. Como a jazmín y a… no sé, a algo rico. Mañana te follamos despacio, ¿vale? Por el aniversario.

Laura sonrió en la oscuridad, el coño latiéndole todavía lleno, y se acurrucó contra él fingiendo sueño. Solo ella sabía que el «algo rico» que él estaba oliendo en la almohada y en su cuello era la cuarta corrida de su mejor amigo, todavía caliente entre sus muslos, y que mañana, cuando Diego se despertara con ganas y se la follara entre las sábanas, estaría empujando dentro de un coño ya repleto de leche ajena sin enterarse de nada. Carlos ya iba camino de casa planeando el siguiente «asesoramiento». Ella cerró los ojos, el secreto húmedo y gracioso latiéndole entre las piernas, y se durmió con la certeza jugosa de que el aniversario apenas acababa de empezar.

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